ANYTHING, ANYTIME AND ANYWHERE

Los ojos de los demás son nuestras prisiones; sus pensamientos, nuestras jaulas.

Virginia Woolf

Ibamos subiendo las escaleras; ella, detrás mío, con las partituras sostenidas por su brazo derecho. Ella subía mirando el polvo sobre los peldaños de madera. Yo subía observando el ritmo y las formas moldeadas como granadas de los balaustres torneados. Y un cartel que decía con flechas concéntricas ESTAS AQUI.

Me preguntaba, para calmar la ansiedad, si la madera de la escalera sería pino, cedro, caoba, roble o cerezo. ‘Nada de eso es importante’, me repetía a mi misma.

Y nos detuvimos ahí, en el rellano, al pie del segundo tramo. En la pared blanca se reflejaba el vitral transparente que atravesaba el sol de la media mañana. Ella seguía mirando el piso, el polvo, los pedales y mis zapatos. Yo leía otro cartel en blanco y negro que decía SIN SALIDA.

Yo tenía unos quince años. Ella, unos veinte años más que yo.

Por esos inicios de la adolescencia, mi vida giraba en torno al piano, las partituras, los silencios.

Cuando recostaba la cabeza por la noche en la almohada, era sobre un nido de líneas horizontales y paralelas de pentagramas enmarañadas entre espacios en blanco, claves de sol y cuerdas metálicas. Por las mañanas, antes de sentarme al piano, si sacudía la cabeza esparcía una percusión de corcheas, fusas y semifusas por el aire. Si cerraba los ojos veía mi cuerpo envuelto en hojas de partituras y música y caracoles gigantes colgados sobre mis oídos.

Estoy segura que si alguien iluminaba mi cabeza con una linterna mientras dormía, habría visto los puntitos de vuelo errático, en círculo y en espiral de las notas musicales como luciérnagas alrededor mío. Colisiones de escalas cromáticas, figuras y compases.

En aquella época tenía plena conciencia de mi capacidad torácica, de mis costillas, de mi postura, de la estructura ósea de mis manos, del cuidado de mis dedos. De todo lo que podía archivar en mi cerebro, de mi notable memoria visual, de la cantidad de partituras y notaciones matemáticas guardadas entre las paredes del frontal y los temporales. De toda la frustración abultada en mi mandíbula y la saliva acumulada en la cúpula del maxilar. De la insignificancia de mi existencia y mis inexplicables pretextos en mi caja de resonancia.  

Las uñas cortas, bien pulidas y rosadas, los nudillos salientes, las venas que se movían sobre los huesos del metacarpos. Estaba orgullosa del trabajo de mis falanges para adquirir fuerza, agilidad y control de la mano sobre las teclas del piano. Sin descanso. Con insistencia. Velocidad y virtuosismo. Cualquier superficie de madera era suficiente para practicar, en cualquier lugar. Articulaciones y pulsaciones constantes, como las de mi corazón y mi respiración.

Muñeca, antebrazo, brazo, codo. Todo relajado y a la vez tensionado, porque al fin y al cabo nunca logré en realidad esa perfección que ella tanto pretendía de mi. Nunca llegaría a ser concertista. Y ella insistía día y noche, que estudiara ocho horas como mínimo diarias. Lo repetía hasta el cansancio. Pero ¿para qué? ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué estaba ahí, parada delante de ella, en la escalera del instituto superior de música, con el sonido del metrónomo marcando el paso en el claroscuro del fondo?

Alguien me dijo hace unos quince años que soy como una especie de super E, un ser superior que todo lo puede. Como el eslogan: ANYTHING, ANYTIME AND ANYWHERE. Que cualquier cosa que me propusiera en la vida me saldría bien, porque tengo una sensibilidad especial, una perseverancia infinita. No era sólo insistencia, ni capricho, sino esa capacidad de empezar algo con propósito, disciplina y visión. De comenzar algo que algún día vería nacer su fin.

—Lo que quieras, estés donde estés y en cualquier momento.— me dijo la voz.

—Gracias, gracias, gracias. —le dije.

Conciertos, clases magistrales, concursos. Quién sabe todo lo que me proponía a mi misma en aquellos tiempos. Era como estar encerrada en una burbuja giratoria de figuras musicales flageladas gigantes, telarañas y diamantes. El magnetismo crucial de las palabras, de mis propias promesas. Igual que las de Nidia, que machacaba en las escalas cromáticas, en ejercitar el ritmo, la presión de los dedos sobre las teclas, la ligereza y la apertura de las palmas de mis manos.

Creo que lo hacía bien. Yo sentía con el paso de los días que mis dedos se alargaban. Pero nadie era tan hábil para las teclas de marfil como ella misma. Ni nadie mostraba tanto desinterés en mi carrera como mi padre. Yo me desvanecía allí, en la esquina oscura de la escalera, entre las molduras sucias y arruinadas de la pared y la balaustrada rítmica que se deshacía, onírica. Apoyada en un poster todo rasgado, pegado a la puerta que decía: ‘IT’S ALL IN YOUR HEAD’. Me desdoblaba mientras me abrazaba los brazos, estrangulaba mi cuello, relajaba las manos y la escuchaba atenta, enjaulada en pentagramas y fantasmas. La observaba, allí, encorvada, sentada en la silla a mi lado, pasando las hojas de las partituras mientras yo tocaba el piano. Caleidoscopio de ojos, tornado de manos.

Nidia Koppisch, nombre legendario de la música argentina. Alguien quien merecía toda mi admiración.

Creo que desde el primer día que subimos juntas las escaleras, compartimos ese secreto: que nunca llegaría a ser concertista. Era como acarrear piedras en el desierto en pleno verano.

Ella lo sabía. Yo lo intuía, aunque tuviera por esos días la cabeza en las nubes. Yo lo decidí. Yo sabía que tirarme al vacío nunca iba a suceder. Aunque pareciera que algo grande estaba por ocurrir. Como si decenas de sombras miraran y analizaran un cuadro por el ojo de la escalera.

Hoy intento colocar todos esos ojos en mis bolsillos bordados de flores. Ya no recuerdo si el armazón de mi piano era abeto, nogal, haya, peral o palosanto. No es necesario. Mi padre me obligó a vender el piano.

Y, al mismo tiempo, alguien mantiene el ojo pegado a la mirilla de mi vida. Y siento su respiración en mi cuello. Porque me pasa siempre. Con cualquier cosa que quiera, esté donde esté y en cualquier momento.

Sarah Moon

En el umbral de dos vidas

“Tenemos dos vidas, y la segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una.” ― Confucio

Un cajoncito de madera de roble y nueces con cáscara, y un poco más lejos, unas tres granadas que alguien hizo rodar por el escenario desde las bambalinas, unas seis manzanas chilenas bien rojas, de esas que tanto me gustan, unos espárragos, un zapallo de estación, verde, con vetas naranjas y verrugas y unas moras salvajes de un árbol del campo.

Tiempo de café. Una vela blanca prendida  y un reloj de bolsillo de mi otra vida de números romanos y leontina.

Fui al jardín a cortar la primera flor de agapanto que se ha abierto esta tarde, acomodé la enredadera para que siga trepando por el alambrado y busqué en la cesta que preparé ayer las semillas de girasoles. Me dijeron que noviembre era tiempo para la siembra. Inicio y fin de tantas cosas. De una vida. Y de la otra. Entre pitos y flautas, me doy cuenta que se enfrió el café. No me gusta el café frío y sin sabor a café.

Como era de esperar, el café que tomaba en Bélgica me parecía más rico. No sé, el cuerpo, el aroma, el amargor, el dulzor. Me gusta el de notas frutales, florales o de cacao. Especiado. Dudo todavía, pero me parece que las flores belgas florecen más por las abundantes lluvias.

Aboné la tierra de esta casa con las cáscaras de nueces, las pepitas de granadas, los restos de manzana, las semillas y barbas de zapallos y la borra del café. Pero no hay caso. La tierra está demasiado envejecida y sedienta.

