Volver inesperadamente a la esencia de la vida, al existir de las palabras, a lo místico de un primer momento al espejo y a lo mágico de una mirada recíproca.
Volver a la naturaleza de la tierra, a la sabiduría y el álgebra de la semilla original y a la causa y principio de todas las raíces.
Volver a la pureza de la fuente, al agua de lluvia, no a su seductora superficialidad, sino a la profundidad de las sombras y a la luz de la memoria varada en el fondo del aljibe.
Volver a cruzar el puente que une los misterios universales y los dos continentes. Volver al lugar de origen, a la honestidad, a la verdad. Volver a la búsqueda de una respuesta sobre el significado de la propia existencia, la historia no lineal y la identidad.
Volver al aprendizaje, a la lógica y la plena consciencia de cada instante. Volver a vagabundear, a predecir tormentas y hacer mediciones cuidadosas de las constelaciones y estrellas en el cielo.
Volver a nacer y entender los grandes enigmas como el amor, la muerte, Dios, el bien y el mal. Volver a anidar en otro simbólico refugio, no necesariamente el mismo que me sostuvo aquí durante tantos años.
Volver a la resonancia de las risas impredecibles, volver a sentir el sol en las venas del destino. Volver a sudar de felicidad al volar con las aves en la sincronicidad de los viajes en el tiempo.
Volver a lamer la herida original y sanar, dejar sostener con amor la palma de mi mano y renovar la pasión de mis células. Volver a despertar para dejar que mis ancestros besen la sutilidad y la libertad de mi frente.
Volver al equilibrio sereno del regazo, al teorema y al ritmo del silencio diáfano del alma. Volver a llenar el tan temido vacío del amanecer, del mediodía y de la noche con la belleza de las flores suspendidas en el espacio que nos separa. Aquel entre tu y yo.
Y así volverte a mirar a los ojos como la primera vez. Y así volver al eterno retorno, a ese día que siempre volvería una y otra vez y nunca desaparecería. Volver a la repetición infinita e incansable del mundo, donde éste se extinguiría para volverse a crear.
Desde niña me había fascinado la vida de Sissi, había leído en los años ochenta todos los títulos de la saga. La colección roja de la biblioteca para jóvenes lectores de mi escuela contaba con todos sus libros: Sissi frente a su destino, Sissi la fierecilla, Sissi pequeña reina, Sissi y el fugitivo, Sissi emperatriz, Sissi en la isla Madera. Aquellas soñadoras ilustraciones de las tapas con la firma del artista español Aniano Lisa, esos ojos oscuros y melancólicos, su aura de soledad, su rebeldía y perseverancia me hacían soñar ya con ella. En su diario secreto, Elisabeth escribía en su niñez:
Soy una niña de domingo, hija del sol.
Los rayos dorados bañaron mi trono.
Y sus rayos brillantes se trenzaron en mi corona,
Luz del sol que amo, y que habita en la zona dorada.
Hija de la fortuna, nacida en la melodía cristiana de la noche de navidad de 1837, estaba destinada a vivir en aquella gloria dorada de las ambiciones de duques y archiduquesas, entre los ramos de flores de la vida imperial, los paseos en carruajes tirados por caballos de crines plateadas y blancas.
Leal a la libertad de los veranos del castillo de Passenhofen, fue vendida a los quince años a la próspera institución del matrimonio. Muerta de miedo al llegar a Viena, vivió llena de remordimientos por más de treinta años, pero fue a su vez obediente a la jura de votos inentendibles, que nunca se animó a romper.
Romper las reglas es algo que puede asustar a priori. Al fin y al cabo, se dice que las reglas están para cumplirlas.
Regla número 1. El propio bienestar y/o la felicidad dependen de uno mismo.
Regla número 2. El objetivo de estar en pareja es el bienestar afectivo de ambos.
Regla número 3. El amor no tiene nada que ver con el sufrimiento y el dolor.
Aquello de la demandante vida monárquica lo lamentaría toda su vida. Enjaulada en crinolinas, protocolos y corsés, fue envuelta en puntillas de encaje de vaporosas mangas de seda y terciopelo de exuberantes vestidos victorianos, incontables rumores, una cintura de diecinueve pulgadas, una hermética rutina y un servicio militar, una demasía de disciplina y la malisia de su nueva familia aristocrática.
Especialmente orgullosa de su larga cabellera color castaño que solía decorar con coronas de trenzas, estrellas de edelweiss y diamantes, y su pasión por la equitación, estaba obsesionada por la juventud de su cuerpo, la fragilidad de su belleza y la finura de su silueta. Esto le generó numerosas neurosis y ansiedades y un intimidante narcisismo. Considerada una de las mejores amazonas de Europa, los ecos de sus admiradores eran sus únicos puntos de pertenencia a la realidad del universo.
Camille ha sido la compositora de la música de la película austríaca Corsage, la emperatriz rebelde, una reinterpretación de su vida y su reputación que no he dudado ni un segundo en ir a ver hace unos meses. La directora de la película, Marie Kreutzer, muestra el lujo de romper las reglas.
Como dice la sabiduría popular: ‘las reglas están para romperlas’. Y en algunos casos, desde luego, es el único camino para que la sociedad, el conocimiento o la cultura evolucionen.
Ella era es el título del tema musical de la película, que me hizo recordarla a ella, y también, a mi misma, y, por supuesto, a las reglas del amor.
[Verso 1]
Cuando ella estaba en casa
Ella era un cisne.
Cuando ella estaba fuera era un tigre.
Y un tigre en la naturaleza no está atado a nadie.
Cuando ella estaba perdida
Ella era un sapo.
El día que la encontré en el camino,
Le di agua y una rosa
Y mientras se estiraba
Salió el sol
[Coro]
Ve! Ve! Ve
Vete, vete, vete
Ve! Ve! Ve…
Cuando la conocí, su casa era todo lo que yo había soñado alguna vez entre los párrafos y las páginas de los libros sobre Sissi. Las luces tenues, la madera, los atardeceres soleados. La serenidad y el silencio. Las palabras leídas, pero no dichas. Ella era una especie de estrella, de nube, de estela, lánguida, recostada en la hierba, que podía confundirse con el horizonte dorado de la fiesta de su jardín.
