
Introducción
De perfil griego y un aura mística, cuello pulido y esbelto y labios carnosos y bien delineados, de nariz recta como Helena de Troya y mandíbula grande. Pero, para mi decepción, no nací de un cisne. Ni tampoco soy la más bella de las mortales. Sólo compartimos el nombre. Por mis venas corre sangre argentino-germana, con la que he sido honrada y, a la vez, maldecida. Tengo tres nacionalidades, si tengo en cuenta la belga, que han forjado mi identidad, de aquella que soy hoy y que se arrodilla delante mío y tuyo en este autorretrato.
Con mi imagen facial me he reconciliado durante la adolescencia al creer reconocerme un día en el cuadro de Dante Gabriel Rossetti, llamado la Venus Verticordia. Pero, a decir verdad, se que si fuera una pintura, sería un prodigio convertirme en ella. Tan vanidosa no soy. Me seduce la manzana del cuadro, como a la Venus, relacionada al deseo, la tentación y la discordia.
Si pudiera elegir ojos, serían los ojos intimidantes y nostálgicos de la Venus Verticordia.
Me fascinan los espejos venecianos biselados rosados cobrizos labrados de flores. Los prismas y los caleidoscopios. Aunque me encantan los espejos, no suelo mirarme mucho en ellos. Qué irónico sería tener que besar la propia imagen en el espejo. Pero lo intento. Intento cada nuevo día darme permiso para observar mi reflejo, hacerlo más consciente y propio, para encontrar mi destino, entender mi pasado y sus misterios y corroborar la verdad delante de mi.
Si fuera un color, sería sin dudas, el color cobre o rosa viejo.
Me gusta buscar la simetría en todo lo que veo. No tendría el coraje de tatuarme la piel, pero llevo hace treinta años una cicatriz que se destaca en la espina dorsal. A veces la pienso como el cuerpo tatuado de una libélula o mariposa, mis insectos favoritos. Como decía Carl Sagan, «Somos como mariposas que vuelan durante un día pensando que lo harán para siempre». No soy eterna. Lo se, pero llevo el infinito en la palma de mi mano, galaxias encerradas entre mis huesos y polvo de estrellas en mis párpados.
Si tuviera que nombrar algo que detesto sería el fastidio de noches en vela y sin estrellas. Pero se que las noches en vela serán siempre consagradas a ese jardín secreto donde pedimos aquel deseo una sola vez.
Me cautivan los círculos, que para mi tienen un valioso significado, la intersección de círculos, el símbolo de infinito, las espirales del vuelo de las golondrinas, la geometría sagrada, las veletas, los halos, el papel picado, los anillos, el carrusel de la feria. Las órbitas de los astros y sus leyes invisibles y toda su exactitud y además la astrología. El primer libro que he leído sobre el universo fue Cosmos de Carl Sagan a los doce años. En ese momento aprendí que la única verdad sagrada es que no hay verdades sagradas. Al mismo tiempo, me siento atraída por el caos y la metamorfosis. Le tengo miedo al apocalipsis y a mis contradicciones.
Si fuera un número sería el solemne 19, el día que celebro mi cumpleaños; ese día que uno se siente particularmente más viejo que el día anterior y más joven que el siguiente.
No soy amiga de los cambios radicales, como todo Tauro, me gusta tener tierra firme bajo mis pies. Pero me fascina la evolución de todo en este planeta, celebrar lo intacto y lo desconocido de un nuevo inicio: la humanidad, la historia, los cielos, la fisonomía del hombre y la mujer, el idioma, las olas, la filosofía, las semillas de jacarandá, las auroras boreales, el envejecer. Y ahí es donde aprendí estos últimos años a insistir, a conmemorar cada día como una nueva oportunidad. A volver a creer en los milagros de la vida. A volver a empezar. A pensar qué tan frágil sería ese minuto de paz al abrir los ojos. Y volver inesperadamente a la esencia de la vida, al existir de las palabras, a lo místico de un primer momento al espejo y a lo mágico de una mirada recíproca.
Si fuera un mes, sería un mayo europeo. Si fuera una hora del día, sería la serenidad de las siete de la tarde de verano, a su lado, tomadas de la mano durante un paseo de campo.
