Mors Vincit Omnia

Dicen que mantenemos cerca a aquellos que encuentran el camino a nuestro jardín secreto.

Esos jardines de invierno, de ceremonias y nubes de bordes plateados, donde los rayos se filtran entre las ramas de las magnolias haciendo geometrías sagradas y estrellas pentagonales, yuxtaposiciones de manos finísimas, de sueños, de luces iridiscentes y mandalas.

Quiero seguir el camino a ciegas, me niego a mirar hacia atrás, sobre mi hombro, para no verte parada esperándome en el portal de aquel jardín. Sin embargo, en cada visualización encuentro los ecos de aquellas letras y sílabas en luces de neón que centelleaban en el frío de nuestro aliento y se reflejaban en el agua diciendo mi corazón es tuyo.

Ese espacio sagrado del macrocosmos aparece con cascabeles y cadenas celestiales entre ángeles y premoniciones en aquella foto donde todo empezó.

No quiero morirme más y más cada vez que veo aquella vibración y roce de nuestras manos de porcelana, nuestras sonrisas galardonadas de perfumadas flores, esos experimentos de perfección de cálices, sacramentos y momentos infinitos.

Dicen que no es amor, dicen que estas distorsiones que identifico como en espejos cóncavos y convexos y las bendiciones de la luna que guardo en mis bolsillos son sólo adicciones y círculos encantados de un conjuro.

¿Será que tú nos recuerdas de la misma manera? Como una manifestación celestial, donde podíamos tocar el cielo con las manos. Donde no había nada que soltar, ni tormentas desafortunadas por divisar, ni profecías oscuras por espantar, ni sacerdotizas de la muerte, ni sacrificios que ofrecer, ni sangre por derramar, ni mentiras que ocultar, ni vientos en medio de la danza de dragones, ni decepciones que odiar. Sólo el frío de una tarde de bruma donde el reflejo de los cisnes se esfumaba en el lago irisado y el negro aljibe de hierro forjado parecería lo único que no se movía en el jardín de estatuas vivientes y milagros.

Pensé que ese sería siempre nuestro lugar, ese jardín dorado que compartíamos, de llamas, de promesas, de poesía, donde soñamos bajo las mismas estrellas, sin distancias. Donde las dimensiones ya no se hacían eternas, donde las escaleras al cielo se hacían cada vez más altas, hasta llegar al portal de luces doradas que embellecían las paredes, el piso y la bóveda de estrellas que podían acercarse en todo momento a besarnos sin miedos ni escondrijos.

Dicen que tenemos el derecho de sentirnos amados, a extrañar a alguien insondablemente. Yo sólo quiero creer en ese recuerdo luminoso de visiones y giros sufís de mi mente donde pretendo alcanzar la mayor conexión contigo, abandonando los egos, haciendo girar el cuerpo en círculos repetitivos hasta caer desmayada en las huellas blancas de hielo quebradizo sobre el lago, entre las magnolias.   

¿Pero cómo se puede vivir el presente si se resquebraja bajo nuestros pies entre espirales y catedrales de cristal? Sigo cavando, hasta llegar al trance de quebrar el hielo de los siglos que nos separan, ocultando las fotos, la llave, los recuerdos y los frascos de vidrio con nuestras flores inmortalizadas en alcohol, hasta llegar a la unión con la divinidad, a la fusión con el todo, hasta ahogarme en el agua helada y el amor por ti, pero sigues apareciendo a tiempo para detenerme y rescatarme.

¿Seguirás naciendo así, de la nada, en medio de las nubes y las distorsiones de mi memoria, a cada instante hasta que la muerte nos separe?

Mors Vincit Omnia

Hoy se que toda nube tiene bordes plateados.

Y que las noches en vela serán siempre consagradas a ese jardín secreto donde pedimos aquel deseo.

Sarah Moon

La historia que me he creído

Te esperé hasta último momento junto al tapiz de mil flores y a la taza de porcelana con los capullos de rosa mosqueta.

Creía haberte visto entrar, pero finalmente entendí que había sido una táctica mía para compensar tu silencio y convencerme a mi misma que merodeabas en mi cercanía, y que bajarías la escalera para pararte frente a mi y al tapiz millefleurs.

A pesar de tener la mirada fija entre las caras del público, la ventana y el gobelino, sólo recuerdo el borde del tapiz, que casi rozaba el suelo en una estrecha cenefa, una enmarañada repetición de un mismo patrón de pequeñas flores y ciervos, conejos, zorros y aves. Hasta me pareció distinguir un legendario unicornio en el follaje del fondo. ¿O lo había imaginado?

Seguramente el tapiz proponía algún simbolismo oculto, igual que mi presencia, que sostuve con la mirada que viajaba incesantemente del borde de flores a la ventana, del público a la escalera de piedra, como parte de la ceremonia de estos últimos días. En mi línea de horizonte predominaba el verde y el azul y el naranja del atardecer, similar a las miniaturas de los tapices de la época.

 —Los duques de Borgoña ya eran grandes amantes de los tapices— me comentaba la vigilante de la sala, cómplice de mi historia esta tarde — Los lujosos tejidos de oro, plata y seda irradiaban exactamente el poder y la riqueza de iris, rosas y pequeñas flores entre escenas campestres y alegorías con los que la aristocracia de aquellos tiempos buscaba impresionar a amigos y enemigos— enfatizaba.

