cara o cruz

“Te veo languidecer sobre la silla, ya casi sin aliento y me desesperas”, me repetía.

Tumbada de espaldas en el piso, sobre los listones de madera reseca, ella extendía los brazos hacia los rayos de sol que entraban por la ventana del castillo, cerraba el ojo izquierdo, después, el derecho. Otra vez, el izquierdo, y nuevamente, el derecho. Algunos rayos se desdibujaban. Contaba los errores y aciertos con los rayos entre los dedos de las manos.

“No es un juego de azar.” le explicaba yo. “Es el compromiso conmigo misma, envuelto en cintas de terciopelo, en medio de una cajita, como una alianza que se pone en el dedo anular, conectado directamente con el corazón según decían los romanos. Es el sueño de llegar a ser aquella mujer que hasta hoy no fui.”

Veía a la distancia desnudar sus sombras y su silueta de veinte años sobre la pared y podía delinearlas de negro. Hasta podía subrayar la melancolía de las palabras y las promesas no cumplidas que ella pensaba.

“Se trata de volver a intentar. Se trata de ver las estrellas, las constelaciones y los rayos de sol desde donde sea.”, me intentaba convencer mientras parecía jugar y flotar en el piso como yo en el agua cuando era niña.

“Ah, y es cierto que en el hemisferio norte, el recorrido del sol en el cielo es al revés”, me seguía explicando. “Sale también por el horizonte del Este, por supuesto. Pero viaja por el lado sur del cielo. Podemos sortear todo eso. Podemos tomar otras decisiones. Todavía podemos ver el sol viajar por el lado norte del cielo.”, me dijo con un guiño del ojo izquierdo.

Me quedé pensativa.

En el horizonte imaginario que define la línea del océano Atlántico, el Sol Boreal y el cielo del hemisferio norte, veía de repente rodar la moneda de oro que ella había decidido arrojar al aire.

“¿Cara o cruz?”, me preguntó sin dudar y con picardía en los ojos.

“¿Te volviste loca?”, le grité desesperada. “¿Echar a la suerte mi vida?”

Cree que todo esto es para mi un pasatiempo, pensaba eludiendo su pregunta.

Fue un pensamiento fugaz, pero entramos en pánico, nos volvimos las dos transparentes y frágiles como papel de seda. Me tomó la mano, cerramos los ojos y nos dejamos escapar juntas, saltamos desde la torre del castillo y seguimos el vuelo de los pájaros hacia el Sur.

Llegamos al perfume de las madreselvas enredadas en la pérgola blanca de madera. Bajamos los escalones de azulejos esmaltados, un poco desgastados con el tiempo, de colores azules brillantes, rosas y naranjas. Nos detuvimos a soñar con las escenas de cada escalón. Las mayólicas de tradición musulmana se mezclaban con imágenes de damas antiguas porteñas, sevillanas y alfareros andaluces, y el barro, el fuego y el trabajo de unas manos modelando y pintando cada pieza. El sol del mediodía viajando por el lado norte del cielo hacía que se iluminaran más sus cantos, sus relieves y su esmalte. El agua de la fuente repicaba en los mozaicos sin cesar y salpicaba apenas las plumas de las palomas que llegaban con sed como nosotras. Los naranjos que rodeaban la fuente de patrones geométricos estaban en flor. Nos recostamos en los bancos decorados con escenas mitológicas y estrellas azules y blancas. Dos niñas de zapatitos de charol, moños y cintas corrían por el Patio Andaluz por primera vez. Podíamos escuchar el golpetear de los taquitos en las losetas cerámicas ornamentadas. De pronto, se detuvieron frente a la fuente, tomaron dos monedas y pidieron un deseo cada una. 

Ella tenía razón, sólo anhelaba que nos quedáramos dormidas juntas en el borde dorado de la siesta.

Lo deseaba con todo el alma. Ahora mismo. Antes de que cayera al piso la moneda. Pero se suponía que esta aventura no debería tener este final.

Al mismo tiempo, no podía descartar el no esperarte, ni buscarte, ni tenerte paciencia. Ni rezar para volver a verte o rescatarte. Para despedirme. Pero no podía seguir viendo la vida pasar a través de los medallones de vidrio policromado de las ventanas medievales, lo que se había convertido en una espera eterna.

Me quedaré parada al pie de la escalera del castillo de piedra. Unos segundos más. Me encontrarás ahí, segura de volver a verte, frente a la realidad. Te abrazaré con fuerza, acunaré la fruta madura en mi delantal, me pondré el sombrero de ala ancha y seguiré el camino hasta la enredadera de la pérgola, pensaba.  

Pero volví a insistir. ¿Qué significaba cara y qué significado tenía cruz para mi y para ella?

