Magnolias adormecidas

Las magnolias, de lejos, parecían cristalizadas o adormecidas en medio de la primavera, como aquellas talladas o grabadas al agua fuerte en esos jarrones opacos de Émile Gallé.

Los polvos y sombras de maquillaje triunfaban esa mañana.

Se vestía con su pullover blanco de mangas anchas y se disponía a salir a la calle. Porque eso sí, en Bélgica estaba permitido salir a caminar, no era un absoluto y estricto lock-down, como el que sufrían en Esperanza.

Ella había decidido no salir más, pero le ganó la luz encendida y enceguecedora del mediodía de ese casi fin de marzo que había pasado volando, muriendo como una mariposa asfixiándose en un frasco.

Recordó las mariposas amarillas de la aureola de la Venus Verticordia. Eran las mismas mariposas que ella perseguía en las montañas de Córdoba cuando era chica, estaba más que segura, y eso la ayudaba a mantener atesorado un recuerdo lejano y vago, que ella sabía que no volvería ya a añorar.

Otra vez la maldición insana y los pensamientos hirientes.

(Puteaba mentalmente).

Los ahuyentaba como moscas. Todos eran recuerdos plegados como origami en papel de seda, frágiles, etéreos, volátiles, como los polvos de coral que había comprado en el aeropuerto de Buenos Aires hacía unos meses atrás y que intentaba aplicar con el pincel de pelo de marta en su piel avejentada de los párpados, de sus cuarenta y tantos, por primera vez, después de catorce días de ostracismo.

Temblaba, pero se daba cuenta que era la brisa que se metía por la ventana, que, sin recordarlo ya, había abierto por la mañana. Las cortinas ocre de terciopelo formaban sombras de destierro en la alfombra.

Y otra vez le apetecía dormir sobre ella. Dejarse llevar por la atemporalidad y el abandono de la cuarentena. Si de todas maneras, había elegido una alfombra de colores pasteles de terciopelo que hiciera juego con el sofá, con el sillón y con los almohadones y las cortinas. Todo hacía juego. Finalmente, después de tantos años de anhelar un living, podía ahora permitirse hacer el amor con sus sueños sobre la alfombra.

Alfombra que sabía que no podría llevarse en la valija a Argentina. Por eso le daba tanto miedo dormirse sobre ella.

Sarah Moon

Abwarten und Teetrinken

Existían varias frases en alemán que podían utilizarse para designar o describir tiempos de incertidumbre.  Abwarten und Teetrinken era una de ellas y significaba literalmente esperar y tomar el té.

La frase había surgido a mediados del siglo XIX en Alemania.

Mientras preparaba la infusión de té de rosas, almendras y miel, pensaba en querer estar convencida de creer poder levitar de espaldas entre la borrosa neblina de rosas y montañas.

La alfombra, las cortinas, los libros, todo olía a rosas y nostalgia.

Aquellas rosas damascenas espinosas o Rosa de Damasco del té con miel y almendras de la espera, derivaban de la Rosa Gallica y la Rosa Moschata que crecían y se cosechaban en la Bastide des Fontaines Parfumées y que originalmente eran cosechadas en Turquía. De ahí su nombre.

Los tallos estaban densamente poblados de espinas curvadas y cerdas rígidas, sus hojas coriáceas no tenían brillo. Eran flores relativamente pequeñas que crecían en grupo. Flores dobles, de floración estival y de abundantes pétalos dispuestos en roseta, de unos diez centímetros de ancho, de color rosa o rojo pálido, muy fragantes y provistas de treinta y seis pétalos.

La cabeza le pesaba enormemente, deseaba dejarla caer sobre la mesa de la cocina y acariciar sus trenzas como si fuera la última vez antes del final, como aquel platónico amante las habían acariciado una sola vez. Deseaba en ese momento coronar sus trenzas intricadas con tallos de rosas y espinas, capullos de algodón maduro y montones de moños confusos de tul de colores como hacía su madre cuando era chica.

Deseaba respirar profundo e inspirar el humo del té, atar con hilos gruesos y cordones resistentes todas las flores de las rosas abandonadas, una por una, para que se mantuvieran eternamente intactas, envolverlas en papel de seda, y esconderlas otra vez en la oscuridad de aquel rincón sin que nadie los descubriera hasta que ella muriera.

