Con sus referencias al choque de corazas, asaltos y combates, su andar ecuestre producto del barro y la sangre de los campos de batalla, el circo se aparenta simbólicamente a una danza de la muerte. Su apego al color rojo, al destello y a la fuerza pura lo distinguen de cualquier otra forma de complicidad.
El vestuario de circo
Pascal Jacob
Hay una cierta tensión en mi cuerpo que se traduce en miedo y en un constante dolor en el cuello, del lado izquierdo, un dolor agudo y preciso, cortante, nada alentador, que se extiende hasta la órbita del ojo. Un dolor que nació hace años y que ya no me quiere abandonar.
Este último tiempo estoy convencida de que para proteger mis sienes entre los ojos, la frente, las orejas y la mejillas debería llevar una de esas tiaras de alas, donde se distinguen perfectamente las plumas blancas, como lucían las deidades etruscas sobre el hueso temporal. Quizás así, con el transcurso del tiempo, evitaría la pérdida de la audición, la ceguera, las cefaleas, los trastornos del equilibrio o la futura pérdida de conciencia.
Turan, conocida como la Afrodita etrusca, era la diosa del amor, la fertilidad y la vitalidad y está representada en infinidad de espejos, como los que se conservan en el Museo Arqueológico de la Ciudad de Madrid con aquellas tiaras. Se trata de espejos de bronce, hoy de pátina gris verde, de gran espesor, con escenas representadas con la diosa en medio de coronas de hojas de hiedra o guirnaldas de flores de cuatro pétalos, y el mango de marfil o hueso labrado. No es de extrañar, por su peinado con alas, que la paloma y el cisne eran para ella animales sagrados, al igual que para mi.
La voz que escuché al entrar allí, una especie de arena de circo, y que relacioné con Turan y los espejos, me pidió que me quitara los zapatos. Que cerrara los ojos. Que caminara descalza sobre las piedras redondeadas, de esas que tienen un conocido efecto protector contra brujerías, males de ojo y hechizos malignos.
Al final del recorrido laberíntico entre las piedras y sogas con sábanas colgadas, al cual llegué con cierta reticencia, abrí los ojos y vi un hilo de lana rojo por el piso que me invitaba a seguirlo. Una mujer de trenza larga y canas vestida de blanco me esperaba aparentemente al lado de un mástil, en el centro de la pista, con la punta del ovillo rojo y sábanas también de algodón blanco en sus manos, para que le ayudara a doblarlas, tomándola de las orillas, por la mitad, y otra vez por la mitad y otra vez por la mitad. Y una vez más, por la mitad hasta quedar completamente plegadas. Me hizo acordar a mi niñez. A esas tardes repetitivas en las que recoger la ropa blanca de la soga del patio era casi una obligación y una gran responsabilidad que no me correspondían para esa edad.
La mezcla de sensaciones y recuerdos me hizo dudar mucho en ese momento si me encontraba en el patio de la casa de Esperanza, donde mi madre colgaba en la soga las sábanas y la ropa interior con broches de madera, en un circo de carpa roja y blanca o en una tienda de campaña militar. Olía el perfume, pero no veía la pila de cancanes blancos, ni las boas de plumas, ni las joyas ostentosas de plástico, ni armazones ni corsés de encaje dorado, plisados y bordados ni el dolman en soutaché de oro o plata o lentejuelas de jinetes, domadores o acróbatas, el jefe de carrusel, el payaso o la amazona. No vi trapecios, ni caballos, ni leones.
Tampoco vi heridos, pero sí camas plegables cubiertas de sábanas blancas, como una carpa de hospital de algún ejército. Buscaba con la mirada los soldados etruscos de casco empenachado color carmesí y lanzas. Yo había leído que el traje de circo había nacido del uniforme militar gracias al legendario Philip Astley. Pero no los vi. Ahí me di cuenta lo aterrador que me parece la sola idea de una tercera guerra mundial. Es para mi, como caminar por la cuerda floja.