—Dios, dame paciencia. — digo al cielo azul de primavera, y lo grito por toda la casa desde la cuerda floja que ato de puerta en puerta. De ventana en ventana. De continente a continente.

Hace un mes, fue lo primero que hice. Até mis cristales cerca de la ventana que da al jardín de invierno, por lo menos me doy cuenta que aquí en el hemisferio sur brillan más y hacen más reflejos en la pared blanca recién pintada.

La temperatura es distinta, la presión atmosférica, la altitud, también, la humedad. Todo afecta el mecanismo del reloj, pensé. Que no se pare, que no se hunda…

—¡Nada de presagios! —me dice la voz.

Me pregunto qué hora es  y saco la cuenta continuamente, resto cuatro, sumo cuatro. Horas, meses, años. Hay una diferencia de cuatro horas entre Bélgica y Esperanza. Creo que debería comprar más velas por si se corta la luz. Las tormentas son inesperadas, como los funerales, y el pronóstico del tiempo nunca canta la justa. En Bélgica, en veintitres años, nunca se cortó la luz.

Extraño el mirlo en mi ventana. Quiero conocer al pájaro campana, ese de la polca paraguaya que escuché anoche en arpa. Dicen que hace un fuerte silbido que interrumpe su canto. El mismo que hago yo entre bambalinas, grito sordo que nadie quiere oir, mientras deambulo por la casa. Dicen que el pájaro se alimenta de frutas. Igual que yo. Café frío, amargo y granada.

Quizás no sea mala idea dejar las manzanas pudrirse por el piso de madera de la casa. Voy a caminar por la cuerda floja, descalza, con la vara de agapanto entre los dientes. Y con ojos cerrados. De cour a jardin.

—Côté cour et côté jardin. — me susurra la voz.

Escucho sus palabras como si fuera ayer. Bélgica, el teatro, el mirlo en mi balcón. Las semillas y las agujas desparramadas por el piso. Las dos  vidas que conviven en mi.

Voy a dejar el cajoncito con nueces lejos de mi vista, ahí, en el centro de escena, turbio, desenfocado, como se ve desde la cuerda. En el umbral. Quizás venga la iguana a comerlas. No me gustan las alturas. A ella, aparentemente, sí. Mis vecinos dicen que es inofensiva. No quiero una iguana de mascota. Tiene espinas de la cabeza a la cola. No creo que yo logre caminar de espaldas. Ni que pueda hacer equilibrio sobre un solo pie. La iguana toma sol todas las tardes en el techo de la casa. Y hace acrobacias. Voy a intentar recostarme en la cuerda. Voy a respirar hondo. Voy a intentar enfocar la vista y no ver ni la iguana, ni los espárragos ni las moras confusas y desafiantes. Sólo el cielo, las nubes, los sueños y los recuerdos de la vida en Bélgica y las flores de agapanto azul liláceas por la ventana.

Sarah Moon

Ex libris

Con sus referencias al choque de corazas, asaltos y combates, su andar ecuestre producto del barro y la sangre de los campos de batalla, el circo se aparenta simbólicamente a una danza de la muerte. Su apego al color rojo, al destello y a la fuerza pura lo distinguen de cualquier otra forma de complicidad.

El vestuario de circo

Pascal Jacob

Hay una cierta tensión en mi cuerpo que se traduce en miedo y en un constante dolor en el cuello, del lado izquierdo, un dolor agudo y preciso, cortante, nada alentador, que se extiende hasta la órbita del ojo. Un dolor que nació hace años y que ya no me quiere abandonar.

Este último tiempo estoy convencida de que para proteger mis sienes entre los ojos, la frente, las orejas y la mejillas debería llevar una de esas tiaras de alas, donde se distinguen perfectamente las plumas blancas, como lucían las deidades etruscas sobre el hueso temporal. Quizás así, con el transcurso del tiempo, evitaría la pérdida de la audición, la ceguera, las cefaleas, los trastornos del equilibrio o la futura pérdida de conciencia.

Turan, conocida como la Afrodita etrusca, era la diosa del amor, la fertilidad y la vitalidad y está representada en infinidad de espejos, como los que se conservan en el Museo Arqueológico de la Ciudad de Madrid con aquellas tiaras. Se trata de espejos de bronce, hoy de pátina gris verde, de gran espesor, con escenas representadas con la diosa en medio de coronas de hojas de hiedra o guirnaldas de flores de cuatro pétalos, y el mango de marfil o hueso labrado. No es de extrañar, por su peinado con alas, que la paloma y el cisne eran para ella animales sagrados, al igual que para mi.

La voz que escuché al entrar allí, una especie de arena de circo, y que relacioné con Turan y los espejos, me pidió que me quitara los zapatos. Que cerrara los ojos. Que caminara descalza sobre las piedras redondeadas, de esas que tienen un conocido efecto protector contra brujerías, males de ojo y hechizos malignos.

Al final del recorrido laberíntico entre las piedras y sogas con sábanas colgadas, al cual llegué con cierta reticencia, abrí los ojos y vi un hilo de lana rojo por el piso que me invitaba a seguirlo. Una mujer de trenza larga y canas vestida de blanco me esperaba aparentemente al lado de un mástil, en el centro de la pista, con la punta del ovillo rojo y sábanas también de algodón blanco en sus manos, para que le ayudara a doblarlas, tomándola de las orillas, por la mitad, y otra vez por la mitad y otra vez por la mitad. Y una vez más, por la mitad hasta quedar completamente plegadas. Me hizo acordar a mi niñez. A esas tardes repetitivas en las que recoger la ropa blanca de la soga del patio era casi una obligación y una gran responsabilidad que no me correspondían para esa edad.

La mezcla de sensaciones y recuerdos me hizo dudar mucho en ese momento si me encontraba en el patio de la casa de Esperanza, donde mi madre colgaba en la soga las sábanas y la ropa interior con broches de madera, en un circo de carpa roja y blanca o en una tienda de campaña militar. Olía el perfume, pero no veía la pila de cancanes blancos, ni las boas de plumas, ni las joyas ostentosas de plástico, ni armazones ni corsés de encaje dorado, plisados y bordados ni el dolman en soutaché de oro o plata o lentejuelas de jinetes, domadores o acróbatas, el jefe de carrusel, el payaso o la amazona. No vi trapecios, ni caballos, ni leones.

Tampoco vi heridos, pero sí camas plegables cubiertas de sábanas blancas, como una carpa de hospital de algún ejército. Buscaba con la mirada los soldados etruscos de casco empenachado color carmesí y lanzas. Yo había leído que el traje de circo había nacido del uniforme militar gracias al legendario Philip Astley. Pero no los vi. Ahí me di cuenta lo aterrador que me parece la sola idea de una tercera guerra mundial. Es para mi, como caminar por la cuerda floja.

¿Libertad, seguridad o aventura? Era la época de la Guerra de los Siete Años.

Astley solía montar por entonces a caballo de espaldas o con la cabeza sobre la montura y los pies en el aire, mientras los caballos bailaban en círculo y las balas rozaban sus orejas. Era obvio, a pesar de su carrera militar, que sus ambiciones acrobáticas saldrían ganando hasta abandonar la guerra por la equitación y las artes circenses. Se hizo tan famoso en Paris en el siglo XVIII que habría recibido una medalla de diamantes de la mismísima Maria Antonieta, quien, embelesada con su liviandad y elegancia, le otorgó el título de ‘Rosa Inglesa’.

—¿Estoy mortalmente herida? —le pregunté a la voz mirando desesperada mi cuerpo buscando ver correr algún hilo de sangre.

La mujer de cabello trenzado y sujeto con cintas rojas comenzó a prender velas, cantar canciones de cuna y caminar alrededor mío con un plato de piedra que cargaba en lo alto, sobre su cabeza. Sus rezos a los dioses estaban mezclados de incienso y mirra — pensé.

Llevaba una ligera túnica blanca hasta los pies, como Turan, y colgaba de su cinturón, envainada, una espada larga, de la que asomaba sólo la empuñadura, muy sencilla.

