«Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo, sino amarlo.»
Ecce Homo – Friedrich Nietszche (1888).
Entré en su casa en medio de la osadía y la tormenta de viento, con la armadura puesta, una de esas de acero pavonado, negro azulado, grabadas con cardos, rosas y flor-de-Lis y tachas doradas.
—Es todo tan absurdo—dijo Leah mientras se reía de la situación.— Como si el universo nos volviera a dar otra oportunidad para ponernos de acuerdo, para hablar, para tomar un sorbo de té caliente, para mirarnos a los ojos la una a la otra.
El viento iba y venía en ráfagas como latigazos que golpeaban el techo, mi integridad, mi armadura y las ventanas; como huracán que sacudía mis certezas, mis decisiones y el equilibrio de mi cuerpo. Yo, toda yo, entre enfadada y sorprendida, intentando no perder la cabeza ni soltar la espada y pulir mi escudo para que sus muebles, su mundo, su altar y su cotidianidad se reflejaran en él y no destruyeran mi valor, mi verdad.
La rapidez y fragmentación de mis pensamientos, como partículas de serpientes y sangre en la cabeza de Medusa, y la oscuridad de la bóveda del planetario todavía en mi retina, los astros, las constelaciones y sus manos en mis manos se mezclaban en un vórtice celestial. Los signos zodiacales, mi fragilidad y las preguntas crueles de la voz que se repetían una y otra vez en el aire y resonaban en cada uno de mis escasos y vergonzosos pasos sobre las baldosas blancas y rosadas: ¿Qué buscas a estas horas? ¿Qué quieres ahora, mañana, dentro de veinte años? ¿Está Leah a mi lado o es un sueño, la noche, una visión, la fatiga, un eco, la falta de sol, una bendición, la somnolencia?
El frío de mis pies, del piso y de sus manos. Los rituales a los que me vi obligada a seguir, sacarme el casco y los zapatos, el vapor helado de nuestras pocas palabras en el aire que nos rodeaba, el sueño inminente, la espiritualidad, las gotas de aceite de lotus azul y la distancia, los golpes del viento en el tejado, la frialdad de mis actos y las consecuencias de los acontecimientos fortuitos.
No podía saltar, ni soltar, ni correr lo más lejos posible. Era quedarme y bailar con Leah bajo las estrellas como testigo. Pero dije que no. Sin hablar. Sin expectativas, me senté en el sillón de terciopelo dorado que dijo y volvió a repetir varias veces que me estaba esperando. Era más fácil decir la verdad cuando me desplomaba en el sillón de terciopelo rosado. Me costó sentarme, sentirme cómoda frente a ella y sus cisnes, sus libros, sus ideas, sus manuscritos, sus perfumes, sus alas, como ahora me cuesta estar aquí, rodeada de gente que me mira y me observa, y que espera una respuesta de mi. En la antigüedad, la cabeza de Medusa era usada como talismán para ahuyentar a los enemigos. En ese momento, en su casa, y hoy, entre todas estas voces y los zumbidos en mis oídos, mis propios pensamientos fueron y son talismán, serpientes, medusas, enemigos, batallas perdidas y ganadas y todo a la vez.
Al sentarme y tomar la taza de té, pensé que era cuestión de poner la mano en la Boca de mármol de la Verdad, como una vez hice en un templo de la ciudad de Roma, sabiendo que no sería devorada por mirarla a los ojos y decir la verdad.
La absurdidad de la noche y la casualidad nos llamaba. Era la hora del todo o nada. La hora de elegir estrategias y no mencionar determinadas palabras. La hora de la complejidad de lo que queda no dicho entre suspiros y miradas.
—Gesloten boek— me dijo Leah en holandés. La parálisis me consumía en el umbral de su puerta, en medio de su living y a su lado en la cama. Ella insistía en que era como un libro cerrado lleno de intrigas en la biblioteca, esperando en todo momento a ser abierto.
—Puede ser— le respondí.
Había una cuestión de peso, no sólo de sentimientos encontrados, que me generaba insomnio. La colcha suelta, liviana como pluma , tendida sobre las dos. También una cuestión de temperatura, no sólo de liviandad. Era como estar acostada en un laberinto de hielo, en la niebla, sobre furia, preguntas y escarcha, rodeada de sombras y cariátides de nariz quebrada.
Quería verla con ojos vírgenes. Quería sentir su pelo entre mis dedos. Quería deshacerme del rigor de la armadura y sólo llevar una malla infinita transparente de flores, tules traslúcidos y cristales como el primer día que dejé de lado la crisálida. Quería lo que siempre quise en medio de la confusión y el letargo. La necesidad de ser amada. Intenté no apartar la mirada y aceptar que las cosas a veces sucedan como tienen que suceder.

Sarah Moon