|TACET|

La vi parada en aquella esquina, con el horizonte y el sol a sus espaldas. La ciudad la atravezaba por debajo de los hombros, como si fuera semitransparente. No era la primera vez que veía a la vendedora de flores allí los sábados por la tarde, pero ese día la vi con su capa tejida en el titileo de las luces bordadas entre la lana y las flores.

El tiempo se detuvo una fracción de segundo y recordé a Leah en el entrelazado de su presencia en carne y hueso, lo imperceptible de su respiración, sus pestañas y el resplandor tenue de uno de nuestros primeros encuentros en su jardín, en el castillo donde ella vivía. Nuestra conversación que llegaba a los confines de su reino se mezclaba en el suspenso rítmico de filamentos dorados y sincronicidades, campos y racimos de flores, nubes, ojos celestes y laudes.

|Tacet.|

H­abiendo anclado en ese momento, cuatro minutos y treinta y tres segundos, no pude más que sonreirle a la vendedora de flores.

­—¿Narcisos? — me preguntó con voz insistente.

No la había escuchado. Fue el colapso de lo divino, lo inalcanzable e ineludible.  

Quise huir y esconderme detrás de su capa de lana, pero no tenía más salida que afrontar la realidad y mirarla a los ojos.

Péndulos. Relojes solares. Vibraciones de cristales de roca. Predicciones.

Saqué unos billetes del bolsillo y quise llenar lo negado, lo ausente, lo vacío. Como si debiera proteger el lenguaje y no exponerlo al silencio.

Llegué a casa con un ramillete de narcisos en mis manos. Me senté en la intimidad del sillón de terciopelo rosado y comencé a acomodar las flores en el vaso de vidrio situado a mi lado. Cayeron unas flores al piso. Me incliné a recogerlas y me paralizó el vértigo.

|Tacet.|

Ausencia de movimiento y de sonido.

Igual que en la partitura de John Cage, para mi el silencio no debe considerarse una ausencia, sino una presencia indefinida, aleatoria e indeterminada de una plenitud de sonidos. Y entonces escuché su parpadear, su suspiro, su girar de cabeza, el cruce de sus piernas, el crujir de sus cabellos al cepillarlos.

Era Leah a millones de años luz. Era lo que llaman un entrelazamiento cuántico. Como cuando Dios tira los dados en el universo a miles de kilómetros y el resultado de un dado influye sobre el otro. Las partículas, los recuerdos, los deseos quedan vinculados armónicamente de tal manera que sus estados cuánticos están correlacionados, compartiendo una única música, un único susurro en los oídos, un único sonido de cascabeles.

Tacet es la metáfora inexplicable. El canal silencioso e invisible que mantiene unida la reciprocidad de hechos, sonidos, narcisos y silencios trascendentes.

Cacharel – Sarah Moon

Cuando las flores vuelven

‘Lloraron las náyades,
sus hermanas, y en su honor cortaron los largos cabellos,
lloraron las dríades; a todos los llantos, Eco resuena.
Ya preparaban la pira y las agitadas antorchas y el féretro:
no estaba ya el cuerpo; en su sitio una flor amarilla
encuentran, circundado el centro de pétalos blancos.’

Ovidio, Metamorfosis, III, 318-510

Hace años Leah me dejó claro que odiaba los narcisos, pero un día decidió recogerlos para mi. Juntó manojos de narcisos en aquel jardín junto al lago, hizo guirnaldas con cintas de seda blanca. Algunas las dejó secar colgadas de hilos de lino por varios días hasta convertirse en papel de arroz. Otras las hemos prensado juntas en herbarios que desparramamos por toda la casa y que seguramente se hayan perdido entre las cajas de la mudanza.

Generalmente, la primavera llegaba a Bélgica sin que yo me diera cuenta. Eran por momentos vagos versos o ecos que se escuchaban a lo lejos, eran perfumes acaramelados, eran nuevos trinos en los tilos, eran hojas pálidas, de ese verde clorofila, verde lima francesa, verde esmeralda, verde bosque, verde malaquita, verde manzana, o como quiera yo llamar a ese verde amarillo verdoso adolescente e indescriptible.

Era el éxtasis de pétalos y flores, era la temperatura del aire en los bosques, eran harpas al despertar el día y puertas del cielo en la tierra en los bordes aletargados de atardeceres. Era la lealtad de las estrellas y las canciones de duelo de las estaciones desvanecidas en jardines y horas sin sombras.

Y llegaba Leah. Se acercaba siempre a mi con su implícito paso sereno, como si los dioses hubieran esparcido polvo de oro sobre toda ella y bajo sus pies, con devoción y reverencia, con el manojo de narcisos entre los brazos.

De vez en cuando, ella parecía hacer lugar para mi en su mundo de deleite, de deseo, de esperanzas que nunca parecían morir, envuelta en cielos templados y alas ineludibles, en tallos esbeltos de narcisos blancos seda, porcelana, blanco perla, tiza, blanco nube, blanco carey.

Los narcisos son flores solitarias como yo, como ella, tan bellas en sí mismas, pero a la vez tan sutiles al tanteo de las manos y del viento cuando se elevan todas juntas del suelo. Y sí, generalmente era ese día serendípico de inicios de primavera, que yo casi ni me daba cuenta, que el satinado amarillo, coral de las flores, entre otras blancas, casi naranjas, me parecía lo más sublime que puede existir en esta tierra. Y era ahí que las dejaba ser en toda su plenitud, entre mis dedos.

Y en el ensueño infatigable de aquel jardín laberíntico, sin Cruz del Sur, en medio de dientes de león, solidagos, hongos, bulbos y narcisos amarillo mostaza, amarillo miel, amarillo papaya, amarillo oro, ocres y canarios caía Leah de rodillas a recoger las flores para mi. Era como si ella tuviera su propia brújula escondida entre su vestido, el ramillete de flores y el follaje, como si conociera cada sendero del bosque, cada rincón de frondas, cada corola amarillo pastel o ámbar, cada pistilo de azafrán. Como si la guiara la ceguera y a su vez, la clarividencia en medio de una tormenta.  

Nunca supe bien qué esperaban de mi. Ni ella ni los narcisos. Aquellos de fragancia melosa, adamascada, de gran sensualidad, de armonía milagrosa, a veces, intensa, silvestre, y, a veces, temerosa y totalmente ausente.

