Jarabe de lavanda

Dulce y sutil, como burbuja fresca que se deshace sobre las papilas de la lengua.

Se suponía, desde el inicio, que viviríamos juntas un eterno verano. Pero fue en aquel patio de colores arena y escaleras de piedra caliza del centro de arte del siglo XIX, situado en el Hôtel de Gallifet en Aix-en-Provence, donde sentí por primera vez que los círculos que se entrelazaban entre nosotras llegaban a su fin. No supe si comenzar a correr y huir por los campos de lavanda o esconderme detrás de alguna de las columnas dóricas de aquel palacio. Pero decidí quedarme por ella, porque en el fondo de mi alma, sabía que la amaba. Pero tuve miedo, porque, a pesar de estar sentada a su lado, tantear sus labios y mirarla a los ojos, no llegaba a comprender ni una palabra de lo que Leah murmuraba.

Seguramente tenía algo que ver con la singular pintura de Wolfe von Lenkiewicz que acabábamos de ver en la galería del hotel, La Duchess de Polignac, con la cual yo me había quedado fascinada.

Se trataba de una versión libre de Yolande Martine Gabrielle de Polastron, amiga y favorita de la reina María Antonieta, a quien conoció cuando fue presentada en el Palacio de Versailles en 1775. Gabrielle era considerada una de las mujeres más bellas de la sociedad aristocrática prerrevolucionaria. Carismática, sofisticada, encantadora y de refinada elegancia, se había convertido en líder indiscutible del exclusivo círculo de la reina, asegurándose de que nadie pudiese acceder al mismo sin su consentimiento.  

El retrato de la duquesa con el sombrero de paja de 1782 era uno de los seiscientos retratos pintados por la famosa retratista Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun. En esta versión moderna, Wolfe von Lenkiewicz la había pintado radiante, coronada de círculos y auras en color pastel dorado-naranja, celeste, rosa y lila. Yo la percibía de otra manera. La había autorizado tácitamente a ser testigo del dolor y vacío hirientes imposibles de enmascarar y que se habían apoderado de nosotras en aquel calor sofocante. Creo que tampoco es casualidad que Gabrielle lleve una rosa en su manos pálidas y que el nombre de la exposición fuera Historias del corazón.

¡Cuánto había deseado yo desde niña conocer los campos de lavanda de Aix-en-Provence! Y, sin dudas, parecía ser un sueño compartido por ambas. Y ahí estábamos. Leah me había finalmente llevado hasta el corazón recóndito de los campos. Y allí estaba yo, parada, en medio del Drôme Provençale, entre macizos y valles mediterráneos, espigas violáceas, el zumbido de las abejas que coronaban mi cabeza, la estela de perfume de enebros fenicios, lavandas, tomillo, romero, pinos silvestres, las expectativas, las gracias y las plegarias elevadas al cielo y toda esa espera inconmensurable que llegaba a su fin en ese momento. Y allí estaba ella, parada a mi lado. Y yo, sólo preocupada porque ella no parecía ser feliz, o yo no era feliz, o yo constataba que juntas no lográbamos ser felices. Y sólo disimulábamos. Estábamos cercadas, herméticas, cada una bajo una campana de cristal, impenetrable. Yo no comprendía esa injusticia, los campos de lavanda habían sido siempre la meta y el destino de ambas. El punto en el mapa.

Y no fuimos capaces de tomarnos de las manos. Qué arriesgado parecía haberlo permitido. Cerré los ojos. La indiferencia entre nosotras era demasiado dolorosa. Sólo vi manchas negras de calor, brillo y encandilamiento. Me senté en la tierra reseca que parecía quebrada y sedienta de gotas de lluvia, crucé las piernas entre las matas de espigas fragantes e incansables centenares de abejas que volaban en círculos y elipses a mi alrededor y respiré hondo. Para mi asombro, era como si el aire hubiera estado maldecido con aquel calor infernal. Como si el cielo se convirtiera de pronto en una confusión de ojos, prejuicios y un asedio de nubes de tormenta color antracita, truenos y rayos metalizados entre las montañas de telón de fondo, como si yo perdiera el juicio y apareciese el oráculo delante mío y me dijera morirás. Yo estaba tan acostumbrada a esa sensación de desamparo que dejé que me atravesara la piel y el cuerpo sin sentir el miedo que debería haber sentido. Estaba convencida que mis miedos dejaban a todos indiferentes desde niña, especialmente a ella.

Leah comenzó a caminar lentamente junto a su sombra descalza entre los arbustos. Paso a paso, la dejé alejarse de mi. En otro momento la habría anclado a mis intenciones y mis entrañas, o al perfume de lavanda emergiendo de las profundidades de la tierra. Sabía que nada podría persuadirla. Que nada podría detenerla. Siempre lograba lo que quería. Era amarla hasta sentirme morir o dejarla ir. Se recostó sola sobre todas mis dudas, mis indecisiones, mis pretensiones y las desilusiones de nuestra historia. Era curioso, no se si se acordaba de mi presencia.

—¿No ves el horizonte a través mío? – le preguntaba yo en un susurro al viento que nadie podía escuchar.

De alguna manera, ella siempre ansiaba quedarse sola, enfocarse en sí misma y su propio deleite, su escritura, sus deseos, pero procuraba que no la abandonaran. Dejé que todo sucediera como ella quería. No hice otra cosa que observarla deambular como alma perdida, besarla de lejos, sacarle fotos entre las flores. Por lo menos así, mirando las fotos en el futuro, un día como hoy, podría revivir mi lealtad ciega, el perfume de su piel y sus cabellos envueltos en fragancias acarameladas, mentoladas, refrescantes de gráciles lavandas.

—¿No te importa lo que yo piense? – me preguntaba yo.

Lo habíamos intentado. Decidimos hacer el viaje ese julio sofocante de verano francés, a pesar de las reglas impuestas por los gobiernos durante la pandemia. A pesar de haber sido quizás la hazaña más milagrosa que emprendimos juntas y de mis malas corazonadas, que eran equivocadas. Pero a ella parecía no importarle lo que yo pensara. A pesar de todo, seguimos juntas el viaje a través de toda Francia, intentando resucitar ante nosotras sus horizontes color malva, sus halos solares de verano y sendas de estrellas errantes por las noches.

