Sueño de noche de verano

Dormía de más para no estar despierta por el día. Era tarde para remordimientos. Pero demasiado temprano para levantarme. Ya no me importaba la vigilia, el equilibrio o la supervivencia. Envuelta en las sábanas de franela de algodón, podía escuchar cómo Leah repetía su nombre desde lejos, detrás del espejo.

Deseaba escaparme y recostarme en la tierra ficticia de aquel patio de mi infancia, arrodillarme entre los cardos altos, extender los brazos al cielo, sentir con mis manos la caricia de las recentísimas hojas nuevas de la hierba y de las flores del ciruelo desfallecidas con tanta cautela entre las firmes piedras.

Ya no sería un desafío arrastrarme por la hierba, esconderme y desaparecer en el hueco de lo que quedaba del tronco del ancestral ciruelo, desnuda, entre la resina, el carbón y el resentimiento, entre los helechos y amarantos. Aceptar el sabor amargo de los pensamientos sumidos en el agujero negro de la nostalgia. No era justo, pero era precisamente ahí donde solían acumularse los recuerdos que ya no quería perder y el deterioro del ensueño diurno.

Sabía que Leah seguía pensando en mi. ¿O era pura distorsión de la realidad y somnolencia? Quería atravesar la antipatía de los huesos que se extendían desde mi espalda hasta los nudillos de mis manos con inmortales tallos de rosas y dejar las espinas acapararme y arroparme entre venas, líneas de sangre, fatiga y espasmos.

Quería respirar, crear un espacio entre el tronco y las espinas. Dormir. Seguir durmiendo por la eternidad. Así tendría tiempo para sembrar bulbos y brotes de fresias entre los huesos de mi clavícula y mis cicatrices, plantar orquídeas colgantes de mi boca y dejar crecer raíces y flores de ghysophila rosa y blanca entre mis cabellos despeinados y largos, y así poder ver, entre ellos, las sombras de las ramas finas proyectadas en mi piel pálida de eterno invierno europeo después de tantos meses de ausencia.

—¿Debería despertar? ¿Elevar una plegaria al cielo? —me preguntaba entre bostezos y suspiros incontrolados.—  ¿Cuántas horas quedan por dormir ? ¿Es hora de dejar todo atrás y abrazar la ambigüedad del día a día, de las corolas de la pasiflora que trepan por el tronco y las ramas?

Quizás debería haber interrumpido las conversaciones de las flores con libélulas de pintitas azules en sus alas y rayas naranjas. Sentirme triunfante y así ser capaz de mitigar la intensidad de mi soledad. Dejar posar las libélulas sobre las halucinaciones de mi cuerpo, sobre la piel nítida y descascarada de mis manos. Sobre las trenzas malhechas que cruzan la tensión de mi frente. Dolor que palpita y late.

—¿Has intentado masticar las hojas de diente de león y beber el té medicinal de sus flores?— le había preguntado Leah unos días antes, al inicio del sueño y la migraña.

La infusión parecía ser como una especie de poción mágica para los repentinos y persintentes dolores de cabeza. Tres días seguidos de melancolía y dolor. Sensibilidad a la luz y a los cambios de temperatura corporal. Tempestad.

—No, ¿acaso son comestibles?— le respondí adormecida.

Entrecerraba nuevamente los ojos. Sólo recordaba hacer volar sus semillas por el cielo liviano e inconstante de parques y patios cuando era niña. Ya no recordaba los tres deseos.

—¿Cambiarás de idea, Leah, o intento dormir? No te retrases ni con el té ni con tus disculpas. —Balbuceaba. —Lo mejor sería no cambiar el número de horas que duermo cada día. Odio los sueños fragmentados.

Siguí soñando con burbujas blancas aterciopeladas que inundaban el jardín tostado del patio en verano.

—Eran burbujas que almidonaban el césped y atraían las odiosas orugas peludas, los caracoles herméticos y otros delicados moluscos.—Hice una larga pausa para respirar—¿Es muy tarde para la reunión de té, los pasteles y la reconciliación en el medio del bosque? Si no vienes, déjame dormir.

Cada medianoche, alrededor de las doce, insectos indeseados como las polillas nocturnas forman lazos y nudos heridos y pegajosos de alas entre las luces de las lámparas, mientras vuelan violentamente, atropellándolo todo. Se parece a un festín, y, a la vez, al fastidio de insospechadas hadas desnudas y aladas guiadas por Titania que se burlan del amor y que se roban las semillas puntiagudas y negruzcas para usarlas de varitas mágicas y practicar su puntería en medio de las ruinas de mis días y mi letargo.

Respiré hondo.

—Se que no vendrás, pero sigues pensando en mi — le dije entre suspiros —Déjame ya, que siga acurrucada en mi propio sueño de una noche de verano en medio del invierno, de descanso entrecortado y ridículo, de líneas nerviosas, de hojas mal dibujadas y distorcionadas por la noche sin luna, de capullos ondulantes de fresias como de cera abrillantada. Déjame dormir. Escóndete detrás de la puerta, si quieres. No tienes nada que perder, sólo escucharme adormecer.

—Déjala despertar ya, y bésala —dijo la voz. —Aunque el manto negro de terciopelo y oro cubra su cuerpo desnudo sobre la hierba, en medio de la enredadera contagiosa de mariposas y libélulas, aunque sus pies fríos sigan visibles entre los dientes de león ya marchitos, aunque sus ojos se envuelvan de nubes y manchas negras y líneas elípticas de sangre y venas.

—Déjame ya, —repetí —que escuche las voces solidificadas en las piedras de los héroes armados que vendrán como corsarios a través de mares y océanos a rescatarme.

—Déjala ya, —siguió la voz — que pueda ahorcarse el cuello con flores de pasiflora fragantes, y triturar sus sueños con sus martillos, sus pistilos y sin cuerdas, pero déjala dormir. Déjala morir sintiéndose derrotada hasta que la percusión de su angustia llegue tan lejos como las semillas del diente de león y se hagan evidencia en países lejanos, en el tiempo y en el espacio de otros continentes. 

—Déjame ya, — le supliqué —que sofoque el engaño y consagre la espera de aquellos dioses, orfebres y héroes de cascos alados que indudablemente vendrán a salvarme. La magia existe. Se que traerán con ellos anillos de oro, arcos y flechas, que cruzarán a caballo bosques encantados de rosas de tallos petrificados, de espinas y de clavos oxidados, que me defenderán con escudos cilíndricos dorados y espadas afiladas de acero labrado. Morirán así las venenosas serpientes de mis sueños, igual que las herejes y escurridizas lagartijas, hipnotizadas por la mirada de las lechuzas borrachas de curiosidad.

—Bésala en la frente, — ordenó a Leah la voz —aunque quiera esconderla entre fresias y trenzas, y aunque sus mejillas estén deshechas entre heridas abiertas de espinas y salvajes frambuesas, aunque sus labios ya no sean más que de escamas tornasoladas verdes, lilas y afiebradas.

