Enigma verde

El verde es la herida abierta de un misterio sin fin, una espada suspendida entre la calma y el abismo. En él convergen la vida y su ruina, la sombra y el resplandor, como si todo lo existente pudiera disolverse en sus profundidades insondables.

No es color, sino pregunta: un enigma verde que no ofrece respuestas, solo una invitación al olvido, a ser devorado por sus profundidades silenciosas y verdes. Quien lo contempla entra en la penumbra de sus velos, siente que el verde lo atrae, como un sueño que disuelve los límites de lo visible.

Al final, todo se vuelve verde.

Antonio Mora

Después de que Leah me enviara hace unos días un mensaje con una imagen del puente de Monet en Giverny en el mismo momento que yo miraba una foto histórica casualmente de Monet pintando las paredes de L’Orangerie comencé a obsesionarme con esto de las sincronicidades.

La imagen que recibí de Leah del puente venía acompañada de su deseo de algún día estar allí paradas juntas, tomadas de la mano. Se trata de El Puente japonés de Claude Monet, que se encuentra sobre un estanque de nenúfares en Giverny, Francia, el cual ha sido muy significativo durante toda mi vida y que he visitado en 1997 y al cual siempre quise volver.

La foto de Monet con su paleta y delantal en L’Orangerie estaba relacionada con mi profundo deseo de visitar el museo en el Jardín de las Tullerías en París, lo que nunca pude hacer hasta el día de hoy, con la persona amada. Estuve ahí, sí, parada frente a la puerta de entrada en el mismo año, 1997, quise entrar, cuando Daniela me dijo que ya podría entrar algún día a ver Les Nymphéas con la persona indicada.

Estas imágenes o percepciones inconscientes, que pueden tambalear entre lo milagroso y lo francamente imposible aparentemente corresponden a un orden universal como lanzar los dados sobre la mesa, pensar en dos números y que esos números aparezcan delante de ti sin la ayuda de relojes sincronizados. Ya que el espacio y el tiempo en sí mismos, no son nada.

—Definí la sincronicidad como una relatividad del espacio y del tiempo condicionada por la mente.—dice Carl Jung.

Carl Jung define la sincronicidad como una coincidencia significativa de dos o más sucesos en la que está implicada algo más que la probabilidad aleatoria. Lo que distingue una sincronicidad de sucesos sincrónicos normales es la existencia de un significado subjetivo común que inevitablemente interpreta el sujeto que la experimenta.

Estos fenómenos que no podemos medir ni controlar nunca se han visto completamente despojados de su aureola misteriosa. Un enigma, que como una espada, está suspendida entre la calma y el abismo. En mi lugar, los anglosajones del siglo VIII habrían colgado relicarios de oro de su cuello como amuletos para protegerse de fuerzas demoníacas y del mal. Y los carolingios de las caballerías habrían desenvainado las espadas con incrustaciones de plata que hoy son encontradas en los lechos de los ríos y tumbas funerarias, como las que vi en el museo este último fin de semana.

Para mi, como para los que no estamos acostumbrados a evaluar el carácter estadístico de la ley natural, como concluye Jung, interpretamos todo esto como un ‘milagro’.

—He descubierto un relato instructivo de magia en el Liber Sextus Naturalium de Avicena, que dice que reside en el alma humana un cierto poder de alterar las cosas y que subordina a ella todo lo demás, en especial cuando la mueve un arrebato de amor, odio o placer. Por eso, cuando el alma de un hombre cae en una pasión desmesurada, enlaza cosas (mágicamente) y las transforma a su antojo. —me explica Jung.

Intento ver estos paralelos sincrónicos y su relación de simultaneidad como semillas que caen del cielo en las palmas de mis manos, como aquel sobre de semillas que uno toma de una estantería y es justamente aquel que una cierta armonía preestablecida le da un determinado significado. Como la Echinacea Purpurea ‘White Swan’ que mi mano ha tomado en la tienda del museo.

—Estas semillas apuntan hacia algo que corresponde primero a lo visible, es decir, algo semejante a una imagen; en segundo lugar, a lo audible, o sea, algo así como las palabras; en tercer lugar, a la extensión en el espacio, esto es, algo con forma. Sin embargo, estas tres cosas no están claramente distinguidas o definidas: son una unidad no espacial y no atemporal, que no tiene parte superior ni inferior, ni anterior ni posterior.— me susurra en el oído el sinólogo alemán Richard Wilhelm.

