Pascuas de luto y en silencio de amatistas

Sus pensamientos se elevaban en plegarias como sostenidas por la verticalidad de las columnas celestiales de la nave de una basílica, suspendidas en el aire, en aquel punto del cruce de arcos ojivales formando una bóveda de crucería tanto de ansiedades góticas, como miedos, posibilidades y una que otra resolución pacífica.

Se escuchaban cánticos diáfanos e himnos provenientes del Vaticano por la radio.

No, nunca iba a entender su estoico desinterés por las fiestas y las pascuas.

El Papa Francisco se acercaba a la virgen entre banderas blancas y amarillas apostólicas romanas en una actitud de reflexión muy sentida y profunda en plena oración y adoración de María Populi Romani y en total soledad.

‘Nadie se salva solo’.

Pensativa, repetía en silencio el mensaje resonante del papa mientras su dedo índice todavía rozaba el borde de aquella taza de porcelana rosada polaca como imitando el halo de la virgen en el espacio de la bóveda entre cristales y arcos.  

El Pontífice había ido a implorar la protección especial de la Virgen de la Salud, venerada y conservada en el altar de la basílica de Santa María Maggiore. Ya había dejado saber días anteriores de lo significativo de los lazos familiares y fraternales en un mundo ‘abrumado por la pandemia, que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba’.

Condena del egoísmo, casi críptica.

Y la mesa, meticulosamente vestida de mantel de lino blanco y encaje veneciano, que invitaba al contagio de la esperanza en una basílica totalmente vacía.  

Para ella, las pascuas todavía olían a chocolate de manto aterciopelado y café con leche, panqueques tibios con miel y frutos silvestres.

Y ni hablar de aquel ramo de flores campestres que había colocado sobre la mesa y armado minuciosamente para ella con sus adoradas campánulas lilas, joviales helechos y margaritas, sus preferidas. No tenía nada que envidiarle a aquella admirable pintura de 1882 de la danesa Bertha Wegmann.

Allí estaba, imaginándose sola, frente al ícono bizantino de la Virgen y el Niño, majestuoso retrato de brillosas vestiduras doradas y meticuloso claroscuro; la Madre, con velo azul lúcido y halo de oro y piedras preciosas, abrazando suavemente al Niño. Se decía que la imagen, consagrada en un marco de bronce dorado con amatistas, habría llegado a Roma en el año 590 d.C.

La imagen había sido restaurada recientemente por los Museos Vaticanos en enero de 2018, donde fueron revelados los verdaderos colores de los rostros de María y Jesús, así como el esplendor de las vestiduras doradas del Niño y el velo azul de la Madre, la gloria de la corona y las piedras preciosas.

Salus Populi Romani

Era la frase recordada como ‘salud o bienestar del pueblo romano’. Frase que se remonta a la justicia y los rituales paganos de la antigua república romana medieval, donde el sublime retrato de medio cuerpo muestra una franca y límpida mirada de la Virgen, con su postura erguida y sus manos apacibles sosteniendo al Niño.

Dejar atrás el egoísmo, volvía a pronunciar, inamovible, el papa, como un lejano susurro en latín indescifrable, pero intentando, desde su potestad, convencer a los gobiernos, a los consagrados fieles y al periodismo.

A pesar de todo, el poder de las palabras sagradas del papa, la protección de la virgen inmaculada, la coronación canónica en agosto de 1838 y de las joyas preciosas que agregó el Papa Pío, el paraíso de la mesa dominical, la maestría del delicioso y codiciado lino, las corolas púrpura de las campánulas que había traído del bosque especialmente para ella, sabía que estaba condenada a pasar las pascuas de luto y en el silencio de inmortales amatistas.

Interior with a bunch of wild flowers ca. 1882 Bertha Wegmann

Flower power

‘El golpe está siendo muy duro. Una amenaza universal para nuestra salud se ha fusionado con la absoluta incertidumbre sobre lo que el futuro va a deparar a nuestros museos e instituciones, y qué decir de las empresas culturales. Nada de lo que fue volverá a ser, eso lo tenemos claro. Es hora de comenzar ya a construir nuestro nuevo futuro, transformar lo vivido en una realidad mucho mejor, entre todos, para todos, con ilusión, solidaridad y energía. Os enviamos a todos vosotros, a los que siempre habéis estado ahí, un abrazo de agradecimiento y de solidaridad. Ánimo ! Seguimos adelante !’

