Fata Morgana

Pasado el insomnio desafiante de los primeros meses de pandemia, pudo dar cuerda a sus sueños y dormía en demasía intentando constantemente encontrarla.

El letargo se extendía bajo cielos icónicos y cuando la siesta o la noche lo permitían, descansaba sobre montículos de piedras en medio de pletóricas playas nevadas, envuelta en líricas brisas heladas, y cuantiosas gaviotas hambrientas de algas marinas que volaban sobre ella en estelas desinteresadas.

Adormecida, cerraba los ojos y de inmediato cruzaba callada galerías reales a lo largo de la playa en la caducidad del día. Escalaba dunas sin pensar en las orquídeas salvajes que crecían bajo la nieve. Escondía los pies – todavía tibios de soquetes de lana – entre arenas, conchas y corales que le daban permiso para soñar. Atravesaba edificaciones frías y desiertas, y subía sus escaleras de grietas asustadizas que arriesgaban sin duda su vida. Se ocultaba de la lluvia bajo cúpulas vidriadas que coronaban torres inclinadas, casi destrozadas. Y finalmente tropezaba, sin verlos, con esculturales manos gigantes y dedos de piedra caliza, enterrados en las arenas ahora movedizas que formaban vorágines de remordimientos y colinas de tristeza al no encontrarla. Espejismos de témpanos de hielo en playas nevadas y parpadear de pestañas granizadas de hadas.

Seguía corriendo dejando desorientadas huellas entre columnas glaciales erosionadas por el arrastre del agua hasta escuchar el sonar de las campanas como trágicas arias en la cima de las torres casi aladas y se detenía creyendo poder verla en la inmovilidad del horizonte y alcanzarla.

Precipitadamante, al borde del precipicio, se hizo lenta, pesada y se dio cuenta que ella también podía convertirse en roca fastidiosa e inviolable cuando quería y así romper, frustrada, llena de furia y desencantada, paredes, pisos, muros, pilares y jarrones recubiertos de pequeños crustáceos, ostras y esqueletos de venenosas criaturas marinas ahora totalmente quebradas.

Sus sueños eran aventuras meticulosamente ensambladas, procedentes de ríos, mares árticos y faros que iluminaban las volitas multicolores de vidrio traídas por el oleaje que se acumulaban en las playas nevadas y que sentía deambular caleidoscópicas bajo sus pies entre las olas.

De repente sintió, aturdida, sus pies mojados y los intentó deslizar por la nieve casi derretida en medio del temor de charcos cálidos y depósitos de sedimentos nacarados.

Arrastraba, atraída por la luna, su camino distraído por la arena hasta llegar a la bajamar, tanteando la imagen de aquella amada en una búsqueda ciega, entre caracolitas y tintineos de espumas y cascabeles que la distraían de los dilemas de mañana y pasado mañana.

Sumergida más tarde hasta el cuello en el agua congelada, casi ahogada, le pareció ver kriptonita cristalina, sí un poco fragmentada, en la agonía de silencios espejados del fondo del mar. Le pareció imaginarla allí, encallada, como sirena borrosa, entre rocas, reflejada en pirámides astrológicas, en el centro mismo del nadar de mantarrayas y del ir y venir de anémonas de mar.

Era la primera vez que creía verla entre rocas graníticas y jardines acuáticos de aguamarinas prismáticas de diez quilates, usadas como talismanes entre marineros contra mareos y tempestades en alta mar.

Consolidado el sueño de medusas durmientes, sin más ni más, abruptamente, sintió que el suelo se derrumbaba bajo sus pies y en desestimado vértigo y caída libre se desplomaba por los abismos de los desequilibrados acantilados, arremolinadas espirales de sal y quejidos dormidos.

Seguía cayendo, como deambulando debilitada por la inestabilidad del aire hasta hacerse cada vez más insignificante e inofensiva y perderse en la nada del espejismo y tocar el suelo de rodillas, ensangrentadas.

Ese anclado afán tan profundo de persecusiones y obsesiones la despertó de repente de su sueño en la incomprensión de palabras sonánbulas y la vio, frente a ella, sonriendo enaltecida, con la espalda cubierta de arena, estrellas y minúsculas cianotipias de algas.

Fata morgana – pensó, insegura. Paralelismo de estío en medio del invierno. Las mismas playas, pero esta vez de sombras de palmeras desdibujadas, simetrías de imágenes multiplicadas y mareas de pinceladas acuareladas.

Era ella?

Miró, determinada, a su alrededor como para romper el halo del encanto. Todo había adquirido, con el descubrimiento de las luces y sombras y el reflujo de las aguas, una apariencia alargada y elevada, y se redefinían y reconstruían todas las piezas rocosas y errantes de las galerías, las estatuas, los pies, las torres, las manos, las cúpulas, las espaldas. Lloraba al reconocerla, al finalmente encontrarla.

La Sirène D’auderville Sarah Moon 2007

Interrupted Circle

En la inmortalidad de cada atardecer, una guirnalda indefinida de mil y una golondrinas aparecía para hacerse la fiesta en el cielo ilimitado de verano.

Se hablaba de inmensurables plagas de agitadas avispas e infinitos mosquitos esqueléticos por esos días.

Ella no se cansaba de mirar el aletear del juego fugitivo de las golondrinas, ondulando entre las líneas del horizonte, atravesándolo, marmolándolo, hilvanando hilos volátiles de lino blanco, amarillo, naranja, rojo, violeta, azul, celeste y plata que desaparecían como murmullos y renacían como entre los pliegues del peplo acanalado de Julieta Capuleto y sus últimos suspiros que como nubes empolvadas y postergadas se desvanecían antes de morir.

