Dicen que es una planta con magia.

Dicen las luces de las velas y la oscuridad del invierno europeo que es casi navidad.

Dicen que no es sorprendente que la nostalgia aparezca más pronunciada en tiempos inciertos, de transición o cambio.

Desde la lejanía de los griegos, dicen que hay que besarse bajo el muérdago blanco con aquel que amamos.

Y finalmente, Leah vino a mi en la noche, cuando el amanecer parecía perdido para siempre.

El viscum album es una especie europea con propiedades medicinales y mágicas. Crece entre los vientos nórdicos y tradiciones folclóricas, en ramas de manzanos, pinos y álamos. Estas matas misteriosas, desparramadas, ahorquilladas, cilíndricas o divididas por nudos eran consideradas como un remedio universal y veneradas por culturas antiguas. Los griegos ya las utilizaban para las ceremonias nupciales, yo, en mis plegarias diarias.

Dicen que los druidas celtas lo usaban en sus rituales para espantar seres malignos, para atraer la suerte y hasta para resucitar muertos. Sus poderes mágicos se le atribuyen por sus raíces, que no proceden ni del cielo ni de la tierra, puesto que ni están en el suelo ni se mantienen en el aire. Necesitan de la savia de las ramas de un árbol para sobrevivir.

No recuerdo haber visto ramilletes de hojas ni bayas de muérdago en los árboles de Esperanza. Pero sí recuerdo haberlas visto en las láminas de figuritas de ángeles que mi abuela me había traído de regalo de su primer viaje a Alemania por allá en los años ochenta. Eran ángeles recortados a mano, troquelados, con vestiduras, capas y sombreros de terciopelo blanco o rosado, botitas abotonadas y alas de brillantina alemana plateada. Amaba esas láminas. Estoy segura que todavía están guardadas en alguna de mis cajas de la infancia. Algunos ángeles llevaban cestas con rosas y cintas, velas y campanas, cuernos de la abundancia o ramos de muérdago blanco en las manos. Creo que fue el regalo más sublime que he recibido de mi abuela.

El muérdago muestra todo su esplendor durante el solsticio de invierno, cuando sus frutos maduran y se hacen traslúcidos, blancos o amarillos. En la mitología nórdica, es considerado símbolo del amor. Besar o ser besada bajo el muérdago blanco.

Ella vino a mostrarme su amor a la luz de las estrellas, bajo el ramillete de muérdago. Ya no se si nos besamos o no bajo las ramas de los manzanos aquel día. Aunque no estoy segura que eran manzanos…veo peras esparcidas por el suelo, entre la hierba, el silbido de los mirlos y mis recuerdos. La memoria de una escena en un pasado distante, distorcionado y extremadamente idealizado. Y el resto, ni más ni menos que un simple beso y el recuerdo que sobrevive. La excusa perfecta para besarse.

El anhelo del regreso a cierto tiempo y lugar a los que conferimos un grado de perfección, belleza y poesía era considerado hasta el siglo XIX como una enfermedad. Como una noche negra sin final llena de añoranza, desmayos, fiebre e incluso, la muerte como punto final. Felizmente, Jung ha rescatado las memorias y puntos rosas del pasado para enhebrarlos como perlas y consagrarlos de asociaciones positivas, instintos y luces de navidad.

En pocas palabras, mi desmedida nostalgia en ciertos días de cada fin de año combina la tristeza agridulce de la pérdida con la alegría o el consuelo de que la pérdida no es completa ni podrá serlo nunca. Queda el amor que se desvanece de a poco en la noche oscura entre las estrellas. Quedan los ángeles de papel vestidos de terciopelo y brillantina, los sentimientos de soledad, el placer y el dolor, los sonidos de los mirlos anidando en el muérdago, los deseos y el duelo, los olores, los sabores y texturas en medio del adviento, nuestras almas, la de Leah y la mía, y la aterradora proximidad de las fiestas blancas.

Sarah Moon

Deja un comentario