Descansar, dejar caer su cabeza entre sus manos y las cuarenta mil variedades de rosas, para sentirse sostenida, liviana, arquear su espalda y suspender sus memorias del pasado en la levitación del aire puro y murmurar sin casi poder respirar como un mantra:

Black Baccara

Caprice de Meilland

William Shakespeare

Eglantyne

Gallica

Ingrid Bergman

Mosqueta

Queen Elizabeth

Souvenir de la Malmaison

Lolita Lempicka

Deseaba olvidar ese dos de abril, no pensar en los cadáveres envueltos y amarrados en plásticos perversos abandonados en las calles de Gayaquil, donde quizás en ninguna parte del mundo la pandemia había mostrado un rostro tan desolador que había desatado el pánico renegrido entre los ecuatorianos, los que habían optado por abandonar los cuerpos confusos de los seres queridos a la intemperie porque nadie venía ya a buscarlos.

Deseaba no esperar más, y echarse a correr entre las rosas de la Provence y la región de Grasse, aquel centro excepcional de creación exquisita que siempre había querido visitar y nunca lo hizo, y recolectar en cestas blancas los pétalos entre mar y montañas. Destilar y salvaguardar con vapor de agua la esencia de la profusión de trescientas mil flores para obtener un kilo de absoluto de rosa, y poder ahogarse en ese agua de rosas frescas. O mejor, poder rociarlo sobre ataúdes de caoba africana auténtica y bendecir los cuerpos de fallecidos al son de mandolinas decoradas de marquetería de maderas finas, exóticas e indígenas.

Amuletos de la suerte

La ciudad despertaba silenciosa, ausente, paralizada, al igual que sus decenas de dedales plateados, un poco oxidados por el sudor de sus dedos, guardados en cajitas de lata de hadas y sus alfileteros remendados de fieltro y lana.

La agujas dormían la siesta por esos días a sus anchas, desparramadas junto a restos de hilos de fibras naturales y rollos de sedas labradas, perlas y botones de nácar, como custodiando la vigilia, con la memoria intacta.

Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo la almohada como se guarda un cuaderno de diario secreto bajo las sábanas ? Podían conciliar el sueño ? Podían, en la presencia de la somnolencia diurna, imaginar las escenas cotidianas pasadas, que ahora sólo podían ser imaginadas inmóviles, a la luz de la quietud de las paredes, atrapadas en los tejidos tipo indiana de los monocromáticos rojos, granate o violeta toiles de Jouy sobre fondo crudo o ahumado, sobre colores degradados como rosa, azul claro o marino, verde claro u oscuro, incluso beige o gris?

Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo sus suspiros con sabor a última bocanada, como aquellos rostros de seres amados o de siglos pasados y tiempos remotos de la cultura persa y grecorromana de la historia como camafeos de ágatas pulidas, o aquellos de nácar, ámbar, jade, caparazones de tortugas gigantes o extrañas conchas marinas de Francia, Alemania y Flandes que circulaban en los escotes de vestidos de las cortes francesas?

Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo sus pestañas, como esas miniaturas de romántico gesto llamadas ojos de amante, de promesas de casamiento, intrigas y matrimonios clandestinos, de esperas prohibidas de que el amor de reinas no se desvaneciera, de ceremonias secretas, de pinturas diminutas que hacían público amores muy privados como el del príncipe de Gales, para así los amantes poder llevar consigo la mirada del amado sin que su anonimato se viera comprometido? Para llevar clavados en el pecho amores que insinuaban, pero que nunca revelaban la identidad de la persona amada ? Y, sin embargo, así lo habían hecho, durante décadas, aquellos retratos de ojos, que incluían cejas, o mechones de pelos, el asomo de patillas o hasta la nariz, bordes de nubes que acentuaban el aire de misterio y que daban a entender, pero que nunca revelaban la identidad de la persona amada.

Guardaba ella amuletos de la suerte que no hicieran tan hiriente esa soledad insensata, obligada y triunfante entre cuatro paredes recién pintadas que la agobiaban como simulación de órbitas purpurinas y polvos de estrellas en el agujero negro del centro de la gran vía láctea ? Orbitas turquesas fosforescentes y chispeantes de anillos estelares que iban y venían  y que desde la lejanía de diez años luz cantaban canciones de cuna de voces distantes, como la Fortuna y la Constancia de aureola dorada en el escenario del sueño de Escipión. Se esforzaba por recordar las arias numeradas con ocho y nueve y las promesas de ambas, quizás ellas podrían revelar su destino futuro y el de su país, explicar las recompensas que aguardaban a la virtud venidera en otra vida o describir el universo y el lugar de la Tierra y el hombre dentro de él.

‘Una peste no es una cosa hecha a medida del hombre; por lo tanto, nos decimos que la peste es un mero fantasma mental, un mal sueño que desaparecerá ‘, escribió Albert Camus en su novela La peste.

Escribían los expertos que esta peste intangible era más grande y poderosa que la humanidad misma.

Las reglas del juego eran diferentes a las que la humanidad estaba acostumbrada. En realidad, no había reglas. Se contaban cada hora los enfermos y los muertos en todas las esquinas del mundo. Se sabía de antemano que un cierto porcentaje de la población moriría en esta guerra. Se hablaban de millones de personas.

