Dulce y sutil, como burbuja fresca que se deshace sobre las papilas de la lengua.
Se suponía, desde el inicio, que viviríamos juntas un eterno verano. Pero fue en aquel patio de colores arena y escaleras de piedra caliza del centro de arte del siglo XIX, situado en el Hôtel de Gallifet en Aix-en-Provence, donde sentí por primera vez que los círculos que se entrelazaban entre nosotras llegaban a su fin. No supe si comenzar a correr y huir por los campos de lavanda o esconderme detrás de alguna de las columnas dóricas de aquel palacio. Pero decidí quedarme por ella, porque en el fondo de mi alma, sabía que la amaba. Pero tuve miedo, porque, a pesar de estar sentada a su lado, tantear sus labios y mirarla a los ojos, no llegaba a comprender ni una palabra de lo que Leah murmuraba.
Seguramente tenía algo que ver con la singular pintura de Wolfe von Lenkiewicz que acabábamos de ver en la galería del hotel, La Duchess de Polignac, con la cual yo me había quedado fascinada.
Se trataba de una versión libre de Yolande Martine Gabrielle de Polastron, amiga y favorita de la reina María Antonieta, a quien conoció cuando fue presentada en el Palacio de Versailles en 1775. Gabrielle era considerada una de las mujeres más bellas de la sociedad aristocrática prerrevolucionaria. Carismática, sofisticada, encantadora y de refinada elegancia, se había convertido en líder indiscutible del exclusivo círculo de la reina, asegurándose de que nadie pudiese acceder al mismo sin su consentimiento.
El retrato de la duquesa con el sombrero de paja de 1782 era uno de los seiscientos retratos pintados por la famosa retratista Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun. En esta versión moderna, Wolfe von Lenkiewicz la había pintado radiante, coronada de círculos y auras en color pastel dorado-naranja, celeste, rosa y lila. Yo la percibía de otra manera. La había autorizado tácitamente a ser testigo del dolor y vacío hirientes imposibles de enmascarar y que se habían apoderado de nosotras en aquel calor sofocante. Creo que tampoco es casualidad que Gabrielle lleve una rosa en su manos pálidas y que el nombre de la exposición fuera Historias del corazón.
¡Cuánto había deseado yo desde niña conocer los campos de lavanda de Aix-en-Provence! Y, sin dudas, parecía ser un sueño compartido por ambas. Y ahí estábamos. Leah me había finalmente llevado hasta el corazón recóndito de los campos. Y allí estaba yo, parada, en medio del Drôme Provençale, entre macizos y valles mediterráneos, espigas violáceas, el zumbido de las abejas que coronaban mi cabeza, la estela de perfume de enebros fenicios, lavandas, tomillo, romero, pinos silvestres, las expectativas, las gracias y las plegarias elevadas al cielo y toda esa espera inconmensurable que llegaba a su fin en ese momento. Y allí estaba ella, parada a mi lado. Y yo, sólo preocupada porque ella no parecía ser feliz, o yo no era feliz, o yo constataba que juntas no lográbamos ser felices. Y sólo disimulábamos. Estábamos cercadas, herméticas, cada una bajo una campana de cristal, impenetrable. Yo no comprendía esa injusticia, los campos de lavanda habían sido siempre la meta y el destino de ambas. El punto en el mapa.
Y no fuimos capaces de tomarnos de las manos. Qué arriesgado parecía haberlo permitido. Cerré los ojos. La indiferencia entre nosotras era demasiado dolorosa. Sólo vi manchas negras de calor, brillo y encandilamiento. Me senté en la tierra reseca que parecía quebrada y sedienta de gotas de lluvia, crucé las piernas entre las matas de espigas fragantes e incansables centenares de abejas que volaban en círculos y elipses a mi alrededor y respiré hondo. Para mi asombro, era como si el aire hubiera estado maldecido con aquel calor infernal. Como si el cielo se convirtiera de pronto en una confusión de ojos, prejuicios y un asedio de nubes de tormenta color antracita, truenos y rayos metalizados entre las montañas de telón de fondo, como si yo perdiera el juicio y apareciese el oráculo delante mío y me dijera morirás. Yo estaba tan acostumbrada a esa sensación de desamparo que dejé que me atravesara la piel y el cuerpo sin sentir el miedo que debería haber sentido. Estaba convencida que mis miedos dejaban a todos indiferentes desde niña, especialmente a ella.
