Lux in tenebris

Tan cerca, a la vez tan lejos.

Ojos semicerrados.

Parpadeos que dejaron hace noches de ser continuos y acompasados.

La luz, consumiéndose lentamente en la muerte lenta y una aureola blanca en el iris de sus ojos.

Sus ojos grises semiabiertos, su respiración entrecortada.

Sus ojos cerrados, su corazón acelerado.  

Sus ojos abiertos y el resplandor fugaz de la luz que perciben sus pupilas dilatadas por la morfina.

Sus ojos otra vez cerrados y el apretón de manos que le doy, testigo de los ahogos de su voz intentando decirme algo sin siquiera ser una conjunción de palabras ni vocales en el horizonte del alba.

Sus ojos, semicerrados. Su pulso es constante y apaciguado.

Los huesos dolientes y sobresaltados de su clavícula se estremecen en cada suspiro, como en sueños enfurecidos que espanto con mi solemne desacuerdo, padre nuestro y obstinadas plegarias. Sus costillas ligeras y quebradizas se inquietan en las abatidas bocanadas de aire intentando alcanzar sus pulmones cansados. Su piel casi transparente se tensa de un brillo inusual como de telaraña con la luz que entra por la ventana. Todo se va desacelerando en la arritmia del tiempo que parece detenerse en la persistencia de millones de segundos.

Sus ojos, semiabiertos, como enceguecidos por la insistente luz de una vela que muere lentamente.

Remembranzas y esperanzas tan cercanas, a la vez tan lejanas se tejen y destejen en el ascenso lento e insesante de la morfina, entre la tensión del cuello y la incongruencia de sus huesos finos apuntalando su garganta, el vaivén rítmico de su tráquea y los abismos de su mandíbula hasta la maraña de sus venas azules, sutiles y sinuosas en las profundidades de sus sienes inmaculadas y desanimadas.

Sus últimos suspiros atraen, cómplices y casi titánicos, las tinieblas inoportunas que la desvelan en esa batalla vehemente e indecisa entre la vida y la muerte.

Invoco la luz, gestiono una conciliación con las hadas y hago un pacto con todos los dioses para que coronen su aura. Una procesión de diminutas libélulas anuncia la llegada de las hadas y aletea en la piel perfumada de su cuello, entre espirales de humo de incienso y palo santo.

Sus ojos, semiabiertos, sus pupilas, dilatadas por la dichosa morfina.

Sus gemidos sumergidos en la superficie suspendida en el aire crean una imagen en mi mente de agua, de incienso, de espíritus y de ángeles en medio de la noche de luna llena y de hadas, meciéndola hasta alcanzar el paraíso, su lugar de destino.

Sus ojos, semicerrados y moribundos. Y una pequeña grieta lúcida todavía que dejará paso en medio de esta noche de luna llena a las tinieblas.

Invoco la luz y en medio de un concierto repentino de arpas, le devuelvo las ramas y semillas de lino, esas que entretejen hasta hoy nuestras historias y almas, tan lejos, y a la vez tan cerca, y las acomodo en los caprichos de sus manos de marfil y sus dedos tensos, fríos y de huesos finos.

Sus ojos, ya casi cerrados.

Las semillas de lino, por suerte, entre sus manos.

Le Scarebe, Sarah Moon 2002

Un centavo por tus pensamientos

Una gitana había pronosticado su partida a países lejanos, sosteniendo la palma de su mano en el rosedal de Buenos Aires hacía un poco más de veinte años.

Se perfectamente que no conoces los nombres de los capullos de las rosas ni el color de los cielos estivales de Buenos Aires. Eso ya no tiene importancia.

Ella conocía el rosedal como la palma de su mano.

Las rosas estaban suspendidas en el aire perfumado y pesado de una continua persecusión del sol de cada tarde. Las había de todas especies y variedades: deslucidas y de pétalos casi transparentes, casi desvanecidas, sofocadas, heridas, a punto de desplomarse por el suelo, otras, pasionales, de tallos magníficos e inalcanzables, unas cuantas, imperiales, solitarias y errantes, que daban fe de los besos que recibían cada dos por tres de los pasantes, y algunas, gráciles y aniñadas, aturdidas como rococós en colmenas, melosas, aduladoras, que daban su consentimiento de ser cortadas a escondidas por uno que otro astuto visitante para ser entregadas en ramilletes a las adoradas amantes.

Todavía podía revivir la aspereza de las manos ajadas de aquella gitana que había aparecido así, como de la nada, de entre la desinteresada espontaneidad de las rosas y el desánimo de su descanso pensativo bajo la pérgola de madera blanca. Podía oler en la lejanía el triunfo del perfume de la arrogante gitana, cuyo aroma a flores fragantes y jazmines rancios se mezclaba con nardos alcanforados, resinas y bálsamos desolados y atalcados.

Los huesos de sus brazos tostados se sostenían en infinitas esclavas doradas que terminaban escondiéndose entre el bullicio de los vuelos de sus mangas anchas. Las perlas baratas azules y rojas de sus collares combinaban a la perfección con los floreados llamativos de la falda de rosas y los deshilachados y enredados flecos sintéticos del chal que anudaba en su cadera y nunca amenazaba con desatarse, renunciar a las curvas de la gitana y caer a sus pies entre la supremacía de los pétalos moribundos y marchitos.

La recordaba descalza, con los pies empolvados y sucios de tierra seca y en escamas, quizás aquí y allá, sus dedos ensangrentados por las espinas de las rosas que podaban los jardineros cada mañana, caídas entre el rocío de la hierba descolorida y no tan cuidada.

La ofrenda de sus ojos marrones profundos rozaron su alma con inusitada lucidez y a la vez, eterna sutilidad. Sus ojos estaban enmarcados por una línea gruesa de carbonilla negra desalineada, desprolija y enigmática que terminaba en pequeñas arrugas en su piel maltratada por el sol incesante de verano porteño al que seguramente estaba malacostumbrada.

Su visita esa tarde era y siempre lo sería, inevitable. Que no se hable aquí de coincidencias.

Cómo poder renunciar a la insistencia de sus ojos, al chantaje hábil de sus palabras, si yo pagaría un centavo y ella leería mis pensamientos, mis líneas de vida, las líneas de mi destino y de mi corazón.

La gitana se sentó a su lado altiva, ella, siempre desconfiada, y le dijo: – Sólo dame tu mano.

La línea del corazón era aquella que comenzaba en el lado izquierdo de su mano y se curvaba hacia arriba en búsqueda del dedo índice. Aparentemente, la gitana le anunciaría que era presagio de incontadas frustraciones en un futuro no inmediato. Que podía leer que era alguien idealista, con inagotables sueños, que contaba con gran éxito, con una marcada tendencia al romanticismo.