“Si vuelves a arrojar la moneda al aire, ¿cuál es la posibilidad de que la moneda caiga sobre su canto?”

ad infinitum

la semana que termina las lecciones aprendidas

la tinta que mancha mis dedos

y no se quién soy y desconfío de ti y de mi

cada paso en falso el vértigo y la caída

cada golpe cada estruendo y refucilo cada sacudón

me saco los zapatos de taco y los tiro en un rincón de despedidas que no se postergan

y derrotas que no se superan

prendo las velas naranjas y tanteo a ciegas el jaleo de las luces en la oscuridad

sombras que flotan ríen y saltan del firmamento a la soledad de la cama

cierro los ojos

y cuelgan hamacas entre las flores de mi infancia feliz como si nada importara

uno dos tres metros en lo alto entre las ramas

palo borracho descontento con sus espinas

y yo gritando en lo alto más alto ! más alto !

quiero llegar al paraíso quiero convertirme en novia en musa en ángel

y volar tan alto tan alto y llegar al popurrí de estrellas y tocar las nubes el cielo y la luna nueva

las llamas que titilan tu presencia se tatúan en las paredes como caligrafía de fantasmas

el vacío que me llena el cuerpo y las carencias tus alas que se esfuman

tu ausencia que penetra en mi piel y se escapa

las indecisiones las promesas ante el espejo en medio de la censura y la encrucijada

los testigos los enemigos pocos elogios y palabras

que me arropen las tinieblas – me maldigo en mis delirios

las ganas de amar y de ser amada

las caricias que se hacen esperar y el calor insoportable de la almohada

la juventud que se desvanece y las burbujas de champagne que esperan tu llegada

el miedo al tic tac del reloj las células que envejecen la copa con agua

pensamientos que me atormentan y frases hirientes

las neuronas que mueren en el encierro y la asfixia de éste mi castillo

los ojos que ya no brillan como ayer de tanto llorar bajo las sábanas

esperar que vuelvas mientras la leche hierve y se derrama

que me supliques que te desvistas frente a mi

pelar las naranjas y perfumar el arroz con la cáscara

quebrar el palito de canela inocente revolver y azucarar

dejar espumar las piruetas de llamas de candelas libres de culpa intermitentes

quisiera colocar la cuchara de plata con tu nombre sobre la mesa

y poner el dedo en la miel de la intimidad de tus constelaciones

me despiertas

sacudida de hombros mientras paso mi mano en sueños por tus cabellos y tus cejas

hasta rozar  la corona de flores que hice para ti esa primavera

quiero estirar los brazos y lamer tu cuello y el recuerdo

que me despeinen los ángeles como castigo – pienso

en la superficie del mar quiero susurrarte los duelos

hacer acrobacias con mis pies en el agua y desaparecer en las profundidades del dolor

inhalar los átomos de tu cuerpo y tu perfume como consuelo

y saborear el atardecer de perlas y desvanecidas purpurinas

no dejes que se ahoguen mis ideas ni mis presentimientos – te lo ruego

espantemos juntas los espíritus inquietos del futuro venidero

donde el tiempo se detiene y vienes a buscarme y me das la mano

y me salvas

pretendo ser fuerte y mantenerme cuerda y descalza ante la posible huida

escuchar las notas del arpa y los aplausos sostenidos en el viento

desobedecer la locura que se silencia bajo guirnaldas de papel de seda

desenterrar el velo de encaje el ramo y la espera en el altar

grabar los anillos con la fecha las iniciales y ad infinitum

a pesar del sonido de marimbas y las campanadas de confusiones e intrigas

y la melodía de diapasones y triángulos en cada eco suspendido en el olvido

la cena está servida entre los tréboles las nueces caídas y las flores marchitas

arroz con leche bajo el nogal corcheas y semifusas

el mantel cuelga por los lados casi hasta llegar a la tierra del patio

caminemos juntas en puntas de pie

a pasos constantes y cobardes

hasta que me despiertes

hasta que me desnudes

hasta que me beses

hasta el infinito

Sarah Moon

LUMEN

Yacía en la claridad del rocío y en el sepulcro del cesped húmedo en medio de la niebla con un puñado de tierra bendita en su mano derecha.

Vestía de negro, de largo y de luto. Su cuello de color marfil desnudo dejaba entrever las grietas de sus venas azules.

Estaba inmóvil, tan pálida y sin pestañear que parecía un milagro que estuviera viva.

Sus cabellos enmarañados de frutos secos, ramas y un nido indefenso atraían una bandada de cuervos que comía gusanos entre el tumulto las hojas mustias.  

Desheredada y huérfana, yacía en medio del cementerio.

La vio allí abandonada a través del ventanal que daba al patio cuando se dirigía al sector de lavandería del teatro, detrás de la cortina pesada de terciopelo y en medio de las torres de reflectores y el archivo de filtros de colores. No sabía nada ni de física, ni de matemática, ni de circuitos eléctricos, ni voltajes, pero estaba completamente segura que aquella que veía en medio de las hojas y del cesped húmedo era ella misma.

Un segundo después, cien metros de largo y más de diez metros de alto de tela negra rodearon su cuerpo en medio de la escena del patio. El ciclorama proporcionaba una visión de 360° donde se proyectaba el pasado de su niñez y su juventud, el presente de su hoy y los secretos del mañana.

Y de repente, en la oscuridad, una luz cenital ultravioleta hizo más visible la sangre de sus venas. Se había desmayado en la insistencia de la niebla?

Y en un grito ficticio e intuitivo que nunca salió de mi garganta ordené a los técnicos:

-Traigan los reflectores! Enciendan las luces frontales! No proyecten más sombras en su rostro que ya tiene suficientes! Tampoco la iluminen a contraluz, que sólo veremos su silueta! Ilumínenla de frente, de arriba a abajo con un haz de luz tan intenso como para revivirla y para que vuelva a respirar!

