Los ojos de los demás son nuestras prisiones; sus pensamientos, nuestras jaulas.
Virginia Woolf
Ibamos subiendo las escaleras; ella, detrás mío, con las partituras sostenidas por su brazo derecho. Ella subía mirando el polvo sobre los peldaños de madera. Yo subía observando el ritmo y las formas moldeadas como granadas de los balaustres torneados. Y un cartel que decía con flechas concéntricas ESTAS AQUI.
Me preguntaba, para calmar la ansiedad, si la madera de la escalera sería pino, cedro, caoba, roble o cerezo. ‘Nada de eso es importante’, me repetía a mi misma.
Y nos detuvimos ahí, en el rellano, al pie del segundo tramo. En la pared blanca se reflejaba el vitral transparente que atravesaba el sol de la media mañana. Ella seguía mirando el piso, el polvo, los pedales y mis zapatos. Yo leía otro cartel en blanco y negro que decía SIN SALIDA.
Yo tenía unos quince años. Ella, unos veinte años más que yo.
Por esos inicios de la adolescencia, mi vida giraba en torno al piano, las partituras, los silencios.
Cuando recostaba la cabeza por la noche en la almohada, era sobre un nido de líneas horizontales y paralelas de pentagramas enmarañadas entre espacios en blanco, claves de sol y cuerdas metálicas. Por las mañanas, antes de sentarme al piano, si sacudía la cabeza esparcía una percusión de corcheas, fusas y semifusas por el aire. Si cerraba los ojos veía mi cuerpo envuelto en hojas de partituras y música y caracoles gigantes colgados sobre mis oídos.
Estoy segura que si alguien iluminaba mi cabeza con una linterna mientras dormía, habría visto los puntitos de vuelo errático, en círculo y en espiral de las notas musicales como luciérnagas alrededor mío. Colisiones de escalas cromáticas, figuras y compases.
En aquella época tenía plena conciencia de mi capacidad torácica, de mis costillas, de mi postura, de la estructura ósea de mis manos, del cuidado de mis dedos. De todo lo que podía archivar en mi cerebro, de mi notable memoria visual, de la cantidad de partituras y notaciones matemáticas guardadas entre las paredes del frontal y los temporales. De toda la frustración abultada en mi mandíbula y la saliva acumulada en la cúpula del maxilar. De la insignificancia de mi existencia y mis inexplicables pretextos en mi caja de resonancia.
Las uñas cortas, bien pulidas y rosadas, los nudillos salientes, las venas que se movían sobre los huesos del metacarpos. Estaba orgullosa del trabajo de mis falanges para adquirir fuerza, agilidad y control de la mano sobre las teclas del piano. Sin descanso. Con insistencia. Velocidad y virtuosismo. Cualquier superficie de madera era suficiente para practicar, en cualquier lugar. Articulaciones y pulsaciones constantes, como las de mi corazón y mi respiración.
Muñeca, antebrazo, brazo, codo. Todo relajado y a la vez tensionado, porque al fin y al cabo nunca logré en realidad esa perfección que ella tanto pretendía de mi. Nunca llegaría a ser concertista. Y ella insistía día y noche, que estudiara ocho horas como mínimo diarias. Lo repetía hasta el cansancio. Pero ¿para qué? ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué estaba ahí, parada delante de ella, en la escalera del instituto superior de música, con el sonido del metrónomo marcando el paso en el claroscuro del fondo?
Alguien me dijo hace unos quince años que soy como una especie de super E, un ser superior que todo lo puede. Como el eslogan: ANYTHING, ANYTIME AND ANYWHERE. Que cualquier cosa que me propusiera en la vida me saldría bien, porque tengo una sensibilidad especial, una perseverancia infinita. No era sólo insistencia, ni capricho, sino esa capacidad de empezar algo con propósito, disciplina y visión. De comenzar algo que algún día vería nacer su fin.
—Lo que quieras, estés donde estés y en cualquier momento.— me dijo la voz.
—Gracias, gracias, gracias. —le dije.
Conciertos, clases magistrales, concursos. Quién sabe todo lo que me proponía a mi misma en aquellos tiempos. Era como estar encerrada en una burbuja giratoria de figuras musicales flageladas gigantes, telarañas y diamantes. El magnetismo crucial de las palabras, de mis propias promesas. Igual que las de Nidia, que machacaba en las escalas cromáticas, en ejercitar el ritmo, la presión de los dedos sobre las teclas, la ligereza y la apertura de las palmas de mis manos.
Creo que lo hacía bien. Yo sentía con el paso de los días que mis dedos se alargaban. Pero nadie era tan hábil para las teclas de marfil como ella misma. Ni nadie mostraba tanto desinterés en mi carrera como mi padre. Yo me desvanecía allí, en la esquina oscura de la escalera, entre las molduras sucias y arruinadas de la pared y la balaustrada rítmica que se deshacía, onírica. Apoyada en un poster todo rasgado, pegado a la puerta que decía: ‘IT’S ALL IN YOUR HEAD’. Me desdoblaba mientras me abrazaba los brazos, estrangulaba mi cuello, relajaba las manos y la escuchaba atenta, enjaulada en pentagramas y fantasmas. La observaba, allí, encorvada, sentada en la silla a mi lado, pasando las hojas de las partituras mientras yo tocaba el piano. Caleidoscopio de ojos, tornado de manos.
Nidia Koppisch, nombre legendario de la música argentina. Alguien quien merecía toda mi admiración.
Creo que desde el primer día que subimos juntas las escaleras, compartimos ese secreto: que nunca llegaría a ser concertista. Era como acarrear piedras en el desierto en pleno verano.
Ella lo sabía. Yo lo intuía, aunque tuviera por esos días la cabeza en las nubes. Yo lo decidí. Yo sabía que tirarme al vacío nunca iba a suceder. Aunque pareciera que algo grande estaba por ocurrir. Como si decenas de sombras miraran y analizaran un cuadro por el ojo de la escalera.
Hoy intento colocar todos esos ojos en mis bolsillos bordados de flores. Ya no recuerdo si el armazón de mi piano era abeto, nogal, haya, peral o palosanto. No es necesario. Mi padre me obligó a vender el piano.
Y, al mismo tiempo, alguien mantiene el ojo pegado a la mirilla de mi vida. Y siento su respiración en mi cuello. Porque me pasa siempre. Con cualquier cosa que quiera, esté donde esté y en cualquier momento.

Sarah Moon