Todo se refleja en el agua, la luz irisada de sus ojos, las sombras de mis manos sobre el telón del teatro, los rayos de sol entre los pliegues de su vestido, el pudor, las decisiones, los presentimientos y las incertidumbres.

Las nubes pasajeras, las estelas de los aviones, el cruce de los tallos de los nenúfares, las telarañas musicales que cuelgan del puente, las semifusas de polen que flota en el aire, y el rostro de ella, que tanto he amado.  

Su espalda recta, sus aleteos pendulares, sus palabras en reposo, sus brazos, los dedos de sus pies en el agua, entre burbujas de encaje, perlas de espuma y olas de nácar.

Los cometas, los planetas, los eclipses, la luna menguante y las estrellas que nacen una y otra vez al atardecer. La clave de sol. Nuestros besos. El universo entero y toda su composición. El símbolo de infinito. Mis bolsillos llenos de cartas para ella, las justificaciones, el perdón. Los secretos. Las promesas. El amor, las lágrimas, los caprichos, el final de la carta.

Y lo más inesperado, la postdata: te amaré para siempre.

Hasta yo me reflejo, pero no me reconozco. Creo que lo que se ha dejado sin decir ha cambiado mis facciones. Las golondrinas vuelan al ras del agua y cambian de dirección bruscamente al ver mi imagen reflejada. Se dice que cuando las golondrinas vuelan bajo, auguran la proximidad de horas de lluvia.

Espero las primeras gotas entre bostezos. Esas que interrumpen la serenidad, que expanden el silencio en ondas y que expresan lo desconocido o aquello que nunca nos animamos a decir. Así, por lo menos, podremos ver el temblor de las palabras flotando igual que sus pies.

¿Quién tira la primera piedra para romper el hechizo de los círculos concéntricos y de geometrías sagradas? Tiremos safiros y esmeraldas para crear así el eco sobre el agua, para perfeccionar la pronunciación de un idioma que no es innato en mi, y que tengo que dejar ir.

Siempre me interesaron los fundamentos del lenguaje, la fonética, el tempo, el sonido, el tono, el color, la calidad de un susurro o un crujido. Hasta que Leah llegó a mi vida para juzgar mis palabras, las leyes, la velocidad, el aire que entraba en mi boca, la posición de mis labios o mi lengua, la vibración de mis cuerdas vocales o mi invención de frases inexistentes. Me vi obligada desde entonces a usar diapasones, notas y metrónomos para medir mi voz y para protegerme de sus exigencias por aquello de lo que uno no debería avergonzarse.

Adagio, allegretto, vivace.

Qué importan ya las pulsaciones por minuto o el sentido del tiempo que me volvió hermética, como las ostras en el fondo del océano que devueltas al agua nunca más se volverán a abrir de par en par.

Sarah Moon – Birds of Stockholm 2011

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