Esta frase anunciaba una especie de apocalipsis ante la amenaza del coronavirus en sectores como la museología. Se trataba de más que una epidemia de polillas, tan temidas plagas en los rincones oscuros de museos.

Esto era peor. Las dudas eran numerosas y vidriosas, igual que las consultas ante la necesidad de restringir las altas concentraciones de público para salvaguardar a la población de la amenaza del empecinado contagio.

Muchos museos, centros culturales, parques arqueológicos, a recomendación de los gobiernos nacionales de sus países, habían suspendido sus actividades presenciales y cerrado salas de exposiciones, y posponían encuentros de bordado, juegos para niños e incontables proyectos.

Hasta el momento, muchos países de Europa y Latinoamérica habían hecho oficial el cierre temporario de las salas, y difundían medidas preventivas e indicaciones establecidas en los protocolos de salud de cada país.

Se podía leer en cartas:

‘El sector cultural, junto a muchos otros, está siendo produndamente afectado. Estamos acompañando la suspensión de actividades y cierre de museos en la mayor parte del mundo. Pero también nos llena de satisfacción ser parte de un sector ampliamente creativo, innovador, resistente a las adversidades, que presenta alternativas que emocionan y alientan a la sociedad en uno de sus momentos más difíciles. Cada día, por todo el mundo, surgen iniciativas como festivales en los balcones, visitas virtuales a museos de toda naturaleza, cursos de capacitación online, cuenta cuentos virtuales, entre otros, sin mencionar a las industrias del audiovisual y de la música, que en movimiento inédito están facilitando el acceso gratuito a una gran oferta de contenidos online.’

De repente, el mundo entero se había transformado en un flower power de conciertos desde el living de casa, pedidos de donaciones de dinero, visitas virtuales a museos fantasmas y videos de bailarines en la azotea o en el patio del fondo de una casa filmado con drones voladores. Viva la postmodernidad. Viva!

Ella seguía con una visión muy catastrófica del futuro, observando a la Venus estática con su flecha de óxido metálico en mano y sus labios como cerezas seduciendo a los mortales a morder la manzana esmaltada que sostenía.

Buscaba en silencio la virtud, esa disposición sagrada de la persona para obrar de acuerdo con determinados propósitos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza, de gran importancia para la vida ética que ella se había propuesto de muy joven. Pero no lo lograba.

No alcanzaba a distinguir entre el bien y el mal. Entre verdad de falsa porcelana y mentira de gobiernos y científicos, entre la belleza de las calles vacías de primavera y la ausencia de solidaridad que experimentaba y que tampoco estaba dispuesta a brindar. Por lo menos, esta solidaridad hipócrita y fingida.

Corona de murciélagos

Todas las noches a las ocho en punto, sonaban unos cuantos minutos las campanas de toda la ciudad, y los vecinos empezaban a aplaudir desde las ventanas y los balcones por todos los enfermeros y médicos trabajando para atender los enfermos contagiados por el virus.

Ella los escuchaba como ecos que se desvanecían entre los muros como generatrices de elipses y círculos.

Los imaginaba a todos ellos con cintas y escarapelas plisadas negras, como una multiplicación de parcas hilanderas con capuchón de crepé y rueca en mano, esperando en tribunas metálicas la caída de las jaulas y del destino. Visualizaba un telón de fondo escénico azul persa y capas espesas de pintura negra e incontrolables pinceladas en cobre eléctrico y cobalto casi blanco.

Una corona de murciélagos predecía el final de la vida de todos y cada uno de los mortales entre escalones de cemento encerado y mármol.

Eran esos los designios de las tres diosas?

La toxicidad del pensamiento de no controlar cuándo sería el final era lo que mantenía sólo despierto a los bendecidos científicos entre placas de vidrio, células y cuentas matemáticas.

Milagros.

Sacrificios.

Espíritu Santo.

Bocanadas de aire puro, y cuellos largos entrelazados como cisnes, tomarse de la mano o el hecho de apoyar la cabeza en el hombro del otro y besarse sin razón, motivo o celebración, todo aquello estaba rotundamente prohibido.

Castigo y narcisos amarillos en el florero.  

Qué irónico era tener que besar la propia imagen en el espejo y negarse cruelmente a aceptar el amor del otro. Y ser condenado a enamorarse de su propia imagen reflejada en el estanque.

