“Tenemos dos vidas, y la segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una.” ― Confucio
Un cajoncito de madera de roble y nueces con cáscara, y un poco más lejos, unas tres granadas que alguien hizo rodar por el escenario desde las bambalinas, unas seis manzanas chilenas bien rojas, de esas que tanto me gustan, unos espárragos, un zapallo de estación, verde, con vetas naranjas y verrugas y unas moras salvajes de un árbol del campo.
Tiempo de café. Una vela blanca prendida y un reloj de bolsillo de mi otra vida de números romanos y leontina.
Fui al jardín a cortar la primera flor de agapanto que se ha abierto esta tarde, acomodé la enredadera para que siga trepando por el alambrado y busqué en la cesta que preparé ayer las semillas de girasoles. Me dijeron que noviembre era tiempo para la siembra. Inicio y fin de tantas cosas. De una vida. Y de la otra. Entre pitos y flautas, me doy cuenta que se enfrió el café. No me gusta el café frío y sin sabor a café.
Como era de esperar, el café que tomaba en Bélgica me parecía más rico. No sé, el cuerpo, el aroma, el amargor, el dulzor. Me gusta el de notas frutales, florales o de cacao. Especiado. Dudo todavía, pero me parece que las flores belgas florecen más por las abundantes lluvias.
Aboné la tierra de esta casa con las cáscaras de nueces, las pepitas de granadas, los restos de manzana, las semillas y barbas de zapallos y la borra del café. Pero no hay caso. La tierra está demasiado envejecida y sedienta.
—Dios, dame paciencia. — digo al cielo azul de primavera, y lo grito por toda la casa desde la cuerda floja que ato de puerta en puerta. De ventana en ventana. De continente a continente.
Hace un mes, fue lo primero que hice. Até mis cristales cerca de la ventana que da al jardín de invierno, por lo menos me doy cuenta que aquí en el hemisferio sur brillan más y hacen más reflejos en la pared blanca recién pintada.
La temperatura es distinta, la presión atmosférica, la altitud, también, la humedad. Todo afecta el mecanismo del reloj, pensé. Que no se pare, que no se hunda…
—¡Nada de presagios! —me dice la voz.
Me pregunto qué hora es y saco la cuenta continuamente, resto cuatro, sumo cuatro. Horas, meses, años. Hay una diferencia de cuatro horas entre Bélgica y Esperanza. Creo que debería comprar más velas por si se corta la luz. Las tormentas son inesperadas, como los funerales, y el pronóstico del tiempo nunca canta la justa. En Bélgica, en veintitres años, nunca se cortó la luz.
Extraño el mirlo en mi ventana. Quiero conocer al pájaro campana, ese de la polca paraguaya que escuché anoche en arpa. Dicen que hace un fuerte silbido que interrumpe su canto. El mismo que hago yo entre bambalinas, grito sordo que nadie quiere oir, mientras deambulo por la casa. Dicen que el pájaro se alimenta de frutas. Igual que yo. Café frío, amargo y granada.
Quizás no sea mala idea dejar las manzanas pudrirse por el piso de madera de la casa. Voy a caminar por la cuerda floja, descalza, con la vara de agapanto entre los dientes. Y con ojos cerrados. De cour a jardin.
—Côté cour et côté jardin. — me susurra la voz.
Escucho sus palabras como si fuera ayer. Bélgica, el teatro, el mirlo en mi balcón. Las semillas y las agujas desparramadas por el piso. Las dos vidas que conviven en mi.
Voy a dejar el cajoncito con nueces lejos de mi vista, ahí, en el centro de escena, turbio, desenfocado, como se ve desde la cuerda. En el umbral. Quizás venga la iguana a comerlas. No me gustan las alturas. A ella, aparentemente, sí. Mis vecinos dicen que es inofensiva. No quiero una iguana de mascota. Tiene espinas de la cabeza a la cola. No creo que yo logre caminar de espaldas. Ni que pueda hacer equilibrio sobre un solo pie. La iguana toma sol todas las tardes en el techo de la casa. Y hace acrobacias. Voy a intentar recostarme en la cuerda. Voy a respirar hondo. Voy a intentar enfocar la vista y no ver ni la iguana, ni los espárragos ni las moras confusas y desafiantes. Sólo el cielo, las nubes, los sueños y los recuerdos de la vida en Bélgica y las flores de agapanto azul liláceas por la ventana.

Sarah Moon