Sehnsucht

Veo en tus ojos una cierta nostalgia —destacó esta tarde con compasión. ¿O fue su comentario con el sólo fin de llamar mi atención? No lo se.

La miré con cara de desconfianza y una pizca de disentimiento. Pero sabía, a pesar de mis esfuerzos, que le estaba mintiendo.

Te doy un minuto para dejar atrás todo lo que posees, todo lo que arrastras, todas las expectativas y las miserias, todos tus sobrenombres, todas tus sombras —me dijo la divinidad—Cierra los ojos.

¿Qué tan frágil sería entonces ese minuto de paz si cerraras los ojos? —continuó—¿Qué color tendría? ¿No sería acaso incoloro o quizás multicolor ? ¿Tal vez, ese verde/amarillo como el que produce el oxígeno en combinación con el viento solar y la energía de los átomos de las partículas de las auroras ? ¿O de luz azulada, lúdica, de coloración rojo/púrpura que desprende la colición de moléculas de nitrógeno en sus curvaturas? ¿No se desvanecería al querer hacerlo tangible? ¿Serías feliz en esos sesenta segundos?

¿Quién sabría que ese momento es el más puro y efímero que vivirías?

Si en ese minuto podrías volver a un momento de tu vida, —prosiguió—¿qué recuerdo elegirías, escucharías los ecos del pasado, volverías a tu casa natal, a tu infancia, a tu adolescencia, a los últimos tres años de tu vida? ¿Te quedarías más de un minuto allí, dormirías en ese lugar o saldrías corriendo para volver a tu realidad de este instante?

—¿Me llevarías a casa?

Me pregunto qué tan incontrolable es ese deseo de volver a casa.—dijo con sabiduría —¿A qué casa te refieres, en realidad? ¿Visualizas un jardín en esa añoranza? ¿Hay rosas en ese lugar terrenal que no podemos claramente identificar hoy? ¿Vienen las libélulas de visita en medio de tanta nostalgia? ¿Te quedarías a vivir en ese refugio por la eternidad? ¿Celebrarías allí cada uno de tus próximos cumpleaños? ¿Te traería tranquilidad aquel sublime lugar?

¿Y si, por el contrario, viajaras a lo desconocido? ¿Si fueras en búsqueda de algo nuevo, indefinido? ¿Te enfrentarías al desafío de un futuro incierto? ¿Se iluminarían tus horas? ¿Viajarías con linternas en tus manos sin la intención de controlar el destino? ¿Podrías con la incertidumbre de no saber dónde vas? ¿Te asombrarías de contar tus pasos a ciegas? ¿Cobraría tu vida sentido?

—Me daría mucho miedo la oscuridad. Siempre me dio miedo la oscuridad.

¿Y si, hipotéticamente hablando, en medio de aquel deseo innombrable que nadie conoce más que tú y tu corazón, alguien tomara tu mano…reconocerías a esa persona imprescindible en tus pensamientos diarios, sus dones, su magia?

—Supongo que rememoraría su alma, su piel y su perfume hasta con los ojos vendados. Ese anhelo un tanto vago e inconsolable de algo o alguien desconocido y a la vez tan familiar es tan grande que sería imposible no identificarla de un suspiro en medio de las luciérnagas. Ese deseo tan inmenso de sentirse en casa, de esa ilustre felicidad, de esa belleza y de esa plenitud que nos hace sentirnos enfermos de deseo y olvidarnos de honorar la vida el día de hoy es esencial para mi. Ese minuto referiría a una esperanza, sin duda, a una resolución, al perdón, al volver a caminar juntas de la mano hacia ese horizonte de auroras, bajo las estrellas de la medianoche, y finalmente, encontrar la paz.

Me acurruqué en la esquina del sofá de terciopelo verde, que acariciaba con mi mano izquierda, con la derecha hacía un rulo en mi pelo, mientras cerraba los ojos y me mordía el labio inferior, sólo para no quedarme dormida durante ese minuto insignificante, y a la vez, lleno de sentido.

Julia Margaret Cameron, The Kiss of Peace, 1869

Aleluya

Se siente confusa, mareada. Le cuesta levantarse. Se retuerce en medio de la tormenta al pie del altar. Estaba segura antes del desmayo que sería insustituible para su amada, pero evidentemente no lo es.

Apoya primero un codo, después el otro. Se balancea hacia la derecha, hacia la izquierda y se cae de lado. La espalda, desnuda y cubierta de ramitas finas, margaritas y hojas de hiedra. Palpitaciones. Las manos, sudorosas.

Gira la cabeza, desolada, apoya su mejilla en los pliegues de tul, mira hacia la puerta, apoya las dos manos en el escalón del altar, un pie, el otro, se revuelca entre las capas de su velo, retuerce la columna y vuelve a caer de lado. Se obsesiona con cada paso en falso que da. ¿Cuántas veces lo intentarás?  — le pregunta la voz. Ochocientas veces. — le responde aturdida. No hagas trampa. — le dicta la voz. Cambia el orden de los intentos.

