Roses

No hay nada más difícil para un pintor verdaderamente creativo que pintar una rosa, porque antes de poder hacerlo, primero debe olvidar todas las rosas que alguna vez fueron pintadas.

Henri Matisse

Cuántas veces me he despedido de la ciudad ya, refugio de mi alma durante veintidós años. Despedirme de sus pájaros, de sus edificios históricos, de sus flores, hasta del kiosco del parque Citadel construido en 1885 con sus pilares celestes y sus ocho ángeles blancos sosteniendo coronas de laurel. Qué dificil despedirme de Erató, la musa de la poesía que se erige en la cúpula del kiosco, con su lira entre sus brazos, coronada de mirto y rosas.

Los rayos de sol están otra vez cerca. A vuelo de pájaro, puedo ver cómo rozan el ruedo de su toga y casi puedo saborearlos en mi boca y mis labios. El cielo gris se va desvaneciendo de mi frente con el correr de los días de temprana primavera.

Todo vuelve: los brotes, los capullos, los mirlos, hasta las rosas de Pierre-Joseph Redouté. Aquellas rosas del libro del artista belga llamado el ‘Rafael de las flores’ que una vez le he regalado a Daniela para su cumpleaños. Y que después de su muerte pensaba que podría recuperar, pero ya había renunciado a la esperanza de volverlo a ver.  

Hoy, entre mis manos, puedo hojear nuevamente las impresiones de perfumadas rosas que en el siglo diecinueve ha dibujado el artista, quizás, en esta misma ciudad, quién sabe, para Josephine Bonaparte en grafito y acuarela. Debería sonreir. Estar agradecida. Eufórica. Abrir las puertas y gritarlo a los cuatro vientos. Pero tengo miedo. Miedo a la muerte.

Dicen que el miedo es una elección y un exilio muy solitario.

Me deshice de las espinas. Aparté de mi a mucha gente este último tiempo, ya que en mi se difundía tanto resentimiento y dolor. Mi espalda estaba doblada y parecía estar abrumada por la pesada carga que llevaba. Solté las piedras que cargaba y arrojé la lanza al infinito como cuando era niña. En esos momentos, esas mañanas, no existía la herida por falta de valentía. Siempre era yo la que ganaba en el lanzamiento de jabalina.

—¡Lo más lejos posible! — me gritaba la profesora de gimnasia para alentarme. No había dudas, la distancia que conseguía en la arena con la lanza era siempre la más larga. Ella la medía con una cinta métrica para corroborarla. Tenía brazos fuertes y hermosos, llenos de coraje. Hoy no diría lo mismo.

Esos mismos brazos y mis manos son los que uso en mis sueños diurnos para trabajar la tierra, para limpiar las hierbas inútiles antes de labrarla y plantar rosedales. Sueños repetitivos a flor de piel.

Ausentarse, marcharse, separarse de lo que nos es familiar por tantos años, de los que amamos.

Redouté murió en su taller, el 20 de junio de 1840 mientras terminaba dos nuevas series de ilustraciones botánicas, Les Roses y Choix des plus belles fleurs, las que podemos admirar hoy.

Esta selección de 144 impresiones de las más bellas flores, rosas  y ramas de frutos como higos violetas, lirios y duraznos fueron grabadas en placas de cobre y reproducidas en color. Sus láminas eran tan codiciadas, que han sido arrancadas desde entonces de libros para ser vendidas a un elevado precio en el mercado literario.

Hoy me pregunto cuál es el precio que uno tiene que pagar por vivir separado de los que uno ama. Hoy espero encontrar la persona que está tratando de encontrarme. Pero que sea con compasión en el corazón y con un puñado de tierra fértil y rosas en las manos.

Despedirme de mi país natal hace tantos años no fue fácil. Y hoy el regreso me resulta más difícil aún.

El buril que tomé en mis manos hace más de veinte años, al igual que la jabalina cuando era niña, ha dejado surcos en mi piel y mi alma, y ha ido desprendiendo hilos de cobre con cada palabra, cada gesto, cada espina, cada muerte y cada intento que hice por renacer. 

Hoy no se si quiero seguir siendo fiel a lo que fui y morir en mi taller. Tampoco se si quiero correr, huir o esconderme bajo la superficie de láminas de papel con estampas de rosas desparramadas y abandonadas sobre la tierra y bajo mis pies.

El silencio de la verdad  

Hay quienes tienen la verdad, pero no la dicen en palabras. — Kahlil Gibran  

Me concedo el permiso de tomar una fotografía nuestra, una de las primeras, entre mis manos.

Me doy cuenta que necesito reconciliarme desesperadamente con el amor y con ella a través de las imágenes que guardo en la caja de lata con nuestros recuerdos.

Atinaría a decir que esta foto representa para mi con seguridad la cercanía al concepto de felicidad.

Podría marcar con mi dedo índice y una cruz en el mapa, meticulosamente, el lugar donde la foto fue tomada, el nombre de la región, el año, el día, la temperatura, y quizás, la hora de aquel verano y dar en el blanco.

