El vértigo

«Si rompiera el vidrio, saltara y me salvara —se preguntó aturdida—¿qué explicaciones daría a los demás; que fue un accidente?»

Ella estaba ahí parada, casi clandestina, apoyando todo el peso de su cuerpo en el ventanal del teatro, poniendo a prueba los ecos del vértigo. Analizaba continuamente la peregrinación de pensamientos y cálculos de gravedad, hacía mediciones de caída libre y movimientos en cámara lenta desde unos cuantos metros de altura.

«De todos modos, caeré en la hierba fresca, enraizada entre las piedras y cubierta de la vulnerabilidad del rocío del anochecer—pensó desalmada—.¿Por qué debo sentirme culpable por algo así?»

La hospitalidad y el consentimiento de la hierba. El magnetismo de las luces esmeriladas y los insectos parecían más atractivos que la soledad cronometrada del estudio de baile donde aguardaba el inicio de la obra de danza. Horas y horas de espera que odiaba en ese momento con toda el alma.

La vista panorámica sobre el horizonte de la ciudad le pertenecía sólo a ella. Las luces blancas y rojas intermitentes del tránsito en la lejanía y, de vez en cuando, también las azules de las ambulancias, se disolvían entre sus pupilas y la incoherencia de sus lágrimas.

Ensayo de luces. Camarines vacíos y estudios lindantes de práctica de baile, de vestuario, lavado y planchado. Las luces se veían reflejadas seguramente en el piso de la escena, y la animación de la jungla de ballenas y elefantes, en el telón de gasa de seda negra.

Aburrida, intentaba entretenerse y salvar con piruetas de suspiros los pequeños insectos que se chocaban contra la transparencia de las ventanas. Las urracas hacían énfasis en la llegada de las sombras de otoño buscando amparo. Giraban en círculos intencionales alrededor de la estatua de mármol en medio del parque que se veía por la ventana.

«Será como la caída de una urraca muerta desde el cielo y luego un remolino de plumas etéreas y oníricas por el aire.» —intentaba convencerse a sí misma.

21 de septiembre de 2022. Siete de la tarde. Adoraba la luz dorada tibia que bañaba el cielo de occidente en esa época del año, el ocaso incandescente sobre los árboles y el anochecer de los pájaros, pero odiaba el fin del verano. Una pareja de patos salvajes sobrevolaba con cobardía el teatro en dirección desconocida, abandonando la cuidad por regiones más cálidas.

¿Huiría si la volviera a encontrar en la escalinata del pasillo del teatro como aquel día, años atrás? Sentía los nervios y las pulsaciones rítmicas de sus venas en su cuello. Llevaba el collar de canutillos negros demasiado apretado.

Veía los resplandores de las luces de los autos que parpadeaban con más insistencia. Creía verla entre ellas, acercándose al ventanal, desde afuera, con insolentes pisadas, jactanciosa, en puntas de pie, como caminando hacia ella entre los surcos de tulipanes. El último viaje que hicieron juntas en Holanda. Su aliento se pegaba al vidrio, podía escuchar su voz encantadora, su risa, ver sus cabellos al viento.

Murmullos, risas y tironeos de ropa en los pasillos la distrajeron un segundo. Precalentamiento. Estiramiento de brazos desnudos, de piernas, de pies descalzos en el escenario. entre bambalinas.

Intentaba acallar los susurros y el ronroneo de los bailarines de fondo para descifrar las palabras y los movimientos que ella hacía desde el otro lado del vidrio con sus labios, pero no podía ver con claridad ni su cara, ni su boca, sólo reconocía sus hombros, sus exquisitas curvas, sus piernas largas. Sentía la tensión de sus músculos en el cuello. Romper el vidrio. Engañar los sentidos. Saltar y correr hacia ella. La sentía cada vez más cerca.

Comienzo del ensayo. Se levantaba el telón. «¿Dónde estarás cuando se enciendan las luces?» — se preguntaba confusa, buscándola con la mirada sin verla ya.  

«¿Estará acaso en el pasillo del teatro, parada al pie de la escalera, esperándome, con tulipanes en sus manos? —se preguntó— No recuerdo que me haya regalado flores».

—Pon las flores sobre los peldaños de la escalera aunque sea como señal de tu ausencia/presencia, por favor.

Cuántas veces se había despedido del teatro con anterioridad y seguía allí parada, sin atrever a irse y cerrar la puerta detrás de ella. Horas y horas para planchar ropa arrugada, plisada como origami y anudada con batik para que se volviera a arrugar en menos de una hora de baile. Ensayo tras ensayo. Su brazo dolorido después de tantas horas de planchado no le impedían reunir fuerzas para romper el vidrio con un golpe sanador de puño y hacerlo estallar, saltar y no regresar ¿Quién diablos sabría en ese momento que era diseñadora de vestuario? Horas anónimas que nunca se animaba a dejar suspendidas en el tiempo para comenzar a correr desenfrenadamente por la hierba y vivir la vida como debía.

«Una fantástica carrera en Europa, un milagroso curriculum vitae y un sin cesar de golpear puertas de compañías de teatro, de directores de escena, de casas de ópera, de productores de las artes escénicas para terminar aquí parada, cruzada de brazos en la oscuridad del estudio, sintiéndome tan estúpida y vacía» — murmuraba.— «Puertas que no llevan a ninguna parte»

«Al menos, al comienzo de mi carrera solía recibir flores de los bailarines después de la función. Las agradecía y las ponía en un jarrón con agua al llegar a casa»—se repetía entre suspiros.

Romper el vidrio. Saltar, detener el tiempo y terminar con esta locura de seguir un sueño que nunca iba a ser como ella de niña lo había imaginado. Cuando en realidad el sueño se terminaba ahí, en ese preciso momento, como un mísero bollito de papel en la palma de la mano. Papel donde había hecho no más que enigmáticos garabatos, trazos, borrones y manchas de corazones. Solía dibujar corazones desde niña para controlar la ansiedad. Corazones de tinta. Corazones y más corazones hasta llenar la hoja en blanco de tinta negra.

«Tendría que recortarlos y prenderlos con alfileres de la alfombra y las paredes del teatro para indicarle el camino hasta el pie de la escalera y que no se pierda».—analizaba. «La escalera de Spilliaert, como la llama ella».

