Caminaba con los ojos fijos en los pecíolos encerados de las camelias y sus hojas, reverdecidas, hoy sin flores, y podía escuchar el croar de las ranas, que se destacaba en el fondo, a lo lejos, entrecortado en el aire junto al zumbido de las abejas y mis sigilos.
Seducida, me dejé llevar por su llamado, y seguí, por esa razón, los senderos zigzagueantes del arboretum, adormecido como en un collage de verdes ramas y troncos, maleficios, hojas, recuerdos y pastos. Casi nada en flor, salvo las hortensias en la imprecisión de la sombra y mi indiferencia, y sin embargo, en todo su esplendor.
Sin pensar mucho, repetí a tientas nuestros pasos del mes de marzo, y me senté cerca de la fuente, para escuchar las disparatadas conversaciones de las ranas. Mientras inflaban sus mejillas, sus panzas y sus gargantas extendían la locura de sus voces y patas con extrema lozanía, quizquillosas, como enojadas con la vida, revueltas, unas sobre otras, malcontentas con mi presencia, y cantaban y saltaban entre los pimpollos y los rizomas de los nenúfares, sin decoro ni nada.
Las contemplaba. Las admiraba. Siempre pensé que no estoy hecha para la absurdidad. Me preguntaba cómo hacían para mantener el disparate de sus acrobacias y el frágil equilibrio sobre los nenúfares de cincuenta pétalos blancos y la superficie del agua. Desde la muerte de Ninfea, herido su pecho por la flecha de Cupido, dicen que las aguas que rodean los nenúfares son siempre tranquilas y calmas. En ese momento, lo caótico de las ondas se mezclaba con lo demencial de las ranas y la incoherencia de mis palabras, silenciadas.
No podía dejar de pensar en ella, en nuestro encuentro en el arboretum unos meses atrás, a principios de año. Mis manos estaban maldecidas sobre mi boca y ancladas en medio del lago, de las flores acuáticas, las promesas y las ranas.
—¿Encontraste lo que buscabas?—me pregunté en voz alta.
El mismo banco de madera, el mismo lago, el mismo cielo desafortunado. Los podía rozar con mis manos. Podía vernos, inánimes, emanando de las gotas de agua, con los brazos extendidos en el aire, en confianza, con las miradas fijas la una en la otra, como fantasmas, como nubes arremolinadas en las visiones de los recuerdos sobre las flores, como en un lienzo de ninfas ligeras y semitransparentes de rocío.
Trazaba un círculo con mi dedo índice y con la mirada: los árboles de tilo, el borde del lago, los nenúfares, el cielo, el croar de las ranas, mi silencio, mi desobediencia, mi búsqueda y analizaba una y otra vez nuestras palabras, ahora casi inertes, que creí esa tarde de marzo, sinceras, inocentes, inmortalizadas. Palabras que exhalaban mi amor y todo mi convencimiento de que todo iba a estar bien entre nosotras. Que el verano sería para compartir, predestinado al éxito y a la eternidad.
Ahora, le pregunto al agua, a los nenúfares, a las ranas, a las bolitas aterciopeladas de los tilos que caen y tintinean a mi alrededor si Leah realmente me ha amado y si sus palabras estarán para siempre condenadas a deambular sólo en mi delirio, en las paradojas de mis sueños o en el tormento del olvido y el exilio.

Sarah Moon