Podría ponerle un título, recortar nuestras siluetas, hacer una instalación tridimensional, una maqueta de cartón o un collage, unir nuestros cuerpos con hilvanes de hilos dorados, dibujar corcheas, fusas y semifusas alrededor y ponerle luces y melodía, hasta una etiqueta. Podría pegarla en un album de fotos, escribir una historia, agregar un lenguaje simbólico de figuritas de estrellas e intervalos, palabras o globos de diálogo y darle otro significado. Recomponer el pasado y darle otro final.

Podría inventarme la verdad de una conversación que no recuerdo ni con rigor ni precisión, que a lo mejor no sería fiel a la original. Pero prefiero callar. Una conversación donde no había silencios, pero sí una quietud dinámica, en movimiento, amorosa y gentil. Nada existe por azar cuando una está enamorada y ya no puede morar más en la soledad del corazón.

Me refiero a aquel edén donde el tiempo adquiría para mi otra dimensión. Donde no era ni tarde ni temprano. Donde no existían los relojes ni las horas, sólo una alineación de hélices, triángulos, ojos celestes, círculos, rayos de sol, halos, sombrillas, banderines multicolores, cruce de líneas punteadas y vuelos de mariposas y esperanzas.  

Donde yo no recordaba ni el punto de partida ni de llegada, pero sí la textura de los límites como una secuencia que se multiplicaba y se renovaba continuamente como las señales electromagnéticas que emitía mi corazón, que se extiendían más allá del cuerpo físico  y que nos unían y se sincronizaban al sistema nervioso de cada una de nosotras.  

Donde no había torres de castillos, ni mástiles, ni columnas, pero sí ejes invisibles que nos conectaban con la frecuencia del amor, y con lo absoluto del universo y una sucesión continua y aparentemente aleatoria de leyes matemáticas y de segmentos delimitados por los puntos A y B en una recta entre regiones infinitas de dos cuerpos vivos.

Donde no había portales, pero sí entradas arquitectónicas a umbrales divinizados de templos que nos impulsaban al infinito de puentes, arcos, galerías y adoquines, que, al pisarlos, se multiplican como láminas traslúcidas de caledoiscopios una tras otra y se volvían a repetir, repetir y repetir sin parar.

Donde no había un cielo nublado, sino una bóveda plateada sobre nuestras sienes que sólo demarcaba el borde de la luz, del horizonte y de la eternidad y que, como espejo convexo, reflejaba con precisión fotográfica toda la escena, incluidos los personajes que se encontraban fuera del camino andado y que no estaban al alcance de nuestra vista ni nuestras manos.

Donde el espacio se convertía en superposición de valles verdes inconmensurables, donde la nada se volvía en un todo, en un escenario de risas, movimientos de abrazos, abrir y cerrar de telones, cadenas y mantras, líneas que se disparaban en todas direcciones, en poleas invisibles que abrían los pétalos de las flores o hacían flotar los cisnes en el lago, en cuerdas que hacían que girara la tierra bajo nuestros pies, en máquinas que emitían humo de colores, incienso y espirales de luces.

Aquel lugar donde yo no sentía la gravedad de mi cuerpo, o el peso de mis piernas, de mis ropas o de mis pasos, pero sentía que podía elevarme del suelo, volar sobre el lago, y, al mismo tiempo, que no podría morirme algún día sin ella a mi lado.  

Donde no había plantas que esta noche pudiera recordar, pero sí flores de éxtasis que parecían ramificarse hasta el cielo, como las amapolas, bajo los augurios estelares, y formas perfectas y esbeltas de árboles, donde conciliaba el sueño una maraña de nidos, alas y pájaros, donde se escondía una confusión de orquídeas salvajes, helechos, tréboles de cuatro hojas y fuerzas animadas que como serpientes se asomaban curiosas y nos espiaban.

Donde no recuerdo la luz de la atmósfera porque todo dependía de la extrema luminosidad de nuestras almas, de una especie de fuente que se renovaba constantemente en nuestro interior y hacía desaparecer todos los males espirituales y todo el resto que nos rodeaba.  

Donde no tenía un mapa en mis manos que se desplegara y se volviera a plegar, y el sendero carecía de una sensación de sentido, porque no existían ni flechas, ni carrozas ni capas ni espadas, ni el miedo a equivocarme, porque podía retroceder o adelantarme y volver a encontrarla. Ese camino que no mantenía las marcas de nuestros pasos, pero sí el ritmo acompasado y el pulso místico de nuestros corazones que nos orientaban hacia la confianza y la libertad.  

Ese lugar en el mundo que no importa hoy ni su nombre ni dónde fue tomada la foto, donde no había nada que esconder, donde yo anhelaba ser inmortal y dar nacimiento al tan esperado amor incondicional.

Aquellos momentos donde separarme de Leah parecían impensables. Donde no recuerdo las palabras exactas, sólo la coherencia momentánea de una continuación sostenida de frases recortadas y sin sentido que quedaron grabadas en mi memoria y que, como el incienso, se elevaron como plegarias a los dioses y como ofrendas a las deidades.

Donde no recuerdo los sonidos, pero sí los de su respiración y la amplificación de los latidos de mi corazón, y de la sangre corriendo por mis venas. Como si pudiera escuchar el zumbido de abejas coronando mi frente, el aleteo de colibríes surcando mi piel o el chasquido de ballenas nadando en mi interior.

