Mis manos, heladas por tu ausencia, no pretendían más que amar, llevar el anillo de la promesa dorada y sostener mis mejillas para serenar mi dolor.
Estaba tan cansada de fingir, de buscarte, de querer entenderte y de amarte a la distancia de miles de millones de años.
Bajé hasta los abismos de los infiernos, que me han susurrado tu nombre muy de cerca. Más tarde rocé la oscuridad de tus constelaciones antes de ahogarme entre los diamantes del insomnio y te vi brillar entre las rocas en el cielo de mis sueños.
En puntas de pie, me cubrí la frente con la palma de la mano y el velo que perfumó tu piel en otro tiempo para no encandilarme con tus haces de luz.
Te abrazaba un ángel entre auroras en el firmamento. Vi tu corona decorada de doce amaneceres. Y sentí tus rayos, como manos que aparecieron entre luceros para acunar mi cuello y apuntalar los universos de mis deseos.
—Prometo quedarme así, con la cabeza adormecida en tus manos. Te recompensaré. Lo prometo, mi estrella de la mañana.
Infinitas polillas aladas blancas emergieron de la soledad y el polvo de estrellas que cubrían el adormecimiento de la tierra. Levantaron vuelo a mi alrededor. Tenían el Norte como destino, eso fue lo que me dijeron. No supe si seguirlas o cerrar los ojos y quedarme en la cuna de tus rayos.

Sans Titre – Sarah Moon 1989