Intenté hacerme invisible en el fondo donde se perfilaban colinas, árboles y una arquitectura gótica de aldeas amuralladas con castillos y torres con agujas sólo para sorprenderte. Desde el primer piso, vi desde la pequeña ventana medieval el momento preciso en que se cerraba la puerta principal del castillo, junto al puente levadizo, a las seis de la tarde. Era el fin de la exhibición.

—En las cortes de Borgoña, España y Habsburgo, los tapices eran sinónimo de riqueza, lujo, prestigio y poder— siguió comentando la vigilante.

—Y confusión — le murmuré casi sin articular palabra—. Si total, la confusión siempre estuvo latente desde el principio. ¿Por qué sería hoy de otra manera?

Hay momentos en que una debe darse por vencida. Cuando la ausencia se hace presente. Por lo cual, hay que respirar hondo, perder la cabeza en las flores del tapiz, dejar caer las lágrimas por las mejillas hasta que alcancen el mantel de seda puesto sobre la mesa, dejar secar las manchas húmedas entre los pétalos marchitos y abandonar la historia que se había creído idílica, tejida todo este tiempo en nombre del amor.

—Los pequeños animales no tienen ningún significado representativo, sino que cumplen una función estrictamente decorativa— me explicaba la vigilante sin notar mis lágrimas.

¿Acaso te divierte? A mi, no. Desisto. Y tú te desdices, y a la vez te deshilachas y te destiñes en la línea del horizonte donde predominaba el verde y el azul y el naranja del atardecer.

¿Por qué vendrías, si nunca te he interesado realmente? Ignorar mis palabras siempre ha sido tu juego favorito, pero se que el desenlace y la salida de este juego no se revelan ni entrelinean. Porque no hay juego ni hay solución. No hay historia, no hay nada. Sólo un gran vacío en medio de la iconografía y la melancólica soledad.

Creí hasta hoy que había tejido una realidad donde el perfume de tu piel y de la rosa secreta eran una sola cosa. Sublime. Exquisita.

Sin embargo, no lograrás despojarme de mis intenciones ni transformar la esencia de mis palabras. La claridad está sólo en mis manos. La idealización fue sólo idea tuya, al igual que el juego del castillo, las reinas, el fuego, el abandono. Ninguno de ellos existen ni existieron alguna vez.  

—En su origen — prosiguió la vigilante sin advertir mi desinterés — esta pieza ostentaba colores más brillantes; pero al tratarse de tintes orgánicos, la degradación propia del paso del tiempo ha modificado su colorido original.

El engaño y tu ausencia. Los telares. Las rosas, también. El perfume, la escalera y la espera.  

Todavía recuerdo esos instantes paradisíacos que eras la amante perfecta. La ilusión de una ninfa refinada y bella nacida en la urdimbre y la trama de sedas doradas y lana. ¿Por qué volverías a convertirte de repente en esa persona esencial en la que deposité todo mi amor y mi lealtad?

—Un tapiz cuenta la historia grecorromana a través de la mitología, cuenta la biblia, los hechos de los apóstoles, cuenta las artes liberales, la música, la literatura, la dialéctica, hasta la astrología — seguía comentando la entendida en el tema.

Pero la pregunta, si me amas o no, nunca tuvo respuesta sincera ni inmediata. Y al final de esta tarde, nunca sabré, realmente, si esperarte hasta el último segundo, entre las tazas de té, el tapiz y los pétalos de rosas, valió la pena. Esperar a ese alguien que le de sentido a la hipótesis y al acertijo, al follaje y al unicornio, y que finalmente no ha venido, también es legítimo. Y las renuncias y los cierres inconclusos también son considerados triunfos en la adversidad.

—Para separar el tapiz del telar donde se ha tejido, se hace la famosa ‘Ceremonia del Corte’ sobre los nudos en la urdimbre —agregó.

¿Por qué insistir entonces en un final feliz?

—A pesar de ser el pueblo analfabeto — siguió explicándome entusiasmada —, sabía leer la historia de un tapiz: que cada animal representaba un santo, y que cada planta simbolizaba una virtud: la fama, el honor, la gloria … por eso el olivo, por eso las hojas de roble, el laurel. La tortuga expresa la pereza, la liebre puede ser la cobardía.

En tal caso, no soy la única que pierde en esta historia que me he creído. Somos dos.

—Dicen que hay que mirar los tapices flamencos del revés — escuché decirle al final de su labor mientras bajaba a mi lado las escaleras.

Nevermind by Sarah Moon

La semilla de jacarandá

Lo que nunca te conté es que hace varios años, no muchos, descubrí que soy altamente sensible y que las emociones se alojan en mi intensamente, como flores celestiales.   

La semilla que enlaza el periplo de mi historia y el don de la alta sensibilidad es más bien uno de mis primeros recuerdos: esos segundos al extender mi mano para juntar del suelo una semilla de jacarandá en la plaza de mi ciudad, Esperanza.

En mi memoria me sorprende ver mi palma regordeta y mis dedos rozando el cemento rosado. Siento el equilibrio al agacharme, esa tarde, el flexionar de mis rodillas y mi aliento sin edad. Veo mis medias blancas de encaje y mis zapatitos negros de cuero bien cepillado y hebilla plateada. Escucho las voces ásperas de la gente y de las próximas generaciones a mi alrededor, los murmullos y la música a lo lejos de la banda sinfónica tocando en el quiosco en el medio de la plaza.  