—Bésame, — le dije exhausta — y protégeme del colapso con tu gélida espada. Deja que pruebe el jugo azucarado y empalagoso de las flores de fresias que tenía prohibidas cuando era niña. Se que estás cerca. Déjame beber el néctar del cáliz sagrado entre las guirnaldas de hadas y pasiflora, como si fuera el regalo más preciado que puedes entregarme. Dibuja aureolas doradas sobre mi frente como antes. Toma mis manos frágiles, casi muertas, y déjame caminar a tu lado en el desiderátum infinito del atardecer, vestida del color más claro de pétalos que encuentres, sin mirar nunca más ni hacia el pasado ni hacia lo que quede detrás de nuestras espaldas.

Dimanche a Grisy – Sarah Moon 1987

Más allá de la luz

Prendí velas rosadas. Velas viejas que encontré guardadas en un cajón de la casa, quebradas, un poco desteñidas, pero de un hermoso color durazno encerado, nacaradas.

Dicen que son las más idóneas para invocar el amor. Y que el pedir un deseo al soplarlas se remonta a los antiguos griegos, cuando horneaban pasteles y los cubrían con velas para pedir un favor a Artemisa, la diosa del amor. Se creía que el humo de las velas apagadas llevaba el mensaje a los dioses en su ascenso al cielo. Una sola llama que se eleva en el vapor de inspiración y ofrenda.

Algunos usan velas rotas para establecer contacto con los espíritus y seres sobrenaturales, y para pedir su protección y su guía. Supersticiones que algunos siguen respetando con una fe ciega, convencidos de su poder.

—Los fantasmas no existen— me repito en voz alta —Son sólo creencias irracionales descriptas en los mitos y leyendas de tiempos pasados. Debo despojarme de estas ideas.

Dicen que sólo hay que encender las velas del ritual con fósforos de madera. Nada de encendedores, sólo con un palito que los griegos han llamado Φωσφόρος o Phōsphoros, que significa portador de luz. Qué bello nombre.

Vi las primeras chispas, pero me costó prenderlas, fueron momentos de incertidumbre y escalofríos. Dicen que la superstición se alimenta de esos instantes inciertos ante situaciones incontrolables y los delirios.

Quizás la madera de los fósforos era vieja. ¿O no ejercí la presión adecuada sobre la caja? Demasiada sobriedad la mía. Seguramente no hubo suficiente fricción para que un punto de la cabeza alcance su temperatura. Lo intenté una y otra vez, coloqué mi dedo índice justo detrás de la cabeza del fósforo. ¿Cómo hacían en la antigüedad para encender el fuego con los troncos y ramas de madera? Quizás necesito hacer fuego con una lupa o usar mis espejos ¿o con el fondo de la botella de champán? Quizás debí frotar dos palos muy secos durante unos minutos o hacer saltar chispas de dos piedras recogidas en el fondo del mar. Térmica y luz. Dicen que puedes valerte de una sola roca, un ladrillo o una superficie rugosa. Parece que la cerámica también funciona. Combustible, calor y oxígeno. Eso es lo único que necesito. ¿Sabías que cuando era niña me comía las cabecitas negras ya quemadas de los fósforos? Mi cuerpo debe tener una alta dosis de sesquisulfuro de fósforo. Aquel elemento químico de la tabla periódica denominado con la letra P que fuera descubierto por accidente en búsqueda del oro en 1669. Dios mío.

Enciendo las velas. Chispean sin recato. ¿O es que truena? ¿Será afuera una noche de tormenta? No, son las velas que hacen ruido aquí dentro. Sin embargo, he visto el refucilo. Serán burbujas de aire o impurezas en la cera. Quizás la acumulación de carbón o un hongo en la mecha.

Creo que las mechas estaban un poco deshilachadas, aletargadas por el tiempo y la humedad, pero allí están, encendidas en los candelabros de cristal. Finalmente lo logré, con el último palito de ocho centímetros de los cien que contenía la cajita. Guardaré la caja de recuerdo.

María Elena Walsh escribió que en una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Un rayo de sol – aunque hay que encerrarlo muy rápido para que no se lo coma la sombra – un copo de nieve, e incluso una lágrima muy gastada.

¡No…no ! las llamas se apagan. Ha llovido mucho o quizás he dejado caer demasiadas lágrimas sobre la mesa sin darme cuenta. No puedo permitirme que se apaguen, las creencias dicen que tendría que reiniciar el ritual. Y no puedo perder el tiempo. ¿Será que el viento se filtra por las grietas en la pared? ¿Entra una corriente de aire en la habitación? No, no puede ser, he cerrado las ventanas. ¿Tendría que haberlas encendido en el corazón del altar?

Evocaciones y súplicas. ¿Será que las velas son muy cortas ? He leído que deben medir como mínimo 21 centímetros. ¿Tendré que aventurarme y cambiarlas por velones más grandes, para hacer su temblor más potente?

Enciendo la primera, la segunda, la tercera. Sí, son tres, dispuestas en triángulo. Tu nombre en el centro. Escrito en un papel. El color de las velas determina la vibración de las llamas. Ya no recuerdo bien si debían ser velas rosas, blancas o negras. No, negras no, aquellas tienen mala fama. Las negras se usan para abrir caminos, para revertir o poner fin a hechizos, embrujos o maldiciones. ¿Debería sustituir las velas rosas por blancas? Dicen que el color de las velas determina la purificación de la energía. Las velas son las mensajeras de oraciones. Como las que elevé a Artemisa. Estoy segura que las rosas eran las del ritual del amor. Aunque ya en la antigüedad se acostumbraba encender velas blancas durante nacimientos y matrimonios para atraer a los espíritus del bien. Ahora estoy en la duda. ¿Eran blancas o rosadas? He leído que si los enamorados se prometen amor eterno a la luz de una vela y ésta no se apaga antes de que se consuma, el amor será eterno. Y para ver de nuevo a la persona amada, es preciso dejar encendida la vela junto a la ventana. ¡Claro, ahora entiendo! He corrido las cortinas para que nadie me vea. Así no podrás ver su lumbre desde el jardín. ¡Espera! Corro a grandes saltos hacia la ventana.

Estoy pendiente de la llama, que se haga tranquila y estable. Miro el espejo que se ondula, zigzagueante, más allá de la luz, a través de la llama, que, al principio, azarosa, ahora se hizo grande y está en calma. Dicen que la energía de la llama alta y brillante me reforzará, que es signo de armonía. La llama alargada, llena y bella indica la presencia de un espíritu benéfico, que el ambiente está equilibrado y en paz. Somnolencia espiritual. Majestuosidad de la llama alta. Agradecimiento. Conexión con lo sagrado. Me estremezco. Me pregunto si estaré en el camino correcto. Intento comunicarme con el universo para que las estrellas escuchen mis plegarias y se repitan los ecos de tu voz en círculos, en el espacio, a mi alrededor. No te preocupes, Elena, se trata de un buen augurio. Todo aquello que pidas se hará realidad. ¿Será verdad? Me pongo de rodillas, si quieres, para mantener el equilibrio entre mis silencios y mis palabras. No me dejaré seducir por el juego de las llamas azuladas, o en pensar que la energía no está recibiendo mi mensaje. Si lo pienso racionalmente, la parte más azul correponde a la más oxigenada. Dicen que para crear llamas azules hay que agregarle al fuego cloruro de cobre o cloruro de calcio, que no tengo en este momento. Menos mal. Para crear llamas amarillas, carbonato de sodio.