¿Qué le diría en ese momento si se volvieran a encontrar? ¿Le diría que le había roto el corazón en medio de la fiesta? Siempre hacía lo mismo. Jubaga con esa especie de amnesia desalineada con la que pretendía hacerle creer que sólo ella sabía cual era la realidad.

«¿Qué fiesta ?— me preguntaría haciéndose la desconcertada».

«Olvídalo»– le respondería. Y volvería al backstage del escenario.

¿Cuál sería el gesto? ¿Su postura? ¿Podría calcular la distancia entre ellas en ese instante del encuentro? ¿Cómo podría después de todo mirarla a los ojos, de la misma manera que solía mirarla?

Apoyaba los labios en el vidrio del ventanal y dejaba marcado un beso para ella como una huella de lapiz de labio. «Lo verás si prendes las antorchas desde el campo de tulipanes» —pensaba, como hablándole en silencio—. «Y, si no me ves, me encontrarás al pie de la escalera».

Apoyaba su dedo índice en el vidrio y dibujaba un corazón húmedo y pegajoso que parecía volverse tornasolado con las luces de los autos, como si fuera purpurina pegada al ventanal.

Apoyaba la frente en el vidrio e intentaba hacer sólo suyo ese sentimiento sagrado y a la vez venenoso de telarañas y vacío que sólo ella podía entender. Romper el vidrio. Saltar y resucitar. Necesitaba resucitar y volver a vivir, con todas las letras.

Destruir los recuerdos, no desmayarse al volver a verla, ni delirar, ni sonrojar, ni sonreir, ni seducirla, ni saludar,  — ni se te ocurra besarla —.Sólo enviarle el telegrama anunciando su muerte. Le había roto el corazón.

No podía volver al pie de la escalera, aunque deseara con todo el alma abrir la puerta secreta del teatro, digitar el código de seguridad que había memorizado, y arrodillarse en el primer peldaño a esperarla. Ni siquiera recordaba su propio nombre. Romper el vidrio y el reloj de arena. Saltar y esforzarse para reconstruir durante la caída el paso a paso de su ayer. 

Descubrir el vértigo ahí, esperándola, al pie de la escalinata. O cayendo por la ventana. Qué monstruosidad.

—No me seduzcas más, por favor— le gritaba. —Te prohibo repetir mi nombre, no quiero verte ni un segundo en el pasillo de la escalera.

Y sin embargo, estaba presente ahí todo el tiempo, pegada a su piel, a su aliento, a sus ojos, a sus manos, a su piel desconsolada. La soledad se había transformado en una carcel suspendida en el aire sin telones de fondo, sin bailarines, sin ramos de tulipanes ni besos de despedida.

—Debería redactar cartas de despedida por las dudas, por si el dolor se hiciera tan intenso que no llegara a soportarlo— se decía. Su corazón sumido en la fascinación de las sombras ya no tenía cabida en su cuerpo. Pretendía mantener los ojos fijos en el horizonte, en los semáforos, en el tránsito, pero no lograba concentrarse en el encolerizado y repetitivo pespunte de marcas de pintura blanca en el asfalto de la autopista. La aterraba la cercanía del fin de semana. La aterraban las escaleras, los autos a ciento veinte kilómetros por hora a medianoche y también, las escaleras en andamios.

Ahora, de repente, veía las coincidencias. Sentía el vértigo nuevamente en sus venas. Había muerto por dentro.

—¿Cómo diablos puedo sentir el vértigo? ¿cómo es posible? —se preguntaba desesperada.

Romper el vidrio. Saltar y hacerse miles de preguntas. Sólo veía ahora las luces de los autos acercarse como luciérnagas que se posaban en su cuello, aleteaban sobre sus hombros y se acumulaban iridiscentes en su collar de canutillos de vidrio.

Había una grieta aterradora en su silueta reflejada en el ventanal. Demasiada información se filtraba por la inocencia de esa grieta. La articulación de los cuerpos, la música de influencia hindú, los movimientos de manos y pies, la animación de la jungla de ballenas y elefantes. Luces y clarividencias. “All the world’s a stage” – sostenía William Shakespeare.

Tenía que admitirlo. Odiaba las escalinatas hacia lo desconocido. La oscuridad de la autopista. Las linternas. La silla 69 en la cuarta fila del segundo balcón cerca del paraíso. Tenía que poner punto final al affair con la teatro, la escena, la paradoja de los personajes, el vestuario, los cuerpos de los bailarines, los corazones de tinta, la vulnerabilidad, el reloj de arena, las pretensiones, el miedo a los besos en el vidrio y el vértigo que le producían las escaleras.

Alchemy by Sarah Moon

Suspiria de Profundis

Su amor era adictivo como el opio.

Un hilo dorado de suspiros y amor ilícito las unía en la distancia. Sus labios rojos, morados se mezclaban entre los pétalos de amapolas y pasaban inadvertidos en el límpido tapiz aterciopelado de cielo rosa cobrizo de fondo.

Siempre había estado unida a ella, en la telepatía, en el secreto de las flores de opio, siempre la había llevado como aquellos frágiles pétalos en la palma de su mano, y ahora su amor se había convertido en obsesión, como aquella flor de destino maldito y de belleza aplastante y devastadora.

Somnoliencia, euforia y adicción.

Una inquietante e incesante esclavitud en medio de la oscuridad de aquellas noches de inicio de otoño atraía los monstruos, los vampiros y la violencia de la adormidera silvestre.

Podía sentirla en sus venas, como la morfina olvidada de la locura sigilosa en medio de una pesadilla que conduce a la muerte lenta.

Como el galope de caballos salvajes, asustados por el grito sordo que nadie escucha en medio del campo de amapolas mientras corría a toda velocidad, perseguida por la sagacidad de los leopardos.

Su cuerpo consternado, atrapado por las sombras , los labios resecos y partidos, y la imagen caleidoscópica y repetitiva de su cuerpo dormido, de sus manos, de sus pies. Su vida secreta, sin título, la yuxtaposición de ojos, latidos, labios, espejos y raíces. Las horas de brisa fresca, montones de hojas amarillentas y tormenta, mientras se abría paso entre capullos corrugados de colores que ya no recordaba, quizás blancos, quizás violáceos o rojos, la humillada hierba, las semillas negras y la tierra árida y quebradiza.