Claro, quién podía dudarlo, si adoraba el romanticismo de las rosas de aquel jardín tanto como aquellas de las fotografías de Nick Knight o aquellas del castillo donde viviría un día su amada.

Nunca voy a olvidar los pétalos de nuestro primer encuentro. Son como imágenes fotográficas cosidas en las interminables batallas de mi alma. Hay momentos tan desesperados estos últimos días que cruzo la línea fina, que me aproximo a ti a tientas, en diapositivas de sueños tan tiránicos, que podría herir tu refinada piel con decisiones y espinas, sentir el valor para hacer un hueco con mi dedo índice entre tus suspiros, pulmones y costillas y arrancarte el corazón adormecido e imperdonable y encontrar el coraje para envolverlo con los pétalos de aquellas rosas para sólo hacer revivir todo otra vez hasta el hartazgo.

Qué es todo, te preguntarás.

Instantes como ese, en la valentía de vernos otra vez al borde del lago, entre el aliento de los cisnes y cielos primaverales casi de verano, cerca del ímpetu de la playa y de esa noche de algas chispas de mar que nunca llegaríamos a ver, del primer roce de tu piel pálida, de tu mano trémula sosteniendo el frasco de vidrio, la apología de los pétalos de rosas y el perfume indefenso ahí dentro del frasco, aletargado e inesperado, y a la vez tan mágico.

Hagamos un intercambio. Un centavo por tus pensamientos en este preciso momento, por los pétalos y por el roce de tus manos.

Sarah Moon

La manzana de la discordia

Una de las seis icónicas Cariátides dominaba la ciudad helénica de Atenas en lo alto de la Acrópolis.

Elena se arrodillaría allí, en las paganas y frías escaleras, cegando sus ojos con la palma de la mano izquierda y sosteniendo la antorcha en su mano derecha, ante la belleza y gracia de estas mujeres de dos metros veintisiete de altura, vestidas de peplos lujosamente plisados en mármol pentélico a pedir el perdón en el altar de los dioses.

De perfil griego y un aura mística, cuello pulido y esbelto y labios carnosos y bien delineados, Elena sabía que su nombre honraba el resplandor y poder de aquellas civilizaciones griegas, la divinidad y carisma deslumbrante de los dioses olímpicos, la blancura inmaculada y uniforme de las antiguas esculturas de mármol de aquellos templos, de ligero matiz que les conferían un brillo dorado a la luz del sol.

Nadie podía negar su belleza divina, ni siquiera los habitantes de Troya. Se decía que era la envidia de las mismas diosas. Según la mitología, era considerada la mujer más bella del universo o, al menos, entre los mortales que visitaban el luminoso Monte Olimpo.

Nadie podía negar que su corazón no se podía ganar con regalos, ni halagos, ni chucherías tontas de ese estilo. Para conquistarla hacían falta la manzana dorada de la discordia y batallas por tierras sagradas, colosales pasiones y factuosas seducciones, tesoros y diademas de laureles de oro, muros y fortificaciones en ruinas, épicas leyendas, profesías y ciclópicas guerras que serían más tarde narradas por Homero, Virgilio, Eurípides y Ovidio.

Nadie podía negar su personalidad vigorosa, su capacidad clamorosa para resolver situaciones complejas y dolorosas a pesar de su emocionalidad, su actuar de manera medida y moderada, sin perder su infinita paz interior para ser luego, por decisión de los dioses, premiada con honores o castigada con venganzas.

Nadie podía negar su poderío y temple de acero, su luz de faro propia en medio del mar Negro, su desenvoltura para enfrentarse a los desafíos de la vida y su fascinante destreza para alcanzar sus metas, por inalcanzables que sean; pero todos estaban de acuerdo en atribuirle la causa de todos los males, calamidades, titánicas tragedias y desgracias que habían acontecido a la ciudad troyana.

Nadie podía negar la icónica popularidad y controversia de su nombre desde los albores de la humanidad.

Elena – ἑλένη – era aquella niña no nacida todavía, futura primogénita de tres nacionalidades  – argentina, alemana, belga – mujer luz, nieta y tataranieta de campesinos alemanes, heredera de éxodos y abandono de tierras que brillaba en lo alto del mástil de un barco inmerso en una tormenta eléctrica durante las emigraciones europeas a Latinoamérica. Idealista, perfeccionista, exigente consigo misma. Nunca perdía de vista la plétora de rivalidad que presentaba el reto de las olas del Atlántico o la misma furia de la diosa Eris, algo que alcanzaba con asombroso virtuosismo. Así su nombre tenía para ella una significación superior a cualquier nombre de algún santo o mártir.

Pero por alguna extraña razón, el esplendor de su nombre en registros de escribanos y notarios desaparecería desde el mismo día de su bautismo, si es que alguna vez llegó a existir.

Porque siempre la llamaron Leni, diminutivo de Elena, de origen alemán. Desde niña presentía que la excusa de la llamada tía Leni a la cual se debía su nombre, no era cierta.

Su nombre la ataba a todos los tabúes y la deshonra de una cierta ideología política temida y mal vista, a lejanos puertos, a vibrantes campanas de victoria, al destino de tierras prometidas, al honor y gloria de la juventud del nuevo mundo.  

Ella sabía que de alguna manera su nombre estaría siempre vinculado a la eternidad, la prosperidad y la esperanza y de otra manera, al moderno alumbrado eléctrico, a las emisiones de radio, al poder de la imagen, la iconografía del nacionalsocialismo y la propaganda de Olympia durante el interbellum del siglo XX.

Voces del pasado incierto gritaban al unísono aquel día de su temprana niñez que descubría el rostro de esa mujer en la tapa de una revista alemana en la biblioteca de su casa.

Mujer de ojos profundos, de mirada inalcanzable, de fuego enardecedor. Pasó su mano por la inocencia del polvo de la portada de impresión dorada de la revista. La curiosidad al leer el nombre en letras imprentas mayúsculas fue como un gran apretón de manos para ella: LENI RIEFENSTAHL.

No podía negar que había encontrado la verdad de la connotación de su nombre en aquel reportaje de la famosa fotógrafa alemana que hasta ese momento de sus ocho años desconocía.

No podía negar que estaba fascinada con la desnudez del cuerpo de los atletas, las cabezas de mármol, el resplandor del Partenón en Atenas, la perfección de proporciones, los prodigios físicos de los gimnastas, la ensoñación de cuellos esbeltos, el contraluz de los perfiles griegos, la búsqueda de la pureza racial.