Entraba y salía por la puerta de su casa como un cisne, con sigilo, cargando toda especie de nidos y huevos en su espalda, en su cuello, en sus hombros, amarillos claros, celestes. La puerta parecía el borde de un lago marino. Cuando el mundo la cansaba, anidaba su cuello en la isla de su sofá, entre los pétalos de rosas frescas y las plumas blancas de sus almohadones de terciopelo, sobre mi regazo.
Durante las temporadas de migraciones, cuando toda ella personificaba el poder, la astucia, la fuerza, podía recorrer cientos de kilómetros sola en busca de aventura como un tigre. Entonces la puerta se mantenía cerrada, las cortinas bajas. Nunca la encontrarías en casa.
En tiempos de indecisiones, ella era como la esposa de Yi, el Buen Arquero, originalmente conocida como la diosa Heng’e que se refugió en la luna, después de robar el elixir de la inmortalidad.
En la luna, donde según las leyendas, vivía un sapo, Los chinos creían que cuando el sapo se comía a la luna así ocurrían los eclipses.
[Verso 2]
Cuando ella era joven
Ella era una vaca
Y todo el dia
Ella ordeñaba las estrellas.
Ella me enseñó
«Mujeres: para sobrevivir
Se debe ser infiel al hijo»
De todas las maravillas del mundo
Ella era una dama con un pájaro.
Ella debe haber tenido tantas vidas.
¿Era esa la primera?
¿Fue esa la última?
[Coro]
Ve! Ve! Ve
Vete, vete, vete
Ve! Ve! Ve…
A veces, ella se recostaba a medianoche en el rocío del césped, con su camisón blanco, su piel transparente en la alquimia de la noche a desafiar las Pléyades de la constalación de Tauro, los cielos, los dioses y hasta a mi misma.
A veces podía ser como una de esas damas victorianas, de mil vidas y extrema gracia, de sombreros enormes y plumas de pájaros, sosteniendo el paraguas de puntillas y frunces. Mi Romy Schneider. Mi Vicky Krieps. Mi Lily Elsie, como yo la pensaba, como yo la amaba. Aclamada por el público como aquella actriz de Broadway que tanto se le parece. Podía capturar todos los corazones con su encanto, su popularidad, su talento y sus perlas al cuello y su broche de esmeraldas.
[Verso 3]
Cuando ella estaba enferma
ella era una ballena.
Era tan paciente que esperaría
Hasta que le cante en la calle
Las melodías más dulces para aliviar su dolor.
Cuando ella fue vieja
ella fue una lechuza.
La vi balanceándose en el cielo.
Y cuando ella murió en mis brazos
me di cuenta de que era un gato.
[Coro]
Ve! Ve! Ve
Vete, vete, vete
Ve! Ve! Ve…
Sus ojos celestes y los de las lechuzas no soportan la luz directa del sol, por eso en el antiguo mundo se las consideraba símbolo de la noche, de lo oscuro, lo oculto y lo secreto. La brujería y los hechiceros. La clarividencia, su percepción extrasensorial y su bola de cristal.
A pesar de su vejez, me la imaginaba capaz de mantener sus ojos abiertos aun ante la inclemencia del sol del mediodía. Su rostro, cubierto de fino encaje negro para atenuar sus rayos.
Los ecos de la noche, los oráculos, las patas de conejo bajo su almohada, las herraduras de caballos que colgaban en sus paredes, los colmillos de animales que guardaba como amuletos contra el mal de ojo, todo eso me hacía pensar que el búho del que me hablaba había sido desde el principio su mascota de maga.
Ese búho blanco que salía bajo su capa cuando bailaba desnuda bajo la luna llena y que le cantaba durante las noches lo relacionaba sin duda con la divinidad, la inmortalidad, los astros y las fuerzas cósmicas, no con las tinieblas y la muerte.
Según Ovidio, fue la misma Perséfone, la que transformó a Ascálafo en búho rociándolo con agua del río Flegetonte.
[Puente]
A veces me pregunto
Si mi niña
Tendría sus ojos
Para ver a través de mí.
Y cuando muera
Y vuelva a nacer
Me pregunto que seré
¿Una piedra?
¿Un gato?
¿Un árbol?
[Coro]
Ve! Ve! Ve
Vete, vete, vete
Ve! Ve! Ve…
Siempre me imaginé una hija con sus ojos. Libre, valiente como Sissi, vestida de amazona, de moño de encaje al cuello y guantes blancos.
Lo he pensado mucho al final de la película, cuando la emperatriz se suicida en el Océano Atlántico al saltar de la proa del barco.
Cuando yo muera y vuelva a nacer quisiera ser un árbol. Un árbol gigante en uno de esos bosques mixtos que ella tanto ama, de coníferas, de robles y de hayas. Para poder acunarla entre las pequeñas aves, los frutos, los insectos, los huevos de pájaros y las ranas.
Museum Ludwig Köln – Empress Elisabeth of Austria collection
El reloj público de la torre se había detenido a la una y media.
Decían que debían llamar a un experto en relojería y mecánica del tiempo.
Tampoco era tan simple encontrar una persona con los conocimientos teóricos y prácticos en materia de relojería. No se trata de un reloj de bolsillo, ni de péndulo, ni caja de música con pájaros cantores, sino del reloj de la torre de la iglesia protestante de la ciudad.
Las campanas de la iglesia, de estilo neogótico, habían sido traídas de Alemania. Sonaron por primera vez el 26 de diciembre de 1895. Los movimientos de las agujas y sonidos de las campanas debían estar coordinados y, el mecanismo, para mi hasta ese entonces, oculto, cobraría un inolvidable significado poético a partir de ese año.
1990. Había cumplido trece años y las palmas de mi mano eran tan grandes como hoy y podía observar las mismas líneas de vida. La línea del destino ya indicaba el camino que yo seguiría en mi viaje y cómo este influiría en mi futuro, el ritmo, la melodía y sus disonancias.
En hipótesis, todos los que subíamos la escalera en ese momento teníamos un antepasado común, universal, según Darwin. Y todos, el mismo dios, según los salmos que cantábamos los domingos por la mañana en el templo. Todos éramos jóvenes luteranos, bautizados con las gotas de agua divina en aquella pila bautismal emplazada por las familias de inmigrantes de origen alemán, suizo, austríaco y belga. Todos ellos constituyeron a finales del siglo XIX las congregaciones cristianas evangélicas del Cono Sur, en Argentina, Paraguay y Uruguay.