Una flor que parece contemplarse a sí misma, predecir el futuro, que ve lo que nadie ve y que luego muere, para quedar latente bajo la tierra, murmurando recuerdos y rostros, imágenes del alma, relatos y voces que se repiten a lo lejos.

Sólo quedan desvanecidos los tallos y las raíces y enterrados los bulbos, y esas últimas palabras que se repiten, esos ojos en los que nos vimos una vez reflejadas, esos pasos que se acercan en los recuerdos, la soledad, todo aquello que se desea con el alma y la flor que vuelve.

Passing by Sarah Moon 2010

Alud

‘Sensación de estar perdiendo mucha sangre por alguna herida que no ubico. ‘ Alejandra Pizarnik

Un antiguo dolor se anuda a mis huesos. El peso de una angustia robusta que no soporto y que era predecible ya a la distancia. Crujido de árboles y rocas chocando. Siento la tensión en mis dedos y en mi cuello.

Mi cabeza ruge y pesa, como si fuera una maceta de terracota llena de abono y tierra. La dejo caer sobre la mesa y se quiebra. Los bulbos de narcisos y tulipanes ruedan sobre la mesa de madera. Recuerdo el inico del otoño, no de primavera. Mis brazos se derrumban a mi lado de la misma forma que la gravedad hace caer la seda de mi falda sobre mis piernas. El encaje de mis mangas se rasga. Era mi vestido de seda preferido. La pala cae al piso, junto a unos bulbos que han echado unas tiernas raíces, en vano. Sí, sin sentido. Escucho el eco de la pala al chocar el suelo.

Mi cabeza ahora descansa en medio de la tierra y las tres rosas color rojo sangre casi negras, sin perfume ni espinas, que alguien dejó anoche sobre la mesa. ¿Habrá sido Leah? No lo creo. Leah ni nadie quieren saber de mi. No soportan el peso de mis pensamientos que han censurado con el silencio bajo los escombros.

Si digo lo que pienso, es como si le hablara a la pared. No tengo respuesta. Erosión. Los helechos se desprenden entre las piedras. Y me vengo abajo a gran velocidad. Avalancha de lodo, sueños, maldiciones, bulbos y rosedales.

“¿Quieres saber algo de mi? Yo quiero saber de ti, pero en este momento prefiero morir como las mariposas después del sismo, el derrumbre y la tormenta.”  Y que alguien se dedique a coser más tarde las alas de las mariposas muertas en mi espalda curvada sobre la mesa. ¿Cuántas alas podrán coser ? ¿Una, dos, tres, mil quinientas…?

Hay una diferencia conmoveroda muy grande entre una, dos, tres y mil quinientas. ¿Pero una, aunque sea una? ¿Pido tanto? La gente se queda atónita con sólo una y yo aspiro a mil quinientas.

No se si encontrarán las alas de mariposas muertas. Las enterré en el jardín la semana pasada. Pero quisiera haberlas guardado en mis cajitas de cristal como cuando era niña. Por lo menos para poder verlas cada mañana cuando dejo desplomar la cabeza sobre la mesa.

¿Si Leah viniera, me tomara de las manos y me sacara a bailar por el jardín entre los brotes y las mariposas? ¿Sería entonces más feliz?

Arnold Genthe – Anna Dunkan 1926

Aria

Tosca, que ha tomado un cuchillo de la mesa, se lo clava en medio del pecho, diciendo: «Esto es el beso de Tosca». Luego de una maldición, Scarpia, moribundo, gime balbuceando un pedido de ayuda, socorro. Tosca le increpa: «Ha sido muerto por una mujer. Me habéis torturado. Habla. ¿Oyes aún? Mírame. Soy la Tosca. ¡Soy la Diva! Soy Tosca, oh Scarpia». Agrega: «¿Te sofoca la sangre?. .. ¿la sangre?… ¡Muere, muere, muere!». Y una vez que lo contempla inmóvil, cierra el acto con estas palabras: «¡Ah! Está muerto. Ahora lo perdono».

Las veo, las escucho. Son las últimas sombras de verano que se ahogan y se reflejan en la pared blanca de la casa.

Ni siquiera me di cuenta que se esforzaban por demostrar su presencia hasta recién, sólo para  intimidarme.

Me provocan, sin preludio ni obertura, y yo también las atormento con los latigazos en el piso de madera, ese en el que estuve parada unas cuatro horas en menos de un mes.

Estallé en tres siniestros acordes, en palabras crueles, hilos negros, dorados y plateados como éstas, mis enemigas, las últimas sombras, hasta romperme toda y sucumbir en el silencio táctico e inhospitalario de este gran pretexto de ambas, inexplicable, hostil.

El primer día que habité el lugar, que abrí las ventanas destartaladas y abracé la gran plaza desde el balcón me sentí plena. Había dos puertas, fisuras y orificios en el piso y la pared debido a la antigüedad del edificio, pero no consideré que se convertirían en menos de unos segundos en encontronazo, en un abrir y cerrar de ojos, en violencia, en este fin y en este duelo infinito, trágicamente irónico.

Ese primer día, vi las sombras en el piso, pero no me parecieron severas, al contrario, se presentaban prometedoras. Se fundieron en mi pecho. Me dejé seducir por ellas. Eran como el canto de un aria en el primer acto de una ópera. Sombras que detuvieron el tiempo narrativo y parecían dar espacio a mis próximos recitativos y virtuosismo. Por lo menos en ese momento, entre las plumas de palomas que me dieron la bienvenida, veía todo así de simple. Recondita armonía.

Las flautas traversas, los violines se deleitaban con mi felicidad. Me acompañaba la orquesta.

Pensé en Leah. Me habría gustado que estuviera a mi lado, y le recité en voz alta, con las tres plumas de paloma entre los dedos, cantando:

Tienes ojos azules,

Tosca los tiene negros !

El arte, en su misterio,

funde las dos bellezas y las confunde…

Pero mientras pinto este retrato,

Mi único pensamiento,

Mi único pensamiento eres tu,Tosca, eres tú !

Dicen que el aria congela el tiempo para que el personaje exprese sus sentimientos íntimos, igual que las sombras. Aria, del italiano, que significa aire, canción, melodía.