Cada niño, cada madre, cada adulto y cada anciano se convertía en posible víctima de imaginaciones y escenarios que se multiplicaban a una velocidad menor que la tasa de infección del virus y el contagio de la compasión frente a las desgracias del prójimo. Cada reunión en la ópera, cada conversación entre vecinos, cada caminata entre los robles del parque se vivía como la última.

El círculo de amigos en el café, de trabajadores teatrales, de conocidos en un estadio, de carpinteros en una exposición de arte, de maestros en las escuelas y de turistas en las calles se reducían cada vez más.

Primero se habían cerrado los amados cafés, los campos deportivos, los teatros, los museos, los jardines de infantes, los colegios, las universidades. Ya no se hacían los paseos en barco por la ciudad. Estaban cerrando hasta los cielos para los vuelos nacionales e internacionales, las fronteras europeas y sudamericanas, las embajadas. Reinaba la sensación de sálvese quien pueda y la humanidad y la Unión Europea, indefensa, vivía en puntas de pie como en una noche de tormenta sin linternas con los pies descalzos en la arena helada de una playa dudosa de olas indefinidas de escala bíblica.

En tiempos paralizantes como aquellos, la imaginación era como un ancla que lanzaban todos ellos hacia el futuro desde las profundidades de la desesperación y el miedo.

El Vellocino de Oro

Seguía con el café en la mano. Miraba por la ventana de la cocina y veía los narcizos blancos y amarillos que hacían una ronda alrededor de la estatua de cobre de Carlos V. Porque ella vivía por ese entonces a pasos del palacio donde él había nacido a las 3:30 de la madrugada del martes 24 de febrero de 1500 durante la celebración de un baile en el palacio de Prinsenhof.

Cruzando el puente se encontraban los narcizos y las torrecitas del palacio. Intentaba contarlos, uno por uno. 

Su verdadero nombre era Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Antes de que cumpliera un año, Felipe I el Hermoso, nombró a Carlos duque de Luxemburgo y Caballero de la Orden borgoñona del Toisón de Oro.

La Insigne Orden del Toisón de Oro era una orden de caballería fundada en 1429 por el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe III de Borgoña. Era una de las órdenes de caballería más prestigiosas y antiguas de Europa, y estaba muy ligada a la dinastía de los Habsburgo y a las coronas de Austria y España.

El carnero era ya un símbolo de la ciudad de Brujas por ese entonces, que contaba con una importante industria lanera. Con la elección del vellocino de oro, el duque hacía referencia a la leyenda de Jasón en la nave Argo. Esto enlazaba también a la nueva vocación marinera de Borgoña gracias a sus puertos en los Países Bajos.

El vellocino de oro era, en la mitología griega, el vellón de cuero o zalea del carnero alado Crisómalo.

En la leyenda, Jasón debe dirigirse a la Cólquida, actual Georgia, al este del mar Negro, donde los tracios extendían y tendían pieles de oveja sobre marcos de madera, que sumergían en las corrientes de agua de los ríos auríferos y las pepitas de oro que bajaban desde los ríos se recogían en ellos y los recubrían como escamas de oro. Los vellocinos se colgaban entonces en los árboles para secarlos antes de sacudirles o peinarles el oro.  

Jasón debía rescatar el vellocino de oro de un ciprés para devolverlo a la Hélade y ocupar con justicia el trono de Yolcos. Los argonautas, entre los que estaba Hércules, debían ayudarle en su empeño. Jasón podría representar a Felipe III y los Argonautas serían los hombres que están con él en la orden.

El vellocino de oro le traía a la memoria las horas interminables en su taller de vestuario de aquel marzo dos años atrás, donde ella y cinco modistas trabajaban en los demandantes jubones abombados, rellenos y reforzados a la altura de los hombros, de suntuosos brocatos de oro, azul, negro y plata, forrados de tafetán, abotonados y adornados de pequeñas gorgueras de encaje dorado o blanco de los nobles y cortesanos del musical sobre el Conde de Egmont.

Zottegem, la ciudad donde el conde había sido enterrado, celebraba el 450mo aniversario de la decapitación de Lamoraal van Egmont.  

La tragedia con el mismo nombre, Egmont, era una obra teatral de Goethe que trataba sobre la vida del héroe nacional flamenco Conde de Egmont, nacido en 1522, descendiente de una de las familias más ricas de los Países Bajos y primo del rey Felipe II, general, hombre de estado y caballero de la Orden del Toisón de Oro. La obra además relataba su enfrentamiento con Fernando Álvarez de Toledo, tercer Duque de Alba, hasta finalmente ser arrestado, condenado a muerte y decapitado junto al conde de Horne en junio de 1568. El texto finalizaba con la muerte del protagonista que proclamaba su ideal de lucha por la independencia y contra la opresión que representaba para su país la monarquía española, a pesar de que siempre manifestara su lealtad al rey.