Estoy segura que en ese momento pensé lo mismo que hoy por la mañana, desencantada: cuánta gente extraña que me rodea, que ni me ve ni me escucha.

Me pregunto: —¿Qué hago aquí parada, abrumada, entre el desamparo y el desfile de caras apuradas y aturdidas, sumergidas en su propia marcha desentendida, con rumbo indefinido. ¿Dónde van?¿Qué los motiva a seguir ese camino disciplinado tan temprano?

Dan pasos tan largos, estrafalarios, como carpiendo la tierra reseca a un determinado ritmo. Atentos a aquellos que los custodian, concentrados en no perderse. Hablan un idioma que no es el mío. Pasan a mi lado sin saludar, en medio de los rugidos, sin filtro, con timbres de voz sostenida en lo alto y cuello extendido hacia las ramas y las vocinas. Me rozan el vestido de lana de alpaca y no se disculpan. Persiguen algo que no se qué es, obsesionados por ser los primeros en llegar a algún lado, un lugar para mi todavía desconocido.

Quizás una llegada a casa.

Un café.

Un encuentro secreto.

Un abrazo.

Una entrevista de trabajo.

Un amor.

Un comienzo repentino.

Un beso.

Un fin, o un sinfin de tantas cosas.

¿No saben aquellos, laureados de títulos, que los logros no cumplidos antes de los treinta también son logros?

¿Por qué están tan enfocados en encontrar algo que todavía no conocen, si las casualidades aterrizan en los momentos de encuentros fortuitos, serendipias y milagros?

Todos caminan por la sombra de los árboles de la plaza, como quien camina entre mausoleos enmohecidos, y yo, al revés, siempre busqué y procuro caminar por las veredas de luz, tapizadas de flores celeste liláceas aterciopeladas, donde encontré esa tarde violácea la semilla de jacarandá.

¿Será que la guardo como recuerdo en algún rincón? ¿Estará en la cajita de mica y nácar, quizás, entre las polveras blancas, en la cajita de rosas de porcelana, o la de vidrio y perfiles dorados o la de cerámica? Tengo tantas cajitas y tantas chucherías que guardo bajo una capita de polvo y entre las páginas de libros: hojitas secas, flores, tréboles de cuatro hojas, dientes de leche, fotos un poco arrugadas, cintas, láminas de moda, botellitas de perfume en miniatura, bordados deshilachados, mariposas muertas, cristales y botones…a todos ellos los atesoro para no se qué ni no se quién. Supongo que para no olvidarme de mi misma, de la que fui, de esa niña de cinco años que era altamente sensible y nadie la vio, ni la escuchó. En muchas fotos me reconozco sola, yo, con la semilla y esa sensibilidad que forma parte de mi hace tanto tiempo y recién hoy valoro y traigo conmigo para sembrarla.

Los imagino a todos a mi alrededor descalzos, dando pasos en cámara lenta.

No me cuentan lo que piensan. No es nada malintencionado. No. Pero no me comparten sus historias, porque quién soy yo para que me las cuenten. Ni sus dolores, ni sus penas, tampoco su sufrimiento. Las escucho, sus irreconocibles voces, y el discutir entre lo uno y lo otro. Un total sinsentido en medio de un concierto al aire libre, entre las baldosas y las ramas.

Cuando la noche anterior estuvimos parados juntos ante el mismo espejo.

Hoy no los reconozco.

De pronto, imagino que se arrodillan todos, alineados, y giran la cabeza al mismo tiempo, sincronizados. Empuñan espadas y empiezan la batalla de la mañana, apuñalan a todo el que se acerca, encojen los hombros para no dar explicaciones y protegen sus espaldas de las balas. Tensionan la mandíbula frente al espejo y se burlan de las nubes rayadas que coronan el cielo. Se cubren la cara con las mangas de los kimonos negros como murcielagos o samuráis, calculan cada paso que dan, ahora en silencio. Se colocan los guantes de metal, apuntan a las flores, arrancan los frutos, tironean, cierran los ojos para no ver, y siguen camino, apresurados, haciendo reverencias a cada paso. Dan vueltas carnera en la arena, se deslizan a codazos por el suelo, mueven con fuerza el tronco de los árboles para hacer caer las últimas semillas que yo quiero ver caer por sí mismas.

Me pellizco la piel del brazo para estar segura que estoy viva mientras ellos siguen saltando por las veredas, hipnotizados, acuchillando las ramas, las hojas, las flores y los frutos. Y a nadie le da vértigo como a mi, como a la semilla que tiene que caer, obligada, del árbol.

Las dejan venirse abajo contanto los números, los segundos, arrastran los cuerpos hasta caer rendidos bajo el jacarandá de esa esquina a unas cuadras. Se desmayan todos a la misma hora después del combate sin escuchar la melodía de mi cajita de música ni de la banda municipal.

¿Será que el encuentro con esta semilla es parte de mi biografía y nunca lo he tenido en cuenta hasta el día de hoy?

¿Habrá sido una estrategia del destino recordarla esta mañana como la primera semilla, la original, la que quizás nunca conservé más que en mi memoria y que llevo como parte de mi para crear esta retrospectiva íntima de mi vida como artista?