Se apresuraba de pronto una infame avispa a rayas a la búsqueda de néctar sobre el reborde de su vaso de limonada, aquella que le dicen la avispa alemana o vespula germánica. O, por consecuencia, simplemente, avispa-limonada.

Ah…. las golondrinas!…como heroínas sobrevolaban el balcón suspendidas en aureolas, trisando para anunciar su llegada… araban y arañaban el cielo enmudecido con sonidos casi de arpas parecidos a silbidos ignorados por la ciudad antes de retornar al África subsahariana.  

Trazos aquí y allá quebradizos, que podrían compararse con aquellas volteretas rítmicas y vértices en plexiglas de Bridget Riley, o esos círculos concéntricos desfazados, interrumpidos de líneas finas negras dibujados en 1963. Sin pasar por alto aquellas curvas diagonales de 1966 y otras deslumbrantes y convincentes pinturas abstractas que exploran la naturaleza fundamental de la percepción humana.

Héroes en ascenso y caída llamaba Bridget Riley a uno de sus acrílicos sobre lienzo de 1965 de estilo geométrico en blanco y negro, que va como con tijeretazos cortando el aire que se respira, donde la percepción de elementos, su forma y color se ve perturbada por diferentes procesos compositivos que en plena superposición, se anulan y disuelven como el vuelo de las golondrinas.  

Los lienzos de patrones geométricos aparentemente abstractos de Riley engañan la vista. Es sólo una ilusión? No, dicen rotundamente los críticos; son cualquier cosa menos estáticos, ondulan y se transforman, engañando y deleitando la vista.

Y allí la vemos parada, la inglesa Bridget para la revista Vogue en 1965, casi tímida, atrincherada, pero segura de sí misma, entre sus líneas repetitivas de propia escenografía, o en aquella desafiante fotografía de Tony Evans en perfil ondulado en colores beige, casi dorado y negro.  

1951

No, no se trataba de la cantidad de líneas entrelazadas de golondrinas.

Ese día había mil novecientos cincuenta y un pacientes con una infección por corona en los hospitales belgas, lo que representaba un aumento del 27 por ciento y la cifra más alta desde principios de mayo de ese año, después de los dos años anteriores silenciados y mutilados por la pandemia.

Círculos interrumpidos.

Era en esos momentos cuando quería desesperadamente hacer mil, diez mil, cien mil rayas y guiones en el enardecido paraíso del atardecer, arañar la gloria de la pantalla, morder las ventanas de vidrio, hacer rayones con marcador negro, tachar, inválida de frustración, los títulos y subtítulos de las noticias que no parecían ser falsas a simple vista.

Censurar la discapacidad de palabras impuestas como imprescindibles, unir el vuelo elíseo de las aves con líneas entrecortadas, intermitentes, huir más allá de los límites, leer entre líneas. Traicionar a todos, esquivar la ingenuidad de los semidioses de todos los confines. Volar como en surcos por el firmamento, en líneas paralelas como las de Bridget, en sutiles fracturas restringidas, emborracharse con licores, néctares de avispas y elixires, marearse, dar vuelcos en el aire, en círculos en descenso insustanciales, imperceptibles, grises, blancos, caer hasta frotar y borrar los trazos de tiza de rayuela hechos en el piso con las palmas de la mano, estrellarse, frívola, contra los suelos infértiles y los muros ilícitos del olimpo, astillarse, quebrarse el espíritu, partirse la cabeza, hasta fragmentarse y caer desvanecida, vencida, como las golondrinas, y quedarse para siempre dormida.

Sarah Moon

Ukiyo japonés y los lirios de Van Gogh

Esa noche calurosa de mediados de primavera la blusa de lino bordado se le pegaba, desconsiderada, a la espalda.

Sólo necesitaba la tijera, sus dos manos llenas de perfume, la cercanía de las voces y esa noche enamoradiza para sentir otra vez esos deseos indomables de dejarse ahorcar con los tallos de los lirios amarillos de casi un metro de alto que ella le había obsequiado años atrás. Había envuelto los bulbos en papel de diario y, después de haber viajado ilegalmente con ellos de Esperanza a Europa, los había plantado en su balcón.

Había logrado conservarlos por tantos años y los había tratado con tanto cuidado, tanto recelo y tanta admiración. Sabía perfectamente que todo dependía de amarlos con toda el alma y de la cantidad de luz solar que recibían las hojas para la exitosa fotosíntesis, además de las temperaturas cálidas del aire donde crecían las plantas para la prosperidad de su metabolismo.  

Se podía asegurar que los lirios son inmortales, por lo menos en teoría. No sólo pueden vivir para siempre, sino que tampoco envejecen, por lo menos si los lirios y los rizomas se mantienen fértiles y saludables en la tierra donde se encuentran durante todo el año de vida hasta la siguiente floración.

Se preguntaba qué sería de su vida si ella o los lirios no hubieran existido; si ellas no se hubieran conocido hace más de treinta años.

Cada uno de los lirios de Van Gogh es único – pensaba. Cambió de opinión. Dejó la tijera a un lado y fue hasta la biblioteca. Abrió el libro de arte y estudió cuidadosamente la riqueza de los movimientos de la obra, sus pinceladas y matices.

Con el título de Les Iris, el pintor holandés había creado una variedad de siluetas curvas, delimitadas por líneas onduladas, retorcidas y rizadas.

