Arborētum

Caminaba con los ojos fijos en los pecíolos encerados de las camelias y sus hojas, reverdecidas, hoy sin flores, y podía escuchar el croar de las ranas, que se destacaba en el fondo, a lo lejos, entrecortado en el aire junto al zumbido de las abejas y mis sigilos.

Seducida, me dejé llevar por su llamado, y seguí, por esa razón, los senderos zigzagueantes del arboretum, adormecido como en un collage de verdes ramas y troncos, maleficios, hojas, recuerdos y pastos. Casi nada en flor, salvo las hortensias en la imprecisión de la sombra y mi indiferencia, y sin embargo, en todo su esplendor.

Sin pensar mucho, repetí a tientas nuestros pasos del mes de marzo, y me senté cerca de la fuente, para escuchar las disparatadas conversaciones de las ranas. Mientras inflaban sus mejillas, sus panzas y sus gargantas extendían la locura de sus voces y patas con extrema lozanía, quizquillosas, como enojadas con la vida, revueltas, unas sobre otras, malcontentas con mi presencia, y cantaban y saltaban entre los pimpollos y los rizomas de los nenúfares, sin decoro ni nada.

Las contemplaba. Las admiraba. Siempre pensé que no estoy hecha para la absurdidad. Me preguntaba cómo hacían para mantener el disparate de sus acrobacias y el frágil equilibrio sobre los nenúfares de cincuenta pétalos blancos y la superficie del agua. Desde la muerte de Ninfea, herido su pecho por la flecha de Cupido, dicen que las aguas que rodean los nenúfares son siempre tranquilas y calmas. En ese momento, lo caótico de las ondas se mezclaba con lo demencial de las ranas y la incoherencia de mis palabras, silenciadas.

No podía dejar de pensar en ella, en nuestro encuentro en el arboretum unos meses atrás, a principios de año. Mis manos estaban maldecidas sobre mi boca y ancladas en medio del lago, de las flores acuáticas, las promesas y las ranas.

—¿Encontraste lo que buscabas?—me pregunté en voz alta.

El mismo banco de madera, el mismo lago, el mismo cielo desafortunado. Los podía rozar con mis manos. Podía vernos, inánimes, emanando de las gotas de agua, con los brazos extendidos en el aire, en confianza, con las miradas fijas la una en la otra, como fantasmas, como nubes arremolinadas en las visiones de los recuerdos sobre las flores, como en un lienzo de ninfas ligeras y semitransparentes de rocío.   

Trazaba un círculo con mi dedo índice y con la mirada: los árboles de tilo, el borde del lago, los nenúfares, el cielo, el croar de las ranas, mi silencio, mi desobediencia, mi búsqueda y analizaba una y otra vez nuestras palabras, ahora casi inertes, que creí esa tarde de marzo, sinceras, inocentes, inmortalizadas. Palabras que exhalaban mi amor y todo mi convencimiento de que todo iba a estar bien entre nosotras. Que el verano sería para compartir, predestinado al éxito y a la eternidad.

Ahora, le pregunto al agua, a los nenúfares, a las ranas, a las bolitas aterciopeladas de los tilos que caen y tintinean a mi alrededor si Leah realmente me ha amado y si sus palabras estarán para siempre condenadas a deambular sólo en mi delirio, en las paradojas de mis sueños o en el tormento del olvido y el exilio.

Sarah Moon

El arca

Cargo el cisne moribundo y somnoliento sobre mis espaldas, su cuello acurrucado en mis hombros, encadenado a mi propio cuello, sus plumas formando parte de mi piel.

Reconozco su canto al atardecer, a medianoche cuando, desplomada en la cama, fatigadas mis alas, no puedo dormir, por miedo a perderme, cuando me invade el insomnio o la idea de no volver a querer despertar. Y entonces, deja que lo acaricie.

Ya lo mencionaba Ovidio en su Metamorfosis: Ella derramó sus palabras de dolor, en un mar de lágrimas, en tenues tonos, en armonía con la tristeza, así como el cisne canta una vez, mientras muere, su propio réquiem.

La maestría con la que Leah ha robado mis sueños, mi visión de futuro, mis deseos de amarla no tienen comparación con el oleaje, los remolinos o la ira del mar. Lo se.

Me levanto de la cama y siento la pesadez del pico del cisne, de su cuerpo como una extensión del mío. Es el dolor de la frustración, que me despluma. Observo mi piel, mis venas, mis piernas, mis manos, que han vivido tanto silencio este último tiempo y el enfrentamiento con tantas criaturas monstruosas.

En el principio existía sólo el caos, mole informe donde se mezclaban los elementos. No había sol ni luna ni aire ni tierra ni mar; sin esencia durable, todo estorbaba a todo, y luchaban mezclados lo frío y lo caliente, lo mojado y lo seco, lo grave y lo leve.

Es esa lucha interna que me domina, una batalla constante entre los dioses, la tierra, el aire y el cisne casi muerto, a mi lado, en mi cama, envuelto en sábanas blancas, que intento revivir.

Sólo veo y siento las desorbitadas nieblas, las nubes, los rayos y los vientos. Y la respiración pobre de mis pulmones y del cisne. Y a ella en el medio de la tormenta y sus sacramentos. Huyendo de mi, y de los polos boreal y austral. No me dejo llevar ni por leyes ni jueces, ni castigo ni temor. Me quito mis prendas aladas para poder dormir desnuda. Pero la sigo culpando por quitarme con engaño y violencia aquello más preciado para mi. El sueño. La compasión. La ilusión hoy fulminada de que el cisne nos unía, al igual que el amor incondicional.

Ella ha sustituido las flores por las plumas del cisne. En la entrada de su vida, en los peldaños de su templo, en el portal de su universo. Lo ha dejado muy claro. Las ha puesto en un jarrón de cristal. Para que todos las admiren. A ella misma y al idilio de las plumas. No la culpo. Quizás yo también habría hecho lo mismo.

La ambición por el oro, la devoción y la vanidad han sido más grandes que lo íntimo del amor entre nosotras. Que el secreto del cisne. Ahora todos lo saben.

—Es un tema universal. —me dijo para calmarme. —El cisne no es sólo tuyo o mío.