Me invitó a recostarme en una de las camas de campaña, me vendó los ojos y me envolvió las manos en paños calientes con perfume a salvia y romero. Me ató los brazos  y las piernas con lazos y moños de tiras de algodón blanco y cubrió mi cuerpo de sábanas blancas creando una coraza que me inmovilizaba. Intranquilidad. Desconfianza. Falta de maniobrabilidad. Me sentía totalmente confundida. Quise escapar, pero en ese momento me di cuenta de la tensión de mi cuerpo, del inmenso cansancio, de las ataduras. De repente pensé que había alcanzado la muerte. Mi cuerpo que caía a tierra. Cuando la mujer empezó a acunar la cama, me sentí desmoronar en el tunel al igual que Alicia o Astley, de espaldas, con las piernas y los brazos en el aire.

La legibilidad de un salto mortal.

No había castillos en mi infancia. Sólo un gran patio con ropa blanca colgada.

Aterricé en un jardín. Y clavé los ojos en un castillo.

Pero en aquel pequeño jardín, entre narcisos primaverales recién florecidos y piedras redondeadas, estaba Leah, vestida como una de las amazonas de Astley, con falda vaporosa de rosas, corona de flores, cabello largo y velos. Como un ancla, parada a mi lado, en medio de una pila bautismal abandonada, un reloj solar un poco oxidado en un pedestal, unas cuantos azulejos de cerámica con ramos de girasoles, restos de capiteles góticos con incrustaciones de fósiles nummulites, una doncella medieval en piedra sosteniendo una espada a la que le faltaba un brazo, escudos de la nobleza con cabezas de cisne y flor de lis, y textos en bajorelieve sobre bloques de mármol.

Leah cargaba un cofre. Y la llave colgaba de un hilo rojo de su cuello. Yo traía relámpagos en mis manos y la tiara de alas en mis sienes. Tomé la llave y lo abrí. El cofre contenía telas, bobinas de hilo rojo, restos de encaje dorado, tijeras, lentejuelas, cuadernos con bocetos y anotaciones en tinta y lápiz, libros sobre historia del arte etrusco, circo y vestuario y flores secas de cuatro pétalos. Comencé a hojear uno por uno, arrodillada entre las piedras. Reconocí el ex libris de Linda Salva en la primera página de cada libro. La diseñadora americana que nunca había conocido, pero que me había guiado durante toda mi carrera. Desde sus inicios durante estos últimos veintitrés años.

El ex libris era una composición de narcisos, hojas y flores de diente de león.

Sarah Moon

Amor fati

«Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo, sino amarlo.»

Ecce Homo – Friedrich Nietszche (1888).

Entré en su casa en medio de la osadía y la tormenta de viento, con la armadura puesta, una de esas de acero pavonado, negro azulado, grabadas con cardos, rosas y flor-de-Lis y tachas doradas.

­—Es todo tan absurdo—dijo Leah mientras se reía de la situación.— Como si el universo nos volviera a dar otra oportunidad para ponernos de acuerdo, para hablar, para tomar un sorbo de té caliente, para mirarnos a los ojos la una a la otra.

El viento iba y venía en ráfagas como latigazos que golpeaban el techo, mi integridad, mi armadura y las ventanas; como huracán que sacudía mis certezas, mis decisiones y el equilibrio de mi cuerpo. Yo, toda yo, entre enfadada y sorprendida, intentando no perder la cabeza ni soltar la espada y pulir mi escudo para que sus muebles, su mundo, su altar y su cotidianidad se reflejaran en él y no destruyeran mi valor, mi verdad.

La rapidez y fragmentación de mis pensamientos, como partículas de serpientes y sangre en la cabeza de Medusa, y la oscuridad de la bóveda del planetario todavía en mi retina, los astros, las constelaciones y sus manos en mis manos se mezclaban en un vórtice celestial. Los signos zodiacales, mi fragilidad y las preguntas crueles de la voz que se repetían una y otra vez en el aire y resonaban en cada uno de mis escasos y vergonzosos pasos sobre las baldosas blancas y rosadas: ¿Qué buscas a estas horas? ¿Qué quieres ahora, mañana, dentro de veinte años? ¿Está Leah a mi lado o es un sueño, la noche, una visión, la fatiga, un eco, la falta de sol, una bendición, la somnolencia?

El frío de mis pies, del piso y de sus manos. Los rituales a los que me vi obligada a seguir, sacarme el casco y los zapatos, el vapor helado de nuestras pocas palabras en el aire que nos rodeaba, el sueño inminente, la espiritualidad, las gotas de aceite de lotus azul y la distancia, los golpes del viento en el tejado, la frialdad de mis actos y las consecuencias de los acontecimientos fortuitos.

No podía saltar, ni soltar, ni correr lo más lejos posible. Era quedarme y bailar con Leah bajo las estrellas como testigo. Pero dije que no. Sin hablar. Sin expectativas, me senté en el sillón de terciopelo dorado que dijo y volvió a repetir varias veces que me estaba esperando. Era más fácil decir la verdad cuando me desplomaba en el sillón de terciopelo rosado. Me costó sentarme, sentirme cómoda frente a ella y sus cisnes, sus libros, sus ideas, sus manuscritos, sus perfumes, sus alas, como ahora me cuesta estar aquí, rodeada de gente que me mira y me observa, y que espera una respuesta de mi. En la antigüedad, la cabeza de Medusa era usada como talismán para ahuyentar a los enemigos. En ese momento, en su casa, y hoy, entre todas estas voces y los zumbidos en mis oídos, mis propios pensamientos fueron y son talismán, serpientes, medusas, enemigos, batallas perdidas y ganadas y todo a la vez.

Al sentarme y tomar la taza de té, pensé que era cuestión de poner la mano en la Boca de mármol de la Verdad, como una vez hice en un templo de la ciudad de Roma, sabiendo que no sería devorada por mirarla a los ojos y decir la verdad.

La absurdidad de la noche y la casualidad nos llamaba. Era la hora del todo o nada. La hora de elegir estrategias y no mencionar determinadas palabras. La hora de la complejidad de lo que queda no dicho entre suspiros y miradas.

—Gesloten boek— me dijo Leah en holandés. La parálisis me consumía en el umbral de su puerta, en medio de su living y a su lado en la cama. Ella insistía en que era como un libro cerrado lleno de intrigas en la biblioteca, esperando en todo momento a ser abierto.

—Puede ser— le respondí.

Había una cuestión de peso, no sólo de sentimientos encontrados, que me generaba insomnio. La colcha suelta, liviana como pluma , tendida sobre las dos. También una cuestión de temperatura, no sólo de liviandad. Era como estar acostada en un laberinto de hielo, en la niebla, sobre furia, preguntas y escarcha, rodeada de sombras y cariátides de nariz quebrada.

Quería verla con ojos vírgenes. Quería sentir su pelo entre mis dedos. Quería deshacerme del rigor de la armadura y sólo llevar una malla infinita transparente de flores, tules traslúcidos y cristales como el primer día que dejé de lado la crisálida. Quería lo que siempre quise en medio de la confusión y el letargo. La necesidad de ser amada. Intenté no apartar la mirada y aceptar que las cosas a veces sucedan como tienen que suceder.

Sarah Moon

Amor Universal

«Jamás se me pasó por la cabeza que nuestras vidas, hasta entonces tan estrechamente vinculadas, pudieran llegar a separarse tan drásticamente… Pero supongo que para entonces ya existían poderosas corrientes que tendían a separarnos, y que sólo fue necesario un incidente para que la ruptura se hiciera definitiva. Si hubiésemos entendido esto entonces, quién sabe, a lo mejor habríamos conservado lazos más fuertes».

Nunca me abandones, Kazuo Ishiguro

—¿Por qué escribir sobre el Amor Universal si ya existen miles de libros sobre el tema? ­— le pregunté con falsa inocencia aquella tarde.