Pero no se movía. Ni siquiera con mil lúmenes. Los cuervos seguían murmurando a su alrededor, haciendo ruidos con las alas y crujidos de pico en un círculo perfecto de luz espectral.

Las sombras inocentes de los espíritus muertos estaban impresas en la superficie del ciclorama que después de unos segundos desaparecería drásticamente, como tragado por el cielo.  

Se quedó parada durante unos minutos delante del ventanal como espectadora mirando la niebla. El más allá. Ya no la veía ni desvanecida, ni dormida, ni nada. La luz difuminada del patio no dejaba ver más que el reflejo del rocío. Ni su cuello, ni su vestido ni la tierra en su mano derecha.  

Su padre había fallecido seis meses atrás y ella seguía todavía merodeando en los túneles del teatro con los pensamientos y los sueños entre la luminosidad de los vivos y la oscuridad de los muertos.

Sarah Moon

Lluvia de diamantes

Hace unas noches soñé con imágenes de tu poema, el que publicaste hace unos días.  

La tierra de mi sueño, como la de tu poema, estaba cubierta de diamantes azules.

Carl Sagan me había dejado algo claro durante mi adolescencia, que si no estudiamos el conjunto del universo en todas sus manifestaciones más importantes no seremos capaces de comprender las leyes de la naturaleza y dominar sus secretos. Ni los de nuestros sueños.

Quizás había sobredimensionado en mi imaginación un artículo que había leído en un portal de astronomía justo antes de leer tu poema sobre ecos, corteza terrestre y diamantes.

Se trataba de lo siguiente: A través de análisis cristalográficos, hace pocos meses científicos han confirmado que un asteroide que viaja a una velicidad aproximada de doce kilómetros por segundo y coliciona con la tierra produce ondas de choque a través de la roca, creando estructuras de carbono complejas, extraños patrones de repetición de capas de átomos y convirtiendo el grafito cristalino en diamantes de propiedades únicas. Estos mazacotes estelares explotan o se desintegran atrozmente mientras atraviesan la atmósfera terrestre transportando elevadísimos niveles de energía. 

En conclusión, los meteoritos metálicos traen a la tierra – como a tus poemas y a mis sueños – diamantes de planetas perdidos y estrellas moribundas a través de impactos cataclísmicos entre cuerpos celestes.

En mi sueño, la tierra estaba cubierta de diamantes azules y no eran precisamente de meteoritos.

Durante mucho tiempo, los sueños con piedras preciosas eran considerados de buen agüero, sobre todo antes de la venta de las cosechas. Significaba para muchos campesinos, definitivamente, fortuna y buena suerte.

Qué afortunada me consideraba esa mañana al despertar, después de la lluvia de diamantes que había visto a tu lado por la ventana !

Los diamantes de mi sueño parecían de lejos tan gigantes como los de tu poema, cristalinos, macizos, transparentes, grandes como la palma de mi mano, y emergían como meteoritos rocosos compuestos de boro y silicatos, procedentes quizás del cinturón de asteroides, en concentraciones mayores que las del universo.

Leí entonces que soñar con grandes diamantes simboliza la búsqueda del éxito total en la vida y en el amor. Pero también representa la vanidad. La mía o la tuya? – me preguntaba pensativa.

Recordé más tarde que los diamantes eran traídos en realidad por bandadas de fascinantes e inesperados estorninos purpúreos que cruzaban el cielo de norte a sur. Los enigmáticos diamantes viajaban desde sus nidos en Etiopía, Senegal o Kenia Meridional sostenidos por los picos de los estorninos. Sobre los campos, a una considerable altura, los pájaros azules abrían sus picos, liberando los diamantes que de lejos, desde nuestra ventana, se transformaban durante su caída libre en una banda débil de luz, de forma casi triangular, llamada luz zodiacal.

Había leído por entonces que las coaliciones de rocas, restos de núcleos de innumerables cometas y de asteroides, nubes de diminutas partículas de polvo de diamantes que orbitan alrededor del sol y gases de la atmósfera producían sobre el fondo negro del espacio esta dispersión de la luz y estas tenues columnas de resplandor luminoso. Aquellas que se extienden en el horizonte al mirar el cielo nocturno justo antes del amanecer hacia el este o después del anochecer hacia el oeste tras la puesta del sol como aquella noche.

Qué afortunada era durante aquel alba, de percibir en sueños y a tu lado tales fenómenos cósmicos, que en realidad, eran vistas nocturnas producidas a millones de kilómetros de la tierra en medio de las conexiones y órbitas de mis neuronas cerebrales y la articulación de las palabras de tu poema.  

La tierra estaba cubierta de diamantes azules que brillaban entre las huellas del arado.

El halo zodiacal de forma vagamente elíptica alrededor de la luna era un fulgor que hacía que el cielo sobre las huellas del arado se volviera más claro esa noche, al igual que el color de tus párpados. Y que las plumas en tonalidad de azul, violeta y púrpura de los estorninos en pleno vuelo se tornaran iridiscentes.

Y reconocí la tierra. Era la tierra que rodeaba tu casita de jardín, la tierra de la existencia, la tierra que hacía nuestra historia tan real, la tierra de aquellos campos que solíamos recorrer juntas en el claroscuro de la niebla y los rayos del sol de las mañanas. La tierra de la magia y del escapismo de la rutina diaria de los fines de semana. Yo adoraba tu habilidad para llevarme hasta allí, arrastrada por tus manos y utopías, los trucos de ilusionismo y tus habilidades secretas de maga.