La antorcha, las promesas, las escaleras al cielo, las medallas de oro, el encender de la llama olímpica, las luces de faros, los himnos del pueblo, la corona de laureles y el triunfo de la voluntad.

No podía negar que el brillo del sol en las fotografías celebraba su presencia sobre el relevo de la antorcha, el repicar de la llama olímpica, la liberación de palomas en el aire, las líneas concéntricas de tiza blanca de los pisos de arenas y maratones, los saltos en largo, los triples saltos, los saltos en altura, los saltos con pértiga y los lanzamientos de discos de 47.75 – 49.36 – 50.48 metros de distancia.

No podía negar que esos segundos al pasar su mirada por las páginas de la revista se habían transformado en la bienvenida de postguerra a sus antepasados al puerto de Buenos Aires, al izar de banderas de las cincuenta y un naciones reunidas ese día en Berlín, la sincronicidad de la marcha militar, la unión de la fuerza, los fervientes aplausos del público, la proclamación de los juegos olímpicos de 1936, la revolución en el lenguaje estético del documental y la controversia de la fotografía de la visionaria Leni Riefenstahl. Obsesiva, perfeccionista, incansable. Todo le brindaba de repente una visión histórica nueva a su familia, a su historia, a su nombre.

Acaso estaba poseído su nombre por los poderes maliciosos y crueles de la diosa Eris, aquella que fomentaba la guerra y malvadas batallas entre los mortales y las divinidades helénicas? Acaso había arrojado Eris la manzana de la discordia durante la cena sobre la mesa de su familia, maldiciéndola como Leni o Elena a llevar el peso escalofriante del pasado y el legado del hambre, del olvido, del dolor, de las disputas, de las batallas, de las matanzas, de la destreza militar, de las masacres, de los crímenes, de los odios, de las mentiras de civilizaciones griegas y el nefasto poderío alemán que había separado a su familia?

Elena se arrodillaría allí, en las escaleras, entre las Cariátides de Atenas, si pudiera, con la antorcha en su mano derecha, con toda la intención de sostener el mito sobre el misterio que rodeaba su nombre, su origen, su mirada, sus palabras y de ocultar la manzana dorada y de pedir el perdón de los dioses en el altar de la Acrópolis griega.

La Lien (Hommage à Fortuny) Sarah Moon

El vértigo

«Si rompiera el vidrio, saltara y me salvara —se preguntó aturdida—¿qué explicaciones daría a los demás; que fue un accidente?»

Ella estaba ahí parada, casi clandestina, apoyando todo el peso de su cuerpo en el ventanal del teatro, poniendo a prueba los ecos del vértigo. Analizaba continuamente la peregrinación de pensamientos y cálculos de gravedad, hacía mediciones de caída libre y movimientos en cámara lenta desde unos cuantos metros de altura.

«De todos modos, caeré en la hierba fresca, enraizada entre las piedras y cubierta de la vulnerabilidad del rocío del anochecer—pensó desalmada—.¿Por qué debo sentirme culpable por algo así?»

La hospitalidad y el consentimiento de la hierba. El magnetismo de las luces esmeriladas y los insectos parecían más atractivos que la soledad cronometrada del estudio de baile donde aguardaba el inicio de la obra de danza. Horas y horas de espera que odiaba en ese momento con toda el alma.

La vista panorámica sobre el horizonte de la ciudad le pertenecía sólo a ella. Las luces blancas y rojas intermitentes del tránsito en la lejanía y, de vez en cuando, también las azules de las ambulancias, se disolvían entre sus pupilas y la incoherencia de sus lágrimas.

Ensayo de luces. Camarines vacíos y estudios lindantes de práctica de baile, de vestuario, lavado y planchado. Las luces se veían reflejadas seguramente en el piso de la escena, y la animación de la jungla de ballenas y elefantes, en el telón de gasa de seda negra.

Aburrida, intentaba entretenerse y salvar con piruetas de suspiros los pequeños insectos que se chocaban contra la transparencia de las ventanas. Las urracas hacían énfasis en la llegada de las sombras de otoño buscando amparo. Giraban en círculos intencionales alrededor de la estatua de mármol en medio del parque que se veía por la ventana.

«Será como la caída de una urraca muerta desde el cielo y luego un remolino de plumas etéreas y oníricas por el aire.» —intentaba convencerse a sí misma.

21 de septiembre de 2022. Siete de la tarde. Adoraba la luz dorada tibia que bañaba el cielo de occidente en esa época del año, el ocaso incandescente sobre los árboles y el anochecer de los pájaros, pero odiaba el fin del verano. Una pareja de patos salvajes sobrevolaba con cobardía el teatro en dirección desconocida, abandonando la cuidad por regiones más cálidas.

¿Huiría si la volviera a encontrar en la escalinata del pasillo del teatro como aquel día, años atrás? Sentía los nervios y las pulsaciones rítmicas de sus venas en su cuello. Llevaba el collar de canutillos negros demasiado apretado.

Veía los resplandores de las luces de los autos que parpadeaban con más insistencia. Creía verla entre ellas, acercándose al ventanal, desde afuera, con insolentes pisadas, jactanciosa, en puntas de pie, como caminando hacia ella entre los surcos de tulipanes. El último viaje que hicieron juntas en Holanda. Su aliento se pegaba al vidrio, podía escuchar su voz encantadora, su risa, ver sus cabellos al viento.

Murmullos, risas y tironeos de ropa en los pasillos la distrajeron un segundo. Precalentamiento. Estiramiento de brazos desnudos, de piernas, de pies descalzos en el escenario. entre bambalinas.

Intentaba acallar los susurros y el ronroneo de los bailarines de fondo para descifrar las palabras y los movimientos que ella hacía desde el otro lado del vidrio con sus labios, pero no podía ver con claridad ni su cara, ni su boca, sólo reconocía sus hombros, sus exquisitas curvas, sus piernas largas. Sentía la tensión de sus músculos en el cuello. Romper el vidrio. Engañar los sentidos. Saltar y correr hacia ella. La sentía cada vez más cerca.

Comienzo del ensayo. Se levantaba el telón. «¿Dónde estarás cuando se enciendan las luces?» — se preguntaba confusa, buscándola con la mirada sin verla ya.  

«¿Estará acaso en el pasillo del teatro, parada al pie de la escalera, esperándome, con tulipanes en sus manos? —se preguntó— No recuerdo que me haya regalado flores».

—Pon las flores sobre los peldaños de la escalera aunque sea como señal de tu ausencia/presencia, por favor.