Octubre de 1990. La confirmación de mi fe.
El ascenso era un regalo de Dios, nos había dicho el pastor.
Dejé las huellas de mis pisadas en aquella escalera de madera, plagada de polvo y líquenes crustáceos, como aquellos que viven fuertemente arraigados a la superficie de las rocas medievales.
En cada paso que daba, en cada respiración, en cada oración sentía el poder de la comunión con mis ancestros, quizás no tan clara como la entiendo hoy. Los registros en alemán gótico, los linajes, los mitos bíblicos, las líneas musicales del órgano y las plegarias se unían en voces en espiral y vuelo de ángeles que me envolvían con sus himnos y alas. Y las campanadas. Todavía resuenan en los rezos memorizados al pie de mi cama de niña.
En mis manos se bordaron los credos de mis antepasados alemanes, las confesiones de mis abuelos paternos, las predicciones de mis tatarabuelos maternos y las astillas de sus barcos que zarparon un día de tormenta del puerto de Hamburgo.
1990. Fue el año que comencé a armar mi árbol genealógico.
Anoche pude recordarlo y reconstruirlo en una de mis meditaciones diarias. Ya había olvidado sus ramas y ese ascenso en espiral por las escaleras de la torre.
Octubre de 1990. Primavera.
Dios no vendría a nuestro encuentro en la cima de la torre para juzgar a los vivos y a los muertos. Sino para enseñarnos la vista más maravillosa de la ciudad de Esperanza. Un regalo del cielo. Liturgia y eucaristía. Consagración de la primavera. Concierto de flores azules, celestes aterciopeladas. Todo junto. Corona de jacarandás alrededor de la plaza central. Susurros generacionales y preguntas existenciales.
Flores y árboles que no existen en Bélgica.
Augurios primaverales y rondas de golondrinas. Círculos misteriosos de adolescentes. Adoración de la tierra. Evocación de los antepasados.
Me ahogo. Sigo anclada a los abismos del océano Atlántico.
Como si me despertara después de una tempestad.
Es un milagro seguir viva. O eso pienso, cada segundo que pasa antes de envejecer.
Me veo, allí, en el espejo inalcanzable donde vuelan los cisnes, ahogándome.
El silencio.
Parece a simple vista una gran piscina, no un océano. Paredes rosadas, sin olas y fondo de rocas negras.
Hace mucho tiempo que estoy aletargada en el fondo marino, que ni ella, ni tu, ni yo conocemos. Lo extraño es que ya ni siento el vértigo.
El desapego.
Veo, a lo lejos, un poco difusos, los peldaños de la escalera del amor místico. Son treinta escalones que conducen al paraíso. La perfección es tentadora, pero no existe.
La oración.
No hay razón para que se conozca mejor la Luna que el fondo de los océanos, dicen los biólogos.
Lo intenté. Te lo juro. Cada día, al abrir lo ojos, con el primer aliento, lo intenté.
La obediencia.
Comencé a nadar, pero me detuvo el vértigo en el medio de la piscina, en la zona más honda. Unos filamentosos helechos marinos, los lastres de la vida y unas cuerdas color naranja amarraron mis piernas y mis pies, enredaron mis pensamientos y me obligaron a hundirme.
La penitencia.
Desde lejos, a tres mil novecientos metros de profundidad, pude ver la danza de los cisnes, más allá de la superficie y la galería de imágenes de nuestros recuerdos. Uno blanco, otro, negro. Tu, yo. La unión de los opuestos. Ánima y ánimus. La dualidad de la luz y la sombra, lo femenino y lo masculino, la vida y la muerte.
La verdadera peregrinación.
Intenté deslizarme entre las algas doradas, pardas, marrones o feofíceas, las rocas y las burbujas en un ascenso en espiral hasta alcanzar los cisnes. Pero los perdí de vista. Sólo vi flotar un par de libélulas muertas entre la locura de las frondosas matas flotantes, delicadas hebras y anchas ramas aplanadas de algas en forma de abanicos entre colonias de células, plancton y esporas flageladas.
En medio de una crisis, a menudo nos preguntamos si nos hemos vuelto locos.
El recuerdo de la muerte.
Me enredé con las raíces fibrosas, las láminas lisas, pegajosas y arrugadas y vesículas llenas de gas de las algas justo antes de rozar la superficie del agua y poder respirar.
La esperanza.
Un rayo de sol se reflejó en círculos elipsoidales y concéntricos y me encandiló. Cerré los ojos. Creí verte.
Mis dedos y mis labios se abrieron paso entre los tallos y las hojas de las algas. Pero los cisnes ya no estaban. El espejo yin/yang, las paredes del templo y el altar donde volaban habían desaparecido. Sólo vi la escalera del divino ascenso.
La renunciación.
Me pregunto si los peldaños de la escalera están relacionados conmigo, con los cisnes, con el fondo del océano; si me alejarán de todo lo terrenal, de la inocencia, de los recuerdos y de ti.
Ese atardecer buscó el libro en su biblioteca hasta encontrarlo. Lo abrió y una de las primeras frases de la introducción citaba: Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una gran cuna.
Por esos días dudaba sobre la maternidad. Había sido todo muy rápido. El enamoramiento y los ensueños todavía se bordaban en los espacios de sus propias soledades. Pero quién sabe, probablemente las flores talladas en la cuna por aquel ebanista que desconocía eran las mismas que las de los naranjos de su memoria.
La casa que habita en mi era el título de un simple collage de María Zeta, una artista esperancina, con el que se había topado en internet la noche anterior. La autora de la obra citaba aquel libro que ella había leído hacía ya más de veinticinco años cuando todavía estudiaba arquitectura, La poética del espacio del filósofo Gastón Bachelard.
Bachelard se preguntaba al igual que ella: ¿Era grande la habitación ? ¿Estaba muy atiborrada de objetos la buhardilla ? ¿Era caliente el rincón ? ¿De dónde venía la luz ?
Era en ese refugio oscuro y descuidado de la casa natal donde todavía se enraizaba la cuna de madera tallada donde ella había nacido. Le había prohibido a su padre que la regalara. ¿Qué destino tendría esa cuna ? — pensaba, si no tenía hijos. —¿Colmarla de flores y naranjas?