Esos momentos predecibles e incontrolables y sometidos a la pasión y a unas fuerzas sobrenaturales llamadas destino y que predeterminan los acontecimientos de nuestras vidas. Aquellos en los que redescubría la inocencia del amor y esta noche, el silencio de la verdad.

Jarabe de lavanda

Dulce y sutil, como burbuja fresca que se deshace sobre las papilas de la lengua.

Se suponía, desde el inicio, que viviríamos juntas un eterno verano. Pero fue en aquel patio de colores arena y escaleras de piedra caliza del centro de arte del siglo XIX, situado en el Hôtel de Gallifet en Aix-en-Provence, donde sentí por primera vez que los círculos que se entrelazaban entre nosotras llegaban a su fin. No supe si comenzar a correr y huir por los campos de lavanda o esconderme detrás de alguna de las columnas dóricas de aquel palacio. Pero decidí quedarme por ella, porque en el fondo de mi alma, sabía que la amaba. Pero tuve miedo, porque, a pesar de estar sentada a su lado, tantear sus labios y mirarla a los ojos, no llegaba a comprender ni una palabra de lo que Leah murmuraba.

Seguramente tenía algo que ver con la singular pintura de Wolfe von Lenkiewicz que acabábamos de ver en la galería del hotel, La Duchess de Polignac, con la cual yo me había quedado fascinada.

Se trataba de una versión libre de Yolande Martine Gabrielle de Polastron, amiga y favorita de la reina María Antonieta, a quien conoció cuando fue presentada en el Palacio de Versailles en 1775. Gabrielle era considerada una de las mujeres más bellas de la sociedad aristocrática prerrevolucionaria. Carismática, sofisticada, encantadora y de refinada elegancia, se había convertido en líder indiscutible del exclusivo círculo de la reina, asegurándose de que nadie pudiese acceder al mismo sin su consentimiento.  

El retrato de la duquesa con el sombrero de paja de 1782 era uno de los seiscientos retratos pintados por la famosa retratista Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun. En esta versión moderna, Wolfe von Lenkiewicz la había pintado radiante, coronada de círculos y auras en color pastel dorado-naranja, celeste, rosa y lila. Yo la percibía de otra manera. La había autorizado tácitamente a ser testigo del dolor y vacío hirientes imposibles de enmascarar y que se habían apoderado de nosotras en aquel calor sofocante. Creo que tampoco es casualidad que Gabrielle lleve una rosa en su manos pálidas y que el nombre de la exposición fuera Historias del corazón.

¡Cuánto había deseado yo desde niña conocer los campos de lavanda de Aix-en-Provence! Y, sin dudas, parecía ser un sueño compartido por ambas. Y ahí estábamos. Leah me había finalmente llevado hasta el corazón recóndito de los campos. Y allí estaba yo, parada, en medio del Drôme Provençale, entre macizos y valles mediterráneos, espigas violáceas, el zumbido de las abejas que coronaban mi cabeza, la estela de perfume de enebros fenicios, lavandas, tomillo, romero, pinos silvestres, las expectativas, las gracias y las plegarias elevadas al cielo y toda esa espera inconmensurable que llegaba a su fin en ese momento. Y allí estaba ella, parada a mi lado. Y yo, sólo preocupada porque ella no parecía ser feliz, o yo no era feliz, o yo constataba que juntas no lográbamos ser felices. Y sólo disimulábamos. Estábamos cercadas, herméticas, cada una bajo una campana de cristal, impenetrable. Yo no comprendía esa injusticia, los campos de lavanda habían sido siempre la meta y el destino de ambas. El punto en el mapa.

Y no fuimos capaces de tomarnos de las manos. Qué arriesgado parecía haberlo permitido. Cerré los ojos. La indiferencia entre nosotras era demasiado dolorosa. Sólo vi manchas negras de calor, brillo y encandilamiento. Me senté en la tierra reseca que parecía quebrada y sedienta de gotas de lluvia, crucé las piernas entre las matas de espigas fragantes e incansables centenares de abejas que volaban en círculos y elipses a mi alrededor y respiré hondo. Para mi asombro, era como si el aire hubiera estado maldecido con aquel calor infernal. Como si el cielo se convirtiera de pronto en una confusión de ojos, prejuicios y un asedio de nubes de tormenta color antracita, truenos y rayos metalizados entre las montañas de telón de fondo, como si yo perdiera el juicio y apareciese el oráculo delante mío y me dijera morirás. Yo estaba tan acostumbrada a esa sensación de desamparo que dejé que me atravesara la piel y el cuerpo sin sentir el miedo que debería haber sentido. Estaba convencida que mis miedos dejaban a todos indiferentes desde niña, especialmente a ella.

Leah comenzó a caminar lentamente junto a su sombra descalza entre los arbustos. Paso a paso, la dejé alejarse de mi. En otro momento la habría anclado a mis intenciones y mis entrañas, o al perfume de lavanda emergiendo de las profundidades de la tierra. Sabía que nada podría persuadirla. Que nada podría detenerla. Siempre lograba lo que quería. Era amarla hasta sentirme morir o dejarla ir. Se recostó sola sobre todas mis dudas, mis indecisiones, mis pretensiones y las desilusiones de nuestra historia. Era curioso, no se si se acordaba de mi presencia.