Parecería que esta pregunta sigue zumbando entre los pensamientos de Leah después de tantos meses desde la publicación de su libro. La sigue repitiendo en sus escritos y yo la sigo leyendo a la distancia. Sigo preguntándome por qué lo hice. Y se que no fue para lastimarla.

Ni sus padres, ni sus amigos, ni sus lectores entenderán nunca la pregunta porque no saben cuál fue el motivo que me llevó a pronunciarla. Tengo la casi certeza que ni siquiera ella sabe realmente el por qué de la pregunta. Por supuesto, la pregunta esconde su lado irónico y reactivo. Uno de esos momentos que no pude dejar de lado el escudo y la espada. Un tormento secreto entre ella y yo. ¿Por qué no podría Leah escribir sobre el Amor Universal con mayúsculas? ¿Por qué no se lo permitiría? Sería ridículo callar sobre aquel amor que supera todas las expectativas, que no sucumbe a horrores ni dramas, que se mantiene firme antes vientos huracanados, que parecería nunca romperse ni extinguirse en cenizas con el fuego. Algunos hasta asumen que es la fuerza más poderosa que existe. Entonces leo:

El Amor Universal no es un concepto religioso, es pura física. Es una ley universal como la ley de la gravedad o la ley de la acción y reacción, es la fuente de energía más poderosa e indestructible que existe.

Desde que tengo uso de razón, concebí el amor como modo primordial de mi existencia. Nunca me he negado a salir en su búsqueda. Al contrario, ha sido la motivación del destino de mi encuentro con Leah, de eso estoy segura.

Cuando era adolescente, coleccionaba frases relacionadas con el amor verdadero, ese que llaman incondicional. Se había vuelto una manera de demostrar que este sí existía. En las obras de teatro griego que leía, en las rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, en los libretos de ópera, en los diarios de Anaïs Nin o las poesías y cartas de sor Juana Inés de la Cruz. Algo que busqué fervientemente durante muchos años de mi vida, porque creía casi inexistente en mi realidad diaria.

Te amo porque el universo entero conspiró para ayudarme a encontrarte – Paulo Coelho

Te quiero no por quien eres, sino por quien soy yo cuando estoy contigo – Gabriel García Márquez.

El amor es la poesía de los sentidos – Honoré de Balzac.

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo – Jorge Luis Borges.

Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte – Fernando Pessoa.

Cierto que en el mundo de los hombres nada hay necesario, excepto el amor – Johann Wolfgang Von Goethe.

El amor no mira con los ojos, sino con el alma – William Shakespeare. 

Sea lo que sea de lo que estén hechas nuestras almas, la tuya y la mía son las mismas – Emily Brontë.

Me ha dolido mucho aquel cambio de carácter de su libro. Se había convertido en un amor desordenado. Primero, se suponia que era un libro de relatos sobre nuestro amor. Yo ni siquiera sabía el título. Dicen los filósofos que en la ordenación de nuestro amor se condensa la esencia de nuestra propia identidad.

Pero, ¿qué es realmente el amor? El amor es un acto espiritual, como la bondad, la veneración, el maravillarse, la dicha o la desesperación. Pero es un acto espiritual especial, porque a través del amor la persona deviene quien es. El amor define a la persona, que se expresa en sus actos. Esos actos son el correlato de su mundo. 

¡Qué honor,—pensé—qué reconocimiento ! Un milagro. Me sentía afortunada, privilegiada sobre todos los demás amantes, premiada con el amor de Leah. Ella, toda ella, sobre el pedestal. Y yo, en el séptimo cielo, a su lado, con mi cabeza recostada en su hombro. Yo sólo quería verla feliz y que llegara a la plenitud a la que está destinada. En toda su intensidad. Para mi nunca se trató de inventar un buen amor, sino de actuar amorosamente para la celebración de los triunfos de las dos.

Entre el reconocimiento de sí mismo y de los demás no hay oposición, sino un continuum natural y dinámico

Ordo amoris.

Espléndido es el amor que luego de la verificación racional aún prevalece, que, incluso, se vuelve más excelso por legitimarse como un auténtico sentimiento y no como un impulso, una imposición social o una mera consecuencia de la mala formación moral de la persona.

Pero unas semanas después, hubo incertidumbre en su voz, un vuelco en sus palabras, un raro parpadear de sus ojos, en aquel momento en que me explicaba nuevamente el significado que le había dado a su libro. No sería más sobre nuestro amor, sino sobre el amor universal. Algo que pensé íntimo, se convirtió en una fuente de palabras que reconocerían los lectores ahora como universal. Palabras que serían manoseadas, recuerdos que dejarían de tener el mismo significado. Y yo ni siquiera había leído una sola palabra. Pretender. Entender. Postergar. Dicen que el amor se ordena en la medida que amamos. Quise defenderme de mis propias sombras. Me sentí humillada, diluyéndome en la nada como tantas veces. Miedo. Miedo de perder lo ganado, de perderme a mi misma. No deseaba poner en duda la universalidad de su amor. Pero todavía me siento con todo el derecho de sentirme confundida, traicionada. ¿Por qué? Porque dicen los filósofos:

El amante que me sabe participa de mi. Es estructuralmente parte de mi. 

La desazón que da el riesgo de perder lo amado y la frenética lucha por retenerlo ¿es un acto irracional? O bien, ¿pudiera decirse que es una racionalidad a medias? Si le pierdo y me deja, padeceré su ausencia[…]Si se va de mi lado, soy incompleto[…]al no tenerle, seré infeliz son ideas que suelen pasar por la cabeza del amante, llenándolo de miedo ante posibles males futuros.

Sólo ella sabe por qué la universalidad ha sido puesta de relieve en ese momento. Quizás debería preguntarse primero por qué lo hizo, en lugar de señalarme con el dedo por la pregunta irónica que le he hecho yo. ¿Por qué? Porque estoy convencida que si amamos profundamente, podemos llegar al centro de la persona. Podemos sentir con ella y, en su esfera más íntima, amar con ella: participamos entonces en el ser mismo de la persona, que es, recuérdese, ens amans. Y yo la he amado profundamente. He sido su amante. Pero ella no me ha dejado llegar a su centro.

Desde ese momento no vi ya lo honorable de ser parte de todo eso. Lo honorable de relacionar mi nombre con sus palabras. Es verdad, le prohibí que en su presentación hablara de mi, o que me nombrara.

Aquella reacción mía fue aparentemente inesperada para ella. Mientras la sombra de Abigail me rozaba la espalda. Sentada detrás mío en el museo, mientras Leah hablaba, entre las mariposas doradas. Y no, no eran celos, era desorden y resentimiento.

Estaba rota. El día más importante de su vida, como yo suponía que sería, lo había compartido con otra persona. Y me lo contaba eufórica, extasiada al teléfono. El simple hecho de salir a pasear en bote con ella, la pintora excéntrica que acababa de conocer, Abigail, de desnudarse ante ella, de llevar sus ropas, de navegar en el lago del castillo con Castor y Pollux, los cisnes de Innengard y de honrar sus plumas. Plumas que había tomado prestadas de Abigail en lugar de mis flores. La presencia de ella en lugar de la mía. Todo eso se había convertido para mi en una tragedia enfermiza, la pesadilla más horrible de mi vida.

Estábamos, estamos, estaremos juntos. A pedazos, a ratos, a párpados, a sueños – Mario Benedetti.

No podría describirlo de otra manera. Haya hecho lo que simplemente dice que fue, un paseo en barco, una foto entre los cisnes o no para la prensa. No me interesa la felicidad de alguien que no entiende mi dolor o las leyes del amor. Que no ve porque no quiere ver. Que destruye una ilusión depositándola en manos de otra persona.

¿Por qué la distrajo el mero goce fugaz, la sensación de sentirse amada por otra persona en lugar de la trascendencia de nuestro amor?

En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo – Paulo Coelho.

Sarah Moon

El estanque de nenúfares

Enigma verde

El verde es la herida abierta de un misterio sin fin, una espada suspendida entre la calma y el abismo. En él convergen la vida y su ruina, la sombra y el resplandor, como si todo lo existente pudiera disolverse en sus profundidades insondables.

