Casi un año sin verla, de quietud, de pensamientos obsesivos, de deseos de rozar su piel, de escuchar el ronroneo de su voz, de desilusión, de evitar sus palabras precisas, sus sortilegios y sus incertidumbres. Ocho de copas. Miedo a perderla. Miedo al cambio, a saltar al vacío.

Entre exhalaciones e inhalaciones pienso en ella. Inhalo de humo blanco de la compasión y exhalo el humo negro de lo sombrío de mis proverbios y la claustrofobia.

—No tires las cartas.

Casi un año de intentar leer las cartas del pasado, del presente y del futuro. De caminar como vagabunda por los pasillos clandestinos de la casa y preguntarme a mi misma: ¿A dónde vas?

—No me escribas más.

Cuántas veces me acerco al papel para escribirle, y el lápiz queda suspendido, como en una pausa, en el aire. En un impulso. En una sentencia. En un sonido. En la penumbra. Voy y vengo hacia ella y desde ella arrastrada por los escalofríos, la censura y las entrelíneas descuidadas de mi corazón. Y el color sepia.

—No vuelvas.

Me resisto a que vuelva. O yo volver a ella. A la acumulación lenta, fracturada de ideas y de críticas. Al desmayo y la ruina. Me aferro a los himnos que se repiten en mi cabeza como mantras: no corras, no huyas, no te escondas. Y sin esperarlo, una serpiente, un árbol, un nido y alas.

—No vengas.

Y finalmente está parada en mi puerta, donde se confiesa, y acostada a mi lado en la cama, donde me abraza y me acaricia. Me siento de repente respaldada, completa, y a la vez lúcida y exhausta. Quiero quedarme un tiempo más en ese hueco en la base de su cuello. Lamer las grietas que se abren en las paredes de la torre de su castillo.

—No te vayas.

Casi un año de intentos por cerrar un ciclo, de darle fin al desasosiego de un corazón frío, cruel y deshecho en lágrimas. De elixires. De árnica de flores amarillas y helenalina tóxica para el dolor de amor. Y reina de espadas.

Y ahora esto. Comprometerme. Considerar las dos opciones. Dormir o despertar. Irme o quedarme. Creer en las palabras. Celebrar el reencuentro. Sin saber exactamente dónde vamos.

—No me desveles.

Me obligo a despertar, a salir del trance. Me pregunto si sus labios y este mundo se desvanecerán al amanecer, si se detendrán los rayos de sol que corren por las paredes y se transformarán en sombras. Si será uno de esos días donde hay habitaciones en las que no quiero entrar para no sentir su presencia. Escaleras de piedra. Esqueletos de murciélagos. Puertas secretas.

—No las abras.  

Me obligo a ser heroica, a pactar compromisos con ella y con la elocuencia de su alma, a amarrar el hilo dorado que nos ata, a señalar la llave que ella trae desde el fondo del lago.

—No me hables.

Me pregunto si nos atreveremos a levantar nuestras voces. Si erguirá el cuello y leerá en el yeso blanco lo mismo que yo. Sapientia. Victrix. Fortuna. Si descubrirá los mismos símbolos que veo yo. Una pera, un higo, una naranja, una granada, un alcaucil, una calabaza y, por supuesto, las polillas. Moños. Flores sin nombre. Hojas indefinidas. Cuernos de la abundancia. Una espada. Una corona y nudos del amor.

—No me confundas.

Tomar una decisión. Actuar según mis convicciones. Dos de espadas. Y la imposibilidad de tomar una decisión. Otra vez las cartas.

Las espadas me persiguen y me perturban. Igual que sus manos y las decisiones basadas en el corazón. Adormecimiento. Sincronía. Saint Catherine. Prender una vela a sus pies. Indecisión a flor de piel. Confiar en el amor y la serendipia de volver a encontrarla. En mi puerta, en mi cama. No sólo en el letargo de mis sueños y profecías.

Sarah Moon

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