El sábado, día que fui a visitar la exhibición al museo donde encontré las semillas de echinacea, fue el mismo día que seguí la lectura de tarot de Altay, donde la primera carta barajada era la de los amantes, con los dos cisnes espejados al igual que la portada del libro que ha publicado Leah recientemente. En la misma exposición, abro un libro en una página al azar y veo una foto de los cisnes en el Minnewater o Lago del Amor en Brujas. Louis Cattiaux, bibliomante, propone otro método de adivinación, tras invocar al espíritu que inspira la coincidencia o simbología. Utiliza el método de tirar el libro al piso o abrirlo al azar con un abrecartas, cuya punta se fija en el lugar donde quedó parada y ahí se lee, tras elegir sin pensar, página derecha o izquierda. Este método era muy utilizado durante la Edad Media.

Somos un perpetuo espejo viviente del universo. Las almas en general, —afirma Leibniz— son los espejos vivos o imágenes del universo de las cosas creadas.

Fue esa misma lectura donde la tarotista me hablaba de encontrar unas llaves. En realidad, no recuerdo bien ahora para qué eran las llaves que ella nombraba, pero en ese momento me hizo acordar al talismán de la flor de los siete colores de Angel, el personaje de la serie japonesa de anime que veía cuando era niña, Hana no Ko Run Run. Angel, la niña de las flores, como lo tradujeron al español para la televisión latinoamericana entre 1979 y 1980. Angel era descendiente de las hadas y llevaba una llave mágica colgada del cuello, que había tenido que reemplazar varias veces, porque se rompía o porque perdía sus poderes. Al entrar en el museo de la abadía horas después de la lectura de tarot, vi las llaves. Las encontré al levantar la vista en el pasillo, las vi en el cielorraso de la abadía construída por Amandus van Gent en el siglo VII en una especie de escudo en yeso, en el centro de una flor en relieve o filete. El recuerdo de las llaves de Angel y su misión de encontrar la flor de siete colores me han perseguido desde mis primeros años de vida.

Agripa me explica:

Aquello en lo que este espíritu tiene una fuerza especial tiende, por tanto, a ‘generar semejantes’, en otras palabras, a producir correspondencias o coincidencias significativas.

Y no fue sólo eso, el día anterior había estado sentada nuevamente en el sillón de terciopelo rosa, cuando la voz me entregó una hoja de papel y me pidió que hiciera un dibujo que representara una planta y sus raíces. Había hecho ya ese ejercicio hacía exactamente treinta años. Lo recuerdo como si fuera ayer. En ese momento, a los diecisiete años, había dibujado con palo borracho con raíces enormes.

Esta vez, pensando en unos esquejes de rosas trepadoras que me regaló mi querida amiga Lilián hace un mes, antes de mi regreso a Gante, y en el rosedal de Buenos Aires y también en Leah, dibujé un palito leñoso cortado al bies, con espinas hacia arriba. Me imaginaba el esqueje plantado en turba, con raíces muy débiles y finas, que dibujé con un marcador, rodeadas de escorpiones, escarabajos y lombrices escondidas bajo la superficie de la tierra.

—No hay rosa sin espina —dije con voz desafinada. —Sí, así dice el refrán. —Le expliqué que me sentía amenazada por todos estos pérfidos insectos, como si caminaran en el sustrato bajo mis pies, que mis raíces se mantenían todavía muy precarias y que me sentía muy desamparada, y que no hacía otra cosa que echar espinas para protegerme.

—Las espinas de las rosas han sido consideradas desde siempre símbolo de adversidad y sacrificio. —concluyó la voz.

Cuando regresé a casa, unas horas más tarde, aparece frente a mi la imagen de un grabado en madera de Ray Morimura, reconocí los mismos tallos de rosas que yo había dibujado, las mismas espinas. No pude contener las lágrimas en medio de un silencio solemne. Busqué el nombre del artista japonés y encontré sus grabados en papel Unryu Kozo con corteza de morera; trabajos que reflejan una gran espiritualidad. El primer grabado que vi fue el de un estanque de nenúfares llamado Shinobazu Pond Water Lilies, el jardín de flores azules o Garden of Bell Flower, un barco, Sailing Ship, un toro o Ox, una mujer rezando una plegaria al cielo, Prayer, una flor y una mariposa, Flower and Butterfly, un alacrán o Scorpion, un sapo o Frog, una imagen del signo de géminis o Twins, ostras marinas que ha denominado Shell y el fruto naranja de Physalis o Lanterns. Todas impresiones con encantos simbólicos o pequeños simulacros de sincronisidades entre Leah y yo a lo largo de estos últimos años.

Lao-Tsé dice:

“Porque el ojo mira y no puede vislumbrarlo, se le llama escurridizo.

Porque el oído escucha y no lo oye, se le llama esotérico.

Porque la mano lo busca y no lo encuentra,

se le llama infinitesimal.

Estas son las formas amorfas,

formas sin forma, vagas apariencias.

Ve hacia ellas y no verás ningún semblante;

Ve tras ellas y no verás su espalda. “

(Cap. XIV)

Ray Morimura

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