«Jamás se me pasó por la cabeza que nuestras vidas, hasta entonces tan estrechamente vinculadas, pudieran llegar a separarse tan drásticamente… Pero supongo que para entonces ya existían poderosas corrientes que tendían a separarnos, y que sólo fue necesario un incidente para que la ruptura se hiciera definitiva. Si hubiésemos entendido esto entonces, quién sabe, a lo mejor habríamos conservado lazos más fuertes».

Nunca me abandones, Kazuo Ishiguro

—¿Por qué escribir sobre el Amor Universal si ya existen miles de libros sobre el tema? ­— le pregunté con falsa inocencia aquella tarde.

Parecería que esta pregunta sigue zumbando entre los pensamientos de Leah después de tantos meses desde la publicación de su libro. La sigue repitiendo en sus escritos y yo la sigo leyendo a la distancia. Sigo preguntándome por qué lo hice. Y se que no fue para lastimarla.

Ni sus padres, ni sus amigos, ni sus lectores entenderán nunca la pregunta porque no saben cuál fue el motivo que me llevó a pronunciarla. Tengo la casi certeza que ni siquiera ella sabe realmente el por qué de la pregunta. Por supuesto, la pregunta esconde su lado irónico y reactivo. Uno de esos momentos que no pude dejar de lado el escudo y la espada. Un tormento secreto entre ella y yo. ¿Por qué no podría Leah escribir sobre el Amor Universal con mayúsculas? ¿Por qué no se lo permitiría? Sería ridículo callar sobre aquel amor que supera todas las expectativas, que no sucumbe a horrores ni dramas, que se mantiene firme antes vientos huracanados, que parecería nunca romperse ni extinguirse en cenizas con el fuego. Algunos hasta asumen que es la fuerza más poderosa que existe. Entonces leo:

El Amor Universal no es un concepto religioso, es pura física. Es una ley universal como la ley de la gravedad o la ley de la acción y reacción, es la fuente de energía más poderosa e indestructible que existe.

Desde que tengo uso de razón, concebí el amor como modo primordial de mi existencia. Nunca me he negado a salir en su búsqueda. Al contrario, ha sido la motivación del destino de mi encuentro con Leah, de eso estoy segura.

Cuando era adolescente, coleccionaba frases relacionadas con el amor verdadero, ese que llaman incondicional. Se había vuelto una manera de demostrar que este sí existía. En las obras de teatro griego que leía, en las rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, en los libretos de ópera, en los diarios de Anaïs Nin o las poesías y cartas de sor Juana Inés de la Cruz. Algo que busqué fervientemente durante muchos años de mi vida, porque creía casi inexistente en mi realidad diaria.

Te amo porque el universo entero conspiró para ayudarme a encontrarte – Paulo Coelho

Te quiero no por quien eres, sino por quien soy yo cuando estoy contigo – Gabriel García Márquez.

El amor es la poesía de los sentidos – Honoré de Balzac.

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo – Jorge Luis Borges.

Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte – Fernando Pessoa.

Cierto que en el mundo de los hombres nada hay necesario, excepto el amor – Johann Wolfgang Von Goethe.

El amor no mira con los ojos, sino con el alma – William Shakespeare. 

Sea lo que sea de lo que estén hechas nuestras almas, la tuya y la mía son las mismas – Emily Brontë.

Me ha dolido mucho aquel cambio de carácter de su libro. Se había convertido en un amor desordenado. Primero, se suponia que era un libro de relatos sobre nuestro amor. Yo ni siquiera sabía el título. Dicen los filósofos que en la ordenación de nuestro amor se condensa la esencia de nuestra propia identidad.

Pero, ¿qué es realmente el amor? El amor es un acto espiritual, como la bondad, la veneración, el maravillarse, la dicha o la desesperación. Pero es un acto espiritual especial, porque a través del amor la persona deviene quien es. El amor define a la persona, que se expresa en sus actos. Esos actos son el correlato de su mundo. 

¡Qué honor,—pensé—qué reconocimiento ! Un milagro. Me sentía afortunada, privilegiada sobre todos los demás amantes, premiada con el amor de Leah. Ella, toda ella, sobre el pedestal. Y yo, en el séptimo cielo, a su lado, con mi cabeza recostada en su hombro. Yo sólo quería verla feliz y que llegara a la plenitud a la que está destinada. En toda su intensidad. Para mi nunca se trató de inventar un buen amor, sino de actuar amorosamente para la celebración de los triunfos de las dos.

