Todo se refleja en el agua, la luz irisada de sus ojos, las sombras de mis manos sobre el telón del teatro, los rayos de sol entre los pliegues de su vestido, el pudor, las decisiones, los presentimientos y las incertidumbres.
Las nubes pasajeras, las estelas de los aviones, el cruce de los tallos de los nenúfares, las telarañas musicales que cuelgan del puente, las semifusas de polen que flota en el aire, y el rostro de ella, que tanto he amado.
Su espalda recta, sus aleteos pendulares, sus palabras en reposo, sus brazos, los dedos de sus pies en el agua, entre burbujas de encaje, perlas de espuma y olas de nácar.
Los cometas, los planetas, los eclipses, la luna menguante y las estrellas que nacen una y otra vez al atardecer. La clave de sol. Nuestros besos. El universo entero y toda su composición. El símbolo de infinito. Mis bolsillos llenos de cartas para ella, las justificaciones, el perdón. Los secretos. Las promesas. El amor, las lágrimas, los caprichos, el final de la carta.
Y lo más inesperado, la postdata: te amaré para siempre.
Hasta yo me reflejo, pero no me reconozco. Creo que lo que se ha dejado sin decir ha cambiado mis facciones. Las golondrinas vuelan al ras del agua y cambian de dirección bruscamente al ver mi imagen reflejada. Se dice que cuando las golondrinas vuelan bajo, auguran la proximidad de horas de lluvia.
Espero las primeras gotas entre bostezos. Esas que interrumpen la serenidad, que expanden el silencio en ondas y que expresan lo desconocido o aquello que nunca nos animamos a decir. Así, por lo menos, podremos ver el temblor de las palabras flotando igual que sus pies.
¿Quién tira la primera piedra para romper el hechizo de los círculos concéntricos y de geometrías sagradas? Tiremos safiros y esmeraldas para crear así el eco sobre el agua, para perfeccionar la pronunciación de un idioma que no es innato en mi, y que tengo que dejar ir.
Siempre me interesaron los fundamentos del lenguaje, la fonética, el tempo, el sonido, el tono, el color, la calidad de un susurro o un crujido. Hasta que Leah llegó a mi vida para juzgar mis palabras, las leyes, la velocidad, el aire que entraba en mi boca, la posición de mis labios o mi lengua, la vibración de mis cuerdas vocales o mi invención de frases inexistentes. Me vi obligada desde entonces a usar diapasones, notas y metrónomos para medir mi voz y para protegerme de sus exigencias por aquello de lo que uno no debería avergonzarse.
Adagio, allegretto, vivace.
Qué importan ya las pulsaciones por minuto o el sentido del tiempo que me volvió hermética, como las ostras en el fondo del océano que devueltas al agua nunca más se volverán a abrir de par en par.
Leah es de esas mujeres impredecibles, que defienden su libertad bajo el lema de que siempre hay que estar preparada para una nueva aventura. Es de aquellas almas que les encanta dormir a cielo abierto, bajo las estrellas. Despeinada. De aquellas que al mirarlas a los ojos, una entra en su paraíso secreto, como dijo Frida Kahlo alguna vez.
Quizás por eso su camioneta estaba llena de maravillas, como un gabinete de curiosidades y amuletos por descubrir: una pluma de lechuza, dos paraguas con pintitas y puntillas, botas de goma, hojas de helecho y musgo, flores secas, un cofre lleno de ropa revuelta, pero a la vez bien doblada, una canasta de pic-nic, una varita mágica y una estampilla de cinco centavos, además de otras tantas cosas que ya no recuerdo, pero que se habían convertido en familiares e imprescindibles para mi.
Yo admiraba eso de ella. Me había enamorado de esa impredecibilidad que me ponía en evidencia, de esas aventuras con las que me persuadía, de esos cielos con los que me hacía sentir infinita, de esas estrellas que ponía a nuestra disposición y ese perfume de sus cabellos despeinados que eran para venerar. Y de las proporciones perfectas de sus labios que me hacían empalidecer. Mi corazón pasaba a latir más fuerte en segundos y la eternidad se cristalizaba junto a ella.
Había esperado tantos años el encuentro con alguien así, que nada me podía detener. Mis cinco sentidos estaban puestos en sus manos. ¿Pero qué buscaba realmente yo?
Nos habíamos visto sólo una vez, diez años antes.
En nuestra primera cita, recostadas en el cesped, de repente Leah me quiso convencer de que yo siempre moraba en el pasado. Intenté eludir sus palabras. Yo sabía muy dentro mío que no eran verdad. Siempre asumí que en ese momento ella no me conocía lo suficiente como para decir eso y lograr censurar esos primeros instantes de cita a ciegas. Aunque siguió repitiéndolo por años. Y no era verdad, yo vivía el presente con ella en completo éxtasis y con los ojos bien abiertos.
Y aquel momento de déjà vu en el que la abracé y me quedé mirando fijamente el cielo, fue una breve visión, de esas que vuelven de vez en cuando del pasado a nuestro cuerpo. Y fue ese cosquilleo de las líneas del tiempo que se cruzan, pero nada más. Sólo para dejarnos saber que estábamos en el tiempo correcto.
Eso era. L’esprit de l’escalier. El tiempo correcto. Fuegos artificiales, hipnosis y descargas eléctricas. Debería habérselo dicho. Ahora es tarde. Ya nos hemos despedido.
Ahora me doy cuenta que hoy he mentido: he dicho que no tengo familia, ni allá ni acá.
No se por qué lo dije, si no estoy sola. Tengo mis palomas, mis estrellas, mis anillos de cristales de roca, mi luna creciente, mi llave, mi música melancólica, mi reloj de arena, mis mariposas muertas, mi piano.
