‘Sensación de estar perdiendo mucha sangre por alguna herida que no ubico. ‘ Alejandra Pizarnik
Un antiguo dolor se anuda a mis huesos. El peso de una angustia robusta que no soporto y que era predecible ya a la distancia. Crujido de árboles y rocas chocando. Siento la tensión en mis dedos y en mi cuello.
Mi cabeza ruge y pesa, como si fuera una maceta de terracota llena de abono y tierra. La dejo caer sobre la mesa y se quiebra. Los bulbos de narcisos y tulipanes ruedan sobre la mesa de madera. Recuerdo el inico del otoño, no de primavera. Mis brazos se derrumban a mi lado de la misma forma que la gravedad hace caer la seda de mi falda sobre mis piernas. El encaje de mis mangas se rasga. Era mi vestido de seda preferido. La pala cae al piso, junto a unos bulbos que han echado unas tiernas raíces, en vano. Sí, sin sentido. Escucho el eco de la pala al chocar el suelo.
Mi cabeza ahora descansa en medio de la tierra y las tres rosas color rojo sangre casi negras, sin perfume ni espinas, que alguien dejó anoche sobre la mesa. ¿Habrá sido Leah? No lo creo. Leah ni nadie quieren saber de mi. No soportan el peso de mis pensamientos que han censurado con el silencio bajo los escombros.
Si digo lo que pienso, es como si le hablara a la pared. No tengo respuesta. Erosión. Los helechos se desprenden entre las piedras. Y me vengo abajo a gran velocidad. Avalancha de lodo, sueños, maldiciones, bulbos y rosedales.
“¿Quieres saber algo de mi? Yo quiero saber de ti, pero en este momento prefiero morir como las mariposas después del sismo, el derrumbre y la tormenta.” Y que alguien se dedique a coser más tarde las alas de las mariposas muertas en mi espalda curvada sobre la mesa. ¿Cuántas alas podrán coser ? ¿Una, dos, tres, mil quinientas…?
Hay una diferencia conmoveroda muy grande entre una, dos, tres y mil quinientas. ¿Pero una, aunque sea una? ¿Pido tanto? La gente se queda atónita con sólo una y yo aspiro a mil quinientas.
No se si encontrarán las alas de mariposas muertas. Las enterré en el jardín la semana pasada. Pero quisiera haberlas guardado en mis cajitas de cristal como cuando era niña. Por lo menos para poder verlas cada mañana cuando dejo desplomar la cabeza sobre la mesa.
¿Si Leah viniera, me tomara de las manos y me sacara a bailar por el jardín entre los brotes y las mariposas? ¿Sería entonces más feliz?

Arnold Genthe – Anna Dunkan 1926