No es color, sino pregunta: un enigma verde que no ofrece respuestas, solo una invitación al olvido, a ser devorado por sus profundidades silenciosas y verdes. Quien lo contempla entra en la penumbra de sus velos, siente que el verde lo atrae, como un sueño que disuelve los límites de lo visible.

Al final, todo se vuelve verde.

Antonio Mora

Después de que Leah me enviara hace unos días un mensaje con una imagen del puente de Monet en Giverny en el mismo momento que yo miraba una foto histórica casualmente de Monet pintando las paredes de L’Orangerie comencé a obsesionarme con esto de las sincronicidades.

La imagen que recibí de Leah del puente venía acompañada de su deseo de algún día estar allí paradas juntas, tomadas de la mano. Se trata de El Puente japonés de Claude Monet, que se encuentra sobre un estanque de nenúfares en Giverny, Francia, el cual ha sido muy significativo durante toda mi vida y que he visitado en 1997 y al cual siempre quise volver.

La foto de Monet con su paleta y delantal en L’Orangerie estaba relacionada con mi profundo deseo de visitar el museo en el Jardín de las Tullerías en París, lo que nunca pude hacer hasta el día de hoy, con la persona amada. Estuve ahí, sí, parada frente a la puerta de entrada en el mismo año, 1997, quise entrar, cuando Daniela me dijo que ya podría entrar algún día a ver Les Nymphéas con la persona indicada.

Estas imágenes o percepciones inconscientes, que pueden tambalear entre lo milagroso y lo francamente imposible aparentemente corresponden a un orden universal como lanzar los dados sobre la mesa, pensar en dos números y que esos números aparezcan delante de ti sin la ayuda de relojes sincronizados. Ya que el espacio y el tiempo en sí mismos, no son nada.

—Definí la sincronicidad como una relatividad del espacio y del tiempo condicionada por la mente.—dice Carl Jung.

Carl Jung define la sincronicidad como una coincidencia significativa de dos o más sucesos en la que está implicada algo más que la probabilidad aleatoria. Lo que distingue una sincronicidad de sucesos sincrónicos normales es la existencia de un significado subjetivo común que inevitablemente interpreta el sujeto que la experimenta.

Estos fenómenos que no podemos medir ni controlar nunca se han visto completamente despojados de su aureola misteriosa. Un enigma, que como una espada, está suspendida entre la calma y el abismo. En mi lugar, los anglosajones del siglo VIII habrían colgado relicarios de oro de su cuello como amuletos para protegerse de fuerzas demoníacas y del mal. Y los carolingios de las caballerías habrían desenvainado las espadas con incrustaciones de plata que hoy son encontradas en los lechos de los ríos y tumbas funerarias, como las que vi en el museo este último fin de semana.

Para mi, como para los que no estamos acostumbrados a evaluar el carácter estadístico de la ley natural, como concluye Jung, interpretamos todo esto como un ‘milagro’.

—He descubierto un relato instructivo de magia en el Liber Sextus Naturalium de Avicena, que dice que reside en el alma humana un cierto poder de alterar las cosas y que subordina a ella todo lo demás, en especial cuando la mueve un arrebato de amor, odio o placer. Por eso, cuando el alma de un hombre cae en una pasión desmesurada, enlaza cosas (mágicamente) y las transforma a su antojo. —me explica Jung.

Intento ver estos paralelos sincrónicos y su relación de simultaneidad como semillas que caen del cielo en las palmas de mis manos, como aquel sobre de semillas que uno toma de una estantería y es justamente aquel que una cierta armonía preestablecida le da un determinado significado. Como la Echinacea Purpurea ‘White Swan’ que mi mano ha tomado en la tienda del museo.

—Estas semillas apuntan hacia algo que corresponde primero a lo visible, es decir, algo semejante a una imagen; en segundo lugar, a lo audible, o sea, algo así como las palabras; en tercer lugar, a la extensión en el espacio, esto es, algo con forma. Sin embargo, estas tres cosas no están claramente distinguidas o definidas: son una unidad no espacial y no atemporal, que no tiene parte superior ni inferior, ni anterior ni posterior.— me susurra en el oído el sinólogo alemán Richard Wilhelm.

El sábado, día que fui a visitar la exhibición al museo donde encontré las semillas de echinacea, fue el mismo día que seguí la lectura de tarot de Altay, donde la primera carta barajada era la de los amantes, con los dos cisnes espejados al igual que la portada del libro que ha publicado Leah recientemente. En la misma exposición, abro un libro en una página al azar y veo una foto de los cisnes en el Minnewater o Lago del Amor en Brujas. Louis Cattiaux, bibliomante, propone otro método de adivinación, tras invocar al espíritu que inspira la coincidencia o simbología. Utiliza el método de tirar el libro al piso o abrirlo al azar con un abrecartas, cuya punta se fija en el lugar donde quedó parada y ahí se lee, tras elegir sin pensar, página derecha o izquierda. Este método era muy utilizado durante la Edad Media.

Somos un perpetuo espejo viviente del universo. Las almas en general, —afirma Leibniz— son los espejos vivos o imágenes del universo de las cosas creadas.

Fue esa misma lectura donde la tarotista me hablaba de encontrar unas llaves. En realidad, no recuerdo bien ahora para qué eran las llaves que ella nombraba, pero en ese momento me hizo acordar al talismán de la flor de los siete colores de Angel, el personaje de la serie japonesa de anime que veía cuando era niña, Hana no Ko Run Run. Angel, la niña de las flores, como lo tradujeron al español para la televisión latinoamericana entre 1979 y 1980. Angel era descendiente de las hadas y llevaba una llave mágica colgada del cuello, que había tenido que reemplazar varias veces, porque se rompía o porque perdía sus poderes. Al entrar en el museo de la abadía horas después de la lectura de tarot, vi las llaves. Las encontré al levantar la vista en el pasillo, las vi en el cielorraso de la abadía construída por Amandus van Gent en el siglo VII en una especie de escudo en yeso, en el centro de una flor en relieve o filete. El recuerdo de las llaves de Angel y su misión de encontrar la flor de siete colores me han perseguido desde mis primeros años de vida.

Agripa me explica:

Aquello en lo que este espíritu tiene una fuerza especial tiende, por tanto, a ‘generar semejantes’, en otras palabras, a producir correspondencias o coincidencias significativas.

Y no fue sólo eso, el día anterior había estado sentada nuevamente en el sillón de terciopelo rosa, cuando la voz me entregó una hoja de papel y me pidió que hiciera un dibujo que representara una planta y sus raíces. Había hecho ya ese ejercicio hacía exactamente treinta años. Lo recuerdo como si fuera ayer. En ese momento, a los diecisiete años, había dibujado con palo borracho con raíces enormes.

Esta vez, pensando en unos esquejes de rosas trepadoras que me regaló mi querida amiga Lilián hace un mes, antes de mi regreso a Gante, y en el rosedal de Buenos Aires y también en Leah, dibujé un palito leñoso cortado al bies, con espinas hacia arriba. Me imaginaba el esqueje plantado en turba, con raíces muy débiles y finas, que dibujé con un marcador, rodeadas de escorpiones, escarabajos y lombrices escondidas bajo la superficie de la tierra.

—No hay rosa sin espina —dije con voz desafinada. —Sí, así dice el refrán. —Le expliqué que me sentía amenazada por todos estos pérfidos insectos, como si caminaran en el sustrato bajo mis pies, que mis raíces se mantenían todavía muy precarias y que me sentía muy desamparada, y que no hacía otra cosa que echar espinas para protegerme.

—Las espinas de las rosas han sido consideradas desde siempre símbolo de adversidad y sacrificio. —concluyó la voz.