Los ángeles cantaban a coro el aria, las palabras de Tosca resonaban en mi cabeza, el sol de verano tardío golpeaba en mi cara. Con la misma intensidad mi caja torácica le gritaba esa última noche todo lo que el destino a veces arrastra y destruye. El inicio del fin. Y mis últimas palabras antes de cerrar la puerta en su cara fueron:

—¡Tu silencio tibetano te saldrá muy caro!

Arde en la sangre de Tosca el loco amor. La maldición.

Me pregunto si es sabio guardar silencio en estas circunstancias. Pero no se trata aquí del silencio pitagórico, del que nacen seres íntegros. No es fácil mantenerse callado cuando el silencio es una mentira, según las palabras de Victor Hugo.

Lo deshecho en tan poco tiempo no promete florecer. Todo lo esplendoroso y próspero de mis intenciones, de aquel abrir de postigos, el primero y único en menos de un mes, inauguró un inconfundible malestar que se fue dilatando hasta estallar. Cuando decidí que era mejor gritar. Un gritar doloroso que el silencio no fue capaz de evitar.

La escopeta abre el tiro cuando dispersa la pólvora. El final de la batalla. La derrota-victoria.

No fue como lo dicho de una flor de invernadero, separar, extendiendo sus pétalos que estaban recogidos en el capullo para abrirse. No. Fue otro tipo de eclosión, esta vez brutal, animal, como las crisálidas, seguido del lamento de Tosca.

Como las mismas que se abrieron ayer antes de la tormenta, de las cuales salieron dos mariposas, una con las alas atrofiadas. Cuando fui al patio, vi las pupas transparentes, rotas y vacías, busqué las mariposas y las encontré, serenas entre las hojas marchitas. Las vi surgir y sobrevivir mientras dejaban secar sus alas antes de volar. Las tuve en mis manos, las bendije, les di la bienvenida.

Media hora más tarde se avecinó una tormenta tropical. Me senté en un rincón, sin revelar su escondite, las dejé en el verde del silencio y su existencia idílica y las perdí de vista.

Sarah Moon

Schloss Rheinsberg

Veo una realidad de ventanas de castillos europeos reflejadas en el agua que ya no me rozan. Como un telón de teatro que veo al pasar, como una realidad surrealista que no es mía.

Hay música de violines a lo lejos, sonido de platos de porcelana, suspiros de ángeles anidados como arañas de caireles en las paredes.

Voces agudas de sopranos y promesas que no se cumplen. Es como si la mudanza al hemisferio sur estuviera maldecida. Marcada con una raya de fibra fosforescente y cinta adhesiva roja con el sello de abierto, manoseado y verificado. Como si fuera un mundo allí, con castillos y suspiros, y otro totalmente distinto por estas latitudes, anmarañado con olas de calor y terrones de tierra seca, bebés de iguanas, marcas indeseadas de cuchillo detrás de los espejos y hojas marchitas de tanto sol y los restos de platos de porcelana rota dispersos por la casa.

Alguien frota las cuerdas del piano con fuerza hasta hacerlo chillar como si estuviera endemoniado. El piano está en el centro del gran salón, donde se concilian los banquetes, los juicios, las asambleas, los conciertos de festivales de verano. No en mi casa. Donde una vez estuvo.

Todos caminan hacia las escaleras del castillo, que son de mármol, entre el ritmo de los pinos del jardín prusiano, cónicos y simétricamente plantados hace años.

—¡Esperen! —les grito —¡Falto yo!—  Veo las sopranos que cantan en el invernadero entre las plantas de naranja. Y al mismo tiempo, sigo sentada en el living de mi nueva casa, bajo la brisa del ventilador de techo, Espero una respuesta después de siete meses. Y nada, ni siquiera me esperan. Levanto la vista y veo la pequeña iguana en la esquina del cielorraso.

—¿La mato o no la mato? — me pregunto. Y me largo a llorar. Porque decidí matarla. Sin piedad.

Es un chiste. Se burlan de mi. La iguana que logró entrar en la casa, el director de ópera, las sopranos que cantan y la aduana. Todo parece un sueño de mal gusto que alguien ha puesto en el portapeles. Sigo soñando con el castillo y el jardín. Un sueño que alguien se ha empeñado en soterrar entre las llaves oxidadas de algún cajón.

En el borde del foso de agua, sostengo una rama de laurel y una hoja blanca con cuentas matemáticas y numéricas y una sumatoria de puntos positivos y negativos. Cuento las ventanas reflejadas en el agua. Y pierdo la cuenta. A quién le importa. Cuento las hojas de laurel. Tacho números, puntos suspensivos, dibujo las notas musicales para los violines y el sonido de los platos de porcelana. Tacho, tacho, tacho…borroneo nombres y números hasta llegar a mis huesos, al esqueleto de la cuestión. Mato la iguana de cola rayada. Y cuando cae, la aplasto con el pie. Sin lástima.

En el borde del agua, veo los meridianos, la puesta de sol. Se superpone la luna, los tachones en el aire, la vastedad del horizonte, los anillos de los planetas, los demonios y los suspiros de ángeles. Veo paisajes plisados, collages de anotaciones sin sentido, en lápiz y burbujas de pensamientos sueltos, dichos, silenciados, retorcidos en el reflejo del agua. Me tiro de cabeza, me rompo la frente contra el fondo como hace años. Y veo una mano extendida hacia mi, signos cardinales y asteriscos, flechas y una especie de estrellitas misericordiosas que me llaman. Veo un jardín, escucho la voz y sigo un camino sutil entre rayas y más rayas, bollos de papel y cajas. Veo hojas de banano, hojas de laurel, hojas de tilo, hojas de naranjo entre el moho y las algas. Desde aquí debajo del agua, veo el fervor de los cimientos del castillo. Aquel mío y sólo mío. Y de nadie más.

Sarah Moon

ANYTHING, ANYTIME AND ANYWHERE

Los ojos de los demás son nuestras prisiones; sus pensamientos, nuestras jaulas.

Virginia Woolf

Ibamos subiendo las escaleras; ella, detrás mío, con las partituras sostenidas por su brazo derecho. Ella subía mirando el polvo sobre los peldaños de madera. Yo subía observando el ritmo y las formas moldeadas como granadas de los balaustres torneados. Y un cartel que decía con flechas concéntricas ESTAS AQUI.

