El perfume de los azahares

Ese atardecer buscó el libro en su biblioteca hasta encontrarlo. Lo abrió y una de las primeras frases de la introducción citaba: Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una gran cuna.

Por esos días dudaba sobre la maternidad. Había sido todo muy rápido. El enamoramiento y los ensueños todavía se bordaban en los espacios de sus propias soledades. Pero quién sabe, probablemente las flores talladas en la cuna por aquel ebanista que desconocía eran las mismas que las de los naranjos de su memoria.

La casa que habita en mi era el título de un simple collage de María Zeta, una artista esperancina, con el que se había topado en internet la noche anterior. La autora de la obra citaba aquel libro que ella había leído hacía ya más de veinticinco años cuando todavía estudiaba arquitectura, La poética del espacio del filósofo Gastón Bachelard.

Bachelard se preguntaba al igual que ella: ¿Era grande la habitación ? ¿Estaba muy atiborrada de objetos la buhardilla ? ¿Era caliente el rincón ? ¿De dónde venía la luz ?

Era en ese refugio oscuro y descuidado de la casa natal donde todavía se enraizaba la cuna de madera tallada donde ella había nacido. Le había prohibido a su padre que la regalara. ¿Qué destino tendría esa cuna ? — pensaba, si no tenía hijos. —¿Colmarla de flores y naranjas?

Bachelard nos obliga a demostrar que la casa posee uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre, donde el pasado, el presente y el porvenir dan a la casa dinamismos de registro. Un lugar donde se archivan datos concretos, sensoriales, y a la vez abstractos, simbólicos e impalpables.

La naranja dulce había cruzado el Atlántico durante el segundo viaje de Cristóbal Colón, al igual que sus antepasados alemanes. Ella también podría hacerlo, sin arrepentimientos. Volver a ese rincón, al umbral del ensueño del jardín y a la inmensidad de los espacios de escondite solitario y silencio de la infancia.

Hacía tiempo que rumores, escalofríos suspendidos en círculos y presagios de insomnio venían susurrando doctrinas, luces y sombras en idas y venidas desde el patio de su casa en Esperanza.

Hervía el agua en la tetera y ponía unos pétalos secos de azahar en el pequeño colador de metal. Los vapores de las flores de su infusión eran testigos de estas terapéuticas ensoñaciones. Era casi medicinal. Había leído que aquellos tés eran el remedio tradicional contra los desmayos.

—No, no…!— se dijo dejando la taza de lado —¡quiero desmayarme en este preciso instante!

Morir y renacer en Esperanza, en la casa paterna, en la cuna de madera. Ser bautizada bajo la gloria, la salvación eterna, la gracia divina y las oraciones de las flores de azahar del naranjo, como si fuera un sacramento con propiedades sedantes, hipnóticas y aromatizantes. Porque así lo era para ella, como una promesa que se haría en su propio jardín de las Hespérides.

Las ventanas de la casa daban al oeste, donde se veían durante aquellos años de su infancia las copas de los naranjos también de los vecinos, y otra vez la teología de incontables flores de azahar que purificaban el aire durante la floración esos interminables veranos.

Recordaba tocar los pistilos pegajosos con sus dedos, mientras los salpicaba con agua. Pistilos que se transformarían en exuberantes frutas, bien grandes y robustas, como le gustaban a su padre. Porque él sabía pelarlas de una vez, sin interrupciones, de corona a ombligo, con un cuchillo amarillo que su abuelo había traído de Alemania, especial para pelarlas.

¡El perfume de los azahares! Los mismos que inmortalizados en flores de cera, coronaban los velos de novia de los inmigrantes provenientes de países europeos como sus tatarabuelos. Velos de tul, encaje y cintas de seda permanecían enmarcados en cajas ovaladas de madera y vidrios curvos, con un poco de verde moho y todavía se conservaban en medio de la somnolencia grisácea de los depósitos del Museo de la Colonización de Esperanza.

Ella había visto esas estampas, las había tenido en sus manos cuando trabajaba en el archivo. Los gringos colgaban estos cuadros en la pared del dormitorio, sobre la cama matrimonial, como testimonio de inocencia y fertilidad, como escudos de castidad y pureza ante las pestes del incesto y la lujuria.

Siguen allí, como obligada herencia en el desconsuelo del desván del museo, —quién sabe por qué— analizaba, contando historias de sueños laberínticos que nadie se animaría a repetir ya.

Ese momento de intimidad, con el té en mano que no se atrevía a tomar, mientras meditaba sobre los velos de las novias de su familia de inmigrantes, padrinos, iglesias católica y luterana, agua bendita, ninfas del atardecer y estrellas vespertinas, fue casi curativo y afrodisíaco.

De la destilación de la flor de naranjo agrio se produce el agua de azahar, aquel que su madre usaba en su repostería dominical, en ciertos postres, en masas pasteleras y tortas de limón nacaradas con una especie de merengue de glacé real. No era más que azúcar disuelto en agua y cocido a fuego lento, con semillas de vainilla en rama. 

Bachelard se preguntaba igual que ella:

¿Cómo se saboreaban los silencios, tan especiales, de los diversos albergues del ensueño solitario ?

Cómo olvidar ese bizcocho de pistachos, crema de frutillas y almíbar de azahar. Cómo olvidar esos aromas y jarabes que embellecían la casa desde su cocina de colores ámbar. Las habitaciones parecían perladas durante esos atardeceres donde la luz entraba por las perforaciones de las persianas bajas.

Nuda veritas

Suele decirse que el dolor físico no se recuerda.

Pero sí, el olor a esterilidad y azufre. Y cómo no, el tironeo de la tijera y la pinza en mi espalda, cuando cortaban y sacaban los hilos que mantenían la herida cerrada. Y aquel sonido de unos pocos cortecitos que no duelen como dijo el cirujano.

—Pero si Elenita es muy fuerte…— les aseguró jocoso a mis padres, parado a mis espaldas con tijera y pinza en mano, que yo había visto de refilón, las que para mi se convirtieron en ese momento en un cincel frío, un mazo y una lima. 

Estuve un mes estática en cama después de la operación de columna, llevando un corsé con ballenas de metal y cordones blancos que se tallaban en mi piel. Todavía lo guardo de recuerdo, ya hace casi treinta años, en algún cajón de la casa de mis padres. Por esos tiempos fue cuando descubrí mi fascinación por las esculturas de mármol. Me sentía rota, me daba mucho miedo dormirme, que el sufrimiento fuera eterno y no volver a caminar. La mutilación y la deformidad. La inmovilidad.