La tormenta se acerca cada vez más. Entra por la puerta de la caridad. Ella la mira de reojo. Le da la bienvenida. En la entrada, la reciben los santos Joaquín y Ana. Escucha repercutir el trueno al invadir el pasillo de la nave central de norte a sur entre los feligreces, ve estallar el refucilo en medio de tanta decadencia, al borde de lo que parecía un acantilado. Se agita su respiración, que cada segundo que pasa se hace más furiosa y profunda. Apuesta por la vida. — le susurra la voz. No la dejes.

Abre los brazos, paulatinamente los extiende en un aleteo forzado y examina su esqueleto y sus sombras interrumpidas y fragmentadas en la columna de mármol. Se golpea las palmas de las manos, las plantas de los pies. Está recostada boca arriba en el ojo de la tormenta, observando las palomas pintadas en el fresco del ábside abovedado sobre el altar. Fondo verde esperanza, ángeles blancos, una cuna rodeada por rosas, un ventanal que indica el retiro de las tinieblas y el ingreso del nuevo día.

Apoya una rodilla con incertidumbre, arquea el torso, entablilla sus hombros y hace un giro de trescientos sesenta grados. Lanza una mirada de soslayo a su alrededor, desafiante, hace morisquetas a todos aquellos que la observan con indiferencia, con arrogancia, con espanto; vuelve a soltar su peso, se mece de lado a lado, cae, se retuerce de dolor y vuelve a perder el equilibrio. Una melodía conocida tararea en su cabeza una cadena de utopía y notas musicales. Aleluya.  

Sus piernas se aflojan, flexiona las rodillas, el tul del velo se enrosca en sus pies, por los suelos y forma parte, a partir de ese momento, de su cuerpo y de sus pesadillas. Lo rebolea con insolencia. Gime, exhala, suspira, grita, aligera la columna, no le dará el gusto a nadie de los presentes de sentir todo eso como castigo.

Se desploma otra vez, vencida. Los puños cerrados. Ya no se mueve. Escucha como la tormenta se aleja, triunfante, como olas de paradojas y elogios y nubes de fino nylon en la bóveda celeste.

La ficticia perfección no te sirve de nada. — le comenta la voz.

Hace un esfuerzo por levantar la cabeza, aparta sus cabellos de sus ojos, se arrastra, rompe en llanto y apoya las muñecas, los tobillos, el cuello en la eternidad del piso frío. Un enjambre de polillas verde pálido plateadas casi malvas se posa en su cuello, en sus manos, en su pecho, en su entrepierna, en las baldosas del piso.

Es como si su propio cuerpo no la dejara salir de la crisálida onírica donde se encuentra casi dormida. Asume las consecuencias. —le pide la voz. Valora tus esfuerzos.

De repente, una luz la atraviesa y hace fosforescentes sus venas, que se traslucen en su piel casi transparente e insulsa. Existe.

DE TUA NATIVITATE GAVISA EST TERRA

La tierra se alegra con tu nacimiento. Como hipnotizada, lee las palabras en latín en el arco de la bóveda de crucería que repercuten en repetición de ecos mientras las recalca en voz alta.  

Logra sostenerse sobre sus pies. Puede girar sobre su eje como un insignificante trompo en el rincón del presbiterio, entre los púlpitos y los cálices del clero. Despega los talones del suelo. Hace una reverencia. Puede dar pequeños saltos en la impermanencia de sus sombras, opacidades y penumbras del atardecer del solsticio de verano que lo descubre invadiendo el lugar sagrado con tanto encanto.

Las ondas de tul, arremolinadas en sus pies no la dejan avanzar ni llegar hasta alcanzar los zapatitos de charol en aquel rincón, entre dos pilares, donde gira el trompo. Esos que siempre quiso y nunca tuvo.

Que el desmayo sea un milagro o un castigo es algo improbable, emocionante y tan perturbador como los relatos de una mariposa, escribía el poeta Peter Verhelst en las sillas de la sala del teatro de Brujas.

Ella la adoraba, siempre estuvo a su merced. De todas maneras, cualquiera sea la verdadera razón por la cual su amada nunca apareció ese día en la iglesia, ella parecería recuperar el conocimiento al cabo de unos pocos minutos. Verifica que respira — escucha decir a la voz sobre su hombro.

Nunca te lo conté, pero ella siempre había soñado que se casaría en Brujas, de encaje, desde el primer día que visitó la ciudad en 1997.

Sí, respira. Y la veo desplegar sus alas y escuchar los himnos y secretos del universo. — concluyó la voz.

Y oí el ruido de una multitud inmensa como el ruido del estruendo de las olas, como el fragor de fuertes truenos. Y decían: Aleluya. (Apocalipsis 19:6)

The Bride by Julia Margaret Cameron

La hora dorada

Huir.

O dar el paso.

Dirigirse a lo desconocido.

Darle nombre a lo nuevo.

