El estanque de nenúfares

Enigma verde

El verde es la herida abierta de un misterio sin fin, una espada suspendida entre la calma y el abismo. En él convergen la vida y su ruina, la sombra y el resplandor, como si todo lo existente pudiera disolverse en sus profundidades insondables.

No es color, sino pregunta: un enigma verde que no ofrece respuestas, solo una invitación al olvido, a ser devorado por sus profundidades silenciosas y verdes. Quien lo contempla entra en la penumbra de sus velos, siente que el verde lo atrae, como un sueño que disuelve los límites de lo visible.

Al final, todo se vuelve verde.

Antonio Mora

Después de que Leah me enviara hace unos días un mensaje con una imagen del puente de Monet en Giverny en el mismo momento que yo miraba una foto histórica casualmente de Monet pintando las paredes de L’Orangerie comencé a obsesionarme con esto de las sincronicidades.

La imagen que recibí de Leah del puente venía acompañada de su deseo de algún día estar allí paradas juntas, tomadas de la mano. Se trata de El Puente japonés de Claude Monet, que se encuentra sobre un estanque de nenúfares en Giverny, Francia, el cual ha sido muy significativo durante toda mi vida y que he visitado en 1997 y al cual siempre quise volver.

La foto de Monet con su paleta y delantal en L’Orangerie estaba relacionada con mi profundo deseo de visitar el museo en el Jardín de las Tullerías en París, lo que nunca pude hacer hasta el día de hoy, con la persona amada. Estuve ahí, sí, parada frente a la puerta de entrada en el mismo año, 1997, quise entrar, cuando Daniela me dijo que ya podría entrar algún día a ver Les Nymphéas con la persona indicada.

Estas imágenes o percepciones inconscientes, que pueden tambalear entre lo milagroso y lo francamente imposible aparentemente corresponden a un orden universal como lanzar los dados sobre la mesa, pensar en dos números y que esos números aparezcan delante de ti sin la ayuda de relojes sincronizados. Ya que el espacio y el tiempo en sí mismos, no son nada.

—Definí la sincronicidad como una relatividad del espacio y del tiempo condicionada por la mente.—dice Carl Jung.

Carl Jung define la sincronicidad como una coincidencia significativa de dos o más sucesos en la que está implicada algo más que la probabilidad aleatoria. Lo que distingue una sincronicidad de sucesos sincrónicos normales es la existencia de un significado subjetivo común que inevitablemente interpreta el sujeto que la experimenta.

Estos fenómenos que no podemos medir ni controlar nunca se han visto completamente despojados de su aureola misteriosa. Un enigma, que como una espada, está suspendida entre la calma y el abismo. En mi lugar, los anglosajones del siglo VIII habrían colgado relicarios de oro de su cuello como amuletos para protegerse de fuerzas demoníacas y del mal. Y los carolingios de las caballerías habrían desenvainado las espadas con incrustaciones de plata que hoy son encontradas en los lechos de los ríos y tumbas funerarias, como las que vi en el museo este último fin de semana.

Para mi, como para los que no estamos acostumbrados a evaluar el carácter estadístico de la ley natural, como concluye Jung, interpretamos todo esto como un ‘milagro’.

—He descubierto un relato instructivo de magia en el Liber Sextus Naturalium de Avicena, que dice que reside en el alma humana un cierto poder de alterar las cosas y que subordina a ella todo lo demás, en especial cuando la mueve un arrebato de amor, odio o placer. Por eso, cuando el alma de un hombre cae en una pasión desmesurada, enlaza cosas (mágicamente) y las transforma a su antojo. —me explica Jung.

Intento ver estos paralelos sincrónicos y su relación de simultaneidad como semillas que caen del cielo en las palmas de mis manos, como aquel sobre de semillas que uno toma de una estantería y es justamente aquel que una cierta armonía preestablecida le da un determinado significado. Como la Echinacea Purpurea ‘White Swan’ que mi mano ha tomado en la tienda del museo.

—Estas semillas apuntan hacia algo que corresponde primero a lo visible, es decir, algo semejante a una imagen; en segundo lugar, a lo audible, o sea, algo así como las palabras; en tercer lugar, a la extensión en el espacio, esto es, algo con forma. Sin embargo, estas tres cosas no están claramente distinguidas o definidas: son una unidad no espacial y no atemporal, que no tiene parte superior ni inferior, ni anterior ni posterior.— me susurra en el oído el sinólogo alemán Richard Wilhelm.

El sábado, día que fui a visitar la exhibición al museo donde encontré las semillas de echinacea, fue el mismo día que seguí la lectura de tarot de Altay, donde la primera carta barajada era la de los amantes, con los dos cisnes espejados al igual que la portada del libro que ha publicado Leah recientemente. En la misma exposición, abro un libro en una página al azar y veo una foto de los cisnes en el Minnewater o Lago del Amor en Brujas. Louis Cattiaux, bibliomante, propone otro método de adivinación, tras invocar al espíritu que inspira la coincidencia o simbología. Utiliza el método de tirar el libro al piso o abrirlo al azar con un abrecartas, cuya punta se fija en el lugar donde quedó parada y ahí se lee, tras elegir sin pensar, página derecha o izquierda. Este método era muy utilizado durante la Edad Media.

Somos un perpetuo espejo viviente del universo. Las almas en general, —afirma Leibniz— son los espejos vivos o imágenes del universo de las cosas creadas.

Fue esa misma lectura donde la tarotista me hablaba de encontrar unas llaves. En realidad, no recuerdo bien ahora para qué eran las llaves que ella nombraba, pero en ese momento me hizo acordar al talismán de la flor de los siete colores de Angel, el personaje de la serie japonesa de anime que veía cuando era niña, Hana no Ko Run Run. Angel, la niña de las flores, como lo tradujeron al español para la televisión latinoamericana entre 1979 y 1980. Angel era descendiente de las hadas y llevaba una llave mágica colgada del cuello, que había tenido que reemplazar varias veces, porque se rompía o porque perdía sus poderes. Al entrar en el museo de la abadía horas después de la lectura de tarot, vi las llaves. Las encontré al levantar la vista en el pasillo, las vi en el cielorraso de la abadía construída por Amandus van Gent en el siglo VII en una especie de escudo en yeso, en el centro de una flor en relieve o filete. El recuerdo de las llaves de Angel y su misión de encontrar la flor de siete colores me han perseguido desde mis primeros años de vida.

Agripa me explica:

Aquello en lo que este espíritu tiene una fuerza especial tiende, por tanto, a ‘generar semejantes’, en otras palabras, a producir correspondencias o coincidencias significativas.