Antes de comenzar mis paseos por el Jardín Botánico de Buenos Aires, había tenido que hacer rehabilitación en una pileta climatizada por dos años todos los días. Ahí nadaba por las noches con José después de mis clases en la universidad de arquitectura. Las horas de natación y nuestras charlas se habían convertido en los pilares de mi salud física y mental.

Siempre había considerado que mi cuerpo era una construcción bien sólida, un paraninfo de columnas dóricas, esculpidas y robustas, de capiteles sin ningún elemento decorativo muy llamativo. Era una adolescente de diecisiete años, alta, vigorosa, atlética. Jugaba al tennis, era muy buena pitcher en un equipo local de sóftbol, hacía gimnasia rítmica con cintas con mis compañeras de la secundaria. Me encantaba ir a patinar en el sendero de cemento zigzagueante del parque entre las corpulentas tipas de flores amarillas y semillas aladas y el canto estival de las chicharras.  

De un día para el otro no pude patinar, ni mover las piernas, ni las manos, ni la parte derecha de la cara. Tenía entumecimiento y hormigueo por el cuerpo que se transformó en un infierno de dolor, radiografías, calambres, resonancias magnéticas, electromiografías y estudios de conducción nerviosa. Viajes a la capital de la provincia, a Rosario, a Buenos Aires, consultas a traumatólogos y neurocirujanos.

Según los expertos, hay que saber diferenciar entre un dolor agudo y un dolor crónico. En ese sentido, creo que el mío de ese año era agudo y crónico. Cincelado y amarmolado.

Empecé mis paseos por el Jardín Botánico Carlos Thays tres veces a la semana al salir de mis religiosas sesiones de fisioterapia. Buenos Aires se había convertido en mi nuevo hogar. Cambié la arquitectura de columnas dóricas por las agujas e hilos de la moda. Cambié las tipas por los ombúes, lapachos rosados, gomeros y jacarandás. Y hasta un árbol de cacao.

Los árboles del jardín botánico comenzaron a plantarse en 1892 según los registros y manuscritos de la ciudad. Siete hectáreas con más de mil especies de plantas y árboles autóctonos y esculturas en medio del barrio de Palermo. Carlos Thays fue uno de los más grandes paisajistas de Argentina. Le debo mi recuperación y gratitud a este francés.

La Ondina del Plata era una de esas treinta esculturas de mármol de carrara. Evoca a una deidad de la mitología griega. Esta ninfa acuática, lánguida, me saludaba con gesto despreocupado y una leve sonrisa durante esas mañanas, mientras recogía su cabello con la mano izquierda para evitar que el mismo ocultara su mirada con el movimiento de la brisa. ¿Se avergonzaba acaso de su desnudez igual que yo?

Yo vivía a dos cuadras del jardín. Y me había enamorado de la Ondina del Plata desde el primer día que la vi. Jugando esos días a ser un dios, podría asegurar hoy que rezaba con toda el alma como Pigmalión, que mi Galatea cobrara vida y arrodillarme así embelesada a sus pies de marfil.   

La Ondina estaba siempre en el mismo lugar, esperándome, como figura alegórica flotando en medio del estanque, con los pies rozando los nenúfares y naciendo del agua. Era como la custodia del jardín. Quien daba la bienvenida a los estudiantes, vecinos y turistas de todo el mundo.

Los deseos del corazón. Y me pregunto: ¿si las estatuas pudieran hablar, mantendría Ondina todos nuestros secretos? La intimidad de nuestras charlas eran puramente contemplativas. A mi me contaba sus leyendas mientras yo la escuchaba cautivada por la belleza de su espalda desnuda. Espalda pulida, sin heridas, sin cicatrices ni cortes, ni perforaciones, una espalda perfecta, abrillantada. El marmolista había hecho un buen trabajo para evitar rayaduras y obtener un brillo tan uniforme y una superficie inmaculadamente blanca. Mi cirujano, también.

Mi cicatriz sobre mis vértebras lumbares y sacras se ha cristalizado con los años en la lisura de la piel de mi espalda para eternizar el dolor emocional que paraliza y que uno sí rememora. Ese dolor que he comenzado a entender sólo recientemente.

Thays escribió en su postulación como director de parques y paseos:

El hombre, sobre todo el que trabaja, necesita distracción y ¿acaso hay alguna cosa más sana, más noble, más verdadera cuando se sabe apreciarla, que la contemplación de los árboles, de las hermosas flores, cuando son dispuestas con gusto?

El espíritu entonces descansa, las penas se olvidan momentáneamente, por lo menos, y el aspecto de lo bello, de lo puro, produce un efecto inmediato sobre el corazón.

Hoy leo en un artículo del diario de Buenos Aires que especialistas en iconografías comentan que la Ondina tiene una grieta en uno de los pies. El paso del tiempo la ha hecho menos perfecta, pero no por eso, menos amada e inmortal.

Anatomie I – Sarah Moon 1997

Epifanía

Me llevó mucho tiempo entender el mito. Ese tiempo en el que existían sólo los dioses, pero no los mortales. Ella, al igual que yo, estábamos ambas modeladas con tierra y agua, y marcadas por el destino.

El 19 de mayo de 1997 fue cuando la encontré por primera vez en un libro. Era el día de mi cumpleaños. Cumplía veinte. Tenía la nariz pegada a la vidriera de Hatchards, la librería más antigua de Londres, fundada en 1797, dos siglos antes de mi fortuita visita. Después de concentrar mi atención y mi fascinación en el interior de la casa, decidí entrar. La icónica tienda era la librería favorita de Oscar Wilde y uno de los lugares más queridos por los amantes de los libros en Europa. Ahí estaba ella, entre arreglos florales frescos y majestuosos que iluminaban cada habitación entre escaleras. Era una impresión en un pequeño libro de J. W. Waterhouse, dispuesto en exhibición sobre una de las mesas de caoba perfumada. Ella había sido pintada en 1896.

Era una especie de revelación que alguien susurraba en mi oído. Recordé las clases de historia en la secundaria. Por esos días comencé a amar la mitología griega. Era ahí, justo antes de esa imagen, que los dioses empezaron a enfadarse y se produjo entre ellos la discordia. Quedé perpleja. Fue sólo un momento. Una promesa que ella rompió en sólo un segundo.

—¿Sabes a cuántos segundos equivale un momento? — me preguntó. Otra vez, esa voz.

Nadie lo sabe con precisión. Hace varios siglos, alguien hizo un intento de medición. Aparentemente hay cuarenta momentos en una hora. Por lo tanto, de noventa segundos cada uno. Ella tuvo noventa segundos entonces para dudar y romper la promesa.

—¡Ay, destino, destino, me estremezco al contemplar tu suerte !— me dijo la voz. — Así decepcionamos a los que amamos y a nosotros mismos.

