Seguía con el café en la mano. Miraba por la ventana de la cocina y veía los narcizos blancos y amarillos que hacían una ronda alrededor de la estatua de cobre de Carlos V. Porque ella vivía por ese entonces a pasos del palacio donde él había nacido a las 3:30 de la madrugada del martes 24 de febrero de 1500 durante la celebración de un baile en el palacio de Prinsenhof.
Cruzando el puente se encontraban los narcizos y las torrecitas del palacio. Intentaba contarlos, uno por uno.
Su verdadero nombre era Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Antes de que cumpliera un año, Felipe I el Hermoso, nombró a Carlos duque de Luxemburgo y Caballero de la Orden borgoñona del Toisón de Oro.
La Insigne Orden del Toisón de Oro era una orden de caballería fundada en 1429 por el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe III de Borgoña. Era una de las órdenes de caballería más prestigiosas y antiguas de Europa, y estaba muy ligada a la dinastía de los Habsburgo y a las coronas de Austria y España.
El carnero era ya un símbolo de la ciudad de Brujas por ese entonces, que contaba con una importante industria lanera. Con la elección del vellocino de oro, el duque hacía referencia a la leyenda de Jasón en la nave Argo. Esto enlazaba también a la nueva vocación marinera de Borgoña gracias a sus puertos en los Países Bajos.
El vellocino de oro era, en la mitología griega, el vellón de cuero o zalea del carnero alado Crisómalo.
En la leyenda, Jasón debe dirigirse a la Cólquida, actual Georgia, al este del mar Negro, donde los tracios extendían y tendían pieles de oveja sobre marcos de madera, que sumergían en las corrientes de agua de los ríos auríferos y las pepitas de oro que bajaban desde los ríos se recogían en ellos y los recubrían como escamas de oro. Los vellocinos se colgaban entonces en los árboles para secarlos antes de sacudirles o peinarles el oro.
Jasón debía rescatar el vellocino de oro de un ciprés para devolverlo a la Hélade y ocupar con justicia el trono de Yolcos. Los argonautas, entre los que estaba Hércules, debían ayudarle en su empeño. Jasón podría representar a Felipe III y los Argonautas serían los hombres que están con él en la orden.
El vellocino de oro le traía a la memoria las horas interminables en su taller de vestuario de aquel marzo dos años atrás, donde ella y cinco modistas trabajaban en los demandantes jubones abombados, rellenos y reforzados a la altura de los hombros, de suntuosos brocatos de oro, azul, negro y plata, forrados de tafetán, abotonados y adornados de pequeñas gorgueras de encaje dorado o blanco de los nobles y cortesanos del musical sobre el Conde de Egmont.
Zottegem, la ciudad donde el conde había sido enterrado, celebraba el 450mo aniversario de la decapitación de Lamoraal van Egmont.
La tragedia con el mismo nombre, Egmont, era una obra teatral de Goethe que trataba sobre la vida del héroe nacional flamenco Conde de Egmont, nacido en 1522, descendiente de una de las familias más ricas de los Países Bajos y primo del rey Felipe II, general, hombre de estado y caballero de la Orden del Toisón de Oro. La obra además relataba su enfrentamiento con Fernando Álvarez de Toledo, tercer Duque de Alba, hasta finalmente ser arrestado, condenado a muerte y decapitado junto al conde de Horne en junio de 1568. El texto finalizaba con la muerte del protagonista que proclamaba su ideal de lucha por la independencia y contra la opresión que representaba para su país la monarquía española, a pesar de que siempre manifestara su lealtad al rey.
La obertura de Egmont, Opus 84, compuesta por Beethoven, era parte del repertorio sinfónico y se escuchaba de fondo por aquellos días de creación en su taller, ricamente iluminado por la luz que se filtraba por las ventanas, entre las orquídeas, los maniquíes, las esmeradas puntadas y las calzas acuchilladas que se confeccionaban para los caballeros adinerados, los gregüescos, las trusas, los encañonados y los venecianos que se llevaban sobre las medias ajustadas, desde la cintura hasta por encima de la rodilla.
Qué enardecido escándalo antes del estreno ! Había olvidado la pomposidad de las jarreteras de finas cintas anudadas por encima de la rodilla y que sujetaban las medias para poder enrollarlas sobre ellas!
Había sido tan difícil llenar sus propias y pedantes expectativas y las de la audiencia ! Había conseguido poco dinero para el proyecto y su reputación rivalizaba con el duelo y el propio mérito, los reclamos del director durante los escasos ensayos, el desvelo, el balanceo de verdugados y faldas, la pobreza del presupuesto y el pago religioso de las habilidosas costureras, la rigidez de los cuerpos emballenados, su valentía, los centenares de perlas, el alquiler de armaduras extravagantes, la compra de telas de brocados lujosamente decoradas con cristales, anillos gigantes de falsos diamantes, los tan populares zapatos de cuero con tacón y de punta pico de pato, sombreros altos de fieltro y adornos de plumas, los reiterados aplausos, los collares de gemas y cadenas de oro, los pendientes y brazaletes de perlas, todo el diseño de joyería renacentista inspirada en filósofos de Grecia y Roma, el ímpetu de los elogios y su desafiante osadía.
Pero ella no estaba del todo convencida que la constante pesadumbre de pandemia acabaría. El taller estaba silencioso y ensombrecido, sumergido en la responsabilidad y la penuria atrevida de la cuarentena.
Estaba segura que no podía el destino dejarla abandonada en aquella situación de fatiga y desesperanza. Debía haber un camino cruzando aquel puente de Prinsenhof donde se encontraban los narcizos y las torrecitas del palacio. Quizás encontraría algún mecenas con el que se casaría y celebraría con mucha charlatanería un baile festivo al conseguir el derecho a la esperanza jovial, a la herencia ridícula, la gracia real o la caridad divina por su aclamado trabajo de vestuario. Sonreía con ironía.
En otras palabras, sabía que para vivir la vehemencia de su pasión y para amarla, debía correr riesgos. Habría decepciones, fracasos, sufrimientos y derrotas como resultado de asumir esos riesgos.
Ese día se dirigía, vencida, a la alfombra de terciopelo rosado del living, se sentaba en postura de sastre y a la vez de víctima, a meditar, con las piernas cruzadas. Dejaba la taza de café de porcelana quebrada casi vacía con la asa en forma de anillo a su lado, estremecía exhausta, casi de luto, sus piernas de medias gruesas negras de lycra con las manos a la altura de las rodillas.
No podía meditar. Intentaba contar los narcizos blancos y amarillos que hacían una ronda alrededor de la estatua de cobre de Carlos V, pero sólo sus pensamientos se desmayaban al enumerar, uno por uno, los días de sufrimiento durante la cuarentena y los centenares de bordadas perlas.