Y no fue sólo eso, el día anterior había estado sentada nuevamente en el sillón de terciopelo rosa, cuando la voz me entregó una hoja de papel y me pidió que hiciera un dibujo que representara una planta y sus raíces. Había hecho ya ese ejercicio hacía exactamente treinta años. Lo recuerdo como si fuera ayer. En ese momento, a los diecisiete años, había dibujado con palo borracho con raíces enormes.

Esta vez, pensando en unos esquejes de rosas trepadoras que me regaló mi querida amiga Lilián hace un mes, antes de mi regreso a Gante, y en el rosedal de Buenos Aires y también en Leah, dibujé un palito leñoso cortado al bies, con espinas hacia arriba. Me imaginaba el esqueje plantado en turba, con raíces muy débiles y finas, que dibujé con un marcador, rodeadas de escorpiones, escarabajos y lombrices escondidas bajo la superficie de la tierra.

—No hay rosa sin espina —dije con voz desafinada. —Sí, así dice el refrán. —Le expliqué que me sentía amenazada por todos estos pérfidos insectos, como si caminaran en el sustrato bajo mis pies, que mis raíces se mantenían todavía muy precarias y que me sentía muy desamparada, y que no hacía otra cosa que echar espinas para protegerme.

—Las espinas de las rosas han sido consideradas desde siempre símbolo de adversidad y sacrificio. —concluyó la voz.

Cuando regresé a casa, unas horas más tarde, aparece frente a mi la imagen de un grabado en madera de Ray Morimura, reconocí los mismos tallos de rosas que yo había dibujado, las mismas espinas. No pude contener las lágrimas en medio de un silencio solemne. Busqué el nombre del artista japonés y encontré sus grabados en papel Unryu Kozo con corteza de morera; trabajos que reflejan una gran espiritualidad. El primer grabado que vi fue el de un estanque de nenúfares llamado Shinobazu Pond Water Lilies, el jardín de flores azules o Garden of Bell Flower, un barco, Sailing Ship, un toro o Ox, una mujer rezando una plegaria al cielo, Prayer, una flor y una mariposa, Flower and Butterfly, un alacrán o Scorpion, un sapo o Frog, una imagen del signo de géminis o Twins, ostras marinas que ha denominado Shell y el fruto naranja de Physalis o Lanterns. Todas impresiones con encantos simbólicos o pequeños simulacros de sincronisidades entre Leah y yo a lo largo de estos últimos años.

Lao-Tsé dice:

“Porque el ojo mira y no puede vislumbrarlo, se le llama escurridizo.

Porque el oído escucha y no lo oye, se le llama esotérico.

Porque la mano lo busca y no lo encuentra,

se le llama infinitesimal.

Estas son las formas amorfas,

formas sin forma, vagas apariencias.

Ve hacia ellas y no verás ningún semblante;

Ve tras ellas y no verás su espalda. “

(Cap. XIV)

Ray Morimura

El punto de fuga

‘Cierra los ojos, agudiza los oídos, y desde el sonido más leve hasta el ruido más salvaje, desde el tono más sencillo hasta la armonía más elevada, desde el grito más violento y apasionado hasta las palabras más suaves de la dulce razón, es la Naturaleza la que habla, la que revela su existencia, su fuerza, su vida y sus relaciones, hasta el punto que un ciego a quien se le niega el mundo infinitamente visible, pueda capturar la vitalidad infinita a través de lo que oye.’

Johann Wolfgang von Goethe

Siempre me he preguntado cuál es el significado del espacio ocupado por un sueño y la modorra.

Nunca me gustaron las noches de viento indomable. Ese de gritos estridentes que mecía hojas, ramas y árboles de pino entre sueño y pesadilla. Le tengo terror al pánico.

Ese viento salvaje que no me dejaba dormir, que susurraba en mi ventana, que se mezclaba con el canto de grillos y el croar de las ranas arrinconadas en el camino escabroso de la cuneta. En un abrir y cerrar de ojos, y la sombría existencia nocturna de luces de la calle y sombras, los racimos de huevos rosados de ranas se confundían con caracoles gigantes, renacuajos recién nacidos y el perfume inconfundible del árbol de paraíso de las esquinas de tierra y polvareda.

En el corazón de las tinieblas, en medio de los árboles, los postigos verdes desgastados, desvencijados, se golpeaban una y otra vez, abiertos de par en par, destinados al colapso inevitable y el paso del tiempo.

Era y había sido siempre la casa de las brujas, asilo de fantasmas, donde convivían pisos de madera de pino, escaleras, ramas caídas, vidrios rotos, rejas de portón enorme e infinitas preguntas, para mi, sin respuesta. Delimitación. Muro. Valla. Fortificación. Y a la vez, proliferación de espíritus, brillos, cartas de papel amarillento indescifrables, gobelinos de hilos de oro, daguerrotipos datados de 1856 de personajes no identificados y botellas de champán que habían sido rescatados del mar.

La curiosidad indefensa que sentía por esa casa estilo inglés que destacaba en el barrio sur de mi infancia era magnificada por el íntimo testimonio de vecinos, el vuelo de murciélagos y la rapidez de iguanas.

Me habían contado que los antiguos dueños del terreno eran unos ‘belgas’ que habían llegado a la ciudad en los años ’50. Yo imagino hoy la ciudad de aquel entonces dibujada en papel arrugado, un plano de casas y calles trazadas en cianotipo de norte a sur y de este a oeste por arquitectos y paisajistas y cubiertas de polvo. Allí estaba ahora situado el terreno baldío de los belgas, con líneas blancas sobre un fondo de azul oscuro.

Hace dos semanas volví al barrio sur. Sólo sobreviven los pinos, los eucaliptos, y unos cuantos troncos. Y el portón de rejas, célebre y manso.

¿Tenía la suntuosa residencia de los belgas buhardilla o rejas afiligranadas, ascensor, arañas de caireles, escalera al cielo, espejos que agrandan, pasadizos escondidos en el techo, jardines de bananos y monos? ¿Había quizás sótanos llenos de víctimas o huéspedes y visitantes extranjeros, túneles, puertas falsas detrás de vitrinas de vidrio con copas de cristal, lagos artificiales o quizás alguna tumba semienterrada en el patio?

Todo parecía ser sospechoso para mi, las ventanas, el jardín, igual que los mitos alrededor de la casa vacía y abandonada.

—¿Ya los has visto? —me preguntó mi amiga de la infancia después de la tormenta refiriéndose a uno de los posibles espíritus.

—Necesitaría una brújula —le confesaba— para caminar por esas criptas de la claustrofobia y esos abismos de dimensiones deshabitadas. — O linternas, para descubrir las huellas de los espíritus entre las hojas caídas de los bananos y las lagartijas. 