—¿No ves el horizonte a través mío? – le preguntaba yo en un susurro al viento que nadie podía escuchar.

De alguna manera, ella siempre ansiaba quedarse sola, enfocarse en sí misma y su propio deleite, su escritura, sus deseos, pero procuraba que no la abandonaran. Dejé que todo sucediera como ella quería. No hice otra cosa que observarla deambular como alma perdida, besarla de lejos, sacarle fotos entre las flores. Por lo menos así, mirando las fotos en el futuro, un día como hoy, podría revivir mi lealtad ciega, el perfume de su piel y sus cabellos envueltos en fragancias acarameladas, mentoladas, refrescantes de gráciles lavandas.

—¿No te importa lo que yo piense? – me preguntaba yo.

Lo habíamos intentado. Decidimos hacer el viaje ese julio sofocante de verano francés, a pesar de las reglas impuestas por los gobiernos durante la pandemia. A pesar de haber sido quizás la hazaña más milagrosa que emprendimos juntas y de mis malas corazonadas, que eran equivocadas. Pero a ella parecía no importarle lo que yo pensara. A pesar de todo, seguimos juntas el viaje a través de toda Francia, intentando resucitar ante nosotras sus horizontes color malva, sus halos solares de verano y sendas de estrellas errantes por las noches.

Me atrevía a decir que el jarabe de lavanda del Hôtel de Gallifet era el refresco perfecto para calmar  la sed desfalleciente que se apoderaba de mi durante esas horas calurosas de las tardes del Sur de Francia. Para serenar gota a gota la fatiga de preguntarme constantemente si yo era la elegida y lo que ella necesitaba. Para dejar de imaginarnos amantes, inseparables, indivisibles, enteras. Presente y futuro. Quizás era como yo me obligaba a entendernos. Para dejar de flotar de círculo en círculo, de decisión en indecisión. De pasar a de un amor desmedido por ella a un ‘dame una razón para amarte y para quedarme contigo’. Ahora, más calmadas, parecía que ambas habíamos olvidado todo lo que había pasado unos días antes. A la vez, sabía que mi amor por ella moría y renacía permanentemente.

Porque, a pesar de estar sentadas a unos centímetros de distancia, a pesar de ser amada la una por la otra, ya no nos escuchábamos. Nos hacíamos las desentendidas, ensimismadas en las esferas de nuestros propios pensamientos y distraídas en una ficticia intimidad. Las palabras, esporádicas, al sol ondulaban como pompas de jabón iridiscentes que se topaban, sorprendidas y se estrellaban, sin más. Como las últimas gotas lilas y cristalinas del jarabe de lavanda en el fondo del vaso que compartimos pausadamente, silenciosas, sin que nadie se diera cuenta de nuestros secretos, en el patio del hoy tan añorado y confidente Gallifet.  

La promesa

Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Fernando Pessoa

Tu has dicho eso, yo he dicho aquello… es un ir y venir infinito de voces que uno lleva anclado dentro del alma. Sumado a las utopías y los silencios. Porque ellos hablan y nos arropan durante toda la vida, de eso estoy convencida.

Un ideal que no se ha alcanzado, confesiones que no se han conservado, gratitud que no se ha dado, deseos que no se han cumplido, propósitos que no se han logrado, quimeras que se han desvanecido, dirección que no se ha continuado, valores que no se han defendido, momentos que no han sido como uno los imaginaba, permisos que no se han concedido, situaciones que han acabado en enfrentamientos, en desilusión, en ira, en palabras hirientes, en silencio y en desencuentros.

A veces puedo predecir sus palabras. De principio a fin.  

Una frase de Leah esta mañana me ha llevado otra vez al pasado, como una revelación. Y es que ella tiene ese don, de catapultarte a un pasado semi-olvidado. Pasado de recuerdos que sólo uno mismo puede revivir de un segundo al otro, cuando ella expresa las palabras mágicas de sostenido reproche. Es como obligar al actor a mirarse al espejo durante el cambio de maquillaje y vestuario en el camerino del teatro.

Me has dicho que tal cosa y no lo has hecho.

Una promesa incumplida, considerada a partir de dos perspectivas que se entrelazan entre sí.

La palabra dicha, en tanto promesa, se dice en voz alta -e incluso se grita- precisamente, para mostrarla y ex-ponerla ante el otro. La he puesto delante mío y también ante otro, en un espacio entre ambos, que nos une y nos tensiona; espacio que sólo puede abrirse por este gesto de pronunciar y en el cual se teje y se desteje, con cada interacción, un vínculo cada vez único.

Cumplir con la palabra. De eso se trata, hipotéticamente hablando. ¿Pero cómo se cumple lo dicho cuando no hay fecha de vencimiento y cuando uno realmente cree que es apto para llevarlo a cabo, pero que por circunstancias de la vida no llega a concretar?

Mi padre me había prometido cuando era niña construir una casita en el árbol más frondoso del jardín. Yo la he imaginado por años, la he creado, la he visualizado, la he proyectado en mi mente, de madera, con una ventana en forma de corazón y cortinas de tela blanca, con una puerta que se podía abrir y cerrar, con un jarrón con flores sobre la mesa.

