Leo por enésima vez el texto de 1848 que imprimí y pegué con cinta transparente en la pared.

‘I hold you in my heart.’

La inscripción del mensaje aparece en el nudo infinito del amor, decorado con flores y corazones, conservado en los archivos del museo de Londres, entre cartas, ángeles, cupidos y poemas del siglo XIX.

Miro, un poco a mi izquierda, los nenúfares mal pintados en el espejo de mano.

A su lado, el volumen 1 de un cuaderno antiguo de tapa verde de inglés. Y en la primera página:

‘As long as you love me’.

Ahora se ha borrado. La intriga. Ni siquiera se si la frase estaba dirigida a mi.

A mi derecha, un papel blanco abarrotado de garabatos y un lápiz con una corona con pequeños diamantes.

Un día gris.

Un dolor monstruoso, que se enmaraña con una desilusión inacabable.

Frente a mi, una tarjeta con un corazón de origami que un día quise enviarle y nunca lo hice.

Pienso en el nudo del amor. Ese que nos atraviesa y trenza nuestra historia con frenesí.

Un ramo de rosas casi marchitas en el centro de la mesa que hice la semana pasada para Leah. Y el bordado sin continuar de polillas que mantendrán el secreto de este enredo y perpetuo sufrimiento.

San Valentín.

Las llaves, el teléfono, un corazón sin terminar de mimbre entretejido en mi balcón.

Llueve. Imagino los cisnes en el lago engarzando los cuellos y los picos.

Siento que Leah está sentada a mi lado. La escucho parpadear. Las piernas cruzadas. La sostengo, la abrazo como el sábado. La amarro con cuerdas a mi.

Su último sobre dorado sobre el estante. Seductor. Como si su voz llegara hasta mi en adagio sostenido de sirenas. Distraída, con la lluvia intento hacer oídos sordos.

Y otro sobre suspendido en el tiempo, por detrás del otro, lleno de estampillas que una vez me envió a Argentina. Sin abrir. Lo quiero guardar así. Como símbolo de amor infinito, aquel que se entrega sin esperar nada a cambio. Como el que creí dar.

Aparece una nube, 11° y hoy nublado en la esquina de la computadora.

Ahora se transformó en paraguas y una notificación de 11° y mañana lluvia.

Son las 16:16 y hace un rato eran las 15:15.

Y esta mañana eran las 11:11.

—Sus ojos son celestes.—le dije.

Cuando miré el reloj y estaba ya hablando sobre ella, sentada otra vez en el sillón de terciopelo rosa.

Mantener el control. Eso es lo que quiero. Que alguien me sujete, intacta, antes de desmoronarme.

Elegir enlazarme al presente. Olvidar las sentencias. Obligarme a estar de acuerdo. Pero no puedo.

—Todavía no hemos llegado al nudo de la cuestión.—me confesó.

Necesito que el castillo de naipes quede firme, y que no se derrumbe de un suspiro o un capricho.  

Los tulipanes empiezan a asomarse a la vida, esta que no eligieron. Aterrorizados. Igual que yo.

Pienso en el árbol de granada de mi infancia. Y sí, Leah tiene razón.

No hay que subestimar los recuerdos ni reprimir los deseos. La reconozco como aquella mujer que anhelé toda mi vida, y no como un love affair.

Cuanto más vivo, más me doy cuenta de que todo estuvo ahí desde el principio.

Eso dice ella. Por eso no entiendo la decepción y el miedo entorpecido que se ha obstinado con toda esta confusión y especulación de palabras y veredictos. Y delirio. Como una daga clavada en medio del corazón que todavía titila.

Pero se, por otro lado, que estaremos anudadas y entrelazadas entre halos como los ángeles para toda la eternidad.

Deja un comentario