Su infortunio, todopoderoso, fue más rápido que conciliar el sueño. Pensé entonces cuánto tiempo me tomaba dormirme. Hay días en los que me lleva horas, después de la invocación de todas las musas. A veces arriva Hypnos con ellas y recae en mi todo su poder, unas visiones y unos sonidos de sombríos presagios que se mezclan al azar. A veces me dice claramente todo lo que quiero saber en un lenguaje simple mientras cuento los segundos antes de cerrar los ojos. Otras veces, me deja desamparada entretejiendo enigmas y ensoñaciones nocturnas, para regresar a mi durante el día siguiente como refiriendo a unos oráculos equívocos, oscuros y difíciles de interpretar.

—¿Por qué tardas en proclamarlo todo? — me preguntó la voz. —¿Esperas un golpe de suerte?

—Sobre esto no preguntes más, no insistas. —le respondí imitando la voz de Prometeo.

—Es, sin duda, un augusto secreto lo que ocultas. — me dijo.

—A veces, puede tomar un poco de tiempo para que alguien responda, pero alguien responderá siempre. Se llama intuición. ¿Qué sentido tiene ir a toda velocidad? La esperanza es lo último que se pierde.

Domar la curiosidad puede llevar años. Cuánta celeridad se espera de uno. A pesar de sus duras amenazas, no le revelaré el secreto. Lo juro. Por encima de mi cadáver. De todas maneras, con tantas pistas, podrá algún día deducirlo.

—Pues con nada te conmueves, ni con tantos ruegos. Me estremezco por la suerte que te espera. — concluyó la voz.

Al lado del libro había una cajita de música. La abrí. No pude escapar a mi destino. Se repetía la maldición. La tentación fue más grande que mi vergüenza. Reconocí un fragmento de la melodía: Sueño de Amor de Liszt. El nocturno n° 3 había sobrevivido en el tiempo y era muy popular en las academias de piano. Solía tocarla entre las piezas que había tenido que practicar durante los años que tomé clases en Esperanza. Tuve una profunda sensación de realización al comprender la esencia de ese momento, como tantos otros.

Siempre me había fascinado el mecanismo de las cajitas de música. La vibración del peine metálico y las púas del cilindro que se ponen en contacto al girar la manivela. Podría hacerla girar por un tiempo infinito de años hasta morir, a la espera del verdadero amor.

Prometeo hizo que los mortales dejáramos de pensar en la muerte antes de tiempo. Albergó en nosotros esperanzas ciegas. Además de esto, nos regaló el fuego resplandeciente que le robó a Zeus. Depositó así toda su confianza en el hombre y la mujer, en sus artes de crear cosas bellas, como la cajita de música. Ladrón del fuego, lo llamaron hasta morir.

 —¿Logra uno adivinar los hechos que pueden ocurrir en el futuro? — le pregunté a la voz.

 —Esta vez explícate sin enigmas — me suplicó.

—Compré el libro. Lo guardo hace más de veinte años. Al mismo tiempo, fue creciendo en mi una gran desilusión, como una danza sorda alrededor del alma. No encontraba el amor. Los dioses parecían ser  insensibles a mis súplicas. Por momentos, la espera se hacía eterna. Como Thel, buscaba el sentido de mi vida hablando con todas las criaturas: un lirio, una nube, un gusano, un terrón de arcilla.

Con el trueno y la llama del relámpago, Zeus estaba herido de odio y lleno de deseos de venganza. Decidió crear a Pandora, esa misteriosa deidad que los dioses envolvieron en telares de hilos de plata y corona de flores, perfumes, gracia, sensualidad y voz celestial.

Pandora era esa mujer virtuosa. Waterhouse la pintó abriendo el cofre, sin distracciones, glorificando el mito de hace miles de años, en 1896. La que vi en la librería.

—Un día, hace unos años, la volví a encontrar. Uno de esos días de vientos de alas rápidas.  Pensé que se había caído del cielo. No sabía si era hija de un dios, de un mortal o de un semidios. ¿O fue pura apoteosis entre las nubes? Traía consigo una especie de urna, de ánfora. — y le revelé a la voz al fin mi secreto. —La besé y abrí la caja de Pandora.

El mito ya me había profetizado cómo se cumpliría el futuro. De repente, tuve que rendirme, y los segundos, los años, los meses y las horas me coronaron con una voz mística. Hice una profunda reverencia. Y desde ese día, le rendí honores a ella como a una divinidad a través de ofrendas de flores, frutas, música y alabanzas. 

Sarah Moon

Epístola a la amada

El sobre me sorprendió esa mañana en el desamparo de la calle. Nueve y media. Pasé por al lado con total indiferencia. Insólito. Volvía caminando del centro de la ciudad cuando vi un sobre con una carta, al desabrigo del invierno, tirada en medio de la vía. Anónima. La humedad de la escarcha sobre los adoquines hacía que el anverso se pegara a ellos. Así que no podía leer el destinatario sin inclinarme, y la solapa, sin remitente, era lastimada continuamente por el golpeteo del viento haciéndola flamear.

Me quedé diez minutos eternos mirando el sobre. Demasiado viento para la frágil solapa. La dureza de los adoquines. Los zapatos que deben haberla pisoteado ya. No debe ser nada de valor. ¿Cuáles son los motivos para escribir cartas que luego vuelan con el viento y terminan abandonadas e indefensas sin llegar a destino? Eso es imprevisible.

Nadie me pregunta qué hago acá parada mirando el sobre. Disimulemos. Me siento avergonzada. ¿Qué día es hoy? ¿Viernes? ¿Cuánto tiempo he llevado la carta en mi bolsillo? Quizás debería volver a medianoche, y leer la carta bajo la luz de la luna. Ahora todos los vecinos miran. Soy demasiado orgullosa para arrodillarme ahora y levantar el sobre del piso. Pura curiosidad. ¿Será una carta de amor? No creo que sea la mía. A esta altura la carta tendría que haber llegado a Irlanda.

¿Es mi carta? No es verdad. Reconocería mi letra. No se ya si había colocado una estampilla. ¿Cuándo la he escrito? Si mal no recuerdo, era a principios del otoño. Había mucha niebla. Ecos. Sombras en mi alma ¿Me habré equivocado en el código postal? Hagamos memoria: ¿cuánto tiempo llevaba la carta en el bolsillo de mi abrigo? Definitivamente, un descuido. Se me habrá caído sin darme cuenta. Dios te guíe y te guarde, Elena. ¿Por qué finalmente no la eché en el buzón? Quizás no estaría correcto el valor del franqueo. Mi madre coleccionaba estampillas. Nunca se lo conté, creo. No se finalmente qué hicimos con ellas. Algunas me las traje a Bélgica de recuerdo. Lo se. Las de flores de todas las nacionalidades. Estaban guardadas y ordenadas en cajitas cuadradas forradas por ella, y en pequeñísimos sobres de papel. Algunas ni siquera estaban despegadas del recorte del sobre, y mantenían el sello completo. ¿Cómo era el procedimiento para despegarlas? Agua tibia, creo. Sal. Sí. Dejarlas remojar. Después secarlas.