Me preguntaba, para calmar la ansiedad, si la madera de la escalera sería pino, cedro, caoba, roble o cerezo. ‘Nada de eso es importante’, me repetía a mi misma.

Y nos detuvimos ahí, en el rellano, al pie del segundo tramo. En la pared blanca se reflejaba el vitral transparente que atravesaba el sol de la media mañana. Ella seguía mirando el piso, el polvo, los pedales y mis zapatos. Yo leía otro cartel en blanco y negro que decía SIN SALIDA.

Yo tenía unos quince años. Ella, unos veinte años más que yo.

Por esos inicios de la adolescencia, mi vida giraba en torno al piano, las partituras, los silencios.

Cuando recostaba la cabeza por la noche en la almohada, era sobre un nido de líneas horizontales y paralelas de pentagramas enmarañadas entre espacios en blanco, claves de sol y cuerdas metálicas. Por las mañanas, antes de sentarme al piano, si sacudía la cabeza esparcía una percusión de corcheas, fusas y semifusas por el aire. Si cerraba los ojos veía mi cuerpo envuelto en hojas de partituras y música y caracoles gigantes colgados sobre mis oídos.

Estoy segura que si alguien iluminaba mi cabeza con una linterna mientras dormía, habría visto los puntitos de vuelo errático, en círculo y en espiral de las notas musicales como luciérnagas alrededor mío. Colisiones de escalas cromáticas, figuras y compases.

En aquella época tenía plena conciencia de mi capacidad torácica, de mis costillas, de mi postura, de la estructura ósea de mis manos, del cuidado de mis dedos. De todo lo que podía archivar en mi cerebro, de mi notable memoria visual, de la cantidad de partituras y notaciones matemáticas guardadas entre las paredes del frontal y los temporales. De toda la frustración abultada en mi mandíbula y la saliva acumulada en la cúpula del maxilar. De la insignificancia de mi existencia y mis inexplicables pretextos en mi caja de resonancia.  

Las uñas cortas, bien pulidas y rosadas, los nudillos salientes, las venas que se movían sobre los huesos del metacarpos. Estaba orgullosa del trabajo de mis falanges para adquirir fuerza, agilidad y control de la mano sobre las teclas del piano. Sin descanso. Con insistencia. Velocidad y virtuosismo. Cualquier superficie de madera era suficiente para practicar, en cualquier lugar. Articulaciones y pulsaciones constantes, como las de mi corazón y mi respiración.

Muñeca, antebrazo, brazo, codo. Todo relajado y a la vez tensionado, porque al fin y al cabo nunca logré en realidad esa perfección que ella tanto pretendía de mi. Nunca llegaría a ser concertista. Y ella insistía día y noche, que estudiara ocho horas como mínimo diarias. Lo repetía hasta el cansancio. Pero ¿para qué? ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué estaba ahí, parada delante de ella, en la escalera del instituto superior de música, con el sonido del metrónomo marcando el paso en el claroscuro del fondo?

Alguien me dijo hace unos quince años que soy como una especie de super E, un ser superior que todo lo puede. Como el eslogan: ANYTHING, ANYTIME AND ANYWHERE. Que cualquier cosa que me propusiera en la vida me saldría bien, porque tengo una sensibilidad especial, una perseverancia infinita. No era sólo insistencia, ni capricho, sino esa capacidad de empezar algo con propósito, disciplina y visión. De comenzar algo que algún día vería nacer su fin.

—Lo que quieras, estés donde estés y en cualquier momento.— me dijo la voz.

—Gracias, gracias, gracias. —le dije.

Conciertos, clases magistrales, concursos. Quién sabe todo lo que me proponía a mi misma en aquellos tiempos. Era como estar encerrada en una burbuja giratoria de figuras musicales flageladas gigantes, telarañas y diamantes. El magnetismo crucial de las palabras, de mis propias promesas. Igual que las de Nidia, que machacaba en las escalas cromáticas, en ejercitar el ritmo, la presión de los dedos sobre las teclas, la ligereza y la apertura de las palmas de mis manos.

Creo que lo hacía bien. Yo sentía con el paso de los días que mis dedos se alargaban. Pero nadie era tan hábil para las teclas de marfil como ella misma. Ni nadie mostraba tanto desinterés en mi carrera como mi padre. Yo me desvanecía allí, en la esquina oscura de la escalera, entre las molduras sucias y arruinadas de la pared y la balaustrada rítmica que se deshacía, onírica. Apoyada en un poster todo rasgado, pegado a la puerta que decía: ‘IT’S ALL IN YOUR HEAD’. Me desdoblaba mientras me abrazaba los brazos, estrangulaba mi cuello, relajaba las manos y la escuchaba atenta, enjaulada en pentagramas y fantasmas. La observaba, allí, encorvada, sentada en la silla a mi lado, pasando las hojas de las partituras mientras yo tocaba el piano. Caleidoscopio de ojos, tornado de manos.

Nidia Koppisch, nombre legendario de la música argentina. Alguien quien merecía toda mi admiración.

Creo que desde el primer día que subimos juntas las escaleras, compartimos ese secreto: que nunca llegaría a ser concertista. Era como acarrear piedras en el desierto en pleno verano.

Ella lo sabía. Yo lo intuía, aunque tuviera por esos días la cabeza en las nubes. Yo lo decidí. Yo sabía que tirarme al vacío nunca iba a suceder. Aunque pareciera que algo grande estaba por ocurrir. Como si decenas de sombras miraran y analizaran un cuadro por el ojo de la escalera.

Hoy intento colocar todos esos ojos en mis bolsillos bordados de flores. Ya no recuerdo si el armazón de mi piano era abeto, nogal, haya, peral o palosanto. No es necesario. Mi padre me obligó a vender el piano.

Y, al mismo tiempo, alguien mantiene el ojo pegado a la mirilla de mi vida. Y siento su respiración en mi cuello. Porque me pasa siempre. Con cualquier cosa que quiera, esté donde esté y en cualquier momento.

Sarah Moon

En el umbral de dos vidas

“Tenemos dos vidas, y la segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una.” ― Confucio

Un cajoncito de madera de roble y nueces con cáscara, y un poco más lejos, unas tres granadas que alguien hizo rodar por el escenario desde las bambalinas, unas seis manzanas chilenas bien rojas, de esas que tanto me gustan, unos espárragos, un zapallo de estación, verde, con vetas naranjas y verrugas y unas moras salvajes de un árbol del campo.