Corría en las penumbras, y tropezaba entre cascabeles, visiones y campanas de cobre que resonaban en sus oídos y su corazón con increíble fuerza y desenfrenada torpeza.

Las voces que la rodeaban la enceguecían, las miradas de la locura la enmudecían y revelaban vibraciones vidriadas, cortantes, y rasguños que dejan la piel marcada con cicatrices que sangran de vez en cuando y nunca sanan.

Ella, el recuerdo de su amor dorado y la adicción al opio se habían convertido en condición sine qua non para continuar con su camino.

Encandilada por los espíritus de sus encolerizados pensamientos caía rendida en la furia de la noche, los sarcásticos alcaloides opiaceos de la papaver somniferum tomaban el control de sus músculos y su saliva se convertía en sal sobre el aliento fracturado de su lengua.

El alivio del dolor y del sufrimiento, los alfileres punzantes e hirientes que atravesaban su frente, las incisiones de las cuchillas en los frutos semimaduros a la hora del crepúsculo, la savia pegajosa blanca recolectada al alba , los enmarañados tallos erectos de los ababolones, los ecos subterráneos en medio de los truenos y la lluvia de suspiros irremediables, los mareos vertiginosos en su piel, las virtudes estimulantes en sus venas y en su sangre tomaban, intimidantes, el poder.

Un minuto, dos, o tres gramos, máximo seis horas, la dosis letal…. no morirá por la sobredosis. No te preocupes. La tolerancia al opio es alta. Deja que sus pupilas se contraigan, que el ritmo de su respiración se haga progresivamente leve.

Déjala divagar en los vaivenes de la vida y del ‘sueño crepuscular’, en los túneles de su corazón, déjala cerrar todas las puertas y construir altos muros, escondites y pasadizos secretos, destruir los puentes en medio de las tinieblas, golpear su frente y los puños sobre la tierra, soñar en ese lugar donde el subconsciente queda libre de ataduras;…. sacudir los sentimientos y las culpas, las náuseas y las angustias contenidas en sus venas.

Déjala temblar sola en la ebriedad del opio y respirar agitadamente en los abismos de la tierra, déjala perderse en los límites entre vigilia y ensoñación; las confesiones del opio serán como burbujas negras que emergerán del barro que la ahoga. Déjala recostarse en el desasosiego de las batallas con las amapolas hasta que los caracoles comiencen a resbalar por los moretones de su espalda, hasta que se acallen los líquenes de su boca y las polillas y mariposas aniden en su garganta. Déjala enloquecer, déjala huir y alcanzarla, abrazarla, tomarla de la mano en los misterios de la oscuridad.

Déjala desenterrar la campana de cristal donde está atrapada la pluma del cisne, la tinta negra, la llave y el pequeño poema escrito para ella. Deja que sienta su falta y que tenga que buscarla frenéticamente. Deja que ella le recite el poema, solemne, y lo repita ad nauseam como siempre lo hizo, que lo escriba con tinta y pluma sobre su piel.

Déjalas que se acerquen por mera curiosidad. Deja que entrelacen sus cuerpos y que las hormigas las coronen de flores y fantasmas. Déjalas besarse desnudas entre los mandalas de amapolas y orugas, sutiles, desafiantes, enajenadas, casi como hadas hechizadas. Déjalas que escapen juntas en el desvelo de la noche y desafíen la intranscendencia de la muerte, tan insólita como estar soñando despiertas, como suspiros desde las profundidades.   

Poppy by Sarah Moon 1997

Elegía a la eternidad

‘Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.’

Ella moría en cada palabra que pronunciaba, que escribía, que escuchaba.

Enceguecida por el brillo de la omnisciencia, la omnipresencia, la omnipotencia y la omnibenevolencia, se había olvidado de leer el amor entre líneas, anillos y órbitas de los cometas. De leer el alma dentro de cada palabra, cada nube, cada partícula de polvo cósmico. De la incompatibilidad entre la presencia del mal y el sufrimiento en el mundo con la existencia de su propio Dios.

Con la espalda arqueada, flotaba en su camisón blanco de seda en el espacio sideral. Gritaba. Gritaba tan fuerte que nadie la escuchaba. Y el grito surgía en el corazón mismo de la misteriosa muerte de una estrella en el centro de su ser y se expandía en ondas por el espacio. Pero en el espacio, nadie puede escucharte gritar, salvo que te encuentres en el nucleo mismo de la constelación de Perseo.

Así el grito se convertía en el barullo del silencio en sus oídos sordos, como el funesto sonido de algún agujero negro en medio de un cúmulo de galaxias a doscientos millones de años luz de distancia.

Y si te preguntas cómo diablos viaja el sonido en el vacío del espacio – murmuraba – deberías escuchar los siniestros susurros de mi alma.

Divinidad, idealización, enamoramiento.

Ella estaba convencida que era amor. Desde aquel primer momento que la vio caminando entre las columnas de mármol, bajo la bóveda celestial del monasterio.

Ya lo decía Sigmund Freud, que no elegimos a los otros al azar. Nos encontramos con aquellos que existen ya en nuestro inconsciente. Aunque se encuentren orbitando en una galaxia muy lejana.

Y ahí estaba. Parada frente a ella, gritándole en el medio de la noche, de las columnas de mármol, de la tormenta, entre el poder de los rayos, bajo la lluvia de Perseidas. Hasta el mismo cielo y todos sus dioses temían el gemido de sus propios truenos. No había espacio para secretos ni propios pensamientos. Ni siquiera para la propia intimidad. Ni para dar un solo paso sin su consentimiento. Injusticia. Falta de confianza – repetía.

Será capaz?

Capaz de qué?

Capaz de abandonarla?

Capaz de perseguirla hasta la muerte?

Capaz de escapar?

Capaz de insistir? – se repetía.

No, estaba segura que era amor.

Amor del bueno, inmortal, abismal, pero, de vez en cuando, un poco distorsionado, un poco inexplicable, un poco inaudible, un poco contradictorio, un poco elegíaco.  

‘Cada persona es un abismo. Da vértigo mirar en ellos.’ – predecía ya Freud.