Miro el espejo donde se refleja el humo del sahumerio de magnolias que arde sobre la cómoda y las tres llamas. Por suerte no son espiraladas. Dicen con total certeza que cuando las llamas bailan en espiral, hay personas que intentan interferir en el camino de ascenso de las intenciones. Así no las oirá Artemisa. Es que tal vez es que he olvidado pasar las velas por mi cuerpo. Dicen que hay que frotarlas siete o nueve veces, como cuando se invocan los ángeles. Cuentan que nuestros antepasados incas ya frotaban en su cuerpo las velas antes de encenderlas para interpretar su humo y predecir enfermedades. A los yachaks andinos antes nadie les creía. Los llamaban brujas y brujos. Usan las velas y mastican hierbas para diagnosticar y curar. Quizás debería inhalar el humo del sahumerio o poner en mi boca hojas, tallos o raíces de ortiga y masticarla contra influencias malignas o desgracias. Si no mal recuerdo, las hojas y los tallos se recolectan en primavera, mientras que las raíces se recogen en otoño, después de la floración. En otras palabras, todavía estoy a tiempo para las raíces. Pero está lloviendo. No me gusta salir por los prados cuando llueve.

Por suerte, las llamas no bailan y son definitivamente amarillas, bien doradas. Hipnóticas. Todo se ilumina, las paredes, los libros, las alas de las polillas y la copa de champán. El universo le está dando luz a mi petición. Una sola llama es suficiente para iluminar la oscuridad. Sin embargo, ahora me doy cuenta que olvidé esparcir la canela sobre el papel con tu nombre. Quizás no tenga tanta relevancia. Me doy cuenta que las velas se consumen muy rápido, sin humo y sin hollín. La punta del pabilo es brillante y se enrula incandescente, eso significa que nos traerá suerte y renacimiento. A ti y a mi, estoy segura. ¡Qué felicidad! Dicen que las velas representan la luz, la esperanza y la purificación que invitan a la serenidad interior y a confiar en la intuición. Aleluya. Cierro los ojos y sueño que estás presente.

Oh, dios, he olvidado algo importante. Las velas rosas debían estar acompañadas por el fuego de una vela de miel, artesanal, fabricada con miel pura y cera de abeja para suavizar y endulzar la relación entre nosotras. Fingiré encender una. Pero parece que sólo se encienden el día 11 y 22 de cada mes, para potenciar la atracción de los amantes. Ya es tarde. No, todavía tengo unos días. Ya casi estamos a fin de mes. A fin de año. Ha pasado ya casi un año sin vernos. Tendría que comenzar otra vez con el ritual. Repetirlo todos los días. La última vez que nos vimos fue en medio del invierno. Debería comenzar el día mañana quemando incienso, sándalo o mirra. Si sigo bien las instrucciones, primero se encienden las varitas de incienso, después la vela de miel, después las rosadas del amor. Hice todo mal, desde el principio del ritual. Lo se.

Seguí leyendo que la ceremonia debe realizarse en las fases de luna creciente y estar coronada por un círculo de sal marina, de agua bendita y cristales. Los cuatro elementos tienen que estar presentes, el aire, el agua, la tierra, el fuego. Sal rosada. Busco los cristales en la cómoda. No tengo agua bendita. ¿De dónde saca uno agua bendita? Dicen que se puede reemplazar por agua de Florida, con perfume a base de ámbar, almizcle y benjuí de Sumatra, Borneo o Java. ¿Será que puedo usar el agua de rosas que compré para tu pastel de cumpleaños a principios de este año?

Y no, no dije en voz alta mis deseos e intenciones. Fueron susurros en medio del silencio. Pero supuestamente, las llamas mantendrán vivos cada secreto, cada plegaria, cada superstición. Tampoco derramé las cinco gotas de cera sobre el papel con tu nombre. Pero no he soplado la vela encendida para no romper la magia. Ahora me doy cuenta que el mensaje no le llegará a Artemisa. Tampoco pasé la palma de mi mano sobre la llama como cuando era niña. No quería que desaparezcan las líneas de mi vida. La cera se ha derramado sobre el candelabro de cristal y sobre la mesa de madera. Las polillas se han quedado pegadas a la cera. Pensé que el fuego las espantaría. Las llamas siguen temblando. Igual que yo y mis ilusiones. He dado y pedido amor. Amor incondicional. Y fuegos de instintos, afecto y deseo que han sido testigos de nuestros miedos y nuestras esperanzas más allá de la luz y la oscuridad.

«So now I think my time is near – I trust it is – I know»/»The blessed Music went that way my soul will have to go»,

Julia Margaret Cameron 1875

Ver, oír y callar

Nunca vi sus manos decorando el árbol de navidad. Nunca oí decirle que me amaba. Nunca le dije cuánto deseaba ser su nieta. Tampoco las recuerdo bien; se que eran manos grandes como las mías, pero no tengo una imagen clara de sus dedos, pero sí de su piel.

Reseca y desolada. La piel de las manos de mi abuela Annemarie, era blanca y sajona, sin perfume ni consuelo, la misma que he heredado yo. Si me concentro bien en buscar entre mis recuerdos, veo en su dedo anular un anillo de oro y piedra color esmeralda, que sólo usaba cuando venía de visita a casa. Me pregunto dónde fue a parar aquel anillo, junto a todas las pertenencias de mis abuelos. Yo sólo guardo como herencia la caramelera y el recuerdo de los caramelos de coco que me extendía con su mano de piel blanca y una distante y melancólica sonrisa.

Manos que casi nunca me tocaron, ni me acariciaron. Caricias que quedaron enterradas en los campos helados de Alemania. Ojos que habían olvidado mirarme. Secretos que quedaban guardados herméticos en la caramelera. Ecos del pasado que la convertían en abuela ausente.

Ella no hablaba casi castellano, por lo menos, no conmigo. Parecía como si el alemán, el vacío y la guerra la hubieran hecho ciega, sorda y muda.

Sin embargo, cuando yo llegaba los domingos a visitarla cerca de las fiestas, los resplandores de un abeto natural decorado con los más preciosos globitos de vidrio y velitas de verdad en medio del living atraían mi mirada y mi fijación. Lo enigmático era que nunca me invitaba a armar el árbol con ella. Me pregunto quién la ayudaba, dónde conseguía el abeto de navidad resinoso o quién le regalaba las finas velas de cera. Era la única casa que yo conocía embellecida con un pino natural en Esperanza. Me atrevo a pensar que los globitos venían bien guardados en el baúl de madera negra que trajeron de Alemania en la década del cincuenta.

Dicen que el primero fue decorado por Martin Lutero en el siglo XVI. Dicen los rumores también que el centelleo de las estrellas entre las ramas del abeto lo embelezaron la noche de navidad y quiso imitar la imagen con velas. Una tradición germana que se ha transmitido a través de Europa.

