Nos miramos, de frente, a poca distancia, boca con boca, nariz con nariz, ojos con ojos, frente con frente, mirlo con mirlo. Los mirlos, posados en cada cabeza, la suya, la mía. La mano, después del incendio, colgaba entre nosotras; la muñeca, negra, todavía un poco en llamas.

La metáfora de la mano negra que se rompe, que arde como la atalaya en Francia. La distancia que no nos separa y nos ata en el silencio de la casa, de la ciudad, en medio de las cenizas.

Domingo por la mañana, escucho los pájaros, que no son mirlos. Porque en esta ciudad mirlos no hay. Son horneros, loros, benteveos.

Domingo de día de la madre.

Una vez discutimos muy fuerte. Los Puentes de Madison. Ella junto a mi, yo, junto a la pared. El enojo fue tan grande que nada pudo impedir que me diera la cabeza contra la pared. Hasta sangrar.

Me levanto de la silla porque me cuesta pensar en eso. Miro a mi alrededor, voy a la cocina por más café. El café que pude preparar hoy después de varios días de mano enguantada y mucho enojo.

Vuelvo al escritorio. Me obligo a escribir. Quiero mover los dedos después de tanto tiempo sin poder mover la mano y de llorar por las noches del dolor.

Antes de volver de Bélgica hace un año compré en el mercado de pulgas de Gante una manito aprietapapel de bronce con guante medieval. La traje en una de mis tantas valijas y la sostengo ahora con mi mano derecha, la que no me duele. La guardo sobre mi escritorio, entre mis piedras, mi campana inglesa victoriana en forma de mujer, con falda y miriñaque, un frasquito de perfume en miniatura y la mitad de mi amonite, que llegó a conquistar los mares prehistóricos en algún momento. Hoy tengo una mitad. La otra mitad la tiene Leah.

Volviendo a los guantes, me refiero a esos guantes de manga larga ricamente bordada en hilo de oro y flores que se extendían sobre las muñecas entre 1595 y 1605. Guantes que eran símbolo de estatus, de amistad entre monarcas, que se llevaban en bodas o funerales. Esos de dedos esbeltos, que marcaban la distancia y eximían a las reinas de trabajos prácticos, como en el cuadro de Mytens, La Reina de Bohemia.

Orgullosa de sus manos y de sus dedos largos, se dice que Isabel sólo se sacaba los guantes para que los monarcas le besaran la mano. Y sobre todo, llevaba anillos sobre los guantes para marcar la diferencia. Así también se la observa en el cuadro con el título Isabel y las tres diosas. Isabel sostiene el orbe real, símbolo de su soberanía frente a Juno, Minerva y Venus. El mito. La manzana de la discordia, transformada en esta pintura en orbe real, que simboliza en este cuadro la autoridad y la soberanía de la monarquía.

La soberbia. Fue el tema de mi conversación de esta semana con la voz. Yo, sentada en el sillón de terciopelo rosa. Soberbia y enojo.

Así como una vez me di la frente contra la pared, ahora tengo la mano rota y negra. Enojo que me gobierna por estos días de vuelta transatlántica y adaptación a esta ciudad del sur.

Si leemos el significado en el diccionario, nos dice: altanería, arrogancia, vanidad. Me pregunto si se trata de eso. No fue justamente arrogancia lo que desencadenó el dolor en la muñeca. Fue el enojo. Enojo que se esconde bajo el miriñaque de bronce y las sombras de las paredes de la casa por más de cuarenta años.

No soporto ver los mensajes del día de la madre. Prefiero escuchar los pájaros. Pero se que tengo que escuchar la voz que me susurra desde las cenizas en el pasillo.

Por otro lado, he escuchado esa voz durante muchos años. He intentado adaptarme. He huido y he vuelto. He echado raíces en otros lados, allá lejos, a la distancia, en el país del norte. He salido por la calle con guantes y anillos ostentosos sin que nadie me dijera nada. Sin sentir altanería, soberbia o vanidad. No termino de entender por qué la soberbia y el enojo se han arraigado, ahora, en este lugar, en esta ciudad, en mi mano.

Mi madre ocupa un lugar distante en mi, entre mis dedos largos y mis recuerdos. En el pasillo, entre la vida y la muerte, lapiz de labios, cenizas y sangre. Me obligo a recordarla feliz, con los ojos delineados de verde, con los labios pintados de rojo carmesí.

He triturado hace años los recuerdos de tintes rojos entre mis dedos, y los he exparcido por el jardín. He enjuiciado sus palabras hasta convertirlas en enojo vehemente y crónico. Es día para mirar el dolor de frente, ponerme la mano en el corazón para sanarla, sin incendios, sin subir a la atalaya para vigilar las fronteras durante la noche, sin desafiar a los dioses o el Olimpo, sin tener en cuenta los rumores que transitan por las calles, las palabras, los elogios o las censuras que corren con tanta violencia como las llamas, de boca en boca y con tanta facilidad en esta ciudad del sur.

Le Scarebe by Sarah Moon

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