Desandar el camino del infinito. Llegar al borde de la imprecisión, intentar enfocar en lo que estaba distante. Negar las directrices, las sombras. Hacer infinitas hipótesis. Eludir la verdad, la confusión y el desatino colosal de la vanidad. Sostener la valentía. Acallar las batallas. Desobedecer. Oir lo que no se oye. Abrazar los argumentos para sostener lo contrario. Tomar la decisión del salto. Suponer que el salto la conduce al cielo y no al infierno. Delirar. Silenciar la noche. Y con la espalda arqueada, flotar en el espacio sideral. Esperar de esa manera reunir todo el dolor, toda la oscuridad y transformarlos en un despertar hasta encontrar la luz.

Eternidad.

Even though the show wasn’t over, Nastasis in her glittering gown
ran through the big star to meet her lover by Sarah Moon 2000

Post-mortem

El cisne descorazonado de acartonadas alas abiertas, cuello duro y pureza de alma languidece ceremoniosamente sobre el piso oscuro y nefasto como sobre un ataud delante de la cámara oscura, mirándola, como embalsamado.

Sus ojos, su cabeza y su pico se plasman en sombras y tragedias escenográficas en la pared manchada, amarillenta y arrugada, la misma pared donde ella está parada, tiesa en vestido plisado de seda.

Llorando contra el muro, revelada en cada poro del sustrato, en cada mancha de humedad, en cada grieta, como esmaltada con gelatina y cristales de haluro de plata, su cuello y sus hombros se deshacen, se descomponen entre oro, halógenos, fotones y electrones, aumentando la sensibilidad de su piel a la claridad como papel para fotografía, mientras las puertas se cierran detrás de ella, para evitar la entrada de la luz.

Las sales de plata de sus lágrimas, al entrar en contacto con algún rayo perdido de sol, se oscurecen y se reparten cristalizadas en las superficies de cada pared del laboratorio. Se transforman entonces y relumbran en una imagen latente en medio de una reacción fotoquímica. La ampliación representa la imagen de aquel beso de mariposa (qué otro nombre ponerle si no a ese instante de amor?), ese recuerdo de aquella caricia de pupilas y pestañas que ahora se revelaba en el baño de metales y olores amargos.  

A través de cada grieta de la pared se podía percibir el típico olor de la composición química entre el agua que tomaba un color púrpura después de unos segundos, los ácidos y el papel fotográfico en medio del proceso de revelado.

Si cada episodio en la vida fuera tan simple como entender y tener paciencia con todo aquello que no se ha resuelto en el corazón, revelar el momento, obtener la justa proporción de todo lo que nos rodea, no sólo el uno o dos por ciento; e intentar amar las preguntas por sí mismas, como si fueran habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extranjera. Si pudiéramos dejar de buscar las respuestas que no estamos preparados para vivir, sumergir los dolores del pasado en ácidos y neutralizarlos, matarlos, detenerlos en el momento justo, diluir la rabia, el duelo y las tristezas para evitar que se expandan y exploten como volcanes y liberen vahos imposibles de respirar y que la contaminación de emanaciones se fijen en las células de la piel de las manos como frecuentemente suele suceder.

Si pudiéramos respetar el proceso, vivir las preguntas ahora, sacarlas a la luz en medio de la gracia, el balance y la inocencia del perdón. No llorar contra el muro para no enmohecer las palabras grabadas en el reino de piedra donde pueden crecer los líquenes y hongos lenta e incansablemente. Tal vez así encontráramos las preguntas, gradualmente, sin notarlas, y algún día lejano llegáramos a las respuestas, quizás, entre las grietas.

No es capaz de torcerle el cuello al cisne. Lo abrazará y colocará alrededor de su cuello una corona de violetas del bosque de cuentas de vidrio o de porcelana y hojas de metal o zinc como aquellas coronas funerarias victorianas que se utilizaban como símbolo de la inmortalidad del amor, como el que existió entre ellas. Violetas que simbolizan la humildad, la modestia y la inocencia del ser.

Lo arrastrará hacia el norte, hasta el lago más próximo y desolado, aquel que sólo ellas visitaban de vez en cuando en medio del bosque, en medio de las violetas y las ruinas del palacio, abandonadas, y bajo una luz ámbar de seguridad donde el amarillo del agua parece incoloro y el morado del tatuaje aparece negro, sumergirá al cisne tatuado en su vestido de infinitos pliegues de seda en el lago y lo observará flotar hasta que cobre vida a su alrededor.

Así las preguntas, los pliegues y el plumaje del cisne transformarán la superficie ovalada del lago en grabado de canales profundos y ondas como en placa de cobre y se llenarán de tintas amarmoladas de blackwork negro y óxidos, donde el insípido papel se tornará papel jaspeado de guardas de libros antiguos, como los ebru del Imperio Otomano o como las impresiones de Jacques Hurtu en el siglo XVII, rodeadas de flores y pájaros, frutos y libélulas.

El bosque. La fotografía. Las violetas. El cisne muerto. El beso de mariposa. Las lágrimas. La tinta negra. Las preguntas sin respuesta. Las ruinas. El punto sin retorno.

Siempre pensó que retornarían juntas al lago y que le darían de comer migas de pan a los cisnes blancos.

Si al final, las dos querían lo mismo. Querían ser luz, querían ser vistas, ser amadas y ser reveladas entre ácidos y metales y ser recordadas precisamente en ese momento, donde eran infinitas. 

Sarah Moon, le Langage des Cygnes, 2000

Memento mori

Intentó olvidar sus palabras, buscando entre manuscritos y brújulas, reemplazándolas por otras que se encontraban desparramadas en el escondite de las  frutillas salvajes que crecían entre calaveras, candelabros, ubi sunt y tempus fugit de relojes oxidados en medio de aquel jardín medieval.

Palabras encriptadas portadoras de mensajes irrepetibles, maléficos, insostenibles en los compases del tiempo; palabras que la hacían sentir como niña pequeña merecedora de cariño.  

Palabras malacostumbradas de aparente ausencia de verdad, que nada tenían que ver con lo que estaban hablando, con su empatía, con sus sentimientos de eterno y puro amor por ella. Cómo duele el alma en esos momentos de vértigo y abismo, como al leer cartas de defunción o lamentos de enfermos cercanos a la muerte o simplemente al escuchar el canto legendario del cisne justo antes de morir en su visita invernal a esas partes lejanas del Mediterráneo oriental.

Palabras consentidas de exacerbada seguridad que se contradicen con la fragilidad de flores aladas sobre las sábanas en el suspenso del aire de la mañana empolvada después del sexo y la suavidad de pavlovas de crema y pirotines de papel color pastel sobre la cama. 