El regreso sublime al recuerdo de esa semilla de jacarandá me muestra los tantos caminos de polvo y cemento que he tomado en la vida, los puentes que he cruzado y los paraísos de aplausos que he alcanzado y todo aquello que jamás he logrado. La pérdida de la niñez, el desvanecer de los años de juventud. El desplomarse en el presente. Lo terrenal de mi deseo. La muerte. La hipersensibilidad de mis duelos. El orgullo de haber llegado tan lejos y haber reconstruido mi amor propio a través de mi repertorio de sueños. Dicen que los sueños son las semillas del cambio.

En cada final florece un nuevo comienzo.

Dime:

—¿Es este el nacimiento de una nueva vida eterna?

Nueva vida se levanta de las cenizas de la anterior.

—¿O el fin es sin más el fin?

¿Es la semilla seca caída en medio de las flores y las raíces que morirá o la semilla que caída en la tierra todavía puede echar brotes y volver a florecer?

Ya me dirás.

H de Honiton

Mi ticket de avión llevaba el código de reserva N de Nancy, P de Peter, 3, I de Italy y H de Honiton.

No logré deletrear el código a la china que, desde Buenos Aires, me hablaba al teléfono, ni descifrar su inglés que era telegráfico, casi en clave morse. A pesar de haber sido una conversación arcaica y simple, no nos pudimos entender ni siquiera repitiendo el código durante media hora.

Quizás hubiera sido mejor un lenguaje de pulsos eléctricos y silencios entre ellos para comprendernos mejor. No se. Puntos y guiones que se enviaran como pulsos cortos y largos. Quizás hubiera sido más efectivo un telegrama que una llamada telefónica.

Resultado: viajé hasta el aeropuerto sin saber si mi día y horario eran los correctos. Pánico y ansiedad. Morse había planeado transmitir sólo números, pero no consideró las letras y los caracteres especiales del idioma.

Tampoco logré amigarme con las lagartijas ni con los alacranes, ni tampoco con mi hermano.

Dicen que los insectos  herbívoros y microorganismos que habitan en los túneles de la tierra son beneficiosos para la fertilidad del suelo. Pero me cuesta considerar grillos, hormigas, cienpies y demás parientes como custodios del terruño en medio de tanta sequía y aridez.

Diversas investigaciones demuestran que la habilidad de un cultivo de resistir o tolerar el ataque de insectos plagas y enfermedades está ligada a las propiedades físicas, químicas y especialmente biológicas del suelo.

Sedienta de tierra, de amor, de dulzor, tampoco logré superar el vértigo. Al contrario, una escalera de agujeritos transparentes para subir al avión me desestabilizó y no pude apuntalar mi susceptibilidad ni contener el llanto con una afazata pelirroja al pie de la aeronave. Todo esto, sumado al pánico a volar sobre el océano Atlántico y mi extremo cansancio, suscitó que el abrazo de la azafata fuera fundamental en el operativo de rescate de toda la tripulación. Hasta me regalaron chocolates para calmarme.

Lo raro fue que sentada al lado de la ventanilla del avión a Bruselas no sentía vértigo, ni siquiera durante el despegue.

Las nubes me acunaron.

Siempre me gustó volar. Desde niña. Mi madre era aviadora y nos llevaba de niños a mi y a mi hermano Guillermo a vuelos de bautismo en las sierras de Córdoba para volar en planeador entre las montañas.

En ese momento del regreso me sentía absolutamente incomunicada y sola. Estaba harta de mensajes encriptados, códigos morse, túneles en la tierra, ampollas en las manos y las falsas señales de socorro que no alcancé a descifrar y decidí renunciar.

Las densas columnas verticales de cumulonimbus me acunaron sobre ríos zigzagueantes y campos verdes y concéntricos a una altura de entre tres y veintitres kilómetros sobre Frankfurt. Rendición que se elevaba en forma de espiral rotatoria y me envolvía en forma de puntillas.

Mástiles de molinos eólicos, alambrados y sembradíos entre banderas blancas y nubes. Siempre, desde hace treinta años, me ha fascinado la vista aérea sobre Frankfurt. Tan minuciosa, como los encajes de Honiton a bolillos, casitas, árboles y bosquecitos de pinos. Bosques y bosques, sombras, intersecciones orgánicas de rutas, puentes y ríos. Bosques y más bosques de pinos.

El Honiton es un encaje descontinuado que lleva el nombre de una ciudad en East Devon, en Inglaterra, donde se cree que se originó alrededor del siglo XVIII. Inspirado en el encaje de Bruselas, y en los cúmulos de aire cálido que salpican el paisaje, sus motivos típicos de rosas, cardos y tréboles dibujan el final de mis cuarenta días tatuados en la tierra dura, seca y poco fértil de Esperanza.

Las diferentes partes que lo componen se denominan motivos que se confeccionan por separado y se montan al final, uniéndolos con tiras que pueden ser trenzas adornadas con puntillones. Para rellenar los motivos se utiliza el Punto de Repaso y el Medio Punto. El hilo utilizado es finísimo. La Reina Victoria eligió los motivos del encaje de Honiton para su velo de novia. Yo he regado todos los días las rosas y los jazmines del jardín que murieron en el intento por renacer y florecer.

¿Será que los bolillos de Honiton son demasiado pequeños, delgaditos y puntiagudos como los puntitos y guiones del Morse para entablar una comunicación coherente, una sintaxis, una lexicografía y un montaje completo de flores bordadas sobre tul?

¿Dependerá la calidad del encaje de las conversaciones quizás de la habilidad de las encajeras, los rellenos utilizados, los códigos, los relieves y hasta las interpretaciones?