—Me acerqué— te lo aseguro, Leah— pero no me animé a tocar ni una sola nota. Seguramente estará desafinado y no me reconocerá.
Carl Jung decía que la peor soledad no es la de no tener personas a tu lado, sino la de no poder comunicar las cosas que te parecen importantes, o la de estar obligado a callar ciertos puntos de vista porque otros los encontrarían inadmisibles.
Me acerqué a la ventana, y me alejé del piano. Vi tantas estrellas en un azul profundo, ese que llaman azul de medianoche y que anticipa días de nieve y abundante frío. Maeterlinck habla en la primera página de su obra La Princesse Maleine de una lluvia de estrellas como presagio de guerras, desastres o la muerte de reyes y princesas.
No he visto la lluvia de estrellas, pero he sentido la muerte tan de cerca este último tiempo. Del padre, de la madre, del hijo, de la noche, de la música, del arte y del amor. A unos los escuché irse, a otros, no. No quiero quedarme sola en medio del ellende. Se fueron todos con los cisnes, que buscaron refugio bajo el puente. Lo he visto en los espejos.
De niña me gustaba imaginar el color del aura de las personas que tenía delante mío. Como así también me intrigaba pensar si la melodía, la entonación y el timbre de voz coincidían con su personalidad o la expresión de sus ojos o el movimiento de sus manos.
Ahora me doy cuenta que hoy veo únicamente las sombras de mis manos bailando solas en las paredes de la casa a la luz de las velas. Y escucho la voz de ángeles a mi alrededor. Veo el aura que los abraza a ella y al pequeño hermano en la pintura de Norah Neilson Gray. Y las flores doradas en su regazo.
Las palabras siguen aún enjauladas en mi interior.
Siempre me gustó la palabra ellende en holandés, porque tiene tantos significados, y ninguno concreto a la vez.
Ciertamente, la soledad es peligrosa y adictiva. No me quedan dudas después de tantos años.
Mis manos, heladas por tu ausencia, no pretendían más que amar, llevar el anillo de la promesa dorada y sostener mis mejillas para serenar mi dolor.
Estaba tan cansada de fingir, de buscarte, de querer entenderte y de amarte a la distancia de miles de millones de años.
Bajé hasta los abismos de los infiernos, que me han susurrado tu nombre muy de cerca. Más tarde rocé la oscuridad de tus constelaciones antes de ahogarme entre los diamantes del insomnio y te vi brillar entre las rocas en el cielo de mis sueños.
En puntas de pie, me cubrí la frente con la palma de la mano y el velo que perfumó tu piel en otro tiempo para no encandilarme con tus haces de luz.
Te abrazaba un ángel entre auroras en el firmamento. Vi tu corona decorada de doce amaneceres. Y sentí tus rayos, como manos que aparecieron entre luceros para acunar mi cuello y apuntalar los universos de mis deseos.
—Prometo quedarme así, con la cabeza adormecida en tus manos. Te recompensaré. Lo prometo, mi estrella de la mañana.
Infinitas polillas aladas blancas emergieron de la soledad y el polvo de estrellas que cubrían el adormecimiento de la tierra. Levantaron vuelo a mi alrededor. Tenían el Norte como destino, eso fue lo que me dijeron. No supe si seguirlas o cerrar los ojos y quedarme en la cuna de tus rayos.
Dicen las luces de las velas y la oscuridad del invierno europeo que es casi navidad.
Dicen que no es sorprendente que la nostalgia aparezca más pronunciada en tiempos inciertos, de transición o cambio.
Desde la lejanía de los griegos, dicen que hay que besarse bajo el muérdago blanco con aquel que amamos.
Y finalmente, Leah vino a mi en la noche, cuando el amanecer parecía perdido para siempre.
El viscum album es una especie europea con propiedades medicinales y mágicas. Crece entre los vientos nórdicos y tradiciones folclóricas, en ramas de manzanos, pinos y álamos. Estas matas misteriosas, desparramadas, ahorquilladas, cilíndricas o divididas por nudos eran consideradas como un remedio universal y veneradas por culturas antiguas. Los griegos ya las utilizaban para las ceremonias nupciales, yo, en mis plegarias diarias.
Dicen que los druidas celtas lo usaban en sus rituales para espantar seres malignos, para atraer la suerte y hasta para resucitar muertos. Sus poderes mágicos se le atribuyen por sus raíces, que no proceden ni del cielo ni de la tierra, puesto que ni están en el suelo ni se mantienen en el aire. Necesitan de la savia de las ramas de un árbol para sobrevivir.
No recuerdo haber visto ramilletes de hojas ni bayas de muérdago en los árboles de Esperanza. Pero sí recuerdo haberlas visto en las láminas de figuritas de ángeles que mi abuela me había traído de regalo de su primer viaje a Alemania por allá en los años ochenta. Eran ángeles recortados a mano, troquelados, con vestiduras, capas y sombreros de terciopelo blanco o rosado, botitas abotonadas y alas de brillantina alemana plateada. Amaba esas láminas. Estoy segura que todavía están guardadas en alguna de mis cajas de la infancia. Algunos ángeles llevaban cestas con rosas y cintas, velas y campanas, cuernos de la abundancia o ramos de muérdago blanco en las manos. Creo que fue el regalo más sublime que he recibido de mi abuela.
El muérdago muestra todo su esplendor durante el solsticio de invierno, cuando sus frutos maduran y se hacen traslúcidos, blancos o amarillos. En la mitología nórdica, es considerado símbolo del amor. Besar o ser besada bajo el muérdago blanco.