La obertura de Egmont, Opus 84, compuesta por Beethoven, era parte del repertorio sinfónico y se escuchaba de fondo por aquellos días de creación en su taller, ricamente iluminado por la luz que se filtraba por las ventanas, entre las orquídeas, los maniquíes, las esmeradas puntadas y las calzas acuchilladas que se confeccionaban para los caballeros adinerados, los gregüescos, las trusas, los encañonados y los venecianos que se llevaban sobre las medias ajustadas, desde la cintura hasta por encima de la rodilla.

Qué enardecido escándalo antes del estreno ! Había olvidado la pomposidad de las jarreteras de finas cintas anudadas por encima de la rodilla y que sujetaban las medias para poder enrollarlas sobre ellas!

Había sido tan difícil llenar sus propias y pedantes expectativas y las de la audiencia ! Había conseguido poco dinero para el proyecto y su reputación rivalizaba con el duelo y el propio mérito, los reclamos del director durante los escasos ensayos, el desvelo, el balanceo de verdugados y faldas, la pobreza del  presupuesto y el pago religioso de las habilidosas costureras, la rigidez de los cuerpos emballenados, su valentía, los centenares de perlas, el alquiler de armaduras extravagantes, la compra de telas de brocados lujosamente decoradas con cristales, anillos gigantes de falsos diamantes, los tan populares zapatos de cuero con tacón y de punta pico de pato, sombreros altos de fieltro y adornos de plumas, los reiterados aplausos, los collares de gemas y cadenas de oro, los pendientes y brazaletes de perlas, todo el diseño de joyería renacentista inspirada en filósofos de Grecia y Roma, el ímpetu de los elogios y su desafiante osadía.  

Pero ella no estaba del todo convencida que la constante pesadumbre de pandemia acabaría. El taller estaba silencioso y ensombrecido, sumergido en la responsabilidad y la penuria atrevida de la cuarentena.

Estaba segura que no podía el destino dejarla abandonada en aquella situación de fatiga y desesperanza. Debía haber un camino cruzando aquel puente de Prinsenhof donde se encontraban los narcizos y las torrecitas del palacio. Quizás encontraría algún mecenas con el que se casaría y celebraría con mucha charlatanería un baile festivo al conseguir el derecho a la esperanza jovial, a la herencia ridícula, la gracia real o la caridad divina por su aclamado trabajo de vestuario. Sonreía con ironía.

En otras palabras, sabía que para vivir la vehemencia de su pasión y para amarla, debía correr riesgos. Habría decepciones, fracasos, sufrimientos y derrotas como resultado de asumir esos riesgos.

Ese día se dirigía, vencida, a la alfombra de terciopelo rosado del living, se sentaba en postura de sastre y a la vez de víctima, a meditar, con las piernas cruzadas. Dejaba la taza de café de porcelana quebrada casi vacía con la asa en forma de anillo a su lado, estremecía exhausta, casi de luto, sus piernas de medias gruesas negras de lycra con las manos a la altura de las rodillas.

No podía meditar. Intentaba contar los narcizos blancos y amarillos que hacían una ronda alrededor de la estatua de cobre de Carlos V, pero sólo sus pensamientos se desmayaban al enumerar, uno por uno, los días de sufrimiento durante la cuarentena y los centenares de bordadas perlas.   

La jabonera de porcelana

En una foto del diario, los enfermeros se asomaban detrás de las cortinas de plástico del hospital manteniendo la distancia. Llevando cascos, anteojos y barbijos blancos, batas azules, celestes o verde agua.

Eso ya no era humano. Era de película de ficción. Tubos y más tubos y gente respirando artificialmente.

‘Que la empatía se haga contagiosa y que no tenga cura.’ – dicían los psicólogos preocupados.

Algo tienen que decir – pensaba ella – para animar a la gente.

Para alivianar el miedo.

Para sostener una pandemia que no se sabía si era real o irreal.

Coronavirus !

El Consejo de Seguridad Nacional se reunía esa tarde para evaluar medidas contra el coronavirus.

No planeaban abandonar la cuarentena, por el contrario: expertos y políticos suponían, igual que los insistentes medios de comunicación, que las medidas se extenderían por dos semanas, hasta el final de las vacaciones de Semana Santa.

Ese jueves por la mañana habían realizado 536 hospitalizaciones nuevas en comparación con el día anterior. Un total de 2,652 personas estaban hospitalizadas, 605 de las cuales estaban en cuidados intensivos. También se habían contado 42 nuevas muertes.