Bachelard nos obliga a demostrar que la casa posee uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre, donde el pasado, el presente y el porvenir dan a la casa dinamismos de registro. Un lugar donde se archivan datos concretos, sensoriales, y a la vez abstractos, simbólicos e impalpables.
La naranja dulce había cruzado el Atlántico durante el segundo viaje de Cristóbal Colón, al igual que sus antepasados alemanes. Ella también podría hacerlo, sin arrepentimientos. Volver a ese rincón, al umbral del ensueño del jardín y a la inmensidad de los espacios de escondite solitario y silencio de la infancia.
Hacía tiempo que rumores, escalofríos suspendidos en círculos y presagios de insomnio venían susurrando doctrinas, luces y sombras en idas y venidas desde el patio de su casa en Esperanza.
Hervía el agua en la tetera y ponía unos pétalos secos de azahar en el pequeño colador de metal. Los vapores de las flores de su infusión eran testigos de estas terapéuticas ensoñaciones. Era casi medicinal. Había leído que aquellos tés eran el remedio tradicional contra los desmayos.
—No, no…!— se dijo dejando la taza de lado —¡quiero desmayarme en este preciso instante!
Morir y renacer en Esperanza, en la casa paterna, en la cuna de madera. Ser bautizada bajo la gloria, la salvación eterna, la gracia divina y las oraciones de las flores de azahar del naranjo, como si fuera un sacramento con propiedades sedantes, hipnóticas y aromatizantes. Porque así lo era para ella, como una promesa que se haría en su propio jardín de las Hespérides.
Las ventanas de la casa daban al oeste, donde se veían durante aquellos años de su infancia las copas de los naranjos también de los vecinos, y otra vez la teología de incontables flores de azahar que purificaban el aire durante la floración esos interminables veranos.
Recordaba tocar los pistilos pegajosos con sus dedos, mientras los salpicaba con agua. Pistilos que se transformarían en exuberantes frutas, bien grandes y robustas, como le gustaban a su padre. Porque él sabía pelarlas de una vez, sin interrupciones, de corona a ombligo, con un cuchillo amarillo que su abuelo había traído de Alemania, especial para pelarlas.
¡El perfume de los azahares! Los mismos que inmortalizados en flores de cera, coronaban los velos de novia de los inmigrantes provenientes de países europeos como sus tatarabuelos. Velos de tul, encaje y cintas de seda permanecían enmarcados en cajas ovaladas de madera y vidrios curvos, con un poco de verde moho y todavía se conservaban en medio de la somnolencia grisácea de los depósitos del Museo de la Colonización de Esperanza.
Ella había visto esas estampas, las había tenido en sus manos cuando trabajaba en el archivo. Los gringos colgaban estos cuadros en la pared del dormitorio, sobre la cama matrimonial, como testimonio de inocencia y fertilidad, como escudos de castidad y pureza ante las pestes del incesto y la lujuria.
Siguen allí, como obligada herencia en el desconsuelo del desván del museo, —quién sabe por qué— analizaba, contando historias de sueños laberínticos que nadie se animaría a repetir ya.
Ese momento de intimidad, con el té en mano que no se atrevía a tomar, mientras meditaba sobre los velos de las novias de su familia de inmigrantes, padrinos, iglesias católica y luterana, agua bendita, ninfas del atardecer y estrellas vespertinas, fue casi curativo y afrodisíaco.
De la destilación de la flor de naranjo agrio se produce el agua de azahar, aquel que su madre usaba en su repostería dominical, en ciertos postres, en masas pasteleras y tortas de limón nacaradas con una especie de merengue de glacé real. No era más que azúcar disuelto en agua y cocido a fuego lento, con semillas de vainilla en rama.
Bachelard se preguntaba igual que ella:
¿Cómo se saboreaban los silencios, tan especiales, de los diversos albergues del ensueño solitario ?
Cómo olvidar ese bizcocho de pistachos, crema de frutillas y almíbar de azahar. Cómo olvidar esos aromas y jarabes que embellecían la casa desde su cocina de colores ámbar. Las habitaciones parecían perladas durante esos atardeceres donde la luz entraba por las perforaciones de las persianas bajas.
Pero sí, el olor a esterilidad y azufre. Y cómo no, el tironeo de la tijera y la pinza en mi espalda, cuando cortaban y sacaban los hilos que mantenían la herida cerrada. Y aquel sonido de unos pocos cortecitos que no duelen como dijo el cirujano.
—Pero si Elenita es muy fuerte…— les aseguró jocoso a mis padres, parado a mis espaldas con tijera y pinza en mano, que yo había visto de refilón, las que para mi se convirtieron en ese momento en un cincel frío, un mazo y una lima.
Estuve un mes estática en cama después de la operación de columna, llevando un corsé con ballenas de metal y cordones blancos que se tallaban en mi piel. Todavía lo guardo de recuerdo, ya hace casi treinta años, en algún cajón de la casa de mis padres. Por esos tiempos fue cuando descubrí mi fascinación por las esculturas de mármol. Me sentía rota, me daba mucho miedo dormirme, que el sufrimiento fuera eterno y no volver a caminar. La mutilación y la deformidad. La inmovilidad.
Antes de comenzar mis paseos por el Jardín Botánico de Buenos Aires, había tenido que hacer rehabilitación en una pileta climatizada por dos años todos los días. Ahí nadaba por las noches con José después de mis clases en la universidad de arquitectura. Las horas de natación y nuestras charlas se habían convertido en los pilares de mi salud física y mental.
Siempre había considerado que mi cuerpo era una construcción bien sólida, un paraninfo de columnas dóricas, esculpidas y robustas, de capiteles sin ningún elemento decorativo muy llamativo. Era una adolescente de diecisiete años, alta, vigorosa, atlética. Jugaba al tennis, era muy buena pitcher en un equipo local de sóftbol, hacía gimnasia rítmica con cintas con mis compañeras de la secundaria. Me encantaba ir a patinar en el sendero de cemento zigzagueante del parque entre las corpulentas tipas de flores amarillas y semillas aladas y el canto estival de las chicharras.