Enfurecimiento. El cielo se ha tornado color gris metalizado. Neptuno ha golpeado la tierra con su tridente y la transformó en delirio y barro que pisamos con pies descalzos. La tormenta la ha dejado sola gritando en medio del bosque bajo la lluvia. Palabras amenazantes e hirientes. La miro de lejos. Mientras que de mi boca no sale ni una frase coherente desde aquel entonces que me subí al arca. Aunque intente tararear el canto del cisne cada vez que intento dormir. Enmudecida. Y al querer hablar, me dan miedo mis propios mugidos.

Ese jarrón de cristal encierra todos los misterios que ella oculta. Igual que sus poemas. De lo que es real y lo que no lo es. Tendría que haber tomado una pluma del jarrón y haberla guardado de recuerdo en el sobre negro que me ha enviado por correo. Sabe que no me gusta el negro. No se qué decir. He quedado muda. Ella tampoco dijo nada sobre la pluma en caja dorada que le regalé en aquel momento.

—¿Debería abrazarle el cuello y suplicarle el perdón?—me pregunto — O llorar el amor, darlo por perdido?

Sólo puedo suplicar a los dioses que el cisne muera, que desaparezca de mi lado. Que lo arrastre el diluvio. Que incineren sus huesos y sus plumas a través de mi médula y mi espalda. Que se destroce el cosmos y se abra el cielo en una espeluznante tormenta. Que mi cama se convierta en arca para todos los cisnes del universo y luego, canten en el vacío. Que las primaveras no sean eternas. Que se resquebraje con el oleaje el Olimpo. Que nadie reclame las promesas recibidas. Que las gotas de lluvia y sangre ya no manchen ni mis sábanas ni la memoria de aquello que pudo ser y no fue. Que no se filtren en las negras heridas. Ni aniden en mi garganta. Que la paloma no huya por la ventana y se estampe contra el vidrio, no sufra, no sangre y muera. Que yo ya no alabe sus dedos, sus manos, ni sus hombros. Que Cupido, para vengarse, tome la flecha de plomo, que la incruste en mi corazón para ahuyentar para siempre el amor. Que me convierta en árbol de laurel, igual que Dafne. Que haga con la flecha de oro lo que quiera. Igual que con la pluma del cisne. Con las palabras inconclusas. Y con la caja dorada. Y que yo vuelva a recuperar la confianza y la esperanza.

Neptuno sosiega los mares, y manda a Tritón que sople en su caracola para que haga retroceder las olas y los ríos. Obedece Tritón, y el sonido que produjo aplacó todas las ondas. El mar recupera sus costas, y su cauce los ríos y van descubriéndose las tierras, hasta que, después de un día, se ven las selvas cubiertas de limo, y el mundo es restituido.

Alarias oceánicas

Las granadas están servidas en la fuente de cerámica de Delft azul y blanco de estaño sobre el mantel de seda muaré.

Así me siento en esta realidad diaria de mi living, como salida de un baño de inmersión de estaño y plomo, a la que agregaron arena, sal y agua. Leah pudo ver y lamer mis venas azules cruzando mi pecho, boquiabierta, antes de que se petrificara mi piel y mi silencio.

—¿Qué es el silencio?—me pregunto imaginándonos sumergidas en el fondo el océano, navegando en el Nautilus, bajo la densa espuma, entre plantas marinas desprovistas de raíces. Ella no sabe lo que es el silencio ni la compasión en momentos de vulnerabilidad.

No fue para ella aparentemente un momento de deleite. Al contrario. O por lo menos, así lo dejó saber.

—¿Es la primera vez que me ves desnuda? Creo que no…— le dije asombrada y sombría.

De lejos, todos los que me conocen un poco podrían decir que sigo brillando en el umbroso abismo después de ese momento seguido de rotundo silencio. Viva este silencio de existencia prodigiosa, infinita y sobrenatural.

Pero ese esmalte blanco que dejo ver es tan frágil y quebradizo que ya no oculta bajo la superfiicie las grietas, sutilidades y burbujas de palabras y maltrato.

Las alarias oceánicas pueden llegar a medir dos metros de largo. Su nervadura central es ondulada como los cabellos de Leah en el agua. Sus cabellos se terminaron enredando entre mis pensamientos, las mentiras y mis venas. Sus palabras fueron expuestas al oleaje, se confundieron en mi interior y se fijaron a las rocas justo por debajo de la línea de baja marea del borde de la bañera. 

Después de días y noches de navegar sumergida en silencios, ya nada era visible y me hice inmóvil. Hasta que me desplomé al borde de la mesa del living, y sólo alcancé a tirar de una esquina del mantel de muaré. Pude ver con ojos entrecerrados la fuente y las granadas quebradas y esparcidas por el piso.

—¿Son las granadas también de cerámica ? — me pregunto, y hago una señal de alto al sumergirme entre la espuma, los misterios y las alarias, y los peces con escamas plateadas, como cuenta el capitán de Julio Verne.

Se que se necesitarán muchas cuerdas y cadenas para rescatarme, la veintena de marineros del submarino y muchas redes de barredera. Mucha fuerza, porque después de su mirada y sus palabras quedé anclada en el fondo, entre grava, cumbres rocosas, anémonas de mar, sepultada bajo caparazones de moluscos, que podrían contarse por millones, y corales y cangrejos de costra calcárea que hicieron nido en mi piel.

Me desperté extenuada, observé el océano, cuando el capitán Nemo, volviéndose hacia mí, me dijo sin preámbulo alguno:

—Mire el océano, señor profesor. ¿No está dotado de una vida real? ¿No tiene sus ataques de cólera y sus accesos de ternura? 

—¿Qué es la realidad, capitán? — le pregunté con el corazón palpitante.

Así como el capitán describía el pulso, las arterias y los espasmos del océano, así era como Leah parecía descubrir aquel día que la circulación de mi sangre era tan real como si la viera por primera vez.

—Sí, yo también soy humana y tengo sangre en las venas.— le dije.

Y el capitán siguió diciéndome:

—Señor Aronnax, ¿sabe usted cuál es la profundidad del océano?