Sentarse en el rincón donde me espera un sillón ostentoso, orejero de terciopelo.

Ser la primera que corre hacia el sillón y convencer con la mirada a todo el mundo que es sólo mío.

Hacerlo propio. Desentumecer los brazos. Dejarse acunar por el empalagoso respaldo alto, los apoyabrazos y las pequeñas avellanas de lana y flecos que rozan la alfombra. Desaparecer en lo sublime del ‘no tiempo’. Sentir el olor a lo viejo, a lo ajeno, a lo que no es mío. Y sin embargo, imaginar el perfume a canela del acolchado y hacerlo digno de mi ser y mi alma.  

Marcar los límites a mi alrededor sin dar explicaciones, con sal, con lágrimas, con talismanes de cristal de roca; crear un vasto tramo de vacío entre ellos y yo. Levantar la palma de la mano y notitas escritas en lápiz de grafito: Para. Hasta ahí llegamos. No digas más nada. Suficiente. Sólo se aceptan susurros y palabras de ánimo.

Amotinarse y hacer un círculo imaginario de anís estrellado y quemarlo para protegerme del mal de ojo y para atraer la plenitud y la buena suerte.

Sentir la llama y las chispas del sol de mediodía, excepcionalmente ardientes, en plena primavera belga. Casi verano. Lo se. Es que ni siquiera quiero darme cuenta que llega a su fin en unos días.

Venerar el sol y hacer una reverencia. La hora dorada. Incinerar los recuerdos. Sentir que los rayos se tatúan en cada una de mis células, en cada poro, a través de mis pestañas. Pretender ser valiente y que no me irriten ni ardan.

Sentir los ojos de todos posarse en mi y no darle importancia. Tantos ojos que me miran. O parecen mirarme, vigilantes como si me subiera a un escenario vacío enardecido de luz. Tantos ojos que me miran sin juzgarme. O por lo menos, es lo mínimo que espero de ellos. Piropos y elogios.

Conferirle al rincón el título de testigo de mis ideas, aquellas que crecen en mi, con total sutileza, día a día y hora a hora. Ennaltecer en silencio los frutos y las virtudes que todavía no están presentes con un acto solemne.

Mirar fijamente a la nada, quemar menta para calmar los pensamientos y reducirlos a banales cenizas blancas. Que no son blancas, por cierto, ni puras, son viscosas y amarillentas.  

Escribir mis deseos en un sobrecito de papel, uno que escondí en el bolsillo de mi vestido. Sobrecito de té verde, mango, romero, jengibre y ananá.

Quemar cáscaras de naranja para avivar la alegría agreste en el correr de mis días y la consagración de un milagro.

Cerrar un círculo. Celebrar lo intacto y lo desconocido de un nuevo inicio, todavía en una burbuja de tristeza y en color sepia.

Sadness by Julia Margaret Cameron 1864

Setenta aleteos por segundo

Llegué allí cargada de historias. Me miró a los ojos, cómplice, me sonrió sin dudar y envolvió mis relatos audaces, mis crónicas, mis desplumadas anécdotas y mi runrún con el más fino y majestuoso papel de regalo. Papel de fondo blanco y presagios, con orquídeas tropicales y colibíres de tonalidades azules y doradas.

En esos instantes, sólo la dulzura de su mirada, la habilidad de sus finos dedos y el reiterado doblez de origami del papel que formaron sus manos al envolver aquel libro fueron para mi como un sueño elíseo.

Hay momentos precisos, de unos cuantos titilos, que necesitamos que alguien nos recuerde lo que es sentir una vez más el amor cuando lo hemos olvidado por completo. Qué serenidad se siente en ese desafío de esos cuatro mil aleteos por minuto que alguien nos traiga a la memoria que estamos vivos, que respirar es un prodigio y que el corazón todavía palpita con insistencia.

Encontrar un colibrí azul impreso en aquel papel no era una coincidencia. Era un cerrar de ojos y un suspiro de alivio.

Me permití sentir esa súbita resurrección de mi alma. Me permití creer que el colibrí era el mensajero de tus palabras, de tus latidos, de tu cielo, de toda tú.

Tú, que ya no estás presente, pero al mismo tiempo, muy acurrucada en mi infinito.

Una vez leí que aquello que no queremos sanar es porque el dolor que nos causa es el único enlace con aquello que, imposibilitados de aceptar, perdimos.

Me pregunto cómo hace el colibrí para flotar en el aire sin moverse.

Me pregunto qué es al fin y al cabo el amor mientras paseo mi letargo y mis historias envueltas en el papel con colibríes por el sinfín sin ritmo de calles y de ciudad.

Me pregunto si todo el amor que te confesé y que con inocencia perdí, volverá algún día a renacer en mi. Ese amor tácito, incondicional. Esa sensación de pertenencia. Ese calor de paraíso. Esa complicidad. Ese roce de nuestros labios. Ese néctar. Esa pasión. Ese secreto despertar. Ese parpadear. Una vez cada cuatro segundos.