Ayer llegó a mis manos una pequeña escultura de cerámica de Los tres monos sabios, conocidos como los monos místicos. Aquellos monos, uno ciego, el otro, sordo y el último, mudo fueron los mensajeros que me enseñaron algo que, aparentemente, hasta ese momento, no quería asumir.

Desde que vivo en Bélgica, colecciono globitos de vidrio de navidad. Hace unos días encontré unas orquídeas de cristal con purpurina que cautivaron mi atención y decidieron venir a mi casa para ser colgadas del árbol este año.

De repente, sostenía las tres orquídeas en una mano y los tres monitos en la otra cuando me di cuenta que esa obsesión mía por armar el árbol de navidad al que nadie viene a admirar, y esa insistencia en la perfección de una icónica colección de globitos de cristal era un homenaje a mi herida de infancia. Un santuario para el no ver, no oír, no decir. O ver, oír y callar. Me pregunto si la herida está basada en un malentendido o una mala interpretación de la realidad.

¿No era digna de ser amada por ella?

A veces, el silencio, es más hiriente que las palabras.

Perdida en ti  

Desde niña me he preguntado siempre por qué podemos coincidir en la mirada de alguien y no de cualquiera que nos mira o a quien miramos al cruzar por la calle o al saludar por primera vez. Hoy me pregunto qué significa para mi ser vista por ti.

Enigmáticamente, mantenemos en secreto esa declaración de amor y esa sublime conexión con el otro, el elegido, durante toda la vida. Ojos que se atraen hasta el inevitable final.

Me refiero a esos momentos imperceptibles que se silencian en la memoria pero que se traducen con el paso del tiempo en una analogía, en una espiral repetitiva, monótona y musical y que en nuestros recuerdos tienen un gran poder de encantamiento. Es precisamente ese hechizo que evitamos a toda costa que muera inesperadamente, y que, a su vez, la dotamos de una total predilección caprichosa y renovada génesis para que nos mantenga unidos con el otro, al que amamos.

La memoria es vertiginosa, y, sin cautela, agranda la falta de referencias, y hace del espacio físico donde se produjo el encuentro de miradas una dimensión indefinida, fragmentada, sin relieves ni profundidad.

Dicen que es en ese campo de fragmentos de imágenes donde creamos una red de asociaciones que forman el más fiel reflejo de nuestras constelaciones interiores y nuestra identidad.

Captar una mirada es ser conscientes de ser mirados – nos revelaba Jean-Paul Sartre.

Tal como Sartre la describe: la mirada del otro en la medida en que yo la capto viene a dar a mi tiempo una nueva dimensión. Dicho de otro modo, la mirada del otro convierte mi presente en su presente, reduce mi futuro proyectado, impone la temporalización de él a la mía.

No queremos dejar nada a la casualidad o la intuición. Ahí es donde fracasamos.

Con mucha paciencia, minuciosa disección y por más precisión que pongamos en el hecho de recordarlo, queremos convertir el dato visual e imperceptible que rememoramos en algo tangible, analítico, adjudicarle coordenadas y perspectiva, líneas horizontales, verticales y unidad. Como si quisiéramos trazar un mapa del universo entero y darle un orden cósmico. Pero nos resulta imposible y es ahí donde nos dejamos engañar.

Esta construcción racional de unos pocos pasos en la entrada de una antigua iglesia, del cruce de miradas entre tu y yo nos invita a una interpretación totalmente irracional y emocional y torna, mágicamente, perfecto al amor.

Porque fue sólo eso. Me fue imposible ignorar tus ojos celestes melancólicos que nunca perdieron su misterio, y tus pasos al ingresar a la iglesia, con tu habitual sigilo y gracia, dejando detrás de tí una estela de polvo de estrellas hasta llegar a mi.

Esa mirada sutil, y a la vez desafiante y victoriosa, sin testimonios, ese beso de dos galaxias que colicionaron y que soy incapaz de olvidar. Es esa mirada la que dio existencia a la confianza y al concepto de eternidad, la que reveló lo oculto, lo que trajo luz, lo que me hizo volver a lo visible. 

¿Cuál es la condición que debe darse para que este místico momento que evoco día a día en la fragmentación de mi memoria cobre tanta fuerza?

Kierkegaard sostiene que la manera en que miramos a los demás demuestra la forma en que los reconocemos. Ahí descansa el temblor de mi inquietud. La mirada quedó grabada como perturbadora. Ha cambiado la percepción y la profundidad ilusoria de mi misma. Me he vuelto en ese instante transparencia, aunque no haya sabido con claridad cuál era la afinidad que tenía contigo, al no conocernos. Es como si escondieras un secreto que quisiera descifrar. Como si intentara trascender en unos segundos los enigmas más importantes de la vida.

No había barreras entonces entre nosotras, ni de tiempo ni de espacio, porque parece que nuestras almas ya han estado juntas antes de aquella coincidencia y se reconocen ahora en la mirada tuya y mía. Parecería que lo oculto a la realidad no quitara lo ya existente.

Esa conexión que se sugiere entre las dos almas es hipnótica y hace que la acción se detenga en esa mirada, donde ya no importan ni las grietas, ni los motivos florales de los ventanales de la iglesia, los espejos redondos, las alas de los ángeles, o los lirios a punto de marchitarse. Se mezclan en la estructura el juego del espacio interior y exterior, tus pasos en cámara lenta, la escala, los tonalidades ocre y la vaga luz que entra por las ventanas y que te ilumina como un ser celestial.

Es esa promesa que nos hemos hecho alguna vez a nosotros mismos y que de repente está frente a nosotros como envuelta en un aura, en la complejidad de sentimientos encontrados, y que resumimos sólo en una mirada.

A pesar de hacer el esfuerzo por volver a hilvanar los fragmentos de ese susurro indefinido de estrellas, me resulta confuso reconocerme a mi misma en relación a tu ser y sentir, como si estuviera viendo la escena a través del ojo de la cerradura.

Sartre nos decía que esto significa que detrás de esa puerta se presenta un espectáculo como para ser visto, una conversación como para ser escuchada. Me veo a mi misma porque otro me está viendo. Pero el problema se encuentra cuando no sabemos si el otro nos sigue viendo como pensamos o recordamos.

Lamento mucho no poder revivir lo que nos dijimos en ese momento del encuentro.

En el dibujo a lápiz Nuestro corazón llora por tiempos pasados Fernand Khnopff nos confronta con esto de la unión en el espejo con el otro poblada de sueños, anhelos y búsqueda de uno mismo resumida en la mirada enigmática que los une.

El pintor había trazado un círculo dorado en el centro de su taller donde colocaba su atril para pintar.

Yo había estado frente al cuadro en la exposición de Khnopff en Bruselas hace veinte años. Eso fue antes de que nos presentaran en la iglesia. Había trazado un círculo dorado alrededor de tu silueta para celebrar nuestro encuentro y el cruce de nuestras miradas y veía en el centro a una joven adulta fascinante, sensual, encantadora, llena de sueños, vitalidad e intuición.