Los anuncios no habían sido alentadores, los casos de contagio no dejaban de aumentar en todos los países europeos, especiamente en Italia y España.

Se llamaba desde grupos pacifistas a un abrir de ventanas a la diplomacia, al silencio de las armas, a las verdades de la vida.

Qué eran las verdades de la vida ? – se quedaba pensativa.

Su verdad era el vestuario, y lo había sido la mayor parte de su vida. Aunque no lo cumpliera al pie de la letra como Jenny o Luca. Qué inmensa admiración sentía por esas manos laboriosas, que hilvanaban linos y sedas, plumas y cintas de embellecidas y exquisitas telas.

Esa admiración de una perfección que le parecía incalzanzable, no le ayudaba a ver su realidad.

Oscar Wilde consideraba los teatros como verdades de la vida y parte de nuestra civilización y en todas partes del mundo, que era como la más grande de todas las formas de arte, la forma más inmediata en que un ser humano puede compartir con otro el sentido de lo que es ser un ser humano.

Finalmente, esa tarde, el Consejo Nacional de Seguridad había decidido que las medidas de confinamiento tomadas a mediados de marzo se prorrogarían dos semanas más de lo previsto, hasta el 19 de abril. Esa decisión podría ser renovada por otras dos semanas, hasta el 3 de mayo. El consejo se reuniría periódicamente para reevaluar las medidas que podrían ser reforzadas en cualquier momento.

Y lo paradójico de todo era esa libertad finita que se le daba a la población desde los gobiernos europeos, que de alguna forma se habían prometido a sí mismos y a sus pueblos después de la segunda guerra mundial, no ser gobiernos autoriarios, sino repúblicas donde prime la democracia y la libertad,  donde jóvenes de dieciseis años se pudieran abrazar sonriendo por la calle, en los puentes, afirmando que querían transitar juntos el contagio de coronavirus. Y no dejaban ni un metro de distancia entre ellos, absolutamente nada. No era necesario tomar la cinta métrica, porque se besaban delante de los ojos de los virólogos y se volvían a abrazar.

En ese momento que se lavaba las manos, anunciaban que en Italia habían muerto ocho mil personas de ese extraño virus. Dejaba el jabón en la jabonera de porcelana.

Hacía poco, la había comprado en un negocio de segunda mano. Era especial, alargada, de ángulos rectos y a la vez redondeados, como ovalada. Estaba pintada a mano con graciosas libélulas azules esmaltadas y ramilletes de flores delicadas que no podía describir. Una delicia.

Igual que el jabón, Portofino, una sutileza de lino, agua de rosas y lirios, una edición especial que había comprado antes de que no se hablara más de otra cosa que de la salud y lavarse las manos regularmente con mucha agua y jabón.

Lo único que le preocupaba y se preguntaba, observando las burbujas cada vez que dejaba el jabón en la jabonera, era si no se llegaría a romper en la valija.

Pascuas de luto y en silencio de amatistas

Sus pensamientos se elevaban en plegarias como sostenidas por la verticalidad de las columnas celestiales de la nave de una basílica, suspendidas en el aire, en aquel punto del cruce de arcos ojivales formando una bóveda de crucería tanto de ansiedades góticas, como miedos, posibilidades y una que otra resolución pacífica.

Se escuchaban cánticos diáfanos e himnos provenientes del Vaticano por la radio.

No, nunca iba a entender su estoico desinterés por las fiestas y las pascuas.

El Papa Francisco se acercaba a la virgen entre banderas blancas y amarillas apostólicas romanas en una actitud de reflexión muy sentida y profunda en plena oración y adoración de María Populi Romani y en total soledad.

‘Nadie se salva solo’.

Pensativa, repetía en silencio el mensaje resonante del papa mientras su dedo índice todavía rozaba el borde de aquella taza de porcelana rosada polaca como imitando el halo de la virgen en el espacio de la bóveda entre cristales y arcos.  

El Pontífice había ido a implorar la protección especial de la Virgen de la Salud, venerada y conservada en el altar de la basílica de Santa María Maggiore. Ya había dejado saber días anteriores de lo significativo de los lazos familiares y fraternales en un mundo ‘abrumado por la pandemia, que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba’.

Condena del egoísmo, casi críptica.

Y la mesa, meticulosamente vestida de mantel de lino blanco y encaje veneciano, que invitaba al contagio de la esperanza en una basílica totalmente vacía.  

Para ella, las pascuas todavía olían a chocolate de manto aterciopelado y café con leche, panqueques tibios con miel y frutos silvestres.

Y ni hablar de aquel ramo de flores campestres que había colocado sobre la mesa y armado minuciosamente para ella con sus adoradas campánulas lilas, joviales helechos y margaritas, sus preferidas. No tenía nada que envidiarle a aquella admirable pintura de 1882 de la danesa Bertha Wegmann.