Estoy segura que la trajo de vuelta el viento, y la pobre, indefensa, pasó la noche en el frío.

¿Qué distancia habrá recorrido la carta? No recuerdo la fecha exacta en que la escribí. Memoria infame. Quizás es una bendición que no la haya recibido. ¿Estaría completo el nombre de la calle, el número de su casa? Claro, como su puerta no tiene número, el cartero no ha encontrado la casa. Podría llevar la carta al correo y un mapa detallando el lugar donde tiene que entregarla. Mi abuelo era cartero. El no se habría equivocado nunca de puerta.

No reconozco el color del sobre. ¿Era celeste o amarillo? Sería un deleite malvado recogerla y leerla. ¿Y si es la carta que escribí para ella? Lo se, siento una sutil desesperación en las manos. Me tiemblan las rodillas. No recuerdo si firmé la carta con mis iniciales o con mi nombre completo. No dudes de ti, Elena. Sinceramente tuya, E. W. Sí, sí. Era así.

Podría releerla y modificarla. ¡Enhorabuena! Sin dudar, cambiaría algunas palabras. Quizás, el tono de voz. Quizás podría acallar aquella voz irónica y sin sentido de siempre. No, las palabras escritas eran lo suficientemente lúcidas como para no malinterpretarlas.

Amada mía:

Me tomo la libertad de escribirte…

No tener nada que decir. Qué desesperación. Despedidas. Incertidumbre. Abandono.

No, no…. ¿Qué le diría? No podemos fiar todos nuestros sentimientos al papel. Y que después, la carta se pierda. El amor, la bondad, la compasión y la confianza han de dirigir la pluma, eso dicen los expertos en el arte de escribir cartas. Suposiciones. Son todas suposiciones. Retórica epistolar. Triunfantes murmuraciones. ¡Basta!

Recuerdo que había escrito tanto antes del desayuno. Era un fino papel a rayas. El verano había terminado. Los girasoles habían muerto. La melancolía era enorme. Pero parecía haber recuperado una especie de sentido de equilibrio. Hice oraciones demasiado largas. Eso es odioso para el que las lee. Pero bueno, una carta no es más que una conversación entre dos personas ausentes. Epístola a la amada. Es difícil decir lo mismo en este momento. ¿Me perdonará algún día?

No, quizás sí la leyó, pero quiso devolvérmela. Quizás el forro de su abrigo estaba descosido y la carta se le ha caído a ella del bolsillo.

Te cuento que tu carta ha sobrevivido el frío y también la llovizna.

Me atrevo a decir que la letra no es muy clara. Con la humedad del suelo, el viento, la llovizna a lo mejor se ha corrido la tinta y no ha podido leerla. Qué decepción. Por eso me la devuelve. ¿O será causa de la dudosa ortografía? Mi holandés no es perfecto. Nunca lo fue. Ni lo será. Escribo mejor en español. Lo importante es lo que la carta evoca, no es cierto? Dicen que las cartas también tienen su buena o mala estrella.

Quizás podría corregir la puntuación. Qué ingenuidad. Sólo unas líneas. ‘Escritos de lenguaje fácil y frases claras, sin figuras, metáforas, ni otros adornos floridos, pero que sin embargo admiten las comparaciones justas, los epítetos expresivos, las anécdotas curiosas, las suspenciones agradables.’ – eso dicen los expertos en sus libros. Debería respetarlo.

Podría agregar unas flores secas de hortensia azul. Creo que simbolizan el perdón. Quizás así podría persuadirla de que volviera. O semillas de girasol, para que siembre en su jardín. Hay que apostar al futuro. Nuevas perspectivas. Espero que sus plantas no hayan muerto. Nunca me animé a preguntarle en realidad. Seguramente plantará nuevas la próxima primavera.

Tendría que escribirle un poema de amor en lugar de una carta. La primera vez que recibió correspondencia, era un dibujo mío. Papel picado en pastel de tiza. Una invitación para ir a bailar juntas a la sala del Museo de Bellas Artes. Estoy convencida que fue totalmente inesperado. Extraño esas, nuestras pequeñas aventuras. Su compañia. En aquellos días todavía tenía el coraje de sorprenderla. Amada mía. Ya no creo que tenga ganas de volver a recibir otra carta.

Tendría que releer las cartas cinco veces en el futuro antes de enviarlas. Recuerdo haber leído eso en las cartas de Jane Austen a su querida Cassandra. De esa manera estaría toda la noche releyendo la carta. Debería acortarla. Releerla, volver a escribirla, llevarla al correo mañana. O franquear el valor de dos cartas en una.

Miércoles. Sí. He cambiado de opinión. No voy a juntar la carta del piso esta mañana. Treinta y un personas pasan cerca mío o miran por la ventana. Si se lo contara a alguien de mis amigos, nadie me creería. Qué ridículo. El mismo deseo. No puedo obligarla a leer mis palabras. Tampoco creo que me perdone. Ya debería haberla recibido. Es tiempo de escribir otra. Debería ser más detallista con la caligrafía. No equivocarme al escribir el destinatario. No, no puedo escribir tan seguido. Sólo me genera más ansiedad.

Hasta pronto, amada mía.

Ombres portées 1992 – Sarah Moon

Un jardín sin límites

Eran esos tiempos de inconmensurable soledad en los que cualquiera caminaba de terciopelo negro por la casa, ya sin saber ni siquiera cómo era estar de luto, como quien marchaba con una calavera reseca entre las manos rumbo al cementerio. Otros solían hacer equilibrio con un libro de historia del arte en la frente, en procesión patética de manos cruzadas en la espalda y ojos cerrados en medio del silencio desacelerado, las risas y el crujir de los geométricos parqués.

La pandemia nos había enseñado a respirar el aire de la claustrofobia, a marcar el paso del desasosiego, a deambular en medias de lana por el laberinto de la vida doméstica y a tramar nuevos rituales en el limitado espacio que nos rodeaba.

Algunos paseaban desnudos por los interiores y pasillos, otros se quedaban sentados mirando el techo de la cocina, casi inmóviles hasta el mediodía envueltos en las sábanas arrugadas o abrazados a la almohada desfigurada. Ella se trenzaba el cabello y se abrazaba a ella misma en la cercanía prohibida del acartonado día tras día.