Había un gran poder de atracción en mi por esa tierra, fértil, bien negra, trabajada en surcos, fecundada por sedimentos, gran variedad de invertebrados, arácnidos, insectos, moluscos, semillas y frutos, especialmente higos, nueces y manzanas.

Siempre quise pertenecer a ese lugar, a esa intimidad tuya con esa tierra, el lugar en el mundo que elegiste para vivir. Quise recostarme en ella, rozarla, eternizarla, tomar un puñado y olerla, compartirla contigo, pero nunca lo hice. No se por qué. Hoy me lo reprocho. Hoy, que ya no estás esperándome en la intersección del horizonte entre los campos y las órbitas de las estrellas.

Pero de repente, en el sueño, al observar con claridad los diamantes en la palma de mi mano, los octaedros no me parecieron de cristal, ni completamente transparentes, ni parecían naturales, ni luminosos, sino opacos, apagados, eran como de plástico, algunos parecían de cartón y otros, de papel holográfico.

Según el significado de los sueños, si uno sueña con diamantes falsos, las alegrías y el amor que deberían ser infinitos como el universo no serán más que efímeros, y los engaños, exorbitantemente inmensos. Esto era sumamente revelador. Me sentía traicionada y defraudada.

Trataba de pensar la oscuridad de tu ausencia como uno de esos momentos en los que a menudo me ocultabas los detalles exactos de tus fugas nocturnas, para mantener un aire de misterio e intriga entre las dos. Trataba de soñarnos como viajeras estelares, boyando entre fragmentos de cometas perdidos en el espacio. Trataba de pensar el sueño como un equilibrio orbital de diamantes, asteroides y planetas en medio de un amplio espectro de llamadas melodiosas y chirriantes de tornasolados estorninos. 

Pero estaba convencida que tales coincidencias no obedecían al azar. Era una ridiculez pensar que lo era. Por eso quería inmortalizar ese sueño en medio de tu ausencia, esa lluvia de diamantes que nos unía a pesar de todas nuestras fricciones, el choque de meteoritos, el polvo, tu poema, el sexo, las estrellas, la distancia de años luz que hoy nos separa, a pesar de ignorar nuestra mutua existencia y de fingir amar y ser quien no somos.

Sarah Moon

Ananá en la ventana

Veo el resplandor nervioso de la vela sobre los azulejos blancos danzando en noventa grados. Se abre y se cierra como un abanico de luz y nácar.

Me sumerjo en el agua para no enloquecer ni escuchar tu voz y, sin embargo, escucho los latidos de mi corazón que se entrelazan con las contracciones rítmicas de todo tu cuerpo y resuenan en ondas hasta chocar con las paredes de fundición de la bañera esmaltada. Escucho una melodía al piano y el choque irritante de cristales: te acuerdas cuando flotabas con la espalda arqueada en el agua?

Cierro los ojos, pero siento tu espíritu merodeando a mi alrededor como polillas alocadas que espanto desesperada con las manos. Ahí están, duelen las vibraciones de sus alas en mis oídos, son como agujas metálicas aladas de pintitas negras, grises y plateadas. Se posan por todos lados, sobre los azulejos, sobre la espuma, sobre el ananá en el alféizar de la ventana, sobre mis labios, sobre mis trenzas, sobre mi frente, sobre mis manos. Algunas flotan muertas en el agua enjabonada y esencia de lavanda y otras se rehusan a ahogarse entre las burbujas y los filamentos de las ondas casi caligráficas.

Una gota insistente de agua helada cae casi tóxica sobre mi rodilla cada cuarenta y cinco segundos y marca el ritmo de los cortes que hacen las polillas en mi piel. Vienen atraídas por el ananá y por la poción de mi sangre envenenada de ira, desilusión y desesperanza.

Veo el borde incandescente de la vela y paso mi dedo índice por la cera gelatinosa e hirviente. No siento ni el calor, ni el dolor, ni el ardor ensordecedor de tu ausencia.

Veo las gotas de sangre que caen por los bordes de la bañera y se disuelven en la bioluminiscencia acelerada del agua como medusas flageladas, perversas y rosadas.

Cierro los ojos, y veo tus ojos y el ananá en el alféizar de la ventana.

Sarah Moon

Mi pequeño saltamontes

Gante, 16 de octubre

Mi pequeño saltamontes,

No te escondas. Se que estás ahí, jugando a la novia detrás de la cortina de encaje blanco marfil.

Te siento, nostálgica, y a la vez, tan llena de sueños y de vida.

Reconozco tu silueta quieta en sombras, delimito, como boceto de hilos de tiza pastel, los bordes de tu vestido, las superposiciones y pliegues del velo hecho de tela de cortina y encaje, tus manos, tocando el cielo y los pistilos de las flores de los naranjos.

Veo la falda vaporosa, metros y metros de encaje intuitivo y alborotado y sostenido por cintas entre tus manos. Cierro los ojos, y distingo tus pies descalzos, bien definidos en el piso soleado y de baldosas de riqueza infinita, libertad y abundancia junto a la ventana que da al sur y al cielo despejado del patio.

No te escondas, sólo quiero hablar un momento contigo. Necesito que leas esta carta.