Y no, como el señor Aronnax tampoco lo se con exactitud, pero sí se que en la profundidad en la que estoy encarcelada hay peces de aletas azuladas y la cola de oro, igual que el color de mis venas en la bañera y el silencio de esta realidad diaria que intento navegar, aunque me cueste veinte mil leguas de viaje submarino volver a despertar.

Sarah Moon

La cajita negra

El 10 de abril del 2011 cuando salí a la calle esa mañana me encontré con una cajita negra alargada frente a la puerta que contenía un lápiz sin usar y una nota. Dudé mucho si era dirigida a mi. No supe si tomar la caja en mis manos. Pero una fuerza compulsiva, ciega y fatal había marcado mi destino. Tomé el lápiz, el que decidí en ese instante que era mío y que ha dejado una línea en las páginas de mi existencia. Tomé la nota y la leí: Todo comienza con un lápiz y un sueño.

Ayer me preguntaron por qué escribo.

Cuando recordé ese momento, pensé en las tres Moiras, las hilanderas. En el amor, la profesión y la muerte. Siempre pensé que sería un hilo dorado el que iría tejiendo mi vida. O un lápiz, sí, pero que dibujara líneas, casas, vestuarios, columnas arquitectónicas, telones o perspectivas. Aparentemente, según la psicología, la preferencia personal hacia una determinada actividad profesional, está anclada en el dinamismo hereditario del inconsciente familiar. No se si estoy tan segura de eso.

Escribo para no morir en el intento por entender la vida, el amor, la desilusión, la furia.

Para poder tachar lo que ya no funciona, lo que no corresponde, lo que no se respeta. Y poder reemplazarlo por otras palabras, por otros mitos, por otros recuerdos. Para poder buscar sinónimos más apropiados, más límpidos, más bellos, más suaves y más legítimos.

Para lograr el entendimiento de algunos sortilegios, la cercanía y el significado de unos pocos malententidos. Para sentir el roce del papel entre mis dedos, para poder dejar secar mis lágrimas entre las páginas, para generar una laguna de tinta donde poder ahogar mis tragedias y nadar en mis propios sentimientos y delirios.

Para convencerme a mi misma que el universo es eterno, intangible e infinito y que el amor también lo es, aunque no lo parezca en este preciso momento. Para poder imaginar que todo este dolor que me envenena va a pasar algún día, que se disolverá a través de las letras. Que el esfuerzo por agacharme, tomar la cajita, abrirla, sostener el lápiz no fue en vano, sino para defender mis argumentos frente a todo este infierno.

Y entonces aquella mujer, que ni siquiera recuerdo el nombre, sentada a mi lado, me interrumpe y me pregunta:

—¿Cuál es tu fecha de nacimiento?

Le presto el lápiz, escribe la fecha y suma los números. Me dice que soy un 3, que soy muy empática, que soy artista, y un pilar importante detrás de escena. Y suspira.

La miro sorprendida. Tomo un sorbo de té de rosas muy dulce, con un terrón completo de azúcar, y así mismo, sigo sintiendo un sabor amargo sobre la lengua.

Y la mujer me mira y sigue con sus revelaciones:

—Pero nunca te sentarás en la primera fila.

Me pregunto qué sabe ella de mi que yo no sepa. Pero al mismo tiempo, me siento consolada por sus palabras y la pureza de su mirada, que intenta encontrar respuestas en mi boca que no le doy. Que le pregunte a las Moiras, pienso.

Apelo a ti, destino, que todavía vives tímidamente en mi. Que vibras apenas entre el reflejo de las sombras en las paredes, entre los pétalos de magnolias de papel blanco sobre la mesa donde fijo la vista, el pedacito de nubes que veo por la estrecha ventana y el lápiz negro que sostengo entre mis dedos.

Escribo para no dejar ninguna imperfección ni secreto en el tintero, para no garabatear con el lápiz en el margen y para recordarme con cada parpadear que no estoy loca. Para dejarme seducir por las Moiras y sentarme a su lado, al borde del abismo. Para escucharlas tejer y deslizarme en el tiempo, sabiendo que es un laberinto finito. Para vencer a todos los monstruos que no son más que metáforas de todos los miedos y desconsuelos. Para darle cabida a la culpabilidad, a lo contradictorio, lo trágico y lo caótico. Para recordar la necesidad que tenemos de deshilar las historias tal como fueron contadas previamente y volver a tejer otra. Para sostener ilusoriamente en mis manos los tres polos de la temporalidad de mi existencia: pasado, presente y futuro. Para hacer visibles mis derrotas y mis triunfos. Para dejar de disimular ante todos y no dejar escapar el ir y venir de sueños, deseos y frustraciones, para que sean míos y sólo míos. Y de nadie más. Igual que el lápiz y la cajita negra.

Quo vadis 

Casi un año sin verla, de quietud, de pensamientos obsesivos, de deseos de rozar su piel, de escuchar el ronroneo de su voz, de desilusión, de evitar sus palabras precisas, sus sortilegios y sus incertidumbres. Ocho de copas. Miedo a perderla. Miedo al cambio, a saltar al vacío.

Entre exhalaciones e inhalaciones pienso en ella. Inhalo de humo blanco de la compasión y exhalo el humo negro de lo sombrío de mis proverbios y la claustrofobia.

—No tires las cartas.

Casi un año de intentar leer las cartas del pasado, del presente y del futuro. De caminar como vagabunda por los pasillos clandestinos de la casa y preguntarme a mi misma: ¿A dónde vas?

—No me escribas más.

Cuántas veces me acerco al papel para escribirle, y el lápiz queda suspendido, como en una pausa, en el aire. En un impulso. En una sentencia. En un sonido. En la penumbra. Voy y vengo hacia ella y desde ella arrastrada por los escalofríos, la censura y las entrelíneas descuidadas de mi corazón. Y el color sepia.

—No vuelvas.

Me resisto a que vuelva. O yo volver a ella. A la acumulación lenta, fracturada de ideas y de críticas. Al desmayo y la ruina. Me aferro a los himnos que se repiten en mi cabeza como mantras: no corras, no huyas, no te escondas. Y sin esperarlo, una serpiente, un árbol, un nido y alas.

