Cargo el cisne moribundo y somnoliento sobre mis espaldas, su cuello acurrucado en mis hombros, encadenado a mi propio cuello, sus plumas formando parte de mi piel.

Reconozco su canto al atardecer, a medianoche cuando, desplomada en la cama, fatigadas mis alas, no puedo dormir, por miedo a perderme, cuando me invade el insomnio o la idea de no volver a querer despertar. Y entonces, deja que lo acaricie.

Ya lo mencionaba Ovidio en su Metamorfosis: Ella derramó sus palabras de dolor, en un mar de lágrimas, en tenues tonos, en armonía con la tristeza, así como el cisne canta una vez, mientras muere, su propio réquiem.

La maestría con la que Leah ha robado mis sueños, mi visión de futuro, mis deseos de amarla no tienen comparación con el oleaje, los remolinos o la ira del mar. Lo se.

Me levanto de la cama y siento la pesadez del pico del cisne, de su cuerpo como una extensión del mío. Es el dolor de la frustración, que me despluma. Observo mi piel, mis venas, mis piernas, mis manos, que han vivido tanto silencio este último tiempo y el enfrentamiento con tantas criaturas monstruosas.

En el principio existía sólo el caos, mole informe donde se mezclaban los elementos. No había sol ni luna ni aire ni tierra ni mar; sin esencia durable, todo estorbaba a todo, y luchaban mezclados lo frío y lo caliente, lo mojado y lo seco, lo grave y lo leve.

Es esa lucha interna que me domina, una batalla constante entre los dioses, la tierra, el aire y el cisne casi muerto, a mi lado, en mi cama, envuelto en sábanas blancas, que intento revivir.

Sólo veo y siento las desorbitadas nieblas, las nubes, los rayos y los vientos. Y la respiración pobre de mis pulmones y del cisne. Y a ella en el medio de la tormenta y sus sacramentos. Huyendo de mi, y de los polos boreal y austral. No me dejo llevar ni por leyes ni jueces, ni castigo ni temor. Me quito mis prendas aladas para poder dormir desnuda. Pero la sigo culpando por quitarme con engaño y violencia aquello más preciado para mi. El sueño. La compasión. La ilusión hoy fulminada de que el cisne nos unía, al igual que el amor incondicional.

Ella ha sustituido las flores por las plumas del cisne. En la entrada de su vida, en los peldaños de su templo, en el portal de su universo. Lo ha dejado muy claro. Las ha puesto en un jarrón de cristal. Para que todos las admiren. A ella misma y al idilio de las plumas. No la culpo. Quizás yo también habría hecho lo mismo.

La ambición por el oro, la devoción y la vanidad han sido más grandes que lo íntimo del amor entre nosotras. Que el secreto del cisne. Ahora todos lo saben.

—Es un tema universal. —me dijo para calmarme. —El cisne no es sólo tuyo o mío.

Enfurecimiento. El cielo se ha tornado color gris metalizado. Neptuno ha golpeado la tierra con su tridente y la transformó en delirio y barro que pisamos con pies descalzos. La tormenta la ha dejado sola gritando en medio del bosque bajo la lluvia. Palabras amenazantes e hirientes. La miro de lejos. Mientras que de mi boca no sale ni una frase coherente desde aquel entonces que me subí al arca. Aunque intente tararear el canto del cisne cada vez que intento dormir. Enmudecida. Y al querer hablar, me dan miedo mis propios mugidos.

Ese jarrón de cristal encierra todos los misterios que ella oculta. Igual que sus poemas. De lo que es real y lo que no lo es. Tendría que haber tomado una pluma del jarrón y haberla guardado de recuerdo en el sobre negro que me ha enviado por correo. Sabe que no me gusta el negro. No se qué decir. He quedado muda. Ella tampoco dijo nada sobre la pluma en caja dorada que le regalé en aquel momento.

—¿Debería abrazarle el cuello y suplicarle el perdón?—me pregunto — O llorar el amor, darlo por perdido?

Sólo puedo suplicar a los dioses que el cisne muera, que desaparezca de mi lado. Que lo arrastre el diluvio. Que incineren sus huesos y sus plumas a través de mi médula y mi espalda. Que se destroce el cosmos y se abra el cielo en una espeluznante tormenta. Que mi cama se convierta en arca para todos los cisnes del universo y luego, canten en el vacío. Que las primaveras no sean eternas. Que se resquebraje con el oleaje el Olimpo. Que nadie reclame las promesas recibidas. Que las gotas de lluvia y sangre ya no manchen ni mis sábanas ni la memoria de aquello que pudo ser y no fue. Que no se filtren en las negras heridas. Ni aniden en mi garganta. Que la paloma no huya por la ventana y se estampe contra el vidrio, no sufra, no sangre y muera. Que yo ya no alabe sus dedos, sus manos, ni sus hombros. Que Cupido, para vengarse, tome la flecha de plomo, que la incruste en mi corazón para ahuyentar para siempre el amor. Que me convierta en árbol de laurel, igual que Dafne. Que haga con la flecha de oro lo que quiera. Igual que con la pluma del cisne. Con las palabras inconclusas. Y con la caja dorada. Y que yo vuelva a recuperar la confianza y la esperanza.

Neptuno sosiega los mares, y manda a Tritón que sople en su caracola para que haga retroceder las olas y los ríos. Obedece Tritón, y el sonido que produjo aplacó todas las ondas. El mar recupera sus costas, y su cauce los ríos y van descubriéndose las tierras, hasta que, después de un día, se ven las selvas cubiertas de limo, y el mundo es restituido.

Deja un comentario