Me atrevía a decir que el jarabe de lavanda del Hôtel de Gallifet era el refresco perfecto para calmar  la sed desfalleciente que se apoderaba de mi durante esas horas calurosas de las tardes del Sur de Francia. Para serenar gota a gota la fatiga de preguntarme constantemente si yo era la elegida y lo que ella necesitaba. Para dejar de imaginarnos amantes, inseparables, indivisibles, enteras. Presente y futuro. Quizás era como yo me obligaba a entendernos. Para dejar de flotar de círculo en círculo, de decisión en indecisión. De pasar a de un amor desmedido por ella a un ‘dame una razón para amarte y para quedarme contigo’. Ahora, más calmadas, parecía que ambas habíamos olvidado todo lo que había pasado unos días antes. A la vez, sabía que mi amor por ella moría y renacía permanentemente.

Porque, a pesar de estar sentadas a unos centímetros de distancia, a pesar de ser amada la una por la otra, ya no nos escuchábamos. Nos hacíamos las desentendidas, ensimismadas en las esferas de nuestros propios pensamientos y distraídas en una ficticia intimidad. Las palabras, esporádicas, al sol ondulaban como pompas de jabón iridiscentes que se topaban, sorprendidas y se estrellaban, sin más. Como las últimas gotas lilas y cristalinas del jarabe de lavanda en el fondo del vaso que compartimos pausadamente, silenciosas, sin que nadie se diera cuenta de nuestros secretos, en el patio del hoy tan añorado y confidente Gallifet.  

La promesa

Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Fernando Pessoa

Tu has dicho eso, yo he dicho aquello… es un ir y venir infinito de voces que uno lleva anclado dentro del alma. Sumado a las utopías y los silencios. Porque ellos hablan y nos arropan durante toda la vida, de eso estoy convencida.

Un ideal que no se ha alcanzado, confesiones que no se han conservado, gratitud que no se ha dado, deseos que no se han cumplido, propósitos que no se han logrado, quimeras que se han desvanecido, dirección que no se ha continuado, valores que no se han defendido, momentos que no han sido como uno los imaginaba, permisos que no se han concedido, situaciones que han acabado en enfrentamientos, en desilusión, en ira, en palabras hirientes, en silencio y en desencuentros.

A veces puedo predecir sus palabras. De principio a fin.  

Una frase de Leah esta mañana me ha llevado otra vez al pasado, como una revelación. Y es que ella tiene ese don, de catapultarte a un pasado semi-olvidado. Pasado de recuerdos que sólo uno mismo puede revivir de un segundo al otro, cuando ella expresa las palabras mágicas de sostenido reproche. Es como obligar al actor a mirarse al espejo durante el cambio de maquillaje y vestuario en el camerino del teatro.

Me has dicho que tal cosa y no lo has hecho.

Una promesa incumplida, considerada a partir de dos perspectivas que se entrelazan entre sí.

La palabra dicha, en tanto promesa, se dice en voz alta -e incluso se grita- precisamente, para mostrarla y ex-ponerla ante el otro. La he puesto delante mío y también ante otro, en un espacio entre ambos, que nos une y nos tensiona; espacio que sólo puede abrirse por este gesto de pronunciar y en el cual se teje y se desteje, con cada interacción, un vínculo cada vez único.

Cumplir con la palabra. De eso se trata, hipotéticamente hablando. ¿Pero cómo se cumple lo dicho cuando no hay fecha de vencimiento y cuando uno realmente cree que es apto para llevarlo a cabo, pero que por circunstancias de la vida no llega a concretar?

Mi padre me había prometido cuando era niña construir una casita en el árbol más frondoso del jardín. Yo la he imaginado por años, la he creado, la he visualizado, la he proyectado en mi mente, de madera, con una ventana en forma de corazón y cortinas de tela blanca, con una puerta que se podía abrir y cerrar, con un jarrón con flores sobre la mesa.

No sólo nunca se llegó a construir, sino que el árbol donde se suponía que mi padre la instalaría, ha muerto hace muchos años. El tronco del ciruelo no ha sobrevivido los hachazos de mi padre. El árbol estaba enfermo. Ya no daba flores ni frutas. Sus ramas quebradizas estaban vestidas de musgo y humedad.

Cada vez que vuelvo al patio de la casa paterna sigo pensando en el árbol, en la ilusión de la casita de madera. ¿Pero tengo por eso que amar menos a mi padre? ¿A reprocharle que no ha cumplido con su palabra? ¿A hipotecar una vida de recuerdos por eso? ¿No sería mejor pensarlo como un fenómeno que siempre regresa a su punto de origen, el amor? ¿De querer poner en evidencia, en acción y en forma algo que ya, en realidad, existe por si mismo?

Leah de la nada, de un comentario mío, me reclama una capa bordada con hilos de seda y de oro que le he prometido coser hace años, al principio de nuestro sendero juntas. Yo no he olvidado la promesa. Ella, aparentemente, tampoco. ¿Pero era realmente una promesa? ¿Debería seguir yo arrastrando las pesadas mangas, el paño, los hilos entretejidos de su deseo? ¿O debería dejarlo ir? ¿Soltar y dejar atrás lo que una vez dije y no he cumplido? Es curioso que uno siempre se enfoca en lo que falta, lo que no existe, pero no se saca a la luz lo que se hace por el otro, y sin lugar a dudas, por amor.

¿Será que uno se va de este mundo con una lista de vestidos hilvanados sin terminar, de promesas sin cumplir? ¿Será que uno realmente las lleva a cabo en otra vida? Me cuesta creer en eso.

Arriesgarse a abandonar las ropas usadas.

Hay un momento en la vida de renuncia. Renuncia a la obligación de hacer lo que esperan los demás. De liberación, de negación y de justificación de cada momento, cada acción, cada movimiento, cada palabra.

¿No es momento aquel el de comenzar a perdonar, de dejar de sostener las vestiduras rasgadas? ¿De no esperar el permiso del otro para creer lo que es correcto y lo que no, lo que es amor y lo que no lo es?

Y no se trata de justicia o tener el derecho a, no. Nada de eso.

Enceguecida no estoy. El pañuelo ha caído finalmente a nuestros pies.