Cuando regresé a casa, unas horas más tarde, aparece frente a mi la imagen de un grabado en madera de Ray Morimura, reconocí los mismos tallos de rosas que yo había dibujado, las mismas espinas. No pude contener las lágrimas en medio de un silencio solemne. Busqué el nombre del artista japonés y encontré sus grabados en papel Unryu Kozo con corteza de morera; trabajos que reflejan una gran espiritualidad. El primer grabado que vi fue el de un estanque de nenúfares llamado Shinobazu Pond Water Lilies, el jardín de flores azules o Garden of Bell Flower, un barco, Sailing Ship, un toro o Ox, una mujer rezando una plegaria al cielo, Prayer, una flor y una mariposa, Flower and Butterfly, un alacrán o Scorpion, un sapo o Frog, una imagen del signo de géminis o Twins, ostras marinas que ha denominado Shell y el fruto naranja de Physalis o Lanterns. Todas impresiones con encantos simbólicos o pequeños simulacros de sincronisidades entre Leah y yo a lo largo de estos últimos años.

Lao-Tsé dice:

“Porque el ojo mira y no puede vislumbrarlo, se le llama escurridizo.

Porque el oído escucha y no lo oye, se le llama esotérico.

Porque la mano lo busca y no lo encuentra,

se le llama infinitesimal.

Estas son las formas amorfas,

formas sin forma, vagas apariencias.

Ve hacia ellas y no verás ningún semblante;

Ve tras ellas y no verás su espalda. “

(Cap. XIV)

Ray Morimura

El punto de fuga

‘Cierra los ojos, agudiza los oídos, y desde el sonido más leve hasta el ruido más salvaje, desde el tono más sencillo hasta la armonía más elevada, desde el grito más violento y apasionado hasta las palabras más suaves de la dulce razón, es la Naturaleza la que habla, la que revela su existencia, su fuerza, su vida y sus relaciones, hasta el punto que un ciego a quien se le niega el mundo infinitamente visible, pueda capturar la vitalidad infinita a través de lo que oye.’

Johann Wolfgang von Goethe

Siempre me he preguntado cuál es el significado del espacio ocupado por un sueño y la modorra.

Nunca me gustaron las noches de viento indomable. Ese de gritos estridentes que mecía hojas, ramas y árboles de pino entre sueño y pesadilla. Le tengo terror al pánico.

Ese viento salvaje que no me dejaba dormir, que susurraba en mi ventana, que se mezclaba con el canto de grillos y el croar de las ranas arrinconadas en el camino escabroso de la cuneta. En un abrir y cerrar de ojos, y la sombría existencia nocturna de luces de la calle y sombras, los racimos de huevos rosados de ranas se confundían con caracoles gigantes, renacuajos recién nacidos y el perfume inconfundible del árbol de paraíso de las esquinas de tierra y polvareda.

En el corazón de las tinieblas, en medio de los árboles, los postigos verdes desgastados, desvencijados, se golpeaban una y otra vez, abiertos de par en par, destinados al colapso inevitable y el paso del tiempo.

Era y había sido siempre la casa de las brujas, asilo de fantasmas, donde convivían pisos de madera de pino, escaleras, ramas caídas, vidrios rotos, rejas de portón enorme e infinitas preguntas, para mi, sin respuesta. Delimitación. Muro. Valla. Fortificación. Y a la vez, proliferación de espíritus, brillos, cartas de papel amarillento indescifrables, gobelinos de hilos de oro, daguerrotipos datados de 1856 de personajes no identificados y botellas de champán que habían sido rescatados del mar.

La curiosidad indefensa que sentía por esa casa estilo inglés que destacaba en el barrio sur de mi infancia era magnificada por el íntimo testimonio de vecinos, el vuelo de murciélagos y la rapidez de iguanas.

Me habían contado que los antiguos dueños del terreno eran unos ‘belgas’ que habían llegado a la ciudad en los años ’50. Yo imagino hoy la ciudad de aquel entonces dibujada en pergamino arrugado, un plano de casas y calles negras trazadas de norte a sur y de este a oeste por arquitectos y paisajistas y cubiertas de polvo gris. Allí estaba ahora situado el terreno baldío de los belgas, que en aquel entonces llegaron en búsqueda del espacio salvaje y desconocido del barrio sur de Esperanza.

Hace dos semanas volví. Sólo sobreviven los pinos, los eucaliptos, y unos cuantos troncos. Y el portón de rejas, célebre y manso.

¿Tenía la suntuosa residencia de los belgas buhardilla o rejas afiligranadas, ascensor, arañas de caireles, escalera al cielo, espejos que agrandan, pasadizos escondidos en el techo, jardines de bananos y monos, sótanos llenos de víctimas o huéspedes y visitantes extranjeros, túneles, puertas falsas detrás de vitrinas de vidrio con copas de cristal, lagos artificiales o quizás alguna tumba semienterrada en el patio?

Todo parecía ser sospechoso para mi, las ventanas, el jardín, igual que los mitos alrededor de la casa vacía y abandonada.

—¿Ya lo has visto? —me preguntó mi amiga de la infancia después de la tormenta refiriéndose a uno de los posibles espíritus.

—Necesitaría una brújula —le confesaba— para caminar por esas criptas de la claustrofobia y esos abismos de dimensiones deshabitadas. — O linternas, para descubrir las huellas de los espíritus entre las hojas caídas de los bananos y las lagartijas. 

—¿Y qué le preguntarías?

—¿Y vos quién sos?, eso le preguntaría —le respondí.

Se decía que los belgas disimulaban humildad y, a la hora de la privacidad, hablaban francés y ruso, y un idioma parecido al alemán, de muchos silencios, de palabras aisladas y que se vestían a la moda de revistas y vestidos de reinas, princesas y emperatrices europeas.

Decían que la madre no hablaba castellano, como si hablara sólo con su hija y la pared, pero cosía muy bien aparentemente las sedas y los linos que cardaba su marido en la fábrica textil. El padre llevaba siempre corbata y un sombrero negro inglés, según las fotos que vi, como el personaje de la pintura La Presencia de espíritu de René Magritte.

Yo había escuchado que los libros que habían traído estaban hechos de plomo, de arcilla y láminas de plata, sin títulos legibles y que la mayoría de ellos no podían ser leídos por cualquiera. Se contaba que las copas eran estilizadas, esmeriladas, de pie alto y cristal checoslovaco, otras de vidrio nacarado. Copas para agua, vino y champán. Y platos de porcelana de Delft azul y blanco. Y que habían traído en el barco que cruzó el océano durante más de un mes, además de un piano de esos donde las teclas las tocan los espíritus y no las manos humanas. Y cajitas de música que pusieron en todos los rincones para ahuyentar los sapos y las ranas. Y gotitas de lágrimas del rey en arañas de cristal. Y molinos con aspas de madera que elevaron en el patio. Y que vivían en esa casa, donde no parecían existir el pasado, la muerte o la nostalgia por el lejano país belga.

Yo me veía allí, en el tedio del sueño y la venganza de los dioses, frente a los estantes de copas de champán, sin saber cuál elegir. Había escuchado que las limpiaban en aquella época con plumas de plumero de avestruz todas las mañanas. Y que tomaban la leche tibia recién ordeñada en las copas de cristal. Y se llevaban a la boca un trozo de banana y otro de palta. Se decía que era para mantener la juventud y la piel blanca de inmigrantes gringos, igual que los fantasmas que merodeaban la casa entre los juguetes de madera años después, esa noche de tormenta, después de la repentina partida.

Los belgas regresaron a Bélgica a finales de los ’70. Pero no fue una huida. Ni cara o cruz. Ni exilio. Ni fue una decisión dejada al azar. Fue algo más que éxitos y fracasos. Fue el cierre de la fábrica de lino donde el padre trabajaba. Más tarde supe que siempre extrañarían aquella casa y los jacarandás de la ciudad de Esperanza.

Veinte años después, tuve la oportunidad y suerte de conocerlos personalmente. A los tres, el padre, la madre y la hija. La de piel blanca y trenzas largas que paseaba por las calles del barrio dejando por detrás la estela de su soledad y sus ausencias en los años cincuenta.

—Por fin, —le conté a mi amiga de la infancia —ha dejado de una vez el anonimato para pasar a ser celebridad. Igual que su familia belga.

