Los granos de pimienta rosa.
En el momento que me vendaron los ojos no me acordaba el nombre. Después me ataron una bolsita de gasa con granos de café en la muñeca izquierda. Decían las voces que servía para neutralizar e identificar mejor los perfumes.
Primero, el limón, después pude oler la vainilla y el caramelo, alternando con el café. Pero la pimienta fue tocarla con los ojos cerrados, desmenuzar las drupas globosas y frágiles entre mis dedos y llevármelas hasta la nariz. Y nada. Dicen que son muy aromáticas y comestibles. De sabor intenso y floral, a la vez dulce y picante. Parecida al enebro.
El terror fue real. La incertidumbre me sorprendió. No podía oler las semillas de la pimienta. Veía la majestuosidad de los Cerros de Siete Colores de los cuales hablaban las voces y oía las escalas diatónicas y cromáticas de la quena andina. Visualizaba la arcilla roja, la piedra calcárea, los colores pardos producidos por el plomo y el carbonato de calcio. El verde del óxido de cobre. El amarillo del azufre. Las altas temperaturas. Pero sentí una frustración muy grande al no oler nada entre mis dedos.
Me desesperé. Fueron segundos. Pensé que había perdido el olfato. El juego ya no tenía gracia. Apreté más los ojos para así concentrarme más en la pimienta, la quena y las montañas.
Y nada. Nada de nada.
—¿Cuál es el nombre? — me preguntaba en voz alta. Desaliento —pensé. — ¡No sólo el olfato, sino también la memoria!
—Aguaribay—dijo una voz. Ese es el nombre que le dan en el norte del país. Areira. Bálsamo. Árbol sagrado de los Incas. O árbol de la vida. O pimiento del diablo.
—¿Por qué tanta ambigüedad? —pregunté sin tener respuesta.
Sus manos me pusieron un frasquito de vidrio entre las mías, con la fragancia que tenía pimienta rosa como nota corazón. Y fue sublime. La emoción fue inexplicable. No había perdido el olfato. Vi con los ojos cerrados el rosa de los granos, el azul del cielo, el ramaje colgante parecido a los sauces y todos los colores de las sierras del Noroeste argentino.
Y pedí a las voces que rociaran la fragancia entre los nudillos de mi mano derecha.
Fue la señal que buscaba. El bautizo. La bienvenida a casa.
¿Pero a qué llamaba casa?
—Una pregunta que se repite constantemente — me dijo una voz.
El minúsculo grano de pimienta, la molécula de laboratorio y destilería de la que hablaban las voces y que hizo que aterrizara, que proclamara mi libertad en tierra firme, que confiara otra vez en mi, en mi intuición, y besara la piel de mi mano como si besara a la vez la de mi amada.

Sarah Moon 2007