Ese batir de alas.

ELIXIR

Hay días como hoy que ato mis pensamientos con un hilo celeste de lino muy fuerte a mi dedo índice y a la casa de mi infancia. Lo sujeto así como aquel niño que sostiene el hilo de barrilete en el viento, en lo alto del cielo.

El hilo está amarrado a las grietas de las paredes, a las baldosas del patio, está anudado a las ramas de los nogales y al tejido lindero de alambre.

En la búsqueda de soporte, retorciéndose de dolor, el hilo va formando un fuerte nudo, haciendo trampa, como los zarcillos espiralados y trepadores de la pasionaria azul.

Ahí, en ese rincón del fondo del patio de aquella casa, bajo los nogales, cerca del paso del tren de carga que veía por las mañanas, crecía el mburucuyá silvestre. Mburucuyá, como llamábamos a la pasionaria entre mis amigos y los conocedores del sabor de sus frutos, en lengua guaraní.

Enredo el hilo de lino a los zarcillos. Los observo atentamente. Los zarcillos parecen no defenderse del estímulo y del contacto con mis manos. Dicen que el tiempo de reacción varía entre los treinta segundos y las dieciocho horas y que después de un contacto pasajero pueden volver a su posición original. Y si no encuentran ningún apoyo, al envejecer, se enrollan sobre su lado inferior o se secan.

Como los zarcillos de la pasionaria, en los momentos más inesperados y los lugares más confusos y exóticos del día, me enredo en la corona de la flor de la pasión. En sus ocho centímetros de diámetro me dejo lanquidecer. Y me pinto las uñas nacaradas, para que tu me confundas con las hadas.

Tomo la botellita del elixir. El elixir tiene efectos sedantes e hipnóticos.

20 cl de una mezcla exquisita de hierbas seleccionadas de todo el mundo y azafrán, que luego se maceran y destilan con 40% de alcohol. Anís estrellado, canela, saúco… Dejo caer unas gotas sobre mi lengua. Me lo ha recomendado una mujer muy sabia, en el camino de los campos de lúpulo aromático.

Aquí estoy, desnuda, reflejada de pronto en una de las gotas que cae en uno de los pétalos de la pasionaria. Entrelazada a los anillos del astrolabio de hierro en medio del jardín, bajo los rayos del sol de verano, pensativa, en puntas de pie, esperándote. Atravezada por la flecha de metal. Intentando determinar la posición y la altura de los astros en el cielo.

Estoy, pero no estoy. Vivo, pero no vivo. No siento el calor del sur, ni los vientos fríos del norte.

No te preocupes, el punto de mira de la flecha apunta a la estrella elegida. Las coordenadas celestes indican perfectamente dónde estás y dónde estoy yo. También pueden especificar tu distancia de la mía.

Sin embargo, es como si tuviera un vacío galáctico interno entre las vísceras serosas, entre los huesos de marfil y la piel entumecida.

Me duelen las pestañas y el iris marrón de mis ojos, los músculos del cuello, la latitud de la espalda, las contracciones del corazón. Junto los pedacitos astillados entre los sépalos de la pasionaria. Aserrín áspero y jabonoso con el que me lavo las manos. Clavos con los que me torturo el cuerpo y vidrio molido que mastico hasta hacer sangrar mis encías. Bocanadas de suspiros y llantos amordazados. Silencios infranqueables que escucho como ecos desde el fondo del patio de la casa de la infancia. Silencios que ato con el hilo de barrilete celeste que ese día me regalaste y que, aparentemente, olvidaste que era mío.

Tomo el elixir y sirvo el licor en una copita. Dicen que cuanto más fino el cristal, mejor es la melodía. Dependiendo del nivel de elixir, la copa cantará con un tono más agudo o más grave.

Antes de beberlo, mojo mi dedo índice en la mezcla de las treinta y dos especies de plantas y hierbas que forman la base del licor. Froto con suavidad el borde siguiendo su circunferencia a una velocidad continua y regular. El caliz de la copa, al cabo de unos segundos, comienza a evocar nuestra canción.

‘Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta’ nos decía Carl Jung.

Quisiera despertar de esta pesadilla, sin dudas. Del colapso. Del final del mundo. De este enriedo de hilos celestes. Pero ya no le tengo miedo a los recuerdos. Ya no habito entre estantes de sedas y terciopelos, entre cajitas de perlas, piedras y lentejuelas doradas.

Ahora vivo entre lagos y jardines de flores de encaje, entre helechos salvajes y el croar de las ranas.

Llevo una tiara de plumas de palomas blancas y una capa bordada de alas de libélulas esmaltadas, escarabajos y chicharras.  

Julia Margaret Cameron

Saṃsāra

Volver inesperadamente a la esencia de la vida, al existir de las palabras, a lo místico de un primer momento al espejo y a lo mágico de una mirada recíproca.

Volver a la naturaleza de la tierra, a la sabiduría y el álgebra de la semilla original y a la causa y principio de todas las raíces.