—¿Y qué le preguntarías?

—¿Y vos quién sos?, eso le preguntaría —le respondí.

Se decía que los belgas disimulaban humildad y, a la hora de la privacidad, hablaban francés y ruso, y un idioma parecido al alemán, de muchos silencios, de palabras aisladas y que se vestían a la moda de revistas y vestidos de reinas, princesas y emperatrices europeas.

Decían que la madre no hablaba castellano, como si hablara sólo con su hija y la pared, pero aparentemente cosía muy bien las sedas y los linos que cardaba su marido en la fábrica textil. El padre llevaba siempre corbata y un sombrero negro inglés, según las fotos que vi, y me recordaba al personaje de la pintura La Presencia de espíritu de René Magritte.

Yo había escuchado que los libros que habían traído estaban hechos de plomo, de arcilla y láminas de plata, sin títulos legibles y que la mayoría de ellos no podían ser leídos por cualquiera. Se contaba que las copas eran estilizadas, esmeriladas, de pie alto y cristal checoslovaco, otras de vidrio nacarado. Copas para agua, vino y champán. Y platos, de porcelana de Delft azul y blanco. Todo lo habían traído en el barco que cruzó el océano durante más de un mes, además de un piano de esos donde las teclas las tocan los espíritus y no las manos humanas. Eran famosas las cajitas de música que pusieron en todos los rincones para ahuyentar los sapos y las ranas. Y gotitas de lágrimas del rey en arañas de cristal. Y molinos con aspas de madera que elevaron en el patio. Los belgas vivían en esa casa, donde no parecían existir el pasado, el abandono o la muerte. Pero sí, la nostalgia por el lejano país y la repentina partida.

Yo me veía allí, parada en el punto medio del salón, del tedio, del sueño y la venganza de los dioses, frente a los estantes de copas de champán, sin saber cuál elegir. Había escuchado que las limpiaban en aquella época con plumas de plumero de avestruz todas las mañanas. Y que tomaban la leche tibia recién ordeñada en las copas de cristal. Y se llevaban a la boca un trozo de banana y otro de palta. Se decía que era para mantener la juventud y la piel blanca común de inmigrantes europeos.

Los belgas regresaron a Bélgica a finales de los ’70. Pero no fue una huida. Ni cara o cruz. Ni exilio. Ni fue una decisión dejada al azar. Fue algo más que éxitos y fracasos. Fue el cierre de la fábrica de lino donde el padre trabajaba. Más tarde supe que siempre extrañarían aquella casa del barrio sur y los jacarandás de la ciudad de Esperanza.

Veinte años después, tuve la oportunidad y suerte de conocerlos personalmente. A los tres, el padre, la madre y la hija. Esta última, la de piel blanca y trenzas largas que paseaba por las calles del barrio dejando por detrás la estela de su soledad y sus ausencias en los años cincuenta.

Anoche crucé otra vez el portón arrastrada por la tormenta y el ventarrón. Entré en la casa. Y pasé del living a la galería y de la galería de madera al jardín.

El hechizo. Un banquete. Un jardín de invierno, una construcción de cristal y acero donde crecían una exuberancia de palmeras y plantas tropicales de todo tipo de donde colgaban orquídeas multicolores como cascadas entre los molinos con aspas. Las nubes de tormenta espesas, muy bajas, a la altura de las narices. El viento indomable había huído antes de la lluvia y había dejado la niebla. Mucha niebla. Era difícil respirar el aire cargado de tanta humedad.

Una mesa redonda de hierro. Un pantano. Un barómetro gigante, relojes de arena, un termómetro de vidrio y mercurio, una rueda de la fortuna y un cianómetro que medía la azulidad del cielo.

Me senté a la mesa, con los pies descalzos metidos en el agua, en el medio de un pantano, a tomar el té, con las cuatro mujeres. No necesité preguntarles quiénes eran.

Una de ellas, la madre belga, llamada Marie, rodeada de un velo de arañas y saltamontes. Espantaba los insectos con su abanico de encaje negro a bolillos. A su lado, la hija, Daniela, que se levantaba de la mesa a jugar con una red con la que cazaba grillos y mariposas en una bolsa de papel. A la izquierda, la princesa Teresa de Baviera, amiga de la familia, única hija y coleccionista infatigable, que enriquecía las colecciones nacionales de Baviera con valiosos objetos etnográficos, zoológicos y botánicos y sus amplias descripciones de viajes al Amazonas y al Sur. Para no ser reconocida como princesa bávara llevaba langostas espinosas de alas extendidas y transparentes cosidas a su vestido negro, las Metrodoras Magistralis. Estaba acompañada, a su derecha, por una pequeña dama de sombrero cubierto por hechizantes mamboretás de fiero aspecto atravesadas de alfileres llamadas Mantis Religiosas color verde chillón. Era Maria Sibylla Merian, de trece años, la reconocí enseguida, a pesar de verla en enagua y corsé. Era la alemana que recientemente había descubierto la metamorfosis de las mariposas. En su cuadernito anotaba en latín detalles de los ciclos vitales de gusanos de seda, polillas y otros insectos como escarabajos rojos. Dibujaba flores de banano de cinco pétalos color sangre, gruesos como cuero, cubiertos de rocío azul por el revés en las tazas de té de todos los comensales. Yo admiraba con la boca abierta sus garabatos de crisálidas de orugas hechas con tizas doradas, amarillas y negras en las paredes de cristal del invernadero.

Las cuatro mujeres, obsesionadas por sus observaciones casi científicas, hablaban de sus viajes a través de Latinoamérica, inspiradas por Alexander Von Humboldt y los europeos que habían llegado justo cien años antes a Esperanza. Yo no podía creer que no tuvieran miedo, ni al viento, ni a la tormenta, ni a los alacranes. Las escuchaba con atención, ellas, orgullosas de sus hazañas emprendidas hasta encontrar este maravilloso jardín que las rodeaba.

Sirvieron los canapés en bandejas de plata. En el centro de la mesa, pirámides de terrones de azúcar perfectamente cúbicos. Torres de masitas vainillas rosadas de Francia, mitades de palta, trocitos de banana para las mariposas en platitos de porcelana, copas de agua, vino, champán, las que reconocí de la vitrina. Pero esta vez llenas de insectos inofensivos, hormigas, moscas, avispas, abejas, cada especie en una copita de vidrio de otro color. Otras, llenas con néctar, otras con polen y otras con semillas y miel. Rojo, azul, amarillo, naranja.

Había una copa en especial, de borde de oro, como un cáliz sagrado para comulgar, que se pasaban de mano en mano para beber un sorbo y de un santiamén. Hasta que llegó a mis manos, asentí con la cabeza y reconocí la mezcla de las lágrimas de las cuatro mujeres y las mías. No supe si beber o no. Pude ver reflejadas en el agua de lágrimas personas, episodios, sueños e ideas que dejé ir, que dejé atrás o dejé morir por el camino.