Ahí estaban aquellas flores inspiradas seguramente en las tintas de las estampas japonesas, los ukiyo-e. Estas impresiones, ‘imágenes del mundo flotante’, de líneas paralelas, como los lirios de Hokusai, eran realizadas mediante xilografía desde tiempos ancestrales.

Aquella amistad también era única e inmortal.  

Pensar que son los lirios que Vincent Van Gogh había pintado durante su estancia en el monasterio de Saint-Paul-de-Mausole en Saint-Rémy, Francia, en 1889, después de episodios de automutilación y retiradas hospitalizaciones.

Aquellos lirios que veía desde su ventana en la galería oeste del claustro, asomando en el jardín durante la primer semana de su permanencia en el asilo de la Provence.

Los lirios que continuaba pintando para evitar así toparse con la locura.

El filo entre la cordura y la locura es demasiado sutil, como las delicadas pinceladas oscuras y casi moribundas de los contornos de la desafiante imaginería floral.

Estaban aquellos lirios esbeltos de Hokusai y aquel grillo refinado estampados en colores lilas azulados o amarillos dorados? – se preguntaba.

Ella no deseaba terminar como Van Gogh, hospitalizada, mutilada.

Era lo único que suplicaba.   

En una mirada más íntima y atenta entre la concentración y fragmentos de flores y hojas de los lirios, se podía observar el lienzo virgen, olvidado, sin rastros de pintura. Era en esos lugares vistos a través de la lupa donde se encontraba esa idea de felicidad que derivaba de comprender que el mundo no es más que un lugar efímero, fugaz o transitorio?

Esa noche calurosa de cuarentena a mediados de primavera sólo quería ser testigo del florecimiento de los lirios y con una simbólica fiesta con amigos y conocidos rendir un homenaje hedonista a la felicidad y honorar la distinguida cultura japonesa del esplendor, la dicha, la fortuna y el ukiyo.

Decorar la mesa con un delicioso mantel de algodón egipcio que rozara el cesped y flotara sobre el mundo, desparramar vasos de cristal con agua e incontables lirios, colgar libertinas guirnaldas de origami de colores brillantes y despeinadas cintas de encaje entre los cerezos y lámparas de papel de seda que atrajeran desenfrenadas polillas y mariposas de noche, lujuriosos cascabeles y diamantes  y encender velones de cera en la galería, en el patio, en el invernadero, en los senderos de aquella, su casa imaginaria.

Y simplemente ser feliz. Y desear que todas las noches sean una fiesta como aquella… ‘viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor…’

Sarah Moon

Sincronicidades

Ese día se preguntaba si todos nos despertamos con puntualidad a la misma hora del dia, de la vida, de los acontecimientos, si el amanecer nace para todos en el mismo segundo, en el mismo minúsculo parpadear.

Si todos miran con la misma curiosidad el cielo, si las nubes ignoradas se perciben para todos por igual. Si el estar gris-nublado es para ella como para el vecino de al lado.

Si todos giran decididos la cabeza al doblar en una esquina como se espera de cada alumno de manejo si todos reciben las mismas instrucciones precisas del examinador, el mismo examen sin sentido, y siguen las mismas reglas al pie de la letra y el mismo destino, si todos aprenden las mismas lecciones de la vida. Es la interpretación la misma?

Si todos nacen con la capacidad de meditar, de elevar una plegaria al cielo. Si todos respiran el mismo aire sobre la tierra, si todos saben inhalar y exhalar suspiros de súplicas y ecos lejanos sobre la misma hierba ligera.  

Si todos se sorprenden al ver los crocus al sol en septiembre, florecidos en pleno final del verano como capullos sostenidos por tallos de marfil blanco. Si todos pueden creer tanta insistencia, tanta fragilidad, tantos tallos que se contradicen con tiempos insanos, insensatos, maldecidos y fastidiosos donde nada importa más que el rebrote de coronavirus.

Si todos sueñan con ser libres y valientes, si, en realidad, todos estamos invitados a ser diferentes: si algunos son tan dependientes de las opiniones críticas o visiones aventureras del otro, de los proverbios que los rozan con osadía, de las sentencias que los rodean con impertinencia desmedida.

Si todos pueden erguir la espalda con disciplina, si todos tienen la misma fuerza para levantarse de la cama con una hipótesis cada mañana, si los músculos, el rigor y el físico son prácticamente idénticos al del amigo del alma, que quizás ya no lo es tanto como solía ser obligatoriamente ayer.

Si todos cometen los mismos irremediables errores, si todos tienen la capacidad de superarse, de crecer, de cambiar de dirección, si todos pisan la tierra fértil con la misma e imperiosa gravedad.

Si todos brillan por dentro con la misma luz vital, si la intensidad de la energía y el amor en el alma es la misma, si el corazón hace latir las venas de ella con la misma precisión que las de las minuciosas bailarinas.

Si todos conocen el camino indicado, si la ciencia y las matemáticas son tan estrictamente exactas para él como para ella.

Si todos callan y mantienen el silencio eternamente sostenido hasta quedar inmóviles. Si tanto ella como cualquier musa puede, perpleja, sentir la parálisis de sentidos: del tacto, del gusto y del olfato.

Si todos pueden volverse ciegos y sólo oir la música de sibéricos bosques lejanos y, sin embargo, poder seguir protestando en calles enajenadas, pobladas de panfletos idealistas, cínicos y desincronizados.

Cuando más vale tarde que nunca. – Pensaba.

