Veo una realidad de ventanas de castillos europeos reflejadas en el agua que ya no me rozan. Como un telón de teatro que veo al pasar, como una realidad surrealista que no es mía.

Hay música de violines a lo lejos, sonido de platos de porcelana, suspiros de ángeles anidados como arañas de caireles en las paredes.

Voces agudas de sopranos y promesas que no se cumplen. Es como si la mudanza al hemisferio sur estuviera maldecida. Marcada con una raya de fibra fosforescente y cinta adhesiva roja con el sello de abierto, manoseado y verificado. Como si fuera un mundo allí, con castillos y suspiros, y otro totalmente distinto por estas latitudes, anmarañado con olas de calor y terrones de tierra seca, bebés de iguanas, marcas indeseadas de cuchillo detrás de los espejos y hojas marchitas de tanto sol y los restos de platos de porcelana rota dispersos por la casa.

Alguien frota las cuerdas del piano con fuerza hasta hacerlo chillar como si estuviera endemoniado. El piano está en el centro del gran salón, donde se concilian los banquetes, los juicios, las asambleas, los conciertos de festivales de verano. No en mi casa. Donde una vez estuvo.

Todos caminan hacia las escaleras del castillo, que son de mármol, entre el ritmo de los pinos del jardín prusiano, cónicos y simétricamente plantados hace años.

—¡Esperen! —les grito —¡Falto yo!—  Veo las sopranos que cantan en el invernadero entre las plantas de naranja. Y al mismo tiempo, sigo sentada en el living de mi nueva casa, bajo la brisa del ventilador de techo, Espero una respuesta después de siete meses. Y nada, ni siquiera me esperan. Levanto la vista y veo la pequeña iguana en la esquina del cielorraso.

—¿La mato o no la mato? — me pregunto. Y me largo a llorar. Porque decidí matarla. Sin piedad.

Es un chiste. Se burlan de mi. La iguana que logró entrar en la casa, el director de ópera, las sopranos que cantan y la aduana. Todo parece un sueño de mal gusto que alguien ha puesto en el portapeles. Sigo soñando con el castillo y el jardín. Un sueño que alguien se ha empeñado en soterrar entre las llaves oxidadas de algún cajón.

En el borde del foso de agua, sostengo una rama de laurel y una hoja blanca con cuentas matemáticas y numéricas y una sumatoria de puntos positivos y negativos. Cuento las ventanas reflejadas en el agua. Y pierdo la cuenta. A quién le importa. Cuento las hojas de laurel. Tacho números, puntos suspensivos, dibujo las notas musicales para los violines y el sonido de los platos de porcelana. Tacho, tacho, tacho…borroneo nombres y números hasta llegar a mis huesos, al esqueleto de la cuestión. Mato la iguana de cola rayada. Y cuando cae, la aplasto con el pie. Sin lástima.

En el borde del agua, veo los meridianos, la puesta de sol. Se superpone la luna, los tachones en el aire, la vastedad del horizonte, los anillos de los planetas, los demonios y los suspiros de ángeles. Veo paisajes plisados, collages de anotaciones sin sentido, en lápiz y burbujas de pensamientos sueltos, dichos, silenciados, retorcidos en el reflejo del agua. Me tiro de cabeza, me rompo la frente contra el fondo como hace años. Y veo una mano extendida hacia mi, signos cardinales y asteriscos, flechas y una especie de estrellitas misericordiosas que me llaman. Veo un jardín, escucho la voz y sigo un camino sutil entre rayas y más rayas, bollos de papel y cajas. Veo hojas de banano, hojas de laurel, hojas de tilo, hojas de naranjo entre el moho y las algas. Desde aquí debajo del agua, veo el fervor de los cimientos del castillo. Aquel mío y sólo mío. Y de nadie más.

Sarah Moon

Deja un comentario