Y lamentablemente, enceguecer al otro fue un error. Leah lo ha malinterpretado. No se trataba de jugar a vestirme de la diosa de la justicia. Nunca quise ser Diké, llevar la espada, penetrarla en el corazón de los injustos o castigar severamente toda injusticia. Ese acto se refería a poner algo frente a la mirada del otro, a fin de enfrentar esa dificultad y superarla juntas.

La frase de Leah no ha pasado inadvertida. Y sí, hay tres cosas que no vuelven nunca más: la palabra dada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida ¿Pero no es acaso el camino hacia el otro el testimonio indesmentible del inicio de la historia, como búsqueda del amor, pero esencialmente, como búsqueda del otro? Y es ahí, en las palabras dichas y no dichas, que quedamos presos tanto en la posibilidad del encuentro como del desencuentro, tanto a la oportunidad de un nuevo comienzo como a la muerte.

El escenario que nos une al otro se construye en virtud de la palabra. Y sí, en estos momentos me arrepiento de muchas palabras dichas y otras que quedaron silenciadas, y los significados que les dimos en su momento a las mismas. Y los significados que seguimos dándoles hoy. Pero a veces, nos equivocamos.

El dar la propia palabra, ennoblecerla, comprometiéndose ante el otro, no sólo acontece en palabras. El filósofo Jacques Derrida escribía al respecto:

No se puede leer sin hablar, hablar sin prometer, prometer sin escribir, escribir sin leer que uno ya ha prometido aun antes de comenzar a hablar…

Sarah Moon

El nudo del amor

Leo por enésima vez el texto de 1848 que imprimí y pegué con cinta transparente en la pared.

‘I hold you in my heart.’

La inscripción del mensaje aparece en el nudo infinito del amor, decorado con flores y corazones, conservado en los archivos del museo de Londres, entre cartas, ángeles, cupidos y poemas del siglo XIX.

Miro, un poco a mi izquierda, los nenúfares mal pintados en el espejo de mano.

A su lado, el volumen 1 de un cuaderno antiguo de tapa verde de inglés. Y en la primera página:

‘As long as you love me’.

Ahora se ha borrado. La intriga. Ni siquiera se si la frase estaba dirigida a mi.

A mi derecha, un papel blanco abarrotado de garabatos y un lápiz con una corona con pequeños diamantes.

Un día gris.

Un dolor monstruoso, que se enmaraña con una desilusión inacabable.

Frente a mi, una tarjeta con un corazón de origami que un día quise enviarle y nunca lo hice.

Pienso en el nudo del amor. Ese que nos atraviesa y trenza nuestra historia con frenesí.

Un ramo de rosas casi marchitas en el centro de la mesa que hice la semana pasada para Leah. Y el bordado sin continuar de polillas que mantendrán el secreto de este enredo y perpetuo sufrimiento.

San Valentín.

Las llaves, el teléfono, un corazón sin terminar de mimbre entretejido en mi balcón.

Llueve. Imagino los cisnes en el lago engarzando los cuellos y los picos.

Siento que Leah está sentada a mi lado. La escucho parpadear. Las piernas cruzadas. La sostengo, la abrazo como el sábado. La amarro con cuerdas a mi.

Su último sobre dorado sobre el estante. Seductor. Como si su voz llegara hasta mi en adagio sostenido de sirenas. Distraída, con la lluvia intento hacer oídos sordos.

Y otro sobre suspendido en el tiempo, por detrás del otro, lleno de estampillas que una vez me envió a Argentina. Sin abrir. Lo quiero guardar así. Como símbolo de amor infinito, aquel que se entrega sin esperar nada a cambio. Como el que creí dar.

Aparece una nube, 11° y hoy nublado en la esquina de la computadora.

Ahora se transformó en paraguas y una notificación de 11° y mañana lluvia.

Son las 16:16 y hace un rato eran las 15:15.

Y esta mañana eran las 11:11.

—Sus ojos son celestes.—le dije.

Cuando miré el reloj y estaba ya hablando sobre ella, sentada otra vez en el sillón de terciopelo rosa.

Mantener el control. Eso es lo que quiero. Que alguien me sujete, intacta, antes de desmoronarme.

Elegir enlazarme al presente. Olvidar las sentencias. Obligarme a estar de acuerdo. Pero no puedo.

—Todavía no hemos llegado al nudo de la cuestión.—me confesó.

Necesito que el castillo de naipes quede firme, y que no se derrumbe de un suspiro o un capricho.  

Los tulipanes empiezan a asomarse a la vida, esta que no eligieron. Aterrorizados. Igual que yo.

Pienso en el árbol de granada de mi infancia. Y sí, Leah tiene razón.

No hay que subestimar los recuerdos ni reprimir los deseos. La reconozco como aquella mujer que anhelé toda mi vida, y no como un love affair.

Cuanto más vivo, más me doy cuenta de que todo estuvo ahí desde el principio.

Eso dice ella. Por eso no entiendo la decepción y el miedo entorpecido que se ha obstinado con toda esta confusión y especulación de palabras y veredictos. Y delirio. Como una daga clavada en medio del corazón que todavía titila.

Pero se, por otro lado, que estaremos anudadas y entrelazadas entre halos como los ángeles para toda la eternidad.

Pudendum

Todo se refleja en el agua, la luz irisada de sus ojos, las sombras de mis manos sobre el telón del teatro, los rayos de sol entre los pliegues de su vestido, el pudor, las decisiones, los presentimientos y las incertidumbres.

Las nubes pasajeras, las estelas de los aviones, el cruce de los tallos de los nenúfares, las telarañas musicales que cuelgan del puente, las semifusas de polen que flota en el aire, y el rostro de ella, que tanto he amado.  

Su espalda recta, sus aleteos pendulares, sus palabras en reposo, sus brazos, los dedos de sus pies en el agua, entre burbujas de encaje, perlas de espuma y olas de nácar.

Los cometas, los planetas, los eclipses, la luna menguante y las estrellas que nacen una y otra vez al atardecer. La clave de sol. Nuestros besos. El universo entero y toda su composición. El símbolo de infinito. Mis bolsillos llenos de cartas para ella, las justificaciones, el perdón. Los secretos. Las promesas. El amor, las lágrimas, los caprichos, el final de la carta.