Si todos pueden ir a dormir a la misma hora exacta, a pesar del insomnio universal, del miedo enjaulado, de la injusticia política, del frío desconcertante, la muerte inesperada, del velo descolocado de luto, del aparente ‘ser iguales ante la ley de Dios’, de las constituciones de los gobiernos de Europa, África, Latinoamérica o la India.

Si todos pueden sincronizar el amor magno, las súplicas de fe, el ‘que te vaya bien el próximo año’, la ilusión de prosperidad, los mejores deseos, el aplauso sincero, el aliento genuino y caritativo.

Si todos reconocen el mismo horizonte inmaculado, y besan de la misma forma la arena desteñida durante marea baja y acarician las olas escrupulosas de sal con la misma consagración, mientras que otros sólo ven lejanos barcos pesqueros en la niebla y a la deriva.

Si todos mueren con la misma gracia, con las mismas palpitaciones, como semidioses. Si todos pueden volar al cielo o flotar sobre las olas centelleantes rodeadas por los mismos límites, los mismos faros, los mismos volcanes, el mismo dolor, la misma incertidumbre, el mismo color nacarado de ostras marinas.

Si la profundidad del mar es para ella la misma que para los demás.

Cuestión de vida o muerte

Había llegado el momento más traumático para los médicos, según los diarios, y llegaba para quedarse por un largo tiempo.

En Francia se veían obligados a tomar decisiones de vida o muerte. Los pacientes mayores de ochenta años no recibían ya máquinas de respiración artificial. En España e Italia el escenario era similar. El proceso se denominaba triaje y significaba la meticulosa seleccción de los pacientes para el tratamiento, o sea, darle batalla al virus.

El triaje médico moderno había nacido durante las guerras napoleónicas.

En Nueva York, uno de los epicentros del virus de Estados Unidos, los médicos se sentían literalmente como en un campo de amapolas y de batalla, sólo trataban de mantener la serenidad. Los círculos de médicos en todo el mundo enfrentaban las decisiones más difíciles de sus vidas. No había suficientes máquinas de respiración para todos.

Por lo menos, eso era lo que decían. Cómo ponerlo en duda?

La obligación de aceptar que la vida estaba en sus manos. Maldición. No en los poderes divinos o mágicos de la naturaleza o de elementos paganos como el colmillo de serpientes, las pezuñas de cabra negra, las plumas de cuervo o el ángel en la oscuridad de los pasillos.

Quién merecía ser salvado cuando no había remedio para todos ?

Una decisión que iba en contra de los principios de la medicina y el derecho universal a la vida.

No era el mismo miedo que se produce ante hechos concretos como las grandes calamidades naturales, las inclemencias climatológicas como inundaciones, erupciones volcánicas o sequías. Pero la falta de respuestas y la falta de conocimiento sobre las causas que las originaban eran la base fundamental del miedo.

El miedo y la crisis médica era la más devastadora en Italia, en España y en Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial y habían obligando a los médicos, pacientes y sus familias a tomar decisiones y medidas drásticas. Ya no se trataba de prodigios ni supersticiones.

En la unidad de cuidados intensivos del Policlínico San Donato de Milán, la lucha contra la muerte se detenía todos los días a la 1 p.m. Era cuando los médicos hacían las llamadas a los familiares de los internados e intentaban no dar falsas esperanzas: sabían que uno de cada dos pacientes en cuidados intensivos con la enfermedad causada por el virus era probable que muriera. Era ridículo. Inhumano.

Los pacientes con coronavirus, con fiebre intermitente, gravemente enfermos de la unidad, todos sedados y con tubos en la garganta para respirar, no verían a sus familiares por esos días, no se permitía la entrada de visitantes. Nadie dejaba sus hogares ni pisaba las veredas en Italia.

A medida que la epidemia se expandía y la enfermedad progresaba, las camas desinfectadas de algodón blanco comenzaban a tener una demanda creciente, especialmente debido a los problemas respiratorios que la enfermedad podía ocasionar. Cada vez que una cama se liberaba, dos anestesiólogos consultaban con un especialista en reanimación y un médico de medicina interna para decidir quién la ocuparía, quién sería digno de una posibilidad de supervivencia, o a quiénes arriesgarían con la morfina sin tener que perforar las gargantas porque ya no tenían esperanzas de recuperación.

De todas maneras, sabían de sobra que el cincuenta por ciento de los pacientes moriría.

Debían realizar conjuros o exorcismos? Conjurar a las nubes, a las aguas o a los rayos de sol?

Todas las nubes colgaban como horcas celestiales.  

Si había llegado el momento de la consagración y ceremonia del ritual mágico, debían vertirse los cálices de vino agrio, de hostias negras y amargas y de polvo de huesos de niños muertos sin bautismo, hasta que cayera el cielo, no se escucharan más las sirenas de ambulancias y el futuro se cubriera de pétalos de rosas, para evitar la expansión de males, plagas y más desgracias.

Cómo debía interpretar los maleficios y maldiciones del universo que recaían sobre sus hombros y opacaban sus alas? Se podría embrujar a alguien con cabellos, piel o sangre para salvarla?

Se vestiría de negro de antemano antes del entierro?

Olería a elixires y bálsamos de la antigüedad?

Buscaría sus pequeños libros de herbaria y botánica de la infancia, su colección de flores de hortensias, tréboles de cuatro hojas y helechos silvestres disecados, conservados e identificados con citas en lápiz al pie de cada página para usarlos como talismanes mágicos?