Había cruzado el portón. Entré en la casa. Y pasé del living a la galería y al jardín.

El hechizo. Un banquete. Un jardín de invierno, una construcción de cristal y acero donde crecían una exuberancia de palmeras y plantas tropicales de todo tipo de donde colgaban orquídeas multicolores como cascadas entre los molinos con aspas. Las nubes de tormenta espesas, muy bajas, a la altura de las narices. El viento indomable había huído antes de la lluvia la noche anterior y había dejado la niebla. Mucha niebla. Era difícil respirar el aire cargado de tanta humedad.

Una mesa redonda de hierro. Un pantano. Un barómetro gigante, relojes de arena, un termómetro de vidrio y mercurio, una rueda de la fortuna y un ‘cianómetro’ que medía la azulidad del cielo.

Me senté a la mesa, con los pies descalzos metidos en el agua, en el medio de un pantano, a tomar el té, con las cuatro mujeres.

No necesité preguntarles quiénes eran. Una de ellas, la madre belga, llamada Marie, rodeada de arañas y saltamontes. Espantaba los insectos con su abanico de encaje negro a bolillos. Otra era la hija, Daniela, que jugaba con una red con la que cazaba grillos y mariposas en una bolsa de papel. A la izquierda, la princesa Teresa de Baviera, amiga de la familia, única hija y coleccionista infatigable, que enriquecía las colecciones nacionales de Baviera con valiosos objetos etnográficos, zoológicos y botánicos y sus amplias descripciones de viajes al Amazonas y al Sur. Para no ser reconocida como princesa bávara llevaba langostas espinosas de alas extendidas y transparentes cosidas a su vestido negro, las Metrodoras Magistralis. Estaba acompañada, a su derecha, por una pequeña dama de sombrero cubierto por hechizantes mamboretás de fiero aspecto atravesadas de alfileres llamadas Mantis Religiosas color verde chillón. Era Maria Sibylla Merian, de trece años, la reconocí enseguida, a pesar de verla en enagua y corsé. Era la alemana que recientemente había descubierto la metamorfosis de las mariposas. En su cuadernito anotaba en latín detalles de los ciclos vitales de gusanos de seda, polillas y otros insectos como escarabajos rojos. Dibujaba flores de banano de cinco pétalos color sangre, gruesos como cuero, cubiertos de rocío azul por el revés en las tazas de té de todos los comensales. Yo admiraba con la boca abierta sus garabatos de crisálidas de orugas hechas con tizas doradas, amarillas y negras en las paredes de cristal del invernadero.

Las cuatro mujeres, obsesionadas por sus observaciones casi científicas, hablaban de sus viajes a través de Latinoamérica, inspiradas por Alexander Von Humboldt y los europeos que habían llegado justo cien años antes a Esperanza y sobre sus hazañas hasta encontrar este maravilloso jardín que las rodeaba. Yo no podía creer que no tuvieran miedo, ni al viento, ni a la tormenta, ni a los alacranes.

Sirvieron los canapés. En el centro de la mesa, pirámides de terrones de azúcar perfectamente cúbicos. Torres de masitas vainillas rosadas, mitades de palta, trocitos de banana para las mariposas en platitos de porcelana, copas de agua, vino, champán, las que reconocía de la vitrina. Pero esta vez llenas de insectos inofensivos, hormigas, moscas, avispas, abejas, cada especie en una copita. Otras, llenas con néctar, otras con polen y otras con semillas y miel.

Una copa en especial, de oro, como un cáliz sagrado para comulgar, que se pasaban de mano en mano para beber un sorbo y de un santiamén. Hasta que llegó a mis manos, asentí con la cabeza y reconocí la mezcla de las lágrimas de las cuatro mujeres y no supe si beber o no. Pude ver reflejadas las personas, episodios, sueños, ideas que dejé ir, que gané y que perdí. Vi reflejada a Leah. Quise que estuviera ahí, escondida detrás de algún árbol o memoria enredada, y que viniera hasta la mesa a sacudirme, a despertarme o a quedarse a tomar el té y declararme libre de culpa. Había entrado en la casa, en el jardín y me senté sin pedir permiso a la mesa. Se suponía que como sospechosa era culpable hasta que se demostrara mi inocencia en toda la escena. Desde el inicio del sueño. A partir del punto de fuga de la vida en medio de la tormenta.

Aguaribay

Los granos de pimienta rosa.

En el momento que me vendaron los ojos no me acordaba el nombre. Después me ataron una bolsita de gasa con granos de café en la muñeca izquierda. Decían las voces que servía para neutralizar e identificar mejor los perfumes.

Primero, el limón, después pude oler la vainilla y el caramelo, alternando con el café. Pero la pimienta fue tocarla con los ojos cerrados, desmenuzar las drupas globosas y frágiles entre mis dedos y llevármelas hasta la nariz. Y nada. Dicen que son muy aromáticas y comestibles. De sabor intenso y floral, a la vez dulce y picante. Parecida al enebro.

El terror fue real. La incertidumbre me sorprendió. No podía oler las semillas de la pimienta. Veía la majestuosidad de los Cerros de Siete Colores de los cuales hablaban las voces y oía las escalas diatónicas y cromáticas de la quena andina. Visualizaba la arcilla roja, la piedra calcárea, los colores pardos producidos por el plomo y el carbonato de calcio. El verde del óxido de cobre. El amarillo del azufre. Las altas temperaturas. Pero sentí una frustración muy grande al no oler nada entre mis dedos.

Me desesperé. Fueron segundos. Pensé que había perdido el olfato. El juego ya no tenía gracia. Apreté más los ojos para así concentrarme más en la pimienta, la quena y las montañas.

Y nada. Nada de nada.

—¿Cuál es el nombre? — me preguntaba en voz alta. Desaliento —pensé. — ¡No sólo el olfato, sino también la memoria!

—Aguaribay—dijo una voz.  Ese es el nombre que le dan en el norte del país. Areira. Bálsamo. Árbol sagrado de los Incas. O árbol de la vida. O pimiento del diablo.

—¿Por qué tanta ambigüedad? —pregunté sin tener respuesta.

Sus manos me pusieron un frasquito de vidrio entre las mías, con la fragancia que tenía pimienta rosa como nota corazón. Y fue sublime. La emoción fue inexplicable. No había perdido el olfato. Vi con los ojos cerrados el rosa de los granos, el azul del cielo, el ramaje colgante parecido a los sauces y todos los colores de las sierras del Noroeste argentino.

Y pedí a las voces que rociaran la fragancia entre los nudillos de mi mano derecha.

Fue la señal que buscaba. El bautizo. La bienvenida a casa.

¿Pero a qué llamaba casa?

—Una pregunta que se repite constantemente — me dijo una voz.

El minúsculo grano de pimienta, la molécula de laboratorio y destilería de la que hablaban las voces y que hizo que aterrizara, que proclamara mi libertad en tierra firme, que confiara otra vez en mi, en mi intuición, y besara la piel de mi mano como si besara a la vez la de mi amada.

Sarah Moon 2007

Las manos de cuarzo  

Benditas las manos, infinidad de manos, como racimos de cuarzo transparente, sostenidas por alambre de cobre y las ramas de árboles en sosiego y vaticinios. Quise tocarlas, frotarlas, rozarlas, adueñarme de ellas, pero no pude.

Se parecían a sus manos.

Al borde del lago de Urd, de aguas cristalinas, vi los cisnes que las Nornas alimentan. Vi un jardín secreto y una pared también de cobre al fondo, con perforaciones por donde se filtraba la luz. Una planta de higos verdes, sin madurar, un peral y un manzano. Los frutos, en evolución, todavía muy insignificantes, para nada apetecibles. No debería ser así, el final del verano se aproxima. Pero el verano europeo es distinto este año. Nunca ha comenzado y parecería nunca querer desaparecer. Supe que los árboles aquellos eran avellanos, porque las nueces, todavía hojosas, estaban diseminadas como pequeñas piedras de aventurina de mica y reflejos plateados y dorados por el barro.