Volver a la pureza de la fuente, al agua de lluvia, no a su seductora superficialidad, sino a la profundidad de las sombras y a la luz de la memoria varada en el fondo del aljibe.

Volver a cruzar el puente que une los misterios universales y los dos continentes. Volver al lugar de origen, a la honestidad, a la verdad. Volver a la búsqueda de una respuesta sobre el significado de la propia existencia, la historia no lineal y la identidad.

Volver al aprendizaje, a la lógica y la plena consciencia de cada instante. Volver a vagabundear, a predecir tormentas y hacer mediciones cuidadosas de las constelaciones y estrellas en el cielo.

Volver a nacer y entender los grandes enigmas como el amor, la muerte, Dios, el bien y el mal. Volver a anidar en otro simbólico refugio, no necesariamente el mismo que me sostuvo aquí durante tantos años.

Volver a la resonancia de las risas impredecibles, volver a sentir el sol en las venas del destino. Volver a sudar de felicidad al volar con las aves en la sincronicidad de los viajes en el tiempo.

Volver a lamer la herida original y sanar, dejar sostener con amor la palma de mi mano y renovar la pasión de mis células. Volver a despertar para dejar que mis ancestros besen la sutilidad y la libertad de mi frente.

Volver al equilibrio sereno del regazo, al teorema y al ritmo del silencio diáfano del alma. Volver a llenar el tan temido vacío del amanecer, del mediodía y de la noche con la belleza de las flores suspendidas en el espacio que nos separa. Aquel entre tu y yo.

Y así volverte a mirar a los ojos como la primera vez. Y así volver al eterno retorno, a ese día que siempre volvería una y otra vez y nunca desaparecería. Volver a la repetición infinita e incansable del mundo, donde éste se extinguiría para volverse a crear.

Sarah Moon

Alchimia et universum

Desde niña me había fascinado la vida de Sissi, había leído en los años ochenta todos los títulos de la saga. La colección roja de la biblioteca para jóvenes lectores de mi escuela contaba con todos sus libros: Sissi frente a su destino, Sissi la fierecilla, Sissi pequeña reina, Sissi y el fugitivo, Sissi emperatriz, Sissi en la isla Madera. Aquellas soñadoras ilustraciones de las tapas con la firma del artista español Aniano Lisa, esos ojos oscuros y melancólicos, su aura de soledad, su rebeldía y perseverancia me hacían soñar ya con ella. En su diario secreto, Elisabeth escribía en su niñez:

Soy una niña de domingo, hija del sol.

Los rayos dorados bañaron mi trono.

Y sus rayos brillantes se trenzaron en mi corona,

Luz del sol que amo, y que habita en la zona dorada.

Hija de la fortuna, nacida en la melodía cristiana de la noche de navidad de 1837, estaba destinada a vivir en aquella gloria dorada de las ambiciones de duques y archiduquesas, entre los ramos de flores de la vida imperial, los paseos en carruajes tirados por caballos de crines plateadas y blancas.

Leal a la libertad de los veranos del castillo de Passenhofen, fue vendida a los quince años a la próspera institución del matrimonio. Muerta de miedo al llegar a Viena, vivió llena de remordimientos por más de treinta años, pero fue a su vez obediente a la jura de votos inentendibles, que nunca se animó a romper.

Romper las reglas es algo que puede asustar a priori. Al fin y al cabo, se dice que las reglas están para cumplirlas.

Regla número 1. El propio bienestar y/o la felicidad dependen de uno mismo.

Regla número 2. El objetivo de estar en pareja es el bienestar afectivo de ambos.

Regla número 3. El amor no tiene nada que ver con el sufrimiento y el dolor.

Aquello de la demandante vida monárquica lo lamentaría toda su vida. Enjaulada en crinolinas, protocolos y corsés, fue envuelta en puntillas de encaje de vaporosas mangas de seda y terciopelo de exuberantes vestidos victorianos, incontables rumores, una cintura de diecinueve pulgadas, una hermética rutina y un servicio militar, una demasía de disciplina y la malisia de su nueva familia aristocrática.

Especialmente orgullosa de su larga cabellera color castaño que solía decorar con coronas de trenzas, estrellas de edelweiss y diamantes, y su pasión por la equitación, estaba obsesionada por la juventud de su cuerpo, la fragilidad de su belleza y la finura de su silueta. Esto le generó numerosas neurosis y ansiedades y un intimidante narcisismo. Considerada una de las mejores amazonas de Europa, los ecos de sus admiradores eran sus únicos puntos de pertenencia a la realidad del universo.

Camille ha sido la compositora de la música de la película austríaca Corsage, la emperatriz rebelde, una reinterpretación de su vida y su reputación que no he dudado ni un segundo en ir a ver hace unos meses. La directora de la película, Marie Kreutzer, muestra el lujo de romper las reglas.