Combinaría brebajes medievales, minerales afrodisíacos y filtros de amor, flores de la pasión, hongos y líquenes alucinógenos, plantas exóticas de países lejanos y aquellas que crecían en su tierra natal?

Estudiaría el resultado empírico y las remotas posibilidades de éxito y futuro dorado que sus maestros le habían susurrado al oído en las aulas de química, ciencia y matemáticas para borrar las dolencias humanas de su alma?

Magnolias adormecidas

Las magnolias, de lejos, parecían cristalizadas o adormecidas en medio de la primavera, como aquellas talladas o grabadas al agua fuerte en esos jarrones opacos de Émile Gallé.

Los polvos y sombras de maquillaje triunfaban esa mañana.

Se vestía con su pullover blanco de mangas anchas y se disponía a salir a la calle. Porque eso sí, en Bélgica estaba permitido salir a caminar, no era un absoluto y estricto lock-down, como el que sufrían en Esperanza.

Ella había decidido no salir más, pero le ganó la luz encendida y enceguecedora del mediodía de ese casi fin de marzo que había pasado volando, muriendo como una mariposa asfixiándose en un frasco.

Recordó las mariposas amarillas de la aureola de la Venus Verticordia. Eran las mismas mariposas que ella perseguía en las montañas de Córdoba cuando era chica, estaba más que segura, y eso la ayudaba a mantener atesorado un recuerdo lejano y vago, que ella sabía que no volvería ya a añorar.

Otra vez la maldición insana y los pensamientos hirientes.

(Puteaba mentalmente).

Los ahuyentaba como moscas. Todos eran recuerdos plegados como origami en papel de seda, frágiles, etéreos, volátiles, como los polvos de coral que había comprado en el aeropuerto de Buenos Aires hacía unos meses atrás y que intentaba aplicar con el pincel de pelo de marta en su piel avejentada de los párpados, de sus cuarenta y tantos, por primera vez, después de catorce días de ostracismo.

Temblaba, pero se daba cuenta que era la brisa que se metía por la ventana, que, sin recordarlo ya, había abierto por la mañana. Las cortinas ocre de terciopelo formaban sombras de destierro en la alfombra.

Y otra vez le apetecía dormir sobre ella. Dejarse llevar por la atemporalidad y el abandono de la cuarentena. Si de todas maneras, había elegido una alfombra de colores pasteles de terciopelo que hiciera juego con el sofá, con el sillón y con los almohadones y las cortinas. Todo hacía juego. Finalmente, después de tantos años de anhelar un living, podía ahora permitirse hacer el amor con sus sueños sobre la alfombra.

Alfombra que sabía que no podría llevarse en la valija a Argentina. Por eso le daba tanto miedo dormirse sobre ella.

Sarah Moon

Abwarten und Teetrinken

Existían varias frases en alemán que podían utilizarse para designar o describir tiempos de incertidumbre.  Abwarten und Teetrinken era una de ellas y significaba literalmente esperar y tomar el té.

La frase había surgido a mediados del siglo XIX en Alemania.

Mientras preparaba la infusión de té de rosas, almendras y miel, pensaba en querer estar convencida de creer poder levitar de espaldas entre la borrosa neblina de rosas y montañas.

La alfombra, las cortinas, los libros, todo olía a rosas y nostalgia.

Aquellas rosas damascenas espinosas o Rosa de Damasco del té con miel y almendras de la espera, derivaban de la Rosa Gallica y la Rosa Moschata que crecían y se cosechaban en la Bastide des Fontaines Parfumées y que originalmente eran cosechadas en Turquía. De ahí su nombre.

Los tallos estaban densamente poblados de espinas curvadas y cerdas rígidas, sus hojas coriáceas no tenían brillo. Eran flores relativamente pequeñas que crecían en grupo. Flores dobles, de floración estival y de abundantes pétalos dispuestos en roseta, de unos diez centímetros de ancho, de color rosa o rojo pálido, muy fragantes y provistas de treinta y seis pétalos.

La cabeza le pesaba enormemente, deseaba dejarla caer sobre la mesa de la cocina y acariciar sus trenzas como si fuera la última vez antes del final, como aquel platónico amante las habían acariciado una sola vez. Deseaba en ese momento coronar sus trenzas intricadas con tallos de rosas y espinas, capullos de algodón maduro y montones de moños confusos de tul de colores como hacía su madre cuando era chica.

Deseaba respirar profundo e inspirar el humo del té, atar con hilos gruesos y cordones resistentes todas las flores de las rosas abandonadas, una por una, para que se mantuvieran eternamente intactas, envolverlas en papel de seda, y esconderlas otra vez en la oscuridad de aquel rincón sin que nadie los descubriera hasta que ella muriera.

Descansar, dejar caer su cabeza entre sus manos y las cuarenta mil variedades de rosas, para sentirse sostenida, liviana, arquear su espalda y suspender sus memorias del pasado en la levitación del aire puro y murmurar sin casi poder respirar como un mantra:

Black Baccara

Caprice de Meilland

William Shakespeare

Eglantyne

Gallica

Ingrid Bergman

Mosqueta

Queen Elizabeth

Souvenir de la Malmaison

Lolita Lempicka

Deseaba olvidar ese dos de abril, no pensar en los cadáveres envueltos y amarrados en plásticos perversos abandonados en las calles de Gayaquil, donde quizás en ninguna parte del mundo la pandemia había mostrado un rostro tan desolador que había desatado el pánico renegrido entre los ecuatorianos, los que habían optado por abandonar los cuerpos confusos de los seres queridos a la intemperie porque nadie venía ya a buscarlos.