—No vengas.

Y finalmente está parada en mi puerta, donde se confiesa, y acostada a mi lado en la cama, donde me abraza y me acaricia. Me siento de repente respaldada, completa, y a la vez lúcida y exhausta. Quiero quedarme un tiempo más en ese hueco en la base de su cuello. Lamer las grietas que se abren en las paredes de la torre de su castillo.

—No te vayas.

Casi un año de intentos por cerrar un ciclo, de darle fin al desasosiego de un corazón frío, cruel y deshecho en lágrimas. De elixires. De árnica de flores amarillas y helenalina tóxica para el dolor de amor. Y reina de espadas.

Y ahora esto. Comprometerme. Considerar las dos opciones. Dormir o despertar. Irme o quedarme. Creer en las palabras. Celebrar el reencuentro. Sin saber exactamente dónde vamos.

—No me desveles.

Me obligo a despertar, a salir del trance. Me pregunto si sus labios y este mundo se desvanecerán al amanecer, si se detendrán los rayos de sol que corren por las paredes y se transformarán en sombras. Si será uno de esos días donde hay habitaciones en las que no quiero entrar para no sentir su presencia. Escaleras de piedra. Esqueletos de murciélagos. Puertas secretas.

—No las abras.  

Me obligo a ser heroica, a pactar compromisos con ella y con la elocuencia de su alma, a amarrar el hilo dorado que nos ata, a señalar la llave que ella trae desde el fondo del lago.

—No me hables.

Me pregunto si nos atreveremos a levantar nuestras voces. Si erguirá el cuello y leerá en el yeso blanco lo mismo que yo. Sapientia. Victrix. Fortuna. Si descubrirá los mismos símbolos que veo yo. Una pera, un higo, una naranja, una granada, un alcaucil, una calabaza y, por supuesto, las polillas. Moños. Flores sin nombre. Hojas indefinidas. Cuernos de la abundancia. Una espada. Una corona y nudos del amor.

—No me confundas.

Tomar una decisión. Actuar según mis convicciones. Dos de espadas. Y la imposibilidad de tomar una decisión. Otra vez las cartas.

Las espadas me persiguen y me perturban. Igual que sus manos y las decisiones basadas en el corazón. Adormecimiento. Sincronía. Saint Catherine. Prender una vela a sus pies. Indecisión a flor de piel. Confiar en el amor y la serendipia de volver a encontrarla. En mi puerta, en mi cama. No sólo en el letargo de mis sueños y profecías.

Sarah Moon

Roses

No hay nada más difícil para un pintor verdaderamente creativo que pintar una rosa, porque antes de poder hacerlo, primero debe olvidar todas las rosas que alguna vez fueron pintadas.

Henri Matisse

Cuántas veces me he despedido de la ciudad ya, refugio de mi alma durante veintidós años. Despedirme de sus pájaros, de sus edificios históricos, de sus flores, hasta del kiosco del parque Citadel construido en 1885 con sus pilares celestes y sus ocho ángeles blancos sosteniendo coronas de laurel. Qué dificil despedirme de Erató, la musa de la poesía que se erige en la cúpula del kiosco, con su lira entre sus brazos, coronada de mirto y rosas.

Los rayos de sol están otra vez cerca. A vuelo de pájaro, puedo ver cómo rozan el ruedo de su toga y casi puedo saborearlos en mi boca y mis labios. El cielo gris se va desvaneciendo de mi frente con el correr de los días de temprana primavera.

Todo vuelve: los brotes, los capullos, los mirlos, hasta las rosas de Pierre-Joseph Redouté. Aquellas rosas del libro del artista belga llamado el ‘Rafael de las flores’ que una vez le he regalado a Daniela para su cumpleaños. Y que después de su muerte pensaba que podría recuperar, pero ya había renunciado a la esperanza de volverlo a ver.  

Hoy, entre mis manos, puedo hojear nuevamente las impresiones de perfumadas rosas que en el siglo diecinueve ha dibujado el artista, quizás, en esta misma ciudad, quién sabe, para Josephine Bonaparte en grafito y acuarela. Debería sonreir. Estar agradecida. Eufórica. Abrir las puertas y gritarlo a los cuatro vientos. Pero tengo miedo. Miedo a la muerte.

Dicen que el miedo es una elección y un exilio muy solitario.

Me deshice de las espinas. Aparté de mi a mucha gente este último tiempo, ya que en mi se difundía tanto resentimiento y dolor. Mi espalda estaba doblada y parecía estar abrumada por la pesada carga que llevaba. Solté las piedras que cargaba y arrojé la lanza al infinito como cuando era niña. En esos momentos, esas mañanas, no existía la herida por falta de valentía. Siempre era yo la que ganaba en el lanzamiento de jabalina.

—¡Lo más lejos posible! — me gritaba la profesora de gimnasia para alentarme. No había dudas, la distancia que conseguía en la arena con la lanza era siempre la más larga. Ella la medía con una cinta métrica para corroborarla. Tenía brazos fuertes y hermosos, llenos de coraje. Hoy no diría lo mismo.

Esos mismos brazos y mis manos son los que uso en mis sueños diurnos para trabajar la tierra, para limpiar las hierbas inútiles antes de labrarla y plantar rosedales. Sueños repetitivos a flor de piel.

Ausentarse, marcharse, separarse de lo que nos es familiar por tantos años, de los que amamos.

Redouté murió en su taller, el 20 de junio de 1840 mientras terminaba dos nuevas series de ilustraciones botánicas, Les Roses y Choix des plus belles fleurs, las que podemos admirar hoy.

Esta selección de 144 impresiones de las más bellas flores, rosas  y ramas de frutos como higos violetas, lirios y duraznos fueron grabadas en placas de cobre y reproducidas en color. Sus láminas eran tan codiciadas, que han sido arrancadas desde entonces de libros para ser vendidas a un elevado precio en el mercado literario.

Hoy me pregunto cuál es el precio que uno tiene que pagar por vivir separado de los que uno ama. Hoy espero encontrar la persona que está tratando de encontrarme. Pero que sea con compasión en el corazón y con un puñado de tierra fértil y rosas en las manos.