Buscar un lugar seguro. Esa era la consigna. Totalmente seguro, bajo las ramas arqueadas del arbusto de las mariposas, los avellanos y las sombras de la luz existencial. Bendecida por la presencia de las Nornas, las manos de cristal de roca y los cisnes, que viven cerca de las raíces del fresno perenne Yggdrasil. Eso dicen mis cartas de Tarot. Pero Leah estaba ausente.

Me hice casi invisible, traslúcida igual que las manos esculturales de cuarzo, que me recordaban indudablemente a ella. Extendí mi cuello hacia el cielo, en el centro del cosmos, y miré hacia arriba. Azul claro, concentración de geodas de ágata entre las nubes, y cubriendo mis ojos, vi aquellas redes elípticas entre las flores, como velillos nacarados de fascinator nupcial con motas, que no eran motas de terciopelo, sino finísimas arañas hilanderas.

Me aterran las arañas. Se me nublaron los ojos de nubes. Como en trance, volví a mirar el brillo de esos velos místicos. Me sudaba la frente, que se hacía profunda y de un azul-celeste de ágatas y cristales en su interior, bóveda donde se espejaba el cielo.  

Me atraían los destellos de las finas elipses milimétricas, como de seda, entre las flores. Me preguntaba si eran los telares de las Nornas, y pasé mi dedo índice para darme cuenta si los hilos eran reales o imaginarios, o aquellos del destino del telar de vida de cada una de nosotras, de ella y mío. Cada hilo pegajoso parecía nacer en el pistilo de cada flor, y volvía a morir en el anhelo de otro cáliz, en un juramento, en un beso, en medio del dulce néctar que hipnotiza las mariposas.

—La mejor manera de predecir el futuro es crearlo. —Susurró una voz en mi oído. Era una de las tres Nornas. Estoy segura.

Me preguntaba cómo hacen las arañas para contonearse de hilo en hilo y tantear los límites de las flores lilas, las ramas y las manos de cuarzo, para flotar entre los nudos de las hebras que tejían, entrecruzando direcciones y destinos. Las Nornas las guíarían, pensaba, igual que a mi, teniendo en cuenta pasado y presente a cada paso que daban. Podía escuchar sus voces.

Pienso ahora en el futuro. Y también en mi pasado.

—Veo mi silueta negra y estoica allí inmóvil como en una impresión fotográfica de sales de platino expuesta a la luz solar.—le murmuro a la voz.

Mis recuerdos me llevan hasta una de las cúpulas del Palacio Garnier, la Opéra National de Paris. Hace diez años, en pleno verano, estuve allí parada durante una visita guiada, en el centro del cosmos del foyer, envuelta en mi propia imagen repetida mil veces y reflejada en los espejos. Bajo los rayos dorados del sol, coronado de hojas de laurel.

Cuando extendí mi cuello hacia el cielorraso, y miré hacia arriba, descubrí en lo más alto, aquel lugar donde anidan dos dragones alados negros, entrelazados, casi oxidados y rodeados del fulgor de estrellas plateadas, astros de cinco puntas y de sutiles rayos milimétricos, pintados con tanta precisión y delicadeza, como briznas de trigo.

—¿Por qué persisten, Nornas, en tejer el telar de mi vida de tal manera, que me alejan de la oscuridad y del estar parada entre bastidores, entre bambalinas y tras el telón? — les pregunto y sigo preguntando insistente como solía hacer de niña —¿por qué me alejan de Leah, de sus manos, de su aura? ¿Por qué me alejan de aquel, mi jardín secreto?

Y las voces enmudecen. Se alejan. No me responden.

Yo les sigo rogando y les grito de lejos:

—¿Se vestirán con plumas de cisne y vendrán al borde del lago a susurrarme sus consejos o a desearme suerte para mi viaje hacia el sur? ¿Pondrán el círculo del destino en mis manos, como hicieron con las telarañas? ¿Me vestirán de negro, azabache y luto o con moños y encajes blancos? ¿Podré calzar los zapatos de charol de mi infancia o tendré que cruzar el barro con los pies fríos y descalzos? ¿Se acercarán a colocarme el velo de redecilla sobre mis ojos y besarán mi frente al anochecer? ¿Pondrán en mi camino la manzana dorada, las avellanas maduras, las aguas cristalinas y los cielos de ágatas?

Y las voces me dan la espalda, se ocultan en la tierra, entre las raíces y se callan.

The Bubble 1898 – Clarence White

Desiderata

Nuevamente me encuentro sentada en el sillón de terciopelo rosa. La voz asegura que es un signo de abstinencia. Verla, sentirla a mi lado, olerla, escucharla. Amarla. A flor de piel. Leah. Toda ella.

Entonces le cuento que me escribe ella misma, para dejarme saber que Leah nunca ha existido, que es un personaje que he imaginado en mi mente y mezclado con mis miedos.

Durante la noche me ataca el insomnio y el terror de volver a Esperanza. En mis sueños camino por la ciudad bajo la lluvia, buscándola. Escalofríos en mis brazos, mis piernas y mis manos.

Leah me suplica que sienta su dolor, con lágrimas en los ojos, como si yo no fuera capaz de sentir el mío propio, aprisionado en mi garganta.

Me pregunto si en este océano de indiferencia que nos separa, ella puede sentir el dolor que me ha causado. Estridente, delirante, irracional, destructivo.

Mientras que sí, ese tipo de insinuaciones que suele repetir sobre mi cuerpo, sobre mi voz, sobre mis cualidades, sobre mi edad suelen calar hondo. Tan hondo que toda esa insistencia de frases y palabras me deja tan confusa, tan frágil, con las piernas insensibles, que resbalo en aquel rincón escondido del sillón bajo mis piernas y mis ropas sudadas desde donde se ve el castillo, caigo de rodillas y me acurruco en la alfombra, en lo infame del pie del talud, a profundidades de dos mil metros o más, entre los sedimentos marinos para que nadie me escuche ni me vea.

Me deslizo sabiendo que ella es la única que me ve.

Leah habla y escribe como si yo no padeciera esta maldita abstinencia. Agujas de heroína impura y semicírculos de golondrinas en mi garganta.

El escenario perfecto para intensificar mi voz interna y ensordinar mi voz real.

—Así podré, por lo menos, perderla sin sentirme mortificada,—le digo a la voz— acallar sus palabras en mi frente, avergonzada, o custodiar mi piel de la luz del sol de primavera. Quizás el silencio me enseñe algo más sobre mi. Quizás los recuerdos me muestren imágenes olvidadas de mi juventud. Fotos en blanco y negro, como mis pensamientos, según ella.

Y me pregunto y le pregunto:

— ¿Qué dirá dentro de unos años, cuando realmente envejezca?

Sigo sus palabras de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda, del derecho y del revés. Y no me doy cuenta si finge, o si es sincera. Preguntas que me llevan más allá de la propia existencia física de las palabras.

—¿Es eso amor?— me pregunto a mi misma. Me quedo callada, con la garganta en llagas.

—¿Podría poner las manos en el fuego?— Le pregunto a la voz.

—Sí, el amor debería ser más simple. —me responde—Sí, el verano debería ser eterno. ¿No es así?

Volver al principio, eso es el gran deseo, la paradoja, la herida. Al origen, cuando todo era idílico, perfecto y terriblemente idealizado.

Me acerco a Leah, me arrodillo y apoyo suavemente la palma de mi mano en la base de su cuello. Cierro los ojos. Siento las espinas encadenadas en las paredes de su garganta, junto a las sombras de antiguos rosedales. Yo siento las mías propias, estranguladas entre las cuerdas vocales, mis vasos sanguíneos y mi saliva.

Cambio las espinas por flores que comienzo a entretejer entre mis dedos alrededor de su cuello. Desiderata de flores silvestres, como las de los campos donde ella quiere siempre recostarse en primavera. Margaritas, campánulas celestes, amapolas escarlatas y malvas.