Deseaba no esperar más, y echarse a correr entre las rosas de la Provence y la región de Grasse, aquel centro excepcional de creación exquisita que siempre había querido visitar y nunca lo hizo, y recolectar en cestas blancas los pétalos entre mar y montañas. Destilar y salvaguardar con vapor de agua la esencia de la profusión de trescientas mil flores para obtener un kilo de absoluto de rosa, y poder ahogarse en ese agua de rosas frescas. O mejor, poder rociarlo sobre ataúdes de caoba africana auténtica y bendecir los cuerpos de fallecidos al son de mandolinas decoradas de marquetería de maderas finas, exóticas e indígenas.

Amuletos de la suerte

La ciudad despertaba silenciosa, ausente, paralizada, al igual que sus decenas de dedales plateados, un poco oxidados por el sudor de sus dedos, guardados en cajitas de lata de hadas y sus alfileteros remendados de fieltro y lana.

La agujas dormían la siesta por esos días a sus anchas, desparramadas junto a restos de hilos de fibras naturales y rollos de sedas labradas, perlas y botones de nácar, como custodiando la vigilia, con la memoria intacta.

Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo la almohada como se guarda un cuaderno de diario secreto bajo las sábanas ? Podían conciliar el sueño ? Podían, en la presencia de la somnolencia diurna, imaginar las escenas cotidianas pasadas, que ahora sólo podían ser imaginadas inmóviles, a la luz de la quietud de las paredes, atrapadas en los tejidos tipo indiana de los monocromáticos rojos, granate o violeta toiles de Jouy sobre fondo crudo o ahumado, sobre colores degradados como rosa, azul claro o marino, verde claro u oscuro, incluso beige o gris?

Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo sus suspiros con sabor a última bocanada, como aquellos rostros de seres amados o de siglos pasados y tiempos remotos de la cultura persa y grecorromana de la historia como camafeos de ágatas pulidas, o aquellos de nácar, ámbar, jade, caparazones de tortugas gigantes o extrañas conchas marinas de Francia, Alemania y Flandes que circulaban en los escotes de vestidos de las cortes francesas?

Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo sus pestañas, como esas miniaturas de romántico gesto llamadas ojos de amante, de promesas de casamiento, intrigas y matrimonios clandestinos, de esperas prohibidas de que el amor de reinas no se desvaneciera, de ceremonias secretas, de pinturas diminutas que hacían público amores muy privados como el del príncipe de Gales, para así los amantes poder llevar consigo la mirada del amado sin que su anonimato se viera comprometido? Para llevar clavados en el pecho amores que insinuaban, pero que nunca revelaban la identidad de la persona amada ? Y, sin embargo, así lo habían hecho, durante décadas, aquellos retratos de ojos, que incluían cejas, o mechones de pelos, el asomo de patillas o hasta la nariz, bordes de nubes que acentuaban el aire de misterio y que daban a entender, pero que nunca revelaban la identidad de la persona amada.

Guardaba ella amuletos de la suerte que no hicieran tan hiriente esa soledad insensata, obligada y triunfante entre cuatro paredes recién pintadas que la agobiaban como simulación de órbitas purpurinas y polvos de estrellas en el agujero negro del centro de la gran vía láctea ? Orbitas turquesas fosforescentes y chispeantes de anillos estelares que iban y venían  y que desde la lejanía de diez años luz cantaban canciones de cuna de voces distantes, como la Fortuna y la Constancia de aureola dorada en el escenario del sueño de Escipión. Se esforzaba por recordar las arias numeradas con ocho y nueve y las promesas de ambas, quizás ellas podrían revelar su destino futuro y el de su país, explicar las recompensas que aguardaban a la virtud venidera en otra vida o describir el universo y el lugar de la Tierra y el hombre dentro de él.

‘Una peste no es una cosa hecha a medida del hombre; por lo tanto, nos decimos que la peste es un mero fantasma mental, un mal sueño que desaparecerá ‘, escribió Albert Camus en su novela La peste.

Escribían los expertos que esta peste intangible era más grande y poderosa que la humanidad misma.

Las reglas del juego eran diferentes a las que la humanidad estaba acostumbrada. En realidad, no había reglas. Se contaban cada hora los enfermos y los muertos en todas las esquinas del mundo. Se sabía de antemano que un cierto porcentaje de la población moriría en esta guerra. Se hablaban de millones de personas.

Cada niño, cada madre, cada adulto y cada anciano se convertía en posible víctima de imaginaciones y escenarios que se multiplicaban a una velocidad menor que la tasa de infección del virus y el contagio de la compasión frente a las desgracias del prójimo. Cada reunión en la ópera, cada conversación entre vecinos, cada caminata entre los robles del parque se vivía como la última.

El círculo de amigos en el café, de trabajadores teatrales, de conocidos en un estadio, de carpinteros en una exposición de arte, de maestros en las escuelas y de turistas en las calles se reducían cada vez más.

Primero se habían cerrado los amados cafés, los campos deportivos, los teatros, los museos, los jardines de infantes, los colegios, las universidades. Ya no se hacían los paseos en barco por la ciudad. Estaban cerrando hasta los cielos para los vuelos nacionales e internacionales, las fronteras europeas y sudamericanas, las embajadas. Reinaba la sensación de sálvese quien pueda y la humanidad y la Unión Europea, indefensa, vivía en puntas de pie como en una noche de tormenta sin linternas con los pies descalzos en la arena helada de una playa dudosa de olas indefinidas de escala bíblica.