Años más tarde, me dirías que eran metáforas bonitas y sólo comparaciones con una chica salida de una pintura.

—Y no, — me dijiste —  soy alguien que vive, que brilla, que cae, que se levanta, que mira hacia delante y que, como el agua que fluye, está en continua evolución…

Ahí me encontraría yo frente al vacío abismal, perdida en ti, en medio del cosmos.

¿Adónde va el perfume de las flores?

Un placer tan simple y delicioso como el perfume de las flores.

Están aquí, a mi lado, sobre la mesa. Resignadas, empalidecidas y moribundas, ya sin aliento.

Fui testigo de la agonía estos últimos quince días, y ni siquiera me pregunté si todavía tenían sed. Estoy segura que me maldecían, que reclamaban su existencia, su identidad y su belleza.

Ha sido mi vanidad, lo se. Las pensé inmortales, que podrían desafiar el tiempo. Y lo conseguí.

¿Decidieron morir o las dejé morir yo?

La muerte no fue súbita ni inesperada, sino lenta. En esa persecución mía por el encanto y la perfección, no he escuchado que hablaban de duelo, del riesgo de perderse, que nadie las miraría ya más. Del hechizo, de la inevitable exposición, a la luz, al polvo, a la vista, al delirio de quien las corta para disfrutar sólo de su perfume.

Marguerite Duras tenía razón: la vida está en todas partes. Nos persigue. Igual que la muerte. ‘Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos.’

Entonces me pregunté si ese destino era también el mío. Escapar de las sombras ya no es una excusa. Aunque en lo más profundo de mi ser tenga el anhelo de lo eterno, que nada de lo terreno puede satisfacer.

¿Adónde va el perfume de las flores? Se preguntan todos los poetas intentando resolver el enigma.

Puedo asegurar que las flores marchitas, también son perfumadas. Aunque las domine la desdicha y reclamen el tono melancólico del aire que se respira. Humo, vapor, vaho, nada. Fugacidad.

Es un perfume absurdo que no puedo descifrar. Penetrante. Presente. Desordenado. Enigmático. Empolvado, a veces de tonos apagados, y otros, venenosos.

El perfume, contemplativo y perturbador, invade la casa desde distintos ángulos. En la insistencia del deleite inicial, mi deseo y anhelo, y la calma y la demora del tiempo que se distorsiona en mi memoria.

Asfixiante, enmohecido, calcáreo y silencioso.

Perfume a un rumor permanente por tu ausencia, por momentos azucarado, otros, oxidado y avejentado. No se bien. Olor a fruta madura, a final excéntrico de fiesta, a polen y peciolo, a tierra húmeda, a manos en invierno, a canela, clavo de olor, incienso y otras especias.

Marguerite escribía que ‘hay pétalos de rosa que están ahí desde hace cuarenta años en un bocal. Siguen siendo muy rosas. Secas y rosas.’ Ella nunca tiraba las flores.

Hice el intento de no tirarlas. No era la consigna. Ni es la regla.

Caramelizadas. Para mi, las rosas, inexpertas en esto de la muerte, que frescas eran una delicia y parecían de color sabayón, y ahora parecen de papel de arroz, o papel crepe color terracota, se han cristalizado en el tiempo y el espacio. Sus hojas se enrulan, sus tallos se quiebran, sus espinas se hacen cada minuto más agresivas.

Las hojas de mimosa, tiernas y parecidas al marfil el primer día, ahora exhaustas, me recuerdan algas almidonadas con un fuerte olor otoñal. Entre ellas se hamacan arañas casi invisibles en finísimos hilos de seda. Ni siquiera les pidieron permiso. Las flores plumosas y amarillas hoy tienen otra magia, casi la astucia de botones de perla o nácar y un aroma a granos de anís de sabor muy intenso y casi picante con toques de dulzor.

Los escaramujos naranjas, otros rojos, bellos, gelatinosos, abrillantados, al notar lo que estaba pasando se han vuelto tiesos y prudentes. La trascendencia y la inercia hacia la muerte ha transformado su piel en armadura cerosa y arrugada, con olor a cuero, a dátiles maduros, a sangre reseca. Sus tallos desafiantes se han paralizado y son ahora quebradizos y huelen, sin miedo, a mimbre en un charco de lluvia y barro.

Las flores han cambiado de voz, ya no confían en mi. Ya casi ni me hablan. Sólo suspiran, en incoherencia y desacuerdo.

No se si he tomado la decisión correcta. Tampoco ellas. Ellas que no eligen, pierden, porque dejan que otro elija por ellas.

Siento que, dolorosas, me castigan por el abandono, con esa meticulosa y temerosa espera y con la consagración de ese perfume a cenizas y pecados, a arenas y apariencias, a raíces y semillas del mal.

Mors Vincit Omnia

Dicen que mantenemos cerca a aquellos que encuentran el camino a nuestro jardín secreto.

Esos jardines de invierno, de ceremonias y nubes de bordes plateados, donde los rayos se filtran entre las ramas de las magnolias haciendo geometrías sagradas y estrellas pentagonales, yuxtaposiciones de manos finísimas, de sueños, de luces iridiscentes y mandalas.

Quiero seguir el camino a ciegas, me niego a mirar hacia atrás, sobre mi hombro, para no verte parada esperándome en el portal de aquel jardín. Sin embargo, en cada visualización encuentro los ecos de aquellas letras y sílabas en luces de neón que centelleaban en el frío de nuestro aliento y se reflejaban en el agua diciendo mi corazón es tuyo.

Ese espacio sagrado del macrocosmos aparece con cascabeles y cadenas celestiales entre ángeles y premoniciones en aquella foto donde todo empezó.

No quiero morirme más y más cada vez que veo aquella vibración y roce de nuestras manos de porcelana, nuestras sonrisas galardonadas de perfumadas flores, esos experimentos de perfección de cálices, sacramentos y momentos infinitos.

Dicen que no es amor, dicen que estas distorsiones que identifico como en espejos cóncavos y convexos y las bendiciones de la luna que guardo en mis bolsillos son sólo adicciones y círculos encantados de un conjuro.

¿Será que tú nos recuerdas de la misma manera? Como una manifestación celestial, donde podíamos tocar el cielo con las manos. Donde no había nada que soltar, ni tormentas desafortunadas por divisar, ni profecías oscuras por espantar, ni sacerdotizas de la muerte, ni sacrificios que ofrecer, ni sangre por derramar, ni mentiras que ocultar, ni vientos en medio de la danza de dragones, ni decepciones que odiar. Sólo el frío de una tarde de bruma donde el reflejo de los cisnes se esfumaba en el lago irisado y el negro aljibe de hierro forjado parecería lo único que no se movía en el jardín de estatuas vivientes y milagros.

Pensé que ese sería siempre nuestro lugar, ese jardín dorado que compartíamos, de llamas, de promesas, de poesía, donde soñamos bajo las mismas estrellas, sin distancias. Donde las dimensiones ya no se hacían eternas, donde las escaleras al cielo se hacían cada vez más altas, hasta llegar al portal de luces doradas que embellecían las paredes, el piso y la bóveda de estrellas que podían acercarse en todo momento a besarnos sin miedos ni escondrijos.