Cuántas veces se había despedido del teatro con anterioridad y seguía allí parada, sin atrever a irse y cerrar la puerta detrás de ella. Horas y horas para planchar ropa arrugada, plisada como origami y anudada con batik para que se volviera a arrugar en menos de una hora de baile. Ensayo tras ensayo. Su brazo dolorido después de tantas horas de planchado no le impedían reunir fuerzas para romper el vidrio con un golpe sanador de puño y hacerlo estallar, saltar y no regresar ¿Quién diablos sabría en ese momento que era diseñadora de vestuario? Horas anónimas que nunca se animaba a dejar suspendidas en el tiempo para comenzar a correr desenfrenadamente por la hierba y vivir la vida como debía.

«Una fantástica carrera en Europa, un milagroso curriculum vitae y un sin cesar de golpear puertas de compañías de teatro, de directores de escena, de casas de ópera, de productores de las artes escénicas para terminar aquí parada, cruzada de brazos en la oscuridad del estudio, sintiéndome tan estúpida y vacía» — murmuraba.— «Puertas que no llevan a ninguna parte»

«Al menos, al comienzo de mi carrera solía recibir flores de los bailarines después de la función. Las agradecía y las ponía en un jarrón con agua al llegar a casa»—se repetía entre suspiros.

Romper el vidrio. Saltar, detener el tiempo y terminar con esta locura de seguir un sueño que nunca iba a ser como ella de niña lo había imaginado. Cuando en realidad el sueño se terminaba ahí, en ese preciso momento, como un mísero bollito de papel en la palma de la mano. Papel donde había hecho no más que enigmáticos garabatos, trazos, borrones y manchas de corazones. Solía dibujar corazones desde niña para controlar la ansiedad. Corazones de tinta. Corazones y más corazones hasta llenar la hoja en blanco de tinta negra.

«Tendría que recortarlos y prenderlos con alfileres de la alfombra y las paredes del teatro para indicarle el camino hasta el pie de la escalera y que no se pierda».—analizaba. «La escalera de Spilliaert, como la llama ella».

¿Qué le diría en ese momento si se volvieran a encontrar? ¿Le diría que le había roto el corazón en medio de la fiesta? Siempre hacía lo mismo. Jubaga con esa especie de amnesia desalineada con la que pretendía hacerle creer que sólo ella sabía cual era la realidad.

«¿Qué fiesta ?— me preguntaría haciéndose la desconcertada».

«Olvídalo»– le respondería. Y volvería al backstage del escenario.

¿Cuál sería el gesto? ¿Su postura? ¿Podría calcular la distancia entre ellas en ese instante del encuentro? ¿Cómo podría después de todo mirarla a los ojos, de la misma manera que solía mirarla?

Apoyaba los labios en el vidrio del ventanal y dejaba marcado un beso para ella como una huella de lapiz de labio. «Lo verás si prendes las antorchas desde el campo de tulipanes» —pensaba, como hablándole en silencio—. «Y, si no me ves, me encontrarás al pie de la escalera».

Apoyaba su dedo índice en el vidrio y dibujaba un corazón húmedo y pegajoso que parecía volverse tornasolado con las luces de los autos, como si fuera purpurina pegada al ventanal.

Apoyaba la frente en el vidrio e intentaba hacer sólo suyo ese sentimiento sagrado y a la vez venenoso de telarañas y vacío que sólo ella podía entender. Romper el vidrio. Saltar y resucitar. Necesitaba resucitar y volver a vivir, con todas las letras.

Destruir los recuerdos, no desmayarse al volver a verla, ni delirar, ni sonrojar, ni sonreir, ni seducirla, ni saludar,  — ni se te ocurra besarla —.Sólo enviarle el telegrama anunciando su muerte. Le había roto el corazón.

No podía volver al pie de la escalera, aunque deseara con todo el alma abrir la puerta secreta del teatro, digitar el código de seguridad que había memorizado, y arrodillarse en el primer peldaño a esperarla. Ni siquiera recordaba su propio nombre. Romper el vidrio y el reloj de arena. Saltar y esforzarse para reconstruir durante la caída el paso a paso de su ayer. 

Descubrir el vértigo ahí, esperándola, al pie de la escalinata. O cayendo por la ventana. Qué monstruosidad.

—No me seduzcas más, por favor— le gritaba. —Te prohibo repetir mi nombre, no quiero verte ni un segundo en el pasillo de la escalera.

Y sin embargo, estaba presente ahí todo el tiempo, pegada a su piel, a su aliento, a sus ojos, a sus manos, a su piel desconsolada. La soledad se había transformado en una carcel suspendida en el aire sin telones de fondo, sin bailarines, sin ramos de tulipanes ni besos de despedida.

—Debería redactar cartas de despedida por las dudas, por si el dolor se hiciera tan intenso que no llegara a soportarlo— se decía. Su corazón sumido en la fascinación de las sombras ya no tenía cabida en su cuerpo. Pretendía mantener los ojos fijos en el horizonte, en los semáforos, en el tránsito, pero no lograba concentrarse en el encolerizado y repetitivo pespunte de marcas de pintura blanca en el asfalto de la autopista. La aterraba la cercanía del fin de semana. La aterraban las escaleras, los autos a ciento veinte kilómetros por hora a medianoche y también, las escaleras en andamios.

Ahora, de repente, veía las coincidencias. Sentía el vértigo nuevamente en sus venas. Había muerto por dentro.

—¿Cómo diablos puedo sentir el vértigo? ¿cómo es posible? —se preguntaba desesperada.

Romper el vidrio. Saltar y hacerse miles de preguntas. Sólo veía ahora las luces de los autos acercarse como luciérnagas que se posaban en su cuello, aleteaban sobre sus hombros y se acumulaban iridiscentes en su collar de canutillos de vidrio.

Había una grieta aterradora en su silueta reflejada en el ventanal. Demasiada información se filtraba por la inocencia de esa grieta. La articulación de los cuerpos, la música de influencia hindú, los movimientos de manos y pies, la animación de la jungla de ballenas y elefantes. Luces y clarividencias. “All the world’s a stage” – sostenía William Shakespeare.

Tenía que admitirlo. Odiaba las escalinatas hacia lo desconocido. La oscuridad de la autopista. Las linternas. La silla 69 en la cuarta fila del segundo balcón cerca del paraíso. Tenía que poner punto final al affair con la teatro, la escena, la paradoja de los personajes, el vestuario, los cuerpos de los bailarines, los corazones de tinta, la vulnerabilidad, el reloj de arena, las pretensiones, el miedo a los besos en el vidrio y el vértigo que le producían las escaleras.

Alchemy by Sarah Moon

Suspiria de Profundis

Su amor era adictivo como el opio.

