El 10 de abril del 2011 cuando salí a la calle esa mañana me encontré con una cajita negra alargada frente a la puerta que contenía un lápiz sin usar y una nota. Dudé mucho si era dirigida a mi. No supe si tomar la caja en mis manos. Pero una fuerza compulsiva, ciega y fatal había marcado mi destino. Tomé el lápiz, el que decidí en ese instante que era mío y que ha dejado una línea en las páginas de mi existencia. Tomé la nota y la leí: Todo comienza con un lápiz y un sueño.
Ayer me preguntaron por qué escribo.
Cuando recordé ese momento, pensé en las tres Moiras, las hilanderas. En el amor, la profesión y la muerte. Siempre pensé que sería un hilo dorado el que iría tejiendo mi vida. O un lápiz, sí, pero que dibujara líneas, casas, vestuarios, columnas arquitectónicas, telones o perspectivas. Aparentemente, según la psicología, la preferencia personal hacia una determinada actividad profesional, está anclada en el dinamismo hereditario del inconsciente familiar. No se si estoy tan segura de eso.
Escribo para no morir en el intento por entender la vida, el amor, la desilusión, la furia.
Para poder tachar lo que ya no funciona, lo que no corresponde, lo que no se respeta. Y poder reemplazarlo por otras palabras, por otros mitos, por otros recuerdos. Para poder buscar sinónimos más apropiados, más límpidos, más bellos, más suaves y más legítimos.
Para lograr el entendimiento de algunos sortilegios, la cercanía y el significado de unos pocos malententidos. Para sentir el roce del papel entre mis dedos, para poder dejar secar mis lágrimas entre las páginas, para generar una laguna de tinta donde poder ahogar mis tragedias y nadar en mis propios sentimientos y delirios.
Para convencerme a mi misma que el universo es eterno, intangible e infinito y que el amor también lo es, aunque no lo parezca en este preciso momento. Para poder imaginar que todo este dolor que me envenena va a pasar algún día, que se disolverá a través de las letras. Que el esfuerzo por agacharme, tomar la cajita, abrirla, sostener el lápiz no fue en vano, sino para defender mis argumentos frente a todo este infierno.
Y entonces aquella mujer, que ni siquiera recuerdo el nombre, sentada a mi lado, me interrumpe y me pregunta:
—¿Cuál es tu fecha de nacimiento?
Le presto el lápiz, escribe la fecha y suma los números. Me dice que soy un 3, que soy muy empática, que soy artista, y un pilar importante detrás de escena. Y suspira.
La miro sorprendida. Tomo un sorbo de té de rosas muy dulce, con un terrón completo de azúcar, y así mismo, sigo sintiendo un sabor amargo sobre la lengua.
Y la mujer me mira y sigue con sus revelaciones:
—Pero nunca te sentarás en la primera fila.
Me pregunto qué sabe ella de mi que yo no sepa. Pero al mismo tiempo, me siento consolada por sus palabras y la pureza de su mirada, que intenta encontrar respuestas en mi boca que no le doy. Que le pregunte a las Moiras, pienso.
Apelo a ti, destino, que todavía vives tímidamente en mi. Que vibras apenas entre el reflejo de las sombras en las paredes, entre los pétalos de magnolias de papel blanco sobre la mesa donde fijo la vista, el pedacito de nubes que veo por la estrecha ventana y el lápiz negro que sostengo entre mis dedos.
Escribo para no dejar ninguna imperfección ni secreto en el tintero, para no garabatear con el lápiz en el margen y para recordarme con cada parpadear que no estoy loca. Para dejarme seducir por las Moiras y sentarme a su lado, al borde del abismo. Para escucharlas tejer y deslizarme en el tiempo, sabiendo que es un laberinto finito. Para vencer a todos los monstruos que no son más que metáforas de todos los miedos y desconsuelos. Para darle cabida a la culpabilidad, a lo contradictorio, lo trágico y lo caótico. Para recordar la necesidad que tenemos de deshilar las historias tal como fueron contadas previamente y volver a tejer otra. Para sostener ilusoriamente en mis manos los tres polos de la temporalidad de mi existencia: pasado, presente y futuro. Para hacer visibles mis derrotas y mis triunfos. Para dejar de disimular ante todos y no dejar escapar el ir y venir de sueños, deseos y frustraciones, para que sean míos y sólo míos. Y de nadie más. Igual que el lápiz y la cajita negra.