Y lo más inesperado, la postdata: te amaré para siempre.

Hasta yo me reflejo, pero no me reconozco. Creo que lo que se ha dejado sin decir ha cambiado mis facciones. Las golondrinas vuelan al ras del agua y cambian de dirección bruscamente al ver mi imagen reflejada. Se dice que cuando las golondrinas vuelan bajo, auguran la proximidad de horas de lluvia.

Espero las primeras gotas entre bostezos. Esas que interrumpen la serenidad, que expanden el silencio en ondas y que expresan lo desconocido o aquello que nunca nos animamos a decir. Así, por lo menos, podremos ver el temblor de las palabras flotando igual que sus pies.

¿Quién tira la primera piedra para romper el hechizo de los círculos concéntricos y de geometrías sagradas? Tiremos safiros y esmeraldas para crear así el eco sobre el agua, para perfeccionar la pronunciación de un idioma que no es innato en mi, y que tengo que dejar ir.

Siempre me interesaron los fundamentos del lenguaje, la fonética, el tempo, el sonido, el tono, el color, la calidad de un susurro o un crujido. Hasta que Leah llegó a mi vida para juzgar mis palabras, las leyes, la velocidad, el aire que entraba en mi boca, la posición de mis labios o mi lengua, la vibración de mis cuerdas vocales o mi invención de frases inexistentes. Me vi obligada desde entonces a usar diapasones, notas y metrónomos para medir mi voz y para protegerme de sus exigencias por aquello de lo que uno no debería avergonzarse.

Adagio, allegretto, vivace.

Qué importan ya las pulsaciones por minuto o el sentido del tiempo que me volvió hermética, como las ostras en el fondo del océano que devueltas al agua nunca más se volverán a abrir de par en par.

Sarah Moon – Birds of Stockholm 2011

Cita a ciegas

Leah es de esas mujeres impredecibles, que defienden su libertad bajo el lema de que siempre hay que estar preparada para una nueva aventura. Es de aquellas almas que les encanta dormir a cielo abierto, bajo las estrellas. Despeinada. De aquellas que al mirarlas a los ojos, una entra en su paraíso secreto, como dijo Frida Kahlo alguna vez.

Quizás por eso su camioneta estaba llena de maravillas, como un gabinete de curiosidades y amuletos por descubrir: una pluma de lechuza, dos paraguas con pintitas y puntillas, botas de goma, hojas de helecho y musgo, flores secas, un cofre lleno de ropa revuelta, pero a la vez bien doblada, una canasta de pic-nic, una varita mágica y una estampilla de cinco centavos, además de otras tantas cosas que ya no recuerdo, pero que se habían convertido en familiares e imprescindibles para mi.   

Yo admiraba eso de ella. Me había enamorado de esa impredecibilidad que me ponía en evidencia, de esas aventuras con las que me persuadía, de esos cielos con los que me hacía sentir infinita, de esas estrellas que ponía a nuestra disposición y ese perfume de sus cabellos despeinados que eran para venerar. Y de las proporciones perfectas de sus labios que me hacían empalidecer. Mi corazón pasaba a latir más fuerte en segundos y la eternidad se cristalizaba junto a ella.

Había esperado tantos años el encuentro con alguien así, que nada me podía detener. Mis cinco sentidos estaban puestos en sus manos. ¿Pero qué buscaba realmente yo?

Nos habíamos visto sólo una vez, diez años antes.

En nuestra primera cita, recostadas en el cesped, de repente Leah me quiso convencer de que yo siempre moraba en el pasado. Intenté eludir sus palabras. Yo sabía muy dentro mío que no eran verdad. Siempre asumí que en ese momento ella no me conocía lo suficiente como para decir eso y lograr censurar esos primeros instantes de cita a ciegas. Aunque siguió repitiéndolo por años. Y no era verdad, yo vivía el presente con ella en completo éxtasis y con los ojos bien abiertos.

Y aquel momento de déjà vu en el que la abracé y me quedé mirando fijamente el cielo, fue una breve visión, de esas que vuelven de vez en cuando del pasado a nuestro cuerpo. Y fue ese cosquilleo de las líneas del tiempo que se cruzan, pero nada más. Sólo para dejarnos saber que estábamos en el tiempo correcto.

Eso era. L’esprit de l’escalier. El tiempo correcto. Fuegos artificiales, hipnosis y descargas eléctricas. Debería habérselo dicho. Ahora es tarde. Ya nos hemos despedido.

Sarah Moon

Ellende

Ahora me doy cuenta que hoy he mentido: he dicho que no tengo familia, ni allá ni acá.

No se por qué lo dije, si no estoy sola. Tengo mis palomas, mis estrellas, mis anillos de cristales de roca, mi luna creciente, mi llave, mi música melancólica, mi reloj de arena, mis mariposas muertas, mi piano.

—Me acerqué— te lo aseguro, Leah— pero no me animé a tocar ni una sola nota. Seguramente estará desafinado y no me reconocerá.

Carl Jung decía que la peor soledad no es la de no tener personas a tu lado, sino la de no poder comunicar las cosas que te parecen importantes, o la de estar obligado a callar ciertos puntos de vista porque otros los encontrarían inadmisibles.

Me acerqué a la ventana, y me alejé del piano. Vi tantas estrellas en un azul profundo, ese que llaman azul de medianoche y que anticipa días de nieve y abundante frío. Maeterlinck habla en la primera página de su obra La Princesse Maleine de una lluvia de estrellas como presagio de guerras, desastres o la muerte de reyes y princesas.

No he visto la lluvia de estrellas, pero he sentido la muerte tan de cerca este último tiempo. Del padre, de la madre, del hijo, de la noche, de la música, del arte y del amor. A unos los escuché irse, a otros, no. No quiero quedarme sola en medio del ellende. Se fueron todos con los cisnes, que buscaron refugio bajo el puente. Lo he visto en los espejos.

De niña me gustaba imaginar el color del aura de las personas que tenía delante mío. Como así también me intrigaba pensar si la melodía, la entonación y el timbre de voz coincidían con su personalidad o la expresión de sus ojos o el movimiento de sus manos.