Tiempo de café. Una vela blanca prendida  y un reloj de bolsillo de mi otra vida de números romanos y leontina.

Fui al jardín a cortar la primera flor de agapanto que se ha abierto esta tarde, acomodé la enredadera para que siga trepando por el alambrado y busqué en la cesta que preparé ayer las semillas de girasoles. Me dijeron que noviembre era tiempo para la siembra. Inicio y fin de tantas cosas. De una vida. Y de la otra. Entre pitos y flautas, me doy cuenta que se enfrió el café. No me gusta el café frío y sin sabor a café.

Como era de esperar, el café que tomaba en Bélgica me parecía más rico. No sé, el cuerpo, el aroma, el amargor, el dulzor. Me gusta el de notas frutales, florales o de cacao. Especiado. Dudo todavía, pero me parece que las flores belgas florecen más por las abundantes lluvias.

Aboné la tierra de esta casa con las cáscaras de nueces, las pepitas de granadas, los restos de manzana, las semillas y barbas de zapallos y la borra del café. Pero no hay caso. La tierra está demasiado envejecida y sedienta.

—Dios, dame paciencia. — digo al cielo azul de primavera, y lo grito por toda la casa desde la cuerda floja que ato de puerta en puerta. De ventana en ventana. De continente a continente.

Hace un mes, fue lo primero que hice. Até mis cristales cerca de la ventana que da al jardín de invierno, por lo menos me doy cuenta que aquí en el hemisferio sur brillan más y hacen más reflejos en la pared blanca recién pintada.

La temperatura es distinta, la presión atmosférica, la altitud, también, la humedad. Todo afecta el mecanismo del reloj, pensé. Que no se pare, que no se hunda…

—¡Nada de presagios! —me dice la voz.

Me pregunto qué hora es  y saco la cuenta continuamente, resto cuatro, sumo cuatro. Horas, meses, años. Hay una diferencia de cuatro horas entre Bélgica y Esperanza. Creo que debería comprar más velas por si se corta la luz. Las tormentas son inesperadas, como los funerales, y el pronóstico del tiempo nunca canta la justa. En Bélgica, en veintitres años, nunca se cortó la luz.

Extraño el mirlo en mi ventana. Quiero conocer al pájaro campana, ese de la polca paraguaya que escuché anoche en arpa. Dicen que hace un fuerte silbido que interrumpe su canto. El mismo que hago yo entre bambalinas, grito sordo que nadie quiere oir, mientras deambulo por la casa. Dicen que el pájaro se alimenta de frutas. Igual que yo. Café frío, amargo y granada.

Quizás no sea mala idea dejar las manzanas pudrirse por el piso de madera de la casa. Voy a caminar por la cuerda floja, descalza, con la vara de agapanto entre los dientes. Y con ojos cerrados. De cour a jardin.

—Côté cour et côté jardin. — me susurra la voz.

Escucho sus palabras como si fuera ayer. Bélgica, el teatro, el mirlo en mi balcón. Las semillas y las agujas desparramadas por el piso. Las dos  vidas que conviven en mi.

Voy a dejar el cajoncito con nueces lejos de mi vista, ahí, en el centro de escena, turbio, desenfocado, como se ve desde la cuerda. En el umbral. Quizás venga la iguana a comerlas. No me gustan las alturas. A ella, aparentemente, sí. Mis vecinos dicen que es inofensiva. No quiero una iguana de mascota. Tiene espinas de la cabeza a la cola. No creo que yo logre caminar de espaldas. Ni que pueda hacer equilibrio sobre un solo pie. La iguana toma sol todas las tardes en el techo de la casa. Y hace acrobacias. Voy a intentar recostarme en la cuerda. Voy a respirar hondo. Voy a intentar enfocar la vista y no ver ni la iguana, ni los espárragos ni las moras confusas y desafiantes. Sólo el cielo, las nubes, los sueños y los recuerdos de la vida en Bélgica y las flores de agapanto azul liláceas por la ventana.

Sarah Moon

Ex libris

Con sus referencias al choque de corazas, asaltos y combates, su andar ecuestre producto del barro y la sangre de los campos de batalla, el circo se aparenta simbólicamente a una danza de la muerte. Su apego al color rojo, al destello y a la fuerza pura lo distinguen de cualquier otra forma de complicidad.

El vestuario de circo

Pascal Jacob

Hay una cierta tensión en mi cuerpo que se traduce en miedo y en un constante dolor en el cuello, del lado izquierdo, un dolor agudo y preciso, cortante, nada alentador, que se extiende hasta la órbita del ojo. Un dolor que nació hace años y que ya no me quiere abandonar.

Este último tiempo estoy convencida de que para proteger mis sienes entre los ojos, la frente, las orejas y la mejillas debería llevar una de esas tiaras de alas, donde se distinguen perfectamente las plumas blancas, como lucían las deidades etruscas sobre el hueso temporal. Quizás así, con el transcurso del tiempo, evitaría la pérdida de la audición, la ceguera, las cefaleas, los trastornos del equilibrio o la futura pérdida de conciencia.

Turan, conocida como la Afrodita etrusca, era la diosa del amor, la fertilidad y la vitalidad y está representada en infinidad de espejos, como los que se conservan en el Museo Arqueológico de la Ciudad de Madrid con aquellas tiaras. Se trata de espejos de bronce, hoy de pátina gris verde, de gran espesor, con escenas representadas con la diosa en medio de coronas de hojas de hiedra o guirnaldas de flores de cuatro pétalos, y el mango de marfil o hueso labrado. No es de extrañar, por su peinado con alas, que la paloma y el cisne eran para ella animales sagrados, al igual que para mi.

La voz que escuché al entrar allí, una especie de arena de circo, y que relacioné con Turan y los espejos, me pidió que me quitara los zapatos. Que cerrara los ojos. Que caminara descalza sobre las piedras redondeadas, de esas que tienen un conocido efecto protector contra brujerías, males de ojo y hechizos malignos.

