‘Cierra los ojos, agudiza los oídos, y desde el sonido más leve hasta el ruido más salvaje, desde el tono más sencillo hasta la armonía más elevada, desde el grito más violento y apasionado hasta las palabras más suaves de la dulce razón, es la Naturaleza la que habla, la que revela su existencia, su fuerza, su vida y sus relaciones, hasta el punto que un ciego a quien se le niega el mundo infinitamente visible, pueda capturar la vitalidad infinita a través de lo que oye.’
Johann Wolfgang von Goethe
Siempre me he preguntado cuál es el significado del espacio ocupado por un sueño y la modorra.
Nunca me gustaron las noches de viento indomable. Ese de gritos estridentes que mecía hojas, ramas y árboles de pino entre sueño y pesadilla. Le tengo terror al pánico.
Ese viento salvaje que no me dejaba dormir, que susurraba en mi ventana, que se mezclaba con el canto de grillos y el croar de las ranas arrinconadas en el camino escabroso de la cuneta. En un abrir y cerrar de ojos, y la sombría existencia nocturna de luces de la calle y sombras, los racimos de huevos rosados de ranas se confundían con caracoles gigantes, renacuajos recién nacidos y el perfume inconfundible del árbol de paraíso de las esquinas de tierra y polvareda.
En el corazón de las tinieblas, en medio de los árboles, los postigos verdes desgastados, desvencijados, se golpeaban una y otra vez, abiertos de par en par, destinados al colapso inevitable y el paso del tiempo.
Era y había sido siempre la casa de las brujas, asilo de fantasmas, donde convivían pisos de madera de pino, escaleras, ramas caídas, vidrios rotos, rejas de portón enorme e infinitas preguntas, para mi, sin respuesta. Delimitación. Muro. Valla. Fortificación. Y a la vez, proliferación de espíritus, brillos, cartas de papel amarillento indescifrables, gobelinos de hilos de oro, daguerrotipos datados de 1856 de personajes no identificados y botellas de champán que habían sido rescatados del mar.
La curiosidad indefensa que sentía por esa casa estilo inglés que destacaba en el barrio sur de mi infancia era magnificada por el íntimo testimonio de vecinos, el vuelo de murciélagos y la rapidez de iguanas.
Me habían contado que los antiguos dueños del terreno eran unos ‘belgas’ que habían llegado a la ciudad en los años ’50. Yo imagino hoy la ciudad de aquel entonces dibujada en pergamino arrugado, un plano de casas y calles negras trazadas de norte a sur y de este a oeste por arquitectos y paisajistas y cubiertas de polvo gris. Allí estaba ahora situado el terreno baldío de los belgas, que en aquel entonces llegaron en búsqueda del espacio salvaje y desconocido del barrio sur de Esperanza.
Hace dos semanas volví. Sólo sobreviven los pinos, los eucaliptos, y unos cuantos troncos. Y el portón de rejas, célebre y manso.
¿Tenía la suntuosa residencia de los belgas buhardilla o rejas afiligranadas, ascensor, arañas de caireles, escalera al cielo, espejos que agrandan, pasadizos escondidos en el techo, jardines de bananos y monos, sótanos llenos de víctimas o huéspedes y visitantes extranjeros, túneles, puertas falsas detrás de vitrinas de vidrio con copas de cristal, lagos artificiales o quizás alguna tumba semienterrada en el patio?
Todo parecía ser sospechoso para mi, las ventanas, el jardín, igual que los mitos alrededor de la casa vacía y abandonada.
—¿Ya lo has visto? —me preguntó mi amiga de la infancia después de la tormenta refiriéndose a uno de los posibles espíritus.
—Necesitaría una brújula —le confesaba— para caminar por esas criptas de la claustrofobia y esos abismos de dimensiones deshabitadas. — O linternas, para descubrir las huellas de los espíritus entre las hojas caídas de los bananos y las lagartijas.
—¿Y qué le preguntarías?
—¿Y vos quién sos?, eso le preguntaría —le respondí.
Se decía que los belgas disimulaban humildad y, a la hora de la privacidad, hablaban francés y ruso, y un idioma parecido al alemán, de muchos silencios, de palabras aisladas y que se vestían a la moda de revistas y vestidos de reinas, princesas y emperatrices europeas.
Decían que la madre no hablaba castellano, como si hablara sólo con su hija y la pared, pero cosía muy bien aparentemente las sedas y los linos que cardaba su marido en la fábrica textil. El padre llevaba siempre corbata y un sombrero negro inglés, según las fotos que vi, como el personaje de la pintura La Presencia de espíritu de René Magritte.
Yo había escuchado que los libros que habían traído estaban hechos de plomo, de arcilla y láminas de plata, sin títulos legibles y que la mayoría de ellos no podían ser leídos por cualquiera. Se contaba que las copas eran estilizadas, esmeriladas, de pie alto y cristal checoslovaco, otras de vidrio nacarado. Copas para agua, vino y champán. Y platos de porcelana de Delft azul y blanco. Y que habían traído en el barco que cruzó el océano durante más de un mes, además de un piano de esos donde las teclas las tocan los espíritus y no las manos humanas. Y cajitas de música que pusieron en todos los rincones para ahuyentar los sapos y las ranas. Y gotitas de lágrimas del rey en arañas de cristal. Y molinos con aspas de madera que elevaron en el patio. Y que vivían en esa casa, donde no parecían existir el pasado, la muerte o la nostalgia por el lejano país belga.