Como dice la sabiduría popular: ‘las reglas están para romperlas’. Y en algunos casos, desde luego, es el único camino para que la sociedad, el conocimiento o la cultura evolucionen.

Ella era es el título del tema musical de la película, que me hizo recordarla a ella, y también, a mi misma, y, por supuesto, a las reglas del amor.

[Verso 1]

Cuando ella estaba en casa

Ella era un cisne.

Cuando ella estaba fuera era un tigre.

Y un tigre en la naturaleza no está atado a nadie.

Cuando ella estaba perdida

Ella era un sapo.

El día que la encontré en el camino,

Le di agua y una rosa

Y mientras se estiraba

Salió el sol

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

Cuando la conocí, su casa era todo lo que yo había soñado alguna vez entre los párrafos y las páginas de los libros sobre Sissi. Las luces tenues, la madera, los atardeceres soleados. La serenidad y el silencio. Las palabras leídas, pero no dichas. Ella era una especie de estrella, de nube, de estela, lánguida, recostada en la hierba, que podía confundirse con el horizonte dorado de la fiesta de su jardín.

Entraba y salía por la puerta de su casa como un cisne, con sigilo, cargando toda especie de nidos y huevos en su espalda, en su cuello, en sus hombros, amarillos claros, celestes. La puerta parecía el borde de un lago marino. Cuando el mundo la cansaba, anidaba su cuello en la isla de su sofá, entre los pétalos de rosas frescas y las plumas blancas de sus almohadones de terciopelo, sobre mi regazo.

Durante las temporadas de migraciones, cuando toda ella personificaba el poder, la astucia, la fuerza, podía recorrer cientos de kilómetros sola en busca de aventura como un tigre. Entonces la puerta se mantenía cerrada, las cortinas bajas. Nunca la encontrarías en casa.

En tiempos de indecisiones, ella era como la esposa de Yi, el Buen Arquero, originalmente conocida como la diosa Heng’e que se refugió en la luna, después de robar el elixir de la inmortalidad.

En la luna, donde según las leyendas, vivía un sapo, Los chinos creían que cuando el sapo se comía a la luna así ocurrían los eclipses.

[Verso 2]

Cuando ella era joven

Ella era una vaca

Y todo el dia

Ella ordeñaba las estrellas.

Ella me enseñó

«Mujeres: para sobrevivir

Se debe ser infiel al hijo»

De todas las maravillas del mundo

Ella era una dama con un pájaro.

Ella debe haber tenido tantas vidas.

¿Era esa la primera?

¿Fue esa la última?

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

A veces, ella se recostaba a medianoche en el rocío del césped, con su camisón blanco, su piel transparente en la alquimia de la noche a desafiar las Pléyades de la constalación de Tauro, los cielos, los dioses y hasta a mi misma.

A veces podía ser como una de esas damas victorianas, de mil vidas y extrema gracia, de sombreros enormes y plumas de pájaros, sosteniendo el paraguas de puntillas y frunces. Mi Romy Schneider. Mi Vicky Krieps. Mi Lily Elsie, como yo la pensaba, como yo la amaba. Aclamada por el público como aquella actriz de Broadway que tanto se le parece. Podía capturar todos los corazones con su encanto, su popularidad, su talento y sus perlas al cuello y su broche de esmeraldas.  

[Verso 3]

Cuando ella estaba enferma

ella era una ballena.

Era tan paciente que esperaría

Hasta que le cante en la calle

Las melodías más dulces para aliviar su dolor.

Cuando ella fue vieja

ella fue una lechuza.

La vi balanceándose en el cielo.

Y cuando ella murió en mis brazos

me di cuenta de que era un gato.

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

Sus ojos celestes y los de las lechuzas no soportan la luz directa del sol, por eso en el antiguo mundo se las consideraba símbolo de la noche, de lo oscuro, lo oculto y lo secreto. La brujería y los hechiceros. La clarividencia, su percepción extrasensorial y su bola de cristal.

A pesar de su vejez, me la imaginaba capaz de mantener sus ojos abiertos aun ante la inclemencia del sol del mediodía. Su rostro, cubierto de fino encaje negro para atenuar sus rayos.

Los ecos de la noche, los oráculos, las patas de conejo bajo su almohada, las herraduras de caballos que colgaban en sus paredes, los colmillos de animales que guardaba como amuletos contra el mal de ojo, todo eso me hacía pensar que el búho del que me hablaba había sido desde el principio su mascota de maga.

Ese búho blanco que salía bajo su capa cuando bailaba desnuda bajo la luna llena y que le cantaba durante las noches lo relacionaba sin duda con la divinidad, la inmortalidad, los astros y las fuerzas cósmicas, no con las tinieblas y la muerte.

Según Ovidio, fue la misma Perséfone, la que transformó a Ascálafo en búho rociándolo con agua del río Flegetonte.  

[Puente]

A veces me pregunto

Si mi niña

Tendría sus ojos

Para ver a través de mí.

Y cuando muera

Y vuelva a nacer

Me pregunto que seré

¿Una piedra?