Parálisis inmoral, esmaltes y cerámicas. Ensayos clínicos protocolares, aleatorizados, controlados y enmascarados que impiden la identificación tanto del paciente como de los investigadores.

Qué horror.

Práctica habitual en este tipo de ensayos, orientada a evaluar la dosis óptima de la vacuna entre los participantes de esta milagrosa lotería, su calidad, seguridad y eficacia.  

Más allá de dar las gracias a la ciencia, ella rezaba tres padres nuestros y se dormía boquiabierta de la velocidad en que esta locura de manipulación genética evolucionaba.

Y dónde había quedado la mítica corona de murciélagos ? Ya no importaba, aparentemente, el origen del flamante virus. Los cuellos se mantenían rígidos e inclementes como en rito. Todos los fieles dirigían la confianza almidonada y la mirada hacia los tiránicos gobernantes, y elevaban los cálices de ágata y sangre que se ha de consagrar como eucaristía sacramental.  

El desvelo de medianoche y la ceremonia de luna llena y almohadas de encaje olían a sudor, reveldía y escepticismo.

Se presentía la venida de una devoción ciega por los irrefutables avances científicos y nuevas y revolucionarias coordenadas sobre la faz de la tierra.

(Génesis 1:2)

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. y fue la tarde y la mañana un día.

Jeanne Lanvin

Durante la cuarentena, no dejaba de recibir mails a su correo electrónico con invitaciones  dirigidas al público en general, o por lo menos, a los interesados, para pasearse por la innumerable cantidad de colecciones que se podían explorar online desde su casa.

Uno de ellas era de la Colección Real del Reino Unido, que invitaba a todo el mundo así:

‘Si bien nuestros Palacios y Galerías han cerrado temporalmente sus puertas al público, seguimos comprometidos con nuestra misión de compartir la Colección Real lo más ampliamente posible.

En este boletín encontrará historias y actividades con las cuales pretendemos entretener a adultos y niños por igual. También puede buscar en la colección virtual, explorar nuestro catálogo de publicaciones y explorar la colección a través de nuestras indicaciones online. Esperamos compartir más de la Colección Real con usted en las próximas semanas. Para asegurarse de recibir los correos electrónicos que más le interesan, tómese un momento para actualizar sus preferencias.’

Entonces sintió curiosidad y empezó a buzear en las profundidades de la colección virtual.

Se encontró con el título ‘Dolls for the little princesses’.

France y Marianne eran dos muñecas de dos metros de altura, que fueron entregadas a las princesas Elizabeth y Margaret en 1938 en el Palacio de Buckingham. Las muñecas pretendían ser un gesto de expresión cordial entre los gobiernos de Francia e Inglaterra, pero también servir de embajadoras de la moda francesa y de la glamosora Houte Couture de Paris.

Le llamaba la atención, porque una nota en letras pequeñas dejaba leer en la página que 1938 fue un año de crisis internacional, que había tenido un impacto negativo en la exportación de la alta costura parisina. Por eso, diseñadores como Lanvin, en este caso, participaban en la creación de estos vestidos y sombreros para muñecas reales para salvaguardar su reputación y la esperanza de reforzar su propia publicidad.

Jeanne Lanvin había creado un vestidito de organdí de seda rosa con volantes escalonados en plata. La parte inferior era de seda color melocotón, el cinturón, de lamé plateado y el sombrero, de paja amarillo con flores a juego plateadas de lamé y lazo color rosa pálido.

Quedó sorprendida. Si buscara información sobre la historia de la moda, Jeanne Lanvin era parte de ese pasado famoso y distinguido de la alta costura francesa. Y lo seguía siendo a pesar de su muerte en 1946.

Jeanne Lanvin había comenzado a trabajar en un pequeño local de sombreros en 1889 en la 66 rue Boissy d’ Anglas. Apenas cuatro años más tarde, podría mudarse a la conocidísima Faubourg Saint-Honoré estableciendo su casa: Lanvin Modes.

Jeanne era una visionaria. Tenía nariz para los negocios y un talento innato para la creación, y así comenzó su producción magistral de muebles, alfombras, cortinas, cristal y empapelados, en el más exquisito estilo Art Decó de principios de los años veinte.

Estaba destinada a conquistar el mundo.

A pesar de la primera guerra, había participado de la exposición internacional de San Francisco. Y más tarde en París, en 1925, donde se celebraba por ese entonces la exposición internacional de arte decorativo.