Leah comenzó a caminar lentamente junto a su sombra descalza entre los arbustos. Paso a paso, la dejé alejarse de mi. En otro momento la habría anclado a mis intenciones y mis entrañas, o al perfume de lavanda emergiendo de las profundidades de la tierra. Sabía que nada podría persuadirla. Que nada podría detenerla. Siempre lograba lo que quería. Era amarla hasta sentirme morir o dejarla ir. Se recostó sola sobre todas mis dudas, mis indecisiones, mis pretensiones y las desilusiones de nuestra historia. Era curioso, no se si se acordaba de mi presencia.
—¿No ves el horizonte a través mío? – le preguntaba yo en un susurro al viento que nadie podía escuchar.
De alguna manera, ella siempre ansiaba quedarse sola, enfocarse en sí misma y su propio deleite, su escritura, sus deseos, pero procuraba que no la abandonaran. Dejé que todo sucediera como ella quería. No hice otra cosa que observarla deambular como alma perdida, besarla de lejos, sacarle fotos entre las flores. Por lo menos así, mirando las fotos en el futuro, un día como hoy, podría revivir mi lealtad ciega, el perfume de su piel y sus cabellos envueltos en fragancias acarameladas, mentoladas, refrescantes de gráciles lavandas.
—¿No te importa lo que yo piense? – me preguntaba yo.
Lo habíamos intentado. Decidimos hacer el viaje ese julio sofocante de verano francés, a pesar de las reglas impuestas por los gobiernos durante la pandemia. A pesar de haber sido quizás la hazaña más milagrosa que emprendimos juntas y de mis malas corazonadas, que eran equivocadas. Pero a ella parecía no importarle lo que yo pensara. A pesar de todo, seguimos juntas el viaje a través de toda Francia, intentando resucitar ante nosotras sus horizontes color malva, sus halos solares de verano y sendas de estrellas errantes por las noches.
Me atrevía a decir que el jarabe de lavanda del Hôtel de Gallifet era el refresco perfecto para calmar la sed desfalleciente que se apoderaba de mi durante esas horas calurosas de las tardes del Sur de Francia. Para serenar gota a gota la fatiga de preguntarme constantemente si yo era la elegida y lo que ella necesitaba. Para dejar de imaginarnos amantes, inseparables, indivisibles, enteras. Presente y futuro. Quizás era como yo me obligaba a entendernos. Para dejar de flotar de círculo en círculo, de decisión en indecisión. De pasar a de un amor desmedido por ella a un ‘dame una razón para amarte y para quedarme contigo’. Ahora, más calmadas, parecía que ambas habíamos olvidado todo lo que había pasado unos días antes. A la vez, sabía que mi amor por ella moría y renacía permanentemente.
Porque, a pesar de estar sentadas a unos centímetros de distancia, a pesar de ser amada la una por la otra, ya no nos escuchábamos. Nos hacíamos las desentendidas, ensimismadas en las esferas de nuestros propios pensamientos y distraídas en una ficticia intimidad. Las palabras, esporádicas, al sol ondulaban como pompas de jabón iridiscentes que se topaban, sorprendidas y se estrellaban, sin más. Como las últimas gotas lilas y cristalinas del jarabe de lavanda en el fondo del vaso que compartimos pausadamente, silenciosas, sin que nadie se diera cuenta de nuestros secretos, en el patio del hoy tan añorado y confidente Gallifet.