De un día para el otro no pude patinar, ni mover las piernas, ni las manos, ni la parte derecha de la cara. Tenía entumecimiento y hormigueo por el cuerpo que se transformó en un infierno de dolor, radiografías, calambres, resonancias magnéticas, electromiografías y estudios de conducción nerviosa. Viajes a la capital de la provincia, a Rosario, a Buenos Aires, consultas a traumatólogos y neurocirujanos.
Según los expertos, hay que saber diferenciar entre un dolor agudo y un dolor crónico. En ese sentido, creo que el mío de ese año era agudo y crónico. Cincelado y amarmolado.
Empecé mis paseos por el Jardín Botánico Carlos Thays tres veces a la semana al salir de mis religiosas sesiones de fisioterapia. Buenos Aires se había convertido en mi nuevo hogar. Cambié la arquitectura de columnas dóricas por las agujas e hilos de la moda. Cambié las tipas por los ombúes, lapachos rosados, gomeros y jacarandás. Y hasta un árbol de cacao.
Los árboles del jardín botánico comenzaron a plantarse en 1892 según los registros y manuscritos de la ciudad. Siete hectáreas con más de mil especies de plantas y árboles autóctonos y esculturas en medio del barrio de Palermo. Carlos Thays fue uno de los más grandes paisajistas de Argentina. Le debo mi recuperación y gratitud a este francés.
La Ondina del Plata era una de esas treinta esculturas de mármol de carrara. Evoca a una deidad de la mitología griega. Esta ninfa acuática, lánguida, me saludaba con gesto despreocupado y una leve sonrisa durante esas mañanas, mientras recogía su cabello con la mano izquierda para evitar que el mismo ocultara su mirada con el movimiento de la brisa. ¿Se avergonzaba acaso de su desnudez igual que yo?
Yo vivía a dos cuadras del jardín. Y me había enamorado de la Ondina del Plata desde el primer día que la vi. Jugando esos días a ser un dios, podría asegurar hoy que rezaba con toda el alma como Pigmalión, que mi Galatea cobrara vida y arrodillarme así embelesada a sus pies de marfil.
La Ondina estaba siempre en el mismo lugar, esperándome, como figura alegórica flotando en medio del estanque, con los pies rozando los nenúfares y naciendo del agua. Era como la custodia del jardín. Quien daba la bienvenida a los estudiantes, vecinos y turistas de todo el mundo.
Los deseos del corazón. Y me pregunto: ¿si las estatuas pudieran hablar, mantendría Ondina todos nuestros secretos? La intimidad de nuestras charlas eran puramente contemplativas. A mi me contaba sus leyendas mientras yo la escuchaba cautivada por la belleza de su espalda desnuda. Espalda pulida, sin heridas, sin cicatrices ni cortes, ni perforaciones, una espalda perfecta, abrillantada. El marmolista había hecho un buen trabajo para evitar rayaduras y obtener un brillo tan uniforme y una superficie inmaculadamente blanca. Mi cirujano, también.
Mi cicatriz sobre mis vértebras lumbares y sacras se ha cristalizado con los años en la lisura de la piel de mi espalda para eternizar el dolor emocional que paraliza y que uno sí rememora. Ese dolor que he comenzado a entender sólo recientemente.
Thays escribió en su postulación como director de parques y paseos:
El hombre, sobre todo el que trabaja, necesita distracción y ¿acaso hay alguna cosa más sana, más noble, más verdadera cuando se sabe apreciarla, que la contemplación de los árboles, de las hermosas flores, cuando son dispuestas con gusto?
El espíritu entonces descansa, las penas se olvidan momentáneamente, por lo menos, y el aspecto de lo bello, de lo puro, produce un efecto inmediato sobre el corazón.
Hoy leo en un artículo del diario de Buenos Aires que especialistas en iconografías comentan que la Ondina tiene una grieta en uno de los pies. El paso del tiempo la ha hecho menos perfecta, pero no por eso, menos amada e inmortal.
Me llevó mucho tiempo entender el mito. Ese tiempo en el que existían sólo los dioses, pero no los mortales. Ella, al igual que yo, estábamos ambas modeladas con tierra y agua, y marcadas por el destino.
El 19 de mayo de 1997 fue cuando la encontré por primera vez en un libro. Era el día de mi cumpleaños. Cumplía veinte. Tenía la nariz pegada a la vidriera de Hatchards, la librería más antigua de Londres, fundada en 1797, dos siglos antes de mi fortuita visita. Después de concentrar mi atención y mi fascinación en el interior de la casa, decidí entrar. La icónica tienda era la librería favorita de Oscar Wilde y uno de los lugares más queridos por los amantes de los libros en Europa. Ahí estaba ella, entre arreglos florales frescos y majestuosos que iluminaban cada habitación entre escaleras. Era una impresión en un pequeño libro de J. W. Waterhouse, dispuesto en exhibición sobre una de las mesas de caoba perfumada. Ella había sido pintada en 1896.
Era una especie de revelación que alguien susurraba en mi oído. Recordé las clases de historia en la secundaria. Por esos días comencé a amar la mitología griega. Era ahí, justo antes de esa imagen, que los dioses empezaron a enfadarse y se produjo entre ellos la discordia. Quedé perpleja. Fue sólo un momento. Una promesa que ella rompió en sólo un segundo.
—¿Sabes a cuántos segundos equivale un momento? — me preguntó. Otra vez, esa voz.
Nadie lo sabe con precisión. Hace varios siglos, alguien hizo un intento de medición. Aparentemente hay cuarenta momentos en una hora. Por lo tanto, de noventa segundos cada uno. Ella tuvo noventa segundos entonces para dudar y romper la promesa.
—¡Ay, destino, destino, me estremezco al contemplar tu suerte !— me dijo la voz. — Así decepcionamos a los que amamos y a nosotros mismos.
Su infortunio, todopoderoso, fue más rápido que conciliar el sueño. Pensé entonces cuánto tiempo me tomaba dormirme. Hay días en los que me lleva horas, después de la invocación de todas las musas. A veces arriva Hypnos con ellas y recae en mi todo su poder, unas visiones y unos sonidos de sombríos presagios que se mezclan al azar. A veces me dice claramente todo lo que quiero saber en un lenguaje simple mientras cuento los segundos antes de cerrar los ojos. Otras veces, me deja desamparada entretejiendo enigmas y ensoñaciones nocturnas, para regresar a mi durante el día siguiente como refiriendo a unos oráculos equívocos, oscuros y difíciles de interpretar.