Aquel amontonamiento hermético e incontrolable de cajas de fotos abandonadas y recuerdos en las esquinas de todas las casas, y las pilas de libros sin leer alentaría quizás a los niños aburridos a jugar a las escondidas bajo la cama – pensaba. Ella sólo deseaba no estar obligada a esconderse para siempre entre la imprevisibilidad de los roperos colmados de vestidos que quizás nunca más volvería a llevar.

Nadie se atrevía realmente a decidir nada que tuviera sentido o fantasear con algún atisbo de destino. Ella sólo se arriesgaba a hablar con los vecinos sobre el tiempo durante el saludo y el buen día en el último peldaño de la escalera. Luego asentía con la cabeza. No importaba si hacía frío, si pronosticaban tormenta o calor. Bastaba con sólo mirar las nubes en el cielo y el vuelo a baja altura de las golondrinas por la ventana.

Ella se asomaba detrás de las cortinas blancas, leales al canon, la acústica y el ritmo de cada noche silenciada. No tenía ningún apuro en pelar la naranja ni tomar la taza de café que se enfriaba, sólo miedo de manchar sus puños de encaje y no volverla a ver. Pretendía saborear y oler el papel indescifrable de sus libros, mientras se llevaba un trocito de cáscara de naranja a los labios para después masticarla. Se imaginaba a la gente, cansada de la tiranía del encierro, trepando los muros linderos y espiando a sus vecinos con velas y linternas. Ella se preguntaba, entre incontables muertes y sospechas, si seguirían vivos.

La amaba. Amaba a esa mujer que parecía derivar de la poesía o la mitología que había aparecido entre los dioses de las páginas de sus libros. Esa mujer de cabellos largos, que sacudía su cabeza haciendo énfasis en la sensual delicadeza del viento que mecía las flores de azahar. Mujer llena de juventud, salida de un cuadro simbolista de mediados de 1880. Mujer de piel pálida, que no pertenecía al espíritu de esa época. La veía llevando hojas de mirto, olivo, hiedra o victorioso laurel como símbolo de gloria, triunfo y eternidad durante la antigüedad, de esas hojas que coronan la frente de algún mortal, ninfa o sacerdotisa.

Esa madrugada legendaria, desobediente, salió de su casa con las dos manos en la tierra y los pies descalzos en los campos y con la tijera en el bolsillo del delantal. El amor era su afortunado aliciente. La enormidad de los prados, una celebración donde las flores se cruzaban incansablemente.

La poca gente que andaba por la calle llevaba los pelos despeinados y la mirada sombría como un juramento protocolar. Ella intentaba como una heroína, imaginar una dirección, una velocidad de paso constante y una amplitud en el horizonte. Estar enamorada en medio de la pandemia era toda una proeza y la consagración del amor y la primavera la mantenía en un estado de éxtasis e indiscreto trance. Se trataba de un amor épico que aceleraba su respiración y de un paisaje idílico en medio de la decencia de una ciudad desfallecida. Su mirada ingenua y su valentía rozaban las matas de aquellos campos baldíos de flores trepadoras, silvestres y aromáticas.

Carlos Linneo, el así llamado Príncipe de los Botánicos, un poeta sueco que se convirtió en naturalista, hacía anotaciones sobre estas flores ya en 1753. En las descripciones de su aclamada obra Species Plantarum decía lo siguiente de estas plantas cosmopolitas que habitan en Europa en los bordes de los cultivos y de los caminos: ‘Habitat in Europa ad margines agrorum viarumque’.

Se aventuró por la senda, con Linneo en sus pensamientos y la tijera en mano, por los suelos arenosos y no necesariamente fértiles donde crecían libremente estas especies de flores nativas.

Cortó primero unos tallos de una hierba robusta, de pedúlculos estriados y flores azul-lilas que parecían girar con el sol de las cuales ya hablaba Carlomagno, llamadas Cichorium Intybus o achicoria común para los peregrinos.  

Hizo luego racimos de Campanula Glomerata de hojas acorazonadas. Entre los pastizales efímeros, encontró también campanuláceas de flores azules llamadas Jasione Montana. Aquellas de zarcillos amarillos en medio de los brezales y a pleno sol, eran las Lathyrus Pratensis, que como el nombre lo dice, crecen en medio de prados y malezas. Las de flores azuladas, arriesgadas y con frutos de vainas delgadas, eran las arvejas silvestres, llamadas Vicia Cracca.

Más adelante encontró milenrama o flor de la pluma, de diminutas flores blancas. La Achillea Millefolium era de propiedades medicinales y sobresalía, desvergonzada, por su inocencia entre la profusión de fragancias.

Descubrió entre las plantas la Daucus Carota, que se elevaba en una umbela de flores blancas en el ápice. Es probable que los antepasados silvestres de la zanahoria hayan venido de Irán, decían. Ahora podía encontrarla en medio de este campo baldío y entre Malvas Sylvestris, de colores púrpura, con venas más oscuras formando rosetas de hojas y milagros.

La Centaurea Cyanus, naturalizada en Europa central, formaba una hazaña de corolas de pétalos azul-violáceo profundo, y se encontraba a la vera del camino, entre cereales y amapolas silvestres de delicados pétalos color escarlata. Cortó sus frutos secos y tallos resistentes, de semillas inofensivas y mansas.

Y, finalmente, la apoteosis del prado, las infaltables rosas Ballerina. Hizo ramilletes de pétalos blancos y rosado pálido. ¿No le parecerá un delirio que le regale rosas? – se preguntaba.

Miró a su alrededor una vez más antes de volver a casa para trenzar la corona de mimbre y flores.

El follaje indómito, la divinidad de las corolas, la intriga de sus manos y la atmósfera mística de aquel jardín sin límites la hicieron dudar de su insolencia de ir cortando flores en medio de la ciudad. No le importaba nada, ni las miradas de los extraños que pasaban, ni la penitencia, ni el costo de su libertad. De repente vio su imagen reflejada en el vidrio de un edificio. Esa imagen en espejo era lo único que podía confirmar su existencia en ese preciso momento y la promesa de un amor romántico y sublime. La corona pretendía ser un íntimo homenaje a ese amor, al romance entre ellas, al misterio de la femineidad. Y ese momento atemporal e irrepetible de lucidez se mantendría refugiado en su memoria para toda la vida.  

Sarah Moon

cara o cruz

“Te veo languidecer sobre la silla, ya casi sin aliento y me desesperas”, me repetía.