Palabras malvadas que iban cambiando de significado en cada discusión donde se duplicaban, se rehacían y se imitaban una y otra vez. Está bien- le repetía casi en silencio hasta el hartazgo. Frase como aquellas que repetían los siervos a los generales romanos en sus triunfos para recordarles que las glorias eran efímeras. Palabras destructivas, insanas, que rozaban la necesidad de la penitencia y la redención.

Observó la impaciente inmovilidad del plato de frutillas desabridas y el vaso de cristal, mientras sus palabras envilecían el silencio.

Vanitas. Vanitas vanitatum et omnia vanitas. 

Veía caer su emblemática corona de oro al suelo como una especie de liberación en cámara lenta. Oía el estallido desdichado del trueno durante su caída y veía la luz del reflejo desprevenido al estrellarse con el piso. Veía los diamantes confundidos rodar por los rincones entre las cortinas que pasaban inadvertidas. Veía la mano soberana y suave de ella sostener entre sus finos dedos la frutilla como trofeo colmado de mini rubíes a rescatar de las conversaciones sobre aritmética, geometría, música y astronomía. 

Tomó el vaso de cristal y se lo llevó a la boca, mientras observaba los labios de ella y los suyos morían en una agonía avinagrada con toque de estragón, y bebió agua para no atragantarse con tanta ostentación, para tragarse el remordimiento de tanta hipocresía de sentimientos a la luz de las velas.

Nada pesa más que las palabras no dichas- pensaba mientras miraba sus labios.  

Y la miraba después a los ojos con acarameladas miradas compasivas y pacientes como si mirara a través de ella y llegara a ver horizontes de glacé real con perfume a rosas y magnolias y finalmente a rozar la redención y preparar el alma para la salvación y la vida eterna.

La miraba como si la atravesara con cuchillos de bronce y espadas bizantinas casi sin herirla ni hacerla sangrar, hiciera huecos entre sus pulmones estoicos y su corazón de piedra, y mirara como en un túnel las olas en la playa de azucaradas arenas rosas y espumas blancas y ostras color champagne.

Como si la mirara por última vez, perforándola, en el desierto indigno de la nada y del papel picado después de la fiesta que atormenta, del amor cero y de la empalagante vanidad.

La miraba como si abrazara la suavidad de su piel almendrada en un abrazo intangible, invisible y eterno a los ojos de los demás. Un abrazo legítimo, imposible de olvidar, de esos que nunca se superan, que se quedan pegados al alma, con sabor a damascos, perfume a tulipanes moribundos y helado de vainilla en copa de cristal bajo el sol del atardecer.

Memento mori.

Naturaleza muerta y alegoría de frutillas en invierno. Como si nadie supiera que las frutillas en invierno casi no tienen sabor al paladar. Ella lo sabía, pero se quedó callada para no herirla. Fragilidad y naturaleza efímera de la vida. 

Still Life with Fruit by Pieter De Ring -1658

Fata Morgana

Pasado el insomnio desafiante de los primeros meses de pandemia, pudo dar cuerda a sus sueños y dormía en demasía intentando constantemente encontrarla.

El letargo se extendía bajo cielos icónicos y cuando la siesta o la noche lo permitían, descansaba sobre montículos de piedras en medio de pletóricas playas nevadas, envuelta en líricas brisas heladas, y cuantiosas gaviotas hambrientas de algas marinas que volaban sobre ella en estelas desinteresadas.

Adormecida, cerraba los ojos y de inmediato cruzaba callada galerías reales a lo largo de la playa en la caducidad del día. Escalaba dunas sin pensar en las orquídeas salvajes que crecían bajo la nieve. Escondía los pies – todavía tibios de soquetes de lana – entre arenas, conchas y corales que le daban permiso para soñar. Atravesaba edificaciones frías y desiertas, y subía sus escaleras de grietas asustadizas que arriesgaban sin duda su vida. Se ocultaba de la lluvia bajo cúpulas vidriadas que coronaban torres inclinadas, casi destrozadas. Y finalmente tropezaba, sin verlos, con esculturales manos gigantes y dedos de piedra caliza, enterrados en las arenas ahora movedizas que formaban vorágines de remordimientos y colinas de tristeza al no encontrarla. Espejismos de témpanos de hielo en playas nevadas y parpadear de pestañas granizadas de hadas.

Seguía corriendo dejando desorientadas huellas entre columnas glaciales erosionadas por el arrastre del agua hasta escuchar el sonar de las campanas como trágicas arias en la cima de las torres casi aladas y se detenía creyendo poder verla en la inmovilidad del horizonte y alcanzarla.

Precipitadamante, al borde del precipicio, se hizo lenta, pesada y se dio cuenta que ella también podía convertirse en roca fastidiosa e inviolable cuando quería y así romper, frustrada, llena de furia y desencantada, paredes, pisos, muros, pilares y jarrones recubiertos de pequeños crustáceos, ostras y esqueletos de venenosas criaturas marinas ahora totalmente quebradas.

Sus sueños eran aventuras meticulosamente ensambladas, procedentes de ríos, mares árticos y faros que iluminaban las volitas multicolores de vidrio traídas por el oleaje que se acumulaban en las playas nevadas y que sentía deambular caleidoscópicas bajo sus pies entre las olas.

De repente sintió, aturdida, sus pies mojados y los intentó deslizar por la nieve casi derretida en medio del temor de charcos cálidos y depósitos de sedimentos nacarados.

Arrastraba, atraída por la luna, su camino distraído por la arena hasta llegar a la bajamar, tanteando la imagen de aquella amada en una búsqueda ciega, entre caracolitas y tintineos de espumas y cascabeles que la distraían de los dilemas de mañana y pasado mañana.

Sumergida más tarde hasta el cuello en el agua congelada, casi ahogada, le pareció ver kriptonita cristalina, sí un poco fragmentada, en la agonía de silencios espejados del fondo del mar. Le pareció imaginarla allí, encallada, como sirena borrosa, entre rocas, reflejada en pirámides astrológicas, en el centro mismo del nadar de mantarrayas y del ir y venir de anémonas de mar.

Era la primera vez que creía verla entre rocas graníticas y jardines acuáticos de aguamarinas prismáticas de diez quilates, usadas como talismanes entre marineros contra mareos y tempestades en alta mar.

