Hay quienes tienen la verdad, pero no la dicen en palabras. — Kahlil Gibran
Me concedo el permiso de tomar una fotografía nuestra, una de las primeras, entre mis manos.
Me doy cuenta que necesito reconciliarme desesperadamente con el amor y con ella a través de las imágenes que guardo en la caja de lata con nuestros recuerdos.
Atinaría a decir que esta foto representa para mi con seguridad la cercanía al concepto de felicidad.
Podría marcar con mi dedo índice y una cruz en el mapa, meticulosamente, el lugar donde la foto fue tomada, el nombre de la región, el año, el día, la temperatura, y quizás, la hora de aquel verano y dar en el blanco.
Podría ponerle un título, recortar nuestras siluetas, hacer una instalación tridimensional, una maqueta de cartón o un collage, unir nuestros cuerpos con hilvanes de hilos dorados, dibujar corcheas, fusas y semifusas alrededor y ponerle luces y melodía, hasta una etiqueta. Podría pegarla en un album de fotos, escribir una historia, agregar un lenguaje simbólico de figuritas de estrellas e intervalos, palabras o globos de diálogo y darle otro significado. Recomponer el pasado y darle otro final.
Podría inventarme la verdad de una conversación que no recuerdo ni con rigor ni precisión, que a lo mejor no sería fiel a la original. Pero prefiero callar. Una conversación donde no había silencios, pero sí una quietud dinámica, en movimiento, amorosa y gentil. Nada existe por azar cuando una está enamorada y ya no puede morar más en la soledad del corazón.
Me refiero a aquel edén donde el tiempo adquiría para mi otra dimensión. Donde no era ni tarde ni temprano. Donde no existían los relojes ni las horas, sólo una alineación de hélices, triángulos, ojos celestes, círculos, rayos de sol, halos, sombrillas, banderines multicolores, cruce de líneas punteadas y vuelos de mariposas y esperanzas.
Donde yo no recordaba ni el punto de partida ni de llegada, pero sí la textura de los límites como una secuencia que se multiplicaba y se renovaba continuamente como las señales electromagnéticas que emitía mi corazón, que se extiendían más allá del cuerpo físico y que nos unían y se sincronizaban al sistema nervioso de cada una de nosotras.
Donde no había torres de castillos, ni mástiles, ni columnas, pero sí ejes invisibles que nos conectaban con la frecuencia del amor, y con lo absoluto del universo y una sucesión continua y aparentemente aleatoria de leyes matemáticas y de segmentos delimitados por los puntos A y B en una recta entre regiones infinitas de dos cuerpos vivos.
Donde no había portales, pero sí entradas arquitectónicas a umbrales divinizados de templos que nos impulsaban al infinito de puentes, arcos, galerías y adoquines, que, al pisarlos, se multiplican como láminas traslúcidas de caledoiscopios una tras otra y se volvían a repetir, repetir y repetir sin parar.
Donde no había un cielo nublado, sino una bóveda plateada sobre nuestras sienes que sólo demarcaba el borde de la luz, del horizonte y de la eternidad y que, como espejo convexo, reflejaba con precisión fotográfica toda la escena, incluidos los personajes que se encontraban fuera del camino andado y que no estaban al alcance de nuestra vista ni nuestras manos.
Donde el espacio se convertía en superposición de valles verdes inconmensurables, donde la nada se volvía en un todo, en un escenario de risas, movimientos de abrazos, abrir y cerrar de telones, cadenas y mantras, líneas que se disparaban en todas direcciones, en poleas invisibles que abrían los pétalos de las flores o hacían flotar los cisnes en el lago, en cuerdas que hacían que girara la tierra bajo nuestros pies, en máquinas que emitían humo de colores, incienso y espirales de luces.
Aquel lugar donde yo no sentía la gravedad de mi cuerpo, o el peso de mis piernas, de mis ropas o de mis pasos, pero sentía que podía elevarme del suelo, volar sobre el lago, y, al mismo tiempo, que no podría morirme algún día sin ella a mi lado.
Donde no había plantas que esta noche pudiera recordar, pero sí flores de éxtasis que parecían ramificarse hasta el cielo, como las amapolas, bajo los augurios estelares, y formas perfectas y esbeltas de árboles, donde conciliaba el sueño una maraña de nidos, alas y pájaros, donde se escondía una confusión de orquídeas salvajes, helechos, tréboles de cuatro hojas y fuerzas animadas que como serpientes se asomaban curiosas y nos espiaban.
Donde no recuerdo la luz de la atmósfera porque todo dependía de la extrema luminosidad de nuestras almas, de una especie de fuente que se renovaba constantemente en nuestro interior y hacía desaparecer todos los males espirituales y todo el resto que nos rodeaba.
Donde no tenía un mapa en mis manos que se desplegara y se volviera a plegar, y el sendero carecía de una sensación de sentido, porque no existían ni flechas, ni carrozas ni capas ni espadas, ni el miedo a equivocarme, porque podía retroceder o adelantarme y volver a encontrarla. Ese camino que no mantenía las marcas de nuestros pasos, pero sí el ritmo acompasado y el pulso místico de nuestros corazones que nos orientaban hacia la confianza y la libertad.
Ese lugar en el mundo que no importa hoy ni su nombre ni dónde fue tomada la foto, donde no había nada que esconder, donde yo anhelaba ser inmortal y dar nacimiento al tan esperado amor incondicional.
Aquellos momentos donde separarme de Leah parecían impensables. Donde no recuerdo las palabras exactas, sólo la coherencia momentánea de una continuación sostenida de frases recortadas y sin sentido que quedaron grabadas en mi memoria y que, como el incienso, se elevaron como plegarias a los dioses y como ofrendas a las deidades.
Donde no recuerdo los sonidos, pero sí los de su respiración y la amplificación de los latidos de mi corazón, y de la sangre corriendo por mis venas. Como si pudiera escuchar el zumbido de abejas coronando mi frente, el aleteo de colibríes surcando mi piel o el chasquido de ballenas nadando en mi interior.
Esos momentos predecibles e incontrolables y sometidos a la pasión y a unas fuerzas sobrenaturales llamadas destino y que predeterminan los acontecimientos de nuestras vidas. Aquellos en los que redescubría la inocencia del amor y esta noche, el silencio de la verdad.