Ella vino a mostrarme su amor a la luz de las estrellas, bajo el ramillete de muérdago. Ya no se si nos besamos o no bajo las ramas de los manzanos aquel día. Aunque no estoy segura que eran manzanos…veo peras esparcidas por el suelo, entre la hierba, el silbido de los mirlos y mis recuerdos. La memoria de una escena en un pasado distante, distorcionado y extremadamente idealizado. Y el resto, ni más ni menos que un simple beso y el recuerdo que sobrevive. La excusa perfecta para besarse.
El anhelo del regreso a cierto tiempo y lugar a los que conferimos un grado de perfección, belleza y poesía era considerado hasta el siglo XIX como una enfermedad. Como una noche negra sin final llena de añoranza, desmayos, fiebre e incluso, la muerte como punto final. Felizmente, Jung ha rescatado las memorias y puntos rosas del pasado para enhebrarlos como perlas y consagrarlos de asociaciones positivas, instintos y luces de navidad.
En pocas palabras, mi desmedida nostalgia en ciertos días de cada fin de año combina la tristeza agridulce de la pérdida con la alegría o el consuelo de que la pérdida no es completa ni podrá serlo nunca. Queda el amor que se desvanece de a poco en la noche oscura entre las estrellas. Quedan los ángeles de papel vestidos de terciopelo y brillantina, los sentimientos de soledad, el placer y el dolor, los sonidos de los mirlos anidando en el muérdago, los deseos y el duelo, los olores, los sabores y texturas en medio del adviento, nuestras almas, la de Leah y la mía, y la aterradora proximidad de las fiestas blancas.
Dormía de más para no estar despierta por el día. Era tarde para remordimientos. Pero demasiado temprano para levantarme. Ya no me importaba la vigilia, el equilibrio o la supervivencia. Envuelta en las sábanas de franela de algodón, podía escuchar cómo Leah repetía su nombre desde lejos, detrás del espejo.
Deseaba escaparme y recostarme en la tierra ficticia de aquel patio de mi infancia, arrodillarme entre los cardos altos, extender los brazos al cielo, sentir con mis manos la caricia de las recentísimas hojas nuevas de la hierba y de las flores del ciruelo desfallecidas con tanta cautela entre las firmes piedras.
Ya no sería un desafío arrastrarme por la hierba, esconderme y desaparecer en el hueco de lo que quedaba del tronco del ancestral ciruelo, desnuda, entre la resina, el carbón y el resentimiento, entre los helechos y amarantos. Aceptar el sabor amargo de los pensamientos sumidos en el agujero negro de la nostalgia. No era justo, pero era precisamente ahí donde solían acumularse los recuerdos que ya no quería perder y el deterioro del ensueño diurno.
Sabía que Leah seguía pensando en mi. ¿O era pura distorsión de la realidad y somnolencia? Quería atravesar la antipatía de los huesos que se extendían desde mi espalda hasta los nudillos de mis manos con inmortales tallos de rosas y dejar las espinas acapararme y arroparme entre venas, líneas de sangre, fatiga y espasmos.
Quería respirar, crear un espacio entre el tronco y las espinas. Dormir. Seguir durmiendo por la eternidad. Así tendría tiempo para sembrar bulbos y brotes de fresias entre los huesos de mi clavícula y mis cicatrices, plantar orquídeas colgantes de mi boca y dejar crecer raíces y flores de ghysophila rosa y blanca entre mis cabellos despeinados y largos, y así poder ver, entre ellos, las sombras de las ramas finas proyectadas en mi piel pálida de eterno invierno europeo después de tantos meses de ausencia.
—¿Debería despertar? ¿Elevar una plegaria al cielo? —me preguntaba entre bostezos y suspiros incontrolados.— ¿Cuántas horas quedan por dormir ? ¿Es hora de dejar todo atrás y abrazar la ambigüedad del día a día, de las corolas de la pasiflora que trepan por el tronco y las ramas?
Quizás debería haber interrumpido las conversaciones de las flores con libélulas de pintitas azules en sus alas y rayas naranjas. Sentirme triunfante y así ser capaz de mitigar la intensidad de mi soledad. Dejar posar las libélulas sobre las halucinaciones de mi cuerpo, sobre la piel nítida y descascarada de mis manos. Sobre las trenzas malhechas que cruzan la tensión de mi frente. Dolor que palpita y late.
—¿Has intentado masticar las hojas de diente de león y beber el té medicinal de sus flores?— le había preguntado Leah unos días antes, al inicio del sueño y la migraña.
La infusión parecía ser como una especie de poción mágica para los repentinos y persintentes dolores de cabeza. Tres días seguidos de melancolía y dolor. Sensibilidad a la luz y a los cambios de temperatura corporal. Tempestad.
—No, ¿acaso son comestibles?— le respondí adormecida.
Entrecerraba nuevamente los ojos. Sólo recordaba hacer volar sus semillas por el cielo liviano e inconstante de parques y patios cuando era niña. Ya no recordaba los tres deseos.
—¿Cambiarás de idea, Leah, o intento dormir? No te retrases ni con el té ni con tus disculpas. —Balbuceaba. —Lo mejor sería no cambiar el número de horas que duermo cada día. Odio los sueños fragmentados.
Siguí soñando con burbujas blancas aterciopeladas que inundaban el jardín tostado del patio en verano.
—Eran burbujas que almidonaban el césped y atraían las odiosas orugas peludas, los caracoles herméticos y otros delicados moluscos.—Hice una larga pausa para respirar—¿Es muy tarde para la reunión de té, los pasteles y la reconciliación en el medio del bosque? Si no vienes, déjame dormir.
Cada medianoche, alrededor de las doce, insectos indeseados como las polillas nocturnas forman lazos y nudos heridos y pegajosos de alas entre las luces de las lámparas, mientras vuelan violentamente, atropellándolo todo. Se parece a un festín, y, a la vez, al fastidio de insospechadas hadas desnudas y aladas guiadas por Titania que se burlan del amor y que se roban las semillas puntiagudas y negruzcas para usarlas de varitas mágicas y practicar su puntería en medio de las ruinas de mis días y mi letargo.