Yo me veía allí, en el tedio del sueño y la venganza de los dioses, frente a los estantes de copas de champán, sin saber cuál elegir. Había escuchado que las limpiaban en aquella época con plumas de plumero de avestruz todas las mañanas. Y que tomaban la leche tibia recién ordeñada en las copas de cristal. Y se llevaban a la boca un trozo de banana y otro de palta. Se decía que era para mantener la juventud y la piel blanca de inmigrantes gringos, igual que los fantasmas que merodeaban la casa entre los juguetes de madera años después, esa noche de tormenta, después de la repentina partida.
Los belgas regresaron a Bélgica a finales de los ’70. Pero no fue una huida. Ni cara o cruz. Ni exilio. Ni fue una decisión dejada al azar. Fue algo más que éxitos y fracasos. Fue el cierre de la fábrica de lino donde el padre trabajaba. Más tarde supe que siempre extrañarían aquella casa y los jacarandás de la ciudad de Esperanza.
Veinte años después, tuve la oportunidad y suerte de conocerlos personalmente. A los tres, el padre, la madre y la hija. La de piel blanca y trenzas largas que paseaba por las calles del barrio dejando por detrás la estela de su soledad y sus ausencias en los años cincuenta.
—Por fin, —le conté a mi amiga de la infancia —ha dejado de una vez el anonimato para pasar a ser celebridad. Igual que su familia belga.
Había cruzado el portón. Entré en la casa. Y pasé del living a la galería y al jardín.
El hechizo. Un banquete. Un jardín de invierno, una construcción de cristal y acero donde crecían una exuberancia de palmeras y plantas tropicales de todo tipo de donde colgaban orquídeas multicolores como cascadas entre los molinos con aspas. Las nubes de tormenta espesas, muy bajas, a la altura de las narices. El viento indomable había huído antes de la lluvia la noche anterior y había dejado la niebla. Mucha niebla. Era difícil respirar el aire cargado de tanta humedad.
Una mesa redonda de hierro. Un pantano. Un barómetro gigante, relojes de arena, un termómetro de vidrio y mercurio, una rueda de la fortuna y un ‘cianómetro’ que medía la azulidad del cielo.
Me senté a la mesa, con los pies descalzos metidos en el agua, en el medio de un pantano, a tomar el té, con las cuatro mujeres.
No necesité preguntarles quiénes eran. Una de ellas, la madre belga, llamada Marie, rodeada de arañas y saltamontes. Espantaba los insectos con su abanico de encaje negro a bolillos. Otra era la hija, Daniela, que jugaba con una red con la que cazaba grillos y mariposas en una bolsa de papel. A la izquierda, la princesa Teresa de Baviera, amiga de la familia, única hija y coleccionista infatigable, que enriquecía las colecciones nacionales de Baviera con valiosos objetos etnográficos, zoológicos y botánicos y sus amplias descripciones de viajes al Amazonas y al Sur. Para no ser reconocida como princesa bávara llevaba langostas espinosas de alas extendidas y transparentes cosidas a su vestido negro, las Metrodoras Magistralis. Estaba acompañada, a su derecha, por una pequeña dama de sombrero cubierto por hechizantes mamboretás de fiero aspecto atravesadas de alfileres llamadas Mantis Religiosas color verde chillón. Era Maria Sibylla Merian, de trece años, la reconocí enseguida, a pesar de verla en enagua y corsé. Era la alemana que recientemente había descubierto la metamorfosis de las mariposas. En su cuadernito anotaba en latín detalles de los ciclos vitales de gusanos de seda, polillas y otros insectos como escarabajos rojos. Dibujaba flores de banano de cinco pétalos color sangre, gruesos como cuero, cubiertos de rocío azul por el revés en las tazas de té de todos los comensales. Yo admiraba con la boca abierta sus garabatos de crisálidas de orugas hechas con tizas doradas, amarillas y negras en las paredes de cristal del invernadero.
Las cuatro mujeres, obsesionadas por sus observaciones casi científicas, hablaban de sus viajes a través de Latinoamérica, inspiradas por Alexander Von Humboldt y los europeos que habían llegado justo cien años antes a Esperanza y sobre sus hazañas hasta encontrar este maravilloso jardín que las rodeaba. Yo no podía creer que no tuvieran miedo, ni al viento, ni a la tormenta, ni a los alacranes.
Sirvieron los canapés. En el centro de la mesa, pirámides de terrones de azúcar perfectamente cúbicos. Torres de masitas vainillas rosadas, mitades de palta, trocitos de banana para las mariposas en platitos de porcelana, copas de agua, vino, champán, las que reconocía de la vitrina. Pero esta vez llenas de insectos inofensivos, hormigas, moscas, avispas, abejas, cada especie en una copita. Otras, llenas con néctar, otras con polen y otras con semillas y miel.
Una copa en especial, de oro, como un cáliz sagrado para comulgar, que se pasaban de mano en mano para beber un sorbo y de un santiamén. Hasta que llegó a mis manos, asentí con la cabeza y reconocí la mezcla de las lágrimas de las cuatro mujeres y no supe si beber o no. Pude ver reflejadas las personas, episodios, sueños, ideas que dejé ir, que gané y que perdí. Vi reflejada a Leah. Quise que estuviera ahí, escondida detrás de algún árbol o memoria enredada, y que viniera hasta la mesa a sacudirme, a despertarme o a quedarse a tomar el té y declararme libre de culpa. Había entrado en la casa, en el jardín y me senté sin pedir permiso a la mesa. Se suponía que como sospechosa era culpable hasta que se demostrara mi inocencia en toda la escena. Desde el inicio del sueño. A partir del punto de fuga de la vida en medio de la tormenta.