No hay nada más difícil para un pintor verdaderamente creativo que pintar una rosa, porque antes de poder hacerlo, primero debe olvidar todas las rosas que alguna vez fueron pintadas.

Henri Matisse

Cuántas veces me he despedido de la ciudad ya, refugio de mi alma durante veintidós años. Despedirme de sus pájaros, de sus edificios históricos, de sus flores, hasta del kiosco del parque Citadel construido en 1885 con sus pilares celestes y sus ocho ángeles blancos sosteniendo coronas de laurel. Qué dificil despedirme de Erató, la musa de la poesía que se erige en la cúpula del kiosco, con su lira entre sus brazos, coronada de mirto y rosas.

Los rayos de sol están otra vez cerca. A vuelo de pájaro, puedo ver cómo rozan el ruedo de su toga y casi puedo saborearlos en mi boca y mis labios. El cielo gris se va desvaneciendo de mi frente con el correr de los días de temprana primavera.

Todo vuelve: los brotes, los capullos, los mirlos, hasta las rosas de Pierre-Joseph Redouté. Aquellas rosas del libro del artista belga llamado el ‘Rafael de las flores’ que una vez le he regalado a Daniela para su cumpleaños. Y que después de su muerte pensaba que podría recuperar, pero ya había renunciado a la esperanza de volverlo a ver.  

Hoy, entre mis manos, puedo hojear nuevamente las impresiones de perfumadas rosas que en el siglo diecinueve ha dibujado el artista, quizás, en esta misma ciudad, quién sabe, para Josephine Bonaparte en grafito y acuarela. Debería sonreir. Estar agradecida. Eufórica. Abrir las puertas y gritarlo a los cuatro vientos. Pero tengo miedo. Miedo a la muerte.

Dicen que el miedo es una elección y un exilio muy solitario.

Me deshice de las espinas. Aparté de mi a mucha gente este último tiempo, ya que en mi se difundía tanto resentimiento y dolor. Mi espalda estaba doblada y parecía estar abrumada por la pesada carga que llevaba. Solté las piedras que cargaba y arrojé la lanza al infinito como cuando era niña. En esos momentos, esas mañanas, no existía la herida por falta de valentía. Siempre era yo la que ganaba en el lanzamiento de jabalina.

—¡Lo más lejos posible! — me gritaba la profesora de gimnasia para alentarme. No había dudas, la distancia que conseguía en la arena con la lanza era siempre la más larga. Ella la medía con una cinta métrica para corroborarla. Tenía brazos fuertes y hermosos, llenos de coraje. Hoy no diría lo mismo.

Esos mismos brazos y mis manos son los que uso en mis sueños diurnos para trabajar la tierra, para limpiar las hierbas inútiles antes de labrarla y plantar rosedales. Sueños repetitivos a flor de piel.

Ausentarse, marcharse, separarse de lo que nos es familiar por tantos años, de los que amamos.

Redouté murió en su taller, el 20 de junio de 1840 mientras terminaba dos nuevas series de ilustraciones botánicas, Les Roses y Choix des plus belles fleurs, las que podemos admirar hoy.

Esta selección de 144 impresiones de las más bellas flores, rosas  y ramas de frutos como higos violetas, lirios y duraznos fueron grabadas en placas de cobre y reproducidas en color. Sus láminas eran tan codiciadas, que han sido arrancadas desde entonces de libros para ser vendidas a un elevado precio en el mercado literario.

Hoy me pregunto cuál es el precio que uno tiene que pagar por vivir separado de los que uno ama. Hoy espero encontrar la persona que está tratando de encontrarme. Pero que sea con compasión en el corazón y con un puñado de tierra fértil y rosas en las manos.

Despedirme de mi país natal hace tantos años no fue fácil. Y hoy el regreso me resulta más difícil aún.

El buril que tomé en mis manos hace más de veinte años, al igual que la jabalina cuando era niña, ha dejado surcos en mi piel y mi alma, y ha ido desprendiendo hilos de cobre con cada palabra, cada gesto, cada espina, cada muerte y cada intento que hice por renacer. 

Hoy no se si quiero seguir siendo fiel a lo que fui y morir en mi taller. Tampoco se si quiero correr, huir o esconderme bajo la superficie de láminas de papel con estampas de rosas desparramadas y abandonadas sobre la tierra y bajo mis pies.

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