Allí estaba, imaginándose sola, frente al ícono bizantino de la Virgen y el Niño, majestuoso retrato de brillosas vestiduras doradas y meticuloso claroscuro; la Madre, con velo azul lúcido y halo de oro y piedras preciosas, abrazando suavemente al Niño. Se decía que la imagen, consagrada en un marco de bronce dorado con amatistas, habría llegado a Roma en el año 590 d.C.

La imagen había sido restaurada recientemente por los Museos Vaticanos en enero de 2018, donde fueron revelados los verdaderos colores de los rostros de María y Jesús, así como el esplendor de las vestiduras doradas del Niño y el velo azul de la Madre, la gloria de la corona y las piedras preciosas.

Salus Populi Romani

Era la frase recordada como ‘salud o bienestar del pueblo romano’. Frase que se remonta a la justicia y los rituales paganos de la antigua república romana medieval, donde el sublime retrato de medio cuerpo muestra una franca y límpida mirada de la Virgen, con su postura erguida y sus manos apacibles sosteniendo al Niño.

Dejar atrás el egoísmo, volvía a pronunciar, inamovible, el papa, como un lejano susurro en latín indescifrable, pero intentando, desde su potestad, convencer a los gobiernos, a los consagrados fieles y al periodismo.

A pesar de todo, el poder de las palabras sagradas del papa, la protección de la virgen inmaculada, la coronación canónica en agosto de 1838 y de las joyas preciosas que agregó el Papa Pío, el paraíso de la mesa dominical, la maestría del delicioso y codiciado lino, las corolas púrpura de las campánulas que había traído del bosque especialmente para ella, sabía que estaba condenada a pasar las pascuas de luto y en el silencio de inmortales amatistas.

Interior with a bunch of wild flowers ca. 1882 Bertha Wegmann

Flower power

‘El golpe está siendo muy duro. Una amenaza universal para nuestra salud se ha fusionado con la absoluta incertidumbre sobre lo que el futuro va a deparar a nuestros museos e instituciones, y qué decir de las empresas culturales. Nada de lo que fue volverá a ser, eso lo tenemos claro. Es hora de comenzar ya a construir nuestro nuevo futuro, transformar lo vivido en una realidad mucho mejor, entre todos, para todos, con ilusión, solidaridad y energía. Os enviamos a todos vosotros, a los que siempre habéis estado ahí, un abrazo de agradecimiento y de solidaridad. Ánimo ! Seguimos adelante !’

Esta frase anunciaba una especie de apocalipsis ante la amenaza del coronavirus en sectores como la museología. Se trataba de más que una epidemia de polillas, tan temidas plagas en los rincones oscuros de museos.

Esto era peor. Las dudas eran numerosas y vidriosas, igual que las consultas ante la necesidad de restringir las altas concentraciones de público para salvaguardar a la población de la amenaza del empecinado contagio.

Muchos museos, centros culturales, parques arqueológicos, a recomendación de los gobiernos nacionales de sus países, habían suspendido sus actividades presenciales y cerrado salas de exposiciones, y posponían encuentros de bordado, juegos para niños e incontables proyectos.

Hasta el momento, muchos países de Europa y Latinoamérica habían hecho oficial el cierre temporario de las salas, y difundían medidas preventivas e indicaciones establecidas en los protocolos de salud de cada país.

Se podía leer en cartas:

‘El sector cultural, junto a muchos otros, está siendo produndamente afectado. Estamos acompañando la suspensión de actividades y cierre de museos en la mayor parte del mundo. Pero también nos llena de satisfacción ser parte de un sector ampliamente creativo, innovador, resistente a las adversidades, que presenta alternativas que emocionan y alientan a la sociedad en uno de sus momentos más difíciles. Cada día, por todo el mundo, surgen iniciativas como festivales en los balcones, visitas virtuales a museos de toda naturaleza, cursos de capacitación online, cuenta cuentos virtuales, entre otros, sin mencionar a las industrias del audiovisual y de la música, que en movimiento inédito están facilitando el acceso gratuito a una gran oferta de contenidos online.’

De repente, el mundo entero se había transformado en un flower power de conciertos desde el living de casa, pedidos de donaciones de dinero, visitas virtuales a museos fantasmas y videos de bailarines en la azotea o en el patio del fondo de una casa filmado con drones voladores. Viva la postmodernidad. Viva!

Ella seguía con una visión muy catastrófica del futuro, observando a la Venus estática con su flecha de óxido metálico en mano y sus labios como cerezas seduciendo a los mortales a morder la manzana esmaltada que sostenía.