¿Un gato?

¿Un árbol?

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

Siempre me imaginé una hija con sus ojos. Libre, valiente como Sissi, vestida de amazona, de moño de encaje al cuello y guantes blancos.  

Lo he pensado mucho al final de la película, cuando la emperatriz se suicida en el Océano Atlántico al saltar de la proa del barco.

Cuando yo muera y vuelva a nacer quisiera ser un árbol. Un árbol gigante en uno de esos bosques mixtos que ella tanto ama, de coníferas, de robles y de hayas. Para poder acunarla entre las pequeñas aves, los frutos, los insectos, los huevos de pájaros y las ranas.

Museum Ludwig Köln – Empress Elisabeth of Austria collection

Liturgia de jacarandás  

Es la torre más alta de la ciudad.

El reloj público de la torre se había detenido a la una y media.

Decían que debían llamar a un experto en relojería y mecánica del tiempo.

Tampoco era tan simple encontrar una persona con los conocimientos teóricos y prácticos en materia de relojería. No se trata de un reloj de bolsillo, ni de péndulo, ni caja de música con pájaros cantores, sino del reloj de la torre de la iglesia protestante de la ciudad.

Las campanas de la iglesia, de estilo neogótico, habían sido traídas de Alemania. Sonaron por primera vez el 26 de diciembre de 1895. Los movimientos de las agujas y sonidos de las campanas debían estar coordinados y, el mecanismo, para mi hasta ese entonces, oculto, cobraría un inolvidable significado poético a partir de ese año.

1990. Había cumplido trece años y las palmas de mi mano eran tan grandes como hoy y podía observar las mismas líneas de vida. La línea del destino ya indicaba el camino que yo seguiría en mi viaje y cómo este influiría en mi futuro, el ritmo, la melodía y sus disonancias.

En hipótesis, todos los que subíamos la escalera en ese momento teníamos un antepasado común, universal, según Darwin. Y todos, el mismo dios, según los salmos que cantábamos los domingos por la mañana en el templo. Todos éramos jóvenes luteranos, bautizados con las gotas de agua divina en aquella pila bautismal emplazada por las familias de inmigrantes de origen alemán, suizo, austríaco y belga. Todos ellos constituyeron a finales del siglo XIX las congregaciones cristianas evangélicas del Cono Sur, en Argentina, Paraguay y Uruguay.

Octubre de 1990. La confirmación de mi fe.

El ascenso era un regalo de Dios, nos había dicho el pastor.

Dejé las huellas de mis pisadas en aquella escalera de madera, plagada de polvo y líquenes crustáceos, como aquellos que viven fuertemente arraigados a la superficie de las rocas medievales.

En cada paso que daba, en cada respiración, en cada oración sentía el poder de la comunión con mis ancestros, quizás no tan clara como la entiendo hoy. Los registros en alemán gótico, los linajes, los mitos bíblicos, las líneas musicales del órgano y las plegarias se unían en voces en espiral y vuelo de ángeles que me envolvían con sus himnos y alas. Y las campanadas. Todavía resuenan en los rezos memorizados al pie de mi cama de niña.

En mis manos se bordaron los credos de mis antepasados alemanes, las confesiones de mis abuelos paternos, las predicciones de mis tatarabuelos maternos y las astillas de sus barcos que zarparon un día de tormenta del puerto de Hamburgo.  

1990. Fue el año que comencé a armar mi árbol genealógico.

Anoche pude recordarlo y reconstruirlo en una de mis meditaciones diarias. Ya había olvidado sus ramas y ese ascenso en espiral por las escaleras de la torre.

Octubre de 1990. Primavera.

Dios no vendría a nuestro encuentro en la cima de la torre para juzgar a los vivos y a los muertos. Sino para enseñarnos la vista más maravillosa de la ciudad de Esperanza. Un regalo del cielo. Liturgia y eucaristía. Consagración de la primavera. Concierto de flores azules, celestes aterciopeladas. Todo junto. Corona de jacarandás alrededor de la plaza central. Susurros generacionales y preguntas existenciales.

Flores y árboles que no existen en Bélgica.

Augurios primaverales y rondas de golondrinas. Círculos misteriosos de adolescentes. Adoración de la tierra. Evocación de los antepasados.

Scala paradisi

Me ahogo. Sigo anclada a los abismos del océano Atlántico.

Como si me despertara después de una tempestad.

Es un milagro seguir viva. O eso pienso, cada segundo que pasa antes de envejecer.

Me veo, allí, en el espejo inalcanzable donde vuelan los cisnes, ahogándome.

El silencio.

Parece a simple vista una gran piscina, no un océano. Paredes rosadas, sin olas y fondo de rocas negras.

Hace mucho tiempo que estoy aletargada en el fondo marino, que ni ella, ni tu, ni yo conocemos. Lo extraño es que ya ni siento el vértigo.

El desapego.