Tumbada de espaldas en el piso, sobre los listones de madera reseca, ella extendía los brazos hacia los rayos de sol que entraban por la ventana del castillo, cerraba el ojo izquierdo, después, el derecho. Otra vez, el izquierdo, y nuevamente, el derecho. Algunos rayos se desdibujaban. Contaba los errores y aciertos con los rayos entre los dedos de las manos.

“No es un juego de azar.” le explicaba yo. “Es el compromiso conmigo misma, envuelto en cintas de terciopelo, en medio de una cajita, como una alianza que se pone en el dedo anular, conectado directamente con el corazón según decían los romanos. Es el sueño de llegar a ser aquella mujer que hasta hoy no fui.”

Veía a la distancia desnudar sus sombras y su silueta de veinte años sobre la pared y podía delinearlas de negro. Hasta podía subrayar la melancolía de las palabras y las promesas no cumplidas que ella pensaba.

“Se trata de volver a intentar. Se trata de ver las estrellas, las constelaciones y los rayos de sol desde donde sea.”, me intentaba convencer mientras parecía jugar y flotar en el piso como yo en el agua cuando era niña.

“Ah, y es cierto que en el hemisferio norte, el recorrido del sol en el cielo es al revés”, me seguía explicando. “Sale también por el horizonte del Este, por supuesto. Pero viaja por el lado sur del cielo. Podemos sortear todo eso. Podemos tomar otras decisiones. Todavía podemos ver el sol viajar por el lado norte del cielo.”, me dijo con un guiño del ojo izquierdo.

Me quedé pensativa.

En el horizonte imaginario que define la línea del océano Atlántico, el Sol Boreal y el cielo del hemisferio norte, veía de repente rodar la moneda de oro que ella había decidido arrojar al aire.

“¿Cara o cruz?”, me preguntó sin dudar y con picardía en los ojos.

“¿Te volviste loca?”, le grité desesperada. “¿Echar a la suerte mi vida?”

Cree que todo esto es para mi un pasatiempo, pensaba eludiendo su pregunta.

Fue un pensamiento fugaz, pero entramos en pánico, nos volvimos las dos transparentes y frágiles como papel de seda. Me tomó la mano, cerramos los ojos y nos dejamos escapar juntas, saltamos desde la torre del castillo y seguimos el vuelo de los pájaros hacia el Sur.

Llegamos al perfume de las madreselvas enredadas en la pérgola blanca de madera. Bajamos los escalones de azulejos esmaltados, un poco desgastados con el tiempo, de colores azules brillantes, rosas y naranjas. Nos detuvimos a soñar con las escenas de cada escalón. Las mayólicas de tradición musulmana se mezclaban con imágenes de damas antiguas porteñas, sevillanas y alfareros andaluces, y el barro, el fuego y el trabajo de unas manos modelando y pintando cada pieza. El sol del mediodía viajando por el lado norte del cielo hacía que se iluminaran más sus cantos, sus relieves y su esmalte. El agua de la fuente repicaba en los mozaicos sin cesar y salpicaba apenas las plumas de las palomas que llegaban con sed como nosotras. Los naranjos que rodeaban la fuente de patrones geométricos estaban en flor. Nos recostamos en los bancos decorados con escenas mitológicas y estrellas azules y blancas. Dos niñas de zapatitos de charol, moños y cintas corrían por el Patio Andaluz por primera vez. Podíamos escuchar el golpetear de los taquitos en las losetas cerámicas ornamentadas. De pronto, se detuvieron frente a la fuente, tomaron dos monedas y pidieron un deseo cada una. 

Ella tenía razón, sólo anhelaba que nos quedáramos dormidas juntas en el borde dorado de la siesta.

Lo deseaba con todo el alma. Ahora mismo. Antes de que cayera al piso la moneda. Pero se suponía que esta aventura no debería tener este final.

Al mismo tiempo, no podía descartar el no esperarte, ni buscarte, ni tenerte paciencia. Ni rezar para volver a verte o rescatarte. Para despedirme. Pero no podía seguir viendo la vida pasar a través de los medallones de vidrio policromado de las ventanas medievales, lo que se había convertido en una espera eterna.

Me quedaré parada al pie de la escalera del castillo de piedra. Unos segundos más. Me encontrarás ahí, segura de volver a verte, frente a la realidad. Te abrazaré con fuerza, acunaré la fruta madura en mi delantal, me pondré el sombrero de ala ancha y seguiré el camino hasta la enredadera de la pérgola, pensaba.  

Pero volví a insistir. ¿Qué significaba cara y qué significado tenía cruz para mi y para ella?

“Si vuelves a arrojar la moneda al aire, ¿cuál es la posibilidad de que la moneda caiga sobre su canto?”

ad infinitum

la semana que termina las lecciones aprendidas

la tinta que mancha mis dedos

y no se quién soy y desconfío de ti y de mi

cada paso en falso el vértigo y la caída

cada golpe cada estruendo y refucilo cada sacudón

me saco los zapatos de taco y los tiro en un rincón de despedidas que no se postergan

y derrotas que no se superan

prendo las velas naranjas y tanteo a ciegas el jaleo de las luces en la oscuridad

sombras que flotan ríen y saltan del firmamento a la soledad de la cama

cierro los ojos

y cuelgan hamacas entre las flores de mi infancia feliz como si nada importara

uno dos tres metros en lo alto entre las ramas

palo borracho descontento con sus espinas

y yo gritando en lo alto más alto ! más alto !

quiero llegar al paraíso quiero convertirme en novia en musa en ángel

y volar tan alto tan alto y llegar al popurrí de estrellas y tocar las nubes el cielo y la luna nueva

las llamas que titilan tu presencia se tatúan en las paredes como caligrafía de fantasmas

el vacío que me llena el cuerpo y las carencias tus alas que se esfuman

tu ausencia que penetra en mi piel y se escapa

las indecisiones las promesas ante el espejo en medio de la censura y la encrucijada

los testigos los enemigos pocos elogios y palabras

que me arropen las tinieblas – me maldigo en mis delirios

las ganas de amar y de ser amada

las caricias que se hacen esperar y el calor insoportable de la almohada

la juventud que se desvanece y las burbujas de champagne que esperan tu llegada

el miedo al tic tac del reloj las células que envejecen la copa con agua

pensamientos que me atormentan y frases hirientes

las neuronas que mueren en el encierro y la asfixia de éste mi castillo

los ojos que ya no brillan como ayer de tanto llorar bajo las sábanas

esperar que vuelvas mientras la leche hierve y se derrama

que me supliques que te desvistas frente a mi

pelar las naranjas y perfumar el arroz con la cáscara

quebrar el palito de canela inocente revolver y azucarar

dejar espumar las piruetas de llamas de candelas libres de culpa intermitentes

quisiera colocar la cuchara de plata con tu nombre sobre la mesa

y poner el dedo en la miel de la intimidad de tus constelaciones

me despiertas

sacudida de hombros mientras paso mi mano en sueños por tus cabellos y tus cejas

hasta rozar  la corona de flores que hice para ti esa primavera

quiero estirar los brazos y lamer tu cuello y el recuerdo

que me despeinen los ángeles como castigo – pienso

en la superficie del mar quiero susurrarte los duelos

hacer acrobacias con mis pies en el agua y desaparecer en las profundidades del dolor