Sin embargo, al mismo tiempo, me han contado que se hicieron algunos encajes muy bonitos, con roleos, medallones y flores cuidadosamente dibujadas, y con la introducción de un nuevo trabajo de relieve en forma de alas de mariposa o pétalos unidos a la superficie, a lo largo de un solo borde.

A algunas alumnas se les enseñaban los principios de la lectura, escritura y aritmética en las escuelas de encaje, junto con largas horas de aprendizaje del oficio para lograr tales resultados.

El encaje a bolillos y el código Morse tienen algo en común: un absoluto sometimiento. Una labor de paciencia y entrega. De amor y de fe en conseguir que el lenguaje llegue claro, como el sermón de un pastor luterano en el templo a la congregación un domingo por la mañana. El último domingo. Es casi aritmética. Y mucha semántica lingüística.

‘Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.’

Mateo 5:23.

Queen Victoria wearing her wedding dress., February 1840.

El regreso y Borges

Ante la serenidad de una luz tímida que renace

Me cuesta imaginarla como ceremonia diaria por estas latitudes cálidas e invernales

Y encarcelo entre mis pestañas un primer rayo que se filtra, me recibe y me encandila

Al trazar con rigurosa direccionalidad y en línea recta

Una cinta tornasolada con nudos que no se deshacen y que me unen al mundo entero:

Palmeras, tejas rotas, un tilo, jacintos, palomas, mariposas naranjas, tordos renegridos,

Cardenales de copete rojo, macetas con tierra reseca, tacuaritas, nubes, flores de azahar,

Horneros, benteveos de antifaz negro y garganta blanca, orquídeas, el infinito, el nido.

Puebla de formas la eternidad del laberinto.

La suerte del amanecer

Que de curiosos ojos no es salvada

Le permite dar fin a las estrellas, a Venus y al anochecer.

En el preciso instante de la sinfonía de trinos,

Descubro que esa promesa de líneas

Es la cura de mi infelicidad.

Sarah Moon

Sehnsucht

Veo en tus ojos una cierta nostalgia —destacó esta tarde con compasión. ¿O fue su comentario con el sólo fin de llamar mi atención? No lo se.

La miré con cara de desconfianza y una pizca de disentimiento. Pero sabía, a pesar de mis esfuerzos, que le estaba mintiendo.

Te doy un minuto para dejar atrás todo lo que posees, todo lo que arrastras, todas las expectativas y las miserias, todos tus sobrenombres, todas tus sombras —me dijo la divinidad—Cierra los ojos.

¿Qué tan frágil sería entonces ese minuto de paz si cerraras los ojos? —continuó—¿Qué color tendría? ¿No sería acaso incoloro o quizás multicolor ? ¿Tal vez, ese verde/amarillo como el que produce el oxígeno en combinación con el viento solar y la energía de los átomos de las partículas de las auroras ? ¿O de luz azulada, lúdica, de coloración rojo/púrpura que desprende la colición de moléculas de nitrógeno en sus curvaturas? ¿No se desvanecería al querer hacerlo tangible? ¿Serías feliz en esos sesenta segundos?

¿Quién sabría que ese momento es el más puro y efímero que vivirías?

Si en ese minuto podrías volver a un momento de tu vida, —prosiguió—¿qué recuerdo elegirías, escucharías los ecos del pasado, volverías a tu casa natal, a tu infancia, a tu adolescencia, a los últimos tres años de tu vida? ¿Te quedarías más de un minuto allí, dormirías en ese lugar o saldrías corriendo para volver a tu realidad de este instante?

—¿Me llevarías a casa?

Me pregunto qué tan incontrolable es ese deseo de volver a casa.—dijo con sabiduría —¿A qué casa te refieres, en realidad? ¿Visualizas un jardín en esa añoranza? ¿Hay rosas en ese lugar terrenal que no podemos claramente identificar hoy? ¿Vienen las libélulas de visita en medio de tanta nostalgia? ¿Te quedarías a vivir en ese refugio por la eternidad? ¿Celebrarías allí cada uno de tus próximos cumpleaños? ¿Te traería tranquilidad aquel sublime lugar?

¿Y si, por el contrario, viajaras a lo desconocido? ¿Si fueras en búsqueda de algo nuevo, indefinido? ¿Te enfrentarías al desafío de un futuro incierto? ¿Se iluminarían tus horas? ¿Viajarías con linternas en tus manos sin la intención de controlar el destino? ¿Podrías con la incertidumbre de no saber dónde vas? ¿Te asombrarías de contar tus pasos a ciegas? ¿Cobraría tu vida sentido?

—Me daría mucho miedo la oscuridad. Siempre me dio miedo la oscuridad.

¿Y si, hipotéticamente hablando, en medio de aquel deseo innombrable que nadie conoce más que tú y tu corazón, alguien tomara tu mano…reconocerías a esa persona imprescindible en tus pensamientos diarios, sus dones, su magia?

—Supongo que rememoraría su alma, su piel y su perfume hasta con los ojos vendados. Ese anhelo un tanto vago e inconsolable de algo o alguien desconocido y a la vez tan familiar es tan grande que sería imposible no identificarla de un suspiro en medio de las luciérnagas. Ese deseo tan inmenso de sentirse en casa, de esa ilustre felicidad, de esa belleza y de esa plenitud que nos hace sentirnos enfermos de deseo y olvidarnos de honorar la vida el día de hoy es esencial para mi. Ese minuto referiría a una esperanza, sin duda, a una resolución, al perdón, al volver a caminar juntas de la mano hacia ese horizonte de auroras, bajo las estrellas de la medianoche, y finalmente, encontrar la paz.