No sólo nunca se llegó a construir, sino que el árbol donde se suponía que mi padre la instalaría, ha muerto hace muchos años. El tronco del ciruelo no ha sobrevivido los hachazos de mi padre. El árbol estaba enfermo. Ya no daba flores ni frutas. Sus ramas quebradizas estaban vestidas de musgo y humedad.

Cada vez que vuelvo al patio de la casa paterna sigo pensando en el árbol, en la ilusión de la casita de madera. ¿Pero tengo por eso que amar menos a mi padre? ¿A reprocharle que no ha cumplido con su palabra? ¿A hipotecar una vida de recuerdos por eso? ¿No sería mejor pensarlo como un fenómeno que siempre regresa a su punto de origen, el amor? ¿De querer poner en evidencia, en acción y en forma algo que ya, en realidad, existe por si mismo?

Leah de la nada, de un comentario mío, me reclama una capa bordada con hilos de seda y de oro que le he prometido coser hace años, al principio de nuestro sendero juntas. Yo no he olvidado la promesa. Ella, aparentemente, tampoco. ¿Pero era realmente una promesa? ¿Debería seguir yo arrastrando las pesadas mangas, el paño, los hilos entretejidos de su deseo? ¿O debería dejarlo ir? ¿Soltar y dejar atrás lo que una vez dije y no he cumplido? Es curioso que uno siempre se enfoca en lo que falta, lo que no existe, pero no se saca a la luz lo que se hace por el otro, y sin lugar a dudas, por amor.

¿Será que uno se va de este mundo con una lista de vestidos hilvanados sin terminar, de promesas sin cumplir? ¿Será que uno realmente las lleva a cabo en otra vida? Me cuesta creer en eso.

Arriesgarse a abandonar las ropas usadas.

Hay un momento en la vida de renuncia. Renuncia a la obligación de hacer lo que esperan los demás. De liberación, de negación y de justificación de cada momento, cada acción, cada movimiento, cada palabra.

¿No es momento aquel el de comenzar a perdonar, de dejar de sostener las vestiduras rasgadas? ¿De no esperar el permiso del otro para creer lo que es correcto y lo que no, lo que es amor y lo que no lo es?

Y no se trata de justicia o tener el derecho a, no. Nada de eso.

Enceguecida no estoy. El pañuelo ha caído finalmente a nuestros pies.

Y lamentablemente, enceguecer al otro fue un error. Leah lo ha malinterpretado. No se trataba de jugar a vestirme de la diosa de la justicia. Nunca quise ser Diké, llevar la espada, penetrarla en el corazón de los injustos o castigar severamente toda injusticia. Ese acto se refería a poner algo frente a la mirada del otro, a fin de enfrentar esa dificultad y superarla juntas.

La frase de Leah no ha pasado inadvertida. Y sí, hay tres cosas que no vuelven nunca más: la palabra dada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida ¿Pero no es acaso el camino hacia el otro el testimonio indesmentible del inicio de la historia, como búsqueda del amor, pero esencialmente, como búsqueda del otro? Y es ahí, en las palabras dichas y no dichas, que quedamos presos tanto en la posibilidad del encuentro como del desencuentro, tanto a la oportunidad de un nuevo comienzo como a la muerte.

El escenario que nos une al otro se construye en virtud de la palabra. Y sí, en estos momentos me arrepiento de muchas palabras dichas y otras que quedaron silenciadas, y los significados que les dimos en su momento a las mismas. Y los significados que seguimos dándoles hoy. Pero a veces, nos equivocamos.

El dar la propia palabra, ennoblecerla, comprometiéndose ante el otro, no sólo acontece en palabras. El filósofo Jacques Derrida escribía al respecto:

No se puede leer sin hablar, hablar sin prometer, prometer sin escribir, escribir sin leer que uno ya ha prometido aun antes de comenzar a hablar…

Sarah Moon

El nudo del amor

Leo por enésima vez el texto de 1848 que imprimí y pegué con cinta transparente en la pared.

‘I hold you in my heart.’

La inscripción del mensaje aparece en el nudo infinito del amor, decorado con flores y corazones, conservado en los archivos del museo de Londres, entre cartas, ángeles, cupidos y poemas del siglo XIX.

Miro, un poco a mi izquierda, los nenúfares mal pintados en el espejo de mano.

A su lado, el volumen 1 de un cuaderno antiguo de tapa verde de inglés. Y en la primera página:

‘As long as you love me’.

Ahora se ha borrado. La intriga. Ni siquiera se si la frase estaba dirigida a mi.

A mi derecha, un papel blanco abarrotado de garabatos y un lápiz con una corona con pequeños diamantes.

Un día gris.

Un dolor monstruoso, que se enmaraña con una desilusión inacabable.

Frente a mi, una tarjeta con un corazón de origami que un día quise enviarle y nunca lo hice.

Pienso en el nudo del amor. Ese que nos atraviesa y trenza nuestra historia con frenesí.

Un ramo de rosas casi marchitas en el centro de la mesa que hice la semana pasada para Leah. Y el bordado sin continuar de polillas que mantendrán el secreto de este enredo y perpetuo sufrimiento.

