Ella tenía por esos tiempos aquella obsesión de observar los labios de la gente, especialmente de mujeres de su edad para contar las arrugas o simplemente comprobar si eran simétricos y bien dibujados, sin falta de pigmentos rojos.

Desde que se había declarado la pandemia, tenía problemas para conciliar el sueño. Aunque los artículos de las revistas que leía recomendaran hacer la cama por las mañanas, ella se negaba. Como se negaba a correr las cortinas de seda pesada dorada de su habitación. Como si no quisiera que entrara el sol de primavera ni esa luz que tanto había extrañado durante los interminables meses invernales.

Y entonces maldecía la primavera, y los parus amarillos que venían a comer a su balcón, así como las flores de pensamiento que él le había regalado para alegrarla.

Ella sólo quería dormir, y descubrir quién era, si se enfermaría, cuándo abrirían las fronteras y qué le depararía el destino,

Nunca se había imaginado estar en territorio europeo durante una pandemia.

Quizás era su miedo más grande desde que había llegado a Bélgica, y ahí estaba, en su jaula, inamovible, sin la libertad de tomar el avión y regresar a su casa.

La palabra casa le daba escalofríos. Y tomaba el termómetro para comprobar si la fiebre era real o imaginaria. Se dirigía al espejo e intentaba asegurar que se encontraba pálida y demacrada, con ojeras negras y la piel quebrada. Por lo menos, la de los dedos y las manos.

Esa mañana había abierto las ventanas para ventilar la casa, y sólo percibía un olor nauseabundo a una mezcla de detergentes y ácidos irreconocibles proveniente de los pasillos del edificio donde habitaba.

Por momentos, podía predecir el futuro con una claridad espectacular.

Otros, sólo quería recostarse sobre su alfombra de colores pastel, descolorida, y no despertar jamás. Qué era lo que la mantenía todavía inmóvil, sentada en la silla, mirando a Venus, la Verticordia, ni ella lo sabía.

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