Benditas las manos, infinidad de manos, como racimos de cuarzo transparente, sostenidas por alambre de cobre y las ramas de árboles en sosiego y vaticinios. Quise tocarlas, frotarlas, rozarlas, adueñarme de ellas, pero no pude.

Se parecían a sus manos.

Al borde del lago de Urd, de aguas cristalinas, vi los cisnes que las Nornas alimentan. Vi un jardín secreto y una pared también de cobre al fondo, con perforaciones por donde se filtraba la luz. Una planta de higos verdes, sin madurar, un peral y un manzano. Los frutos, en evolución, todavía muy insignificantes, para nada apetecibles. No debería ser así, el final del verano se aproxima. Pero el verano europeo es distinto este año. Nunca ha comenzado y parecería nunca querer desaparecer. Supe que los árboles aquellos eran avellanos, porque las nueces, todavía hojosas, estaban diseminadas como pequeñas piedras de aventurina de mica y reflejos plateados y dorados por el barro.

Buscar un lugar seguro. Esa era la consigna. Totalmente seguro, bajo las ramas arqueadas del arbusto de las mariposas, los avellanos y las sombras de la luz existencial. Bendecida por la presencia de las Nornas, las manos de cristal de roca y los cisnes, que viven cerca de las raíces del fresno perenne Yggdrasil. Eso dicen mis cartas de Tarot. Pero Leah estaba ausente.

Me hice casi invisible, traslúcida igual que las manos esculturales de cuarzo, que me recordaban indudablemente a ella. Extendí mi cuello hacia el cielo, en el centro del cosmos, y miré hacia arriba. Azul claro, concentración de geodas de ágata entre las nubes, y cubriendo mis ojos, vi aquellas redes elípticas entre las flores, como velillos nacarados de fascinator nupcial con motas, que no eran motas de terciopelo, sino finísimas arañas hilanderas.

Me aterran las arañas. Se me nublaron los ojos de nubes. Como en trance, volví a mirar el brillo de esos velos místicos. Me sudaba la frente, que se hacía profunda y de un azul-celeste de ágatas y cristales en su interior, bóveda donde se espejaba el cielo.  

Me atraían los destellos de las finas elipses milimétricas, como de seda, entre las flores. Me preguntaba si eran los telares de las Nornas, y pasé mi dedo índice para darme cuenta si los hilos eran reales o imaginarios, o aquellos del destino del telar de vida de cada una de nosotras, de ella y mío. Cada hilo pegajoso parecía nacer en el pistilo de cada flor, y volvía a morir en el anhelo de otro cáliz, en un juramento, en un beso, en medio del dulce néctar que hipnotiza las mariposas.

—La mejor manera de predecir el futuro es crearlo. —Susurró una voz en mi oído. Era una de las tres Nornas. Estoy segura.

Me preguntaba cómo hacen las arañas para contonearse de hilo en hilo y tantear los límites de las flores lilas, las ramas y las manos de cuarzo, para flotar entre los nudos de las hebras que tejían, entrecruzando direcciones y destinos. Las Nornas las guíarían, pensaba, igual que a mi, teniendo en cuenta pasado y presente a cada paso que daban. Podía escuchar sus voces.

Pienso ahora en el futuro. Y también en mi pasado.

—Veo mi silueta negra y estoica allí inmóvil como en una impresión fotográfica de sales de platino expuesta a la luz solar.—le murmuro a la voz.

Mis recuerdos me llevan hasta una de las cúpulas del Palacio Garnier, la Opéra National de Paris. Hace diez años, en pleno verano, estuve allí parada durante una visita guiada, en el centro del cosmos del foyer, envuelta en mi propia imagen repetida mil veces y reflejada en los espejos. Bajo los rayos dorados del sol, coronado de hojas de laurel.

Cuando extendí mi cuello hacia el cielorraso, y miré hacia arriba, descubrí en lo más alto, aquel lugar donde anidan dos dragones alados negros, entrelazados, casi oxidados y rodeados del fulgor de estrellas plateadas, astros de cinco puntas y de sutiles rayos milimétricos, pintados con tanta precisión y delicadeza, como briznas de trigo.

—¿Por qué persisten, Nornas, en tejer el telar de mi vida de tal manera, que me alejan de la oscuridad y del estar parada entre bastidores, entre bambalinas y tras el telón? — les pregunto y sigo preguntando insistente como solía hacer de niña —¿por qué me alejan de Leah, de sus manos, de su aura? ¿Por qué me alejan de aquel, mi jardín secreto?

Y las voces enmudecen. Se alejan. No me responden.

Yo les sigo rogando y les grito de lejos:

—¿Se vestirán con plumas de cisne y vendrán al borde del lago a susurrarme sus consejos o a desearme suerte para mi viaje hacia el sur? ¿Pondrán el círculo del destino en mis manos, como hicieron con las telarañas? ¿Me vestirán de negro, azabache y luto o con moños y encajes blancos? ¿Podré calzar los zapatos de charol de mi infancia o tendré que cruzar el barro con los pies fríos y descalzos? ¿Se acercarán a colocarme el velo de redecilla sobre mis ojos y besarán mi frente al anochecer? ¿Pondrán en mi camino la manzana dorada, las avellanas maduras, las aguas cristalinas y los cielos de ágatas?

Y las voces me dan la espalda, se ocultan en la tierra, entre las raíces y se callan.

The Bubble 1898 – Clarence White

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