San Valentín.

Las llaves, el teléfono, un corazón sin terminar de mimbre entretejido en mi balcón.

Llueve. Imagino los cisnes en el lago engarzando los cuellos y los picos.

Siento que Leah está sentada a mi lado. La escucho parpadear. Las piernas cruzadas. La sostengo, la abrazo como el sábado. La amarro con cuerdas a mi.

Su último sobre dorado sobre el estante. Seductor. Como si su voz llegara hasta mi en adagio sostenido de sirenas. Distraída, con la lluvia intento hacer oídos sordos.

Y otro sobre suspendido en el tiempo, por detrás del otro, lleno de estampillas que una vez me envió a Argentina. Sin abrir. Lo quiero guardar así. Como símbolo de amor infinito, aquel que se entrega sin esperar nada a cambio. Como el que creí dar.

Aparece una nube, 11° y hoy nublado en la esquina de la computadora.

Ahora se transformó en paraguas y una notificación de 11° y mañana lluvia.

Son las 16:16 y hace un rato eran las 15:15.

Y esta mañana eran las 11:11.

—Sus ojos son celestes.—le dije.

Cuando miré el reloj y estaba ya hablando sobre ella, sentada otra vez en el sillón de terciopelo rosa.

Mantener el control. Eso es lo que quiero. Que alguien me sujete, intacta, antes de desmoronarme.

Elegir enlazarme al presente. Olvidar las sentencias. Obligarme a estar de acuerdo. Pero no puedo.

—Todavía no hemos llegado al nudo de la cuestión.—me confesó.

Necesito que el castillo de naipes quede firme, y que no se derrumbe de un suspiro o un capricho.  

Los tulipanes empiezan a asomarse a la vida, esta que no eligieron. Aterrorizados. Igual que yo.

Pienso en el árbol de granada de mi infancia. Y sí, Leah tiene razón.

No hay que subestimar los recuerdos ni reprimir los deseos. La reconozco como aquella mujer que anhelé toda mi vida, y no como un love affair.

Cuanto más vivo, más me doy cuenta de que todo estuvo ahí desde el principio.

Eso dice ella. Por eso no entiendo la decepción y el miedo entorpecido que se ha obstinado con toda esta confusión y especulación de palabras y veredictos. Y delirio. Como una daga clavada en medio del corazón que todavía titila.

Pero se, por otro lado, que estaremos anudadas y entrelazadas entre halos como los ángeles para toda la eternidad.

Pudendum

Todo se refleja en el agua, la luz irisada de sus ojos, las sombras de mis manos sobre el telón del teatro, los rayos de sol entre los pliegues de su vestido, el pudor, las decisiones, los presentimientos y las incertidumbres.

Las nubes pasajeras, las estelas de los aviones, el cruce de los tallos de los nenúfares, las telarañas musicales que cuelgan del puente, las semifusas de polen que flota en el aire, y el rostro de ella, que tanto he amado.  

Su espalda recta, sus aleteos pendulares, sus palabras en reposo, sus brazos, los dedos de sus pies en el agua, entre burbujas de encaje, perlas de espuma y olas de nácar.

Los cometas, los planetas, los eclipses, la luna menguante y las estrellas que nacen una y otra vez al atardecer. La clave de sol. Nuestros besos. El universo entero y toda su composición. El símbolo de infinito. Mis bolsillos llenos de cartas para ella, las justificaciones, el perdón. Los secretos. Las promesas. El amor, las lágrimas, los caprichos, el final de la carta.

Y lo más inesperado, la postdata: te amaré para siempre.

Hasta yo me reflejo, pero no me reconozco. Creo que lo que se ha dejado sin decir ha cambiado mis facciones. Las golondrinas vuelan al ras del agua y cambian de dirección bruscamente al ver mi imagen reflejada. Se dice que cuando las golondrinas vuelan bajo, auguran la proximidad de horas de lluvia.

Espero las primeras gotas entre bostezos. Esas que interrumpen la serenidad, que expanden el silencio en ondas y que expresan lo desconocido o aquello que nunca nos animamos a decir. Así, por lo menos, podremos ver el temblor de las palabras flotando igual que sus pies.

¿Quién tira la primera piedra para romper el hechizo de los círculos concéntricos y de geometrías sagradas? Tiremos safiros y esmeraldas para crear así el eco sobre el agua, para perfeccionar la pronunciación de un idioma que no es innato en mi, y que tengo que dejar ir.

Siempre me interesaron los fundamentos del lenguaje, la fonética, el tempo, el sonido, el tono, el color, la calidad de un susurro o un crujido. Hasta que Leah llegó a mi vida para juzgar mis palabras, las leyes, la velocidad, el aire que entraba en mi boca, la posición de mis labios o mi lengua, la vibración de mis cuerdas vocales o mi invención de frases inexistentes. Me vi obligada desde entonces a usar diapasones, notas y metrónomos para medir mi voz y para protegerme de sus exigencias por aquello de lo que uno no debería avergonzarse.

Adagio, allegretto, vivace.

Qué importan ya las pulsaciones por minuto o el sentido del tiempo que me volvió hermética, como las ostras en el fondo del océano que devueltas al agua nunca más se volverán a abrir de par en par.