Despedirme de mi país natal hace tantos años no fue fácil. Y hoy el regreso me resulta más difícil aún.

El buril que tomé en mis manos hace más de veinte años, al igual que la jabalina cuando era niña, ha dejado surcos en mi piel y mi alma, y ha ido desprendiendo hilos de cobre con cada palabra, cada gesto, cada espina, cada muerte y cada intento que hice por renacer. 

Hoy no se si quiero seguir siendo fiel a lo que fui y morir en mi taller. Tampoco se si quiero correr, huir o esconderme bajo la superficie de láminas de papel con estampas de rosas desparramadas y abandonadas sobre la tierra y bajo mis pies.

El silencio de la verdad  

Hay quienes tienen la verdad, pero no la dicen en palabras. — Kahlil Gibran  

Me concedo el permiso de tomar una fotografía nuestra, una de las primeras, entre mis manos.

Me doy cuenta que necesito reconciliarme desesperadamente con el amor y con ella a través de las imágenes que guardo en la caja de lata con nuestros recuerdos.

Atinaría a decir que esta foto representa para mi con seguridad la cercanía al concepto de felicidad.

Podría marcar con mi dedo índice y una cruz en el mapa, meticulosamente, el lugar donde la foto fue tomada, el nombre de la región, el año, el día, la temperatura, y quizás, la hora de aquel verano y dar en el blanco.

Podría ponerle un título, recortar nuestras siluetas, hacer una instalación tridimensional, una maqueta de cartón o un collage, unir nuestros cuerpos con hilvanes de hilos dorados, dibujar corcheas, fusas y semifusas alrededor y ponerle luces y melodía, hasta una etiqueta. Podría pegarla en un album de fotos, escribir una historia, agregar un lenguaje simbólico de figuritas de estrellas e intervalos, palabras o globos de diálogo y darle otro significado. Recomponer el pasado y darle otro final.

Podría inventarme la verdad de una conversación que no recuerdo ni con rigor ni precisión, que a lo mejor no sería fiel a la original. Pero prefiero callar. Una conversación donde no había silencios, pero sí una quietud dinámica, en movimiento, amorosa y gentil. Nada existe por azar cuando una está enamorada y ya no puede morar más en la soledad del corazón.

Me refiero a aquel edén donde el tiempo adquiría para mi otra dimensión. Donde no era ni tarde ni temprano. Donde no existían los relojes ni las horas, sólo una alineación de hélices, triángulos, ojos celestes, círculos, rayos de sol, halos, sombrillas, banderines multicolores, cruce de líneas punteadas y vuelos de mariposas y esperanzas.  

Donde yo no recordaba ni el punto de partida ni de llegada, pero sí la textura de los límites como una secuencia que se multiplicaba y se renovaba continuamente como las señales electromagnéticas que emitía mi corazón, que se extiendían más allá del cuerpo físico  y que nos unían y se sincronizaban al sistema nervioso de cada una de nosotras.  

Donde no había torres de castillos, ni mástiles, ni columnas, pero sí ejes invisibles que nos conectaban con la frecuencia del amor, y con lo absoluto del universo y una sucesión continua y aparentemente aleatoria de leyes matemáticas y de segmentos delimitados por los puntos A y B en una recta entre regiones infinitas de dos cuerpos vivos.

Donde no había portales, pero sí entradas arquitectónicas a umbrales divinizados de templos que nos impulsaban al infinito de puentes, arcos, galerías y adoquines, que, al pisarlos, se multiplican como láminas traslúcidas de caledoiscopios una tras otra y se volvían a repetir, repetir y repetir sin parar.

Donde no había un cielo nublado, sino una bóveda plateada sobre nuestras sienes que sólo demarcaba el borde de la luz, del horizonte y de la eternidad y que, como espejo convexo, reflejaba con precisión fotográfica toda la escena, incluidos los personajes que se encontraban fuera del camino andado y que no estaban al alcance de nuestra vista ni nuestras manos.

Donde el espacio se convertía en superposición de valles verdes inconmensurables, donde la nada se volvía en un todo, en un escenario de risas, movimientos de abrazos, abrir y cerrar de telones, cadenas y mantras, líneas que se disparaban en todas direcciones, en poleas invisibles que abrían los pétalos de las flores o hacían flotar los cisnes en el lago, en cuerdas que hacían que girara la tierra bajo nuestros pies, en máquinas que emitían humo de colores, incienso y espirales de luces.

Aquel lugar donde yo no sentía la gravedad de mi cuerpo, o el peso de mis piernas, de mis ropas o de mis pasos, pero sentía que podía elevarme del suelo, volar sobre el lago, y, al mismo tiempo, que no podría morirme algún día sin ella a mi lado.  

Donde no había plantas que esta noche pudiera recordar, pero sí flores de éxtasis que parecían ramificarse hasta el cielo, como las amapolas, bajo los augurios estelares, y formas perfectas y esbeltas de árboles, donde conciliaba el sueño una maraña de nidos, alas y pájaros, donde se escondía una confusión de orquídeas salvajes, helechos, tréboles de cuatro hojas y fuerzas animadas que como serpientes se asomaban curiosas y nos espiaban.

Donde no recuerdo la luz de la atmósfera porque todo dependía de la extrema luminosidad de nuestras almas, de una especie de fuente que se renovaba constantemente en nuestro interior y hacía desaparecer todos los males espirituales y todo el resto que nos rodeaba.  

Donde no tenía un mapa en mis manos que se desplegara y se volviera a plegar, y el sendero carecía de una sensación de sentido, porque no existían ni flechas, ni carrozas ni capas ni espadas, ni el miedo a equivocarme, porque podía retroceder o adelantarme y volver a encontrarla. Ese camino que no mantenía las marcas de nuestros pasos, pero sí el ritmo acompasado y el pulso místico de nuestros corazones que nos orientaban hacia la confianza y la libertad.  

Ese lugar en el mundo que no importa hoy ni su nombre ni dónde fue tomada la foto, donde no había nada que esconder, donde yo anhelaba ser inmortal y dar nacimiento al tan esperado amor incondicional.