Te siento, silenciosa, y a la vez, los murmullos de tu voz de primavera y de tu alma me contagian y regocijan, como salmos bíblicos y repetitivos, sigilosos que me acompañan.

Extraño la diadema de alambre un poco oxidado y flores de azahar, el tul de tus delirios secretos de doncella medieval, tu risa pura y transparente, el esmalte nacarado de tus uñas de niña, digna de fe, de logros, de un gran amor y buena suerte.

Mi pequeño saltamontes, dame la mano. No me dejes ir.

Me escondo, tras los manuscritos y la cortina de encaje, tan vacía, tan falta de sueños. Ella me quitó la vida y me ha hecho su esclava.

Se me hace más fácil recordarte que reconocer mi propia silueta, mis propios márgenes, como trazos sobre papel frágil y arrugado donde prendo con alfileres muestras de bordados plateados y dorados deslavados que se van de a poco deshilvanando, pliegues de encaje odioso y manchado, botones de nacar y capullos de cera silenciosos y casi olvidados.   

Mi falda cae, deslucida, ceremoniosa y arisca sobre el piso frío y húmedo entre huesos, escarabajos rojos muertos y las hojas agrestes y amarillentas de los álamos. Metros y metros de raíces y ramas me sostienen en medio de cientos de manos insistentes que como fantasmas, suben por mis tobillos desvestidos.

Me escondo y, en lágrimas, tomo las ramas para azotar mis piernas y espantar a los malos espíritus.

Tengo la convicción de que mi voz no se escucha ya en el silencio de las reflexiones de los Campos Elíseos, al pie del álamo blanco donde moran las almas de los muertos.

Me escondo para que no me veas llorar. Ella no sólo me quitó la vida, me ha destrozado el corazón. Se ha llevado el velo de novia, la pureza de nuestro amor, la inocencia de los pergaminos y de mis palabras, la fidelidad de la promesa de amor eterno y los capullos de azahar.

Me escondo, me asfixio con viscosa, glicerina y celofán para enceguecer sus ojos, para no coincidir en el altar, para no escuchar su nombre, para no percibir el perfume de sus manos entre los remilletes de flores, hojas y semillas de azahar.

Me escondo, ahogo mis manos en baño de ácidos, en la trascendencia de sus motivos y misterios, entre las aureolas otoñales de los dos cisnes blancos en el lago, entre las algas que se vislumbran entre sus picos y las hojas amarillentas de los álamos.

Me escondo detrás del tronco del álamo, pero coronaré mi frente de saltamontes blancos, para que sostengan como horquillas místicas mis cabellos de porcelana, para que llenen mis días de buenos presagios y para volver a escucharte, niña, jugando a la novia detrás de la cortina de encaje blanco marfil.

Me escondo entre las columnas del templo, pero doblaré en cuatro esta epístola sagrada, la pondré en un sobre iluminado con hojas doradas de acanto y la sellaré de cintas nobles de seda y lacre de goma laca, trementina, resina, tiza y bermellón y echaré la carta al buzón en el centro de la ciudad para que sea enviada a la persona a la cual está destinada.

Mi pequeño saltamontes, no me abandones. Todavía quiero tocar el cielo con las manos.

Sarah Moon 2012

Tempo

36 horas

Cuándo empiezan y terminan treinta y seis horas de vida?

Es ahí, en el momento de la repetición de adornos improvisados en medio de la variación de la melodía, de marcas matemáticas, de signos y fórmulas convencionales creadas para sostener las notas del clavicémbalo en la soledad acústica de tu habitación?

Es ahí, en ese momento que lees el último título impreso en la partitura puesta frente a ti?

O esos 36 segundos melódicos y a la vez mecánicos y necesarios para enfrentar la intensidad de los miedos a la muerte?

Es ahí, en la exclamación y entonación de tus palabras o de mis notas musicales desacompasadas?

Es una notación, una revelación o sólo una interpretación ambigua que no estoy obligada a leer?

36 notas armónicas como propagación de ondas sonoras en la superficie del agua cuando se deja caer una piedra en el lago?

Es quizás ahí – me pregunto-, en el momento metronómico que pierdas los recuerdos en la alternancia del trino sostenido como la pérdida del rumbo durante el vuelo de las golondrinas?

O es tu aliento desapareciendo en tus 36 suspiros y emergiendo en la sinfonía de un nuevo lugar en el infinito?

Es la ondulación del arpegio negro que cruza mi pentagrama o el punto de tu despertar al otro lado del puente de Monet?

36 sonidos de pasajes rápidos en el piano mientras deslizo mis dedos en la sucesión de notas de un glissando o el signo de silencio constante y eterno sobre la tercera línea fina y litúrgica de un himno?

Es el ir y venir 36 veces de izquierda a derecha y de derecha a izquierda de la aguja de mi metrónomo, el tic tac arbitrario del reloj sobre el piano o el galope arrítmico y de intervalos diatónicos de tu corazón?

Es ahí, en el momento de la disonancia de tu alma, donde se detiene la armonía de la cajita de música, el retardo inperceptible de la vida, de tus sueños, o la última mancha de tinta negra que dejas caer en la palabra sin terminar, imposible de leer al final de tu carta?

No lo se, quizás es el latente aleteo de la ansiedad de tu respirar.