Dicen que tenemos el derecho de sentirnos amados, a extrañar a alguien insondablemente. Yo sólo quiero creer en ese recuerdo luminoso de visiones y giros sufís de mi mente donde pretendo alcanzar la mayor conexión contigo, abandonando los egos, haciendo girar el cuerpo en círculos repetitivos hasta caer desmayada en las huellas blancas de hielo quebradizo sobre el lago, entre las magnolias.   

¿Pero cómo se puede vivir el presente si se resquebraja bajo nuestros pies entre espirales y catedrales de cristal? Sigo cavando, hasta llegar al trance de quebrar el hielo de los siglos que nos separan, ocultando las fotos, la llave, los recuerdos y los frascos de vidrio con nuestras flores inmortalizadas en alcohol, hasta llegar a la unión con la divinidad, a la fusión con el todo, hasta ahogarme en el agua helada y el amor por ti, pero sigues apareciendo a tiempo para detenerme y rescatarme.

¿Seguirás naciendo así, de la nada, en medio de las nubes y las distorsiones de mi memoria, a cada instante hasta que la muerte nos separe?

Mors Vincit Omnia

Hoy se que toda nube tiene bordes plateados.

Y que las noches en vela serán siempre consagradas a ese jardín secreto donde pedimos aquel deseo.

Sarah Moon

La historia que me he creído

Te esperé hasta último momento junto al tapiz de mil flores y a la taza de porcelana con los capullos de rosa mosqueta.

Creía haberte visto entrar, pero finalmente entendí que había sido una táctica mía para compensar tu silencio y convencerme a mi misma que merodeabas en mi cercanía, y que bajarías la escalera para pararte frente a mi y al tapiz millefleurs.

A pesar de tener la mirada fija entre las caras del público, la ventana y el gobelino, sólo recuerdo el borde del tapiz, que casi rozaba el suelo en una estrecha cenefa, una enmarañada repetición de un mismo patrón de pequeñas flores y ciervos, conejos, zorros y aves. Hasta me pareció distinguir un legendario unicornio en el follaje del fondo. ¿O lo había imaginado?

Seguramente el tapiz proponía algún simbolismo oculto, igual que mi presencia, que sostuve con la mirada que viajaba incesantemente del borde de flores a la ventana, del público a la escalera de piedra, como parte de la ceremonia de estos últimos días. En mi línea de horizonte predominaba el verde y el azul y el naranja del atardecer, similar a las miniaturas de los tapices de la época.

 —Los duques de Borgoña ya eran grandes amantes de los tapices— me comentaba la vigilante de la sala, cómplice de mi historia esta tarde — Los lujosos tejidos de oro, plata y seda irradiaban exactamente el poder y la riqueza de iris, rosas y pequeñas flores entre escenas campestres y alegorías con los que la aristocracia de aquellos tiempos buscaba impresionar a amigos y enemigos— enfatizaba.

Intenté hacerme invisible en el fondo donde se perfilaban colinas, árboles y una arquitectura gótica de aldeas amuralladas con castillos y torres con agujas sólo para sorprenderte. Desde el primer piso, vi desde la pequeña ventana medieval el momento preciso en que se cerraba la puerta principal del castillo, junto al puente levadizo, a las seis de la tarde. Era el fin de la exhibición.

—En las cortes de Borgoña, España y Habsburgo, los tapices eran sinónimo de riqueza, lujo, prestigio y poder— siguió comentando la vigilante.

—Y confusión — le murmuré casi sin articular palabra—. Si total, la confusión siempre estuvo latente desde el principio. ¿Por qué sería hoy de otra manera?

Hay momentos en que una debe darse por vencida. Cuando la ausencia se hace presente. Por lo cual, hay que respirar hondo, perder la cabeza en las flores del tapiz, dejar caer las lágrimas por las mejillas hasta que alcancen el mantel de seda puesto sobre la mesa, dejar secar las manchas húmedas entre los pétalos marchitos y abandonar la historia que se había creído idílica, tejida todo este tiempo en nombre del amor.

—Los pequeños animales no tienen ningún significado representativo, sino que cumplen una función estrictamente decorativa— me explicaba la vigilante sin notar mis lágrimas.

¿Acaso te divierte? A mi, no. Desisto. Y tú te desdices, y a la vez te deshilachas y te destiñes en la línea del horizonte donde predominaba el verde y el azul y el naranja del atardecer.

¿Por qué vendrías, si nunca te he interesado realmente? Ignorar mis palabras siempre ha sido tu juego favorito, pero se que el desenlace y la salida de este juego no se revelan ni entrelinean. Porque no hay juego ni hay solución. No hay historia, no hay nada. Sólo un gran vacío en medio de la iconografía y la melancólica soledad.

Creí hasta hoy que había tejido una realidad donde el perfume de tu piel y de la rosa secreta eran una sola cosa. Sublime. Exquisita.

Sin embargo, no lograrás despojarme de mis intenciones ni transformar la esencia de mis palabras. La claridad está sólo en mis manos. La idealización fue sólo idea tuya, al igual que el juego del castillo, las reinas, el fuego, el abandono. Ninguno de ellos existen ni existieron alguna vez.  

—En su origen — prosiguió la vigilante sin advertir mi desinterés — esta pieza ostentaba colores más brillantes; pero al tratarse de tintes orgánicos, la degradación propia del paso del tiempo ha modificado su colorido original.

El engaño y tu ausencia. Los telares. Las rosas, también. El perfume, la escalera y la espera.  

Todavía recuerdo esos instantes paradisíacos que eras la amante perfecta. La ilusión de una ninfa refinada y bella nacida en la urdimbre y la trama de sedas doradas y lana. ¿Por qué volverías a convertirte de repente en esa persona esencial en la que deposité todo mi amor y mi lealtad?

—Un tapiz cuenta la historia grecorromana a través de la mitología, cuenta la biblia, los hechos de los apóstoles, cuenta las artes liberales, la música, la literatura, la dialéctica, hasta la astrología — seguía comentando la entendida en el tema.

Pero la pregunta, si me amas o no, nunca tuvo respuesta sincera ni inmediata. Y al final de esta tarde, nunca sabré, realmente, si esperarte hasta el último segundo, entre las tazas de té, el tapiz y los pétalos de rosas, valió la pena. Esperar a ese alguien que le de sentido a la hipótesis y al acertijo, al follaje y al unicornio, y que finalmente no ha venido, también es legítimo. Y las renuncias y los cierres inconclusos también son considerados triunfos en la adversidad.

—Para separar el tapiz del telar donde se ha tejido, se hace la famosa ‘Ceremonia del Corte’ sobre los nudos en la urdimbre —agregó.

¿Por qué insistir entonces en un final feliz?