Aquellos momentos donde separarme de Leah parecían impensables. Donde no recuerdo las palabras exactas, sólo la coherencia momentánea de una continuación sostenida de frases recortadas y sin sentido que quedaron grabadas en mi memoria y que, como el incienso, se elevaron como plegarias a los dioses y como ofrendas a las deidades.

Donde no recuerdo los sonidos, pero sí los de su respiración y la amplificación de los latidos de mi corazón, y de la sangre corriendo por mis venas. Como si pudiera escuchar el zumbido de abejas coronando mi frente, el aleteo de colibríes surcando mi piel o el chasquido de ballenas nadando en mi interior.

Esos momentos predecibles e incontrolables y sometidos a la pasión y a unas fuerzas sobrenaturales llamadas destino y que predeterminan los acontecimientos de nuestras vidas. Aquellos en los que redescubría la inocencia del amor y esta noche, el silencio de la verdad.

Jarabe de lavanda

Dulce y sutil, como burbuja fresca que se deshace sobre las papilas de la lengua.

Se suponía, desde el inicio, que viviríamos juntas un eterno verano. Pero fue en aquel patio de colores arena y escaleras de piedra caliza del centro de arte del siglo XIX, situado en el Hôtel de Gallifet en Aix-en-Provence, donde sentí por primera vez que los círculos que se entrelazaban entre nosotras llegaban a su fin. No supe si comenzar a correr y huir por los campos de lavanda o esconderme detrás de alguna de las columnas dóricas de aquel palacio. Pero decidí quedarme por ella, porque en el fondo de mi alma, sabía que la amaba. Pero tuve miedo, porque, a pesar de estar sentada a su lado, tantear sus labios y mirarla a los ojos, no llegaba a comprender ni una palabra de lo que Leah murmuraba.

Seguramente tenía algo que ver con la singular pintura de Wolfe von Lenkiewicz que acabábamos de ver en la galería del hotel, La Duchess de Polignac, con la cual yo me había quedado fascinada.

Se trataba de una versión libre de Yolande Martine Gabrielle de Polastron, amiga y favorita de la reina María Antonieta, a quien conoció cuando fue presentada en el Palacio de Versailles en 1775. Gabrielle era considerada una de las mujeres más bellas de la sociedad aristocrática prerrevolucionaria. Carismática, sofisticada, encantadora y de refinada elegancia, se había convertido en líder indiscutible del exclusivo círculo de la reina, asegurándose de que nadie pudiese acceder al mismo sin su consentimiento.  

El retrato de la duquesa con el sombrero de paja de 1782 era uno de los seiscientos retratos pintados por la famosa retratista Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun. En esta versión moderna, Wolfe von Lenkiewicz la había pintado radiante, coronada de círculos y auras en color pastel dorado-naranja, celeste, rosa y lila. Yo la percibía de otra manera. La había autorizado tácitamente a ser testigo del dolor y vacío hirientes imposibles de enmascarar y que se habían apoderado de nosotras en aquel calor sofocante. Creo que tampoco es casualidad que Gabrielle lleve una rosa en su manos pálidas y que el nombre de la exposición fuera Historias del corazón.

¡Cuánto había deseado yo desde niña conocer los campos de lavanda de Aix-en-Provence! Y, sin dudas, parecía ser un sueño compartido por ambas. Y ahí estábamos. Leah me había finalmente llevado hasta el corazón recóndito de los campos. Y allí estaba yo, parada, en medio del Drôme Provençale, entre macizos y valles mediterráneos, espigas violáceas, el zumbido de las abejas que coronaban mi cabeza, la estela de perfume de enebros fenicios, lavandas, tomillo, romero, pinos silvestres, las expectativas, las gracias y las plegarias elevadas al cielo y toda esa espera inconmensurable que llegaba a su fin en ese momento. Y allí estaba ella, parada a mi lado. Y yo, sólo preocupada porque ella no parecía ser feliz, o yo no era feliz, o yo constataba que juntas no lográbamos ser felices. Y sólo disimulábamos. Estábamos cercadas, herméticas, cada una bajo una campana de cristal, impenetrable. Yo no comprendía esa injusticia, los campos de lavanda habían sido siempre la meta y el destino de ambas. El punto en el mapa.

Y no fuimos capaces de tomarnos de las manos. Qué arriesgado parecía haberlo permitido. Cerré los ojos. La indiferencia entre nosotras era demasiado dolorosa. Sólo vi manchas negras de calor, brillo y encandilamiento. Me senté en la tierra reseca que parecía quebrada y sedienta de gotas de lluvia, crucé las piernas entre las matas de espigas fragantes e incansables centenares de abejas que volaban en círculos y elipses a mi alrededor y respiré hondo. Para mi asombro, era como si el aire hubiera estado maldecido con aquel calor infernal. Como si el cielo se convirtiera de pronto en una confusión de ojos, prejuicios y un asedio de nubes de tormenta color antracita, truenos y rayos metalizados entre las montañas de telón de fondo, como si yo perdiera el juicio y apareciese el oráculo delante mío y me dijera morirás. Yo estaba tan acostumbrada a esa sensación de desamparo que dejé que me atravesara la piel y el cuerpo sin sentir el miedo que debería haber sentido. Estaba convencida que mis miedos dejaban a todos indiferentes desde niña, especialmente a ella.

Leah comenzó a caminar lentamente junto a su sombra descalza entre los arbustos. Paso a paso, la dejé alejarse de mi. En otro momento la habría anclado a mis intenciones y mis entrañas, o al perfume de lavanda emergiendo de las profundidades de la tierra. Sabía que nada podría persuadirla. Que nada podría detenerla. Siempre lograba lo que quería. Era amarla hasta sentirme morir o dejarla ir. Se recostó sola sobre todas mis dudas, mis indecisiones, mis pretensiones y las desilusiones de nuestra historia. Era curioso, no se si se acordaba de mi presencia.

—¿No ves el horizonte a través mío? – le preguntaba yo en un susurro al viento que nadie podía escuchar.

