Tosca, que ha tomado un cuchillo de la mesa, se lo clava en medio del pecho, diciendo: «Esto es el beso de Tosca». Luego de una maldición, Scarpia, moribundo, gime balbuceando un pedido de ayuda, socorro. Tosca le increpa: «Ha sido muerto por una mujer. Me habéis torturado. Habla. ¿Oyes aún? Mírame. Soy la Tosca. ¡Soy la Diva! Soy Tosca, oh Scarpia». Agrega: «¿Te sofoca la sangre?. .. ¿la sangre?… ¡Muere, muere, muere!». Y una vez que lo contempla inmóvil, cierra el acto con estas palabras: «¡Ah! Está muerto. Ahora lo perdono».

Las veo, las escucho. Son las últimas sombras de verano que se ahogan y se reflejan en la pared blanca de la casa.

Ni siquiera me di cuenta que se esforzaban por demostrar su presencia hasta recién, sólo para  intimidarme.

Me provocan, sin preludio ni obertura, y yo también las atormento con los latigazos en el piso de madera, ese en el que estuve parada unas cuatro horas en menos de un mes.

Estallé en tres siniestros acordes, en palabras crueles, hilos negros, dorados y plateados como éstas, mis enemigas, las últimas sombras, hasta romperme toda y sucumbir en el silencio táctico e inhospitalario de este gran pretexto de ambas, inexplicable, hostil.

El primer día que habité el lugar, que abrí las ventanas destartaladas y abracé la gran plaza desde el balcón me sentí plena. Había dos puertas, fisuras y orificios en el piso y la pared debido a la antigüedad del edificio, pero no consideré que se convertirían en menos de unos segundos en encontronazo, en un abrir y cerrar de ojos, en violencia, en este fin y en este duelo infinito, trágicamente irónico.

Ese primer día, vi las sombras en el piso, pero no me parecieron severas, al contrario, se presentaban prometedoras. Se fundieron en mi pecho. Me dejé seducir por ellas. Eran como el canto de un aria en el primer acto de una ópera. Sombras que detuvieron el tiempo narrativo y parecían dar espacio a mis próximos recitativos y virtuosismo. Por lo menos en ese momento, entre las plumas de palomas que me dieron la bienvenida, veía todo así de simple. Recondita armonía.

Las flautas traversas, los violines se deleitaban con mi felicidad. Me acompañaba la orquesta.

Pensé en Leah. Me habría gustado que estuviera a mi lado, y le recité en voz alta, con las tres plumas de paloma entre los dedos, cantando:

Tienes ojos azules,

Tosca los tiene negros !

El arte, en su misterio,

funde las dos bellezas y las confunde…

Pero mientras pinto este retrato,

Mi único pensamiento,

Mi único pensamiento eres tu,Tosca, eres tú !

Dicen que el aria congela el tiempo para que el personaje exprese sus sentimientos íntimos, igual que las sombras. Aria, del italiano, que significa aire, canción, melodía.

Los ángeles cantaban a coro el aria, las palabras de Tosca resonaban en mi cabeza, el sol de verano tardío golpeaba en mi cara. Con la misma intensidad mi caja torácica le gritaba esa última noche todo lo que el destino a veces arrastra y destruye. El inicio del fin. Y mis últimas palabras antes de cerrar la puerta en su cara fueron:

—¡Tu silencio tibetano te saldrá muy caro!

Arde en la sangre de Tosca el loco amor. La maldición.

Me pregunto si es sabio guardar silencio en estas circunstancias. Pero no se trata aquí del silencio pitagórico, del que nacen seres íntegros. No es fácil mantenerse callado cuando el silencio es una mentira, según las palabras de Victor Hugo.

Lo deshecho en tan poco tiempo no promete florecer. Todo lo esplendoroso y próspero de mis intenciones, de aquel abrir de postigos, el primero y único en menos de un mes, inauguró un inconfundible malestar que se fue dilatando hasta estallar. Cuando decidí que era mejor gritar. Un gritar doloroso que el silencio no fue capaz de evitar.

La escopeta abre el tiro cuando dispersa la pólvora. El final de la batalla. La derrota-victoria.

No fue como lo dicho de una flor de invernadero, separar, extendiendo sus pétalos que estaban recogidos en el capullo para abrirse. No. Fue otro tipo de eclosión, esta vez brutal, animal, como las crisálidas, seguido del lamento de Tosca.

Como las mismas que se abrieron ayer antes de la tormenta, de las cuales salieron dos mariposas, una con las alas atrofiadas. Cuando fui al patio, vi las pupas transparentes, rotas y vacías, busqué las mariposas y las encontré, serenas entre las hojas marchitas. Las vi surgir y sobrevivir mientras dejaban secar sus alas antes de volar. Las tuve en mis manos, las bendije, les di la bienvenida.

Media hora más tarde se avecinó una tormenta tropical. Me senté en un rincón, sin revelar su escondite, las dejé en el verde del silencio y su existencia idílica y las perdí de vista.

Sarah Moon

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