Respiré hondo.
—Se que no vendrás, pero sigues pensando en mi — le dije entre suspiros —Déjame ya, que siga acurrucada en mi propio sueño de una noche de verano en medio del invierno, de descanso entrecortado y ridículo, de líneas nerviosas, de hojas mal dibujadas y distorcionadas por la noche sin luna, de capullos ondulantes de fresias como de cera abrillantada. Déjame dormir. Escóndete detrás de la puerta, si quieres. No tienes nada que perder, sólo escucharme adormecer.
—Déjala despertar ya, y bésala —dijo la voz. —Aunque el manto negro de terciopelo y oro cubra su cuerpo desnudo sobre la hierba, en medio de la enredadera contagiosa de mariposas y libélulas, aunque sus pies fríos sigan visibles entre los dientes de león ya marchitos, aunque sus ojos se envuelvan de nubes y manchas negras y líneas elípticas de sangre y venas.
—Déjame ya, —repetí —que escuche las voces solidificadas en las piedras de los héroes armados que vendrán como corsarios a través de mares y océanos a rescatarme.
—Déjala ya, —siguió la voz — que pueda ahorcarse el cuello con flores de pasiflora fragantes, y triturar sus sueños con sus martillos, sus pistilos y sin cuerdas, pero déjala dormir. Déjala morir sintiéndose derrotada hasta que la percusión de su angustia llegue tan lejos como las semillas del diente de león y se hagan evidencia en países lejanos, en el tiempo y en el espacio de otros continentes.
—Déjame ya, — le supliqué —que sofoque el engaño y consagre la espera de aquellos dioses, orfebres y héroes de cascos alados que indudablemente vendrán a salvarme. La magia existe. Se que traerán con ellos anillos de oro, arcos y flechas, que cruzarán a caballo bosques encantados de rosas de tallos petrificados, de espinas y de clavos oxidados, que me defenderán con escudos cilíndricos dorados y espadas afiladas de acero labrado. Morirán así las venenosas serpientes de mis sueños, igual que las herejes y escurridizas lagartijas, hipnotizadas por la mirada de las lechuzas borrachas de curiosidad.
—Bésala en la frente, — ordenó a Leah la voz —aunque quiera esconderla entre fresias y trenzas, y aunque sus mejillas estén deshechas entre heridas abiertas de espinas y salvajes frambuesas, aunque sus labios ya no sean más que de escamas tornasoladas verdes, lilas y afiebradas.
—Bésame, — le dije exhausta — y protégeme del colapso con tu gélida espada. Deja que pruebe el jugo azucarado y empalagoso de las flores de fresias que tenía prohibidas cuando era niña. Se que estás cerca. Déjame beber el néctar del cáliz sagrado entre las guirnaldas de hadas y pasiflora, como si fuera el regalo más preciado que puedes entregarme. Dibuja aureolas doradas sobre mi frente como antes. Toma mis manos frágiles, casi muertas, y déjame caminar a tu lado en el desiderátum infinito del atardecer, vestida del color más claro de pétalos que encuentres, sin mirar nunca más ni hacia el pasado ni hacia lo que quede detrás de nuestras espaldas.
Prendí velas rosadas. Velas viejas que encontré guardadas en un cajón de la casa, quebradas, un poco desteñidas, pero de un hermoso color durazno encerado, nacaradas.
Dicen que son las más idóneas para invocar el amor. Y que el pedir un deseo al soplarlas se remonta a los antiguos griegos, cuando horneaban pasteles y los cubrían con velas para pedir un favor a Artemisa, la diosa del amor. Se creía que el humo de las velas apagadas llevaba el mensaje a los dioses en su ascenso al cielo. Una sola llama que se eleva en el vapor de inspiración y ofrenda.
Algunos usan velas rotas para establecer contacto con los espíritus y seres sobrenaturales, y para pedir su protección y su guía. Supersticiones que algunos siguen respetando con una fe ciega, convencidos de su poder.
—Los fantasmas no existen— me repito en voz alta —Son sólo creencias irracionales descriptas en los mitos y leyendas de tiempos pasados. Debo despojarme de estas ideas.
Dicen que sólo hay que encender las velas del ritual con fósforos de madera. Nada de encendedores, sólo con un palito que los griegos han llamado Φωσφόρος o Phōsphoros, que significa portador de luz. Qué bello nombre.
Vi las primeras chispas, pero me costó prenderlas, fueron momentos de incertidumbre y escalofríos. Dicen que la superstición se alimenta de esos instantes inciertos ante situaciones incontrolables y los delirios.
Quizás la madera de los fósforos era vieja. ¿O no ejercí la presión adecuada sobre la caja? Demasiada sobriedad la mía. Seguramente no hubo suficiente fricción para que un punto de la cabeza alcance su temperatura. Lo intenté una y otra vez, coloqué mi dedo índice justo detrás de la cabeza del fósforo. ¿Cómo hacían en la antigüedad para encender el fuego con los troncos y ramas de madera? Quizás necesito hacer fuego con una lupa o usar mis espejos ¿o con el fondo de la botella de champán? Quizás debí frotar dos palos muy secos durante unos minutos o hacer saltar chispas de dos piedras recogidas en el fondo del mar. Térmica y luz. Dicen que puedes valerte de una sola roca, un ladrillo o una superficie rugosa. Parece que la cerámica también funciona. Combustible, calor y oxígeno. Eso es lo único que necesito. ¿Sabías que cuando era niña me comía las cabecitas negras ya quemadas de los fósforos? Mi cuerpo debe tener una alta dosis de sesquisulfuro de fósforo. Aquel elemento químico de la tabla periódica denominado con la letra P que fuera descubierto por accidente en búsqueda del oro en 1669. Dios mío.