En tiempos paralizantes como aquellos, la imaginación era como un ancla que lanzaban todos ellos hacia el futuro desde las profundidades de la desesperación y el miedo.

El Vellocino de Oro

Seguía con el café en la mano. Miraba por la ventana de la cocina y veía los narcizos blancos y amarillos que hacían una ronda alrededor de la estatua de cobre de Carlos V. Porque ella vivía por ese entonces a pasos del palacio donde él había nacido a las 3:30 de la madrugada del martes 24 de febrero de 1500 durante la celebración de un baile en el palacio de Prinsenhof.

Cruzando el puente se encontraban los narcizos y las torrecitas del palacio. Intentaba contarlos, uno por uno. 

Su verdadero nombre era Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Antes de que cumpliera un año, Felipe I el Hermoso, nombró a Carlos duque de Luxemburgo y Caballero de la Orden borgoñona del Toisón de Oro.

La Insigne Orden del Toisón de Oro era una orden de caballería fundada en 1429 por el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe III de Borgoña. Era una de las órdenes de caballería más prestigiosas y antiguas de Europa, y estaba muy ligada a la dinastía de los Habsburgo y a las coronas de Austria y España.

El carnero era ya un símbolo de la ciudad de Brujas por ese entonces, que contaba con una importante industria lanera. Con la elección del vellocino de oro, el duque hacía referencia a la leyenda de Jasón en la nave Argo. Esto enlazaba también a la nueva vocación marinera de Borgoña gracias a sus puertos en los Países Bajos.

El vellocino de oro era, en la mitología griega, el vellón de cuero o zalea del carnero alado Crisómalo.

En la leyenda, Jasón debe dirigirse a la Cólquida, actual Georgia, al este del mar Negro, donde los tracios extendían y tendían pieles de oveja sobre marcos de madera, que sumergían en las corrientes de agua de los ríos auríferos y las pepitas de oro que bajaban desde los ríos se recogían en ellos y los recubrían como escamas de oro. Los vellocinos se colgaban entonces en los árboles para secarlos antes de sacudirles o peinarles el oro.  

Jasón debía rescatar el vellocino de oro de un ciprés para devolverlo a la Hélade y ocupar con justicia el trono de Yolcos. Los argonautas, entre los que estaba Hércules, debían ayudarle en su empeño. Jasón podría representar a Felipe III y los Argonautas serían los hombres que están con él en la orden.

El vellocino de oro le traía a la memoria las horas interminables en su taller de vestuario de aquel marzo dos años atrás, donde ella y cinco modistas trabajaban en los demandantes jubones abombados, rellenos y reforzados a la altura de los hombros, de suntuosos brocatos de oro, azul, negro y plata, forrados de tafetán, abotonados y adornados de pequeñas gorgueras de encaje dorado o blanco de los nobles y cortesanos del musical sobre el Conde de Egmont.

Zottegem, la ciudad donde el conde había sido enterrado, celebraba el 450mo aniversario de la decapitación de Lamoraal van Egmont.  

La tragedia con el mismo nombre, Egmont, era una obra teatral de Goethe que trataba sobre la vida del héroe nacional flamenco Conde de Egmont, nacido en 1522, descendiente de una de las familias más ricas de los Países Bajos y primo del rey Felipe II, general, hombre de estado y caballero de la Orden del Toisón de Oro. La obra además relataba su enfrentamiento con Fernando Álvarez de Toledo, tercer Duque de Alba, hasta finalmente ser arrestado, condenado a muerte y decapitado junto al conde de Horne en junio de 1568. El texto finalizaba con la muerte del protagonista que proclamaba su ideal de lucha por la independencia y contra la opresión que representaba para su país la monarquía española, a pesar de que siempre manifestara su lealtad al rey.

La obertura de Egmont, Opus 84, compuesta por Beethoven, era parte del repertorio sinfónico y se escuchaba de fondo por aquellos días de creación en su taller, ricamente iluminado por la luz que se filtraba por las ventanas, entre las orquídeas, los maniquíes, las esmeradas puntadas y las calzas acuchilladas que se confeccionaban para los caballeros adinerados, los gregüescos, las trusas, los encañonados y los venecianos que se llevaban sobre las medias ajustadas, desde la cintura hasta por encima de la rodilla.

Qué enardecido escándalo antes del estreno ! Había olvidado la pomposidad de las jarreteras de finas cintas anudadas por encima de la rodilla y que sujetaban las medias para poder enrollarlas sobre ellas!

Había sido tan difícil llenar sus propias y pedantes expectativas y las de la audiencia ! Había conseguido poco dinero para el proyecto y su reputación rivalizaba con el duelo y el propio mérito, los reclamos del director durante los escasos ensayos, el desvelo, el balanceo de verdugados y faldas, la pobreza del  presupuesto y el pago religioso de las habilidosas costureras, la rigidez de los cuerpos emballenados, su valentía, los centenares de perlas, el alquiler de armaduras extravagantes, la compra de telas de brocados lujosamente decoradas con cristales, anillos gigantes de falsos diamantes, los tan populares zapatos de cuero con tacón y de punta pico de pato, sombreros altos de fieltro y adornos de plumas, los reiterados aplausos, los collares de gemas y cadenas de oro, los pendientes y brazaletes de perlas, todo el diseño de joyería renacentista inspirada en filósofos de Grecia y Roma, el ímpetu de los elogios y su desafiante osadía.  

Pero ella no estaba del todo convencida que la constante pesadumbre de pandemia acabaría. El taller estaba silencioso y ensombrecido, sumergido en la responsabilidad y la penuria atrevida de la cuarentena.