Sarah Moon – Birds of Stockholm 2011

Cita a ciegas

Leah es de esas mujeres impredecibles, que defienden su libertad bajo el lema de que siempre hay que estar preparada para una nueva aventura. Es de aquellas almas que les encanta dormir a cielo abierto, bajo las estrellas. Despeinada. De aquellas que al mirarlas a los ojos, una entra en su paraíso secreto, como dijo Frida Kahlo alguna vez.

Quizás por eso su camioneta estaba llena de maravillas, como un gabinete de curiosidades y amuletos por descubrir: una pluma de lechuza, dos paraguas con pintitas y puntillas, botas de goma, hojas de helecho y musgo, flores secas, un cofre lleno de ropa revuelta, pero a la vez bien doblada, una canasta de pic-nic, una varita mágica y una estampilla de cinco centavos, además de otras tantas cosas que ya no recuerdo, pero que se habían convertido en familiares e imprescindibles para mi.   

Yo admiraba eso de ella. Me había enamorado de esa impredecibilidad que me ponía en evidencia, de esas aventuras con las que me persuadía, de esos cielos con los que me hacía sentir infinita, de esas estrellas que ponía a nuestra disposición y ese perfume de sus cabellos despeinados que eran para venerar. Y de las proporciones perfectas de sus labios que me hacían empalidecer. Mi corazón pasaba a latir más fuerte en segundos y la eternidad se cristalizaba junto a ella.

Había esperado tantos años el encuentro con alguien así, que nada me podía detener. Mis cinco sentidos estaban puestos en sus manos. ¿Pero qué buscaba realmente yo?

Nos habíamos visto sólo una vez, diez años antes.

En nuestra primera cita, recostadas en el cesped, de repente Leah me quiso convencer de que yo siempre moraba en el pasado. Intenté eludir sus palabras. Yo sabía muy dentro mío que no eran verdad. Siempre asumí que en ese momento ella no me conocía lo suficiente como para decir eso y lograr censurar esos primeros instantes de cita a ciegas. Aunque siguió repitiéndolo por años. Y no era verdad, yo vivía el presente con ella en completo éxtasis y con los ojos bien abiertos.

Y aquel momento de déjà vu en el que la abracé y me quedé mirando fijamente el cielo, fue una breve visión, de esas que vuelven de vez en cuando del pasado a nuestro cuerpo. Y fue ese cosquilleo de las líneas del tiempo que se cruzan, pero nada más. Sólo para dejarnos saber que estábamos en el tiempo correcto.

Eso era. L’esprit de l’escalier. El tiempo correcto. Fuegos artificiales, hipnosis y descargas eléctricas. Debería habérselo dicho. Ahora es tarde. Ya nos hemos despedido.

Sarah Moon

Ellende

Ahora me doy cuenta que hoy he mentido: he dicho que no tengo familia, ni allá ni acá.

No se por qué lo dije, si no estoy sola. Tengo mis palomas, mis estrellas, mis anillos de cristales de roca, mi luna creciente, mi llave, mi música melancólica, mi reloj de arena, mis mariposas muertas, mi piano.

—Me acerqué— te lo aseguro, Leah— pero no me animé a tocar ni una sola nota. Seguramente estará desafinado y no me reconocerá.

Carl Jung decía que la peor soledad no es la de no tener personas a tu lado, sino la de no poder comunicar las cosas que te parecen importantes, o la de estar obligado a callar ciertos puntos de vista porque otros los encontrarían inadmisibles.

Me acerqué a la ventana, y me alejé del piano. Vi tantas estrellas en un azul profundo, ese que llaman azul de medianoche y que anticipa días de nieve y abundante frío. Maeterlinck habla en la primera página de su obra La Princesse Maleine de una lluvia de estrellas como presagio de guerras, desastres o la muerte de reyes y princesas.

No he visto la lluvia de estrellas, pero he sentido la muerte tan de cerca este último tiempo. Del padre, de la madre, del hijo, de la noche, de la música, del arte y del amor. A unos los escuché irse, a otros, no. No quiero quedarme sola en medio del ellende. Se fueron todos con los cisnes, que buscaron refugio bajo el puente. Lo he visto en los espejos.

De niña me gustaba imaginar el color del aura de las personas que tenía delante mío. Como así también me intrigaba pensar si la melodía, la entonación y el timbre de voz coincidían con su personalidad o la expresión de sus ojos o el movimiento de sus manos.

Ahora me doy cuenta que hoy veo únicamente las sombras de mis manos bailando solas en las paredes de la casa a la luz de las velas. Y escucho la voz de ángeles a mi alrededor. Veo el aura que los abraza a ella y al pequeño hermano en la pintura de Norah Neilson Gray. Y las flores doradas en su regazo.

Las palabras siguen aún enjauladas en mi interior.

Siempre me gustó la palabra ellende en holandés, porque tiene tantos significados, y ninguno concreto a la vez.

Ciertamente, la soledad es peligrosa y adictiva. No me quedan dudas después de tantos años.

Estrella de la mañana

Mis manos, heladas por tu ausencia, no pretendían más que amar, llevar el anillo de la promesa dorada y sostener mis mejillas para serenar mi dolor.