—¿Por qué tardas en proclamarlo todo? — me preguntó la voz. —¿Esperas un golpe de suerte?
—Sobre esto no preguntes más, no insistas. —le respondí imitando la voz de Prometeo.
—Es, sin duda, un augusto secreto lo que ocultas. — me dijo.
—A veces, puede tomar un poco de tiempo para que alguien responda, pero alguien responderá siempre. Se llama intuición. ¿Qué sentido tiene ir a toda velocidad? La esperanza es lo último que se pierde.
Domar la curiosidad puede llevar años. Cuánta celeridad se espera de uno. A pesar de sus duras amenazas, no le revelaré el secreto. Lo juro. Por encima de mi cadáver. De todas maneras, con tantas pistas, podrá algún día deducirlo.
—Pues con nada te conmueves, ni con tantos ruegos. Me estremezco por la suerte que te espera. — concluyó la voz.
Al lado del libro había una cajita de música. La abrí. No pude escapar a mi destino. Se repetía la maldición. La tentación fue más grande que mi vergüenza. Reconocí un fragmento de la melodía: Sueño de Amor de Liszt. El nocturno n° 3 había sobrevivido en el tiempo y era muy popular en las academias de piano. Solía tocarla entre las piezas que había tenido que practicar durante los años que tomé clases en Esperanza. Tuve una profunda sensación de realización al comprender la esencia de ese momento, como tantos otros.
Siempre me había fascinado el mecanismo de las cajitas de música. La vibración del peine metálico y las púas del cilindro que se ponen en contacto al girar la manivela. Podría hacerla girar por un tiempo infinito de años hasta morir, a la espera del verdadero amor.
Prometeo hizo que los mortales dejáramos de pensar en la muerte antes de tiempo. Albergó en nosotros esperanzas ciegas. Además de esto, nos regaló el fuego resplandeciente que le robó a Zeus. Depositó así toda su confianza en el hombre y la mujer, en sus artes de crear cosas bellas, como la cajita de música. Ladrón del fuego, lo llamaron hasta morir.
—¿Logra uno adivinar los hechos que pueden ocurrir en el futuro? — le pregunté a la voz.
—Esta vez explícate sin enigmas — me suplicó.
—Compré el libro. Lo guardo hace más de veinte años. Al mismo tiempo, fue creciendo en mi una gran desilusión, como una danza sorda alrededor del alma. No encontraba el amor. Los dioses parecían ser insensibles a mis súplicas. Por momentos, la espera se hacía eterna. Como Thel, buscaba el sentido de mi vida hablando con todas las criaturas: un lirio, una nube, un gusano, un terrón de arcilla.
Con el trueno y la llama del relámpago, Zeus estaba herido de odio y lleno de deseos de venganza. Decidió crear a Pandora, esa misteriosa deidad que los dioses envolvieron en telares de hilos de plata y corona de flores, perfumes, gracia, sensualidad y voz celestial.
Pandora era esa mujer virtuosa. Waterhouse la pintó abriendo el cofre, sin distracciones, glorificando el mito de hace miles de años, en 1896. La que vi en la librería.
—Un día, hace unos años, la volví a encontrar. Uno de esos días de vientos de alas rápidas. Pensé que se había caído del cielo. No sabía si era hija de un dios, de un mortal o de un semidios. ¿O fue pura apoteosis entre las nubes? Traía consigo una especie de urna, de ánfora. — y le revelé a la voz al fin mi secreto. —La besé y abrí la caja de Pandora.
El mito ya me había profetizado cómo se cumpliría el futuro. De repente, tuve que rendirme, y los segundos, los años, los meses y las horas me coronaron con una voz mística. Hice una profunda reverencia. Y desde ese día, le rendí honores a ella como a una divinidad a través de ofrendas de flores, frutas, música y alabanzas.
El sobre me sorprendió esa mañana en el desamparo de la calle. Nueve y media. Pasé por al lado con total indiferencia. Insólito. Volvía caminando del centro de la ciudad cuando vi un sobre con una carta, al desabrigo del invierno, tirada en medio de la vía. Anónima. La humedad de la escarcha sobre los adoquines hacía que el anverso se pegara a ellos. Así que no podía leer el destinatario sin inclinarme, y la solapa, sin remitente, era lastimada continuamente por el golpeteo del viento haciéndola flamear.
Me quedé diez minutos eternos mirando el sobre. Demasiado viento para la frágil solapa. La dureza de los adoquines. Los zapatos que deben haberla pisoteado ya. No debe ser nada de valor. ¿Cuáles son los motivos para escribir cartas que luego vuelan con el viento y terminan abandonadas e indefensas sin llegar a destino? Eso es imprevisible.
Nadie me pregunta qué hago acá parada mirando el sobre. Disimulemos. Me siento avergonzada. ¿Qué día es hoy? ¿Viernes? ¿Cuánto tiempo he llevado la carta en mi bolsillo? Quizás debería volver a medianoche, y leer la carta bajo la luz de la luna. Ahora todos los vecinos miran. Soy demasiado orgullosa para arrodillarme ahora y levantar el sobre del piso. Pura curiosidad. ¿Será una carta de amor? No creo que sea la mía. A esta altura la carta tendría que haber llegado a Irlanda.
¿Es mi carta? No es verdad. Reconocería mi letra. No se ya si había colocado una estampilla. ¿Cuándo la he escrito? Si mal no recuerdo, era a principios del otoño. Había mucha niebla. Ecos. Sombras en mi alma ¿Me habré equivocado en el código postal? Hagamos memoria: ¿cuánto tiempo llevaba la carta en el bolsillo de mi abrigo? Definitivamente, un descuido. Se me habrá caído sin darme cuenta. Dios te guíe y te guarde, Elena. ¿Por qué finalmente no la eché en el buzón? Quizás no estaría correcto el valor del franqueo. Mi madre coleccionaba estampillas. Nunca se lo conté, creo. No se finalmente qué hicimos con ellas. Algunas me las traje a Bélgica de recuerdo. Lo se. Las de flores de todas las nacionalidades. Estaban guardadas y ordenadas en cajitas cuadradas forradas por ella, y en pequeñísimos sobres de papel. Algunas ni siquera estaban despegadas del recorte del sobre, y mantenían el sello completo. ¿Cómo era el procedimiento para despegarlas? Agua tibia, creo. Sal. Sí. Dejarlas remojar. Después secarlas.