Entre el reconocimiento de sí mismo y de los demás no hay oposición, sino un continuum natural y dinámico

Ordo amoris.

Espléndido es el amor que luego de la verificación racional aún prevalece, que, incluso, se vuelve más excelso por legitimarse como un auténtico sentimiento y no como un impulso, una imposición social o una mera consecuencia de la mala formación moral de la persona.

Pero unas semanas después, hubo incertidumbre en su voz, un vuelco en sus palabras, un raro parpadear de sus ojos, en aquel momento en que me explicaba nuevamente el significado que le había dado a su libro. No sería más sobre nuestro amor, sino sobre el amor universal. Algo que pensé íntimo, se convirtió en una fuente de palabras que reconocerían los lectores ahora como universal. Palabras que serían manoseadas, recuerdos que dejarían de tener el mismo significado. Y yo ni siquiera había leído una sola palabra. Pretender. Entender. Postergar. Dicen que el amor se ordena en la medida que amamos. Quise defenderme de mis propias sombras. Me sentí humillada, diluyéndome en la nada como tantas veces. Miedo. Miedo de perder lo ganado, de perderme a mi misma. No deseaba poner en duda la universalidad de su amor. Pero todavía me siento con todo el derecho de sentirme confundida, traicionada. ¿Por qué? Porque dicen los filósofos:

El amante que me sabe participa de mi. Es estructuralmente parte de mi. 

La desazón que da el riesgo de perder lo amado y la frenética lucha por retenerlo ¿es un acto irracional? O bien, ¿pudiera decirse que es una racionalidad a medias? Si le pierdo y me deja, padeceré su ausencia[…]Si se va de mi lado, soy incompleto[…]al no tenerle, seré infeliz son ideas que suelen pasar por la cabeza del amante, llenándolo de miedo ante posibles males futuros.

Sólo ella sabe por qué la universalidad ha sido puesta de relieve en ese momento. Quizás debería preguntarse primero por qué lo hizo, en lugar de señalarme con el dedo por la pregunta irónica que le he hecho yo. ¿Por qué? Porque estoy convencida que si amamos profundamente, podemos llegar al centro de la persona. Podemos sentir con ella y, en su esfera más íntima, amar con ella: participamos entonces en el ser mismo de la persona, que es, recuérdese, ens amans. Y yo la he amado profundamente. He sido su amante. Pero ella no me ha dejado llegar a su centro.

Desde ese momento no vi ya lo honorable de ser parte de todo eso. Lo honorable de relacionar mi nombre con sus palabras. Es verdad, le prohibí que en su presentación hablara de mi, o que me nombrara.

Aquella reacción mía fue aparentemente inesperada para ella. Mientras la sombra de Abigail me rozaba la espalda. Sentada detrás mío en el museo, mientras Leah hablaba, entre las mariposas doradas. Y no, no eran celos, era desorden y resentimiento.

Estaba rota. El día más importante de su vida, como yo suponía que sería, lo había compartido con otra persona. Y me lo contaba eufórica, extasiada al teléfono. El simple hecho de salir a pasear en bote con ella, la pintora excéntrica que acababa de conocer, Abigail, de desnudarse ante ella, de llevar sus ropas, de navegar en el lago del castillo con Castor y Pollux, los cisnes de Innengard y de honrar sus plumas. Plumas que había tomado prestadas de Abigail en lugar de mis flores. La presencia de ella en lugar de la mía. Todo eso se había convertido para mi en una tragedia enfermiza, la pesadilla más horrible de mi vida.

Estábamos, estamos, estaremos juntos. A pedazos, a ratos, a párpados, a sueños – Mario Benedetti.

No podría describirlo de otra manera. Haya hecho lo que simplemente dice que fue, un paseo en barco, una foto entre los cisnes o no para la prensa. No me interesa la felicidad de alguien que no entiende mi dolor o las leyes del amor. Que no ve porque no quiere ver. Que destruye una ilusión depositándola en manos de otra persona.

¿Por qué la distrajo el mero goce fugaz, la sensación de sentirse amada por otra persona en lugar de la trascendencia de nuestro amor?

En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo – Paulo Coelho.

Sarah Moon

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