“Te veo languidecer sobre la silla, ya casi sin aliento y me desesperas”, me repetía.
Tumbada de espaldas en el piso, sobre los listones de madera reseca, ella extendía los brazos hacia los rayos de sol que entraban por la ventana del castillo, cerraba el ojo izquierdo, después, el derecho. Otra vez, el izquierdo, y nuevamente, el derecho. Algunos rayos se desdibujaban. Contaba los errores y aciertos con los rayos entre los dedos de las manos.
“No es un juego de azar.” le explicaba yo. “Es el compromiso conmigo misma, envuelto en cintas de terciopelo, en medio de una cajita, como una alianza que se pone en el dedo anular, conectado directamente con el corazón según decían los romanos. Es el sueño de llegar a ser aquella mujer que hasta hoy no fui.”
Veía a la distancia desnudar sus sombras y su silueta de veinte años sobre la pared y podía delinearlas de negro. Hasta podía subrayar la melancolía de las palabras y las promesas no cumplidas que ella pensaba.
“Se trata de volver a intentar. Se trata de ver las estrellas, las constelaciones y los rayos de sol desde donde sea.”, me intentaba convencer mientras parecía jugar y flotar en el piso como yo en el agua cuando era niña.
“Ah, y es cierto que en el hemisferio norte, el recorrido del sol en el cielo es al revés”, me seguía explicando. “Sale también por el horizonte del Este, por supuesto. Pero viaja por el lado sur del cielo. Podemos sortear todo eso. Podemos tomar otras decisiones. Todavía podemos ver el sol viajar por el lado norte del cielo.”, me dijo con un guiño del ojo izquierdo.
Me quedé pensativa.
En el horizonte imaginario que define la línea del océano Atlántico, el Sol Boreal y el cielo del hemisferio norte, veía de repente rodar la moneda de oro que ella había decidido arrojar al aire.
“¿Cara o cruz?”, me preguntó sin dudar y con picardía en los ojos.
“¿Te volviste loca?”, le grité desesperada. “¿Echar a la suerte mi vida?”
Cree que todo esto es para mi un pasatiempo, pensaba eludiendo su pregunta.
Fue un pensamiento fugaz, pero entramos en pánico, nos volvimos las dos transparentes y frágiles como papel de seda. Me tomó la mano, cerramos los ojos y nos dejamos escapar juntas, saltamos desde la torre del castillo y seguimos el vuelo de los pájaros hacia el Sur.
Llegamos al perfume de las madreselvas enredadas en la pérgola blanca de madera. Bajamos los escalones de azulejos esmaltados, un poco desgastados con el tiempo, de colores azules brillantes, rosas y naranjas. Nos detuvimos a soñar con las escenas de cada escalón. Las mayólicas de tradición musulmana se mezclaban con imágenes de damas antiguas porteñas, sevillanas y alfareros andaluces, y el barro, el fuego y el trabajo de unas manos modelando y pintando cada pieza. El sol del mediodía viajando por el lado norte del cielo hacía que se iluminaran más sus cantos, sus relieves y su esmalte. El agua de la fuente repicaba en los mozaicos sin cesar y salpicaba apenas las plumas de las palomas que llegaban con sed como nosotras. Los naranjos que rodeaban la fuente de patrones geométricos estaban en flor. Nos recostamos en los bancos decorados con escenas mitológicas y estrellas azules y blancas. Dos niñas de zapatitos de charol, moños y cintas corrían por el Patio Andaluz por primera vez. Podíamos escuchar el golpetear de los taquitos en las losetas cerámicas ornamentadas. De pronto, se detuvieron frente a la fuente, tomaron dos monedas y pidieron un deseo cada una.
Ella tenía razón, sólo anhelaba que nos quedáramos dormidas juntas en el borde dorado de la siesta.
Lo deseaba con todo el alma. Ahora mismo. Antes de que cayera al piso la moneda. Pero se suponía que esta aventura no debería tener este final.
Al mismo tiempo, no podía descartar el no esperarte, ni buscarte, ni tenerte paciencia. Ni rezar para volver a verte o rescatarte. Para despedirme. Pero no podía seguir viendo la vida pasar a través de los medallones de vidrio policromado de las ventanas medievales, lo que se había convertido en una espera eterna.
Me quedaré parada al pie de la escalera del castillo de piedra. Unos segundos más. Me encontrarás ahí, segura de volver a verte, frente a la realidad. Te abrazaré con fuerza, acunaré la fruta madura en mi delantal, me pondré el sombrero de ala ancha y seguiré el camino hasta la enredadera de la pérgola, pensaba.
Pero volví a insistir. ¿Qué significaba cara y qué significado tenía cruz para mi y para ella?
“Si vuelves a arrojar la moneda al aire, ¿cuál es la posibilidad de que la moneda caiga sobre su canto?”