Enciendo las velas. Chispean sin recato. ¿O es que truena? ¿Será afuera una noche de tormenta? No, son las velas que hacen ruido aquí dentro. Sin embargo, he visto el refucilo. Serán burbujas de aire o impurezas en la cera. Quizás la acumulación de carbón o un hongo en la mecha.
Creo que las mechas estaban un poco deshilachadas, aletargadas por el tiempo y la humedad, pero allí están, encendidas en los candelabros de cristal. Finalmente lo logré, con el último palito de ocho centímetros de los cien que contenía la cajita. Guardaré la caja de recuerdo.
María Elena Walsh escribió que en una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Un rayo de sol – aunque hay que encerrarlo muy rápido para que no se lo coma la sombra – un copo de nieve, e incluso una lágrima muy gastada.
¡No…no ! las llamas se apagan. Ha llovido mucho o quizás he dejado caer demasiadas lágrimas sobre la mesa sin darme cuenta. No puedo permitirme que se apaguen, las creencias dicen que tendría que reiniciar el ritual. Y no puedo perder el tiempo. ¿Será que el viento se filtra por las grietas en la pared? ¿Entra una corriente de aire en la habitación? No, no puede ser, he cerrado las ventanas. ¿Tendría que haberlas encendido en el corazón del altar?
Evocaciones y súplicas. ¿Será que las velas son muy cortas ? He leído que deben medir como mínimo 21 centímetros. ¿Tendré que aventurarme y cambiarlas por velones más grandes, para hacer su temblor más potente?
Enciendo la primera, la segunda, la tercera. Sí, son tres, dispuestas en triángulo. Tu nombre en el centro. Escrito en un papel. El color de las velas determina la vibración de las llamas. Ya no recuerdo bien si debían ser velas rosas, blancas o negras. No, negras no, aquellas tienen mala fama. Las negras se usan para abrir caminos, para revertir o poner fin a hechizos, embrujos o maldiciones. ¿Debería sustituir las velas rosas por blancas? Dicen que el color de las velas determina la purificación de la energía. Las velas son las mensajeras de oraciones. Como las que elevé a Artemisa. Estoy segura que las rosas eran las del ritual del amor. Aunque ya en la antigüedad se acostumbraba encender velas blancas durante nacimientos y matrimonios para atraer a los espíritus del bien. Ahora estoy en la duda. ¿Eran blancas o rosadas? He leído que si los enamorados se prometen amor eterno a la luz de una vela y ésta no se apaga antes de que se consuma, el amor será eterno. Y para ver de nuevo a la persona amada, es preciso dejar encendida la vela junto a la ventana. ¡Claro, ahora entiendo! He corrido las cortinas para que nadie me vea. Así no podrás ver su lumbre desde el jardín. ¡Espera! Corro a grandes saltos hacia la ventana.
Estoy pendiente de la llama, que se haga tranquila y estable. Miro el espejo que se ondula, zigzagueante, más allá de la luz, a través de la llama, que, al principio, azarosa, ahora se hizo grande y está en calma. Dicen que la energía de la llama alta y brillante me reforzará, que es signo de armonía. La llama alargada, llena y bella indica la presencia de un espíritu benéfico, que el ambiente está equilibrado y en paz. Somnolencia espiritual. Majestuosidad de la llama alta. Agradecimiento. Conexión con lo sagrado. Me estremezco. Me pregunto si estaré en el camino correcto. Intento comunicarme con el universo para que las estrellas escuchen mis plegarias y se repitan los ecos de tu voz en círculos, en el espacio, a mi alrededor. No te preocupes, Elena, se trata de un buen augurio. Todo aquello que pidas se hará realidad. ¿Será verdad? Me pongo de rodillas, si quieres, para mantener el equilibrio entre mis silencios y mis palabras. No me dejaré seducir por el juego de las llamas azuladas, o en pensar que la energía no está recibiendo mi mensaje. Si lo pienso racionalmente, la parte más azul correponde a la más oxigenada. Dicen que para crear llamas azules hay que agregarle al fuego cloruro de cobre o cloruro de calcio, que no tengo en este momento. Menos mal. Para crear llamas amarillas, carbonato de sodio.
Miro el espejo donde se refleja el humo del sahumerio de magnolias que arde sobre la cómoda y las tres llamas. Por suerte no son espiraladas. Dicen con total certeza que cuando las llamas bailan en espiral, hay personas que intentan interferir en el camino de ascenso de las intenciones. Así no las oirá Artemisa. Es que tal vez es que he olvidado pasar las velas por mi cuerpo. Dicen que hay que frotarlas siete o nueve veces, como cuando se invocan los ángeles. Cuentan que nuestros antepasados incas ya frotaban en su cuerpo las velas antes de encenderlas para interpretar su humo y predecir enfermedades. A los yachaks andinos antes nadie les creía. Los llamaban brujas y brujos. Usan las velas y mastican hierbas para diagnosticar y curar. Quizás debería inhalar el humo del sahumerio o poner en mi boca hojas, tallos o raíces de ortiga y masticarla contra influencias malignas o desgracias. Si no mal recuerdo, las hojas y los tallos se recolectan en primavera, mientras que las raíces se recogen en otoño, después de la floración. En otras palabras, todavía estoy a tiempo para las raíces. Pero está lloviendo. No me gusta salir por los prados cuando llueve.