Un hilo dorado de suspiros y amor ilícito las unía en la distancia. Sus labios rojos, morados se mezclaban entre los pétalos de amapolas y pasaban inadvertidos en el límpido tapiz aterciopelado de cielo rosa cobrizo de fondo.

Siempre había estado unida a ella, en la telepatía, en el secreto de las flores de opio, siempre la había llevado como aquellos frágiles pétalos en la palma de su mano, y ahora su amor se había convertido en obsesión, como aquella flor de destino maldito y de belleza aplastante y devastadora.

Somnoliencia, euforia y adicción.

Una inquietante e incesante esclavitud en medio de la oscuridad de aquellas noches de inicio de otoño atraía los monstruos, los vampiros y la violencia de la adormidera silvestre.

Podía sentirla en sus venas, como la morfina olvidada de la locura sigilosa en medio de una pesadilla que conduce a la muerte lenta.

Como el galope de caballos salvajes, asustados por el grito sordo que nadie escucha en medio del campo de amapolas mientras corría a toda velocidad, perseguida por la sagacidad de los leopardos.

Su cuerpo consternado, atrapado por las sombras , los labios resecos y partidos, y la imagen caleidoscópica y repetitiva de su cuerpo dormido, de sus manos, de sus pies. Su vida secreta, sin título, la yuxtaposición de ojos, latidos, labios, espejos y raíces. Las horas de brisa fresca, montones de hojas amarillentas y tormenta, mientras se abría paso entre capullos corrugados de colores que ya no recordaba, quizás blancos, quizás violáceos o rojos, la humillada hierba, las semillas negras y la tierra árida y quebradiza.

Corría en las penumbras, y tropezaba entre cascabeles, visiones y campanas de cobre que resonaban en sus oídos y su corazón con increíble fuerza y desenfrenada torpeza.

Las voces que la rodeaban la enceguecían, las miradas de la locura la enmudecían y revelaban vibraciones vidriadas, cortantes, y rasguños que dejan la piel marcada con cicatrices que sangran de vez en cuando y nunca sanan.

Ella, el recuerdo de su amor dorado y la adicción al opio se habían convertido en condición sine qua non para continuar con su camino.

Encandilada por los espíritus de sus encolerizados pensamientos caía rendida en la furia de la noche, los sarcásticos alcaloides opiaceos de la papaver somniferum tomaban el control de sus músculos y su saliva se convertía en sal sobre el aliento fracturado de su lengua.

El alivio del dolor y del sufrimiento, los alfileres punzantes e hirientes que atravesaban su frente, las incisiones de las cuchillas en los frutos semimaduros a la hora del crepúsculo, la savia pegajosa blanca recolectada al alba , los enmarañados tallos erectos de los ababolones, los ecos subterráneos en medio de los truenos y la lluvia de suspiros irremediables, los mareos vertiginosos en su piel, las virtudes estimulantes en sus venas y en su sangre tomaban, intimidantes, el poder.

Un minuto, dos, o tres gramos, máximo seis horas, la dosis letal…. no morirá por la sobredosis. No te preocupes. La tolerancia al opio es alta. Deja que sus pupilas se contraigan, que el ritmo de su respiración se haga progresivamente leve.

Déjala divagar en los vaivenes de la vida y del ‘sueño crepuscular’, en los túneles de su corazón, déjala cerrar todas las puertas y construir altos muros, escondites y pasadizos secretos, destruir los puentes en medio de las tinieblas, golpear su frente y los puños sobre la tierra, soñar en ese lugar donde el subconsciente queda libre de ataduras;…. sacudir los sentimientos y las culpas, las náuseas y las angustias contenidas en sus venas.

Déjala temblar sola en la ebriedad del opio y respirar agitadamente en los abismos de la tierra, déjala perderse en los límites entre vigilia y ensoñación; las confesiones del opio serán como burbujas negras que emergerán del barro que la ahoga. Déjala recostarse en el desasosiego de las batallas con las amapolas hasta que los caracoles comiencen a resbalar por los moretones de su espalda, hasta que se acallen los líquenes de su boca y las polillas y mariposas aniden en su garganta. Déjala enloquecer, déjala huir y alcanzarla, abrazarla, tomarla de la mano en los misterios de la oscuridad.

Déjala desenterrar la campana de cristal donde está atrapada la pluma del cisne, la tinta negra, la llave y el pequeño poema escrito para ella. Deja que sienta su falta y que tenga que buscarla frenéticamente. Deja que ella le recite el poema, solemne, y lo repita ad nauseam como siempre lo hizo, que lo escriba con tinta y pluma sobre su piel.

Déjalas que se acerquen por mera curiosidad. Deja que entrelacen sus cuerpos y que las hormigas las coronen de flores y fantasmas. Déjalas besarse desnudas entre los mandalas de amapolas y orugas, sutiles, desafiantes, enajenadas, casi como hadas hechizadas. Déjalas que escapen juntas en el desvelo de la noche y desafíen la intranscendencia de la muerte, tan insólita como estar soñando despiertas, como suspiros desde las profundidades.   

Poppy by Sarah Moon 1997

Elegía a la eternidad

‘Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.’

Ella moría en cada palabra que pronunciaba, que escribía, que escuchaba.

Enceguecida por el brillo de la omnisciencia, la omnipresencia, la omnipotencia y la omnibenevolencia, se había olvidado de leer el amor entre líneas, anillos y órbitas de los cometas. De leer el alma dentro de cada palabra, cada nube, cada partícula de polvo cósmico. De la incompatibilidad entre la presencia del mal y el sufrimiento en el mundo con la existencia de su propio Dios.

Con la espalda arqueada, flotaba en su camisón blanco de seda en el espacio sideral. Gritaba. Gritaba tan fuerte que nadie la escuchaba. Y el grito surgía en el corazón mismo de la misteriosa muerte de una estrella en el centro de su ser y se expandía en ondas por el espacio. Pero en el espacio, nadie puede escucharte gritar, salvo que te encuentres en el nucleo mismo de la constelación de Perseo.

Así el grito se convertía en el barullo del silencio en sus oídos sordos, como el funesto sonido de algún agujero negro en medio de un cúmulo de galaxias a doscientos millones de años luz de distancia.

Y si te preguntas cómo diablos viaja el sonido en el vacío del espacio – murmuraba – deberías escuchar los siniestros susurros de mi alma.

Divinidad, idealización, enamoramiento.

Ella estaba convencida que era amor. Desde aquel primer momento que la vio caminando entre las columnas de mármol, bajo la bóveda celestial del monasterio.