Al final del recorrido laberíntico entre las piedras y sogas con sábanas colgadas, al cual llegué con cierta reticencia, abrí los ojos y vi un hilo de lana rojo por el piso que me invitaba a seguirlo. Una mujer de trenza larga y canas vestida de blanco me esperaba aparentemente al lado de un mástil, en el centro de la pista, con la punta del ovillo rojo y sábanas también de algodón blanco en sus manos, para que le ayudara a doblarlas, tomándola de las orillas, por la mitad, y otra vez por la mitad y otra vez por la mitad. Y una vez más, por la mitad hasta quedar completamente plegadas. Me hizo acordar a mi niñez. A esas tardes repetitivas en las que recoger la ropa blanca de la soga del patio era casi una obligación y una gran responsabilidad que no me correspondían para esa edad.

La mezcla de sensaciones y recuerdos me hizo dudar mucho en ese momento si me encontraba en el patio de la casa de Esperanza, donde mi madre colgaba en la soga las sábanas y la ropa interior con broches de madera, en un circo de carpa roja y blanca o en una tienda de campaña militar. Olía el perfume, pero no veía la pila de cancanes blancos, ni las boas de plumas, ni las joyas ostentosas de plástico, ni armazones ni corsés de encaje dorado, plisados y bordados ni el dolman en soutaché de oro o plata o lentejuelas de jinetes, domadores o acróbatas, el jefe de carrusel, el payaso o la amazona. No vi trapecios, ni caballos, ni leones.

Tampoco vi heridos, pero sí camas plegables cubiertas de sábanas blancas, como una carpa de hospital de algún ejército. Buscaba con la mirada los soldados etruscos de casco empenachado color carmesí y lanzas. Yo había leído que el traje de circo había nacido del uniforme militar gracias al legendario Philip Astley. Pero no los vi. Ahí me di cuenta lo aterrador que me parece la sola idea de una tercera guerra mundial. Es para mi, como caminar por la cuerda floja.

¿Libertad, seguridad o aventura? Era la época de la Guerra de los Siete Años.

Astley solía montar por entonces a caballo de espaldas o con la cabeza sobre la montura y los pies en el aire, mientras los caballos bailaban en círculo y las balas rozaban sus orejas. Era obvio, a pesar de su carrera militar, que sus ambiciones acrobáticas saldrían ganando hasta abandonar la guerra por la equitación y las artes circenses. Se hizo tan famoso en Paris en el siglo XVIII que habría recibido una medalla de diamantes de la mismísima Maria Antonieta, quien, embelesada con su liviandad y elegancia, le otorgó el título de ‘Rosa Inglesa’.

—¿Estoy mortalmente herida? —le pregunté a la voz mirando desesperada mi cuerpo buscando ver correr algún hilo de sangre.

La mujer de cabello trenzado y sujeto con cintas rojas comenzó a prender velas, cantar canciones de cuna y caminar alrededor mío con un plato de piedra que cargaba en lo alto, sobre su cabeza. Sus rezos a los dioses estaban mezclados de incienso y mirra — pensé.

Llevaba una ligera túnica blanca hasta los pies, como Turan, y colgaba de su cinturón, envainada, una espada larga, de la que asomaba sólo la empuñadura, muy sencilla.

Me invitó a recostarme en una de las camas de campaña, me vendó los ojos y me envolvió las manos en paños calientes con perfume a salvia y romero. Me ató los brazos  y las piernas con lazos y moños de tiras de algodón blanco y cubrió mi cuerpo de sábanas blancas creando una coraza que me inmovilizaba. Intranquilidad. Desconfianza. Falta de maniobrabilidad. Me sentía totalmente confundida. Quise escapar, pero en ese momento me di cuenta de la tensión de mi cuerpo, del inmenso cansancio, de las ataduras. De repente pensé que había alcanzado la muerte. Mi cuerpo que caía a tierra. Cuando la mujer empezó a acunar la cama, me sentí desmoronar en el tunel al igual que Alicia o Astley, de espaldas, con las piernas y los brazos en el aire.

La legibilidad de un salto mortal.

No había castillos en mi infancia. Sólo un gran patio con ropa blanca colgada.

Aterricé en un jardín. Y clavé los ojos en un castillo.

Pero en aquel pequeño jardín, entre narcisos primaverales recién florecidos y piedras redondeadas, estaba Leah, vestida como una de las amazonas de Astley, con falda vaporosa de rosas, corona de flores, cabello largo y velos. Como un ancla, parada a mi lado, en medio de una pila bautismal abandonada, un reloj solar un poco oxidado en un pedestal, unas cuantos azulejos de cerámica con ramos de girasoles, restos de capiteles góticos con incrustaciones de fósiles nummulites, una doncella medieval en piedra sosteniendo una espada a la que le faltaba un brazo, escudos de la nobleza con cabezas de cisne y flor de lis, y textos en bajorelieve sobre bloques de mármol.

Leah cargaba un cofre. Y la llave colgaba de un hilo rojo de su cuello. Yo traía relámpagos en mis manos y la tiara de alas en mis sienes. Tomé la llave y lo abrí. El cofre contenía telas, bobinas de hilo rojo, restos de encaje dorado, tijeras, lentejuelas, cuadernos con bocetos y anotaciones en tinta y lápiz, libros sobre historia del arte etrusco, circo y vestuario y flores secas de cuatro pétalos. Comencé a hojear uno por uno, arrodillada entre las piedras. Reconocí el ex libris de Linda Salva en la primera página de cada libro. La diseñadora americana que nunca había conocido, pero que me había guiado durante toda mi carrera. Desde sus inicios durante estos últimos veintitrés años.

El ex libris era una composición de narcisos, hojas y flores de diente de león.

Sarah Moon

Amor fati

«Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo, sino amarlo.»

Ecce Homo – Friedrich Nietszche (1888).

Entré en su casa en medio de la osadía y la tormenta de viento, con la armadura puesta, una de esas de acero pavonado, negro azulado, grabadas con cardos, rosas y flor-de-Lis y tachas doradas.

­—Es todo tan absurdo—dijo Leah mientras se reía de la situación.— Como si el universo nos volviera a dar otra oportunidad para ponernos de acuerdo, para hablar, para tomar un sorbo de té caliente, para mirarnos a los ojos la una a la otra.