Ahora me doy cuenta que hoy veo únicamente las sombras de mis manos bailando solas en las paredes de la casa a la luz de las velas. Y escucho la voz de ángeles a mi alrededor. Veo el aura que los abraza a ella y al pequeño hermano en la pintura de Norah Neilson Gray. Y las flores doradas en su regazo.

Las palabras siguen aún enjauladas en mi interior.

Siempre me gustó la palabra ellende en holandés, porque tiene tantos significados, y ninguno concreto a la vez.

Ciertamente, la soledad es peligrosa y adictiva. No me quedan dudas después de tantos años.

Estrella de la mañana

Mis manos, heladas por tu ausencia, no pretendían más que amar, llevar el anillo de la promesa dorada y sostener mis mejillas para serenar mi dolor.

Estaba tan cansada de fingir, de buscarte, de querer entenderte y de amarte a la distancia de miles de millones de años.

Bajé hasta los abismos de los infiernos, que me han susurrado tu nombre muy de cerca. Más tarde rocé la oscuridad de tus constelaciones antes de ahogarme entre los diamantes del insomnio y te vi brillar entre las rocas en el cielo de mis sueños.

En puntas de pie, me cubrí la frente con la palma de la mano y el velo que perfumó tu piel en otro tiempo para no encandilarme con tus haces de luz.

Te abrazaba un ángel entre auroras en el firmamento. Vi tu corona decorada de doce amaneceres. Y sentí tus rayos, como manos que aparecieron entre luceros para acunar mi cuello y apuntalar los universos de mis deseos.

—Prometo quedarme así, con la cabeza adormecida en tus manos. Te recompensaré. Lo prometo, mi estrella de la mañana.

Infinitas polillas aladas blancas emergieron de la soledad y el polvo de estrellas que cubrían el adormecimiento de la tierra. Levantaron vuelo a mi alrededor. Tenían el Norte como destino, eso fue lo que me dijeron. No supe si seguirlas o cerrar los ojos y quedarme en la cuna de tus rayos.

Sans Titre – Sarah Moon 1989

Desiderium

Dicen que es una planta con magia.

Dicen las luces de las velas y la oscuridad del invierno europeo que es casi navidad.

Dicen que no es sorprendente que la nostalgia aparezca más pronunciada en tiempos inciertos, de transición o cambio.

Desde la lejanía de los griegos, dicen que hay que besarse bajo el muérdago blanco con aquel que amamos.

Y finalmente, Leah vino a mi en la noche, cuando el amanecer parecía perdido para siempre.

El viscum album es una especie europea con propiedades medicinales y mágicas. Crece entre los vientos nórdicos y tradiciones folclóricas, en ramas de manzanos, pinos y álamos. Estas matas misteriosas, desparramadas, ahorquilladas, cilíndricas o divididas por nudos eran consideradas como un remedio universal y veneradas por culturas antiguas. Los griegos ya las utilizaban para las ceremonias nupciales, yo, en mis plegarias diarias.

Dicen que los druidas celtas lo usaban en sus rituales para espantar seres malignos, para atraer la suerte y hasta para resucitar muertos. Sus poderes mágicos se le atribuyen por sus raíces, que no proceden ni del cielo ni de la tierra, puesto que ni están en el suelo ni se mantienen en el aire. Necesitan de la savia de las ramas de un árbol para sobrevivir.

No recuerdo haber visto ramilletes de hojas ni bayas de muérdago en los árboles de Esperanza. Pero sí recuerdo haberlas visto en las láminas de figuritas de ángeles que mi abuela me había traído de regalo de su primer viaje a Alemania por allá en los años ochenta. Eran ángeles recortados a mano, troquelados, con vestiduras, capas y sombreros de terciopelo blanco o rosado, botitas abotonadas y alas de brillantina alemana plateada. Amaba esas láminas. Estoy segura que todavía están guardadas en alguna de mis cajas de la infancia. Algunos ángeles llevaban cestas con rosas y cintas, velas y campanas, cuernos de la abundancia o ramos de muérdago blanco en las manos. Creo que fue el regalo más sublime que he recibido de mi abuela.

El muérdago muestra todo su esplendor durante el solsticio de invierno, cuando sus frutos maduran y se hacen traslúcidos, blancos o amarillos. En la mitología nórdica, es considerado símbolo del amor. Besar o ser besada bajo el muérdago blanco.

Ella vino a mostrarme su amor a la luz de las estrellas, bajo el ramillete de muérdago. Ya no se si nos besamos o no bajo las ramas de los manzanos aquel día. Aunque no estoy segura que eran manzanos…veo peras esparcidas por el suelo, entre la hierba, el silbido de los mirlos y mis recuerdos. La memoria de una escena en un pasado distante, distorcionado y extremadamente idealizado. Y el resto, ni más ni menos que un simple beso y el recuerdo que sobrevive. La excusa perfecta para besarse.

El anhelo del regreso a cierto tiempo y lugar a los que conferimos un grado de perfección, belleza y poesía era considerado hasta el siglo XIX como una enfermedad. Como una noche negra sin final llena de añoranza, desmayos, fiebre e incluso, la muerte como punto final. Felizmente, Jung ha rescatado las memorias y puntos rosas del pasado para enhebrarlos como perlas y consagrarlos de asociaciones positivas, instintos y luces de navidad.

En pocas palabras, mi desmedida nostalgia en ciertos días de cada fin de año combina la tristeza agridulce de la pérdida con la alegría o el consuelo de que la pérdida no es completa ni podrá serlo nunca. Queda el amor que se desvanece de a poco en la noche oscura entre las estrellas. Quedan los ángeles de papel vestidos de terciopelo y brillantina, los sentimientos de soledad, el placer y el dolor, los sonidos de los mirlos anidando en el muérdago, los deseos y el duelo, los olores, los sabores y texturas en medio del adviento, nuestras almas, la de Leah y la mía, y la aterradora proximidad de las fiestas blancas.

Sarah Moon

Sueño de noche de verano

Dormía de más para no estar despierta por el día. Era tarde para remordimientos. Pero demasiado temprano para levantarme. Ya no me importaba la vigilia, el equilibrio o la supervivencia. Envuelta en las sábanas de franela de algodón, podía escuchar cómo Leah repetía su nombre desde lejos, detrás del espejo.