Ya lo decía Sigmund Freud, que no elegimos a los otros al azar. Nos encontramos con aquellos que existen ya en nuestro inconsciente. Aunque se encuentren orbitando en una galaxia muy lejana.

Y ahí estaba. Parada frente a ella, gritándole en el medio de la noche, de las columnas de mármol, de la tormenta, entre el poder de los rayos, bajo la lluvia de Perseidas. Hasta el mismo cielo y todos sus dioses temían el gemido de sus propios truenos. No había espacio para secretos ni propios pensamientos. Ni siquiera para la propia intimidad. Ni para dar un solo paso sin su consentimiento. Injusticia. Falta de confianza – repetía.

Será capaz?

Capaz de qué?

Capaz de abandonarla?

Capaz de perseguirla hasta la muerte?

Capaz de escapar?

Capaz de insistir? – se repetía.

No, estaba segura que era amor.

Amor del bueno, inmortal, abismal, pero, de vez en cuando, un poco distorsionado, un poco inexplicable, un poco inaudible, un poco contradictorio, un poco elegíaco.  

‘Cada persona es un abismo. Da vértigo mirar en ellos.’ – predecía ya Freud.

Desandar el camino del infinito. Llegar al borde de la imprecisión, intentar enfocar en lo que estaba distante. Negar las directrices, las sombras. Hacer infinitas hipótesis. Eludir la verdad, la confusión y el desatino colosal de la vanidad. Sostener la valentía. Acallar las batallas. Desobedecer. Oir lo que no se oye. Abrazar los argumentos para sostener lo contrario. Tomar la decisión del salto. Suponer que el salto la conduce al cielo y no al infierno. Delirar. Silenciar la noche. Y con la espalda arqueada, flotar en el espacio sideral. Esperar de esa manera reunir todo el dolor, toda la oscuridad y transformarlos en un despertar hasta encontrar la luz.

Eternidad.

Even though the show wasn’t over, Nastasis in her glittering gown
ran through the big star to meet her lover by Sarah Moon 2000

Post-mortem

El cisne descorazonado de acartonadas alas abiertas, cuello duro y pureza de alma languidece ceremoniosamente sobre el piso oscuro y nefasto como sobre un ataud delante de la cámara oscura, mirándola, como embalsamado.

Sus ojos, su cabeza y su pico se plasman en sombras y tragedias escenográficas en la pared manchada, amarillenta y arrugada, la misma pared donde ella está parada, tiesa en vestido plisado de seda.

Llorando contra el muro, revelada en cada poro del sustrato, en cada mancha de humedad, en cada grieta, como esmaltada con gelatina y cristales de haluro de plata, su cuello y sus hombros se deshacen, se descomponen entre oro, halógenos, fotones y electrones, aumentando la sensibilidad de su piel a la claridad como papel para fotografía, mientras las puertas se cierran detrás de ella, para evitar la entrada de la luz.

Las sales de plata de sus lágrimas, al entrar en contacto con algún rayo perdido de sol, se oscurecen y se reparten cristalizadas en las superficies de cada pared del laboratorio. Se transforman entonces y relumbran en una imagen latente en medio de una reacción fotoquímica. La ampliación representa la imagen de aquel beso de mariposa (qué otro nombre ponerle si no a ese instante de amor?), ese recuerdo de aquella caricia de pupilas y pestañas que ahora se revelaba en el baño de metales y olores amargos.  

A través de cada grieta de la pared se podía percibir el típico olor de la composición química entre el agua que tomaba un color púrpura después de unos segundos, los ácidos y el papel fotográfico en medio del proceso de revelado.

Si cada episodio en la vida fuera tan simple como entender y tener paciencia con todo aquello que no se ha resuelto en el corazón, revelar el momento, obtener la justa proporción de todo lo que nos rodea, no sólo el uno o dos por ciento; e intentar amar las preguntas por sí mismas, como si fueran habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extranjera. Si pudiéramos dejar de buscar las respuestas que no estamos preparados para vivir, sumergir los dolores del pasado en ácidos y neutralizarlos, matarlos, detenerlos en el momento justo, diluir la rabia, el duelo y las tristezas para evitar que se expandan y exploten como volcanes y liberen vahos imposibles de respirar y que la contaminación de emanaciones se fijen en las células de la piel de las manos como frecuentemente suele suceder.

Si pudiéramos respetar el proceso, vivir las preguntas ahora, sacarlas a la luz en medio de la gracia, el balance y la inocencia del perdón. No llorar contra el muro para no enmohecer las palabras grabadas en el reino de piedra donde pueden crecer los líquenes y hongos lenta e incansablemente. Tal vez así encontráramos las preguntas, gradualmente, sin notarlas, y algún día lejano llegáramos a las respuestas, quizás, entre las grietas.

No es capaz de torcerle el cuello al cisne. Lo abrazará y colocará alrededor de su cuello una corona de violetas del bosque de cuentas de vidrio o de porcelana y hojas de metal o zinc como aquellas coronas funerarias victorianas que se utilizaban como símbolo de la inmortalidad del amor, como el que existió entre ellas. Violetas que simbolizan la humildad, la modestia y la inocencia del ser.

Lo arrastrará hacia el norte, hasta el lago más próximo y desolado, aquel que sólo ellas visitaban de vez en cuando en medio del bosque, en medio de las violetas y las ruinas del palacio, abandonadas, y bajo una luz ámbar de seguridad donde el amarillo del agua parece incoloro y el morado del tatuaje aparece negro, sumergirá al cisne tatuado en su vestido de infinitos pliegues de seda en el lago y lo observará flotar hasta que cobre vida a su alrededor.

Así las preguntas, los pliegues y el plumaje del cisne transformarán la superficie ovalada del lago en grabado de canales profundos y ondas como en placa de cobre y se llenarán de tintas amarmoladas de blackwork negro y óxidos, donde el insípido papel se tornará papel jaspeado de guardas de libros antiguos, como los ebru del Imperio Otomano o como las impresiones de Jacques Hurtu en el siglo XVII, rodeadas de flores y pájaros, frutos y libélulas.

El bosque. La fotografía. Las violetas. El cisne muerto. El beso de mariposa. Las lágrimas. La tinta negra. Las preguntas sin respuesta. Las ruinas. El punto sin retorno.

Siempre pensó que retornarían juntas al lago y que le darían de comer migas de pan a los cisnes blancos.

Si al final, las dos querían lo mismo. Querían ser luz, querían ser vistas, ser amadas y ser reveladas entre ácidos y metales y ser recordadas precisamente en ese momento, donde eran infinitas. 