Consolidado el sueño de medusas durmientes, sin más ni más, abruptamente, sintió que el suelo se derrumbaba bajo sus pies y en desestimado vértigo y caída libre se desplomaba por los abismos de los desequilibrados acantilados, arremolinadas espirales de sal y quejidos dormidos.

Seguía cayendo, como deambulando debilitada por la inestabilidad del aire hasta hacerse cada vez más insignificante e inofensiva y perderse en la nada del espejismo y tocar el suelo de rodillas, ensangrentadas.

Ese anclado afán tan profundo de persecusiones y obsesiones la despertó de repente de su sueño en la incomprensión de palabras sonánbulas y la vio, frente a ella, sonriendo enaltecida, con la espalda cubierta de arena, estrellas y minúsculas cianotipias de algas.

Fata morgana – pensó, insegura. Paralelismo de estío en medio del invierno. Las mismas playas, pero esta vez de sombras de palmeras desdibujadas, simetrías de imágenes multiplicadas y mareas de pinceladas acuareladas.

Era ella?

Miró, determinada, a su alrededor como para romper el halo del encanto. Todo había adquirido, con el descubrimiento de las luces y sombras y el reflujo de las aguas, una apariencia alargada y elevada, y se redefinían y reconstruían todas las piezas rocosas y errantes de las galerías, las estatuas, los pies, las torres, las manos, las cúpulas, las espaldas. Lloraba al reconocerla, al finalmente encontrarla.

La Sirène D’auderville Sarah Moon 2007

Interrupted Circle

En la inmortalidad de cada atardecer, una guirnalda indefinida de mil y una golondrinas aparecía para hacerse la fiesta en el cielo ilimitado de verano.

Se hablaba de inmensurables plagas de agitadas avispas e infinitos mosquitos esqueléticos por esos días.

Ella no se cansaba de mirar el aletear del juego fugitivo de las golondrinas, ondulando entre las líneas del horizonte, atravesándolo, marmolándolo, hilvanando hilos volátiles de lino blanco, amarillo, naranja, rojo, violeta, azul, celeste y plata que desaparecían como murmullos y renacían como entre los pliegues del peplo acanalado de Julieta Capuleto y sus últimos suspiros que como nubes empolvadas y postergadas se desvanecían antes de morir.

Se apresuraba de pronto una infame avispa a rayas a la búsqueda de néctar sobre el reborde de su vaso de limonada, aquella que le dicen la avispa alemana o vespula germánica. O, por consecuencia, simplemente, avispa-limonada.

Ah…. las golondrinas!…como heroínas sobrevolaban el balcón suspendidas en aureolas, trisando para anunciar su llegada… araban y arañaban el cielo enmudecido con sonidos casi de arpas parecidos a silbidos ignorados por la ciudad antes de retornar al África subsahariana.  

Trazos aquí y allá quebradizos, que podrían compararse con aquellas volteretas rítmicas y vértices en plexiglas de Bridget Riley, o esos círculos concéntricos desfazados, interrumpidos de líneas finas negras dibujados en 1963. Sin pasar por alto aquellas curvas diagonales de 1966 y otras deslumbrantes y convincentes pinturas abstractas que exploran la naturaleza fundamental de la percepción humana.

Héroes en ascenso y caída llamaba Bridget Riley a uno de sus acrílicos sobre lienzo de 1965 de estilo geométrico en blanco y negro, que va como con tijeretazos cortando el aire que se respira, donde la percepción de elementos, su forma y color se ve perturbada por diferentes procesos compositivos que en plena superposición, se anulan y disuelven como el vuelo de las golondrinas.  

Los lienzos de patrones geométricos aparentemente abstractos de Riley engañan la vista. Es sólo una ilusión? No, dicen rotundamente los críticos; son cualquier cosa menos estáticos, ondulan y se transforman, engañando y deleitando la vista.

Y allí la vemos parada, la inglesa Bridget para la revista Vogue en 1965, casi tímida, atrincherada, pero segura de sí misma, entre sus líneas repetitivas de propia escenografía, o en aquella desafiante fotografía de Tony Evans en perfil ondulado en colores beige, casi dorado y negro.  

1951

No, no se trataba de la cantidad de líneas entrelazadas de golondrinas.

Ese día había mil novecientos cincuenta y un pacientes con una infección por corona en los hospitales belgas, lo que representaba un aumento del 27 por ciento y la cifra más alta desde principios de mayo de ese año, después de los dos años anteriores silenciados y mutilados por la pandemia.

Círculos interrumpidos.

Era en esos momentos cuando quería desesperadamente hacer mil, diez mil, cien mil rayas y guiones en el enardecido paraíso del atardecer, arañar la gloria de la pantalla, morder las ventanas de vidrio, hacer rayones con marcador negro, tachar, inválida de frustración, los títulos y subtítulos de las noticias que no parecían ser falsas a simple vista.

Censurar la discapacidad de palabras impuestas como imprescindibles, unir el vuelo elíseo de las aves con líneas entrecortadas, intermitentes, huir más allá de los límites, leer entre líneas. Traicionar a todos, esquivar la ingenuidad de los semidioses de todos los confines. Volar como en surcos por el firmamento, en líneas paralelas como las de Bridget, en sutiles fracturas restringidas, emborracharse con licores, néctares de avispas y elixires, marearse, dar vuelcos en el aire, en círculos en descenso insustanciales, imperceptibles, grises, blancos, caer hasta frotar y borrar los trazos de tiza de rayuela hechos en el piso con las palmas de la mano, estrellarse, frívola, contra los suelos infértiles y los muros ilícitos del olimpo, astillarse, quebrarse el espíritu, partirse la cabeza, hasta fragmentarse y caer desvanecida, vencida, como las golondrinas, y quedarse para siempre dormida.

Sarah Moon

Ukiyo japonés y los lirios de Van Gogh

Esa noche calurosa de mediados de primavera la blusa de lino bordado se le pegaba, desconsiderada, a la espalda.

Sólo necesitaba la tijera, sus dos manos llenas de perfume, la cercanía de las voces y esa noche enamoradiza para sentir otra vez esos deseos indomables de dejarse ahorcar con los tallos de los lirios amarillos de casi un metro de alto que ella le había obsequiado años atrás. Había envuelto los bulbos en papel de diario y, después de haber viajado ilegalmente con ellos de Esperanza a Europa, los había plantado en su balcón.