Vi reflejada a Leah. Quise que estuviera ahí, escondida detrás de algún árbol o memoria enredada, y que viniera hasta la mesa a sacudirme de la modorra, a despertarme y a quedarse, besarme y susurrarme al oído que estaba libre de culpa.

Había entrado en la casa, en el jardín y me senté a la mesa sin pedir permiso. Se suponía que como sospechosa era culpable hasta que se demostrara mi inocencia en toda la teatral escena. Desde el inicio del sueño. A partir del punto de fuga de la vida en medio de la tormenta.

Aguaribay

Los granos de pimienta rosa.

En el momento que me vendaron los ojos no me acordaba el nombre. Después me ataron una bolsita de gasa con granos de café en la muñeca izquierda. Decían las voces que servía para neutralizar e identificar mejor los perfumes.

Primero, el limón, después pude oler la vainilla y el caramelo, alternando con el café. Pero la pimienta fue tocarla con los ojos cerrados, desmenuzar las drupas globosas y frágiles entre mis dedos y llevármelas hasta la nariz. Y nada. Dicen que son muy aromáticas y comestibles. De sabor intenso y floral, a la vez dulce y picante. Parecida al enebro.

El terror fue real. La incertidumbre me sorprendió. No podía oler las semillas de la pimienta. Veía la majestuosidad de los Cerros de Siete Colores de los cuales hablaban las voces y oía las escalas diatónicas y cromáticas de la quena andina. Visualizaba la arcilla roja, la piedra calcárea, los colores pardos producidos por el plomo y el carbonato de calcio. El verde del óxido de cobre. El amarillo del azufre. Las altas temperaturas. Pero sentí una frustración muy grande al no oler nada entre mis dedos.

Me desesperé. Fueron segundos. Pensé que había perdido el olfato. El juego ya no tenía gracia. Apreté más los ojos para así concentrarme más en la pimienta, la quena y las montañas.

Y nada. Nada de nada.

—¿Cuál es el nombre? — me preguntaba en voz alta. Desaliento —pensé. — ¡No sólo el olfato, sino también la memoria!

—Aguaribay—dijo una voz.  Ese es el nombre que le dan en el norte del país. Areira. Bálsamo. Árbol sagrado de los Incas. O árbol de la vida. O pimiento del diablo.

—¿Por qué tanta ambigüedad? —pregunté sin tener respuesta.

Sus manos me pusieron un frasquito de vidrio entre las mías, con la fragancia que tenía pimienta rosa como nota corazón. Y fue sublime. La emoción fue inexplicable. No había perdido el olfato. Vi con los ojos cerrados el rosa de los granos, el azul del cielo, el ramaje colgante parecido a los sauces y todos los colores de las sierras del Noroeste argentino.

Y pedí a las voces que rociaran la fragancia entre los nudillos de mi mano derecha.

Fue la señal que buscaba. El bautizo. La bienvenida a casa.

¿Pero a qué llamaba casa?

—Una pregunta que se repite constantemente — me dijo una voz.

El minúsculo grano de pimienta, la molécula de laboratorio y destilería de la que hablaban las voces y que hizo que aterrizara, que proclamara mi libertad en tierra firme, que confiara otra vez en mi, en mi intuición, y besara la piel de mi mano como si besara a la vez la de mi amada.

Sarah Moon 2007

Las manos de cuarzo  

Benditas las manos, infinidad de manos, como racimos de cuarzo transparente, sostenidas por alambre de cobre y las ramas de árboles en sosiego y vaticinios. Quise tocarlas, frotarlas, rozarlas, adueñarme de ellas, pero no pude.

Se parecían a sus manos.

Al borde del lago de Urd, de aguas cristalinas, vi los cisnes que las Nornas alimentan. Vi un jardín secreto y una pared también de cobre al fondo, con perforaciones por donde se filtraba la luz. Una planta de higos verdes, sin madurar, un peral y un manzano. Los frutos, en evolución, todavía muy insignificantes, para nada apetecibles. No debería ser así, el final del verano se aproxima. Pero el verano europeo es distinto este año. Nunca ha comenzado y parecería nunca querer desaparecer. Supe que los árboles aquellos eran avellanos, porque las nueces, todavía hojosas, estaban diseminadas como pequeñas piedras de aventurina de mica y reflejos plateados y dorados por el barro.

Buscar un lugar seguro. Esa era la consigna. Totalmente seguro, bajo las ramas arqueadas del arbusto de las mariposas, los avellanos y las sombras de la luz existencial. Bendecida por la presencia de las Nornas, las manos de cristal de roca y los cisnes, que viven cerca de las raíces del fresno perenne Yggdrasil. Eso dicen mis cartas de Tarot. Pero Leah estaba ausente.

Me hice casi invisible, traslúcida igual que las manos esculturales de cuarzo, que me recordaban indudablemente a ella. Extendí mi cuello hacia el cielo, en el centro del cosmos, y miré hacia arriba. Azul claro, concentración de geodas de ágata entre las nubes, y cubriendo mis ojos, vi aquellas redes elípticas entre las flores, como velillos nacarados de fascinator nupcial con motas, que no eran motas de terciopelo, sino finísimas arañas hilanderas.

Me aterran las arañas. Se me nublaron los ojos de nubes. Como en trance, volví a mirar el brillo de esos velos místicos. Me sudaba la frente, que se hacía profunda y de un azul-celeste de ágatas y cristales en su interior, bóveda donde se espejaba el cielo.  

Me atraían los destellos de las finas elipses milimétricas, como de seda, entre las flores. Me preguntaba si eran los telares de las Nornas, y pasé mi dedo índice para darme cuenta si los hilos eran reales o imaginarios, o aquellos del destino del telar de vida de cada una de nosotras, de ella y mío. Cada hilo pegajoso parecía nacer en el pistilo de cada flor, y volvía a morir en el anhelo de otro cáliz, en un juramento, en un beso, en medio del dulce néctar que hipnotiza las mariposas.

—La mejor manera de predecir el futuro es crearlo. —Susurró una voz en mi oído. Era una de las tres Nornas. Estoy segura.

Me preguntaba cómo hacen las arañas para contonearse de hilo en hilo y tantear los límites de las flores lilas, las ramas y las manos de cuarzo, para flotar entre los nudos de las hebras que tejían, entrecruzando direcciones y destinos. Las Nornas las guíarían, pensaba, igual que a mi, teniendo en cuenta pasado y presente a cada paso que daban. Podía escuchar sus voces.