Por suerte, las llamas no bailan y son definitivamente amarillas, bien doradas. Hipnóticas. Todo se ilumina, las paredes, los libros, las alas de las polillas y la copa de champán. El universo le está dando luz a mi petición. Una sola llama es suficiente para iluminar la oscuridad. Sin embargo, ahora me doy cuenta que olvidé esparcir la canela sobre el papel con tu nombre. Quizás no tenga tanta relevancia. Me doy cuenta que las velas se consumen muy rápido, sin humo y sin hollín. La punta del pabilo es brillante y se enrula incandescente, eso significa que nos traerá suerte y renacimiento. A ti y a mi, estoy segura. ¡Qué felicidad! Dicen que las velas representan la luz, la esperanza y la purificación que invitan a la serenidad interior y a confiar en la intuición. Aleluya. Cierro los ojos y sueño que estás presente.
Oh, dios, he olvidado algo importante. Las velas rosas debían estar acompañadas por el fuego de una vela de miel, artesanal, fabricada con miel pura y cera de abeja para suavizar y endulzar la relación entre nosotras. Fingiré encender una. Pero parece que sólo se encienden el día 11 y 22 de cada mes, para potenciar la atracción de los amantes. Ya es tarde. No, todavía tengo unos días. Ya casi estamos a fin de mes. A fin de año. Ha pasado ya casi un año sin vernos. Tendría que comenzar otra vez con el ritual. Repetirlo todos los días. La última vez que nos vimos fue en medio del invierno. Debería comenzar el día mañana quemando incienso, sándalo o mirra. Si sigo bien las instrucciones, primero se encienden las varitas de incienso, después la vela de miel, después las rosadas del amor. Hice todo mal, desde el principio del ritual. Lo se.
Seguí leyendo que la ceremonia debe realizarse en las fases de luna creciente y estar coronada por un círculo de sal marina, de agua bendita y cristales. Los cuatro elementos tienen que estar presentes, el aire, el agua, la tierra, el fuego. Sal rosada. Busco los cristales en la cómoda. No tengo agua bendita. ¿De dónde saca uno agua bendita? Dicen que se puede reemplazar por agua de Florida, con perfume a base de ámbar, almizcle y benjuí de Sumatra, Borneo o Java. ¿Será que puedo usar el agua de rosas que compré para tu pastel de cumpleaños a principios de este año?
Y no, no dije en voz alta mis deseos e intenciones. Fueron susurros en medio del silencio. Pero supuestamente, las llamas mantendrán vivos cada secreto, cada plegaria, cada superstición. Tampoco derramé las cinco gotas de cera sobre el papel con tu nombre. Pero no he soplado la vela encendida para no romper la magia. Ahora me doy cuenta que el mensaje no le llegará a Artemisa. Tampoco pasé la palma de mi mano sobre la llama como cuando era niña. No quería que desaparezcan las líneas de mi vida. La cera se ha derramado sobre el candelabro de cristal y sobre la mesa de madera. Las polillas se han quedado pegadas a la cera. Pensé que el fuego las espantaría. Las llamas siguen temblando. Igual que yo y mis ilusiones. He dado y pedido amor. Amor incondicional. Y fuegos de instintos, afecto y deseo que han sido testigos de nuestros miedos y nuestras esperanzas más allá de la luz y la oscuridad.
«So now I think my time is near – I trust it is – I know»/»The blessed Music went that way my soul will have to go»,
Nunca vi sus manos decorando el árbol de navidad. Nunca oí decirle que me amaba. Nunca le dije cuánto deseaba ser su nieta. Tampoco las recuerdo bien; se que eran manos grandes como las mías, pero no tengo una imagen clara de sus dedos, pero sí de su piel.
Reseca y desolada. La piel de las manos de mi abuela Annemarie, era blanca y sajona, sin perfume ni consuelo, la misma que he heredado yo. Si me concentro bien en buscar entre mis recuerdos, veo en su dedo anular un anillo de oro y piedra color esmeralda, que sólo usaba cuando venía de visita a casa. Me pregunto dónde fue a parar aquel anillo, junto a todas las pertenencias de mis abuelos. Yo sólo guardo como herencia la caramelera y el recuerdo de los caramelos de coco que me extendía con su mano de piel blanca y una distante y melancólica sonrisa.
Manos que casi nunca me tocaron, ni me acariciaron. Caricias que quedaron enterradas en los campos helados de Alemania. Ojos que habían olvidado mirarme. Secretos que quedaban guardados herméticos en la caramelera. Ecos del pasado que la convertían en abuela ausente.
Ella no hablaba casi castellano, por lo menos, no conmigo. Parecía como si el alemán, el vacío y la guerra la hubieran hecho ciega, sorda y muda.
Sin embargo, cuando yo llegaba los domingos a visitarla cerca de las fiestas, los resplandores de un abeto natural decorado con los más preciosos globitos de vidrio y velitas de verdad en medio del living atraían mi mirada y mi fijación. Lo enigmático era que nunca me invitaba a armar el árbol con ella. Me pregunto quién la ayudaba, dónde conseguía el abeto de navidad resinoso o quién le regalaba las finas velas de cera. Era la única casa que yo conocía embellecida con un pino natural en Esperanza. Me atrevo a pensar que los globitos venían bien guardados en el baúl de madera negra que trajeron de Alemania en la década del cincuenta.
Dicen que el primero fue decorado por Martin Lutero en el siglo XVI. Dicen los rumores también que el centelleo de las estrellas entre las ramas del abeto lo embelezaron la noche de navidad y quiso imitar la imagen con velas. Una tradición germana que se ha transmitido a través de Europa.
Ayer llegó a mis manos una pequeña escultura de cerámica de Los tres monos sabios, conocidos como los monos místicos. Aquellos monos, uno ciego, el otro, sordo y el último, mudo fueron los mensajeros que me enseñaron algo que, aparentemente, hasta ese momento, no quería asumir.