Me acurruqué en la esquina del sofá de terciopelo verde, que acariciaba con mi mano izquierda, con la derecha hacía un rulo en mi pelo, mientras cerraba los ojos y me mordía el labio inferior, sólo para no quedarme dormida durante ese minuto insignificante, y a la vez, lleno de sentido.

Julia Margaret Cameron, The Kiss of Peace, 1869

Aleluya

Se siente confusa, mareada. Le cuesta levantarse. Se retuerce en medio de la tormenta al pie del altar. Estaba segura antes del desmayo que sería insustituible para su amada, pero evidentemente no lo es.

Apoya primero un codo, después el otro. Se balancea hacia la derecha, hacia la izquierda y se cae de lado. La espalda, desnuda y cubierta de ramitas finas, margaritas y hojas de hiedra. Palpitaciones. Las manos, sudorosas.

Gira la cabeza, desolada, apoya su mejilla en los pliegues de tul, mira hacia la puerta, apoya las dos manos en el escalón del altar, un pie, el otro, se revuelca entre las capas de su velo, retuerce la columna y vuelve a caer de lado. Se obsesiona con cada paso en falso que da. ¿Cuántas veces lo intentarás?  — le pregunta la voz. Ochocientas veces. — le responde aturdida. No hagas trampa. — le dicta la voz. Cambia el orden de los intentos.

La tormenta se acerca cada vez más. Entra por la puerta de la caridad. Ella la mira de reojo. Le da la bienvenida. En la entrada, la reciben los santos Joaquín y Ana. Escucha repercutir el trueno al invadir el pasillo de la nave central de norte a sur entre los feligreces, ve estallar el refucilo en medio de tanta decadencia, al borde de lo que parecía un acantilado. Se agita su respiración, que cada segundo que pasa se hace más furiosa y profunda. Apuesta por la vida. — le susurra la voz. No la dejes.

Abre los brazos, paulatinamente los extiende en un aleteo forzado y examina su esqueleto y sus sombras interrumpidas y fragmentadas en la columna de mármol. Se golpea las palmas de las manos, las plantas de los pies. Está recostada boca arriba en el ojo de la tormenta, observando las palomas pintadas en el fresco del ábside abovedado sobre el altar. Fondo verde esperanza, ángeles blancos, una cuna rodeada por rosas, un ventanal que indica el retiro de las tinieblas y el ingreso del nuevo día.

Apoya una rodilla con incertidumbre, arquea el torso, entablilla sus hombros y hace un giro de trescientos sesenta grados. Lanza una mirada de soslayo a su alrededor, desafiante, hace morisquetas a todos aquellos que la observan con indiferencia, con arrogancia, con espanto; vuelve a soltar su peso, se mece de lado a lado, cae, se retuerce de dolor y vuelve a perder el equilibrio. Una melodía conocida tararea en su cabeza una cadena de utopía y notas musicales. Aleluya.  

Sus piernas se aflojan, flexiona las rodillas, el tul del velo se enrosca en sus pies, por los suelos y forma parte, a partir de ese momento, de su cuerpo y de sus pesadillas. Lo rebolea con insolencia. Gime, exhala, suspira, grita, aligera la columna, no le dará el gusto a nadie de los presentes de sentir todo eso como castigo.

Se desploma otra vez, vencida. Los puños cerrados. Ya no se mueve. Escucha como la tormenta se aleja, triunfante, como olas de paradojas y elogios y nubes de fino nylon en la bóveda celeste.

La ficticia perfección no te sirve de nada. — le comenta la voz.

Hace un esfuerzo por levantar la cabeza, aparta sus cabellos de sus ojos, se arrastra, rompe en llanto y apoya las muñecas, los tobillos, el cuello en la eternidad del piso frío. Un enjambre de polillas verde pálido plateadas casi malvas se posa en su cuello, en sus manos, en su pecho, en su entrepierna, en las baldosas del piso.

Es como si su propio cuerpo no la dejara salir de la crisálida onírica donde se encuentra casi dormida. Asume las consecuencias. —le pide la voz. Valora tus esfuerzos.

De repente, una luz la atraviesa y hace fosforescentes sus venas, que se traslucen en su piel casi transparente e insulsa. Existe.

DE TUA NATIVITATE GAVISA EST TERRA

La tierra se alegra con tu nacimiento. Como hipnotizada, lee las palabras en latín en el arco de la bóveda de crucería que repercuten en repetición de ecos mientras las recalca en voz alta.  

Logra sostenerse sobre sus pies. Puede girar sobre su eje como un insignificante trompo en el rincón del presbiterio, entre los púlpitos y los cálices del clero. Despega los talones del suelo. Hace una reverencia. Puede dar pequeños saltos en la impermanencia de sus sombras, opacidades y penumbras del atardecer del solsticio de verano que lo descubre invadiendo el lugar sagrado con tanto encanto.

Las ondas de tul, arremolinadas en sus pies no la dejan avanzar ni llegar hasta alcanzar los zapatitos de charol en aquel rincón, entre dos pilares, donde gira el trompo. Esos que siempre quiso y nunca tuvo.