De alguna manera, ella siempre ansiaba quedarse sola, enfocarse en sí misma y su propio deleite, su escritura, sus deseos, pero procuraba que no la abandonaran. Dejé que todo sucediera como ella quería. No hice otra cosa que observarla deambular como alma perdida, besarla de lejos, sacarle fotos entre las flores. Por lo menos así, mirando las fotos en el futuro, un día como hoy, podría revivir mi lealtad ciega, el perfume de su piel y sus cabellos envueltos en fragancias acarameladas, mentoladas, refrescantes de gráciles lavandas.

—¿No te importa lo que yo piense? – me preguntaba yo.

Lo habíamos intentado. Decidimos hacer el viaje ese julio sofocante de verano francés, a pesar de las reglas impuestas por los gobiernos durante la pandemia. A pesar de haber sido quizás la hazaña más milagrosa que emprendimos juntas y de mis malas corazonadas, que eran equivocadas. Pero a ella parecía no importarle lo que yo pensara. A pesar de todo, seguimos juntas el viaje a través de toda Francia, intentando resucitar ante nosotras sus horizontes color malva, sus halos solares de verano y sendas de estrellas errantes por las noches.

Me atrevía a decir que el jarabe de lavanda del Hôtel de Gallifet era el refresco perfecto para calmar  la sed desfalleciente que se apoderaba de mi durante esas horas calurosas de las tardes del Sur de Francia. Para serenar gota a gota la fatiga de preguntarme constantemente si yo era la elegida y lo que ella necesitaba. Para dejar de imaginarnos amantes, inseparables, indivisibles, enteras. Presente y futuro. Quizás era como yo me obligaba a entendernos. Para dejar de flotar de círculo en círculo, de decisión en indecisión. De pasar a de un amor desmedido por ella a un ‘dame una razón para amarte y para quedarme contigo’. Ahora, más calmadas, parecía que ambas habíamos olvidado todo lo que había pasado unos días antes. A la vez, sabía que mi amor por ella moría y renacía permanentemente.

Porque, a pesar de estar sentadas a unos centímetros de distancia, a pesar de ser amada la una por la otra, ya no nos escuchábamos. Nos hacíamos las desentendidas, ensimismadas en las esferas de nuestros propios pensamientos y distraídas en una ficticia intimidad. Las palabras, esporádicas, al sol ondulaban como pompas de jabón iridiscentes que se topaban, sorprendidas y se estrellaban, sin más. Como las últimas gotas lilas y cristalinas del jarabe de lavanda en el fondo del vaso que compartimos pausadamente, silenciosas, sin que nadie se diera cuenta de nuestros secretos, en el patio del hoy tan añorado y confidente Gallifet.  

La promesa

Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Fernando Pessoa

Tu has dicho eso, yo he dicho aquello… es un ir y venir infinito de voces que uno lleva anclado dentro del alma. Sumado a las utopías y los silencios. Porque ellos hablan y nos arropan durante toda la vida, de eso estoy convencida.

Un ideal que no se ha alcanzado, confesiones que no se han conservado, gratitud que no se ha dado, deseos que no se han cumplido, propósitos que no se han logrado, quimeras que se han desvanecido, dirección que no se ha continuado, valores que no se han defendido, momentos que no han sido como uno los imaginaba, permisos que no se han concedido, situaciones que han acabado en enfrentamientos, en desilusión, en ira, en palabras hirientes, en silencio y en desencuentros.

A veces puedo predecir sus palabras. De principio a fin.  

Una frase de Leah esta mañana me ha llevado otra vez al pasado, como una revelación. Y es que ella tiene ese don, de catapultarte a un pasado semi-olvidado. Pasado de recuerdos que sólo uno mismo puede revivir de un segundo al otro, cuando ella expresa las palabras mágicas de sostenido reproche. Es como obligar al actor a mirarse al espejo durante el cambio de maquillaje y vestuario en el camerino del teatro.

Me has dicho que tal cosa y no lo has hecho.

Una promesa incumplida, considerada a partir de dos perspectivas que se entrelazan entre sí.

La palabra dicha, en tanto promesa, se dice en voz alta -e incluso se grita- precisamente, para mostrarla y ex-ponerla ante el otro. La he puesto delante mío y también ante otro, en un espacio entre ambos, que nos une y nos tensiona; espacio que sólo puede abrirse por este gesto de pronunciar y en el cual se teje y se desteje, con cada interacción, un vínculo cada vez único.

Cumplir con la palabra. De eso se trata, hipotéticamente hablando. ¿Pero cómo se cumple lo dicho cuando no hay fecha de vencimiento y cuando uno realmente cree que es apto para llevarlo a cabo, pero que por circunstancias de la vida no llega a concretar?

Mi padre me había prometido cuando era niña construir una casita en el árbol más frondoso del jardín. Yo la he imaginado por años, la he creado, la he visualizado, la he proyectado en mi mente, de madera, con una ventana en forma de corazón y cortinas de tela blanca, con una puerta que se podía abrir y cerrar, con un jarrón con flores sobre la mesa.

No sólo nunca se llegó a construir, sino que el árbol donde se suponía que mi padre la instalaría, ha muerto hace muchos años. El tronco del ciruelo no ha sobrevivido los hachazos de mi padre. El árbol estaba enfermo. Ya no daba flores ni frutas. Sus ramas quebradizas estaban vestidas de musgo y humedad.

Cada vez que vuelvo al patio de la casa paterna sigo pensando en el árbol, en la ilusión de la casita de madera. ¿Pero tengo por eso que amar menos a mi padre? ¿A reprocharle que no ha cumplido con su palabra? ¿A hipotecar una vida de recuerdos por eso? ¿No sería mejor pensarlo como un fenómeno que siempre regresa a su punto de origen, el amor? ¿De querer poner en evidencia, en acción y en forma algo que ya, en realidad, existe por si mismo?

Leah de la nada, de un comentario mío, me reclama una capa bordada con hilos de seda y de oro que le he prometido coser hace años, al principio de nuestro sendero juntas. Yo no he olvidado la promesa. Ella, aparentemente, tampoco. ¿Pero era realmente una promesa? ¿Debería seguir yo arrastrando las pesadas mangas, el paño, los hilos entretejidos de su deseo? ¿O debería dejarlo ir? ¿Soltar y dejar atrás lo que una vez dije y no he cumplido? Es curioso que uno siempre se enfoca en lo que falta, lo que no existe, pero no se saca a la luz lo que se hace por el otro, y sin lugar a dudas, por amor.