—A pesar de ser el pueblo analfabeto — siguió explicándome entusiasmada —, sabía leer la historia de un tapiz: que cada animal representaba un santo, y que cada planta simbolizaba una virtud: la fama, el honor, la gloria … por eso el olivo, por eso las hojas de roble, el laurel. La tortuga expresa la pereza, la liebre puede ser la cobardía.

En tal caso, no soy la única que pierde en esta historia que me he creído. Somos dos.

—Dicen que hay que mirar los tapices flamencos del revés — escuché decirle al final de su labor mientras bajaba a mi lado las escaleras.

Nevermind by Sarah Moon

La semilla de jacarandá

Lo que nunca te conté es que hace varios años, no muchos, descubrí que soy altamente sensible y que las emociones se alojan en mi intensamente, como flores celestiales.   

La semilla que enlaza el periplo de mi historia y el don de la alta sensibilidad es más bien uno de mis primeros recuerdos: esos segundos al extender mi mano para juntar del suelo una semilla de jacarandá en la plaza de mi ciudad, Esperanza.

En mi memoria me sorprende ver mi palma regordeta y mis dedos rozando el cemento rosado. Siento el equilibrio al agacharme, esa tarde, el flexionar de mis rodillas y mi aliento sin edad. Veo mis medias blancas de encaje y mis zapatitos negros de cuero bien cepillado y hebilla plateada. Escucho las voces ásperas de la gente y de las próximas generaciones a mi alrededor, los murmullos y la música a lo lejos de la banda sinfónica tocando en el quiosco en el medio de la plaza.  

Estoy segura que en ese momento pensé lo mismo que hoy por la mañana, desencantada: cuánta gente extraña que me rodea, que ni me ve ni me escucha.

Me pregunto: —¿Qué hago aquí parada, abrumada, entre el desamparo y el desfile de caras apuradas y aturdidas, sumergidas en su propia marcha desentendida, con rumbo indefinido. ¿Dónde van?¿Qué los motiva a seguir ese camino disciplinado tan temprano?

Dan pasos tan largos, estrafalarios, como carpiendo la tierra reseca a un determinado ritmo. Atentos a aquellos que los custodian, concentrados en no perderse. Hablan un idioma que no es el mío. Pasan a mi lado sin saludar, en medio de los rugidos, sin filtro, con timbres de voz sostenida en lo alto y cuello extendido hacia las ramas y las vocinas. Me rozan el vestido de lana de alpaca y no se disculpan. Persiguen algo que no se qué es, obsesionados por ser los primeros en llegar a algún lado, un lugar para mi todavía desconocido.

Quizás una llegada a casa.

Un café.

Un encuentro secreto.

Un abrazo.

Una entrevista de trabajo.

Un amor.

Un comienzo repentino.

Un beso.

Un fin, o un sinfin de tantas cosas.

¿No saben aquellos, laureados de títulos, que los logros no cumplidos antes de los treinta también son logros?

¿Por qué están tan enfocados en encontrar algo que todavía no conocen, si las casualidades aterrizan en los momentos de encuentros fortuitos, serendipias y milagros?

Todos caminan por la sombra de los árboles de la plaza, como quien camina entre mausoleos enmohecidos, y yo, al revés, siempre busqué y procuro caminar por las veredas de luz, tapizadas de flores celeste liláceas aterciopeladas, donde encontré esa tarde violácea la semilla de jacarandá.

¿Será que la guardo como recuerdo en algún rincón? ¿Estará en la cajita de mica y nácar, quizás, entre las polveras blancas, en la cajita de rosas de porcelana, o la de vidrio y perfiles dorados o la de cerámica? Tengo tantas cajitas y tantas chucherías que guardo bajo una capita de polvo y entre las páginas de libros: hojitas secas, flores, tréboles de cuatro hojas, dientes de leche, fotos un poco arrugadas, cintas, láminas de moda, botellitas de perfume en miniatura, bordados deshilachados, mariposas muertas, cristales y botones…a todos ellos los atesoro para no se qué ni no se quién. Supongo que para no olvidarme de mi misma, de la que fui, de esa niña de cinco años que era altamente sensible y nadie la vio, ni la escuchó. En muchas fotos me reconozco sola, yo, con la semilla y esa sensibilidad que forma parte de mi hace tanto tiempo y recién hoy valoro y traigo conmigo para sembrarla.

Los imagino a todos a mi alrededor descalzos, dando pasos en cámara lenta.

No me cuentan lo que piensan. No es nada malintencionado. No. Pero no me comparten sus historias, porque quién soy yo para que me las cuenten. Ni sus dolores, ni sus penas, tampoco su sufrimiento. Las escucho, sus irreconocibles voces, y el discutir entre lo uno y lo otro. Un total sinsentido en medio de un concierto al aire libre, entre las baldosas y las ramas.

Cuando la noche anterior estuvimos parados juntos ante el mismo espejo.

Hoy no los reconozco.

De pronto, imagino que se arrodillan todos, alineados, y giran la cabeza al mismo tiempo, sincronizados. Empuñan espadas y empiezan la batalla de la mañana, apuñalan a todo el que se acerca, encojen los hombros para no dar explicaciones y protegen sus espaldas de las balas. Tensionan la mandíbula frente al espejo y se burlan de las nubes rayadas que coronan el cielo. Se cubren la cara con las mangas de los kimonos negros como murcielagos o samuráis, calculan cada paso que dan, ahora en silencio. Se colocan los guantes de metal, apuntan a las flores, arrancan los frutos, tironean, cierran los ojos para no ver, y siguen camino, apresurados, haciendo reverencias a cada paso. Dan vueltas carnera en la arena, se deslizan a codazos por el suelo, mueven con fuerza el tronco de los árboles para hacer caer las últimas semillas que yo quiero ver caer por sí mismas.

Me pellizco la piel del brazo para estar segura que estoy viva mientras ellos siguen saltando por las veredas, hipnotizados, acuchillando las ramas, las hojas, las flores y los frutos. Y a nadie le da vértigo como a mi, como a la semilla que tiene que caer, obligada, del árbol.

Las dejan venirse abajo contanto los números, los segundos, arrastran los cuerpos hasta caer rendidos bajo el jacarandá de esa esquina a unas cuadras. Se desmayan todos a la misma hora después del combate sin escuchar la melodía de mi cajita de música ni de la banda municipal.

¿Será que el encuentro con esta semilla es parte de mi biografía y nunca lo he tenido en cuenta hasta el día de hoy?

¿Habrá sido una estrategia del destino recordarla esta mañana como la primera semilla, la original, la que quizás nunca conservé más que en mi memoria y que llevo como parte de mi para crear esta retrospectiva íntima de mi vida como artista?

El regreso sublime al recuerdo de esa semilla de jacarandá me muestra los tantos caminos de polvo y cemento que he tomado en la vida, los puentes que he cruzado y los paraísos de aplausos que he alcanzado y todo aquello que jamás he logrado. La pérdida de la niñez, el desvanecer de los años de juventud. El desplomarse en el presente. Lo terrenal de mi deseo. La muerte. La hipersensibilidad de mis duelos. El orgullo de haber llegado tan lejos y haber reconstruido mi amor propio a través de mi repertorio de sueños. Dicen que los sueños son las semillas del cambio.

