Las granadas están servidas en la fuente de cerámica de Delft azul y blanco de estaño sobre el mantel de seda muaré.
Así me siento en esta realidad diaria de mi living, como salida de un baño de inmersión de estaño y plomo, a la que agregaron arena, sal y agua. Leah pudo ver y lamer mis venas azules cruzando mi pecho, boquiabierta, antes de que se petrificara mi piel y mi silencio.
—¿Qué es el silencio?—me pregunto imaginándonos sumergidas en el fondo el océano, navegando en el Nautilus, bajo la densa espuma, entre plantas marinas desprovistas de raíces. Ella no sabe lo que es el silencio ni la compasión en momentos de vulnerabilidad.
No fue para ella aparentemente un momento de deleite. Al contrario. O por lo menos, así lo dejó saber.
—¿Es la primera vez que me ves desnuda? Creo que no…— le dije asombrada y sombría.
De lejos, todos los que me conocen un poco podrían decir que sigo brillando en el umbroso abismo después de ese momento seguido de rotundo silencio. Viva este silencio de existencia prodigiosa, infinita y sobrenatural.
Pero ese esmalte blanco que dejo ver es tan frágil y quebradizo que ya no oculta bajo la superfiicie las grietas, sutilidades y burbujas de palabras y maltrato.
Las alarias oceánicas pueden llegar a medir dos metros de largo. Su nervadura central es ondulada como los cabellos de Leah en el agua. Sus cabellos se terminaron enredando entre mis pensamientos, las mentiras y mis venas. Sus palabras fueron expuestas al oleaje, se confundieron en mi interior y se fijaron a las rocas justo por debajo de la línea de baja marea del borde de la bañera.
Después de días y noches de navegar sumergida en silencios, ya nada era visible y me hice inmóvil. Hasta que me desplomé al borde de la mesa del living, y sólo alcancé a tirar de una esquina del mantel de muaré. Pude ver con ojos entrecerrados la fuente y las granadas quebradas y esparcidas por el piso.
—¿Son las granadas también de cerámica ? — me pregunto, y hago una señal de alto al sumergirme entre la espuma, los misterios y las alarias, y los peces con escamas plateadas, como cuenta el capitán de Julio Verne.
Se que se necesitarán muchas cuerdas y cadenas para rescatarme, la veintena de marineros del submarino y muchas redes de barredera. Mucha fuerza, porque después de su mirada y sus palabras quedé anclada en el fondo, entre grava, cumbres rocosas, anémonas de mar, sepultada bajo caparazones de moluscos, que podrían contarse por millones, y corales y cangrejos de costra calcárea que hicieron nido en mi piel.
Me desperté extenuada, observé el océano, cuando el capitán Nemo, volviéndose hacia mí, me dijo sin preámbulo alguno:
—Mire el océano, señor profesor. ¿No está dotado de una vida real? ¿No tiene sus ataques de cólera y sus accesos de ternura?
—¿Qué es la realidad, capitán? — le pregunté con el corazón palpitante.
Así como el capitán describía el pulso, las arterias y los espasmos del océano, así era como Leah parecía descubrir aquel día que la circulación de mi sangre era tan real como si la viera por primera vez.
—Sí, yo también soy humana y tengo sangre en las venas.— le dije.
Y el capitán siguió diciéndome:
—Señor Aronnax, ¿sabe usted cuál es la profundidad del océano?
Y no, como el señor Aronnax tampoco lo se con exactitud, pero sí se que en la profundidad en la que estoy encarcelada hay peces de aletas azuladas y la cola de oro, igual que el color de mis venas en la bañera y el silencio de esta realidad diaria que intento navegar, aunque me cueste veinte mil leguas de viaje submarino volver a despertar.

Sarah Moon