Sarah Moon, le Langage des Cygnes, 2000

Memento mori

Intentó olvidar sus palabras, buscando entre manuscritos y brújulas, reemplazándolas por otras que se encontraban desparramadas en el escondite de las  frutillas salvajes que crecían entre calaveras, candelabros, ubi sunt y tempus fugit de relojes oxidados en medio de aquel jardín medieval.

Palabras encriptadas portadoras de mensajes irrepetibles, maléficos, insostenibles en los compases del tiempo; palabras que la hacían sentir como niña pequeña merecedora de cariño.  

Palabras malacostumbradas de aparente ausencia de verdad, que nada tenían que ver con lo que estaban hablando, con su empatía, con sus sentimientos de eterno y puro amor por ella. Cómo duele el alma en esos momentos de vértigo y abismo, como al leer cartas de defunción o lamentos de enfermos cercanos a la muerte o simplemente al escuchar el canto legendario del cisne justo antes de morir en su visita invernal a esas partes lejanas del Mediterráneo oriental.

Palabras consentidas de exacerbada seguridad que se contradicen con la fragilidad de flores aladas sobre las sábanas en el suspenso del aire de la mañana empolvada después del sexo y la suavidad de pavlovas de crema y pirotines de papel color pastel sobre la cama. 

Palabras malvadas que iban cambiando de significado en cada discusión donde se duplicaban, se rehacían y se imitaban una y otra vez. Está bien- le repetía casi en silencio hasta el hartazgo. Frase como aquellas que repetían los siervos a los generales romanos en sus triunfos para recordarles que las glorias eran efímeras. Palabras destructivas, insanas, que rozaban la necesidad de la penitencia y la redención.

Observó la impaciente inmovilidad del plato de frutillas desabridas y el vaso de cristal, mientras sus palabras envilecían el silencio.

Vanitas. Vanitas vanitatum et omnia vanitas. 

Veía caer su emblemática corona de oro al suelo como una especie de liberación en cámara lenta. Oía el estallido desdichado del trueno durante su caída y veía la luz del reflejo desprevenido al estrellarse con el piso. Veía los diamantes confundidos rodar por los rincones entre las cortinas que pasaban inadvertidas. Veía la mano soberana y suave de ella sostener entre sus finos dedos la frutilla como trofeo colmado de mini rubíes a rescatar de las conversaciones sobre aritmética, geometría, música y astronomía. 

Tomó el vaso de cristal y se lo llevó a la boca, mientras observaba los labios de ella y los suyos morían en una agonía avinagrada con toque de estragón, y bebió agua para no atragantarse con tanta ostentación, para tragarse el remordimiento de tanta hipocresía de sentimientos a la luz de las velas.

Nada pesa más que las palabras no dichas- pensaba mientras miraba sus labios.  

Y la miraba después a los ojos con acarameladas miradas compasivas y pacientes como si mirara a través de ella y llegara a ver horizontes de glacé real con perfume a rosas y magnolias y finalmente a rozar la redención y preparar el alma para la salvación y la vida eterna.

La miraba como si la atravesara con cuchillos de bronce y espadas bizantinas casi sin herirla ni hacerla sangrar, hiciera huecos entre sus pulmones estoicos y su corazón de piedra, y mirara como en un túnel las olas en la playa de azucaradas arenas rosas y espumas blancas y ostras color champagne.

Como si la mirara por última vez, perforándola, en el desierto indigno de la nada y del papel picado después de la fiesta que atormenta, del amor cero y de la empalagante vanidad.

La miraba como si abrazara la suavidad de su piel almendrada en un abrazo intangible, invisible y eterno a los ojos de los demás. Un abrazo legítimo, imposible de olvidar, de esos que nunca se superan, que se quedan pegados al alma, con sabor a damascos, perfume a tulipanes moribundos y helado de vainilla en copa de cristal bajo el sol del atardecer.

Memento mori.

Naturaleza muerta y alegoría de frutillas en invierno. Como si nadie supiera que las frutillas en invierno casi no tienen sabor al paladar. Ella lo sabía, pero se quedó callada para no herirla. Fragilidad y naturaleza efímera de la vida. 

Still Life with Fruit by Pieter De Ring -1658

Fata Morgana

Pasado el insomnio desafiante de los primeros meses de pandemia, pudo dar cuerda a sus sueños y dormía en demasía intentando constantemente encontrarla.

El letargo se extendía bajo cielos icónicos y cuando la siesta o la noche lo permitían, descansaba sobre montículos de piedras en medio de pletóricas playas nevadas, envuelta en líricas brisas heladas, y cuantiosas gaviotas hambrientas de algas marinas que volaban sobre ella en estelas desinteresadas.

Adormecida, cerraba los ojos y de inmediato cruzaba callada galerías reales a lo largo de la playa en la caducidad del día. Escalaba dunas sin pensar en las orquídeas salvajes que crecían bajo la nieve. Escondía los pies – todavía tibios de soquetes de lana – entre arenas, conchas y corales que le daban permiso para soñar. Atravesaba edificaciones frías y desiertas, y subía sus escaleras de grietas asustadizas que arriesgaban sin duda su vida. Se ocultaba de la lluvia bajo cúpulas vidriadas que coronaban torres inclinadas, casi destrozadas. Y finalmente tropezaba, sin verlos, con esculturales manos gigantes y dedos de piedra caliza, enterrados en las arenas ahora movedizas que formaban vorágines de remordimientos y colinas de tristeza al no encontrarla. Espejismos de témpanos de hielo en playas nevadas y parpadear de pestañas granizadas de hadas.

Seguía corriendo dejando desorientadas huellas entre columnas glaciales erosionadas por el arrastre del agua hasta escuchar el sonar de las campanas como trágicas arias en la cima de las torres casi aladas y se detenía creyendo poder verla en la inmovilidad del horizonte y alcanzarla.

Precipitadamante, al borde del precipicio, se hizo lenta, pesada y se dio cuenta que ella también podía convertirse en roca fastidiosa e inviolable cuando quería y así romper, frustrada, llena de furia y desencantada, paredes, pisos, muros, pilares y jarrones recubiertos de pequeños crustáceos, ostras y esqueletos de venenosas criaturas marinas ahora totalmente quebradas.

Sus sueños eran aventuras meticulosamente ensambladas, procedentes de ríos, mares árticos y faros que iluminaban las volitas multicolores de vidrio traídas por el oleaje que se acumulaban en las playas nevadas y que sentía deambular caleidoscópicas bajo sus pies entre las olas.

De repente sintió, aturdida, sus pies mojados y los intentó deslizar por la nieve casi derretida en medio del temor de charcos cálidos y depósitos de sedimentos nacarados.