Sí, es ahí, lo se, el movimiento, el aire, la velocidad de las pulsaciones por minuto que creo yo misma en la ascendencia cromática de las notas de la partitura que toqueteo sólo 36 segundos agitados al piano y que tiene lugar en la parte o tiempo débil del compás.

Es ahí, lo se, en la exactitud del tempo donde te vas.

Sarah Moon 2011

Lux in tenebris

Tan cerca, a la vez tan lejos.

Ojos semicerrados.

Parpadeos que dejaron hace noches de ser continuos y acompasados.

La luz, consumiéndose lentamente en la muerte lenta y una aureola blanca en el iris de sus ojos.

Sus ojos grises semiabiertos, su respiración entrecortada.

Sus ojos cerrados, su corazón acelerado.  

Sus ojos abiertos y el resplandor fugaz de la luz que perciben sus pupilas dilatadas por la morfina.

Sus ojos otra vez cerrados y el apretón de manos que le doy, testigo de los ahogos de su voz intentando decirme algo sin siquiera ser una conjunción de palabras ni vocales en el horizonte del alba.

Sus ojos, semicerrados. Su pulso es constante y apaciguado.

Los huesos dolientes y sobresaltados de su clavícula se estremecen en cada suspiro, como en sueños enfurecidos que espanto con mi solemne desacuerdo, padre nuestro y obstinadas plegarias. Sus costillas ligeras y quebradizas se inquietan en las abatidas bocanadas de aire intentando alcanzar sus pulmones cansados. Su piel casi transparente se tensa de un brillo inusual como de telaraña con la luz que entra por la ventana. Todo se va desacelerando en la arritmia del tiempo que parece detenerse en la persistencia de millones de segundos.

Sus ojos, semiabiertos, como enceguecidos por la insistente luz de una vela que muere lentamente.

Remembranzas y esperanzas tan cercanas, a la vez tan lejanas se tejen y destejen en el ascenso lento e insesante de la morfina, entre la tensión del cuello y la incongruencia de sus huesos finos apuntalando su garganta, el vaivén rítmico de su tráquea y los abismos de su mandíbula hasta la maraña de sus venas azules, sutiles y sinuosas en las profundidades de sus sienes inmaculadas y desanimadas.

Sus últimos suspiros atraen, cómplices y casi titánicos, las tinieblas inoportunas que la desvelan en esa batalla vehemente e indecisa entre la vida y la muerte.

Invoco la luz, gestiono una conciliación con las hadas y hago un pacto con todos los dioses para que coronen su aura. Una procesión de diminutas libélulas anuncia la llegada de las hadas y aletea en la piel perfumada de su cuello, entre espirales de humo de incienso y palo santo.

Sus ojos, semiabiertos, sus pupilas, dilatadas por la dichosa morfina.

Sus gemidos sumergidos en la superficie suspendida en el aire crean una imagen en mi mente de agua, de incienso, de espíritus y de ángeles en medio de la noche de luna llena y de hadas, meciéndola hasta alcanzar el paraíso, su lugar de destino.

Sus ojos, semicerrados y moribundos. Y una pequeña grieta lúcida todavía que dejará paso en medio de esta noche de luna llena a las tinieblas.

Invoco la luz y en medio de un concierto repentino de arpas, le devuelvo las ramas y semillas de lino, esas que entretejen hasta hoy nuestras historias y almas, tan lejos, y a la vez tan cerca, y las acomodo en los caprichos de sus manos de marfil y sus dedos tensos, fríos y de huesos finos.

Sus ojos, ya casi cerrados.

Las semillas de lino, por suerte, entre sus manos.

Le Scarebe, Sarah Moon 2002

Un centavo por tus pensamientos

Una gitana había pronosticado su partida a países lejanos, sosteniendo la palma de su mano en el rosedal de Buenos Aires hacía un poco más de veinte años.

Se perfectamente que no conoces los nombres de los capullos de las rosas ni el color de los cielos estivales de Buenos Aires. Eso ya no tiene importancia.

Ella conocía el rosedal como la palma de su mano.

Las rosas estaban suspendidas en el aire perfumado y pesado de una continua persecusión del sol de cada tarde. Las había de todas especies y variedades: deslucidas y de pétalos casi transparentes, casi desvanecidas, sofocadas, heridas, a punto de desplomarse por el suelo, otras, pasionales, de tallos magníficos e inalcanzables, unas cuantas, imperiales, solitarias y errantes, que daban fe de los besos que recibían cada dos por tres de los pasantes, y algunas, gráciles y aniñadas, aturdidas como rococós en colmenas, melosas, aduladoras, que daban su consentimiento de ser cortadas a escondidas por uno que otro astuto visitante para ser entregadas en ramilletes a las adoradas amantes.

Todavía podía revivir la aspereza de las manos ajadas de aquella gitana que había aparecido así, como de la nada, de entre la desinteresada espontaneidad de las rosas y el desánimo de su descanso pensativo bajo la pérgola de madera blanca. Podía oler en la lejanía el triunfo del perfume de la arrogante gitana, cuyo aroma a flores fragantes y jazmines rancios se mezclaba con nardos alcanforados, resinas y bálsamos desolados y atalcados.

