La vi parada en aquella esquina, con el horizonte y el sol a sus espaldas. La ciudad la atravesaba por debajo de los hombros, como si fuera semitransparente. No era la primera vez que veía a la vendedora de flores allí los sábados por la tarde, pero ese día la vi con su capa tejida en el titileo de las luces bordadas entre la lana y las flores.

El tiempo se detuvo una fracción de segundo y recordé a Leah en el entrelazado de su presencia en carne y hueso, lo imperceptible de su respiración, sus pestañas y el resplandor tenue de uno de nuestros primeros encuentros en su jardín, en el castillo donde ella vivía. Nuestra conversación que llegaba a los confines de su reino se mezclaba en el suspenso rítmico de filamentos dorados y sincronicidades, campos y racimos de flores, nubes, ojos celestes y laudes.

|Tacet.|

H­abiendo anclado en ese momento, cuatro minutos y treinta y tres segundos, no pude más que sonreirle a la vendedora de flores.

­—¿Narcisos? — me preguntó con voz insistente.

No la había escuchado. Fue el colapso de lo divino, lo inalcanzable e ineludible.  

Quise huir y esconderme detrás de su capa de lana, pero no tenía más salida que afrontar la realidad y mirarla a los ojos.

Péndulos. Relojes solares. Vibraciones de cristales de roca. Predicciones.

Saqué unos billetes del bolsillo y quise llenar lo negado, lo ausente, lo vacío. Como si debiera proteger el lenguaje y no exponerlo al silencio.

Llegué a casa con un ramillete de narcisos en mis manos. Me senté en la intimidad del sillón de terciopelo rosado y comencé a acomodar las flores en el vaso de vidrio situado a mi lado. Cayeron unas flores al piso. Me incliné a recogerlas y me paralizó el vértigo.

|Tacet.|

Ausencia de movimiento y de sonido.

Igual que en la partitura de John Cage, para mi el silencio no debe considerarse una ausencia, sino una presencia indefinida, aleatoria e indeterminada de una plenitud de sonidos. Y entonces escuché su parpadear, su suspiro, su girar de cabeza, el cruce de sus piernas, el crujir de sus cabellos al cepillarlos.

Era Leah a millones de años luz. Era lo que llaman un entrelazamiento cuántico. Como cuando Dios tira los dados en el universo a miles de kilómetros y el resultado de un dado influye sobre el otro. Las partículas, los recuerdos, los deseos quedan vinculados armónicamente de tal manera que sus estados cuánticos están correlacionados, compartiendo una única música, un único susurro en los oídos, un único sonido de cascabeles.

Tacet es la metáfora inexplicable. El canal silencioso e invisible que mantiene unida la reciprocidad de hechos, sonidos, narcisos y silencios trascendentes.

Cacharel – Sarah Moon

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