El viento iba y venía en ráfagas como latigazos que golpeaban el techo, mi integridad, mi armadura y las ventanas; como huracán que sacudía mis certezas, mis decisiones y el equilibrio de mi cuerpo. Yo, toda yo, entre enfadada y sorprendida, intentando no perder la cabeza ni soltar la espada y pulir mi escudo para que sus muebles, su mundo, su altar y su cotidianidad se reflejaran en él y no destruyeran mi valor, mi verdad.

La rapidez y fragmentación de mis pensamientos, como partículas de serpientes y sangre en la cabeza de Medusa, y la oscuridad de la bóveda del planetario todavía en mi retina, los astros, las constelaciones y sus manos en mis manos se mezclaban en un vórtice celestial. Los signos zodiacales, mi fragilidad y las preguntas crueles de la voz que se repetían una y otra vez en el aire y resonaban en cada uno de mis escasos y vergonzosos pasos sobre las baldosas blancas y rosadas: ¿Qué buscas a estas horas? ¿Qué quieres ahora, mañana, dentro de veinte años? ¿Está Leah a mi lado o es un sueño, la noche, una visión, la fatiga, un eco, la falta de sol, una bendición, la somnolencia?

El frío de mis pies, del piso y de sus manos. Los rituales a los que me vi obligada a seguir, sacarme el casco y los zapatos, el vapor helado de nuestras pocas palabras en el aire que nos rodeaba, el sueño inminente, la espiritualidad, las gotas de aceite de lotus azul y la distancia, los golpes del viento en el tejado, la frialdad de mis actos y las consecuencias de los acontecimientos fortuitos.

No podía saltar, ni soltar, ni correr lo más lejos posible. Era quedarme y bailar con Leah bajo las estrellas como testigo. Pero dije que no. Sin hablar. Sin expectativas, me senté en el sillón de terciopelo dorado que dijo y volvió a repetir varias veces que me estaba esperando. Era más fácil decir la verdad cuando me desplomaba en el sillón de terciopelo rosado. Me costó sentarme, sentirme cómoda frente a ella y sus cisnes, sus libros, sus ideas, sus manuscritos, sus perfumes, sus alas, como ahora me cuesta estar aquí, rodeada de gente que me mira y me observa, y que espera una respuesta de mi. En la antigüedad, la cabeza de Medusa era usada como talismán para ahuyentar a los enemigos. En ese momento, en su casa, y hoy, entre todas estas voces y los zumbidos en mis oídos, mis propios pensamientos fueron y son talismán, serpientes, medusas, enemigos, batallas perdidas y ganadas y todo a la vez.

Al sentarme y tomar la taza de té, pensé que era cuestión de poner la mano en la Boca de mármol de la Verdad, como una vez hice en un templo de la ciudad de Roma, sabiendo que no sería devorada por mirarla a los ojos y decir la verdad.

La absurdidad de la noche y la casualidad nos llamaba. Era la hora del todo o nada. La hora de elegir estrategias y no mencionar determinadas palabras. La hora de la complejidad de lo que queda no dicho entre suspiros y miradas.

—Gesloten boek— me dijo Leah en holandés. La parálisis me consumía en el umbral de su puerta, en medio de su living y a su lado en la cama. Ella insistía en que era como un libro cerrado lleno de intrigas en la biblioteca, esperando en todo momento a ser abierto.

—Puede ser— le respondí.

Había una cuestión de peso, no sólo de sentimientos encontrados, que me generaba insomnio. La colcha suelta, liviana como pluma , tendida sobre las dos. También una cuestión de temperatura, no sólo de liviandad. Era como estar acostada en un laberinto de hielo, en la niebla, sobre furia, preguntas y escarcha, rodeada de sombras y cariátides de nariz quebrada.

Quería verla con ojos vírgenes. Quería sentir su pelo entre mis dedos. Quería deshacerme del rigor de la armadura y sólo llevar una malla infinita transparente de flores, tules traslúcidos y cristales como el primer día que dejé de lado la crisálida. Quería lo que siempre quise en medio de la confusión y el letargo. La necesidad de ser amada. Intenté no apartar la mirada y aceptar que las cosas a veces sucedan como tienen que suceder.

Sarah Moon

Amor Universal

«Jamás se me pasó por la cabeza que nuestras vidas, hasta entonces tan estrechamente vinculadas, pudieran llegar a separarse tan drásticamente… Pero supongo que para entonces ya existían poderosas corrientes que tendían a separarnos, y que sólo fue necesario un incidente para que la ruptura se hiciera definitiva. Si hubiésemos entendido esto entonces, quién sabe, a lo mejor habríamos conservado lazos más fuertes».

Nunca me abandones, Kazuo Ishiguro

—¿Por qué escribir sobre el Amor Universal si ya existen miles de libros sobre el tema? ­— le pregunté con falsa inocencia aquella tarde.

Parecería que esta pregunta sigue zumbando entre los pensamientos de Leah después de tantos meses desde la publicación de su libro. La sigue repitiendo en sus escritos y yo la sigo leyendo a la distancia. Sigo preguntándome por qué lo hice. Y se que no fue para lastimarla.

Ni sus padres, ni sus amigos, ni sus lectores entenderán nunca la pregunta porque no saben cuál fue el motivo que me llevó a pronunciarla. Tengo la casi certeza que ni siquiera ella sabe realmente el por qué de la pregunta. Por supuesto, la pregunta esconde su lado irónico y reactivo. Uno de esos momentos que no pude dejar de lado el escudo y la espada. Un tormento secreto entre ella y yo. ¿Por qué no podría Leah escribir sobre el Amor Universal con mayúsculas? ¿Por qué no se lo permitiría? Sería ridículo callar sobre aquel amor que supera todas las expectativas, que no sucumbe a horrores ni dramas, que se mantiene firme antes vientos huracanados, que parecería nunca romperse ni extinguirse en cenizas con el fuego. Algunos hasta asumen que es la fuerza más poderosa que existe. Entonces leo:

El Amor Universal no es un concepto religioso, es pura física. Es una ley universal como la ley de la gravedad o la ley de la acción y reacción, es la fuente de energía más poderosa e indestructible que existe.

Desde que tengo uso de razón, concebí el amor como modo primordial de mi existencia. Nunca me he negado a salir en su búsqueda. Al contrario, ha sido la motivación del destino de mi encuentro con Leah, de eso estoy segura.