Desde que vivo en Bélgica, colecciono globitos de vidrio de navidad. Hace unos días encontré unas orquídeas de cristal con purpurina que cautivaron mi atención y decidieron venir a mi casa para ser colgadas del árbol este año.
De repente, sostenía las tres orquídeas en una mano y los tres monitos en la otra cuando me di cuenta que esa obsesión mía por armar el árbol de navidad al que nadie viene a admirar, y esa insistencia en la perfección de una icónica colección de globitos de cristal era un homenaje a mi herida de infancia. Un santuario para el no ver, no oír, no decir. O ver, oír y callar. Me pregunto si la herida está basada en un malentendido o una mala interpretación de la realidad.
¿No era digna de ser amada por ella?
A veces, el silencio, es más hiriente que las palabras.
Desde niña me he preguntado siempre por qué podemos coincidir en la mirada de alguien y no de cualquiera que nos mira o a quien miramos al cruzar por la calle o al saludar por primera vez. Hoy me pregunto qué significa para mi ser vista por ti.
Enigmáticamente, mantenemos en secreto esa declaración de amor y esa sublime conexión con el otro, el elegido, durante toda la vida. Ojos que se atraen hasta el inevitable final.
Me refiero a esos momentos imperceptibles que se silencian en la memoria pero que se traducen con el paso del tiempo en una analogía, en una espiral repetitiva, monótona y musical y que en nuestros recuerdos tienen un gran poder de encantamiento. Es precisamente ese hechizo que evitamos a toda costa que muera inesperadamente, y que, a su vez, la dotamos de una total predilección caprichosa y renovada génesis para que nos mantenga unidos con el otro, al que amamos.
La memoria es vertiginosa, y, sin cautela, agranda la falta de referencias, y hace del espacio físico donde se produjo el encuentro de miradas una dimensión indefinida, fragmentada, sin relieves ni profundidad.
Dicen que es en ese campo de fragmentos de imágenes donde creamos una red de asociaciones que forman el más fiel reflejo de nuestras constelaciones interiores y nuestra identidad.
Captar una mirada es ser conscientes de ser mirados – nos revelaba Jean-Paul Sartre.
Tal como Sartre la describe: la mirada del otro en la medida en que yo la capto viene a dar a mi tiempo una nueva dimensión. Dicho de otro modo, la mirada del otro convierte mi presente en su presente, reduce mi futuro proyectado, impone la temporalización de él a la mía.
No queremos dejar nada a la casualidad o la intuición. Ahí es donde fracasamos.
Con mucha paciencia, minuciosa disección y por más precisión que pongamos en el hecho de recordarlo, queremos convertir el dato visual e imperceptible que rememoramos en algo tangible, analítico, adjudicarle coordenadas y perspectiva, líneas horizontales, verticales y unidad. Como si quisiéramos trazar un mapa del universo entero y darle un orden cósmico. Pero nos resulta imposible y es ahí donde nos dejamos engañar.
Esta construcción racional de unos pocos pasos en la entrada de una antigua iglesia, del cruce de miradas entre tu y yo nos invita a una interpretación totalmente irracional y emocional y torna, mágicamente, perfecto al amor.
Porque fue sólo eso. Me fue imposible ignorar tus ojos celestes melancólicos que nunca perdieron su misterio, y tus pasos al ingresar a la iglesia, con tu habitual sigilo y gracia, dejando detrás de tí una estela de polvo de estrellas hasta llegar a mi.
Esa mirada sutil, y a la vez desafiante y victoriosa, sin testimonios, ese beso de dos galaxias que colicionaron y que soy incapaz de olvidar. Es esa mirada la que dio existencia a la confianza y al concepto de eternidad, la que reveló lo oculto, lo que trajo luz, lo que me hizo volver a lo visible.
¿Cuál es la condición que debe darse para que este místico momento que evoco día a día en la fragmentación de mi memoria cobre tanta fuerza?
Kierkegaard sostiene que la manera en que miramos a los demás demuestra la forma en que los reconocemos. Ahí descansa el temblor de mi inquietud. La mirada quedó grabada como perturbadora. Ha cambiado la percepción y la profundidad ilusoria de mi misma. Me he vuelto en ese instante transparencia, aunque no haya sabido con claridad cuál era la afinidad que tenía contigo, al no conocernos. Es como si escondieras un secreto que quisiera descifrar. Como si intentara trascender en unos segundos los enigmas más importantes de la vida.
No había barreras entonces entre nosotras, ni de tiempo ni de espacio, porque parece que nuestras almas ya han estado juntas antes de aquella coincidencia y se reconocen ahora en la mirada tuya y mía. Parecería que lo oculto a la realidad no quitara lo ya existente.
Esa conexión que se sugiere entre las dos almas es hipnótica y hace que la acción se detenga en esa mirada, donde ya no importan ni las grietas, ni los motivos florales de los ventanales de la iglesia, los espejos redondos, las alas de los ángeles, o los lirios a punto de marchitarse. Se mezclan en la estructura el juego del espacio interior y exterior, tus pasos en cámara lenta, la escala, los tonalidades ocre y la vaga luz que entra por las ventanas y que te ilumina como un ser celestial.
Es esa promesa que nos hemos hecho alguna vez a nosotros mismos y que de repente está frente a nosotros como envuelta en un aura, en la complejidad de sentimientos encontrados, y que resumimos sólo en una mirada.
A pesar de hacer el esfuerzo por volver a hilvanar los fragmentos de ese susurro indefinido de estrellas, me resulta confuso reconocerme a mi misma en relación a tu ser y sentir, como si estuviera viendo la escena a través del ojo de la cerradura.