Estoy segura que la trajo de vuelta el viento, y la pobre, indefensa, pasó la noche en el frío.
¿Qué distancia habrá recorrido la carta? No recuerdo la fecha exacta en que la escribí. Memoria infame. Quizás es una bendición que no la haya recibido. ¿Estaría completo el nombre de la calle, el número de su casa? Claro, como su puerta no tiene número, el cartero no ha encontrado la casa. Podría llevar la carta al correo y un mapa detallando el lugar donde tiene que entregarla. Mi abuelo era cartero. El no se habría equivocado nunca de puerta.
No reconozco el color del sobre. ¿Era celeste o amarillo? Sería un deleite malvado recogerla y leerla. ¿Y si es la carta que escribí para ella? Lo se, siento una sutil desesperación en las manos. Me tiemblan las rodillas. No recuerdo si firmé la carta con mis iniciales o con mi nombre completo. No dudes de ti, Elena. Sinceramente tuya, E. W. Sí, sí. Era así.
Podría releerla y modificarla. ¡Enhorabuena! Sin dudar, cambiaría algunas palabras. Quizás, el tono de voz. Quizás podría acallar aquella voz irónica y sin sentido de siempre. No, las palabras escritas eran lo suficientemente lúcidas como para no malinterpretarlas.
Amada mía:
Me tomo la libertad de escribirte…
No tener nada que decir. Qué desesperación. Despedidas. Incertidumbre. Abandono.
No, no…. ¿Qué le diría? No podemos fiar todos nuestros sentimientos al papel. Y que después, la carta se pierda. El amor, la bondad, la compasión y la confianza han de dirigir la pluma, eso dicen los expertos en el arte de escribir cartas. Suposiciones. Son todas suposiciones. Retórica epistolar. Triunfantes murmuraciones. ¡Basta!
Recuerdo que había escrito tanto antes del desayuno. Era un fino papel a rayas. El verano había terminado. Los girasoles habían muerto. La melancolía era enorme. Pero parecía haber recuperado una especie de sentido de equilibrio. Hice oraciones demasiado largas. Eso es odioso para el que las lee. Pero bueno, una carta no es más que una conversación entre dos personas ausentes. Epístola a la amada. Es difícil decir lo mismo en este momento. ¿Me perdonará algún día?
No, quizás sí la leyó, pero quiso devolvérmela. Quizás el forro de su abrigo estaba descosido y la carta se le ha caído a ella del bolsillo.
Te cuento que tu carta ha sobrevivido el frío y también la llovizna.
Me atrevo a decir que la letra no es muy clara. Con la humedad del suelo, el viento, la llovizna a lo mejor se ha corrido la tinta y no ha podido leerla. Qué decepción. Por eso me la devuelve. ¿O será causa de la dudosa ortografía? Mi holandés no es perfecto. Nunca lo fue. Ni lo será. Escribo mejor en español. Lo importante es lo que la carta evoca, no es cierto? Dicen que las cartas también tienen su buena o mala estrella.
Quizás podría corregir la puntuación. Qué ingenuidad. Sólo unas líneas. ‘Escritos de lenguaje fácil y frases claras, sin figuras, metáforas, ni otros adornos floridos, pero que sin embargo admiten las comparaciones justas, los epítetos expresivos, las anécdotas curiosas, las suspenciones agradables.’ – eso dicen los expertos en sus libros. Debería respetarlo.
Podría agregar unas flores secas de hortensia azul. Creo que simbolizan el perdón. Quizás así podría persuadirla de que volviera. O semillas de girasol, para que siembre en su jardín. Hay que apostar al futuro. Nuevas perspectivas. Espero que sus plantas no hayan muerto. Nunca me animé a preguntarle en realidad. Seguramente plantará nuevas la próxima primavera.
Tendría que escribirle un poema de amor en lugar de una carta. La primera vez que recibió correspondencia, era un dibujo mío. Papel picado en pastel de tiza. Una invitación para ir a bailar juntas a la sala del Museo de Bellas Artes. Estoy convencida que fue totalmente inesperado. Extraño esas, nuestras pequeñas aventuras. Su compañia. En aquellos días todavía tenía el coraje de sorprenderla. Amada mía. Ya no creo que tenga ganas de volver a recibir otra carta.
Tendría que releer las cartas cinco veces en el futuro antes de enviarlas. Recuerdo haber leído eso en las cartas de Jane Austen a su querida Cassandra. De esa manera estaría toda la noche releyendo la carta. Debería acortarla. Releerla, volver a escribirla, llevarla al correo mañana. O franquear el valor de dos cartas en una.
Miércoles. Sí. He cambiado de opinión. No voy a juntar la carta del piso esta mañana. Treinta y un personas pasan cerca mío o miran por la ventana. Si se lo contara a alguien de mis amigos, nadie me creería. Qué ridículo. El mismo deseo. No puedo obligarla a leer mis palabras. Tampoco creo que me perdone. Ya debería haberla recibido. Es tiempo de escribir otra. Debería ser más detallista con la caligrafía. No equivocarme al escribir el destinatario. No, no puedo escribir tan seguido. Sólo me genera más ansiedad.
Eran esos tiempos de inconmensurable soledad en los que cualquiera caminaba de terciopelo negro por la casa, ya sin saber ni siquiera cómo era estar de luto, como quien marchaba con una calavera reseca entre las manos rumbo al cementerio. Otros solían hacer equilibrio con un libro de historia del arte en la frente, en procesión patética de manos cruzadas en la espalda y ojos cerrados en medio del silencio desacelerado, las risas y el crujir de los geométricos parqués.
La pandemia nos había enseñado a respirar el aire de la claustrofobia, a marcar el paso del desasosiego, a deambular en medias de lana por el laberinto de la vida doméstica y a tramar nuevos rituales en el limitado espacio que nos rodeaba.
Algunos paseaban desnudos por los interiores y pasillos, otros se quedaban sentados mirando el techo de la cocina, casi inmóviles hasta el mediodía envueltos en las sábanas arrugadas o abrazados a la almohada desfigurada. Ella se trenzaba el cabello y se abrazaba a ella misma en la cercanía prohibida del acartonado día tras día.
