‘Lloraron las náyades,
sus hermanas, y en su honor cortaron los largos cabellos,
lloraron las dríades; a todos los llantos, Eco resuena.
Ya preparaban la pira y las agitadas antorchas y el féretro:
no estaba ya el cuerpo; en su sitio una flor amarilla
encuentran, circundado el centro de pétalos blancos.’
Ovidio, Metamorfosis, III, 318-510
Hace años Leah me dejó claro que odiaba los narcisos, pero un día decidió recogerlos para mi. Juntó manojos de narcisos en aquel jardín junto al lago, hizo guirnaldas con cintas de seda blanca. Algunas las dejó secar colgadas de hilos de lino por varios días hasta convertirse en papel de arroz. Otras las hemos prensado juntas en herbarios que desparramamos por toda la casa y que seguramente se hayan perdido entre las cajas de la mudanza.
Generalmente, la primavera llegaba a Bélgica sin que yo me diera cuenta. Eran por momentos vagos versos o ecos que se escuchaban a lo lejos, eran perfumes acaramelados, eran nuevos trinos en los tilos, eran hojas pálidas, de ese verde clorofila, verde lima francesa, verde esmeralda, verde bosque, verde malaquita, verde manzana, o como quiera yo llamar a ese verde amarillo verdoso adolescente e indescriptible.
Era el éxtasis de pétalos y flores, era la temperatura del aire en los bosques, eran harpas al despertar el día y puertas del cielo en la tierra en los bordes aletargados de atardeceres. Era la lealtad de las estrellas y las canciones de duelo de las estaciones desvanecidas en jardines y horas sin sombras.
Y llegaba Leah. Se acercaba siempre a mi con su implícito paso sereno, como si los dioses hubieran esparcido polvo de oro sobre toda ella y bajo sus pies, con devoción y reverencia, con el manojo de narcisos entre los brazos.
De vez en cuando, ella parecía hacer lugar para mi en su mundo de deleite, de deseo, de esperanzas que nunca parecían morir, envuelta en cielos templados y alas ineludibles, en tallos esbeltos de narcisos blancos seda, porcelana, blanco perla, tiza, blanco nube, blanco carey.
Los narcisos son flores solitarias como yo, como ella, tan bellas en sí mismas, pero a la vez tan sutiles al tanteo de las manos y del viento cuando se elevan todas juntas del suelo. Y sí, generalmente era ese día serendípico de inicios de primavera, que yo casi ni me daba cuenta, que el satinado amarillo, coral de las flores, entre otras blancas, casi naranjas, me parecía lo más sublime que puede existir en esta tierra. Y era ahí que las dejaba ser en toda su plenitud, entre mis dedos.
Y en el ensueño infatigable de aquel jardín laberíntico, sin Cruz del Sur, en medio de dientes de león, solidagos, hongos, bulbos y narcisos amarillo mostaza, amarillo miel, amarillo papaya, amarillo oro, ocres y canarios caía Leah de rodillas a recoger las flores para mi. Era como si ella tuviera su propia brújula escondida entre su vestido, el ramillete de flores y el follaje, como si conociera cada sendero del bosque, cada rincón de frondas, cada corola amarillo pastel o ámbar, cada pistilo de azafrán. Como si la guiara la ceguera y a su vez, la clarividencia en medio de una tormenta.
Nunca supe bien qué esperaban de mi. Ni ella ni los narcisos. Aquellos de fragancia melosa, adamascada, de gran sensualidad, de armonía milagrosa, a veces, intensa, silvestre, y, a veces, temerosa y totalmente ausente.
Una flor que parece contemplarse a sí misma, predecir el futuro, que ve lo que nadie ve y que luego muere, para quedar latente bajo la tierra, murmurando recuerdos y rostros, imágenes del alma, relatos y voces que se repiten a lo lejos.
Sólo quedan desvanecidos los tallos y las raíces y enterrados los bulbos, y esas últimas palabras que se repiten, esos ojos en los que nos vimos una vez reflejadas, esos pasos que se acercan en los recuerdos, la soledad, todo aquello que se desea con el alma y la flor que vuelve.

Passing by Sarah Moon 2010