Cuando era adolescente, coleccionaba frases relacionadas con el amor verdadero, ese que llaman incondicional. Se había vuelto una manera de demostrar que este sí existía. En las obras de teatro griego que leía, en las rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, en los libretos de ópera, en los diarios de Anaïs Nin o las poesías y cartas de sor Juana Inés de la Cruz. Algo que busqué fervientemente durante muchos años de mi vida, porque creía casi inexistente en mi realidad diaria.

Te amo porque el universo entero conspiró para ayudarme a encontrarte – Paulo Coelho

Te quiero no por quien eres, sino por quien soy yo cuando estoy contigo – Gabriel García Márquez.

El amor es la poesía de los sentidos – Honoré de Balzac.

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo – Jorge Luis Borges.

Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte – Fernando Pessoa.

Cierto que en el mundo de los hombres nada hay necesario, excepto el amor – Johann Wolfgang Von Goethe.

El amor no mira con los ojos, sino con el alma – William Shakespeare. 

Sea lo que sea de lo que estén hechas nuestras almas, la tuya y la mía son las mismas – Emily Brontë.

Me ha dolido mucho aquel cambio de carácter de su libro. Se había convertido en un amor desordenado. Primero, se suponia que era un libro de relatos sobre nuestro amor. Yo ni siquiera sabía el título. Dicen los filósofos que en la ordenación de nuestro amor se condensa la esencia de nuestra propia identidad.

Pero, ¿qué es realmente el amor? El amor es un acto espiritual, como la bondad, la veneración, el maravillarse, la dicha o la desesperación. Pero es un acto espiritual especial, porque a través del amor la persona deviene quien es. El amor define a la persona, que se expresa en sus actos. Esos actos son el correlato de su mundo. 

¡Qué honor,—pensé—qué reconocimiento ! Un milagro. Me sentía afortunada, privilegiada sobre todos los demás amantes, premiada con el amor de Leah. Ella, toda ella, sobre el pedestal. Y yo, en el séptimo cielo, a su lado, con mi cabeza recostada en su hombro. Yo sólo quería verla feliz y que llegara a la plenitud a la que está destinada. En toda su intensidad. Para mi nunca se trató de inventar un buen amor, sino de actuar amorosamente para la celebración de los triunfos de las dos.

Entre el reconocimiento de sí mismo y de los demás no hay oposición, sino un continuum natural y dinámico

Ordo amoris.

Espléndido es el amor que luego de la verificación racional aún prevalece, que, incluso, se vuelve más excelso por legitimarse como un auténtico sentimiento y no como un impulso, una imposición social o una mera consecuencia de la mala formación moral de la persona.

Pero unas semanas después, hubo incertidumbre en su voz, un vuelco en sus palabras, un raro parpadear de sus ojos, en aquel momento en que me explicaba nuevamente el significado que le había dado a su libro. No sería más sobre nuestro amor, sino sobre el amor universal. Algo que pensé íntimo, se convirtió en una fuente de palabras que reconocerían los lectores ahora como universal. Palabras que serían manoseadas, recuerdos que dejarían de tener el mismo significado. Y yo ni siquiera había leído una sola palabra. Pretender. Entender. Postergar. Dicen que el amor se ordena en la medida que amamos. Quise defenderme de mis propias sombras. Me sentí humillada, diluyéndome en la nada como tantas veces. Miedo. Miedo de perder lo ganado, de perderme a mi misma. No deseaba poner en duda la universalidad de su amor. Pero todavía me siento con todo el derecho de sentirme confundida, traicionada. ¿Por qué? Porque dicen los filósofos:

El amante que me sabe participa de mi. Es estructuralmente parte de mi. 

La desazón que da el riesgo de perder lo amado y la frenética lucha por retenerlo ¿es un acto irracional? O bien, ¿pudiera decirse que es una racionalidad a medias? Si le pierdo y me deja, padeceré su ausencia[…]Si se va de mi lado, soy incompleto[…]al no tenerle, seré infeliz son ideas que suelen pasar por la cabeza del amante, llenándolo de miedo ante posibles males futuros.

Sólo ella sabe por qué la universalidad ha sido puesta de relieve en ese momento. Quizás debería preguntarse primero por qué lo hizo, en lugar de señalarme con el dedo por la pregunta irónica que le he hecho yo. ¿Por qué? Porque estoy convencida que si amamos profundamente, podemos llegar al centro de la persona. Podemos sentir con ella y, en su esfera más íntima, amar con ella: participamos entonces en el ser mismo de la persona, que es, recuérdese, ens amans. Y yo la he amado profundamente. He sido su amante. Pero ella no me ha dejado llegar a su centro.

Desde ese momento no vi ya lo honorable de ser parte de todo eso. Lo honorable de relacionar mi nombre con sus palabras. Es verdad, le prohibí que en su presentación hablara de mi, o que me nombrara.

Aquella reacción mía fue aparentemente inesperada para ella. Mientras la sombra de Abigail me rozaba la espalda. Sentada detrás mío en el museo, mientras Leah hablaba, entre las mariposas doradas. Y no, no eran celos, era desorden y resentimiento.

Estaba rota. El día más importante de su vida, como yo suponía que sería, lo había compartido con otra persona. Y me lo contaba eufórica, extasiada al teléfono. El simple hecho de salir a pasear en bote con ella, la pintora excéntrica que acababa de conocer, Abigail, de desnudarse ante ella, de llevar sus ropas, de navegar en el lago del castillo con Castor y Pollux, los cisnes de Innengard y de honrar sus plumas. Plumas que había tomado prestadas de Abigail en lugar de mis flores. La presencia de ella en lugar de la mía. Todo eso se había convertido para mi en una tragedia enfermiza, la pesadilla más horrible de mi vida.

Estábamos, estamos, estaremos juntos. A pedazos, a ratos, a párpados, a sueños – Mario Benedetti.

No podría describirlo de otra manera. Haya hecho lo que simplemente dice que fue, un paseo en barco, una foto entre los cisnes o no para la prensa. No me interesa la felicidad de alguien que no entiende mi dolor o las leyes del amor. Que no ve porque no quiere ver. Que destruye una ilusión depositándola en manos de otra persona.

¿Por qué la distrajo el mero goce fugaz, la sensación de sentirse amada por otra persona en lugar de la trascendencia de nuestro amor?

En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo – Paulo Coelho.

Sarah Moon