Nuevamente me encuentro sentada en el sillón de terciopelo rosa. La voz asegura que es un signo de abstinencia. Verla, sentirla a mi lado, olerla, escucharla. Amarla. A flor de piel. Leah. Toda ella.
Entonces le cuento que me escribe ella misma, para dejarme saber que Leah nunca ha existido, que es un personaje que he imaginado en mi mente y mezclado con mis miedos.
Durante la noche me ataca el insomnio y el terror de volver a Esperanza. En mis sueños camino por la ciudad bajo la lluvia, buscándola. Escalofríos en mis brazos, mis piernas y mis manos.
Leah me suplica que sienta su dolor, con lágrimas en los ojos, como si yo no fuera capaz de sentir el mío propio, aprisionado en mi garganta.
Me pregunto si en este océano de indiferencia que nos separa, ella puede sentir el dolor que me ha causado. Estridente, delirante, irracional, destructivo.
Mientras que sí, ese tipo de insinuaciones que suele repetir sobre mi cuerpo, sobre mi voz, sobre mis cualidades, sobre mi edad suelen calar hondo. Tan hondo que toda esa insistencia de frases y palabras me deja tan confusa, tan frágil, con las piernas insensibles, que resbalo en aquel rincón escondido del sillón bajo mis piernas y mis ropas sudadas desde donde se ve el castillo, caigo de rodillas y me acurruco en la alfombra, en lo infame del pie del talud, a profundidades de dos mil metros o más, entre los sedimentos marinos para que nadie me escuche ni me vea.
Me deslizo sabiendo que ella es la única que me ve.
Leah habla y escribe como si yo no padeciera esta maldita abstinencia. Agujas de heroína impura y semicírculos de golondrinas en mi garganta.
El escenario perfecto para intensificar mi voz interna y ensordinar mi voz real.
—Así podré, por lo menos, perderla sin sentirme mortificada,—le digo a la voz— acallar sus palabras en mi frente, avergonzada, o custodiar mi piel de la luz del sol de primavera. Quizás el silencio me enseñe algo más sobre mi. Quizás los recuerdos me muestren imágenes olvidadas de mi juventud. Fotos en blanco y negro, como mis pensamientos, según ella.
Y me pregunto y le pregunto:
— ¿Qué dirá dentro de unos años, cuando realmente envejezca?
Sigo sus palabras de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda, del derecho y del revés. Y no me doy cuenta si finge, o si es sincera. Preguntas que me llevan más allá de la propia existencia física de las palabras.
—¿Es eso amor?— me pregunto a mi misma. Me quedo callada, con la garganta en llagas.
—¿Podría poner las manos en el fuego?— Le pregunto a la voz.
—Sí, el amor debería ser más simple. —me responde—Sí, el verano debería ser eterno. ¿No es así?
Volver al principio, eso es el gran deseo, la paradoja, la herida. Al origen, cuando todo era idílico, perfecto y terriblemente idealizado.
Me acerco a Leah, me arrodillo y apoyo suavemente la palma de mi mano en la base de su cuello. Cierro los ojos. Siento las espinas encadenadas en las paredes de su garganta, junto a las sombras de antiguos rosedales. Yo siento las mías propias, estranguladas entre las cuerdas vocales, mis vasos sanguíneos y mi saliva.
Cambio las espinas por flores que comienzo a entretejer entre mis dedos alrededor de su cuello. Desiderata de flores silvestres, como las de los campos donde ella quiere siempre recostarse en primavera. Margaritas, campánulas celestes, amapolas escarlatas y malvas.