Pienso ahora en el futuro. Y también en mi pasado.

—Veo mi silueta negra y estoica allí inmóvil como en una impresión fotográfica de sales de platino expuesta a la luz solar.—le murmuro a la voz.

Mis recuerdos me llevan hasta una de las cúpulas del Palacio Garnier, la Opéra National de Paris. Hace diez años, en pleno verano, estuve allí parada durante una visita guiada, en el centro del cosmos del foyer, envuelta en mi propia imagen repetida mil veces y reflejada en los espejos. Bajo los rayos dorados del sol, coronado de hojas de laurel.

Cuando extendí mi cuello hacia el cielorraso, y miré hacia arriba, descubrí en lo más alto, aquel lugar donde anidan dos dragones alados negros, entrelazados, casi oxidados y rodeados del fulgor de estrellas plateadas, astros de cinco puntas y de sutiles rayos milimétricos, pintados con tanta precisión y delicadeza, como briznas de trigo.

—¿Por qué persisten, Nornas, en tejer el telar de mi vida de tal manera, que me alejan de la oscuridad y del estar parada entre bastidores, entre bambalinas y tras el telón? — les pregunto y sigo preguntando insistente como solía hacer de niña —¿por qué me alejan de Leah, de sus manos, de su aura? ¿Por qué me alejan de aquel, mi jardín secreto?

Y las voces enmudecen. Se alejan. No me responden.

Yo les sigo rogando y les grito de lejos:

—¿Se vestirán con plumas de cisne y vendrán al borde del lago a susurrarme sus consejos o a desearme suerte para mi viaje hacia el sur? ¿Pondrán el círculo del destino en mis manos, como hicieron con las telarañas? ¿Me vestirán de negro, azabache y luto o con moños y encajes blancos? ¿Podré calzar los zapatos de charol de mi infancia o tendré que cruzar el barro con los pies fríos y descalzos? ¿Se acercarán a colocarme el velo de redecilla sobre mis ojos y besarán mi frente al anochecer? ¿Pondrán en mi camino la manzana dorada, las avellanas maduras, las aguas cristalinas y los cielos de ágatas?

Y las voces me dan la espalda, se ocultan en la tierra, entre las raíces y se callan.

The Bubble 1898 – Clarence White

Desiderata

Nuevamente me encuentro sentada en el sillón de terciopelo rosa. La voz asegura que es un signo de abstinencia. Verla, sentirla a mi lado, olerla, escucharla. Amarla. A flor de piel. Leah. Toda ella.

Entonces le cuento que me escribe ella misma, para dejarme saber que Leah nunca ha existido, que es un personaje que he imaginado en mi mente y mezclado con mis miedos.

Durante la noche me ataca el insomnio y el terror de volver a Esperanza. En mis sueños camino por la ciudad bajo la lluvia, buscándola. Escalofríos en mis brazos, mis piernas y mis manos.

Leah me suplica que sienta su dolor, con lágrimas en los ojos, como si yo no fuera capaz de sentir el mío propio, aprisionado en mi garganta.

Me pregunto si en este océano de indiferencia que nos separa, ella puede sentir el dolor que me ha causado. Estridente, delirante, irracional, destructivo.

Mientras que sí, ese tipo de insinuaciones que suele repetir sobre mi cuerpo, sobre mi voz, sobre mis cualidades, sobre mi edad suelen calar hondo. Tan hondo que toda esa insistencia de frases y palabras me deja tan confusa, tan frágil, con las piernas insensibles, que resbalo en aquel rincón escondido del sillón bajo mis piernas y mis ropas sudadas desde donde se ve el castillo, caigo de rodillas y me acurruco en la alfombra, en lo infame del pie del talud, a profundidades de dos mil metros o más, entre los sedimentos marinos para que nadie me escuche ni me vea.

Me deslizo sabiendo que ella es la única que me ve.

Leah habla y escribe como si yo no padeciera esta maldita abstinencia. Agujas de heroína impura y semicírculos de golondrinas en mi garganta.

El escenario perfecto para intensificar mi voz interna y ensordinar mi voz real.

—Así podré, por lo menos, perderla sin sentirme mortificada,—le digo a la voz— acallar sus palabras en mi frente, avergonzada, o custodiar mi piel de la luz del sol de primavera. Quizás el silencio me enseñe algo más sobre mi. Quizás los recuerdos me muestren imágenes olvidadas de mi juventud. Fotos en blanco y negro, como mis pensamientos, según ella.

Y me pregunto y le pregunto:

— ¿Qué dirá dentro de unos años, cuando realmente envejezca?

Sigo sus palabras de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda, del derecho y del revés. Y no me doy cuenta si finge, o si es sincera. Preguntas que me llevan más allá de la propia existencia física de las palabras.

—¿Es eso amor?— me pregunto a mi misma. Me quedo callada, con la garganta en llagas.

—¿Podría poner las manos en el fuego?— Le pregunto a la voz.

—Sí, el amor debería ser más simple. —me responde—Sí, el verano debería ser eterno. ¿No es así?

Volver al principio, eso es el gran deseo, la paradoja, la herida. Al origen, cuando todo era idílico, perfecto y terriblemente idealizado.

Me acerco a Leah, me arrodillo y apoyo suavemente la palma de mi mano en la base de su cuello. Cierro los ojos. Siento las espinas encadenadas en las paredes de su garganta, junto a las sombras de antiguos rosedales. Yo siento las mías propias, estranguladas entre las cuerdas vocales, mis vasos sanguíneos y mi saliva.

Cambio las espinas por flores que comienzo a entretejer entre mis dedos alrededor de su cuello. Desiderata de flores silvestres, como las de los campos donde ella quiere siempre recostarse en primavera. Margaritas, campánulas celestes, amapolas escarlatas y malvas.

Arborētum

Caminaba con los ojos fijos en los pecíolos encerados de las camelias y sus hojas, reverdecidas, hoy sin flores, y podía escuchar el croar de las ranas, que se destacaba en el fondo, a lo lejos, entrecortado en el aire junto al zumbido de las abejas y mis sigilos.

Seducida, me dejé llevar por su llamado, y seguí, por esa razón, los senderos zigzagueantes del arboretum, adormecido como en un collage de verdes ramas y troncos, maleficios, hojas, recuerdos y pastos. Casi nada en flor, salvo las hortensias en la imprecisión de la sombra y mi indiferencia, y sin embargo, en todo su esplendor.

Sin pensar mucho, repetí a tientas nuestros pasos del mes de marzo, y me senté cerca de la fuente, para escuchar las disparatadas conversaciones de las ranas. Mientras inflaban sus mejillas, sus panzas y sus gargantas extendían la locura de sus voces y patas con extrema lozanía, quizquillosas, como enojadas con la vida, revueltas, unas sobre otras, malcontentas con mi presencia, y cantaban y saltaban entre los pimpollos y los rizomas de los nenúfares, sin decoro ni nada.