¿Será que uno se va de este mundo con una lista de vestidos hilvanados sin terminar, de promesas sin cumplir? ¿Será que uno realmente las lleva a cabo en otra vida? Me cuesta creer en eso.

Arriesgarse a abandonar las ropas usadas.

Hay un momento en la vida de renuncia. Renuncia a la obligación de hacer lo que esperan los demás. De liberación, de negación y de justificación de cada momento, cada acción, cada movimiento, cada palabra.

¿No es momento aquel el de comenzar a perdonar, de dejar de sostener las vestiduras rasgadas? ¿De no esperar el permiso del otro para creer lo que es correcto y lo que no, lo que es amor y lo que no lo es?

Y no se trata de justicia o tener el derecho a, no. Nada de eso.

Enceguecida no estoy. El pañuelo ha caído finalmente a nuestros pies.

Y lamentablemente, enceguecer al otro fue un error. Leah lo ha malinterpretado. No se trataba de jugar a vestirme de la diosa de la justicia. Nunca quise ser Diké, llevar la espada, penetrarla en el corazón de los injustos o castigar severamente toda injusticia. Ese acto se refería a poner algo frente a la mirada del otro, a fin de enfrentar esa dificultad y superarla juntas.

La frase de Leah no ha pasado inadvertida. Y sí, hay tres cosas que no vuelven nunca más: la palabra dada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida ¿Pero no es acaso el camino hacia el otro el testimonio indesmentible del inicio de la historia, como búsqueda del amor, pero esencialmente, como búsqueda del otro? Y es ahí, en las palabras dichas y no dichas, que quedamos presos tanto en la posibilidad del encuentro como del desencuentro, tanto a la oportunidad de un nuevo comienzo como a la muerte.

El escenario que nos une al otro se construye en virtud de la palabra. Y sí, en estos momentos me arrepiento de muchas palabras dichas y otras que quedaron silenciadas, y los significados que les dimos en su momento a las mismas. Y los significados que seguimos dándoles hoy. Pero a veces, nos equivocamos.

El dar la propia palabra, ennoblecerla, comprometiéndose ante el otro, no sólo acontece en palabras. El filósofo Jacques Derrida escribía al respecto:

No se puede leer sin hablar, hablar sin prometer, prometer sin escribir, escribir sin leer que uno ya ha prometido aun antes de comenzar a hablar…

Sarah Moon

El nudo del amor

Leo por enésima vez el texto de 1848 que imprimí y pegué con cinta transparente en la pared.

‘I hold you in my heart.’

La inscripción del mensaje aparece en el nudo infinito del amor, decorado con flores y corazones, conservado en los archivos del museo de Londres, entre cartas, ángeles, cupidos y poemas del siglo XIX.

Miro, un poco a mi izquierda, los nenúfares mal pintados en el espejo de mano.

A su lado, el volumen 1 de un cuaderno antiguo de tapa verde de inglés. Y en la primera página:

‘As long as you love me’.

Ahora se ha borrado. La intriga. Ni siquiera se si la frase estaba dirigida a mi.

A mi derecha, un papel blanco abarrotado de garabatos y un lápiz con una corona con pequeños diamantes.

Un día gris.

Un dolor monstruoso, que se enmaraña con una desilusión inacabable.

Frente a mi, una tarjeta con un corazón de origami que un día quise enviarle y nunca lo hice.

Pienso en el nudo del amor. Ese que nos atraviesa y trenza nuestra historia con frenesí.

Un ramo de rosas casi marchitas en el centro de la mesa que hice la semana pasada para Leah. Y el bordado sin continuar de polillas que mantendrán el secreto de este enredo y perpetuo sufrimiento.

San Valentín.

Las llaves, el teléfono, un corazón sin terminar de mimbre entretejido en mi balcón.

Llueve. Imagino los cisnes en el lago engarzando los cuellos y los picos.

Siento que Leah está sentada a mi lado. La escucho parpadear. Las piernas cruzadas. La sostengo, la abrazo como el sábado. La amarro con cuerdas a mi.

Su último sobre dorado sobre el estante. Seductor. Como si su voz llegara hasta mi en adagio sostenido de sirenas. Distraída, con la lluvia intento hacer oídos sordos.

Y otro sobre suspendido en el tiempo, por detrás del otro, lleno de estampillas que una vez me envió a Argentina. Sin abrir. Lo quiero guardar así. Como símbolo de amor infinito, aquel que se entrega sin esperar nada a cambio. Como el que creí dar.

Aparece una nube, 11° y hoy nublado en la esquina de la computadora.

Ahora se transformó en paraguas y una notificación de 11° y mañana lluvia.

Son las 16:16 y hace un rato eran las 15:15.

Y esta mañana eran las 11:11.

—Sus ojos son celestes.—le dije.

Cuando miré el reloj y estaba ya hablando sobre ella, sentada otra vez en el sillón de terciopelo rosa.

Mantener el control. Eso es lo que quiero. Que alguien me sujete, intacta, antes de desmoronarme.

Elegir enlazarme al presente. Olvidar las sentencias. Obligarme a estar de acuerdo. Pero no puedo.

—Todavía no hemos llegado al nudo de la cuestión.—me confesó.

Necesito que el castillo de naipes quede firme, y que no se derrumbe de un suspiro o un capricho.  

Los tulipanes empiezan a asomarse a la vida, esta que no eligieron. Aterrorizados. Igual que yo.

Pienso en el árbol de granada de mi infancia. Y sí, Leah tiene razón.

No hay que subestimar los recuerdos ni reprimir los deseos. La reconozco como aquella mujer que anhelé toda mi vida, y no como un love affair.

Cuanto más vivo, más me doy cuenta de que todo estuvo ahí desde el principio.

Eso dice ella. Por eso no entiendo la decepción y el miedo entorpecido que se ha obstinado con toda esta confusión y especulación de palabras y veredictos. Y delirio. Como una daga clavada en medio del corazón que todavía titila.

Pero se, por otro lado, que estaremos anudadas y entrelazadas entre halos como los ángeles para toda la eternidad.