Buscaba en silencio la virtud, esa disposición sagrada de la persona para obrar de acuerdo con determinados propósitos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza, de gran importancia para la vida ética que ella se había propuesto de muy joven. Pero no lo lograba.

No alcanzaba a distinguir entre el bien y el mal. Entre verdad de falsa porcelana y mentira de gobiernos y científicos, entre la belleza de las calles vacías de primavera y la ausencia de solidaridad que experimentaba y que tampoco estaba dispuesta a brindar. Por lo menos, esta solidaridad hipócrita y fingida.

Corona de murciélagos

Todas las noches a las ocho en punto, sonaban unos cuantos minutos las campanas de toda la ciudad, y los vecinos empezaban a aplaudir desde las ventanas y los balcones por todos los enfermeros y médicos trabajando para atender los enfermos contagiados por el virus.

Ella los escuchaba como ecos que se desvanecían entre los muros como generatrices de elipses y círculos.

Los imaginaba a todos ellos con cintas y escarapelas plisadas negras, como una multiplicación de parcas hilanderas con capuchón de crepé y rueca en mano, esperando en tribunas metálicas la caída de las jaulas y del destino. Visualizaba un telón de fondo escénico azul persa y capas espesas de pintura negra e incontrolables pinceladas en cobre eléctrico y cobalto casi blanco.

Una corona de murciélagos predecía el final de la vida de todos y cada uno de los mortales entre escalones de cemento encerado y mármol.

Eran esos los designios de las tres diosas?

La toxicidad del pensamiento de no controlar cuándo sería el final era lo que mantenía sólo despierto a los bendecidos científicos entre placas de vidrio, células y cuentas matemáticas.

Milagros.

Sacrificios.

Espíritu Santo.

Bocanadas de aire puro, y cuellos largos entrelazados como cisnes, tomarse de la mano o el hecho de apoyar la cabeza en el hombro del otro y besarse sin razón, motivo o celebración, todo aquello estaba rotundamente prohibido.

Castigo y narcisos amarillos en el florero.  

Qué irónico era tener que besar la propia imagen en el espejo y negarse cruelmente a aceptar el amor del otro. Y ser condenado a enamorarse de su propia imagen reflejada en el estanque.

Parálisis inmoral, esmaltes y cerámicas. Ensayos clínicos protocolares, aleatorizados, controlados y enmascarados que impiden la identificación tanto del paciente como de los investigadores.

Qué horror.

Práctica habitual en este tipo de ensayos, orientada a evaluar la dosis óptima de la vacuna entre los participantes de esta milagrosa lotería, su calidad, seguridad y eficacia.  

Más allá de dar las gracias a la ciencia, ella rezaba tres padres nuestros y se dormía boquiabierta de la velocidad en que esta locura de manipulación genética evolucionaba.

Y dónde había quedado la mítica corona de murciélagos ? Ya no importaba, aparentemente, el origen del flamante virus. Los cuellos se mantenían rígidos e inclementes como en rito. Todos los fieles dirigían la confianza almidonada y la mirada hacia los tiránicos gobernantes, y elevaban los cálices de ágata y sangre que se ha de consagrar como eucaristía sacramental.  

El desvelo de medianoche y la ceremonia de luna llena y almohadas de encaje olían a sudor, reveldía y escepticismo.

Se presentía la venida de una devoción ciega por los irrefutables avances científicos y nuevas y revolucionarias coordenadas sobre la faz de la tierra.

(Génesis 1:2)

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. y fue la tarde y la mañana un día.

Jeanne Lanvin

Durante la cuarentena, no dejaba de recibir mails a su correo electrónico con invitaciones  dirigidas al público en general, o por lo menos, a los interesados, para pasearse por la innumerable cantidad de colecciones que se podían explorar online desde su casa.

Uno de ellas era de la Colección Real del Reino Unido, que invitaba a todo el mundo así:

‘Si bien nuestros Palacios y Galerías han cerrado temporalmente sus puertas al público, seguimos comprometidos con nuestra misión de compartir la Colección Real lo más ampliamente posible.

En este boletín encontrará historias y actividades con las cuales pretendemos entretener a adultos y niños por igual. También puede buscar en la colección virtual, explorar nuestro catálogo de publicaciones y explorar la colección a través de nuestras indicaciones online. Esperamos compartir más de la Colección Real con usted en las próximas semanas. Para asegurarse de recibir los correos electrónicos que más le interesan, tómese un momento para actualizar sus preferencias.’

Entonces sintió curiosidad y empezó a buzear en las profundidades de la colección virtual.

Se encontró con el título ‘Dolls for the little princesses’.

France y Marianne eran dos muñecas de dos metros de altura, que fueron entregadas a las princesas Elizabeth y Margaret en 1938 en el Palacio de Buckingham. Las muñecas pretendían ser un gesto de expresión cordial entre los gobiernos de Francia e Inglaterra, pero también servir de embajadoras de la moda francesa y de la glamosora Houte Couture de Paris.