Las contemplaba. Las admiraba. Siempre pensé que no estoy hecha para la absurdidad. Me preguntaba cómo hacían para mantener el disparate de sus acrobacias y el frágil equilibrio sobre los nenúfares de cincuenta pétalos blancos y la superficie del agua. Desde la muerte de Ninfea, herido su pecho por la flecha de Cupido, dicen que las aguas que rodean los nenúfares son siempre tranquilas y calmas. En ese momento, lo caótico de las ondas se mezclaba con lo demencial de las ranas y la incoherencia de mis palabras, silenciadas.

No podía dejar de pensar en ella, en nuestro encuentro en el arboretum unos meses atrás, a principios de año. Mis manos estaban maldecidas sobre mi boca y ancladas en medio del lago, de las flores acuáticas, las promesas y las ranas.

—¿Encontraste lo que buscabas?—me pregunté en voz alta.

El mismo banco de madera, el mismo lago, el mismo cielo desafortunado. Los podía rozar con mis manos. Podía vernos, inánimes, emanando de las gotas de agua, con los brazos extendidos en el aire, en confianza, con las miradas fijas la una en la otra, como fantasmas, como nubes arremolinadas en las visiones de los recuerdos sobre las flores, como en un lienzo de ninfas ligeras y semitransparentes de rocío.   

Trazaba un círculo con mi dedo índice y con la mirada: los árboles de tilo, el borde del lago, los nenúfares, el cielo, el croar de las ranas, mi silencio, mi desobediencia, mi búsqueda y analizaba una y otra vez nuestras palabras, ahora casi inertes, que creí esa tarde de marzo, sinceras, inocentes, inmortalizadas. Palabras que exhalaban mi amor y todo mi convencimiento de que todo iba a estar bien entre nosotras. Que el verano sería para compartir, predestinado al éxito y a la eternidad.

Ahora, le pregunto al agua, a los nenúfares, a las ranas, a las bolitas aterciopeladas de los tilos que caen y tintinean a mi alrededor si Leah realmente me ha amado y si sus palabras estarán para siempre condenadas a deambular sólo en mi delirio, en las paradojas de mis sueños o en el tormento del olvido y el exilio.

Sarah Moon

El arca

Cargo el cisne moribundo y somnoliento sobre mis espaldas, su cuello acurrucado en mis hombros, encadenado a mi propio cuello, sus plumas formando parte de mi piel.

Reconozco su canto al atardecer, a medianoche cuando, desplomada en la cama, fatigadas mis alas, no puedo dormir, por miedo a perderme, cuando me invade el insomnio o la idea de no volver a querer despertar. Y entonces, deja que lo acaricie.

Ya lo mencionaba Ovidio en su Metamorfosis: Ella derramó sus palabras de dolor, en un mar de lágrimas, en tenues tonos, en armonía con la tristeza, así como el cisne canta una vez, mientras muere, su propio réquiem.

La maestría con la que Leah ha robado mis sueños, mi visión de futuro, mis deseos de amarla no tienen comparación con el oleaje, los remolinos o la ira del mar. Lo se.

Me levanto de la cama y siento la pesadez del pico del cisne, de su cuerpo como una extensión del mío. Es el dolor de la frustración, que me despluma. Observo mi piel, mis venas, mis piernas, mis manos, que han vivido tanto silencio este último tiempo y el enfrentamiento con tantas criaturas monstruosas.

En el principio existía sólo el caos, mole informe donde se mezclaban los elementos. No había sol ni luna ni aire ni tierra ni mar; sin esencia durable, todo estorbaba a todo, y luchaban mezclados lo frío y lo caliente, lo mojado y lo seco, lo grave y lo leve.

Es esa lucha interna que me domina, una batalla constante entre los dioses, la tierra, el aire y el cisne casi muerto, a mi lado, en mi cama, envuelto en sábanas blancas, que intento revivir.

Sólo veo y siento las desorbitadas nieblas, las nubes, los rayos y los vientos. Y la respiración pobre de mis pulmones y del cisne. Y a ella en el medio de la tormenta y sus sacramentos. Huyendo de mi, y de los polos boreal y austral. No me dejo llevar ni por leyes ni jueces, ni castigo ni temor. Me quito mis prendas aladas para poder dormir desnuda. Pero la sigo culpando por quitarme con engaño y violencia aquello más preciado para mi. El sueño. La compasión. La ilusión hoy fulminada de que el cisne nos unía, al igual que el amor incondicional.

Ella ha sustituido las flores por las plumas del cisne. En la entrada de su vida, en los peldaños de su templo, en el portal de su universo. Lo ha dejado muy claro. Las ha puesto en un jarrón de cristal. Para que todos las admiren. A ella misma y al idilio de las plumas. No la culpo. Quizás yo también habría hecho lo mismo.

La ambición por el oro, la devoción y la vanidad han sido más grandes que lo íntimo del amor entre nosotras. Que el secreto del cisne. Ahora todos lo saben.

—Es un tema universal. —me dijo para calmarme. —El cisne no es sólo tuyo o mío.

Enfurecimiento. El cielo se ha tornado color gris metalizado. Neptuno ha golpeado la tierra con su tridente y la transformó en delirio y barro que pisamos con pies descalzos. La tormenta la ha dejado sola gritando en medio del bosque bajo la lluvia. Palabras amenazantes e hirientes. La miro de lejos. Mientras que de mi boca no sale ni una frase coherente desde aquel entonces que me subí al arca. Aunque intente tararear el canto del cisne cada vez que intento dormir. Enmudecida. Y al querer hablar, me dan miedo mis propios mugidos.

Ese jarrón de cristal encierra todos los misterios que ella oculta. Igual que sus poemas. De lo que es real y lo que no lo es. Tendría que haber tomado una pluma del jarrón y haberla guardado de recuerdo en el sobre negro que me ha enviado por correo. Sabe que no me gusta el negro. No se qué decir. He quedado muda. Ella tampoco dijo nada sobre la pluma en caja dorada que le regalé en aquel momento.

—¿Debería abrazarle el cuello y suplicarle el perdón?—me pregunto — O llorar el amor, darlo por perdido?