Estaba tan cansada de fingir, de buscarte, de querer entenderte y de amarte a la distancia de miles de millones de años.

Bajé hasta los abismos de los infiernos, que me han susurrado tu nombre muy de cerca. Más tarde rocé la oscuridad de tus constelaciones antes de ahogarme entre los diamantes del insomnio y te vi brillar entre las rocas en el cielo de mis sueños.

En puntas de pie, me cubrí la frente con la palma de la mano y el velo que perfumó tu piel en otro tiempo para no encandilarme con tus haces de luz.

Te abrazaba un ángel entre auroras en el firmamento. Vi tu corona decorada de doce amaneceres. Y sentí tus rayos, como manos que aparecieron entre luceros para acunar mi cuello y apuntalar los universos de mis deseos.

—Prometo quedarme así, con la cabeza adormecida en tus manos. Te recompensaré. Lo prometo, mi estrella de la mañana.

Infinitas polillas aladas blancas emergieron de la soledad y el polvo de estrellas que cubrían el adormecimiento de la tierra. Levantaron vuelo a mi alrededor. Tenían el Norte como destino, eso fue lo que me dijeron. No supe si seguirlas o cerrar los ojos y quedarme en la cuna de tus rayos.

Sans Titre – Sarah Moon 1989

Desiderium

Dicen que es una planta con magia.

Dicen las luces de las velas y la oscuridad del invierno europeo que es casi navidad.

Dicen que no es sorprendente que la nostalgia aparezca más pronunciada en tiempos inciertos, de transición o cambio.

Desde la lejanía de los griegos, dicen que hay que besarse bajo el muérdago blanco con aquel que amamos.

Y finalmente, Leah vino a mi en la noche, cuando el amanecer parecía perdido para siempre.

El viscum album es una especie europea con propiedades medicinales y mágicas. Crece entre los vientos nórdicos y tradiciones folclóricas, en ramas de manzanos, pinos y álamos. Estas matas misteriosas, desparramadas, ahorquilladas, cilíndricas o divididas por nudos eran consideradas como un remedio universal y veneradas por culturas antiguas. Los griegos ya las utilizaban para las ceremonias nupciales, yo, en mis plegarias diarias.

Dicen que los druidas celtas lo usaban en sus rituales para espantar seres malignos, para atraer la suerte y hasta para resucitar muertos. Sus poderes mágicos se le atribuyen por sus raíces, que no proceden ni del cielo ni de la tierra, puesto que ni están en el suelo ni se mantienen en el aire. Necesitan de la savia de las ramas de un árbol para sobrevivir.

No recuerdo haber visto ramilletes de hojas ni bayas de muérdago en los árboles de Esperanza. Pero sí recuerdo haberlas visto en las láminas de figuritas de ángeles que mi abuela me había traído de regalo de su primer viaje a Alemania por allá en los años ochenta. Eran ángeles recortados a mano, troquelados, con vestiduras, capas y sombreros de terciopelo blanco o rosado, botitas abotonadas y alas de brillantina alemana plateada. Amaba esas láminas. Estoy segura que todavía están guardadas en alguna de mis cajas de la infancia. Algunos ángeles llevaban cestas con rosas y cintas, velas y campanas, cuernos de la abundancia o ramos de muérdago blanco en las manos. Creo que fue el regalo más sublime que he recibido de mi abuela.

El muérdago muestra todo su esplendor durante el solsticio de invierno, cuando sus frutos maduran y se hacen traslúcidos, blancos o amarillos. En la mitología nórdica, es considerado símbolo del amor. Besar o ser besada bajo el muérdago blanco.

Ella vino a mostrarme su amor a la luz de las estrellas, bajo el ramillete de muérdago. Ya no se si nos besamos o no bajo las ramas de los manzanos aquel día. Aunque no estoy segura que eran manzanos…veo peras esparcidas por el suelo, entre la hierba, el silbido de los mirlos y mis recuerdos. La memoria de una escena en un pasado distante, distorcionado y extremadamente idealizado. Y el resto, ni más ni menos que un simple beso y el recuerdo que sobrevive. La excusa perfecta para besarse.

El anhelo del regreso a cierto tiempo y lugar a los que conferimos un grado de perfección, belleza y poesía era considerado hasta el siglo XIX como una enfermedad. Como una noche negra sin final llena de añoranza, desmayos, fiebre e incluso, la muerte como punto final. Felizmente, Jung ha rescatado las memorias y puntos rosas del pasado para enhebrarlos como perlas y consagrarlos de asociaciones positivas, instintos y luces de navidad.

En pocas palabras, mi desmedida nostalgia en ciertos días de cada fin de año combina la tristeza agridulce de la pérdida con la alegría o el consuelo de que la pérdida no es completa ni podrá serlo nunca. Queda el amor que se desvanece de a poco en la noche oscura entre las estrellas. Quedan los ángeles de papel vestidos de terciopelo y brillantina, los sentimientos de soledad, el placer y el dolor, los sonidos de los mirlos anidando en el muérdago, los deseos y el duelo, los olores, los sabores y texturas en medio del adviento, nuestras almas, la de Leah y la mía, y la aterradora proximidad de las fiestas blancas.

Sarah Moon