Estaba segura que no podía el destino dejarla abandonada en aquella situación de fatiga y desesperanza. Debía haber un camino cruzando aquel puente de Prinsenhof donde se encontraban los narcizos y las torrecitas del palacio. Quizás encontraría algún mecenas con el que se casaría y celebraría con mucha charlatanería un baile festivo al conseguir el derecho a la esperanza jovial, a la herencia ridícula, la gracia real o la caridad divina por su aclamado trabajo de vestuario. Sonreía con ironía.

En otras palabras, sabía que para vivir la vehemencia de su pasión y para amarla, debía correr riesgos. Habría decepciones, fracasos, sufrimientos y derrotas como resultado de asumir esos riesgos.

Ese día se dirigía, vencida, a la alfombra de terciopelo rosado del living, se sentaba en postura de sastre y a la vez de víctima, a meditar, con las piernas cruzadas. Dejaba la taza de café de porcelana quebrada casi vacía con la asa en forma de anillo a su lado, estremecía exhausta, casi de luto, sus piernas de medias gruesas negras de lycra con las manos a la altura de las rodillas.

No podía meditar. Intentaba contar los narcizos blancos y amarillos que hacían una ronda alrededor de la estatua de cobre de Carlos V, pero sólo sus pensamientos se desmayaban al enumerar, uno por uno, los días de sufrimiento durante la cuarentena y los centenares de bordadas perlas.   

La jabonera de porcelana

En una foto del diario, los enfermeros se asomaban detrás de las cortinas de plástico del hospital manteniendo la distancia. Llevando cascos, anteojos y barbijos blancos, batas azules, celestes o verde agua.

Eso ya no era humano. Era de película de ficción. Tubos y más tubos y gente respirando artificialmente.

‘Que la empatía se haga contagiosa y que no tenga cura.’ – dicían los psicólogos preocupados.

Algo tienen que decir – pensaba ella – para animar a la gente.

Para alivianar el miedo.

Para sostener una pandemia que no se sabía si era real o irreal.

Coronavirus !

El Consejo de Seguridad Nacional se reunía esa tarde para evaluar medidas contra el coronavirus.

No planeaban abandonar la cuarentena, por el contrario: expertos y políticos suponían, igual que los insistentes medios de comunicación, que las medidas se extenderían por dos semanas, hasta el final de las vacaciones de Semana Santa.

Ese jueves por la mañana habían realizado 536 hospitalizaciones nuevas en comparación con el día anterior. Un total de 2,652 personas estaban hospitalizadas, 605 de las cuales estaban en cuidados intensivos. También se habían contado 42 nuevas muertes.

Los anuncios no habían sido alentadores, los casos de contagio no dejaban de aumentar en todos los países europeos, especiamente en Italia y España.

Se llamaba desde grupos pacifistas a un abrir de ventanas a la diplomacia, al silencio de las armas, a las verdades de la vida.

Qué eran las verdades de la vida ? – se quedaba pensativa.

Su verdad era el vestuario, y lo había sido la mayor parte de su vida. Aunque no lo cumpliera al pie de la letra como Jenny o Luca. Qué inmensa admiración sentía por esas manos laboriosas, que hilvanaban linos y sedas, plumas y cintas de embellecidas y exquisitas telas.

Esa admiración de una perfección que le parecía incalzanzable, no le ayudaba a ver su realidad.

Oscar Wilde consideraba los teatros como verdades de la vida y parte de nuestra civilización y en todas partes del mundo, que era como la más grande de todas las formas de arte, la forma más inmediata en que un ser humano puede compartir con otro el sentido de lo que es ser un ser humano.

Finalmente, esa tarde, el Consejo Nacional de Seguridad había decidido que las medidas de confinamiento tomadas a mediados de marzo se prorrogarían dos semanas más de lo previsto, hasta el 19 de abril. Esa decisión podría ser renovada por otras dos semanas, hasta el 3 de mayo. El consejo se reuniría periódicamente para reevaluar las medidas que podrían ser reforzadas en cualquier momento.

Y lo paradójico de todo era esa libertad finita que se le daba a la población desde los gobiernos europeos, que de alguna forma se habían prometido a sí mismos y a sus pueblos después de la segunda guerra mundial, no ser gobiernos autoriarios, sino repúblicas donde prime la democracia y la libertad,  donde jóvenes de dieciseis años se pudieran abrazar sonriendo por la calle, en los puentes, afirmando que querían transitar juntos el contagio de coronavirus. Y no dejaban ni un metro de distancia entre ellos, absolutamente nada. No era necesario tomar la cinta métrica, porque se besaban delante de los ojos de los virólogos y se volvían a abrazar.

En ese momento que se lavaba las manos, anunciaban que en Italia habían muerto ocho mil personas de ese extraño virus. Dejaba el jabón en la jabonera de porcelana.

Hacía poco, la había comprado en un negocio de segunda mano. Era especial, alargada, de ángulos rectos y a la vez redondeados, como ovalada. Estaba pintada a mano con graciosas libélulas azules esmaltadas y ramilletes de flores delicadas que no podía describir. Una delicia.

Igual que el jabón, Portofino, una sutileza de lino, agua de rosas y lirios, una edición especial que había comprado antes de que no se hablara más de otra cosa que de la salud y lavarse las manos regularmente con mucha agua y jabón.

Lo único que le preocupaba y se preguntaba, observando las burbujas cada vez que dejaba el jabón en la jabonera, era si no se llegaría a romper en la valija.