Le llamaba la atención, porque una nota en letras pequeñas dejaba leer en la página que 1938 fue un año de crisis internacional, que había tenido un impacto negativo en la exportación de la alta costura parisina. Por eso, diseñadores como Lanvin, en este caso, participaban en la creación de estos vestidos y sombreros para muñecas reales para salvaguardar su reputación y la esperanza de reforzar su propia publicidad.

Jeanne Lanvin había creado un vestidito de organdí de seda rosa con volantes escalonados en plata. La parte inferior era de seda color melocotón, el cinturón, de lamé plateado y el sombrero, de paja amarillo con flores a juego plateadas de lamé y lazo color rosa pálido.

Quedó sorprendida. Si buscara información sobre la historia de la moda, Jeanne Lanvin era parte de ese pasado famoso y distinguido de la alta costura francesa. Y lo seguía siendo a pesar de su muerte en 1946.

Jeanne Lanvin había comenzado a trabajar en un pequeño local de sombreros en 1889 en la 66 rue Boissy d’ Anglas. Apenas cuatro años más tarde, podría mudarse a la conocidísima Faubourg Saint-Honoré estableciendo su casa: Lanvin Modes.

Jeanne era una visionaria. Tenía nariz para los negocios y un talento innato para la creación, y así comenzó su producción magistral de muebles, alfombras, cortinas, cristal y empapelados, en el más exquisito estilo Art Decó de principios de los años veinte.

Estaba destinada a conquistar el mundo.

A pesar de la primera guerra, había participado de la exposición internacional de San Francisco. Y más tarde en París, en 1925, donde se celebraba por ese entonces la exposición internacional de arte decorativo.

De alguna manera indescriptible, esto le daba fuerzas para seguir adelante. Luces de ilusión reunidas en una imagen poética que la ayudaban a enfocarse, aunque no sea de forma tangible, pero sí, imaginaria, en una nueva dirección.

Las calles vacías de Budapest

Se despertaba sobresaltada cada mañana, pero se quedaba largo tiempo leyendo en la cama.

Ya el tiempo y las horas no tenían ni significado ni importancia.

Se había convertido en costumbre abrir su facebook desde su celular y pasar quizás tres cuartos de hora acostada, deslizando su dedo sobre la pantalla para leer las noticias y los comentarios de la gente conocida que le agradaba y la que no tanto.

Detuvo la mirada en un video de calles vacías de ciudades de todo el mundo, que habían filmado con un dron desde el aire como nunca antes se había visto. Y vio un ángel sosteniendo la doble cruz apostólica en sus manos sobre la avenida Andrássy en el atardecer de Budapest. La plaza de los héroes se mostraba totalmente solitaria, con el arcángel Gabriel custodiando la ciudad desde lo alto.

Recordaba que un día había soñado con visitar la ciudad. Había comprado tickets de un vuelo desde Bruselas para pasar allí la navidad del 2008. Pero una situación inesperada había concluído en la cancelación del viaje.

Amaba viajar. Había sido uno de sus objetivos una vez que habría puesto pie en Europa. Pero estaba convencida que viajaría a través de su trabajo, a través de la investigación sobre vestuario, a través de las óperas, y que visitaría todos los teatros de ópera de toda Europa. Hasta el Mariinsky.

‘The Mariinsky Theatre will remain closed to the public until 10 April 2020 in accordance with the Ministry of Culture of the Russian Federation’s decrees No 357 and No 363’ podía leerse en la página del teatro por esos días.

‘All venues of the Hungarian State Opera are closed due to the national emergency. Earliest possible opening: 3 April 2020’ – no es posible, pensaba. La cuarentena se prolongaría mucho más tiempo. En Amsterdam ya hablaban de principios de junio, en Bruselas tomarían la decisión esa misma tarde.

Anulada. Anulada. Anulada. Funciones de ballet y óperas anuladas.

La cancelación masiva y el cierre de los teatros el miércoles once de marzo la habían sumergido en una parálisis que la mantuvo muda e inmóvil durante diez días. Pero no sólo se cancelaban las óperas de esos meses, sino que se postergaban otras puestas para temporadas, supuestamente, siguientes.

Todo el sector cultural moría ese día, y los siguientes días, tardes y noches. Todo se sumergía en un silencio absoluto. Se cerraban las puertas, se dejaban los decorados en los camiones, las partituras, sobre los atriles, los vestuarios, colgados para planchar en otro momento más propicio y saludable.

Le apetecía pensar que era como una maldición que había recaído sólo sobre ella, pero sabía de sobra, con innumerables anuncios, que así no era.