De alguna manera indescriptible, esto le daba fuerzas para seguir adelante. Luces de ilusión reunidas en una imagen poética que la ayudaban a enfocarse, aunque no sea de forma tangible, pero sí, imaginaria, en una nueva dirección.

Las calles vacías de Budapest

Se despertaba sobresaltada cada mañana, pero se quedaba largo tiempo leyendo en la cama.

Ya el tiempo y las horas no tenían ni significado ni importancia.

Se había convertido en costumbre abrir su facebook desde su celular y pasar quizás tres cuartos de hora acostada, deslizando su dedo sobre la pantalla para leer las noticias y los comentarios de la gente conocida que le agradaba y la que no tanto.

Detuvo la mirada en un video de calles vacías de ciudades de todo el mundo, que habían filmado con un dron desde el aire como nunca antes se había visto. Y vio un ángel sosteniendo la doble cruz apostólica en sus manos sobre la avenida Andrássy en el atardecer de Budapest. La plaza de los héroes se mostraba totalmente solitaria, con el arcángel Gabriel custodiando la ciudad desde lo alto.

Recordaba que un día había soñado con visitar la ciudad. Había comprado tickets de un vuelo desde Bruselas para pasar allí la navidad del 2008. Pero una situación inesperada había concluído en la cancelación del viaje.

Amaba viajar. Había sido uno de sus objetivos una vez que habría puesto pie en Europa. Pero estaba convencida que viajaría a través de su trabajo, a través de la investigación sobre vestuario, a través de las óperas, y que visitaría todos los teatros de ópera de toda Europa. Hasta el Mariinsky.

‘The Mariinsky Theatre will remain closed to the public until 10 April 2020 in accordance with the Ministry of Culture of the Russian Federation’s decrees No 357 and No 363’ podía leerse en la página del teatro por esos días.

‘All venues of the Hungarian State Opera are closed due to the national emergency. Earliest possible opening: 3 April 2020’ – no es posible, pensaba. La cuarentena se prolongaría mucho más tiempo. En Amsterdam ya hablaban de principios de junio, en Bruselas tomarían la decisión esa misma tarde.

Anulada. Anulada. Anulada. Funciones de ballet y óperas anuladas.

La cancelación masiva y el cierre de los teatros el miércoles once de marzo la habían sumergido en una parálisis que la mantuvo muda e inmóvil durante diez días. Pero no sólo se cancelaban las óperas de esos meses, sino que se postergaban otras puestas para temporadas, supuestamente, siguientes.

Todo el sector cultural moría ese día, y los siguientes días, tardes y noches. Todo se sumergía en un silencio absoluto. Se cerraban las puertas, se dejaban los decorados en los camiones, las partituras, sobre los atriles, los vestuarios, colgados para planchar en otro momento más propicio y saludable.

Le apetecía pensar que era como una maldición que había recaído sólo sobre ella, pero sabía de sobra, con innumerables anuncios, que así no era.

La casa que habita en mi

‘La casa que habita en mi’ era el título de un simple collage de María Zeta, una artista esperancina con el que se había topado en internet la noche anterior.

María Zeta además citaba un libro que ella había leído hace ya más de veinte años cuando todavía estudiaba arquitectura, ‘La poética del espacio’ del filósofo Gastón Bachelard.

Qué intriga, quién era María Zeta ? Por qué llegaba este dibujo y sus palabras a su ventana ?

Pura consonancia, pura casualidad ?

Su amiga Lucía siempre decía que las casualidades no existen.  Ella las llamaba místicas sincronisidades.

Siguió buscando en su biblioteca hasta encontrar el libro. Lo abrió y una de las primeras frases de la introducción citaba:

‘Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una gran cuna.’

Bachelard explicaba poéticamente, el significado del apego a un lugar de elección, al cual nos enraizamos, de día en día, en un rincón del mundo. Porque la casa es armonía, a pesar de todo, nuestro rincón del mundo, nuestro primer universo. Es realmente un cosmos. Un cosmos en toda la aceptación del término.

Y ella cerraba los ojos y podía ver las raíces de los jazmines blancos, de las rosas trepadoras color te, las fresias bulbosas que permanecían pacientes la mayor parte del año en la tierra fértil, de los amarantos malva, de las amapolas que había sembrado su madre en el jardín de su casa.