inhalar los átomos de tu cuerpo y tu perfume como consuelo

y saborear el atardecer de perlas y desvanecidas purpurinas

no dejes que se ahoguen mis ideas ni mis presentimientos – te lo ruego

espantemos juntas los espíritus inquietos del futuro venidero

donde el tiempo se detiene y vienes a buscarme y me das la mano

y me salvas

pretendo ser fuerte y mantenerme cuerda y descalza ante la posible huida

escuchar las notas del arpa y los aplausos sostenidos en el viento

desobedecer la locura que se silencia bajo guirnaldas de papel de seda

desenterrar el velo de encaje el ramo y la espera en el altar

grabar los anillos con la fecha las iniciales y ad infinitum

a pesar del sonido de marimbas y las campanadas de confusiones e intrigas

y la melodía de diapasones y triángulos en cada eco suspendido en el olvido

la cena está servida entre los tréboles las nueces caídas y las flores marchitas

arroz con leche bajo el nogal corcheas y semifusas

el mantel cuelga por los lados casi hasta llegar a la tierra del patio

caminemos juntas en puntas de pie

a pasos constantes y cobardes

hasta que me despiertes

hasta que me desnudes

hasta que me beses

hasta el infinito

Sarah Moon

LUMEN

Yacía en la claridad del rocío y en el sepulcro del cesped húmedo en medio de la niebla con un puñado de tierra bendita en su mano derecha.

Vestía de negro, de largo y de luto. Su cuello de color marfil desnudo dejaba entrever las grietas de sus venas azules.

Estaba inmóvil, tan pálida y sin pestañear que parecía un milagro que estuviera viva.

Sus cabellos enmarañados de frutos secos, ramas y un nido indefenso atraían una bandada de cuervos que comía gusanos entre el tumulto las hojas mustias.  

Desheredada y huérfana, yacía en medio del cementerio.

La vio allí abandonada a través del ventanal que daba al patio cuando se dirigía al sector de lavandería del teatro, detrás de la cortina pesada de terciopelo y en medio de las torres de reflectores y el archivo de filtros de colores. No sabía nada ni de física, ni de matemática, ni de circuitos eléctricos, ni voltajes, pero estaba completamente segura que aquella que veía en medio de las hojas y del cesped húmedo era ella misma.

Un segundo después, cien metros de largo y más de diez metros de alto de tela negra rodearon su cuerpo en medio de la escena del patio. El ciclorama proporcionaba una visión de 360° donde se proyectaba el pasado de su niñez y su juventud, el presente de su hoy y los secretos del mañana.

Y de repente, en la oscuridad, una luz cenital ultravioleta hizo más visible la sangre de sus venas. Se había desmayado en la insistencia de la niebla?

Y en un grito ficticio e intuitivo que nunca salió de mi garganta ordené a los técnicos:

-Traigan los reflectores! Enciendan las luces frontales! No proyecten más sombras en su rostro que ya tiene suficientes! Tampoco la iluminen a contraluz, que sólo veremos su silueta! Ilumínenla de frente, de arriba a abajo con un haz de luz tan intenso como para revivirla y para que vuelva a respirar!

Pero no se movía. Ni siquiera con mil lúmenes. Los cuervos seguían murmurando a su alrededor, haciendo ruidos con las alas y crujidos de pico en un círculo perfecto de luz espectral.

Las sombras inocentes de los espíritus muertos estaban impresas en la superficie del ciclorama que después de unos segundos desaparecería drásticamente, como tragado por el cielo.  

Se quedó parada durante unos minutos delante del ventanal como espectadora mirando la niebla. El más allá. Ya no la veía ni desvanecida, ni dormida, ni nada. La luz difuminada del patio no dejaba ver más que el reflejo del rocío. Ni su cuello, ni su vestido ni la tierra en su mano derecha.  

Su padre había fallecido seis meses atrás y ella seguía todavía merodeando en los túneles del teatro con los pensamientos y los sueños entre la luminosidad de los vivos y la oscuridad de los muertos.

Sarah Moon

Lluvia de diamantes

Hace unas noches soñé con imágenes de tu poema, el que publicaste hace unos días.  

La tierra de mi sueño, como la de tu poema, estaba cubierta de diamantes azules.

Carl Sagan me había dejado algo claro durante mi adolescencia, que si no estudiamos el conjunto del universo en todas sus manifestaciones más importantes no seremos capaces de comprender las leyes de la naturaleza y dominar sus secretos. Ni los de nuestros sueños.

Quizás había sobredimensionado en mi imaginación un artículo que había leído en un portal de astronomía justo antes de leer tu poema sobre ecos, corteza terrestre y diamantes.

Se trataba de lo siguiente: A través de análisis cristalográficos, hace pocos meses científicos han confirmado que un asteroide que viaja a una velicidad aproximada de doce kilómetros por segundo y coliciona con la tierra produce ondas de choque a través de la roca, creando estructuras de carbono complejas, extraños patrones de repetición de capas de átomos y convirtiendo el grafito cristalino en diamantes de propiedades únicas. Estos mazacotes estelares explotan o se desintegran atrozmente mientras atraviesan la atmósfera terrestre transportando elevadísimos niveles de energía. 

En conclusión, los meteoritos metálicos traen a la tierra – como a tus poemas y a mis sueños – diamantes de planetas perdidos y estrellas moribundas a través de impactos cataclísmicos entre cuerpos celestes.

En mi sueño, la tierra estaba cubierta de diamantes azules y no eran precisamente de meteoritos.

Durante mucho tiempo, los sueños con piedras preciosas eran considerados de buen agüero, sobre todo antes de la venta de las cosechas. Significaba para muchos campesinos, definitivamente, fortuna y buena suerte.

Qué afortunada me consideraba esa mañana al despertar, después de la lluvia de diamantes que había visto a tu lado por la ventana !

Los diamantes de mi sueño parecían de lejos tan gigantes como los de tu poema, cristalinos, macizos, transparentes, grandes como la palma de mi mano, y emergían como meteoritos rocosos compuestos de boro y silicatos, procedentes quizás del cinturón de asteroides, en concentraciones mayores que las del universo.