Veo, a lo lejos, un poco difusos, los peldaños de la escalera del amor místico. Son treinta escalones que conducen al paraíso. La perfección es tentadora, pero no existe.

La oración.

No hay razón para que se conozca mejor la Luna que el fondo de los océanos, dicen los biólogos.

Lo intenté. Te lo juro. Cada día, al abrir lo ojos, con el primer aliento, lo intenté.

La obediencia.

Comencé a nadar, pero me detuvo el vértigo en el medio de la piscina, en la zona más honda. Unos filamentosos helechos marinos, los lastres de la vida y unas cuerdas color naranja amarraron mis piernas y mis pies, enredaron mis pensamientos y me obligaron a hundirme.

La penitencia.

Desde lejos, a tres mil novecientos metros de profundidad, pude ver la danza de los cisnes, más allá de la superficie y la galería de imágenes de nuestros recuerdos. Uno blanco, otro, negro. Tu, yo. La unión de los opuestos. Ánima y ánimus. La dualidad de la luz y la sombra, lo femenino y lo masculino, la vida y la muerte.

La verdadera peregrinación.

Intenté deslizarme entre las algas doradas, pardas, marrones o feofíceas, las rocas y las burbujas en un ascenso en espiral hasta alcanzar los cisnes. Pero los perdí de vista. Sólo vi flotar un par de libélulas muertas entre la locura de las frondosas matas flotantes, delicadas hebras y anchas ramas aplanadas de algas en forma de abanicos entre colonias de células, plancton y esporas flageladas.

En medio de una crisis, a menudo nos preguntamos si nos hemos vuelto locos.

El recuerdo de la muerte.

Me enredé con las raíces fibrosas, las láminas lisas, pegajosas y arrugadas y vesículas llenas de gas de las algas justo antes de rozar la superficie del agua y poder respirar.

La esperanza.

Un rayo de sol se reflejó en círculos elipsoidales y concéntricos y me encandiló. Cerré los ojos. Creí verte.

Mis dedos y mis labios se abrieron paso entre los tallos y las hojas de las algas. Pero los cisnes ya no estaban. El espejo yin/yang, las paredes del templo y el altar donde volaban habían desaparecido. Sólo vi la escalera del divino ascenso.

La renunciación.

Me pregunto si los peldaños de la escalera están relacionados conmigo, con los cisnes, con el fondo del océano; si me alejarán de todo lo terrenal, de la inocencia, de los recuerdos y de ti.

Ilse Moore

In suspenso

Las horas, los minutos, los segundos colapsan insalvables, sin más, como en acordeón,

se amontonan como bruscas corcheas y semifusas en las arterias inertes de mi corazón.

La piel resquebrajada de mis manos desnudas intimida y el miedo al desenlace castiga.

La asfixia sigue a mi cuello anudada y las lágrimas de algas, que ojalá bendigan.

Las fechas se burlan de mi, las palabras se empantanan como medusas en mi garganta,

agridulces, gelatinosas, y miro el reloj de arena con desencanto mientras me atragantan.

Las hojas desenmarañadas de mi diario, arrancadas a tirones y diestros tijeretazos

las pliego, las releo, las contradigo, las piso, las tiro al fuego a inevitables latigazos.

Y la tinta del calamar que me persigue y da color negro a mi sangre y mi saliva

me enfrenta y se convierte en existencia, en elixir de inmortalidad y de larga vida.

La clorofila de las orquídeas es testigo de la indigestión, del hartazgo y del delirio,

del castigo, del largo silencio al final del párrafo y de los puntos y aparte haciendo lío.

El fastidio de noches en vela, el hechizo al encandilar con linternas las plateadas polillas,

el desconcierto de andar a tientas con pies descalzos, fríos, sin medias ni zapatillas.

La malvada ansiedad que todo lo tiñe de engaños, de amenazas, de luces y de sombras,

la persecución de almas inocentes y la lectura de cuentos infantiles entre las alfombras.

Incestuosos adagios bajo el sol de verano maldito que intento espantar

como burbujas y densa espuma de moluscos que no dejan de atormentar.

Secretos que naufragan, crecen y decrecen en la marea y el desvelo de madrugada.

La compasión y la serenidad se escapan entre las grietas despreocupadas y yo, empalagada

con la melodía insostenible del harpa que alcanza las líneas invisibles del pentagrama.

Tiempo que despliega sueños que engañan la memoria y dejan en blanco el crucigrama.

La herida es por donde entra la luz, decido atenuarla tirando del cordel de terciopelo.

Los desafíos de un destino que pende de hilvanes de hilo y los corto con escarpelo.

Una voz que me atrapa y me arrastra a subir a la punta inalcanzable de la torre

Y me impone caminar por la cuerda floja, que vengan las diosas, las moiras y me socorren.

Entonces ahí, en suspenso,

que las horas, los minutos, los segundos se congreguen obligados frente a mi y se supediten

Y que no se apresuren, ni se amontonen en el bullicio desamparado de mi escondite.

Sarah Moon