Deseaba escaparme y recostarme en la tierra ficticia de aquel patio de mi infancia, arrodillarme entre los cardos altos, extender los brazos al cielo, sentir con mis manos la caricia de las recentísimas hojas nuevas de la hierba y de las flores del ciruelo desfallecidas con tanta cautela entre las firmes piedras.

Ya no sería un desafío arrastrarme por la hierba, esconderme y desaparecer en el hueco de lo que quedaba del tronco del ancestral ciruelo, desnuda, entre la resina, el carbón y el resentimiento, entre los helechos y amarantos. Aceptar el sabor amargo de los pensamientos sumidos en el agujero negro de la nostalgia. No era justo, pero era precisamente ahí donde solían acumularse los recuerdos que ya no quería perder y el deterioro del ensueño diurno.

Sabía que Leah seguía pensando en mi. ¿O era pura distorsión de la realidad y somnolencia? Quería atravesar la antipatía de los huesos que se extendían desde mi espalda hasta los nudillos de mis manos con inmortales tallos de rosas y dejar las espinas acapararme y arroparme entre venas, líneas de sangre, fatiga y espasmos.

Quería respirar, crear un espacio entre el tronco y las espinas. Dormir. Seguir durmiendo por la eternidad. Así tendría tiempo para sembrar bulbos y brotes de fresias entre los huesos de mi clavícula y mis cicatrices, plantar orquídeas colgantes de mi boca y dejar crecer raíces y flores de ghysophila rosa y blanca entre mis cabellos despeinados y largos, y así poder ver, entre ellos, las sombras de las ramas finas proyectadas en mi piel pálida de eterno invierno europeo después de tantos meses de ausencia.

—¿Debería despertar? ¿Elevar una plegaria al cielo? —me preguntaba entre bostezos y suspiros incontrolados.—  ¿Cuántas horas quedan por dormir ? ¿Es hora de dejar todo atrás y abrazar la ambigüedad del día a día, de las corolas de la pasiflora que trepan por el tronco y las ramas?

Quizás debería haber interrumpido las conversaciones de las flores con libélulas de pintitas azules en sus alas y rayas naranjas. Sentirme triunfante y así ser capaz de mitigar la intensidad de mi soledad. Dejar posar las libélulas sobre las halucinaciones de mi cuerpo, sobre la piel nítida y descascarada de mis manos. Sobre las trenzas malhechas que cruzan la tensión de mi frente. Dolor que palpita y late.

—¿Has intentado masticar las hojas de diente de león y beber el té medicinal de sus flores?— le había preguntado Leah unos días antes, al inicio del sueño y la migraña.

La infusión parecía ser como una especie de poción mágica para los repentinos y persintentes dolores de cabeza. Tres días seguidos de melancolía y dolor. Sensibilidad a la luz y a los cambios de temperatura corporal. Tempestad.

—No, ¿acaso son comestibles?— le respondí adormecida.

Entrecerraba nuevamente los ojos. Sólo recordaba hacer volar sus semillas por el cielo liviano e inconstante de parques y patios cuando era niña. Ya no recordaba los tres deseos.

—¿Cambiarás de idea, Leah, o intento dormir? No te retrases ni con el té ni con tus disculpas. —Balbuceaba. —Lo mejor sería no cambiar el número de horas que duermo cada día. Odio los sueños fragmentados.

Siguí soñando con burbujas blancas aterciopeladas que inundaban el jardín tostado del patio en verano.

—Eran burbujas que almidonaban el césped y atraían las odiosas orugas peludas, los caracoles herméticos y otros delicados moluscos.—Hice una larga pausa para respirar—¿Es muy tarde para la reunión de té, los pasteles y la reconciliación en el medio del bosque? Si no vienes, déjame dormir.

Cada medianoche, alrededor de las doce, insectos indeseados como las polillas nocturnas forman lazos y nudos heridos y pegajosos de alas entre las luces de las lámparas, mientras vuelan violentamente, atropellándolo todo. Se parece a un festín, y, a la vez, al fastidio de insospechadas hadas desnudas y aladas guiadas por Titania que se burlan del amor y que se roban las semillas puntiagudas y negruzcas para usarlas de varitas mágicas y practicar su puntería en medio de las ruinas de mis días y mi letargo.

Respiré hondo.

—Se que no vendrás, pero sigues pensando en mi — le dije entre suspiros —Déjame ya, que siga acurrucada en mi propio sueño de una noche de verano en medio del invierno, de descanso entrecortado y ridículo, de líneas nerviosas, de hojas mal dibujadas y distorcionadas por la noche sin luna, de capullos ondulantes de fresias como de cera abrillantada. Déjame dormir. Escóndete detrás de la puerta, si quieres. No tienes nada que perder, sólo escucharme adormecer.

—Déjala despertar ya, y bésala —dijo la voz. —Aunque el manto negro de terciopelo y oro cubra su cuerpo desnudo sobre la hierba, en medio de la enredadera contagiosa de mariposas y libélulas, aunque sus pies fríos sigan visibles entre los dientes de león ya marchitos, aunque sus ojos se envuelvan de nubes y manchas negras y líneas elípticas de sangre y venas.

—Déjame ya, —repetí —que escuche las voces solidificadas en las piedras de los héroes armados que vendrán como corsarios a través de mares y océanos a rescatarme.

—Déjala ya, —siguió la voz — que pueda ahorcarse el cuello con flores de pasiflora fragantes, y triturar sus sueños con sus martillos, sus pistilos y sin cuerdas, pero déjala dormir. Déjala morir sintiéndose derrotada hasta que la percusión de su angustia llegue tan lejos como las semillas del diente de león y se hagan evidencia en países lejanos, en el tiempo y en el espacio de otros continentes. 

—Déjame ya, — le supliqué —que sofoque el engaño y consagre la espera de aquellos dioses, orfebres y héroes de cascos alados que indudablemente vendrán a salvarme. La magia existe. Se que traerán con ellos anillos de oro, arcos y flechas, que cruzarán a caballo bosques encantados de rosas de tallos petrificados, de espinas y de clavos oxidados, que me defenderán con escudos cilíndricos dorados y espadas afiladas de acero labrado. Morirán así las venenosas serpientes de mis sueños, igual que las herejes y escurridizas lagartijas, hipnotizadas por la mirada de las lechuzas borrachas de curiosidad.

