Leah es de esas mujeres impredecibles, que defienden su libertad bajo el lema de que siempre hay que estar preparada para una nueva aventura. Es de aquellas almas que les encanta dormir a cielo abierto, bajo las estrellas. Despeinada. De aquellas que al mirarlas a los ojos, una entra en su paraíso secreto, como dijo Frida Kahlo alguna vez.
Quizás por eso su camioneta estaba llena de maravillas, como un gabinete de curiosidades y amuletos por descubrir: una pluma de lechuza, dos paraguas con pintitas y puntillas, botas de goma, hojas de helecho y musgo, flores secas, un cofre lleno de ropa revuelta, pero a la vez bien doblada, una canasta de pic-nic, una varita mágica y una estampilla de cinco centavos, además de otras tantas cosas que ya no recuerdo, pero que se habían convertido en familiares e imprescindibles para mi.
Yo admiraba eso de ella. Me había enamorado de esa impredecibilidad que me ponía en evidencia, de esas aventuras con las que me persuadía, de esos cielos con los que me hacía sentir infinita, de esas estrellas que ponía a nuestra disposición y ese perfume de sus cabellos despeinados que eran para venerar. Y de las proporciones perfectas de sus labios que me hacían empalidecer. Mi corazón pasaba a latir más fuerte en segundos y la eternidad se cristalizaba junto a ella.
Había esperado tantos años el encuentro con alguien así, que nada me podía detener. Mis cinco sentidos estaban puestos en sus manos. ¿Pero qué buscaba realmente yo?
Nos habíamos visto sólo una vez, diez años antes.
En nuestra primera cita, recostadas en el cesped, de repente Leah me quiso convencer de que yo siempre moraba en el pasado. Intenté eludir sus palabras. Yo sabía muy dentro mío que no eran verdad. Siempre asumí que en ese momento ella no me conocía lo suficiente como para decir eso y lograr censurar esos primeros instantes de cita a ciegas. Aunque siguió repitiéndolo por años. Y no era verdad, yo vivía el presente con ella en completo éxtasis y con los ojos bien abiertos.
Y aquel momento de déjà vu en el que la abracé y me quedé mirando fijamente el cielo, fue una breve visión, de esas que vuelven de vez en cuando del pasado a nuestro cuerpo. Y fue ese cosquilleo de las líneas del tiempo que se cruzan, pero nada más. Sólo para dejarnos saber que estábamos en el tiempo correcto.
Eso era. L’esprit de l’escalier. El tiempo correcto. Fuegos artificiales, hipnosis y descargas eléctricas. Debería habérselo dicho. Ahora es tarde. Ya nos hemos despedido.

Sarah Moon