Que el desmayo sea un milagro o un castigo es algo improbable, emocionante y tan perturbador como los relatos de una mariposa, escribía el poeta Peter Verhelst en las sillas de la sala del teatro de Brujas.

Ella la adoraba, siempre estuvo a su merced. De todas maneras, cualquiera sea la verdadera razón por la cual su amada nunca apareció ese día en la iglesia, ella parecería recuperar el conocimiento al cabo de unos pocos minutos. Verifica que respira — escucha decir a la voz sobre su hombro.

Nunca te lo conté, pero ella siempre había soñado que se casaría en Brujas, de encaje, desde el primer día que visitó la ciudad en 1997.

Sí, respira. Y la veo desplegar sus alas y escuchar los himnos y secretos del universo. — concluyó la voz.

Y oí el ruido de una multitud inmensa como el ruido del estruendo de las olas, como el fragor de fuertes truenos. Y decían: Aleluya. (Apocalipsis 19:6)

The Bride by Julia Margaret Cameron

La hora dorada

Huir.

O dar el paso.

Dirigirse a lo desconocido.

Darle nombre a lo nuevo.

Sentarse en el rincón donde me espera un sillón ostentoso, orejero de terciopelo.

Ser la primera que corre hacia el sillón y convencer con la mirada a todo el mundo que es sólo mío.

Hacerlo propio. Desentumecer los brazos. Dejarse acunar por el empalagoso respaldo alto, los apoyabrazos y las pequeñas avellanas de lana y flecos que rozan la alfombra. Desaparecer en lo sublime del ‘no tiempo’. Sentir el olor a lo viejo, a lo ajeno, a lo que no es mío. Y sin embargo, imaginar el perfume a canela del acolchado y hacerlo digno de mi ser y mi alma.  

Marcar los límites a mi alrededor sin dar explicaciones, con sal, con lágrimas, con talismanes de cristal de roca; crear un vasto tramo de vacío entre ellos y yo. Levantar la palma de la mano y notitas escritas en lápiz de grafito: Para. Hasta ahí llegamos. No digas más nada. Suficiente. Sólo se aceptan susurros y palabras de ánimo.

Amotinarse y hacer un círculo imaginario de anís estrellado y quemarlo para protegerme del mal de ojo y para atraer la plenitud y la buena suerte.

Sentir la llama y las chispas del sol de mediodía, excepcionalmente ardientes, en plena primavera belga. Casi verano. Lo se. Es que ni siquiera quiero darme cuenta que llega a su fin en unos días.

Venerar el sol y hacer una reverencia. La hora dorada. Incinerar los recuerdos. Sentir que los rayos se tatúan en cada una de mis células, en cada poro, a través de mis pestañas. Pretender ser valiente y que no me irriten ni ardan.

Sentir los ojos de todos posarse en mi y no darle importancia. Tantos ojos que me miran. O parecen mirarme, vigilantes como si me subiera a un escenario vacío enardecido de luz. Tantos ojos que me miran sin juzgarme. O por lo menos, es lo mínimo que espero de ellos. Piropos y elogios.

Conferirle al rincón el título de testigo de mis ideas, aquellas que crecen en mi, con total sutileza, día a día y hora a hora. Ennaltecer en silencio los frutos y las virtudes que todavía no están presentes con un acto solemne.

Mirar fijamente a la nada, quemar menta para calmar los pensamientos y reducirlos a banales cenizas blancas. Que no son blancas, por cierto, ni puras, son viscosas y amarillentas.  

Escribir mis deseos en un sobrecito de papel, uno que escondí en el bolsillo de mi vestido. Sobrecito de té verde, mango, romero, jengibre y ananá.

Quemar cáscaras de naranja para avivar la alegría agreste en el correr de mis días y la consagración de un milagro.

Cerrar un círculo. Celebrar lo intacto y lo desconocido de un nuevo inicio, todavía en una burbuja de tristeza y en color sepia.

Sadness by Julia Margaret Cameron 1864

Setenta aleteos por segundo

Llegué allí cargada de historias. Me miró a los ojos, cómplice, me sonrió sin dudar y envolvió mis relatos audaces, mis crónicas, mis desplumadas anécdotas y mi runrún con el más fino y majestuoso papel de regalo. Papel de fondo blanco y presagios, con orquídeas tropicales y colibíres de tonalidades azules y doradas.

En esos instantes, sólo la dulzura de su mirada, la habilidad de sus finos dedos y el reiterado doblez de origami del papel que formaron sus manos al envolver aquel libro fueron para mi como un sueño elíseo.

Hay momentos precisos, de unos cuantos titilos, que necesitamos que alguien nos recuerde lo que es sentir una vez más el amor cuando lo hemos olvidado por completo. Qué serenidad se siente en ese desafío de esos cuatro mil aleteos por minuto que alguien nos traiga a la memoria que estamos vivos, que respirar es un prodigio y que el corazón todavía palpita con insistencia.

Encontrar un colibrí azul impreso en aquel papel no era una coincidencia. Era un cerrar de ojos y un suspiro de alivio.

Me permití sentir esa súbita resurrección de mi alma. Me permití creer que el colibrí era el mensajero de tus palabras, de tus latidos, de tu cielo, de toda tú.

Tú, que ya no estás presente, pero al mismo tiempo, muy acurrucada en mi infinito.