Sartre nos decía que esto significa que detrás de esa puerta se presenta un espectáculo como para ser visto, una conversación como para ser escuchada. Me veo a mi misma porque otro me está viendo. Pero el problema se encuentra cuando no sabemos si el otro nos sigue viendo como pensamos o recordamos.
Lamento mucho no poder revivir lo que nos dijimos en ese momento del encuentro.
En el dibujo a lápiz Nuestro corazón llora por tiempos pasados Fernand Khnopff nos confronta con esto de la unión en el espejo con el otro poblada de sueños, anhelos y búsqueda de uno mismo resumida en la mirada enigmática que los une.
El pintor había trazado un círculo dorado en el centro de su taller donde colocaba su atril para pintar.
Yo había estado frente al cuadro en la exposición de Khnopff en Bruselas hace veinte años. Eso fue antes de que nos presentaran en la iglesia. Había trazado un círculo dorado alrededor de tu silueta para celebrar nuestro encuentro y el cruce de nuestras miradas y veía en el centro a una joven adulta fascinante, sensual, encantadora, llena de sueños, vitalidad e intuición.
Años más tarde, me dirías que eran metáforas bonitas y sólo comparaciones con una chica salida de una pintura.
—Y no, — me dijiste — soy alguien que vive, que brilla, que cae, que se levanta, que mira hacia delante y que, como el agua que fluye, está en continua evolución…
Ahí me encontraría yo frente al vacío abismal, perdida en ti, en medio del cosmos.
Un placer tan simple y delicioso como el perfume de las flores.
Están aquí, a mi lado, sobre la mesa. Resignadas, empalidecidas y moribundas, ya sin aliento.
Fui testigo de la agonía estos últimos quince días, y ni siquiera me pregunté si todavía tenían sed. Estoy segura que me maldecían, que reclamaban su existencia, su identidad y su belleza.
Ha sido mi vanidad, lo se. Las pensé inmortales, que podrían desafiar el tiempo. Y lo conseguí.
¿Decidieron morir o las dejé morir yo?
La muerte no fue súbita ni inesperada, sino lenta. En esa persecución mía por el encanto y la perfección, no he escuchado que hablaban de duelo, del riesgo de perderse, que nadie las miraría ya más. Del hechizo, de la inevitable exposición, a la luz, al polvo, a la vista, al delirio de quien las corta para disfrutar sólo de su perfume.
Marguerite Duras tenía razón: la vida está en todas partes. Nos persigue. Igual que la muerte. ‘Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos.’
Entonces me pregunté si ese destino era también el mío. Escapar de las sombras ya no es una excusa. Aunque en lo más profundo de mi ser tenga el anhelo de lo eterno, que nada de lo terreno puede satisfacer.
¿Adónde va el perfume de las flores? Se preguntan todos los poetas intentando resolver el enigma.
Puedo asegurar que las flores marchitas, también son perfumadas. Aunque las domine la desdicha y reclamen el tono melancólico del aire que se respira. Humo, vapor, vaho, nada. Fugacidad.
Es un perfume absurdo que no puedo descifrar. Penetrante. Presente. Desordenado. Enigmático. Empolvado, a veces de tonos apagados, y otros, venenosos.
El perfume, contemplativo y perturbador, invade la casa desde distintos ángulos. En la insistencia del deleite inicial, mi deseo y anhelo, y la calma y la demora del tiempo que se distorsiona en mi memoria.
Asfixiante, enmohecido, calcáreo y silencioso.
Perfume a un rumor permanente por tu ausencia, por momentos azucarado, otros, oxidado y avejentado. No se bien. Olor a fruta madura, a final excéntrico de fiesta, a polen y peciolo, a tierra húmeda, a manos en invierno, a canela, clavo de olor, incienso y otras especias.
Marguerite escribía que ‘hay pétalos de rosa que están ahí desde hace cuarenta años en un bocal. Siguen siendo muy rosas. Secas y rosas.’ Ella nunca tiraba las flores.
Hice el intento de no tirarlas. No era la consigna. Ni es la regla.
Caramelizadas. Para mi, las rosas, inexpertas en esto de la muerte, que frescas eran una delicia y parecían de color sabayón, y ahora parecen de papel de arroz, o papel crepe color terracota, se han cristalizado en el tiempo y el espacio. Sus hojas se enrulan, sus tallos se quiebran, sus espinas se hacen cada minuto más agresivas.
Las hojas de mimosa, tiernas y parecidas al marfil el primer día, ahora exhaustas, me recuerdan algas almidonadas con un fuerte olor otoñal. Entre ellas se hamacan arañas casi invisibles en finísimos hilos de seda. Ni siquiera les pidieron permiso. Las flores plumosas y amarillas hoy tienen otra magia, casi la astucia de botones de perla o nácar y un aroma a granos de anís de sabor muy intenso y casi picante con toques de dulzor.
Los escaramujos naranjas, otros rojos, bellos, gelatinosos, abrillantados, al notar lo que estaba pasando se han vuelto tiesos y prudentes. La trascendencia y la inercia hacia la muerte ha transformado su piel en armadura cerosa y arrugada, con olor a cuero, a dátiles maduros, a sangre reseca. Sus tallos desafiantes se han paralizado y son ahora quebradizos y huelen, sin miedo, a mimbre en un charco de lluvia y barro.
Las flores han cambiado de voz, ya no confían en mi. Ya casi ni me hablan. Sólo suspiran, en incoherencia y desacuerdo.
No se si he tomado la decisión correcta. Tampoco ellas. Ellas que no eligen, pierden, porque dejan que otro elija por ellas.
Siento que, dolorosas, me castigan por el abandono, con esa meticulosa y temerosa espera y con la consagración de ese perfume a cenizas y pecados, a arenas y apariencias, a raíces y semillas del mal.