—Bésala en la frente, — ordenó a Leah la voz —aunque quiera esconderla entre fresias y trenzas, y aunque sus mejillas estén deshechas entre heridas abiertas de espinas y salvajes frambuesas, aunque sus labios ya no sean más que de escamas tornasoladas verdes, lilas y afiebradas.

—Bésame, — le dije exhausta — y protégeme del colapso con tu gélida espada. Deja que pruebe el jugo azucarado y empalagoso de las flores de fresias que tenía prohibidas cuando era niña. Se que estás cerca. Déjame beber el néctar del cáliz sagrado entre las guirnaldas de hadas y pasiflora, como si fuera el regalo más preciado que puedes entregarme. Dibuja aureolas doradas sobre mi frente como antes. Toma mis manos frágiles, casi muertas, y déjame caminar a tu lado en el desiderátum infinito del atardecer, vestida del color más claro de pétalos que encuentres, sin mirar nunca más ni hacia el pasado ni hacia lo que quede detrás de nuestras espaldas.

Dimanche a Grisy – Sarah Moon 1987

Más allá de la luz

Prendí velas rosadas. Velas viejas que encontré guardadas en un cajón de la casa, quebradas, un poco desteñidas, pero de un hermoso color durazno encerado, nacaradas.

Dicen que son las más idóneas para invocar el amor. Y que el pedir un deseo al soplarlas se remonta a los antiguos griegos, cuando horneaban pasteles y los cubrían con velas para pedir un favor a Artemisa, la diosa del amor. Se creía que el humo de las velas apagadas llevaba el mensaje a los dioses en su ascenso al cielo. Una sola llama que se eleva en el vapor de inspiración y ofrenda.

Algunos usan velas rotas para establecer contacto con los espíritus y seres sobrenaturales, y para pedir su protección y su guía. Supersticiones que algunos siguen respetando con una fe ciega, convencidos de su poder.

—Los fantasmas no existen— me repito en voz alta —Son sólo creencias irracionales descriptas en los mitos y leyendas de tiempos pasados. Debo despojarme de estas ideas.

Dicen que sólo hay que encender las velas del ritual con fósforos de madera. Nada de encendedores, sólo con un palito que los griegos han llamado Φωσφόρος o Phōsphoros, que significa portador de luz. Qué bello nombre.

Vi las primeras chispas, pero me costó prenderlas, fueron momentos de incertidumbre y escalofríos. Dicen que la superstición se alimenta de esos instantes inciertos ante situaciones incontrolables y los delirios.

Quizás la madera de los fósforos era vieja. ¿O no ejercí la presión adecuada sobre la caja? Demasiada sobriedad la mía. Seguramente no hubo suficiente fricción para que un punto de la cabeza alcance su temperatura. Lo intenté una y otra vez, coloqué mi dedo índice justo detrás de la cabeza del fósforo. ¿Cómo hacían en la antigüedad para encender el fuego con los troncos y ramas de madera? Quizás necesito hacer fuego con una lupa o usar mis espejos ¿o con el fondo de la botella de champán? Quizás debí frotar dos palos muy secos durante unos minutos o hacer saltar chispas de dos piedras recogidas en el fondo del mar. Térmica y luz. Dicen que puedes valerte de una sola roca, un ladrillo o una superficie rugosa. Parece que la cerámica también funciona. Combustible, calor y oxígeno. Eso es lo único que necesito. ¿Sabías que cuando era niña me comía las cabecitas negras ya quemadas de los fósforos? Mi cuerpo debe tener una alta dosis de sesquisulfuro de fósforo. Aquel elemento químico de la tabla periódica denominado con la letra P que fuera descubierto por accidente en búsqueda del oro en 1669. Dios mío.

Enciendo las velas. Chispean sin recato. ¿O es que truena? ¿Será afuera una noche de tormenta? No, son las velas que hacen ruido aquí dentro. Sin embargo, he visto el refucilo. Serán burbujas de aire o impurezas en la cera. Quizás la acumulación de carbón o un hongo en la mecha.

Creo que las mechas estaban un poco deshilachadas, aletargadas por el tiempo y la humedad, pero allí están, encendidas en los candelabros de cristal. Finalmente lo logré, con el último palito de ocho centímetros de los cien que contenía la cajita. Guardaré la caja de recuerdo.

María Elena Walsh escribió que en una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Un rayo de sol – aunque hay que encerrarlo muy rápido para que no se lo coma la sombra – un copo de nieve, e incluso una lágrima muy gastada.

¡No…no ! las llamas se apagan. Ha llovido mucho o quizás he dejado caer demasiadas lágrimas sobre la mesa sin darme cuenta. No puedo permitirme que se apaguen, las creencias dicen que tendría que reiniciar el ritual. Y no puedo perder el tiempo. ¿Será que el viento se filtra por las grietas en la pared? ¿Entra una corriente de aire en la habitación? No, no puede ser, he cerrado las ventanas. ¿Tendría que haberlas encendido en el corazón del altar?

Evocaciones y súplicas. ¿Será que las velas son muy cortas ? He leído que deben medir como mínimo 21 centímetros. ¿Tendré que aventurarme y cambiarlas por velones más grandes, para hacer su temblor más potente?

Enciendo la primera, la segunda, la tercera. Sí, son tres, dispuestas en triángulo. Tu nombre en el centro. Escrito en un papel. El color de las velas determina la vibración de las llamas. Ya no recuerdo bien si debían ser velas rosas, blancas o negras. No, negras no, aquellas tienen mala fama. Las negras se usan para abrir caminos, para revertir o poner fin a hechizos, embrujos o maldiciones. ¿Debería sustituir las velas rosas por blancas? Dicen que el color de las velas determina la purificación de la energía. Las velas son las mensajeras de oraciones. Como las que elevé a Artemisa. Estoy segura que las rosas eran las del ritual del amor. Aunque ya en la antigüedad se acostumbraba encender velas blancas durante nacimientos y matrimonios para atraer a los espíritus del bien. Ahora estoy en la duda. ¿Eran blancas o rosadas? He leído que si los enamorados se prometen amor eterno a la luz de una vela y ésta no se apaga antes de que se consuma, el amor será eterno. Y para ver de nuevo a la persona amada, es preciso dejar encendida la vela junto a la ventana. ¡Claro, ahora entiendo! He corrido las cortinas para que nadie me vea. Así no podrás ver su lumbre desde el jardín. ¡Espera! Corro a grandes saltos hacia la ventana.