Mi admiración por las mujeres de Alfons Mucha es difícil de explicar, especialmente las de los paneles decorativos de las cuatro estaciones, enmarcadas en columnas y arcos bizantinos. Siempre quise ser como ellas, inocentes, utópicas, elegantes, seductoras. Pero tengo manos grandes, piernas robustas, torso encorvado de tanto coser y cabello castaño no tan largo como ellas. Ojos almendrados marrones oscuros. Pestañas no muy profusas, pero encarcelo entre ellas el primer rayo de sol que se filtra, que me recibe cada mañana y me encandila. Y un palpitar enorme en el corazón y en el alma.
Si fuera una estación y si Leah estuviera hoy a mi lado, sería primavera.
Adoro la mitología griega, los secretos de los dioses y todas sus enredos e intrigas.
Si fuera una diosa griega, sería Venus, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad. O una estatua de marmol blanco en medio de un lago, rodeada de cisnes, de flores de loto, aguas transparentes, de burbujas y croar de ranas, de moluscos de nacar, de cristal de roca, esmeraldas y delicadas hebras y anchas ramas aplanadas de algas en forma de abanicos entre colonias de células, plancton y esporas flageladas.
Si fuera un secreto, sería sagrado, pero al mismo tiempo, uno de aquellos susurrados en su oído. ¿Si las estatuas pudieran hablar, mantendrían intactos todos nuestros secretos?
Me fascinan las tiaras de plumas de palomas blancas, las capas bordadas de alas de libélulas esmaltadas, escarabajos y chicharras, los maniquíes antiguos, las sedas, los amuletos iridiscentes. Guardo muchas chucherías, cartas, cajitas de cartón, encajes, plumas, recuerdos que forman parte de mi, de los cuales me cuesta separarme física y espiritualmente. En realidad, soy amante de cosas sencillas, pero bellas. Del placer tan simple y delicioso como el perfume de las flores.
Si me transformara en un ave, sería un mirlo. Amo su canto melodioso al amanecer y al atardecer. Y si pudiera elegir un animal, sería un ciervo de grandiosa cornamenta en el medio de un bosque de magnolias y hayas.
Mis conversaciones son sinceras, profundas y lógicas. A veces, místicas y aburridísimas. Soy sociable, y a la vez distante y solitaria. No me gusta alzar la voz, pero dicen que puedo ser muy irónica cuando me siento herida. Se que las discusiones no se resuelven con silencios, pero a veces, las palabras se empantanan como medusas en mi garganta. Pero no soy esas que callan porque no sienten nada, sino las que no dicen nada porque lo sienten todo. El problema es que ciertos silencios míos se prolongan demasiado en el tiempo y se transforman en un santuario para el no ver, no oír, no decir. O ver, oír y callar.
Si tuviera que elegir una palabra que me defina, sería melancolía.
Soy sensible a la luz, a los cambios de temperatura, a los bullicios, al contacto con ciertas superficies rugosas, sin embargo me enamoran las noches de lluvias de estrellas, sobre todo las Perseidas. Los eclipses de sol, las lunas llenas. La suntuosidad de las lámparas de Tiffany. Las llamas de las velas. Las joyas y los frascos de perfume de Lalique. Y no se trata de ostentación.
Si fuera una estrella, sería aquella que ha tomado su destino en sus propias manos.
Lucho por la luz, desesperadamente, como escribe Anaïs Nin. Siempre me dio mucho miedo la oscuridad. Y se perfectamente que el tacto tiene memoria, como dice John Keats.
Si fuera una textura sería terciopelo o papel nacarado de seda. Si tuviera que elegir un perfume, elegiría el perfume de la piel de mi amante, al final del verano, recostada en el rocío, entre margaritas silvestres, anillos de hongos, rosas y flores de madreselva.
Estos últimos días me cuesta conciliar el sueño. Pienso entonces cuánto tiempo me toma dormirme. Hay días en los que me lleva horas, después de la invocación de todas las musas. A veces arriba Hypnos con ellas y recae en mi todo su poder, unas visiones y unos sonidos de sombríos presagios que se mezclan al azar. A veces me dice claramente todo lo que quiero saber en un lenguaje simple mientras cuento los segundos antes de cerrar los ojos.
Si fuera una pregunta, me preguntaría si todo el amor que le confesé y que con inocencia perdí, volverá algún día a renacer en mi. Ese amor tácito, incondicional. Esa sensación de pertenencia. Ese calor de paraíso. Esa complicidad. Ese roce de nuestros labios. Ese néctar. Esa pasión. Ese secreto despertar. Ese parpadear. Una vez cada cuatro segundos.