Había logrado conservarlos por tantos años y los había tratado con tanto cuidado, tanto recelo y tanta admiración. Sabía perfectamente que todo dependía de amarlos con toda el alma y de la cantidad de luz solar que recibían las hojas para la exitosa fotosíntesis, además de las temperaturas cálidas del aire donde crecían las plantas para la prosperidad de su metabolismo.  

Se podía asegurar que los lirios son inmortales, por lo menos en teoría. No sólo pueden vivir para siempre, sino que tampoco envejecen, por lo menos si los lirios y los rizomas se mantienen fértiles y saludables en la tierra donde se encuentran durante todo el año de vida hasta la siguiente floración.

Se preguntaba qué sería de su vida si ella o los lirios no hubieran existido; si ellas no se hubieran conocido hace más de treinta años.

Cada uno de los lirios de Van Gogh es único – pensaba. Cambió de opinión. Dejó la tijera a un lado y fue hasta la biblioteca. Abrió el libro de arte y estudió cuidadosamente la riqueza de los movimientos de la obra, sus pinceladas y matices.

Con el título de Les Iris, el pintor holandés había creado una variedad de siluetas curvas, delimitadas por líneas onduladas, retorcidas y rizadas.

Ahí estaban aquellas flores inspiradas seguramente en las tintas de las estampas japonesas, los ukiyo-e. Estas impresiones, ‘imágenes del mundo flotante’, de líneas paralelas, como los lirios de Hokusai, eran realizadas mediante xilografía desde tiempos ancestrales.

Aquella amistad también era única e inmortal.  

Pensar que son los lirios que Vincent Van Gogh había pintado durante su estancia en el monasterio de Saint-Paul-de-Mausole en Saint-Rémy, Francia, en 1889, después de episodios de automutilación y retiradas hospitalizaciones.

Aquellos lirios que veía desde su ventana en la galería oeste del claustro, asomando en el jardín durante la primer semana de su permanencia en el asilo de la Provence.

Los lirios que continuaba pintando para evitar así toparse con la locura.

El filo entre la cordura y la locura es demasiado sutil, como las delicadas pinceladas oscuras y casi moribundas de los contornos de la desafiante imaginería floral.

Estaban aquellos lirios esbeltos de Hokusai y aquel grillo refinado estampados en colores lilas azulados o amarillos dorados? – se preguntaba.

Ella no deseaba terminar como Van Gogh, hospitalizada, mutilada.

Era lo único que suplicaba.   

En una mirada más íntima y atenta entre la concentración y fragmentos de flores y hojas de los lirios, se podía observar el lienzo virgen, olvidado, sin rastros de pintura. Era en esos lugares vistos a través de la lupa donde se encontraba esa idea de felicidad que derivaba de comprender que el mundo no es más que un lugar efímero, fugaz o transitorio?

Esa noche calurosa de cuarentena a mediados de primavera sólo quería ser testigo del florecimiento de los lirios y con una simbólica fiesta con amigos y conocidos rendir un homenaje hedonista a la felicidad y honorar la distinguida cultura japonesa del esplendor, la dicha, la fortuna y el ukiyo.

Decorar la mesa con un delicioso mantel de algodón egipcio que rozara el cesped y flotara sobre el mundo, desparramar vasos de cristal con agua e incontables lirios, colgar libertinas guirnaldas de origami de colores brillantes y despeinadas cintas de encaje entre los cerezos y lámparas de papel de seda que atrajeran desenfrenadas polillas y mariposas de noche, lujuriosos cascabeles y diamantes  y encender velones de cera en la galería, en el patio, en el invernadero, en los senderos de aquella, su casa imaginaria.

Y simplemente ser feliz. Y desear que todas las noches sean una fiesta como aquella… ‘viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor…’

Sarah Moon

Sincronicidades

Ese día se preguntaba si todos nos despertamos con puntualidad a la misma hora del dia, de la vida, de los acontecimientos, si el amanecer nace para todos en el mismo segundo, en el mismo minúsculo parpadear.

Si todos miran con la misma curiosidad el cielo, si las nubes ignoradas se perciben para todos por igual. Si el estar gris-nublado es para ella como para el vecino de al lado.

Si todos giran decididos la cabeza al doblar en una esquina como se espera de cada alumno de manejo si todos reciben las mismas instrucciones precisas del examinador, el mismo examen sin sentido, y siguen las mismas reglas al pie de la letra y el mismo destino, si todos aprenden las mismas lecciones de la vida. Es la interpretación la misma?

Si todos nacen con la capacidad de meditar, de elevar una plegaria al cielo. Si todos respiran el mismo aire sobre la tierra, si todos saben inhalar y exhalar suspiros de súplicas y ecos lejanos sobre la misma hierba ligera.  

Si todos se sorprenden al ver los crocus al sol en septiembre, florecidos en pleno final del verano como capullos sostenidos por tallos de marfil blanco. Si todos pueden creer tanta insistencia, tanta fragilidad, tantos tallos que se contradicen con tiempos insanos, insensatos, maldecidos y fastidiosos donde nada importa más que el rebrote de coronavirus.

Si todos sueñan con ser libres y valientes, si, en realidad, todos estamos invitados a ser diferentes: si algunos son tan dependientes de las opiniones críticas o visiones aventureras del otro, de los proverbios que los rozan con osadía, de las sentencias que los rodean con impertinencia desmedida.

Si todos pueden erguir la espalda con disciplina, si todos tienen la misma fuerza para levantarse de la cama con una hipótesis cada mañana, si los músculos, el rigor y el físico son prácticamente idénticos al del amigo del alma, que quizás ya no lo es tanto como solía ser obligatoriamente ayer.

Si todos cometen los mismos irremediables errores, si todos tienen la capacidad de superarse, de crecer, de cambiar de dirección, si todos pisan la tierra fértil con la misma e imperiosa gravedad.

Si todos brillan por dentro con la misma luz vital, si la intensidad de la energía y el amor en el alma es la misma, si el corazón hace latir las venas de ella con la misma precisión que las de las minuciosas bailarinas.

Si todos conocen el camino indicado, si la ciencia y las matemáticas son tan estrictamente exactas para él como para ella.