Los huesos de sus brazos tostados se sostenían en infinitas esclavas doradas que terminaban escondiéndose entre el bullicio de los vuelos de sus mangas anchas. Las perlas baratas azules y rojas de sus collares combinaban a la perfección con los floreados llamativos de la falda de rosas y los deshilachados y enredados flecos sintéticos del chal que anudaba en su cadera y nunca amenazaba con desatarse, renunciar a las curvas de la gitana y caer a sus pies entre la supremacía de los pétalos moribundos y marchitos.

La recordaba descalza, con los pies empolvados y sucios de tierra seca y en escamas, quizás aquí y allá, sus dedos ensangrentados por las espinas de las rosas que podaban los jardineros cada mañana, caídas entre el rocío de la hierba descolorida y no tan cuidada.

La ofrenda de sus ojos marrones profundos rozaron su alma con inusitada lucidez y a la vez, eterna sutilidad. Sus ojos estaban enmarcados por una línea gruesa de carbonilla negra desalineada, desprolija y enigmática que terminaba en pequeñas arrugas en su piel maltratada por el sol incesante de verano porteño al que seguramente estaba malacostumbrada.

Su visita esa tarde era y siempre lo sería, inevitable. Que no se hable aquí de coincidencias.

Cómo poder renunciar a la insistencia de sus ojos, al chantaje hábil de sus palabras, si yo pagaría un centavo y ella leería mis pensamientos, mis líneas de vida, las líneas de mi destino y de mi corazón.

La gitana se sentó a su lado altiva, ella, siempre desconfiada, y le dijo: – Sólo dame tu mano.

La línea del corazón era aquella que comenzaba en el lado izquierdo de su mano y se curvaba hacia arriba en búsqueda del dedo índice. Aparentemente, la gitana le anunciaría que era presagio de incontadas frustraciones en un futuro no inmediato. Que podía leer que era alguien idealista, con inagotables sueños, que contaba con gran éxito, con una marcada tendencia al romanticismo.

Claro, quién podía dudarlo, si adoraba el romanticismo de las rosas de aquel jardín tanto como aquellas de las fotografías de Nick Knight o aquellas del castillo donde viviría un día su amada.

Nunca voy a olvidar los pétalos de nuestro primer encuentro. Son como imágenes fotográficas cosidas en las interminables batallas de mi alma. Hay momentos tan desesperados estos últimos días que cruzo la línea fina, que me aproximo a ti a tientas, en diapositivas de sueños tan tiránicos, que podría herir tu refinada piel con decisiones y espinas, sentir el valor para hacer un hueco con mi dedo índice entre tus suspiros, pulmones y costillas y arrancarte el corazón adormecido e imperdonable y encontrar el coraje para envolverlo con los pétalos de aquellas rosas para sólo hacer revivir todo otra vez hasta el hartazgo.

Qué es todo, te preguntarás.

Instantes como ese, en la valentía de vernos otra vez al borde del lago, entre el aliento de los cisnes y cielos primaverales casi de verano, cerca del ímpetu de la playa y de esa noche de algas chispas de mar que nunca llegaríamos a ver, del primer roce de tu piel pálida, de tu mano trémula sosteniendo el frasco de vidrio, la apología de los pétalos de rosas y el perfume indefenso ahí dentro del frasco, aletargado e inesperado, y a la vez tan mágico.

Hagamos un intercambio. Un centavo por tus pensamientos en este preciso momento, por los pétalos y por el roce de tus manos.

Sarah Moon

La manzana de la discordia

Una de las seis icónicas Cariátides dominaba la ciudad helénica de Atenas en lo alto de la Acrópolis.

Elena se arrodillaría allí, en las paganas y frías escaleras, cegando sus ojos con la palma de la mano izquierda y sosteniendo la antorcha en su mano derecha, ante la belleza y gracia de estas mujeres de dos metros veintisiete de altura, vestidas de peplos lujosamente plisados en mármol pentélico a pedir el perdón en el altar de los dioses.

De perfil griego y un aura mística, cuello pulido y esbelto y labios carnosos y bien delineados, Elena sabía que su nombre honraba el resplandor y poder de aquellas civilizaciones griegas, la divinidad y carisma deslumbrante de los dioses olímpicos, la blancura inmaculada y uniforme de las antiguas esculturas de mármol de aquellos templos, de ligero matiz que les conferían un brillo dorado a la luz del sol.

Nadie podía negar su belleza divina, ni siquiera los habitantes de Troya. Se decía que era la envidia de las mismas diosas. Según la mitología, era considerada la mujer más bella del universo o, al menos, entre los mortales que visitaban el luminoso Monte Olimpo.

Nadie podía negar que su corazón no se podía ganar con regalos, ni halagos, ni chucherías tontas de ese estilo. Para conquistarla hacían falta la manzana dorada de la discordia y batallas por tierras sagradas, colosales pasiones y factuosas seducciones, tesoros y diademas de laureles de oro, muros y fortificaciones en ruinas, épicas leyendas, profesías y ciclópicas guerras que serían más tarde narradas por Homero, Virgilio, Eurípides y Ovidio.

Nadie podía negar su personalidad vigorosa, su capacidad clamorosa para resolver situaciones complejas y dolorosas a pesar de su emocionalidad, su actuar de manera medida y moderada, sin perder su infinita paz interior para ser luego, por decisión de los dioses, premiada con honores o castigada con venganzas.