Sólo puedo suplicar a los dioses que el cisne muera, que desaparezca de mi lado. Que lo arrastre el diluvio. Que incineren sus huesos y sus plumas a través de mi médula y mi espalda. Que se destroce el cosmos y se abra el cielo en una espeluznante tormenta. Que mi cama se convierta en arca para todos los cisnes del universo y luego, canten en el vacío. Que las primaveras no sean eternas. Que se resquebraje con el oleaje el Olimpo. Que nadie reclame las promesas recibidas. Que las gotas de lluvia y sangre ya no manchen ni mis sábanas ni la memoria de aquello que pudo ser y no fue. Que no se filtren en las negras heridas. Ni aniden en mi garganta. Que la paloma no huya por la ventana y se estampe contra el vidrio, no sufra, no sangre y muera. Que yo ya no alabe sus dedos, sus manos, ni sus hombros. Que Cupido, para vengarse, tome la flecha de plomo, que la incruste en mi corazón para ahuyentar para siempre el amor. Que me convierta en árbol de laurel, igual que Dafne. Que haga con la flecha de oro lo que quiera. Igual que con la pluma del cisne. Con las palabras inconclusas. Y con la caja dorada. Y que yo vuelva a recuperar la confianza y la esperanza.

Neptuno sosiega los mares, y manda a Tritón que sople en su caracola para que haga retroceder las olas y los ríos. Obedece Tritón, y el sonido que produjo aplacó todas las ondas. El mar recupera sus costas, y su cauce los ríos y van descubriéndose las tierras, hasta que, después de un día, se ven las selvas cubiertas de limo, y el mundo es restituido.

Devotion – Crystal Lee Lucas

Alarias oceánicas

Las granadas están servidas en la fuente de cerámica de Delft azul y blanco de estaño sobre el mantel de seda muaré.

Así me siento en esta realidad diaria de mi living, como salida de un baño de inmersión de estaño y plomo, a la que agregaron arena, sal y agua. Leah pudo ver y lamer mis venas azules cruzando mi pecho, boquiabierta, antes de que se petrificara mi piel y mi silencio.

—¿Qué es el silencio?—me pregunto imaginándonos sumergidas en el fondo el océano, navegando en el Nautilus, bajo la densa espuma, entre plantas marinas desprovistas de raíces. Ella no sabe lo que es el silencio ni la compasión en momentos de vulnerabilidad.

No fue para ella aparentemente un momento de deleite. Al contrario. O por lo menos, así lo dejó saber.

—¿Es la primera vez que me ves desnuda? Creo que no…— le dije asombrada y sombría.

De lejos, todos los que me conocen un poco podrían decir que sigo brillando en el umbroso abismo después de ese momento seguido de rotundo silencio. Viva este silencio de existencia prodigiosa, infinita y sobrenatural.

Pero ese esmalte blanco que dejo ver es tan frágil y quebradizo que ya no oculta bajo la superfiicie las grietas, sutilidades y burbujas de palabras y maltrato.

Las alarias oceánicas pueden llegar a medir dos metros de largo. Su nervadura central es ondulada como los cabellos de Leah en el agua. Sus cabellos se terminaron enredando entre mis pensamientos, las mentiras y mis venas. Sus palabras fueron expuestas al oleaje, se confundieron en mi interior y se fijaron a las rocas justo por debajo de la línea de baja marea del borde de la bañera. 

Después de días y noches de navegar sumergida en silencios, ya nada era visible y me hice inmóvil. Hasta que me desplomé al borde de la mesa del living, y sólo alcancé a tirar de una esquina del mantel de muaré. Pude ver con ojos entrecerrados la fuente y las granadas quebradas y esparcidas por el piso.

—¿Son las granadas también de cerámica ? — me pregunto, y hago una señal de alto al sumergirme entre la espuma, los misterios y las alarias, y los peces con escamas plateadas, como cuenta el capitán de Julio Verne.

Se que se necesitarán muchas cuerdas y cadenas para rescatarme, la veintena de marineros del submarino y muchas redes de barredera. Mucha fuerza, porque después de su mirada y sus palabras quedé anclada en el fondo, entre grava, cumbres rocosas, anémonas de mar, sepultada bajo caparazones de moluscos, que podrían contarse por millones, y corales y cangrejos de costra calcárea que hicieron nido en mi piel.

Me desperté extenuada, observé el océano, cuando el capitán Nemo, volviéndose hacia mí, me dijo sin preámbulo alguno:

—Mire el océano, señor profesor. ¿No está dotado de una vida real? ¿No tiene sus ataques de cólera y sus accesos de ternura? 

—¿Qué es la realidad, capitán? — le pregunté con el corazón palpitante.

Así como el capitán describía el pulso, las arterias y los espasmos del océano, así era como Leah parecía descubrir aquel día que la circulación de mi sangre era tan real como si la viera por primera vez.

—Sí, yo también soy humana y tengo sangre en las venas.— le dije.

Y el capitán siguió diciéndome:

—Señor Aronnax, ¿sabe usted cuál es la profundidad del océano?

Y no, como el señor Aronnax tampoco lo se con exactitud, pero sí se que en la profundidad en la que estoy encarcelada hay peces de aletas azuladas y la cola de oro, igual que el color de mis venas en la bañera y el silencio de esta realidad diaria que intento navegar, aunque me cueste veinte mil leguas de viaje submarino volver a despertar.

Sarah Moon

La cajita negra

El 10 de abril del 2011 cuando salí a la calle esa mañana me encontré con una cajita negra alargada frente a la puerta que contenía un lápiz sin usar y una nota. Dudé mucho si era dirigida a mi. No supe si tomar la caja en mis manos. Pero una fuerza compulsiva, ciega y fatal había marcado mi destino. Tomé el lápiz, el que decidí en ese instante que era mío y que ha dejado una línea en las páginas de mi existencia. Tomé la nota y la leí: Todo comienza con un lápiz y un sueño.

Ayer me preguntaron por qué escribo.

Cuando recordé ese momento, pensé en las tres Moiras, las hilanderas. En el amor, la profesión y la muerte. Siempre pensé que sería un hilo dorado el que iría tejiendo mi vida. O un lápiz, sí, pero que dibujara líneas, casas, vestuarios, columnas arquitectónicas, telones o perspectivas. Aparentemente, según la psicología, la preferencia personal hacia una determinada actividad profesional, está anclada en el dinamismo hereditario del inconsciente familiar. No se si estoy tan segura de eso.

Escribo para no morir en el intento por entender la vida, el amor, la desilusión, la furia.

Para poder tachar lo que ya no funciona, lo que no corresponde, lo que no se respeta. Y poder reemplazarlo por otras palabras, por otros mitos, por otros recuerdos. Para poder buscar sinónimos más apropiados, más límpidos, más bellos, más suaves y más legítimos.

Para lograr el entendimiento de algunos sortilegios, la cercanía y el significado de unos pocos malententidos. Para sentir el roce del papel entre mis dedos, para poder dejar secar mis lágrimas entre las páginas, para generar una laguna de tinta donde poder ahogar mis tragedias y nadar en mis propios sentimientos y delirios.