Una vez leí que aquello que no queremos sanar es porque el dolor que nos causa es el único enlace con aquello que, imposibilitados de aceptar, perdimos.

Me pregunto cómo hace el colibrí para flotar en el aire sin moverse.

Me pregunto qué es al fin y al cabo el amor mientras paseo mi letargo y mis historias envueltas en el papel con colibríes por el sinfín sin ritmo de calles y de ciudad.

Me pregunto si todo el amor que te confesé y que con inocencia perdí, volverá algún día a renacer en mi. Ese amor tácito, incondicional. Esa sensación de pertenencia. Ese calor de paraíso. Esa complicidad. Ese roce de nuestros labios. Ese néctar. Esa pasión. Ese secreto despertar. Ese parpadear. Una vez cada cuatro segundos.

Ese batir de alas.

ELIXIR

Hay días como hoy que ato mis pensamientos con un hilo celeste de lino muy fuerte a mi dedo índice y a la casa de mi infancia. Lo sujeto así como aquel niño que sostiene el hilo de barrilete en el viento, en lo alto del cielo.

El hilo está amarrado a las grietas de las paredes, a las baldosas del patio, está anudado a las ramas de los nogales y al tejido lindero de alambre.

En la búsqueda de soporte, retorciéndose de dolor, el hilo va formando un fuerte nudo, haciendo trampa, como los zarcillos espiralados y trepadores de la pasionaria azul.

Ahí, en ese rincón del fondo del patio de aquella casa, bajo los nogales, cerca del paso del tren de carga que veía por las mañanas, crecía el mburucuyá silvestre. Mburucuyá, como llamábamos a la pasionaria entre mis amigos y los conocedores del sabor de sus frutos, en lengua guaraní.

Enredo el hilo de lino a los zarcillos. Los observo atentamente. Los zarcillos parecen no defenderse del estímulo y del contacto con mis manos. Dicen que el tiempo de reacción varía entre los treinta segundos y las dieciocho horas y que después de un contacto pasajero pueden volver a su posición original. Y si no encuentran ningún apoyo, al envejecer, se enrollan sobre su lado inferior o se secan.

Como los zarcillos de la pasionaria, en los momentos más inesperados y los lugares más confusos y exóticos del día, me enredo en la corona de la flor de la pasión. En sus ocho centímetros de diámetro me dejo lanquidecer. Y me pinto las uñas nacaradas, para que tu me confundas con las hadas.

Tomo la botellita del elixir. El elixir tiene efectos sedantes e hipnóticos.

20 cl de una mezcla exquisita de hierbas seleccionadas de todo el mundo y azafrán, que luego se maceran y destilan con 40% de alcohol. Anís estrellado, canela, saúco… Dejo caer unas gotas sobre mi lengua. Me lo ha recomendado una mujer muy sabia, en el camino de los campos de lúpulo aromático.

Aquí estoy, desnuda, reflejada de pronto en una de las gotas que cae en uno de los pétalos de la pasionaria. Entrelazada a los anillos del astrolabio de hierro en medio del jardín, bajo los rayos del sol de verano, pensativa, en puntas de pie, esperándote. Atravezada por la flecha de metal. Intentando determinar la posición y la altura de los astros en el cielo.

Estoy, pero no estoy. Vivo, pero no vivo. No siento el calor del sur, ni los vientos fríos del norte.

No te preocupes, el punto de mira de la flecha apunta a la estrella elegida. Las coordenadas celestes indican perfectamente dónde estás y dónde estoy yo. También pueden especificar tu distancia de la mía.

Sin embargo, es como si tuviera un vacío galáctico interno entre las vísceras serosas, entre los huesos de marfil y la piel entumecida.

Me duelen las pestañas y el iris marrón de mis ojos, los músculos del cuello, la latitud de la espalda, las contracciones del corazón. Junto los pedacitos astillados entre los sépalos de la pasionaria. Aserrín áspero y jabonoso con el que me lavo las manos. Clavos con los que me torturo el cuerpo y vidrio molido que mastico hasta hacer sangrar mis encías. Bocanadas de suspiros y llantos amordazados. Silencios infranqueables que escucho como ecos desde el fondo del patio de la casa de la infancia. Silencios que ato con el hilo de barrilete celeste que ese día me regalaste y que, aparentemente, olvidaste que era mío.

Tomo el elixir y sirvo el licor en una copita. Dicen que cuanto más fino el cristal, mejor es la melodía. Dependiendo del nivel de elixir, la copa cantará con un tono más agudo o más grave.

Antes de beberlo, mojo mi dedo índice en la mezcla de las treinta y dos especies de plantas y hierbas que forman la base del licor. Froto con suavidad el borde siguiendo su circunferencia a una velocidad continua y regular. El caliz de la copa, al cabo de unos segundos, comienza a evocar nuestra canción.

‘Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta’ nos decía Carl Jung.

Quisiera despertar de esta pesadilla, sin dudas. Del colapso. Del final del mundo. De este enriedo de hilos celestes. Pero ya no le tengo miedo a los recuerdos. Ya no habito entre estantes de sedas y terciopelos, entre cajitas de perlas, piedras y lentejuelas doradas.

Ahora vivo entre lagos y jardines de flores de encaje, entre helechos salvajes y el croar de las ranas.

Llevo una tiara de plumas de palomas blancas y una capa bordada de alas de libélulas esmaltadas, escarabajos y chicharras.  

Julia Margaret Cameron