En cada final florece un nuevo comienzo.

Dime:

—¿Es este el nacimiento de una nueva vida eterna?

Nueva vida se levanta de las cenizas de la anterior.

—¿O el fin es sin más el fin?

¿Es la semilla seca caída en medio de las flores y las raíces que morirá o la semilla que caída en la tierra todavía puede echar brotes y volver a florecer?

Ya me dirás.

H de Honiton

Mi ticket de avión llevaba el código de reserva N de Nancy, P de Peter, 3, I de Italy y H de Honiton.

No logré deletrear el código a la china que, desde Buenos Aires, me hablaba al teléfono, ni descifrar su inglés que era telegráfico, casi en clave morse. A pesar de haber sido una conversación arcaica y simple, no nos pudimos entender ni siquiera repitiendo el código durante media hora.

Quizás hubiera sido mejor un lenguaje de pulsos eléctricos y silencios entre ellos para comprendernos mejor. No se. Puntos y guiones que se enviaran como pulsos cortos y largos. Quizás hubiera sido más efectivo un telegrama que una llamada telefónica.

Resultado: viajé hasta el aeropuerto sin saber si mi día y horario eran los correctos. Pánico y ansiedad. Morse había planeado transmitir sólo números, pero no consideró las letras y los caracteres especiales del idioma.

Tampoco logré amigarme con las lagartijas ni con los alacranes, ni tampoco con mi hermano.

Dicen que los insectos  herbívoros y microorganismos que habitan en los túneles de la tierra son beneficiosos para la fertilidad del suelo. Pero me cuesta considerar grillos, hormigas, cienpies y demás parientes como custodios del terruño en medio de tanta sequía y aridez.

Diversas investigaciones demuestran que la habilidad de un cultivo de resistir o tolerar el ataque de insectos plagas y enfermedades está ligada a las propiedades físicas, químicas y especialmente biológicas del suelo.

Sedienta de tierra, de amor, de dulzor, tampoco logré superar el vértigo. Al contrario, una escalera de agujeritos transparentes para subir al avión me desestabilizó y no pude apuntalar mi susceptibilidad ni contener el llanto con una afazata pelirroja al pie de la aeronave. Todo esto, sumado al pánico a volar sobre el océano Atlántico y mi extremo cansancio, suscitó que el abrazo de la azafata fuera fundamental en el operativo de rescate de toda la tripulación. Hasta me regalaron chocolates para calmarme.

Lo raro fue que sentada al lado de la ventanilla del avión a Bruselas no sentía vértigo, ni siquiera durante el despegue.

Las nubes me acunaron.

Siempre me gustó volar. Desde niña. Mi madre era aviadora y nos llevaba de niños a mi y a mi hermano Guillermo a vuelos de bautismo en las sierras de Córdoba para volar en planeador entre las montañas.

En ese momento del regreso me sentía absolutamente incomunicada y sola. Estaba harta de mensajes encriptados, códigos morse, túneles en la tierra, ampollas en las manos y las falsas señales de socorro que no alcancé a descifrar y decidí renunciar.

Las densas columnas verticales de cumulonimbus me acunaron sobre ríos zigzagueantes y campos verdes y concéntricos a una altura de entre tres y veintitres kilómetros sobre Frankfurt. Rendición que se elevaba en forma de espiral rotatoria y me envolvía en forma de puntillas.

Mástiles de molinos eólicos, alambrados y sembradíos entre banderas blancas y nubes. Siempre, desde hace treinta años, me ha fascinado la vista aérea sobre Frankfurt. Tan minuciosa, como los encajes de Honiton a bolillos, casitas, árboles y bosquecitos de pinos. Bosques y bosques, sombras, intersecciones orgánicas de rutas, puentes y ríos. Bosques y más bosques de pinos.

El Honiton es un encaje descontinuado que lleva el nombre de una ciudad en East Devon, en Inglaterra, donde se cree que se originó alrededor del siglo XVIII. Inspirado en el encaje de Bruselas, y en los cúmulos de aire cálido que salpican el paisaje, sus motivos típicos de rosas, cardos y tréboles dibujan el final de mis cuarenta días tatuados en la tierra dura, seca y poco fértil de Esperanza.

Las diferentes partes que lo componen se denominan motivos que se confeccionan por separado y se montan al final, uniéndolos con tiras que pueden ser trenzas adornadas con puntillones. Para rellenar los motivos se utiliza el Punto de Repaso y el Medio Punto. El hilo utilizado es finísimo. La Reina Victoria eligió los motivos del encaje de Honiton para su velo de novia. Yo he regado todos los días las rosas y los jazmines del jardín que murieron en el intento por renacer y florecer.

¿Será que los bolillos de Honiton son demasiado pequeños, delgaditos y puntiagudos como los puntitos y guiones del Morse para entablar una comunicación coherente, una sintaxis, una lexicografía y un montaje completo de flores bordadas sobre tul?

¿Dependerá la calidad del encaje de las conversaciones quizás de la habilidad de las encajeras, los rellenos utilizados, los códigos, los relieves y hasta las interpretaciones?

Sin embargo, al mismo tiempo, me han contado que se hicieron algunos encajes muy bonitos, con roleos, medallones y flores cuidadosamente dibujadas, y con la introducción de un nuevo trabajo de relieve en forma de alas de mariposa o pétalos unidos a la superficie, a lo largo de un solo borde.

A algunas alumnas se les enseñaban los principios de la lectura, escritura y aritmética en las escuelas de encaje, junto con largas horas de aprendizaje del oficio para lograr tales resultados.

El encaje a bolillos y el código Morse tienen algo en común: un absoluto sometimiento. Una labor de paciencia y entrega. De amor y de fe en conseguir que el lenguaje llegue claro, como el sermón de un pastor luterano en el templo a la congregación un domingo por la mañana. El último domingo. Es casi aritmética. Y mucha semántica lingüística.

‘Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.’

Mateo 5:23.

Queen Victoria wearing her wedding dress., February 1840.

El regreso y Borges

Ante la serenidad de una luz tímida que renace

Me cuesta imaginarla como ceremonia diaria por estas latitudes cálidas e invernales

Y encarcelo entre mis pestañas un primer rayo que se filtra, me recibe y me encandila

Al trazar con rigurosa direccionalidad y en línea recta

Una cinta tornasolada con nudos que no se deshacen y que me unen al mundo entero:

Palmeras, tejas rotas, un tilo, jacintos, palomas, mariposas naranjas, tordos renegridos,

Cardenales de copete rojo, macetas con tierra reseca, tacuaritas, nubes, flores de azahar,

Horneros, benteveos de antifaz negro y garganta blanca, orquídeas, el infinito, el nido.

Puebla de formas la eternidad del laberinto.

La suerte del amanecer

Que de curiosos ojos no es salvada

Le permite dar fin a las estrellas, a Venus y al anochecer.

En el preciso instante de la sinfonía de trinos,

Descubro que esa promesa de líneas

Es la cura de mi infelicidad.

Sarah Moon