Leí entonces que soñar con grandes diamantes simboliza la búsqueda del éxito total en la vida y en el amor. Pero también representa la vanidad. La mía o la tuya? – me preguntaba pensativa.

Recordé más tarde que los diamantes eran traídos en realidad por bandadas de fascinantes e inesperados estorninos purpúreos que cruzaban el cielo de norte a sur. Los enigmáticos diamantes viajaban desde sus nidos en Etiopía, Senegal o Kenia Meridional sostenidos por los picos de los estorninos. Sobre los campos, a una considerable altura, los pájaros azules abrían sus picos, liberando los diamantes que de lejos, desde nuestra ventana, se transformaban durante su caída libre en una banda débil de luz, de forma casi triangular, llamada luz zodiacal.

Había leído por entonces que las coaliciones de rocas, restos de núcleos de innumerables cometas y de asteroides, nubes de diminutas partículas de polvo de diamantes que orbitan alrededor del sol y gases de la atmósfera producían sobre el fondo negro del espacio esta dispersión de la luz y estas tenues columnas de resplandor luminoso. Aquellas que se extienden en el horizonte al mirar el cielo nocturno justo antes del amanecer hacia el este o después del anochecer hacia el oeste tras la puesta del sol como aquella noche.

Qué afortunada era durante aquel alba, de percibir en sueños y a tu lado tales fenómenos cósmicos, que en realidad, eran vistas nocturnas producidas a millones de kilómetros de la tierra en medio de las conexiones y órbitas de mis neuronas cerebrales y la articulación de las palabras de tu poema.  

La tierra estaba cubierta de diamantes azules que brillaban entre las huellas del arado.

El halo zodiacal de forma vagamente elíptica alrededor de la luna era un fulgor que hacía que el cielo sobre las huellas del arado se volviera más claro esa noche, al igual que el color de tus párpados. Y que las plumas en tonalidad de azul, violeta y púrpura de los estorninos en pleno vuelo se tornaran iridiscentes.

Y reconocí la tierra. Era la tierra que rodeaba tu casita de jardín, la tierra de la existencia, la tierra que hacía nuestra historia tan real, la tierra de aquellos campos que solíamos recorrer juntas en el claroscuro de la niebla y los rayos del sol de las mañanas. La tierra de la magia y del escapismo de la rutina diaria de los fines de semana. Yo adoraba tu habilidad para llevarme hasta allí, arrastrada por tus manos y utopías, los trucos de ilusionismo y tus habilidades secretas de maga.

Había un gran poder de atracción en mi por esa tierra, fértil, bien negra, trabajada en surcos, fecundada por sedimentos, gran variedad de invertebrados, arácnidos, insectos, moluscos, semillas y frutos, especialmente higos, nueces y manzanas.

Siempre quise pertenecer a ese lugar, a esa intimidad tuya con esa tierra, el lugar en el mundo que elegiste para vivir. Quise recostarme en ella, rozarla, eternizarla, tomar un puñado y olerla, compartirla contigo, pero nunca lo hice. No se por qué. Hoy me lo reprocho. Hoy, que ya no estás esperándome en la intersección del horizonte entre los campos y las órbitas de las estrellas.

Pero de repente, en el sueño, al observar con claridad los diamantes en la palma de mi mano, los octaedros no me parecieron de cristal, ni completamente transparentes, ni parecían naturales, ni luminosos, sino opacos, apagados, eran como de plástico, algunos parecían de cartón y otros, de papel holográfico.

Según el significado de los sueños, si uno sueña con diamantes falsos, las alegrías y el amor que deberían ser infinitos como el universo no serán más que efímeros, y los engaños, exorbitantemente inmensos. Esto era sumamente revelador. Me sentía traicionada y defraudada.

Trataba de pensar la oscuridad de tu ausencia como uno de esos momentos en los que a menudo me ocultabas los detalles exactos de tus fugas nocturnas, para mantener un aire de misterio e intriga entre las dos. Trataba de soñarnos como viajeras estelares, boyando entre fragmentos de cometas perdidos en el espacio. Trataba de pensar el sueño como un equilibrio orbital de diamantes, asteroides y planetas en medio de un amplio espectro de llamadas melodiosas y chirriantes de tornasolados estorninos. 

Pero estaba convencida que tales coincidencias no obedecían al azar. Era una ridiculez pensar que lo era. Por eso quería inmortalizar ese sueño en medio de tu ausencia, esa lluvia de diamantes que nos unía a pesar de todas nuestras fricciones, el choque de meteoritos, el polvo, tu poema, el sexo, las estrellas, la distancia de años luz que hoy nos separa, a pesar de ignorar nuestra mutua existencia y de fingir amar y ser quien no somos.

Sarah Moon

Ananá en la ventana

Veo el resplandor nervioso de la vela sobre los azulejos blancos danzando en noventa grados. Se abre y se cierra como un abanico de luz y nácar.

Me sumerjo en el agua para no enloquecer ni escuchar tu voz y, sin embargo, escucho los latidos de mi corazón que se entrelazan con las contracciones rítmicas de todo tu cuerpo y resuenan en ondas hasta chocar con las paredes de fundición de la bañera esmaltada. Escucho una melodía al piano y el choque irritante de cristales: te acuerdas cuando flotabas con la espalda arqueada en el agua?

Cierro los ojos, pero siento tu espíritu merodeando a mi alrededor como polillas alocadas que espanto desesperada con las manos. Ahí están, duelen las vibraciones de sus alas en mis oídos, son como agujas metálicas aladas de pintitas negras, grises y plateadas. Se posan por todos lados, sobre los azulejos, sobre la espuma, sobre el ananá en el alféizar de la ventana, sobre mis labios, sobre mis trenzas, sobre mi frente, sobre mis manos. Algunas flotan muertas en el agua enjabonada y esencia de lavanda y otras se rehusan a ahogarse entre las burbujas y los filamentos de las ondas casi caligráficas.

Una gota insistente de agua helada cae casi tóxica sobre mi rodilla cada cuarenta y cinco segundos y marca el ritmo de los cortes que hacen las polillas en mi piel. Vienen atraídas por el ananá y por la poción de mi sangre envenenada de ira, desilusión y desesperanza.

Veo el borde incandescente de la vela y paso mi dedo índice por la cera gelatinosa e hirviente. No siento ni el calor, ni el dolor, ni el ardor ensordecedor de tu ausencia.

Veo las gotas de sangre que caen por los bordes de la bañera y se disuelven en la bioluminiscencia acelerada del agua como medusas flageladas, perversas y rosadas.

Cierro los ojos, y veo tus ojos y el ananá en el alféizar de la ventana.

Sarah Moon