Estoy pendiente de la llama, que se haga tranquila y estable. Miro el espejo que se ondula, zigzagueante, más allá de la luz, a través de la llama, que, al principio, azarosa, ahora se hizo grande y está en calma. Dicen que la energía de la llama alta y brillante me reforzará, que es signo de armonía. La llama alargada, llena y bella indica la presencia de un espíritu benéfico, que el ambiente está equilibrado y en paz. Somnolencia espiritual. Majestuosidad de la llama alta. Agradecimiento. Conexión con lo sagrado. Me estremezco. Me pregunto si estaré en el camino correcto. Intento comunicarme con el universo para que las estrellas escuchen mis plegarias y se repitan los ecos de tu voz en círculos, en el espacio, a mi alrededor. No te preocupes, Elena, se trata de un buen augurio. Todo aquello que pidas se hará realidad. ¿Será verdad? Me pongo de rodillas, si quieres, para mantener el equilibrio entre mis silencios y mis palabras. No me dejaré seducir por el juego de las llamas azuladas, o en pensar que la energía no está recibiendo mi mensaje. Si lo pienso racionalmente, la parte más azul correponde a la más oxigenada. Dicen que para crear llamas azules hay que agregarle al fuego cloruro de cobre o cloruro de calcio, que no tengo en este momento. Menos mal. Para crear llamas amarillas, carbonato de sodio.

Miro el espejo donde se refleja el humo del sahumerio de magnolias que arde sobre la cómoda y las tres llamas. Por suerte no son espiraladas. Dicen con total certeza que cuando las llamas bailan en espiral, hay personas que intentan interferir en el camino de ascenso de las intenciones. Así no las oirá Artemisa. Es que tal vez es que he olvidado pasar las velas por mi cuerpo. Dicen que hay que frotarlas siete o nueve veces, como cuando se invocan los ángeles. Cuentan que nuestros antepasados incas ya frotaban en su cuerpo las velas antes de encenderlas para interpretar su humo y predecir enfermedades. A los yachaks andinos antes nadie les creía. Los llamaban brujas y brujos. Usan las velas y mastican hierbas para diagnosticar y curar. Quizás debería inhalar el humo del sahumerio o poner en mi boca hojas, tallos o raíces de ortiga y masticarla contra influencias malignas o desgracias. Si no mal recuerdo, las hojas y los tallos se recolectan en primavera, mientras que las raíces se recogen en otoño, después de la floración. En otras palabras, todavía estoy a tiempo para las raíces. Pero está lloviendo. No me gusta salir por los prados cuando llueve.

Por suerte, las llamas no bailan y son definitivamente amarillas, bien doradas. Hipnóticas. Todo se ilumina, las paredes, los libros, las alas de las polillas y la copa de champán. El universo le está dando luz a mi petición. Una sola llama es suficiente para iluminar la oscuridad. Sin embargo, ahora me doy cuenta que olvidé esparcir la canela sobre el papel con tu nombre. Quizás no tenga tanta relevancia. Me doy cuenta que las velas se consumen muy rápido, sin humo y sin hollín. La punta del pabilo es brillante y se enrula incandescente, eso significa que nos traerá suerte y renacimiento. A ti y a mi, estoy segura. ¡Qué felicidad! Dicen que las velas representan la luz, la esperanza y la purificación que invitan a la serenidad interior y a confiar en la intuición. Aleluya. Cierro los ojos y sueño que estás presente.

Oh, dios, he olvidado algo importante. Las velas rosas debían estar acompañadas por el fuego de una vela de miel, artesanal, fabricada con miel pura y cera de abeja para suavizar y endulzar la relación entre nosotras. Fingiré encender una. Pero parece que sólo se encienden el día 11 y 22 de cada mes, para potenciar la atracción de los amantes. Ya es tarde. No, todavía tengo unos días. Ya casi estamos a fin de mes. A fin de año. Ha pasado ya casi un año sin vernos. Tendría que comenzar otra vez con el ritual. Repetirlo todos los días. La última vez que nos vimos fue en medio del invierno. Debería comenzar el día mañana quemando incienso, sándalo o mirra. Si sigo bien las instrucciones, primero se encienden las varitas de incienso, después la vela de miel, después las rosadas del amor. Hice todo mal, desde el principio del ritual. Lo se.

Seguí leyendo que la ceremonia debe realizarse en las fases de luna creciente y estar coronada por un círculo de sal marina, de agua bendita y cristales. Los cuatro elementos tienen que estar presentes, el aire, el agua, la tierra, el fuego. Sal rosada. Busco los cristales en la cómoda. No tengo agua bendita. ¿De dónde saca uno agua bendita? Dicen que se puede reemplazar por agua de Florida, con perfume a base de ámbar, almizcle y benjuí de Sumatra, Borneo o Java. ¿Será que puedo usar el agua de rosas que compré para tu pastel de cumpleaños a principios de este año?

Y no, no dije en voz alta mis deseos e intenciones. Fueron susurros en medio del silencio. Pero supuestamente, las llamas mantendrán vivos cada secreto, cada plegaria, cada superstición. Tampoco derramé las cinco gotas de cera sobre el papel con tu nombre. Pero no he soplado la vela encendida para no romper la magia. Ahora me doy cuenta que el mensaje no le llegará a Artemisa. Tampoco pasé la palma de mi mano sobre la llama como cuando era niña. No quería que desaparezcan las líneas de mi vida. La cera se ha derramado sobre el candelabro de cristal y sobre la mesa de madera. Las polillas se han quedado pegadas a la cera. Pensé que el fuego las espantaría. Las llamas siguen temblando. Igual que yo y mis ilusiones. He dado y pedido amor. Amor incondicional. Y fuegos de instintos, afecto y deseo que han sido testigos de nuestros miedos y nuestras esperanzas más allá de la luz y la oscuridad.

«So now I think my time is near – I trust it is – I know»/»The blessed Music went that way my soul will have to go»,

Julia Margaret Cameron 1875