Para convencerme a mi misma que el universo es eterno, intangible e infinito y que el amor también lo es, aunque no lo parezca en este preciso momento. Para poder imaginar que todo este dolor que me envenena va a pasar algún día, que se disolverá a través de las letras. Que el esfuerzo por agacharme, tomar la cajita, abrirla, sostener el lápiz no fue en vano, sino para defender mis argumentos frente a todo este infierno.

Y entonces aquella mujer, que ni siquiera recuerdo el nombre, sentada a mi lado, me interrumpe y me pregunta:

—¿Cuál es tu fecha de nacimiento?

Le presto el lápiz, escribe la fecha y suma los números. Me dice que soy un 3, que soy muy empática, que soy artista, y un pilar importante detrás de escena. Y suspira.

La miro sorprendida. Tomo un sorbo de té de rosas muy dulce, con un terrón completo de azúcar, y así mismo, sigo sintiendo un sabor amargo sobre la lengua.

Y la mujer me mira y sigue con sus revelaciones:

—Pero nunca te sentarás en la primera fila.

Me pregunto qué sabe ella de mi que yo no sepa. Pero al mismo tiempo, me siento consolada por sus palabras y la pureza de su mirada, que intenta encontrar respuestas en mi boca que no le doy. Que le pregunte a las Moiras, pienso.

Apelo a ti, destino, que todavía vives tímidamente en mi. Que vibras apenas entre el reflejo de las sombras en las paredes, entre los pétalos de magnolias de papel blanco sobre la mesa donde fijo la vista, el pedacito de nubes que veo por la estrecha ventana y el lápiz negro que sostengo entre mis dedos.

Escribo para no dejar ninguna imperfección ni secreto en el tintero, para no garabatear con el lápiz en el margen y para recordarme con cada parpadear que no estoy loca. Para dejarme seducir por las Moiras y sentarme a su lado, al borde del abismo. Para escucharlas tejer y deslizarme en el tiempo, sabiendo que es un laberinto finito. Para vencer a todos los monstruos que no son más que metáforas de todos los miedos y desconsuelos. Para darle cabida a la culpabilidad, a lo contradictorio, lo trágico y lo caótico. Para recordar la necesidad que tenemos de deshilar las historias tal como fueron contadas previamente y volver a tejer otra. Para sostener ilusoriamente en mis manos los tres polos de la temporalidad de mi existencia: pasado, presente y futuro. Para hacer visibles mis derrotas y mis triunfos. Para dejar de disimular ante todos y no dejar escapar el ir y venir de sueños, deseos y frustraciones, para que sean míos y sólo míos. Y de nadie más. Igual que el lápiz y la cajita negra.

Quo vadis 

Casi un año sin verla, de quietud, de pensamientos obsesivos, de deseos de rozar su piel, de escuchar el ronroneo de su voz, de desilusión, de evitar sus palabras precisas, sus sortilegios y sus incertidumbres. Ocho de copas. Miedo a perderla. Miedo al cambio, a saltar al vacío.

Entre exhalaciones e inhalaciones pienso en ella. Inhalo de humo blanco de la compasión y exhalo el humo negro de lo sombrío de mis proverbios y la claustrofobia.

—No tires las cartas.

Casi un año de intentar leer las cartas del pasado, del presente y del futuro. De caminar como vagabunda por los pasillos clandestinos de la casa y preguntarme a mi misma: ¿A dónde vas?

—No me escribas más.

Cuántas veces me acerco al papel para escribirle, y el lápiz queda suspendido, como en una pausa, en el aire. En un impulso. En una sentencia. En un sonido. En la penumbra. Voy y vengo hacia ella y desde ella arrastrada por los escalofríos, la censura y las entrelíneas descuidadas de mi corazón. Y el color sepia.

—No vuelvas.

Me resisto a que vuelva. O yo volver a ella. A la acumulación lenta, fracturada de ideas y de críticas. Al desmayo y la ruina. Me aferro a los himnos que se repiten en mi cabeza como mantras: no corras, no huyas, no te escondas. Y sin esperarlo, una serpiente, un árbol, un nido y alas.

—No vengas.

Y finalmente está parada en mi puerta, donde se confiesa, y acostada a mi lado en la cama, donde me abraza y me acaricia. Me siento de repente respaldada, completa, y a la vez lúcida y exhausta. Quiero quedarme un tiempo más en ese hueco en la base de su cuello. Lamer las grietas que se abren en las paredes de la torre de su castillo.

—No te vayas.

Casi un año de intentos por cerrar un ciclo, de darle fin al desasosiego de un corazón frío, cruel y deshecho en lágrimas. De elixires. De árnica de flores amarillas y helenalina tóxica para el dolor de amor. Y reina de espadas.

Y ahora esto. Comprometerme. Considerar las dos opciones. Dormir o despertar. Irme o quedarme. Creer en las palabras. Celebrar el reencuentro. Sin saber exactamente dónde vamos.

—No me desveles.

Me obligo a despertar, a salir del trance. Me pregunto si sus labios y este mundo se desvanecerán al amanecer, si se detendrán los rayos de sol que corren por las paredes y se transformarán en sombras. Si será uno de esos días donde hay habitaciones en las que no quiero entrar para no sentir su presencia. Escaleras de piedra. Esqueletos de murciélagos. Puertas secretas.

—No las abras.  

Me obligo a ser heroica, a pactar compromisos con ella y con la elocuencia de su alma, a amarrar el hilo dorado que nos ata, a señalar la llave que ella trae desde el fondo del lago.

—No me hables.

Me pregunto si nos atreveremos a levantar nuestras voces. Si erguirá el cuello y leerá en el yeso blanco lo mismo que yo. Sapientia. Victrix. Fortuna. Si descubrirá los mismos símbolos que veo yo. Una pera, un higo, una naranja, una granada, un alcaucil, una calabaza y, por supuesto, las polillas. Moños. Flores sin nombre. Hojas indefinidas. Cuernos de la abundancia. Una espada. Una corona y nudos del amor.

—No me confundas.

Tomar una decisión. Actuar según mis convicciones. Dos de espadas. Y la imposibilidad de tomar una decisión. Otra vez las cartas.

Las espadas me persiguen y me perturban. Igual que sus manos y las decisiones basadas en el corazón. Adormecimiento. Sincronía. Saint Catherine. Prender una vela a sus pies. Indecisión a flor de piel. Confiar en el amor y la serendipia de volver a encontrarla. En mi puerta, en mi cama. No sólo en el letargo de mis sueños y profecías.

Sarah Moon