Y podía tocar los capullos colgantes a punto de abrirse en un concierto de pétalos fugaces, de prefloración corrugada, a veces imbricados y de color rojo, naranja, amarillo y blanco y sus frutos sonoros, contenedores de numerosas semillas, estriadas o reticuladas, alveoladas, con los que ella jugaba de niña, esparciendo estos sonajeros coronados como cascabeles de hadas entre las hojas y los tallos.

Ensueños diurnos que la habitaban. Suaves como brisa de primavera. La que ese día de gala hacía mecer las ramas caídas de los sauces no tan lejanos, ya en flor y de hojas verde tibio que bordeaban el canal del río Lieve y que veía a través de la ventana ese mediodía de cuarentena prolongada.

Libertad

Ella tenía por esos tiempos aquella obsesión de observar los labios de la gente, especialmente de mujeres de su edad para contar las arrugas o simplemente comprobar si eran simétricos y bien dibujados, sin falta de pigmentos rojos.

Desde que se había declarado la pandemia, tenía problemas para conciliar el sueño. Aunque los artículos de las revistas que leía recomendaran hacer la cama por las mañanas, ella se negaba. Como se negaba a correr las cortinas de seda pesada dorada de su habitación. Como si no quisiera que entrara el sol de primavera ni esa luz que tanto había extrañado durante los interminables meses invernales.

Y entonces maldecía la primavera, y los parus amarillos que venían a comer a su balcón, así como las flores de pensamiento que él le había regalado para alegrarla.

Ella sólo quería dormir, y descubrir quién era, si se enfermaría, cuándo abrirían las fronteras y qué le depararía el destino,

Nunca se había imaginado estar en territorio europeo durante una pandemia.

Quizás era su miedo más grande desde que había llegado a Bélgica, y ahí estaba, en su jaula, inamovible, sin la libertad de tomar el avión y regresar a su casa.

La palabra casa le daba escalofríos. Y tomaba el termómetro para comprobar si la fiebre era real o imaginaria. Se dirigía al espejo e intentaba asegurar que se encontraba pálida y demacrada, con ojeras negras y la piel quebrada. Por lo menos, la de los dedos y las manos.

Esa mañana había abierto las ventanas para ventilar la casa, y sólo percibía un olor nauseabundo a una mezcla de detergentes y ácidos irreconocibles proveniente de los pasillos del edificio donde habitaba.

Por momentos, podía predecir el futuro con una claridad espectacular.

Otros, sólo quería recostarse sobre su alfombra de colores pastel, descolorida, y no despertar jamás. Qué era lo que la mantenía todavía inmóvil, sentada en la silla, mirando a Venus, la Verticordia, ni ella lo sabía.

Introducción

Venus Verticordia – Dante Gabriel Rossetti

Se encontraba sentada frente a sus recuerdos, su caja de tesoros a la derecha, sobres con imágenes de ángeles, su diario forrado de papel violeta y mariposas, tarjetas de Alfons Mucha con purpurina que todavía pensaba enviar, estampillas belgas antiguas. Aquel libro que ella le había regalado hace más de veinte años sobre artistas Pre-rafaelistas donde escondía un poema de Benedetti, un termómetro de vidrio y mercurio, sus papeles de carta con pavos reales, bordados y estampas de hojas de acanto venecianas que trajo de su viaje a Italia y un lápiz. Anotaciones, listas de ‘más’ versus ‘menos’ y sus hojas de dibujo con vestidos y bosquejos.

Todo desordenado sobre la mesa de madera blanca, esta vez sin flores porque hacía doce días que se encontraba encerrada, sola y en cuarentena.

La pared rosa metalizada estaba tapizada de cuadros de mujeres vestidas con trajes históricos, algunos desteñidos por el sol, otros bien conservados, con paspartout y marco dorado.

Journal des Demoiselles, Petit Courrier des DamesJournal des Modes.

Venus estaba mirándola fijamente a los ojos frente a ella, como salida de entre rosedales con su cabellos rojos, cuando decidió comenzar a escribir sobre la cuarentena, las dudas, la angustia.

Venus la había acompañado siempre en su camino, y se había convertido en su reflejo, en esa imagen con la que hablaba diariamente.

Venus es perfecta – pensaba. Siempre lo tuvo todo, ojos melancólicos de color esmeralda oscuro y labios que invitan a besar.