Si todos callan y mantienen el silencio eternamente sostenido hasta quedar inmóviles. Si tanto ella como cualquier musa puede, perpleja, sentir la parálisis de sentidos: del tacto, del gusto y del olfato.

Si todos pueden volverse ciegos y sólo oir la música de sibéricos bosques lejanos y, sin embargo, poder seguir protestando en calles enajenadas, pobladas de panfletos idealistas, cínicos y desincronizados.

Cuando más vale tarde que nunca. – Pensaba.

Si todos pueden ir a dormir a la misma hora exacta, a pesar del insomnio universal, del miedo enjaulado, de la injusticia política, del frío desconcertante, la muerte inesperada, del velo descolocado de luto, del aparente ‘ser iguales ante la ley de Dios’, de las constituciones de los gobiernos de Europa, África, Latinoamérica o la India.

Si todos pueden sincronizar el amor magno, las súplicas de fe, el ‘que te vaya bien el próximo año’, la ilusión de prosperidad, los mejores deseos, el aplauso sincero, el aliento genuino y caritativo.

Si todos reconocen el mismo horizonte inmaculado, y besan de la misma forma la arena desteñida durante marea baja y acarician las olas escrupulosas de sal con la misma consagración, mientras que otros sólo ven lejanos barcos pesqueros en la niebla y a la deriva.

Si todos mueren con la misma gracia, con las mismas palpitaciones, como semidioses. Si todos pueden volar al cielo o flotar sobre las olas centelleantes rodeadas por los mismos límites, los mismos faros, los mismos volcanes, el mismo dolor, la misma incertidumbre, el mismo color nacarado de ostras marinas.

Si la profundidad del mar es para ella la misma que para los demás.

Cuestión de vida o muerte

Había llegado el momento más traumático para los médicos, según los diarios, y llegaba para quedarse por un largo tiempo.

En Francia se veían obligados a tomar decisiones de vida o muerte. Los pacientes mayores de ochenta años no recibían ya máquinas de respiración artificial. En España e Italia el escenario era similar. El proceso se denominaba triaje y significaba la meticulosa seleccción de los pacientes para el tratamiento, o sea, darle batalla al virus.

El triaje médico moderno había nacido durante las guerras napoleónicas.

En Nueva York, uno de los epicentros del virus de Estados Unidos, los médicos se sentían literalmente como en un campo de amapolas y de batalla, sólo trataban de mantener la serenidad. Los círculos de médicos en todo el mundo enfrentaban las decisiones más difíciles de sus vidas. No había suficientes máquinas de respiración para todos.

Por lo menos, eso era lo que decían. Cómo ponerlo en duda?

La obligación de aceptar que la vida estaba en sus manos. Maldición. No en los poderes divinos o mágicos de la naturaleza o de elementos paganos como el colmillo de serpientes, las pezuñas de cabra negra, las plumas de cuervo o el ángel en la oscuridad de los pasillos.

Quién merecía ser salvado cuando no había remedio para todos ?

Una decisión que iba en contra de los principios de la medicina y el derecho universal a la vida.

No era el mismo miedo que se produce ante hechos concretos como las grandes calamidades naturales, las inclemencias climatológicas como inundaciones, erupciones volcánicas o sequías. Pero la falta de respuestas y la falta de conocimiento sobre las causas que las originaban eran la base fundamental del miedo.

El miedo y la crisis médica era la más devastadora en Italia, en España y en Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial y habían obligando a los médicos, pacientes y sus familias a tomar decisiones y medidas drásticas. Ya no se trataba de prodigios ni supersticiones.

En la unidad de cuidados intensivos del Policlínico San Donato de Milán, la lucha contra la muerte se detenía todos los días a la 1 p.m. Era cuando los médicos hacían las llamadas a los familiares de los internados e intentaban no dar falsas esperanzas: sabían que uno de cada dos pacientes en cuidados intensivos con la enfermedad causada por el virus era probable que muriera. Era ridículo. Inhumano.

Los pacientes con coronavirus, con fiebre intermitente, gravemente enfermos de la unidad, todos sedados y con tubos en la garganta para respirar, no verían a sus familiares por esos días, no se permitía la entrada de visitantes. Nadie dejaba sus hogares ni pisaba las veredas en Italia.

A medida que la epidemia se expandía y la enfermedad progresaba, las camas desinfectadas de algodón blanco comenzaban a tener una demanda creciente, especialmente debido a los problemas respiratorios que la enfermedad podía ocasionar. Cada vez que una cama se liberaba, dos anestesiólogos consultaban con un especialista en reanimación y un médico de medicina interna para decidir quién la ocuparía, quién sería digno de una posibilidad de supervivencia, o a quiénes arriesgarían con la morfina sin tener que perforar las gargantas porque ya no tenían esperanzas de recuperación.

De todas maneras, sabían de sobra que el cincuenta por ciento de los pacientes moriría.

Debían realizar conjuros o exorcismos? Conjurar a las nubes, a las aguas o a los rayos de sol?

Todas las nubes colgaban como horcas celestiales.  

Si había llegado el momento de la consagración y ceremonia del ritual mágico, debían vertirse los cálices de vino agrio, de hostias negras y amargas y de polvo de huesos de niños muertos sin bautismo, hasta que cayera el cielo, no se escucharan más las sirenas de ambulancias y el futuro se cubriera de pétalos de rosas, para evitar la expansión de males, plagas y más desgracias.

Cómo debía interpretar los maleficios y maldiciones del universo que recaían sobre sus hombros y opacaban sus alas? Se podría embrujar a alguien con cabellos, piel o sangre para salvarla?

Se vestiría de negro de antemano antes del entierro?

Olería a elixires y bálsamos de la antigüedad?

Buscaría sus pequeños libros de herbaria y botánica de la infancia, su colección de flores de hortensias, tréboles de cuatro hojas y helechos silvestres disecados, conservados e identificados con citas en lápiz al pie de cada página para usarlos como talismanes mágicos?

Combinaría brebajes medievales, minerales afrodisíacos y filtros de amor, flores de la pasión, hongos y líquenes alucinógenos, plantas exóticas de países lejanos y aquellas que crecían en su tierra natal?

Estudiaría el resultado empírico y las remotas posibilidades de éxito y futuro dorado que sus maestros le habían susurrado al oído en las aulas de química, ciencia y matemáticas para borrar las dolencias humanas de su alma?