Nadie podía negar su poderío y temple de acero, su luz de faro propia en medio del mar Negro, su desenvoltura para enfrentarse a los desafíos de la vida y su fascinante destreza para alcanzar sus metas, por inalcanzables que sean; pero todos estaban de acuerdo en atribuirle la causa de todos los males, calamidades, titánicas tragedias y desgracias que habían acontecido a la ciudad troyana.

Nadie podía negar la icónica popularidad y controversia de su nombre desde los albores de la humanidad.

Elena – ἑλένη – era aquella niña no nacida todavía, futura primogénita de tres nacionalidades  – argentina, alemana, belga – mujer luz, nieta y tataranieta de campesinos alemanes, heredera de éxodos y abandono de tierras que brillaba en lo alto del mástil de un barco inmerso en una tormenta eléctrica durante las emigraciones europeas a Latinoamérica. Idealista, perfeccionista, exigente consigo misma. Nunca perdía de vista la plétora de rivalidad que presentaba el reto de las olas del Atlántico o la misma furia de la diosa Eris, algo que alcanzaba con asombroso virtuosismo. Así su nombre tenía para ella una significación superior a cualquier nombre de algún santo o mártir.

Pero por alguna extraña razón, el esplendor de su nombre en registros de escribanos y notarios desaparecería desde el mismo día de su bautismo, si es que alguna vez llegó a existir.

Porque siempre la llamaron Leni, diminutivo de Elena, de origen alemán. Desde niña presentía que la excusa de la llamada tía Leni a la cual se debía su nombre, no era cierta.

Su nombre la ataba a todos los tabúes y la deshonra de una cierta ideología política temida y mal vista, a lejanos puertos, a vibrantes campanas de victoria, al destino de tierras prometidas, al honor y gloria de la juventud del nuevo mundo.  

Ella sabía que de alguna manera su nombre estaría siempre vinculado a la eternidad, la prosperidad y la esperanza y de otra manera, al moderno alumbrado eléctrico, a las emisiones de radio, al poder de la imagen, la iconografía del nacionalsocialismo y la propaganda de Olympia durante el interbellum del siglo XX.

Voces del pasado incierto gritaban al unísono aquel día de su temprana niñez que descubría el rostro de esa mujer en la tapa de una revista alemana en la biblioteca de su casa.

Mujer de ojos profundos, de mirada inalcanzable, de fuego enardecedor. Pasó su mano por la inocencia del polvo de la portada de impresión dorada de la revista. La curiosidad al leer el nombre en letras imprentas mayúsculas fue como un gran apretón de manos para ella: LENI RIEFENSTAHL.

No podía negar que había encontrado la verdad de la connotación de su nombre en aquel reportaje de la famosa fotógrafa alemana que hasta ese momento de sus ocho años desconocía.

No podía negar que estaba fascinada con la desnudez del cuerpo de los atletas, las cabezas de mármol, el resplandor del Partenón en Atenas, la perfección de proporciones, los prodigios físicos de los gimnastas, la ensoñación de cuellos esbeltos, el contraluz de los perfiles griegos, la búsqueda de la pureza racial.

La antorcha, las promesas, las escaleras al cielo, las medallas de oro, el encender de la llama olímpica, las luces de faros, los himnos del pueblo, la corona de laureles y el triunfo de la voluntad.

No podía negar que el brillo del sol en las fotografías celebraba su presencia sobre el relevo de la antorcha, el repicar de la llama olímpica, la liberación de palomas en el aire, las líneas concéntricas de tiza blanca de los pisos de arenas y maratones, los saltos en largo, los triples saltos, los saltos en altura, los saltos con pértiga y los lanzamientos de discos de 47.75 – 49.36 – 50.48 metros de distancia.

No podía negar que esos segundos al pasar su mirada por las páginas de la revista se habían transformado en la bienvenida de postguerra a sus antepasados al puerto de Buenos Aires, al izar de banderas de las cincuenta y un naciones reunidas ese día en Berlín, la sincronicidad de la marcha militar, la unión de la fuerza, los fervientes aplausos del público, la proclamación de los juegos olímpicos de 1936, la revolución en el lenguaje estético del documental y la controversia de la fotografía de la visionaria Leni Riefenstahl. Obsesiva, perfeccionista, incansable. Todo le brindaba de repente una visión histórica nueva a su familia, a su historia, a su nombre.

Acaso estaba poseído su nombre por los poderes maliciosos y crueles de la diosa Eris, aquella que fomentaba la guerra y malvadas batallas entre los mortales y las divinidades helénicas? Acaso había arrojado Eris la manzana de la discordia durante la cena sobre la mesa de su familia, maldiciéndola como Leni o Elena a llevar el peso escalofriante del pasado y el legado del hambre, del olvido, del dolor, de las disputas, de las batallas, de las matanzas, de la destreza militar, de las masacres, de los crímenes, de los odios, de las mentiras de civilizaciones griegas y el nefasto poderío alemán que había separado a su familia?

Elena se arrodillaría allí, en las escaleras, entre las Cariátides de Atenas, si pudiera, con la antorcha en su mano derecha, con toda la intención de sostener el mito sobre el misterio que rodeaba su nombre, su origen, su mirada, sus palabras y de ocultar la manzana dorada y de pedir el perdón de los dioses en el altar de la Acrópolis griega.

La Lien (Hommage à Fortuny) Sarah Moon