Aquel amontonamiento hermético e incontrolable de cajas de fotos abandonadas y recuerdos en las esquinas de todas las casas, y las pilas de libros sin leer alentaría quizás a los niños aburridos a jugar a las escondidas bajo la cama – pensaba. Ella sólo deseaba no estar obligada a esconderse para siempre entre la imprevisibilidad de los roperos colmados de vestidos que quizás nunca más volvería a llevar.
Nadie se atrevía realmente a decidir nada que tuviera sentido o fantasear con algún atisbo de destino. Ella sólo se arriesgaba a hablar con los vecinos sobre el tiempo durante el saludo y el buen día en el último peldaño de la escalera. Luego asentía con la cabeza. No importaba si hacía frío, si pronosticaban tormenta o calor. Bastaba con sólo mirar las nubes en el cielo y el vuelo a baja altura de las golondrinas por la ventana.
Ella se asomaba detrás de las cortinas blancas, leales al canon, la acústica y el ritmo de cada noche silenciada. No tenía ningún apuro en pelar la naranja ni tomar la taza de café que se enfriaba, sólo miedo de manchar sus puños de encaje y no volverla a ver. Pretendía saborear y oler el papel indescifrable de sus libros, mientras se llevaba un trocito de cáscara de naranja a los labios para después masticarla. Se imaginaba a la gente, cansada de la tiranía del encierro, trepando los muros linderos y espiando a sus vecinos con velas y linternas. Ella se preguntaba, entre incontables muertes y sospechas, si seguirían vivos.
La amaba. Amaba a esa mujer que parecía derivar de la poesía o la mitología que había aparecido entre los dioses de las páginas de sus libros. Esa mujer de cabellos largos, que sacudía su cabeza haciendo énfasis en la sensual delicadeza del viento que mecía las flores de azahar. Mujer llena de juventud, salida de un cuadro simbolista de mediados de 1880. Mujer de piel pálida, que no pertenecía al espíritu de esa época. La veía llevando hojas de mirto, olivo, hiedra o victorioso laurel como símbolo de gloria, triunfo y eternidad durante la antigüedad, de esas hojas que coronan la frente de algún mortal, ninfa o sacerdotisa.
Esa madrugada legendaria, desobediente, salió de su casa con las dos manos en la tierra y los pies descalzos en los campos y con la tijera en el bolsillo del delantal. El amor era su afortunado aliciente. La enormidad de los prados, una celebración donde las flores se cruzaban incansablemente.
La poca gente que andaba por la calle llevaba los pelos despeinados y la mirada sombría como un juramento protocolar. Ella intentaba como una heroína, imaginar una dirección, una velocidad de paso constante y una amplitud en el horizonte. Estar enamorada en medio de la pandemia era toda una proeza y la consagración del amor y la primavera la mantenía en un estado de éxtasis e indiscreto trance. Se trataba de un amor épico que aceleraba su respiración y de un paisaje idílico en medio de la decencia de una ciudad desfallecida. Su mirada ingenua y su valentía rozaban las matas de aquellos campos baldíos de flores trepadoras, silvestres y aromáticas.
Carlos Linneo, el así llamado Príncipe de los Botánicos, un poeta sueco que se convirtió en naturalista, hacía anotaciones sobre estas flores ya en 1753. En las descripciones de su aclamada obra Species Plantarum decía lo siguiente de estas plantas cosmopolitas que habitan en Europa en los bordes de los cultivos y de los caminos: ‘Habitat in Europa ad margines agrorum viarumque’.
Se aventuró por la senda, con Linneo en sus pensamientos y la tijera en mano, por los suelos arenosos y no necesariamente fértiles donde crecían libremente estas especies de flores nativas.
Cortó primero unos tallos de una hierba robusta, de pedúlculos estriados y flores azul-lilas que parecían girar con el sol de las cuales ya hablaba Carlomagno, llamadas Cichorium Intybus o achicoria común para los peregrinos.
Hizo luego racimos de Campanula Glomerata de hojas acorazonadas. Entre los pastizales efímeros, encontró también campanuláceas de flores azules llamadas Jasione Montana. Aquellas de zarcillos amarillos en medio de los brezales y a pleno sol, eran las Lathyrus Pratensis, que como el nombre lo dice, crecen en medio de prados y malezas. Las de flores azuladas, arriesgadas y con frutos de vainas delgadas, eran las arvejas silvestres, llamadas Vicia Cracca.
Más adelante encontró milenrama o flor de la pluma, de diminutas flores blancas. La Achillea Millefolium era de propiedades medicinales y sobresalía, desvergonzada, por su inocencia entre la profusión de fragancias.
Descubrió entre las plantas la Daucus Carota, que se elevaba en una umbela de flores blancas en el ápice. Es probable que los antepasados silvestres de la zanahoria hayan venido de Irán, decían. Ahora podía encontrarla en medio de este campo baldío y entre Malvas Sylvestris, de colores púrpura, con venas más oscuras formando rosetas de hojas y milagros.
La Centaurea Cyanus, naturalizada en Europa central, formaba una hazaña de corolas de pétalos azul-violáceo profundo, y se encontraba a la vera del camino, entre cereales y amapolas silvestres de delicados pétalos color escarlata. Cortó sus frutos secos y tallos resistentes, de semillas inofensivas y mansas.
Y, finalmente, la apoteosis del prado, las infaltables rosas Ballerina. Hizo ramilletes de pétalos blancos y rosado pálido. ¿No le parecerá un delirio que le regale rosas? – se preguntaba.
Miró a su alrededor una vez más antes de volver a casa para trenzar la corona de mimbre y flores.
El follaje indómito, la divinidad de las corolas, la intriga de sus manos y la atmósfera mística de aquel jardín sin límites la hicieron dudar de su insolencia de ir cortando flores en medio de la ciudad. No le importaba nada, ni las miradas de los extraños que pasaban, ni la penitencia, ni el costo de su libertad. De repente vio su imagen reflejada en el vidrio de un edificio. Esa imagen en espejo era lo único que podía confirmar su existencia en ese preciso momento y la promesa de un amor romántico y sublime. La corona pretendía ser un íntimo homenaje a ese amor, al romance entre ellas, al misterio de la femineidad. Y ese momento atemporal e irrepetible de lucidez se mantendría refugiado en su memoria para toda la vida.