Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.
Fernando Pessoa
Tu has dicho eso, yo he dicho aquello… es un ir y venir infinito de voces que uno lleva anclado dentro del alma. Sumado a las utopías y los silencios. Porque ellos hablan y nos arropan durante toda la vida, de eso estoy convencida.
Un ideal que no se ha alcanzado, confesiones que no se han conservado, gratitud que no se ha dado, deseos que no se han cumplido, propósitos que no se han logrado, quimeras que se han desvanecido, dirección que no se ha continuado, valores que no se han defendido, momentos que no han sido como uno los imaginaba, permisos que no se han concedido, situaciones que han acabado en enfrentamientos, en desilusión, en ira, en palabras hirientes, en silencio y en desencuentros.
A veces puedo predecir sus palabras. De principio a fin.
Una frase de Leah esta mañana me ha llevado otra vez al pasado, como una revelación. Y es que ella tiene ese don, de catapultarte a un pasado semi-olvidado. Pasado de recuerdos que sólo uno mismo puede revivir de un segundo al otro, cuando ella expresa las palabras mágicas de sostenido reproche. Es como obligar al actor a mirarse al espejo durante el cambio de maquillaje y vestuario en el camerino del teatro.
Me has dicho que tal cosa y no lo has hecho.
Una promesa incumplida, considerada a partir de dos perspectivas que se entrelazan entre sí.
La palabra dicha, en tanto promesa, se dice en voz alta -e incluso se grita- precisamente, para mostrarla y ex-ponerla ante el otro. La he puesto delante mío y también ante otro, en un espacio entre ambos, que nos une y nos tensiona; espacio que sólo puede abrirse por este gesto de pronunciar y en el cual se teje y se desteje, con cada interacción, un vínculo cada vez único.
Cumplir con la palabra. De eso se trata, hipotéticamente hablando. ¿Pero cómo se cumple lo dicho cuando no hay fecha de vencimiento y cuando uno realmente cree que es apto para llevarlo a cabo, pero que por circunstancias de la vida no llega a concretar?
Mi padre me había prometido cuando era niña construir una casita en el árbol más frondoso del jardín. Yo la he imaginado por años, la he creado, la he visualizado, la he proyectado en mi mente, de madera, con una ventana en forma de corazón y cortinas de tela blanca, con una puerta que se podía abrir y cerrar, con un jarrón con flores sobre la mesa.
No sólo nunca se llegó a construir, sino que el árbol donde se suponía que mi padre la instalaría, ha muerto hace muchos años. El tronco del ciruelo no ha sobrevivido los hachazos de mi padre. El árbol estaba enfermo. Ya no daba flores ni frutas. Sus ramas quebradizas estaban vestidas de musgo y humedad.
Cada vez que vuelvo al patio de la casa paterna sigo pensando en el árbol, en la ilusión de la casita de madera. ¿Pero tengo por eso que amar menos a mi padre? ¿A reprocharle que no ha cumplido con su palabra? ¿A hipotecar una vida de recuerdos por eso? ¿No sería mejor pensarlo como un fenómeno que siempre regresa a su punto de origen, el amor? ¿De querer poner en evidencia, en acción y en forma algo que ya, en realidad, existe por si mismo?
Leah de la nada, de un comentario mío, me reclama una capa bordada con hilos de seda y de oro que le he prometido coser hace años, al principio de nuestro sendero juntas. Yo no he olvidado la promesa. Ella, aparentemente, tampoco. ¿Pero era realmente una promesa? ¿Debería seguir yo arrastrando las pesadas mangas, el paño, los hilos entretejidos de su deseo? ¿O debería dejarlo ir? ¿Soltar y dejar atrás lo que una vez dije y no he cumplido? Es curioso que uno siempre se enfoca en lo que falta, lo que no existe, pero no se saca a la luz lo que se hace por el otro, y sin lugar a dudas, por amor.
¿Será que uno se va de este mundo con una lista de vestidos hilvanados sin terminar, de promesas sin cumplir? ¿Será que uno realmente las lleva a cabo en otra vida? Me cuesta creer en eso.
Arriesgarse a abandonar las ropas usadas.
Hay un momento en la vida de renuncia. Renuncia a la obligación de hacer lo que esperan los demás. De liberación, de negación y de justificación de cada momento, cada acción, cada movimiento, cada palabra.
¿No es momento aquel el de comenzar a perdonar, de dejar de sostener las vestiduras rasgadas? ¿De no esperar el permiso del otro para creer lo que es correcto y lo que no, lo que es amor y lo que no lo es?
Y no se trata de justicia o tener el derecho a, no. Nada de eso.
Enceguecida no estoy. El pañuelo ha caído finalmente a nuestros pies.
Y lamentablemente, enceguecer al otro fue un error. Leah lo ha malinterpretado. No se trataba de jugar a vestirme de la diosa de la justicia. Nunca quise ser Diké, llevar la espada, penetrarla en el corazón de los injustos o castigar severamente toda injusticia. Ese acto se refería a poner algo frente a la mirada del otro, a fin de enfrentar esa dificultad y superarla juntas.
La frase de Leah no ha pasado inadvertida. Y sí, hay tres cosas que no vuelven nunca más: la palabra dada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida ¿Pero no es acaso el camino hacia el otro el testimonio indesmentible del inicio de la historia, como búsqueda del amor, pero esencialmente, como búsqueda del otro? Y es ahí, en las palabras dichas y no dichas, que quedamos presos tanto en la posibilidad del encuentro como del desencuentro, tanto a la oportunidad de un nuevo comienzo como a la muerte.
El escenario que nos une al otro se construye en virtud de la palabra. Y sí, en estos momentos me arrepiento de muchas palabras dichas y otras que quedaron silenciadas, y los significados que les dimos en su momento a las mismas. Y los significados que seguimos dándoles hoy. Pero a veces, nos equivocamos.
El dar la propia palabra, ennoblecerla, comprometiéndose ante el otro, no sólo acontece en palabras. El filósofo Jacques Derrida escribía al respecto:
No se puede leer sin hablar, hablar sin prometer, prometer sin escribir, escribir sin leer que uno ya ha prometido aun antes de comenzar a hablar…

Sarah Moon