Arrastraba, atraída por la luna, su camino distraído por la arena hasta llegar a la bajamar, tanteando la imagen de aquella amada en una búsqueda ciega, entre caracolitas y tintineos de espumas y cascabeles que la distraían de los dilemas de mañana y pasado mañana.

Sumergida más tarde hasta el cuello en el agua congelada, casi ahogada, le pareció ver kriptonita cristalina, sí un poco fragmentada, en la agonía de silencios espejados del fondo del mar. Le pareció imaginarla allí, encallada, como sirena borrosa, entre rocas, reflejada en pirámides astrológicas, en el centro mismo del nadar de mantarrayas y del ir y venir de anémonas de mar.

Era la primera vez que creía verla entre rocas graníticas y jardines acuáticos de aguamarinas prismáticas de diez quilates, usadas como talismanes entre marineros contra mareos y tempestades en alta mar.

Consolidado el sueño de medusas durmientes, sin más ni más, abruptamente, sintió que el suelo se derrumbaba bajo sus pies y en desestimado vértigo y caída libre se desplomaba por los abismos de los desequilibrados acantilados, arremolinadas espirales de sal y quejidos dormidos.

Seguía cayendo, como deambulando debilitada por la inestabilidad del aire hasta hacerse cada vez más insignificante e inofensiva y perderse en la nada del espejismo y tocar el suelo de rodillas, ensangrentadas.

Ese anclado afán tan profundo de persecusiones y obsesiones la despertó de repente de su sueño en la incomprensión de palabras sonánbulas y la vio, frente a ella, sonriendo enaltecida, con la espalda cubierta de arena, estrellas y minúsculas cianotipias de algas.

Fata morgana – pensó, insegura. Paralelismo de estío en medio del invierno. Las mismas playas, pero esta vez de sombras de palmeras desdibujadas, simetrías de imágenes multiplicadas y mareas de pinceladas acuareladas.

Era ella?

Miró, determinada, a su alrededor como para romper el halo del encanto. Todo había adquirido, con el descubrimiento de las luces y sombras y el reflujo de las aguas, una apariencia alargada y elevada, y se redefinían y reconstruían todas las piezas rocosas y errantes de las galerías, las estatuas, los pies, las torres, las manos, las cúpulas, las espaldas. Lloraba al reconocerla, al finalmente encontrarla.

La Sirène D’auderville Sarah Moon 2007

Interrupted Circle

En la inmortalidad de cada atardecer, una guirnalda indefinida de mil y una golondrinas aparecía para hacerse la fiesta en el cielo ilimitado de verano.

Se hablaba de inmensurables plagas de agitadas avispas e infinitos mosquitos esqueléticos por esos días.

Ella no se cansaba de mirar el aletear del juego fugitivo de las golondrinas, ondulando entre las líneas del horizonte, atravesándolo, marmolándolo, hilvanando hilos volátiles de lino blanco, amarillo, naranja, rojo, violeta, azul, celeste y plata que desaparecían como murmullos y renacían como entre los pliegues del peplo acanalado de Julieta Capuleto y sus últimos suspiros que como nubes empolvadas y postergadas se desvanecían antes de morir.

Se apresuraba de pronto una infame avispa a rayas a la búsqueda de néctar sobre el reborde de su vaso de limonada, aquella que le dicen la avispa alemana o vespula germánica. O, por consecuencia, simplemente, avispa-limonada.

Ah…. las golondrinas!…como heroínas sobrevolaban el balcón suspendidas en aureolas, trisando para anunciar su llegada… araban y arañaban el cielo enmudecido con sonidos casi de arpas parecidos a silbidos ignorados por la ciudad antes de retornar al África subsahariana.  

Trazos aquí y allá quebradizos, que podrían compararse con aquellas volteretas rítmicas y vértices en plexiglas de Bridget Riley, o esos círculos concéntricos desfazados, interrumpidos de líneas finas negras dibujados en 1963. Sin pasar por alto aquellas curvas diagonales de 1966 y otras deslumbrantes y convincentes pinturas abstractas que exploran la naturaleza fundamental de la percepción humana.

Héroes en ascenso y caída llamaba Bridget Riley a uno de sus acrílicos sobre lienzo de 1965 de estilo geométrico en blanco y negro, que va como con tijeretazos cortando el aire que se respira, donde la percepción de elementos, su forma y color se ve perturbada por diferentes procesos compositivos que en plena superposición, se anulan y disuelven como el vuelo de las golondrinas.  

Los lienzos de patrones geométricos aparentemente abstractos de Riley engañan la vista. Es sólo una ilusión? No, dicen rotundamente los críticos; son cualquier cosa menos estáticos, ondulan y se transforman, engañando y deleitando la vista.

Y allí la vemos parada, la inglesa Bridget para la revista Vogue en 1965, casi tímida, atrincherada, pero segura de sí misma, entre sus líneas repetitivas de propia escenografía, o en aquella desafiante fotografía de Tony Evans en perfil ondulado en colores beige, casi dorado y negro.  

1951

No, no se trataba de la cantidad de líneas entrelazadas de golondrinas.

Ese día había mil novecientos cincuenta y un pacientes con una infección por corona en los hospitales belgas, lo que representaba un aumento del 27 por ciento y la cifra más alta desde principios de mayo de ese año, después de los dos años anteriores silenciados y mutilados por la pandemia.

Círculos interrumpidos.

Era en esos momentos cuando quería desesperadamente hacer mil, diez mil, cien mil rayas y guiones en el enardecido paraíso del atardecer, arañar la gloria de la pantalla, morder las ventanas de vidrio, hacer rayones con marcador negro, tachar, inválida de frustración, los títulos y subtítulos de las noticias que no parecían ser falsas a simple vista.

Censurar la discapacidad de palabras impuestas como imprescindibles, unir el vuelo elíseo de las aves con líneas entrecortadas, intermitentes, huir más allá de los límites, leer entre líneas. Traicionar a todos, esquivar la ingenuidad de los semidioses de todos los confines. Volar como en surcos por el firmamento, en líneas paralelas como las de Bridget, en sutiles fracturas restringidas, emborracharse con licores, néctares de avispas y elixires, marearse, dar vuelcos en el aire, en círculos en descenso insustanciales, imperceptibles, grises, blancos, caer hasta frotar y borrar los trazos de tiza de rayuela hechos en el piso con las palmas de la mano, estrellarse, frívola, contra los suelos infértiles y los muros ilícitos del olimpo, astillarse, quebrarse el espíritu, partirse la cabeza, hasta fragmentarse y caer desvanecida, vencida, como las golondrinas, y quedarse para siempre dormida.

Sarah Moon