¿Libertad, seguridad o aventura? Era la época de la Guerra de los Siete Años.
Astley solía montar por entonces a caballo de espaldas o con la cabeza sobre la montura y los pies en el aire, mientras los caballos bailaban en círculo y las balas rozaban sus orejas. Era obvio, a pesar de su carrera militar, que sus ambiciones acrobáticas saldrían ganando hasta abandonar la guerra por la equitación y las artes circenses. Se hizo tan famoso en Paris en el siglo XVIII que habría recibido una medalla de diamantes de la mismísima Maria Antonieta, quien, embelesada con su liviandad y elegancia, le otorgó el título de ‘Rosa Inglesa’.
—¿Estoy mortalmente herida? —le pregunté a la voz mirando desesperada mi cuerpo buscando ver correr algún hilo de sangre.
La mujer de cabello trenzado y sujeto con cintas rojas comenzó a prender velas, cantar canciones de cuna y caminar alrededor mío con un plato de piedra que cargaba en lo alto, sobre su cabeza. Sus rezos a los dioses estaban mezclados de incienso y mirra — pensé.
Llevaba una ligera túnica blanca hasta los pies, como Turan, y colgaba de su cinturón, envainada, una espada larga, de la que asomaba sólo la empuñadura, muy sencilla.
Me invitó a recostarme en una de las camas de campaña, me vendó los ojos y me envolvió las manos en paños calientes con perfume a salvia y romero. Me ató los brazos y las piernas con lazos y moños de tiras de algodón blanco y cubrió mi cuerpo de sábanas blancas creando una coraza que me inmovilizaba. Intranquilidad. Desconfianza. Falta de maniobrabilidad. Me sentía totalmente confundida. Quise escapar, pero en ese momento me di cuenta de la tensión de mi cuerpo, del inmenso cansancio, de las ataduras. De repente pensé que había alcanzado la muerte. Mi cuerpo que caía a tierra. Cuando la mujer empezó a acunar la cama, me sentí desmoronar en el tunel al igual que Alicia o Astley, de espaldas, con las piernas y los brazos en el aire.
La legibilidad de un salto mortal.
No había castillos en mi infancia. Sólo un gran patio con ropa blanca colgada.
Aterricé en un jardín. Y clavé los ojos en un castillo.
Pero en aquel pequeño jardín, entre narcisos primaverales recién florecidos y piedras redondeadas, estaba Leah, vestida como una de las amazonas de Astley, con falda vaporosa de rosas, corona de flores, cabello largo y velos. Como un ancla, parada a mi lado, en medio de una pila bautismal abandonada, un reloj solar un poco oxidado en un pedestal, unas cuantos azulejos de cerámica con ramos de girasoles, restos de capiteles góticos con incrustaciones de fósiles nummulites, una doncella medieval en piedra sosteniendo una espada a la que le faltaba un brazo, escudos de la nobleza con cabezas de cisne y flor de lis, y textos en bajorelieve sobre bloques de mármol.
Leah cargaba un cofre. Y la llave colgaba de un hilo rojo de su cuello. Yo traía relámpagos en mis manos y la tiara de alas en mis sienes. Tomé la llave y lo abrí. El cofre contenía telas, bobinas de hilo rojo, restos de encaje dorado, tijeras, lentejuelas, cuadernos con bocetos y anotaciones en tinta y lápiz, libros sobre historia del arte etrusco, circo y vestuario y flores secas de cuatro pétalos. Comencé a hojear uno por uno, arrodillada entre las piedras. Reconocí el ex libris de Linda Salva en la primera página de cada libro. La diseñadora americana que nunca había conocido, pero que me había guiado durante toda mi carrera. Desde sus inicios durante estos últimos veintitrés años.
El ex libris era una composición de narcisos, hojas y flores de diente de león.

Sarah Moon